miércoles, 30 de julio de 2008

"LA IGUALDAD POLÍTICA" por Robert A. Dahl




Prólogo

Como ya he subrayado en mi trabajo anterior, la existencia de la
igualdad política es una premisa fundamental de la democracia. Aunque
creo que no se ha entendido bien su significado y su relación con la
democracia y con la distribución de los recursos que un ciudadano
puede utilizar para influir en las decisiones públicas. Además, al igual
que el ideal democrático, y de hecho como la mayoría de los ideales,
ciertos aspectos básicos de la naturaleza humana y de la sociedad
humana nos impiden conseguir por completo la igualdad política entre
los ciudadanos de un país democrático. Sin embargo, desde finales del
siglo XVIII, la democracia y la igualdad política han avanzado
considerablemente en todo el mundo, siendo uno de los cambios más
profundos de la historia de la humanidad.
¿Cómo podemos entender este cambio extraordinario? Aquí
sostengo que para explicarlo debemos comprobar ciertas cualidades
humanas básicas que motivan a los seres humanos a la acción, en este
caso, acciones que apoyan el movimiento hacia la igualdad política.
Sin embargo, estos impulsos básicos actúan en un mundo que es
cada vez más diferente de aquél de siglos anteriores, incluyendo el
último. ¿Qué tan hospitalario puede ser el mundo del siglo XXI para la
igualdad política?

Si centramos nuestra atención en los Estados Unidos, la respuesta
no es muy clara.
En los capítulos finales ofrezco dos escenarios
radicalmente diferentes: uno pesimista, otro esperanzador; y me parece
que ambos son sumamente posibles. En el primero, fuerzas
internacionales y domésticas poderosas nos empujan hacia un nivel
irreversible de desigualdad política que perjudica a las instituciones
democráticas actuales tanto como para hacer que los ideales de
democracia e igualdad política resulten casi irrelevantes. En el otro
escenario, más esperanzador, un impulso humano muy básico y
poderoso, el deseo de bienestar o de felicidad, promueve un cambio
cultural. Una conciencia cada vez mayor de que la cultura dominante
del consumismo competitivo no conduce a una mayor felicidad, da lugar
a una cultura ciudadana que impulsa con fuerza el movimiento hacia
una mayor igualdad política entre los ciudadanos estadounidenses.
Cuál de estos futuros escenarios prevalecerá, depende de las
siguientes generaciones de ciudadanos estadounidenses.


I. Introducción

A lo largo de la historia documentada, la afirmación de que los seres
humanos adultos merecen ser tratados como iguales políticos
comúnmente había sido vista por muchos como un evidente disparate,
y por los gobernantes, como un derecho peligroso y subversivo que
debían suprimir.
Desde el siglo XVIII, la expansión de las ideas y las creencias
democráticas han convertido ese derecho subversivo en un lugar
común, tanto que los gobernantes autoritarios que en la práctica
rechazan por completo este derecho pueden integrarlo de forma pública
en sus declaraciones ideológicas.
Sin embargo, incluso en países democráticos, como puede concluir
cualquier ciudadano que observe con detenimiento las realidades
políticas, la distancia entre el ideal de la igualdad política y su logro en
la realidad es enorme. En algunos países democráticos, incluyendo los
Estados Unidos, esta distancia puede ir en aumento e incluso puede
estar en peligro de llegar a ser irrelevante.
¿El objetivo de la igualdad política está tan lejos del alcance de los
límites humanos que debiéramos buscar fines e ideales que sean más
fáciles de alcanzar? ¿O hay cambios dentro del limitado alcance
humano que podrían reducir en gran medida la distancia entre el ideal y
nuestra realidad actual?
Responder estas preguntas en detalle nos llevaría más allá de los
límites de este breve libro. Comenzaré por asumir que el ideal de la
democracia presupone que la igualdad política es conveniente. Por
consiguiente, si creemos en la democracia como un objetivo o ideal,
entonces de manera implícita debemos considerar la igualdad política
como objetivo o ideal. En varios de mis trabajos anteriores he mostrado
por qué estas suposiciones me parecen muy razonables y nos
proporcionan objetivos que, al estar dentro del alcance humano, se
pueden considerar viables y realistas.1
En el capítulo 2, al recapitular
mis razones para apoyar estas opiniones, retomaré libremente dichos
trabajos.
En los siguientes capítulos quiero proporcionar algunas reflexiones
sobre la relevancia de la igualdad política como objetivo viable y
alcanzable. El progreso histórico de los sistemas “democráticos” y la
expansión de la ciudadanía al incluir más y más adultos proporcionan
un conjunto importante de pruebas. Para ayudarnos a entender las
causas subyacentes de este progreso extraordinario hacia la igualdad
política sin precedentes históricos, en el capítulo 4 enfatizo en la
importancia de algunos impulsos humanos generalizados, incluso
universales.
Sin embargo, si estas cualidades y capacidades humanas básicas
nos proporcionan razones para defender la igualdad política como un
objetivo viable (incluso si no es alcanzable por completo), también
debemos considerar, como lo haré en el capítulo 5, algunos aspectos
fundamentales de los seres humanos y de las sociedades humanas que
imponen barreras continuas a la igualdad política.
Si después centramos nuestra atención en el futuro de la igualdad
política en los Estados Unidos, podemos prever fácilmente la posibilidad
realista de que al levantar barreras aumentará enormemente la
desigualdad política entre los ciudadanos estadounidenses. En el
capítulo 6, exploraré esta posibilidad.
En el último capítulo describiré un futuro alternativo y más
prometedor en el cual algunos impulsos humanos básicos podrían
producir un cambio cultural que conduciría a una reducción sustancial
de las desigualdades políticas que ahora prevalecen entre los
ciudadanos estadounidenses.
Está más allá de mis capacidades el predecir cuál de estos, si no es
que otros, posibles escenarios prevalecerá en realidad. Pero confío en
que el resultado puede estar fuertemente influenciado por los esfuerzos
individuales y colectivos, y por las acciones que nosotros, y nuestros
sucesores, elijamos emprender.


1 Véanse en particular, Democracy and Its Critics, New Haven, Yale University Press,
1989, pp. 30-33, 83-134 [trad. esp.: La democracia y sus críticos, Barcelona, Paidós,
2002]; On Democracy, New Haven, Yale University Press, 1998, caps. 4-7, pp. 35-80;
y How Democratic Is the American Constitution?, New Haven, Yale University Press,
2001, pp. 130-139 [trad. esp.: ¿Es democrática la Constitución de los Estados
Unidos?, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003].



II. ¿La igualdad política es un objetivo razonable?
(fragmento)

Si suponemos dos cosas, ambas difíciles de rechazar en un discurso
público abierto y razonable, el caso de la igualdad política y la
democracia se vuelve extraordinariamente poderoso. La primera es el
juicio moral por el que todos los seres humanos tienen el mismo valor
intrínseco, que ninguna persona es intrínsecamente superior a otra, y
que se le debe dar igual consideración al bien o a los intereses de cada
persona.2 Llamaré a esto la suposición de la igualdad intrínseca.
Incluso si aceptamos este juicio moral, surge de inmediato una
pregunta sumamente problemática: ¿quién o qué grupo está mejor
calificado para decidir cuál es el bien o cuáles son los intereses de una
persona en realidad? Desde luego, la respuesta variará dependiendo de
la situación, de los tipos de decisiones y de las personas involucradas.
Pero si centramos nuestra atención en el gobierno de un Estado,
entonces me parece que la suposición más segura y prudente sería
algo así: entre adultos ninguna persona está sin duda mejor calificada
que otra para gobernar como para que se le deba encomendar el
gobierno del Estado con autoridad absoluta y definitiva.
Aunque de manera razonable podríamos agregar mejoras y
perfeccionar este juicio prudencial, es difícil ver cómo se podría
sostener cualquier propuesta sustancialmente diferente al menos por
tres razones. Para empezar, la famosa y tan citada proposición de
Acton parece expresar una verdad fundamental sobre los seres
humanos: el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe
absolutamente. Sin importar cuáles sean las intenciones de los
gobernantes desde el principio de su gobierno, es probable que
cualquier compromiso que puedan tener de servir al “bien público” se
transforme con el tiempo, de modo que identifiquen ese “bien público”
con el mantenimiento de sus propios poderes y privilegios. En segundo
lugar, así como el libre debate y la controversia son, como John Stuart
Mill sostuvo de manera brillante, esenciales para la búsqueda de la
verdad (o, si se prefiere, de juicios razonablemente justificables), es
más probable que un gobierno que no recibe obstáculos o
cuestionamientos de los ciudadanos, quienes son libres de debatir y
oponerse a las políticas de sus líderes, cometa errores garrafales, a
veces desastrosos, como ha quedado más que demostrado por los
regímenes autoritarios modernos.3 Por último, se deben considerar los
casos históricos más decisivos en los cuales se les negó la igual
ciudadanía a un número importante de personas: ¿hoy alguien
realmente cree que cuando las clases obreras, las mujeres y las
minorías raciales y étnicas fueron excluidas de la participación política,
aquellos que tenían el privilegio de gobernarlos consideraron y
protegieron sus intereses de forma adecuada?
No quiero decir que las personas que produjeron una mayor igualdad
política tenían en mente las razones que he dado. Simplemente digo
que los juicios morales y prudenciales ofrecen un fuerte apoyo a la
igualdad política como objetivo o ideal conveniente y razonable.

Igualdad política y democracia

Si concluimos que la igualdad política es conveniente al gobernar un
Estado (aunque no necesariamente en todas las asociaciones
humanas), ¿cómo es posible alcanzarla? No es necesario decir que el
único sistema político para gobernar un Estado que deriva su
legitimidad y sus instituciones políticas de la igualdad política es una
democracia. ¿Qué instituciones políticas son necesarias para que un
sistema político califique como una democracia? ¿Y por qué esas
instituciones?


El ideal contra la realidad

Creo que no podemos responder estas preguntas de manera
satisfactoria sin el concepto de un ideal de democracia. Por las mismas
razones que Aristóteles encontró útil describir sus tres constituciones
ideales para clasificar sistemas reales, la descripción de una
democracia ideal proporciona un modelo con el que es posible
comparar diversos sistemas reales. A menos que tengamos una
concepción del ideal con la cual comparar la realidad, nuestro
razonamiento será circular o puramente arbitrario: por ejemplo,
los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Noruega son todas democracias; por lo
tanto, las instituciones políticas que todas tienen en común deben ser las
instituciones básicas necesarias para la democracia; por lo tanto, ya que estos
países poseen estas instituciones, deben ser democracias.
Es necesario recordar que la descripción de un sistema “ideal” puede
servir para dos propósitos diferentes aunque totalmente compatibles.
Uno es ayudar en la teoría empírica o científica. El otro, ayudarnos a
realizar juicios morales al proporcionar un fin u objetivo ideal. Ambos se
confunden con frecuencia, aunque un “ideal” en el primer sentido no
implica necesariamente un “ideal” en el otro.
En la teoría empírica, la función de un sistema ideal consiste en
describir las características o la operación de ese sistema bajo un
conjunto de condiciones perfectas (ideales). Galileo infirió la velocidad
con la cual un objeto caería en el vacío -por ejemplo, bajo condiciones
ideales- al medir la velocidad de una canica rodando en un plano
inclinado. Obviamente no midió y no pudo haber medido su velocidad al
caer en el vacío. Sin embargo, su ley de la caída de los cuerpos
continúa siendo válida hoy en día. En física es frecuente formular
hipótesis sobre la conducta de un objeto o fuerza bajo condiciones
ideales que no se pueden alcanzar a la perfección en experimentos
reales, pero que se pueden aproximar de manera satisfactoria. De
manera similar, cuando el sociólogo alemán Max Weber describió los
“tres tipos puros de autoridad legítima”, comentó que
la utilidad de esta división sólo puede mostrarla el movimiento sistemático que con
ella se busca […]. Ninguno de los tres tipos ideales […] acostumbra a darse puro
en la realidad histórica, no debe impedir aquí, como en parte alguna, la fijación
conceptual en la forma más pura posible de su construcción.4
Un ideal en el segundo sentido se entiende como un objetivo
conveniente, uno que probablemente no se alcanza a la perfección en
la práctica, pero es un nivel al que debemos aspirar, y con el cual
podemos medir el bien o el valor de lo que se ha logrado, de lo que
existe en realidad.
Una definición y descripción de democracia puede tener la intención
de servir sólo al primer propósito; o podría servir también al segundo.
Como ayuda para la teoría empírica, la concepción de la democracia
puede no provenir de un defensor sino de un crítico para quien incluso
el ideal es insatisfactorio, o simplemente irrelevante, para la experiencia
humana debido a la enorme distancia entre el objetivo y cualquier
posibilidad de una aproximación satisfactoria.
La democracia ideal
Aunque una democracia ideal se puede describir de muchas formas
distintas, un punto de partida útil es el origen etimológico del término:
demos + kratia, gobierno del “pueblo”. Para dejar abierta la pregunta
acerca de a qué “pueblo” se le ha proporcionado igualdad política total,
en lugar de “el pueblo” utilizaré mejor el término más neutral “demos”.
Creo que una democracia ideal requeriría como mínimo estas
características:
• Participación efectiva. Antes de que una política sea adoptada por
una asociación, todos los miembros del demos deben tener
oportunidades iguales y efectivas para hacer saber a los otros
miembros sus puntos de vista sobre lo que debería ser la política.
• Igualdad en la votación. Cuando llegue el momento en el cual
finalmente se tomará la decisión, cada miembro debe tener una
oportunidad igual y efectiva de votar, y todos los votos deben ser
contados por igual.
• Adquisición de conocimiento iluminativo. Dentro de un período de
tiempo razonable, cada miembro tendrá oportunidades iguales y
efectivas de aprender sobre políticas alternativas relevantes y sus
consecuencias probables.
• Control final de la agenda. El demos tendrá la oportunidad exclusiva
de decidir cómo (y si) sus miembros eligieron qué asuntos formarán
parte de la agenda. Así, el proceso democrático que requieren las
tres características anteriores nunca se cerrará. Las políticas de la
asociación siempre estarían abiertas al cambio por el demos, si sus
miembros eligieran hacerlo.
• Inclusión. Cada miembro del demos tendrá derecho a participar en
las formas ya descritas: participación efectiva, igualdad en la
votación, búsqueda de un conocimiento iluminativo de los asuntos y
el ejercicio del control final sobre la agenda.
• Derechos fundamentales. Cada una de las características necesarias
de una democracia ideal prescribe un derecho que es en sí una parte
necesaria del orden de una democracia ideal: el derecho a participar,
el derecho a que el voto de uno se cuente igual que el de los demás,
el derecho a buscar el conocimiento necesario para entender el
asunto en la agenda, y el derecho a participar en relaciones de
igualdad con los conciudadanos al ejercer el control final sobre la
agenda. La democracia consiste, entonces, no sólo en procesos
políticos. También es, necesariamente, un sistema de derechos
fundamentales.


Sistemas democráticos reales

Algunos filósofos políticos desde Aristóteles hasta Rousseau y aun
después, han insistido por lo general en que es probable que ningún
sistema político real cumpla del todo los requisitos del ideal. Aunque las
instituciones políticas de las democracias reales pueden ser necesarias
para que un sistema político alcance un nivel de democracia
relativamente alto, pueden no ser, de hecho es casi seguro que no
serán, suficientes para alcanzar la democracia perfecta o ideal. Sin
embargo, las instituciones dan un gran paso hacia el ideal, como me
imagino que lo hicieron en Atenas cuando los ciudadanos, líderes, y
filósofos políticos llamaron democracia a su sistema -a saber, no una
democracia real sino ideal-, o cuando Tocqueville en los Estados
Unidos, como muchos otros en América y otros lugares, lo llamaron
democracia sin dudarlo.
Si una unidad es pequeña en número y en área, las instituciones
políticas de la democracia asambleísta se podrían ver sin inconveniente
como instituciones que cumplen los requisitos de un “gobierno del
pueblo”. Los ciudadanos serían libres de enterarse todo lo que pudieran
sobre las propuestas que se les van a presentar. Podrían discutir
políticas y propuestas con sus conciudadanos, pedir información a los
miembros que consideran están mejor informados y consultar fuentes
escritas, entre otras. Podrían reunirse en un lugar conveniente: el monte
Pnix en Atenas, el Foro en Roma, el Palacio Ducal en Venecia, el
ayuntamiento en un pueblo de Nueva Inglaterra. Ahí, bajo la guía de un
moderador neutral, dentro de límites de tiempo razonables podrían
discutir, debatir, enmendar, proponer. Finalmente, podrían emitir sus
votos, contándolos todos por igual, imponiéndose los votos de la
mayoría.
Es fácil ver, entonces, por qué muchas veces se piensa que la
democracia asambleísta se halla más cercana al ideal que un sistema
representativo, y por qué sus más fervientes defensores algunas veces
insisten, como Rousseau en el Contrato social, en que el término
democracia representativa es contradictorio. Sin embargo, opiniones
como éstas no han logrado ganar muchos partidarios.



2 Aquí y en otras partes he recurrido a Stanley I. Benn, “Egalitarianism and the Equal Consideration of Interests”, en J. R. Penncok y J. W. Chapman, Equality (Nomos IX), Nueva York, Atherton Press, 1967, pp. 61-78.

3 En The Wisdom of Crowds, Nueva York, Doubleday, 2004, James Surowiecki
comienza su explicación refiriéndose al distinguido científico Francis Galton.
“La educación le importaba a Galton porque creía que sólo pocas personas poseían las
características necesarias para mantener sociedades sanas. Había dedicado la mayor
parte de su carrera a medir estas características, de hecho, para probar que la gran
mayoría de las personas no las poseía [...].
Mientras recorrió la [Exposición Internacional (International Exhibition) de 1884] [...] Galton se encontró con una competencia de cálculo de peso. Un buey había sido seleccionado y colocado en exhibición, y los miembros de la multitud congregada hacían fila para apostar cuál era el peso del buey [...]. Ochocientas personas probaron suerte. Era una multitud variada.”
Cuando terminó el concurso, Galton había realizado una serie de pruebas
estadísticas de los cálculos y descubrió que el cálculo aproximado principal de todos
los concursantes era de 1.197 libras. El peso real era 1.198. Galton escribió después:
“El resultado parece más meritorio por la veracidad de un juicio democrático de lo que se podía esperar” (pp. XII y XIII). En las páginas siguientes Surowiecki proporciona información en abundancia para apoyar su creencia de que, si se dan las
oportunidades apropiadas, los grupos pueden llegar a decisiones sensatas.

4 Max Weber, The Theory of Social and Economic Organization, trad. de A. M.
Henderson y Talcott Parsons, Nueva York, Oxford University Press, 1947, pp. 328 y
329 [trad. esp.: Economía y sociedad, trad. de José Medina Echavarría, México,
Fondo de Cultura Económica, 1944].