
El racismo encontro su caldo de
cultivo ideológico en los países donde había crecido el protestantismo y el
liberalismo
Desde
fines del siglo XIX las relaciones entre culturas y naciones se han visto
envenenadas por las creencias racistas. Como la palabra racismo se usa de forma
constante, y no siempre adecuada, conviene empezar por definir, lo más
estrictamente posible, su significado.
La palabra "racismo" designa una creencia
cuyos rasgos fundamentales serían los siguientes:
1) Creer que los seres humanos se dividen,
fundamentalmente, en razas. Y, en consecuencia, atribuir al factor raza una
importancia antropológica decisiva.
2) Asignar a las razas características inmutables,
y creer que los caracteres trasmitidos hereditariamente no son sólo los rasgos
físicos, sino también ciertas aptitudes y actitudes psicológicas, que son las
que generan las diferencias culturales que se pueden apreciar.
3) Creer que existe una jerarquía entre razas,
siendo alguna, o algunas de ellas, superiores a las otras.
4) Entender la mezcla de razas como un proceso de
degeneración de las razas "superiores".
Raza y ciencia
Lo que entendemos por "raza" es simplemente un
estereotipo cultural. Este concepto se formó a partir de la presencia de ciertos
rasgos externos —color de la piel, características del pelo, rasgos faciales,
constitución anatómica, etc.— muy visibles y sistematizados por los científicos
de la primera modernidad, rasgos a los que se superpusieron predisposiciones
intelectuales e incluso espirituales. El racismo consiste, pues, en una
improcedente mezcla de elementos heterogéneos: físicos por una parte, mentales y
anímicos por otra.
Contrariamente a lo predicado por sus defensores
durante mucho tiempo, hoy la base científica del racismo ha sido puesta en
entredicho. Recientemente, por ejemplo, el equipo dirigido por los profesores
Luca Cavalli-Sforza, Paolo Menozi y Alberto Piazza ha publicado la gigantesca
obra The History and Geography of Human Genes (1), donde niegan toda base
científica al racismo. Usando modernas técnicas desarrolladas por la Genética de
poblaciones, llegan a la apabullante conclusión de que no hay fundamento
científico alguno para clasificar a los seres humanos en razas, ya que la
diversidad genética, bioquímica y sanguínea entre individuos de una misma "raza"
es incluso mayor que la que existe entre "razas" consideradas distintas. Los
factores biológicos en los que se basa el concepto científico de raza serían
sólo externos, mientras que los datos aportados por las nuevas técnicas
—análisis de los árboles filogenéticos, de los polimorfismos nucleares y del ADN
mitocondrial— dibujan un panorama completamente distinto donde la noción de raza
es irrelevante. Frente a esta perspectiva abierta por la biología molecular,
otros científicos disienten. Así, André Pichot escribía recientemente: "Combatir
el racismo arguyendo que las razas no existen es una inepcia (...) Que la noción
de raza (o de especie, o de género, etc.) no sea aprehendida por la genética
molecular es una cosa; que haya razas en taxonomía, en antropología o en el
mundo humano en que vivimos, es otra muy distinta, y la verdad, en esta materia,
no tiene por qué residir en el reduccionismo molecular" (La Recherche, febrero
1997).
¿Hay razas o no hay razas? ¿Hay que tener en
cuenta las diferencias fisiológicas externas, o las biomoleculares? Los
científicos no se ponen de acuerdo. Pero sí hay un amplio consenso sobre el
hecho de que, existan las razas o no, el racismo es una peligrosa
desviación.
Sin embargo, aunque el racismo está hoy
completamente desacreditado como doctrina científica —o como ideología
política—, esto no quiere decir que en el pasado no fuera una doctrina
ampliamente difundida y apoyada por pensadores tenidos por insignes, a la vez
que considerada como plenamente científica. Ni tampoco que, hoy en día, las
actitudes racistas sigan estando ampliamente difundidas; muchísimas personas que
jamás se definirían como racistas tienen, sin embargo, un comportamiento
inequívocamente racista cuando han de convivir, por el motivo que sea, con
personas de otra raza.
Racismo y xenofobia
El racismo, como es bien sabido, hunde sus raíces
en la xenofobia, el miedo al extraño, una actitud o sentimiento prácticamente
innato que encontramos tanto en los animales como en los seres humanos y también
en los grupos sociales por éstos constituidos, incluidas las naciones. En pocas
palabras, la xenofobia es la desconfianza instintiva hacia el extraño al grupo,
percibido a priori, y de forma casi mecánica y automática, como un enemigo
potencial. Esta xenofobia, que sin duda debe tener que ver con los instintos
territoriales, no es sin embargo completamente equiparable al racismo, ya que
éste no se presenta como un instinto, sino como una teoría. De ahí, de ese
impulso innato y primario, a la formulación de doctrinas racistas hay un largo
trecho y, en realidad, el racismo como ideología y dogma político no aparece en
la historia sino muy recientemente, en el ámbito de lo que llamamos Modernidad
(2).
No es extraño, ya que la modernización supone,
entre otras cosas, la desaparición de un mundo caracterizado por lo reducido de
las agrupaciones humanas y su aislamiento, lo que hacía que el contacto con el
extraño fuera una experiencia casi excepcional para una inmensa mayoría de la
población. La Modernidad abrió el camino hacia una sociedad globalizada, con
gigantescos movimientos de personas, en la que la presencia del extranjero se
transforma en algo cotidiano. Y esa presencia, cada vez más frecuente, del
extranjero no deja de provocar angustias, sobre todo en un entorno que de ser
estable y cuasi-inmutable, como el de las pequeñas comunidades que
caracterizaban el modo de vida pre-moderno, pasa a ser velozmente cambiante. El
proceso de desarraigo, favorecido por la modernización, está muy posiblemente en
la base de la aceptación de los comportamientos racistas tan lamentablemente
cotidianos en el mundo actual por amplios segmentos sociales.
Los precursores
El lugar y fecha del nacimiento del racismo como
ideología está perfectamente localizado: la Europa del siglo XIX, especialmente
en su último tercio, aunque hunda sus raíces casi un siglo atrás. El sueco Karl
von Linné (1707-1778), y el francés George-Louis Leclerc, conde de Buffon
(1707-1788), modelos de científicos ilustrados, catalogaron a todos los seres
vivos en razas, géneros, familias, etc. Los seres humanos no escaparon a ese
afán catalogador y, de forma inevitable, se les clasificó por razas, como a los
demás integrantes del reino animal. No es que Linné o Buffon prestaran una gran
atención a clasificar a los seres humanos, pero sí sus sucesores antes de que
acabara este siglo XVIII, como el anatomista holandés Peter Camper (1722-1789),
que estableció una taxonomía de razas humanas —casi resulta inútil decir que los
blancos estaban en el estrato superior y los negros eran situados por Camper
sólo ligeramente por encima de los monos—. Camper construyó su taxonomía a
partir de los cráneos, partiendo del que para él resultaba ser el modelo
perfecto: las cabezas de los atletas de la escultura clásica griega. La forma
del cráneo parecía ser una obsesión del siglo, ya que Franz J. Gall (1758-1828)
alcanzó fama gracias a su nueva ciencia, la frenología, según la cual las
predisposiciones morales e intelectuales de un ser humano se manifestaban a las
claras como consecuencia de la forma que tenía su cráneo. Por ridículo que esto
suene hoy día, esta teoría pasó por ser una auténtica psicología moderna,
empirista y científica, frente a las tradiciones psicológicas espiritualistas.
De hecho, durante mucho tiempo, a los psicólogos modernos se les llamó
"frenópatas" y a las clínicas psiquiátricas modernas se las llamó
"frenopáticos". Dado que la forma de un cráneo figura entre los caracteres
racialmente heredados, no es difícil ver las implicaciones racistas de estas
teorías (3).
En la medida en que el pensamiento teológico iba
siendo sustituido por el científico y racionalista, fueron apareciendo más y más
pensadores que intentaban dar explicaciones nuevas al devenir histórico humano,
alejadas de las tradicionales. Y varios de ellos atribuyeron una importancia
especial al tema de la raza. Los alemanes Carl G. Carus y Gustav F. Klem figuran
entre los primeros autores que introducen el factor raza para interpretar la
evolución de las culturas y la historia humana (4). Casi simultáneamente, el
sueco Retzius introduce el primer método científico para clasificar razas: el
índice cefálico (5). Combinado con otros sistemas, todos los cuales son hoy
considerados de nulo valor probatorio —color de la piel, características del
cabello, estatura media, color de ojos, forma de la nariz, etc.— el índice
cefálico se utilizó para intentar clasificar a los seres humanos en razas. La
poca fiabilidad del resultado intelectual de tales métodos resulta evidente
cuando contemplamos la extremada dificultad que ha existido para clasificar y
catalogar las razas. Se han formulado un gran número de taxonomías raciales,
ninguna de las cuales ha llegado a gozar de plena aceptación (6).
Todo este conjunto de ideas pre-racistas o
expresamente racistas no eran difundidas simplemente por científicos aislados,
sino por significadas sociedades científicas, como la Sociedad Etnológica de
París —fundada en 1839—, la Sociedad Etnológica de Londres —creada en 1843— y la
también londinense Sociedad Antropológica —establecida en 1863. Todas ellas eran
definitivamente racistas en las tesis que defendían y difundían (7).
En este contexto se formuló la primera teoría
racista explícita, la desarrollada por el francés Joseph Arthur, conde de
Gobineau en su celebre Ensayo sobre la Desigualdad de las Razas Humanas (1853).
Sintetizando al máximo su doctrina encontraríamos estos puntos:
— Existen razas superiores, dominantes, que no son
sino ramas de una misma familia, la aria, y que han dado vida a las formas
culturales más brillantes y a las naciones más poderosas.
— La decadencia de esas naciones y esas culturas
se ha producido por degeneración biológica de las razas, por el
mestizaje.
— La historia no es otra cosa que el campo de
batalla donde se libran luchas entre razas.
Tan endeble teoría es posible que no hubiera
tenido mucho eco en otras condiciones distintas a las reinantes en la Europa del
siglo XIX. En ese preciso contexto histórico coincidieron varios factores que
favorecieron, sin embargo, la recepción de tales ideas:
a) La interpretación biologizante de las teorías
de Herder. Aunque no sea posible hacer de Herder un pensador racista, su
insistencia en la existencia de un Volksgeist —genio nacional— especifico e
inalterable de cada nación servía indirectamente para dar credibilidad a las
tesis de Gobineau.
b) El gran auge que en esos momentos experimentaba
Europa, en los ámbitos de lo político, militar, tecnológico, científico y
cultural. Europa se había lanzado a la conquista del mundo y lo estaba
sometiendo. Las naciones formadas por miembros de la raza blanca se estaban
haciendo las dueñas del Universo. El racismo fue utilizado por todas las grandes
naciones imperialistas blancas como ideología de legitimación del
imperialismo.
c) Los grandes avances experimentados por las
ciencias biológicas. Poco después de la aparición de la obra de Gobineau
aparecía El Origen de las Especies (1859), de Darwin, y aunque sin la menor duda
Darwin no fue racista, sus ideas de que en la naturaleza imperaba una "batalla
por la vida" en la que triunfaban "los más fuertes" y que esto era "el motor de
la evolución" fueron inmediatamente vulgarizadas y aplicadas al ámbito de lo
humano —darwinismo social—. No menos influyente será el descubrimiento de las
leyes de la Genética por Mendel, en 1865. Aunque los descubrimientos de éste
pasaran largos años sin ser de dominio público, estos avances científicos iban a
tener una inesperada repercusión en el ámbito de las ideas.
El racismo fue una ideología fruto de la
biologización de las teorías sociológicas. En el mundo contemporáneo, los
estudiosos de áreas humanistas —la historia, la psicología, la sociología, etc.—
han padecido y padecen de un notable complejo de inferioridad respecto a las
ciencias exactas y naturales, cuyos métodos tratan de copiar constantemente.
Estos pensadores, que significativamente empezaron a adoptar la denominación de
científicos sociales, adaptaron irreflexivamente al estudio de las sociedades
una serie de paradigmas tomados de las ciencias biológicas. Historiadores,
filósofos, psicólogos, que antes habían buscado su inspiración en textos
sagrados, tradiciones ancestrales, etc., ahora copiaban las técnicas de los
laboratorios: en el mundo moderno la ciencia ha ocupado el lugar de la teología
o, mejor dicho, la ciencia es la teología del mundo moderno.
d) Los avances en lingüística comparada
demostraron que prácticamente todas las lenguas habladas en Europa procedían de
una lengua originaria común, el indoeuropeo, de la que descendían también
lenguas como el persa y las lenguas del norte de la India. A partir de la
existencia de esa lengua original se dedujo la existencia de un pueblo
primigenio, el ario, cuya genialidad quedaría de manifiesto al haber sido la
matriz de los pueblos que crearon grandes culturas como las de la India, Persia,
Grecia y Roma y —más recientemente— la Cultura occidental. Este análisis
desdeñaba el hecho de que una misma lengua no implica una misma raza. Pueblos
racialmente distintos pueden hablar una misma lengua sin que eso establezca
entre ellos una filiación genética. Un ejemplo evidente es el caso del idioma
castellano, cuyos hablantes se extienden desde los Pirineos hasta Tierra del
Fuego, sin que eso haga de ellos una comunidad biológica.
Las teorías de Gobineau se inscriben en la
herencia intelectual de la Ilustración, aunque a muchos esto les pueda sonar
extraño. Observadores sagaces, como George L. Mosse, no han dudado en definir al
racismo como "der Schattenseite der Aufklärung", el lado oscuro de la
Ilustración (8). Y quienes crean que el racismo es una pervivencia del mundo
tradicional en el mundo moderno, deberían leer con detenimiento al antropólogo
cultural y sociólogo Louis Dumont, para cerciorarse de cómo el racismo es una
ideología típicamente moderna y profundamente emparentada con el individualismo
(9). Gobineau trata, como todos los grandes ilustrados, de crear una gran
teoría, elaborada mediante la razón, para explicar un fenómeno, en este caso la
Historia política y cultural de la Humanidad, sin recurrir a las revelaciones
proféticas ni a la acción de la Providencia divina. La teoría pretende ser
científica y basarse en la experiencia —Gobineau fue embajador de Francia en
Persia y concibió sus ideas al comparar el estado del país cuando él lo conoció
con la época de esplendor de Persia en la Antigüedad—.
A Gobineau le sucedieron una serie de
intelectuales cuyas formulaciones, de una manera u otra, estaban emparentadas
con las suyas. Además, el ambiente intelectual global jugaba a favor suyo. No es
mínimamente creíble presentar a Friedrich Nietzsche como un teórico del racismo,
pero su idea de la existencia de una "moral de señores", opuesta a una "moral de
esclavos" podía —debidamente vulgarizada— engarzarse con las tesis de Gobineau.
Por esto, algunos de sus admiradores, y casi todos sus detractores, han hecho de
Nietzsche un apóstol del racismo, aunque esta idea no se sostenga después de un
análisis serio de su obra. Algo similar cabe decir de Richard Wagner, amigo
personal de Gobineau, dicho sea de paso. El mundo germánico recreado por Wagner
en sus óperas, presentado de forma absolutamente idealizada, era exhibido como
encarnación de todas las virtudes positivas y fueron muchos los que sacaron de
aquellas óperas unas conclusiones racistas.
Ya he hablado de Darwin y las teorías del
darwinismo social. A esta influencia cabe añadir la del también británico
Francis Galton, cuya obra Hereditary Genius (1869) fundamentó la doctrina de la
Eugenesia, fácilmente susceptible de aplicación para reforzar las tesis
racistas. Por muy extraño que esto suene a los oídos de muchos —dado que hoy en
día, como consecuencia de la experiencia del nazismo en Alemania, está
sólidamente establecida la ecuación entre Eugenesia y Racismo— la realidad es
que inicialmente la obra de Galton fue asumida y difundida fundamentalmente por
gentes con mentalidad progresista y de izquierdas (10).
De hecho, el conjunto de las teorías racistas
engarzaban magníficamente con la ideología liberal triunfante. Como señala
Mosse: "Hay que tener en cuenta que las ideas de superioridad racial no estaban
necesariamente vinculadas al nacionalismo, sino que podían utilizarse también
para apoyar las cualidades liberales de la seguridad en uno mismo y la
iniciativa privada (...) [muchos] creyeron que Inglaterra debía sus
instituciones parlamentarias a sus raíces anglosajonas. Se creía que la
organización de las tribus germánicas, el Comitatus, ejemplificaba las prácticas
democráticas. Se dedujo de ello que aquellas razas que no compartían ese pasado
carecían de la cualidad mental precisa para el autogobierno. Esta apropiación
del autogobierno como consecuencia de las tradiciones de raza adecuadas forjó
una vinculación entre gobierno representativo y exclusividad racial (...) El
racismo no rechazaba al principio la libertad y la autonomía, sino que les
atribuía raíces de raza". (11)
El racismo, fruto del
positivismo
En 1899, con la aparición de la obra del británico
Houston S. Chamberlain Los Fundamentos del Siglo XIX, el racismo da un salto
cualitativo. Profundizando en las ideas de Gobineau, Chamberlain circunscribe el
ámbito de las razas superiores al mundo germánico-nórdico, quintaesencia de la
raza aria, de los pueblos blancos. Una teoría que resultaba extraordinariamente
halagadora a los oídos de los alemanes, recién unificados en 1870 y que estaban
convirtiéndose en una gran potencia mundial. Chamberlain parecía dar la razón a
sus ansias de expansión.
Pero es más que dudoso que Gobineau o Chamberlain,
autores de libros bastante endebles —Gobineau llegaba a afirmar, contra toda
evidencia, que culturas como la egipcia o la china tenían una base "aria";
Chamberlain, por su parte, trató ridículamente de demostrar que Jesucristo no
era judío, sino un ario...— , hubieran encontrado eco de no haber existido un
ambiente intelectual propicio. Y este, aunque parezca inverosímil, no fue otro
que el generado por el positivismo, una doctrina filosófica típicamente moderna.
F. Elias de Tejada llamaba la atención sobre este hecho, muy relevante, ya que
salta a la vista que la obra de Gobineau o Chamberlain no podía, por sí misma,
generar un movimiento intelectual con tanta influencia como la que el racismo
tuvo. Elías de Tejada escribía a este respecto: "Fomentando la tesis racista o,
mejor dicho, allanándole el camino, hay toda una escuela filosófica que en el
siglo XIX va a investigar los problemas humanos teniendo en cuenta las
diferencias entre las ramas de la especie humana; es el positivismo, cuyas
perspectivas filosóficas se acomodan fácilmente al punto de vista racial. En
efecto; es el positivismo la posición filosófica que sólo se atiene a los
hechos, a los données, para ir sacando de ellos, por el camino de la inducción,
tesis de validez general y leyes cuya aplicación sea más amplia que el hecho
mismo. Ajustándose únicamente a los datos y prescindiendo de toda visión previa
de amplitudes universales, tomando como punto de partida los hechos concretos,
bien podrá ser la raza uno de estos en la fundamentación de una nueva filosofía
de la historia. El positivismo vino a proporcionar al racismo una fundamentación
filosófica y un asidero ante los ataques, porque era una filosofía que
prescindía de la vieja metafísica para vivir únicamente de los planteamientos y
teoremas reales.
"El padre de la escuela —prosigue Elías de
Tejada—, A. Comte, no incide en cuestiones raciales, pero tampoco escapan a su
aguda visión de las cosas. En la lección 52 de su Curso de Filosofía Positiva
compuesta mucho antes de que apareciera la obra de Gobineau, nota ya las
especialisimas aptitudes de la raza blanca para el desarrollo político, sin
adentrarse en la cuestión, pero dejando abierta una pregunta a la que el propio
Gobineau contestará posteriormente y en la que también se fijaran sus
discípulos. ‘¿Por qué posee la raza blanca —se plantea— de una manera tan
pronunciada el privilegio efectivo del principal desarrollo social, y por qué ha
sido Europa el lugar esencial de esta preponderante civilización? Este doble
objeto de correlativas meditaciones ha debido estimular sin duda más de una vez
la inteligente curiosidad de filósofos (...) Sin duda, se percibe en seguida, al
primer respecto, en la organización característica de la raza blanca, y sobre
todo en el aparato cerebral, algunos gérmenes positivos de su superioridad real,
aunque todavía están muy lejos los naturalistas de coincidir unánimemente en
este punto’ (...) La tesis de Comte, mejor dicho, su indicación, no se ciñe
estrictamente a la posición racista (...) Pero marca una dirección en la que
progresarán sus discípulos, partiendo de esta intima relación entre los hechos
físicos y los fenómenos políticos, tan de acuerdo con la filosofía positivista y
en la que el propio Comte insiste muchas veces" (12).
De no haber existido el positivismo como filosofía
de la ciencia masivamente aceptada en la Europa del XIX, es más que probable que
las especulaciones racistas de personajes como Gobineau o Chamberlain, de
poquísima altura intelectual como ya hemos señalado, no hubieran encontrado un
terreno tan bien abonado. Quizás el mejor ejemplo de la interconexión entre
racismo y positivismo sea la figura de L. von Gumplowicz, el famoso sociólogo
austríaco de origen judío, quien colocó el tema racial en el centro de muchas de
sus obras, como Die sociologische Staatsidee (1892) y Grundiss der Sociologie
(1892), aunque sea en Der Rassenkampf (1883) donde el tema racial concita toda
su atención. Vale la pena señalar también que agudísimos pensadores sociales,
como Max Weber, llegaron a confiar en que el desarrollo de las modernas ciencias
biológicas permitieran hacer de la raza un factor explicativo de las diferencias
económicas y culturales (13).
Otra razón que nos explica el campo abonado que
encontró el racismo fue el imperialismo europeo sobre los países de ultramar y
la lucha entre las grandes potencias, y la necesidad de articular una serie de
justificaciones ideológicas para esos fenómenos. En la medida en que la Europa
blanca, o más exactamente la Europa noroccidental y los Estados Unidos se
estaban adueñando del mundo, las teorías racistas servían para explicar y
justificar el dominio sobre razas inferiores. El británico Kipling, quien
justificaba el imperialismo inglés en terminos de "la pesada carga" que el
británico debía asumir dada la incapacidad de otras razas, es quizás el
representante más conspicuo de estas ideas.
Pero existía igualmente el conflicto entre
distintas naciones blancas europeas, y a estas pugnas se les quiso dar también
una explicación racista: no sólo existía una jerarquía entre las distintas
grandes razas humanas, sino que dentro de la blanca también existían jerarquías.
Para los sajonistas eran los británicos y los norteamericanos los mejor dotados.
Los celtistas legitimaban las aspiraciones francesas en las bondades de la raza
celta, los habitantes de las Galias antes de la invasión franca, ya que, de
haber exaltado a los francos, al ser éstos un pueblo indudablemente germano,
habrían glorificado indirectamente a Alemania, a la que se consideraba una
potencia enemiga (14). El teutonismo consideraba, por fin, que era el pueblo
alemán el que mejor encarnaba las cualidades de la raza aria. Todas estas
doctrinas estaban ampliamente difundidas y eran entusiásticamente aceptadas,
tanto en los ámbitos populares, como en los sesudos círculos
académicos.
Aunque hoy sólo se hable del racismo alemán, este
tipo de ideas tenían igualmente predicamento en el Reino Unido, EE.UU. o
Francia. Un autor norteamericano, Homer Lea (1876-1912), en su The Day of
Saxon (1912) animaba a la "raza sajona" —británicos y norteamericanos— a
aniquilar a la "raza teutónica" si quería asegurarse el dominio del
mundo.
Los pueblos europeos latinos no solían salir muy
bien parados en estas teorizaciones racistas. La cultura grecorromana no era
presentada como autóctona, mediterránea, sino como fruto de pueblos nórdicos
emigrados al sur... Y en cuanto a lo que pasa por ser la mayor gesta de los
pueblos latinos en el mundo moderno, el descubrimiento de América, no deberá
sorprendernos que en los primeros años de este siglo hiciera auténtico furor la
historia de los viajes de los vikingos a América, presentados como el primer y
verdadero descubrimiento; el hecho de que, en cualquier caso, la eventual
presencia de escandinavos en América no tuviera la más mínima consecuencia
histórica era irrelevante: cualquier cosa era preferible antes que admitir que
ese hecho capital de la historia de la Humanidad que es el descubrimiento del
Nuevo Mundo se debiera a una tripulación de andaluces mandados por un marino
italiano (15).
En cuanto a las relaciones entre blancos y pueblos
de color, en la praxis política cotidiana, el muy liberal Reino Unido realizaba
una política indiscutiblemente racista sobre su vasto imperio colonial, y esto
resulta tan obvio que no merece la pena que abundemos en ello. Sí que conviene,
en cambio, subrayar que esta praxis no era fruto de la casualidad, ni de la
simple xenofobia, sino resultado de todo un andamiaje teórico de carácter
inequívocamente racista (16).
Y que la vida cotidiana de los Estados Unidos,
paradigma de la democracia formal, estaba impregnada de un racismo radical —no
sólo frente a indios y negros, también frente a otras razas blancas, como los
italianos— no era menos obvio. Y no estamos hablando de las actitudes concretas
de la personas señaladas, sino de la existencia de leyes y reglamentaciones que
impedían que blancos y negros viajaran juntos en autobús, se cortaran el pelo en
la misma peluquería, fueran a la misma escuela, etc. De hecho, el racismo
institucionalizado y legalizado se mantuvo en la mayor parte de los EE.UU. hasta
bien entrados los años sesenta de nuestro siglo.
Sin embargo, será Alemania la nación con la que,
en definitiva, acaben identificándose las teorizaciones racistas en la mente de
la mayor parte de los habitantes del mundo. ¿Por qué? No hay duda de que
Alemania fue uno de los más tristemente fértiles caldos de cultivo para todo
tipo de ideas racistas. Sin duda, porque servían, como ya hemos dicho, para
tratar de justificar las aspiraciones expansionistas alemanas. Debido a su muy
tardía unificación, Alemania había llegado muy tarde al reparto del poder
mundial y, lógicamente, trataba de subvertir ese orden. La ideología racista
ofrecía un buen surtido de argumentos útiles y no se tardaría mucho antes de que
apareciera una legitimación racista del afán expansionista alemán con la figura
de Von Treitschke. El racismo era, incluso, una fórmula para tratar de alcanzar
lo que en realidad los alemanes aún no habían logrado después de su unificación
de 1870, esto es, la auténtica unificación alemana: decenas de millones de
alemanes seguían viviendo fuera del territorio del II Reich, fundamentalmente en
el Imperio Austro-Húngaro, pero también en Suiza.
Conviene que subrayemos, empero, que la
identificación entre racismo y Alemania es bastante caprichosa, ya que como
hemos afirmado el racismo ha sido una ideología profundamente arraigada en toda
la Europa noroccidental y los EE.UU. Todos hemos oído hablar de los excesos del
racismo nazi en el período de entreguerras y en el transcurso de la segunda
guerra mundial. En cambio, un discreto velo de silencio oculta que esas mismas
ideas aberrantes eran ampliamente compartidas en los EE.UU., por poner sólo un
ejemplo. La obra de Stephan Kühl, The Nazi Connection. Eugenics, American
Racism and German National Socialism (17), ilustra elocuentemente los
estrechos lazos establecidos entre los teóricos y científicos racistas nazis
alemanes y sus colegas norteamericanos; y no nos estamos refiriendo a minúsculos
grupos de radicales políticos, sino a instituciones académicas y médicas
estadounidenses del mayor prestigio, que compartían con los nazis alemanes la
obsesión por la higiene racial.
¿Una herencia bíblica?
Si la xenofobia puede manifestarse en cualquier
país o cultura, y podemos encontrar sin apenas esfuerzo huellas de esa
presencia, en cambio el fenómeno que aquí definimos como racismo parece
patrimonio —en cuanto a sus orígenes intelectuales y primeros escarceos— de un
reducido número de naciones, todas ellas —repetimos— situadas en el ángulo
noroccidental europeo, con su prolongación transatlántica en EE.UU., y con una
común caracerística: la influencia que en todas ellas tuvo la Reforma
protestante. En efecto, Alemania, el Reino Unido, Escandinavia, Holanda, los
Estados Unidos, son posiblemente los países donde el racismo ha tenido raíces
intelectuales más profundas. Desde luego, todos tienen en común una base
germánica, pero pensar que el racismo se deriva necesariamente del germanismo
sería precisamente caer en una abominación racista, además de ser una ridiculez
histórica. Se podría pensar también que todos estos países estaban en pleno
apogeo a fines del XIX y principios del XX, y que encontraron en el racismo una
ideología legitimadora. Tampoco es demasiado cierto, porque según esta idea,
todo país o raza que haya tenido una fase de apogeo debería haber dado lugar a
la aparición de una teoría racista, y esto es falso.
A mi entender, el factor decisivo que se da en
todos estos países para explicar la aparición de una teoría racista es el hecho
de que fueran culturas vinculadas al Protestantismo. Como es sabido, mientras
que en los países de cultura católica la libre lectura directa de la Biblia y en
concreto del Antiguo Testamento estuvo prácticamente prohibida salvo
autorización, en los países que se unieron a la Reforma la lectura y reflexión
cotidiana sobre el Antiguo Testamento se convirtió en una práctica cotidiana de
todos y cada uno de los creyentes. Son muchas y muy variadas las ideas que
podemos encontrar en el Antiguo Testamento; y el exclusivismo biológico —por no
utilizar en este caso la palabra racismo, para que nadie se dé por ofendido— es
una de las más repetidas y las más nefastas (18). Creemos que un estudio
detallado del tema demostraría la correlación existente entre los tres factores
siguientes:
a) País de cultura protestante y en los que se
practica la lectura cotidiana de la Biblia.
b) La noción biológica de pueblo elegido se
incorpora a la cultura nacional.
c) Se formulan teorías racistas explícitas, que
llegado el caso se transforman en derecho positivo.
Vale la pena, por ejemplo, comparar los casos de
dos de los países donde el racismo ha estado presente en el Derecho positivo:
los EE.UU. y la Suráfrica de los boers. Tenían poca cosa en común. El primero de
estos Estados se estaba elevando hacia la hegemonía planetaria, era —y es— un
país altamente industrializado y urbano, y los negros eran una minoría. En
Suráfrica, los boers vivían en el campo, en granjas aisladas, conformaban la
minoría estadística y nunca llegaron a ser una superpotencia. Ni desde el punto
de vista socioeconómico, ni en el orden internacional, ni por la importancia de
la población de color, los casos de EE.UU. y Suráfrica pueden ser considerados
análogos. Pero ambos tuvieron leyes que impedían a un negro viajar junto a un
blanco en un autobús, por ejemplo. Lo que sí tenían en común los EE.UU. y la
Suráfrica boer es la ideologia germinal de ambas naciones: el
calvinismo.
La simple ecuación protestantismo = racismo sería
absurda, mecanicista, reduccionista. Pasaría por alto, por ejemplo, que el
político racista más conspicuo del siglo, Hitler, procedía de una familia y una
región culturalmente católicas. Pero que existe una relación entre una cultura
nacional basada en la lectura y exégesis de la Biblia y la formulación explícita
de teorías racistas me parece evidente e históricamente contrastable.
El pecado y la penitencia
En el período de entreguerras en Europa, por
ejemplo, observamos claramente cómo el racismo es un componente clave en los
fascismos nórdicos, pero inicialmente ausente de los meridionales. El fascismo
italiano, por ejemplo, no sólo no tenía ningún componente racista originalmente,
sino todo lo contrario. Cuando los soldados italianos marchaban sobre Abisinia
—la actual Etiopía— para conquistarla, aunque sin la menor duda machacaron a los
indígenas, es revelador que la canción militar que se hizo famosa en la campaña
rezara: Facetta nera, sarai romana —"Carita negra, serás romana"—. Es
decir, por encima de la brutalidad de la conquista, de las matanzas, a medio
plazo existía el proyecto de incorporar a los abisinios a la italianidad. En
cambio, en el fascismo alemán el racismo ocupaba el lugar nuclear. Incluso
aunque dieran en algunos casos mejor trato a las poblaciones conquistadas que
los propios italianos, jamás se les ocurría pretender que esos pueblos pudieran
ser germanizados. El soldado alemán que violaba a una rusa, por ejemplo, era
llevado ante un tribunal militar, pero no por la violación, sino por atentar
contra la pureza de la sangre alemana. Por desgracia, al ser Alemania la única
nación que, dada su fuerza, podía subvertir el orden internacional imperante, su
versión racista del fascismo acabó imponiéndose y siendo miméticamente imitada
por los demás fascismos europeos, incluido el italiano.
Cuando se habla de la Alemania nazi, resulta obvio
que nadie apelará a cualquier otro aspecto de su ideología o de su política
distinto del racismo y el antisemitismo. Todo aspecto interesante o positivo que
pudiera haber en sus ideas o en su praxis queda anulado ante el hecho de que en
el centro del discurso nazi se instaló el más fanático exclusivismo biológico.
Pero de estos temas ya se ha hablado hasta la saciedad, de manera que el aspecto
sobre el que aquí deseamos llamar la atención es distinto: se trata de subrayar
aquí hasta qué punto el racismo fue, en sí mismo y paradójicamente, el causante
de la derrota de la Alemania de Hitler. Estos serían los grandes errores
hitlerianos causados por su ceguera racista:
1) En 1940 la Alemania hitleriana pudo aniquilar a
los británicos en Dunkerke y después con una invasión de las islas británicas.
Hitler no lo hizo porque siempre profesó una devoción literalmente perruna por
los británicos que, para él, eran los más próximos parientes raciales y cuyo
modelo de dominación mundial pretendía remedar. No podía aniquilar a una nación
cuyo capital biológico era tan valioso... Los dejó escapar en Dunkerke, para no
humillarlos; y después jamás proyectó en serio ni la invasión de Gran Bretaña ni
tampoco el ataque a sus intereses imperiales en el Mediterráneo hasta 1942,
cuando ya era demasiado tarde. Hitler soñaba con una alianza entre pueblos
germánicos, los británicos dominando los mares y los alemanes el continente.
Pretendía copiar su sistema colonialista en el Este... Y los británicos le
devolvieron tanto respeto y admiración de la forma que ya sabemos.
2) En 1940-1941 los pueblos colonizados,
fundamentalmente los árabo-musulmanes y los hindúes, después de la apabullante
derrota de Gran Bretaña y Francia en 1940, sólo esperaban una señal del III
Reich para alzarse contra las potencias colonialistas, señal que como sabemos
jamás recibieron. Es más, incluso a la Francia derrotada se le permitió
conservar su imperio norteafricano. En abril de 1941 Irak, un país árabe, se
sublevó contra el dominio británico para unirse al Eje —un caso único, pues
ningún otro país se sublevó para aliarse con el III Reich— sin recibir de
Alemania más que una ayuda simbólica. La razón de tan absurda política es que,
en realidad, Hitler jamás tuvo ninguna simpatía por aquellos pueblos de color.
Incluso pensaba que, en definitiva, aquellas razas inferiores no podrían
expulsar a los blancos... Esta estupidez llego al extremo de que cuando en
Singapur los británicos fueron humillantemente derrotados por los japoneses,
Hitler confió a sus generales que, de hecho, lo que él desearía era mandar a sus
panzers a Singapur para defender los intereses de los pueblos germánicos frente
al peligro amarillo. Que los pueblos colonizados han tenido fuerza para expulsar
a los ejércitos de las naciones occidentales, incluso a costa de sacrificios
increíbles, es algo que tenemos muy reciente. Hitler siempre se resistió a esta
idea debido, sin duda, a sus prejuicios racistas.
3) Dada su comovisión racista, pese a sus
simpatías por la Italia fascista y por el Japón, nunca tuvo el convencimiento de
estar librando la misma guerra que esas dos naciones, latina la una y amarilla
la otra. Esto dio lugar a lo que los historiadores han bautizado como "guerra de
las estrategias independientes". De hecho, Hitler jamás se molestó en dar a
conocer sus intenciones a japoneses e italianos. Japón, que durante los años
1936-39 tuvo innumerables conflictos fronterizos con la URSS, en 1940 no fue
informada de que ya se planeaba la operación "Barbarroja" y cuando comunicó a
Alemania que se disponía a establecer un pacto de no agresión con la URSS, hasta
se le animó a hacerlo. No se consideraba preciso contar con aquellos pequeños
amarillos. Casos similares se pueden relatar con respecto a Italia. Subyacente
en esta absurda estrategia, estaba la idea de que esos dos Estados, que no eran
germánicos, no podían ni debían ser tratados como iguales.
4) Cuando Alemania lanzó la operación
"Barbarroja", los rusos y los demás pueblos de la URSS estaban literalmente
hartos de la ominosa dictadura stalinista, que había causado millones de muertos
y sacrificios sin fin a todos los pueblos de la URSS. De hecho, en las primeras
semanas de la campaña los pueblos del Este recibían alborozados a la Wehrmacht.
Pero en vez de actuar como liberadores, la campaña se transformó en una
auténtica guerra de conquista colonial. Literalmente se pensaba en hacer de los
pueblos de la URSS unos nuevos ilotas al servicio de los alemanes. Esta
abominable política abortó, en definitiva, lo que fue una posibilidad más que
real: la de que millones de ciudadanos de la URSS se unieran a los alemanes
contra Stalin. Al contrario, la brutal política racista y colonialista aplicada
por los alemanes en Rusia despertó todas las energías nacionales de los rusos,
quienes acabaron derrotándolos y ocupando parte de su mismo territorio durante
medio siglo.
Tan larga digresión pretende demostrar qué puede
llegar a ocurrir cuando se parte de ideas aberrantes. Todo problema que está mal
planteado no puede tener una solución correcta. Y si el planteamiento —la
ideología racista— es manifiestamente absurdo —amén de potencialmente criminal—,
la conclusión no puede ser más que catastrófica. Aunque a sus entusiastas
defensores les guste creer que lo que provocó la derrota del III Reich fue una
tenebrosa conjura mundial, la realidad es que lo que llevó a la derrota de la
Alemania hitleriana no fue otra cosa que su ideología racista o, más
exactamente, los errores político— estratégicos que de ella se derivaron. Su
pecado les trajo una dura penitencia (19).
De la ideología a la realidad
Las tesis racistas que hablaban de la superioridad
blanca, en general, o sus derivaciones —nordicismo, teutonismo, sajonismo,
celtismo, etc.—, resultaban manifiestamente absurdas y no hubieran resistido un
análisis frío y desapasionado, en el caso de que sus creyentes hubieran decidido
someter sus ideas a esta práctica. Bastaba con preguntarse: si la raza blanca
era superior, ¿cómo explicar que durante milenios la China marchara en
vanguardia cultural, científica y técnica? Se atribuía a los arios todo aspecto
creativo, pero sólo alguien dotado de una imaginación portentosa podía atribuir
la Gran Muralla, o las pirámides de Egipto o del Yucatán, al genio creador de
los blancos. Si los germanos eran seres tan poderosamente dotados, ¿cómo
justificar que durante siglos hubieran sido tan sólo un pueblo de rústicos
analfabetos que habitaban chozas en el interior de fríos bosques, sin dar
durante tantísimos siglos la más mínima muestra de genio, mientras que, a
orillas del Mediterráneo, se sucedían portentosas civilizaciones?
Los mismos germanos afirmaban sus orígenes
nórdicos, incluso hiperbóreos, sosteniendo que esa sangre nórdica era la mejor.
Hubiera sido necesario preguntarse, ¿cuál había sido la gran aportación del
mundo nórdico a la Humanidad? Los vikingos, sus más conspicuos representantes,
no fueron más que vulgares piratas y saqueadores. Incluso sus hazañas guerreras
palidecen y se quedan en nada cuando se las compara con las de otro gran pueblo
de saqueadores, los mongoles, quienes, además de superarles en proezas
castrenses, fueron capaces de levantar un imperio, nada más y nada menos que
desde Corea hasta Polonia, al tiempo que conquistaron la nación más desarrollada
y poblada del mundo: China.
Los pueblos latinos, como los españoles o los
portugueses, muy despreciados en la época de apogeo del racismo, demostraron
estar mucho más avanzados que los británicos en el dominio del mar. Mientras que
los portugueses llegaban a las Indias Orientales y China mucho antes que los
británicos, los españoles fueron capaces de construir un gigantesco imperio
ultramarino que duró mucho más de lo que ha permanecido en pie el bastante
efímero imperio británico (20), por muy germánicos y rubicundos que fueran los
conquistadores y administradores de este último. ¿Cómo un pueblo tan poco
nórdico como el español había realizado tamañas proezas en la historia? En vez
de resolver de una forma sensata tal interrogante se recurrió, sin embargo, a
una hábil treta: mientras los publicistas anglosajones cantaban las mas
apasionadas elegías de cualquier personajillo con apellido británico, las gestas
de un Cortés o un Pizarro ni se mencionaban. Y que conste que no tratamos aquí
de legitimar un imperialismo hispano frente a otro anglosajón, sino que
apuntamos cómo se construía una visión de la historia destinada a sostener las
tesis racistas del imperialismo británico. Y ¿qué decir de los árabes? Ese
pueblo, considerado un pueblo semita despreciable, había realizado una de las
más gigantescas epopeyas de la historia, conquistando el espacio comprendido
entre los Pirineos y el valle de Ferghana en Asia Central —de hecho, la batalla
en la que los árabes derrotan al ejército godo en España y la batalla de Talas,
en la que expulsan a los chinos de toda el Asia Central, son cronológicamente
casi simultáneas—, dotándolo además de una civilización altamente desarrollada.
En cuanto a su mayor creación espiritual, el Islam, esa religión se extendía, en
la época de apogeo de la ideología racista, entre el Atlántico y el Pacífico.
¿Cuál era la gran creación cultural-religiosa que se pudiera comparar a ésta y
que fuera realizada por los escandinavos, un pueblo que parece ser la
quintaesencia de la germanidad? ¿Sus sagas? ¿Son comparables sus correrías de
saqueo por los mares que circundan Europa con esa capacidad para construir en
poquísimos años un imperio pluricontinental? Todo esto resulta fácil de razonar,
si uno se lo propone. Pero cuando se parte de prejuicios, casi nada resulta
claro y todo acaba por deformarse.
De hecho, los prejuicios racistas reaparecen donde
menos lo espera uno, y así, aún hoy en día, podemos ver, por poner un ejemplo,
cómo para bastantes autores sigue siendo imposible admitir que el Taj Mahal, sin
duda la creación artística más bella de la Humanidad, pueda ser debido a autores
que no eran todo lo blancos que debieran (21).
Dicho de otra manera: el racismo, las teorías
racistas, encuentran un mentís total en la Historia, en la que vemos a pueblos
que si bien a la altura del ultimo tercio del XIX estaban en situacion de
decadencia, habían sido autores de grandes hazañas, creadores y portadores de
grandes culturas. Mientras que a la vez contemplamos cómo los pueblos
germánicos, que por las mismas fechas se consideraban la mejor muestra del
género humano, han pasado larguísimos siglos sin dar la mas mínima muestra de
genialidad. ¿Por qué no se quiso ver lo que resultaba evidente? Pues porque, por
desgracia, la Historia ha sido —y es— la más manipulada de las actividades
intelectuales.
Para centrarnos en el caso de Alemania, nadie
pareció prestar atención al hecho de que la raza supuestamente superdotada se
hubiera pasado largos siglos sin dar la más mínima señal de creatividad cultural
o política, ni tampoco de la voluntad de dominio que se supone acompaña a toda
raza superior, siendo incluso incapaz de auto-unificarse hasta casi en los
estertores del siglo XIX. Obviamente, entre los alemanes racistas no se trataba
para nada la cuestión de los prusianos, considerados el paradigma de lo alemán,
y en realidad los alemanes menos alemanes, ya que por sus venas corría al menos
tanta sangre eslava como germana. En toda Alemania al este del Elba se encuentra
una sorprendente cantidad de apellidos terminados en "-ki", los mismos apellidos
que, según el rey prusiano Federico Guillermo, caracterizaban "a esa masa de
estúpidos que son los polacos". De la misma manera, la cantidad de
germano-austriacos que tienen apellidos de indiscutible origen esloveno o
serbocroata sugiere que, aunque todos ellos sean indiscutiblemente alemanes por
su cultura, desde un punto de vista racial muchos debieran ser considerados como
eslavos. Un análisis sensato de la realidad histórica debía haber mostrado que,
al Este del Elba, y conforme se avanza a lo largo del Danubio, la mayor parte de
los alemanes tenían entre sus antepasados a algún polaco, algún checo, algún
esloveno o algún croata.
Nada de esto era tomado en consideración. En
cambio, el extraordinario auge cultural, científico y económico de Alemania en
el mundo a lo largo de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX era
atribuido a las cualidades biológicas de su excepcional raza. Dado el tremendo
influjo que ejercía la cultura alemana en toda Europa, eran muchos los que
consideraban que las mejores o peores cualidades de cada nación tenían mucho que
ver con el porcentaje y la calidad de la sangre germánica que corriera por sus
venas. Y no estamos hablando de personajes de segunda fila. En España, por
ejemplo, un pensador de la categoría de Ortega y Gasset atribuía buena parte de
la responsabilidad de la decadencia española, a que los germanos que nos tocaron
en suerte en las invasiones que pusieron fin al Imperio romano, los visigodos,
eran unos germanos decadentes y contaminados de romanidad, lo que contrapone al
vigor bárbaro de los francos, los germanos que se asentaron en las Galias (22).
Queda por explicar cómo este pueblo español, tocado por esa mácula de poca y
bajísima calidad de sangre germánica que nos llegó, pudo realizar la conquista
de medio mundo mientras la muy portentosa sangre de los francos apenas permitía
a Francia asegurarse el dominio de su "hexágono" durante un buen puñado de
siglos... No menos sorprendente es la valoración de lo godo-germánico como un
hecho cultural de alguna relevancia, siendo así que los siglos de dominio de los
conquistadores godos en España no supuso ninguna aportación cultural apreciable
y en realidad la España goda no es sino un triste final para el mucho más
glorioso episodio de la Hispania romana. Pero, en definitiva, la referencia a
Ortega y Gasset nos da una muestra de hasta qué grado se había extendido,
también en nuestro país, la moda de la teutomanía (23).
Raza versus
clase
Un análisis, no ya científico, sino de sentido
común, acaba por echar por tierra cualquier teoría racista. Sin embargo, no sólo
se difundieron ampliamente, sino que fueron seguidas a pies juntillas por
Gobiernos, por partidos y por amplias capas populares. ¿Cómo fue posible? En
realidad no tiene nada de extraño ni de excepcional. Un caso similar ha ocurrido
con el marxismo. Éste, como sistema de pensamiento, es una falacia absoluta.
Según esta teoría, era inevitable que los países más desarrollados
económicamente se acabaran convirtiendo en comunistas, al entrar en
contradicción el desarrollo de las fuerzas productivas con las relaciones de
producción. Pasaron décadas y se pudo comprobar que ni un solo país desarrollado
se convertía al socialismo, mientras que este régimen se imponía exclusivamente
en países atrasados y feudales, puramente rurales. Pese a tan flagrante
contradicción, que invalidaba al marxismo como ciencia, ya que no sólo no
predecía bien el desarrollo histórico, sino que al final lo que ocurría en la
realidad histórica era exactamente lo contrario de lo que se decía que iba a
ocurrir, de lo que debía suceder según los dogmas; pese a esto, repito, el
marxismo ha sido la filosofía oficial de la Historia durante décadas, no sólo en
la URSS y demás países comunistas, sino con más fuerza aún entre los
intelectuales de Occidente; y quién sabe si, de no haber sido por el hundimiento
catastrófico de la URSS y el mundo socialista, aún seguiría gozando del mayor
predicamento intelectual. El intelectual que vive del "prêt-a-penser" es un
modelo mucho mas habitual de lo que nos podemos imaginar. Y aunque la URSS y
demás países satélites parecía que debían sus teorías más a un taxidermista que
a un filósofo (24), los absurdos, aberraciones y ridículos del pensamiento
marxista aparentaban tener mas verosimilitud que cualquiera otra filosofía en la
Historia, si uno se dejaba llevar por las opiniones de la mayor parte de los
intelectuales afamados del siglo XX. Si el marxismo ha podido mantenerse como
ideología cuasi-hegemónica durante tantas décadas, no debería sorprendernos que
el racismo haya sido una ideología con un amplio predicamento.
El racismo y el marxismo se presentaban como
ciencias y eran creídos como tales, pero en realidad no eran sino creencias,
ideologías, casi religiones, que se aceptaban acríticamente por sus seguidores.
Marx creyó que las clases y sus luchas eran motores de la historia. Gobineau
afirmó que eran las razas y sus luchas. Hoy sabemos que si existen razas y
clases es puramente como categorías descriptivas —como existen los trajes verdes
y los sombreros azules—, pero que ni las clases ni las razas son los motores de
la historia, porque en realidad no son sujetos agentes.
Otro punto en común entre marxismo y racismo es su
gran capacidad de movilización de masas. En la Alemania derrotada de 1918,
Hitler encontró en el racismo el gran motor capaz de sacar de su abatimiento al
pueblo alemán e hizo de él la base de su doctrina. Poco importaba, en realidad,
que el pueblo alemán no pueda ser definido como una raza. Según los criterios
taxonómicos raciales entonces vigentes, una parte del pueblo alemán podía ser
considerada como miembro de la raza nórdica —la que habitaba en la parte central
y septentrional del país—, pero otros muchos alemanes respondían a las
clasificaciones de raza alpina —alemanes del Sur—, este-europea —alemanes del
Este, a partir del Elba y, desde luego, a partir del Oder— e incluso de la raza
dinárica —en Austria— (25). Sin embargo, se hizo de la raza el mito movilizador
central del discurso. No por casualidad la obra del teórico principal del NSDAP,
Rosenberg, se llama El Mito del Siglo XX. Al proceder así, Hitler no
estaba realizando nada excepcional. Por desgracia, el nacionalismo alemán se
hallaba muy impregnado de racismo antes de que él fuera una figura relevante.
Hoy sabemos que no hay una raza romana, sino una cultura romana; que no hay una
raza indoeuropea, sino una lengua y, a grandes rasgos, una cultura indoeuropea;
que no hay una raza alemana, sino una cultura alemana. Pero esto no resultaba
tan obvio en la Alemania y en la Europa de principios de siglo...
Frente a la ideología pretendidamente científica
del marxismo, con gran capacidad de atracción popular —¿cómo no va a gustar oír
que la culpa de tus desgracias la tienen los explotadores, pero afirmándose a la
vez que su fin esta próximo y es inevitable?—, se alzó otra ideología con igual
pretensión de ser científica, y no menos halagadora para las masas —¿acaso no
suena a música celestial que le digan a uno que pertenece a una raza superior?—.
Ni una ni otra, empero, contenían un ápice de verdad y han pasado a la historia
como responsables de las mayores tragedias para los pueblos que las adoptaron.
Si los errores y horrores del racismo llevaron a Alemania al borde de su
aniquilación como nación, los errores y los horrores del comunismo han llevado a
Rusia desde el feudalismo hasta el gobierno de las mafias pasando por la
dictadura más brutal de la historia.
Precisamente la comparación entre marxismo y
racismo es la mejor manera de verificar hasta qué punto el racismo es una
ideología típica de la modernidad. Ambas pretenden ser filosofías de la
historia, que la explican a través de un solo factor —lucha de clases, lucha de
razas—, basando sus teorías en los avances científicos —la economía política, la
biología—. Si los marxistas querían superar la falsa conciencia de los
proletarios, haciéndoles adquirir conciencia de clase, el primer objetivo de los
racistas era difundir la conciencia de raza entre los miembros de la pretendida
raza superior.
Dos ejemplos que nos ilustran sobre la necesidad
de construir la alternativa, los nuevos paradigmas, alejados de reduccionismos y
de presuntos cientifismos. Pero, a la vez, ambos fenómenos nos sugieren una
importante pregunta: ¿Si eran tan erróneos y absurdos como han demostrado ser,
cómo explicar su éxito? ¿Cómo llegaron a convertirse en las "ideologías
universales del siglo XX", según expresión de Hannah Arendt? Este éxito no se
debió, sospecho, tanto a sus méritos intrínsecos como a las deficiencias
esenciales del pensamiento burgués triunfante con la Ilustración. De la misma
manera que el pensamiento ilustrado fue incapaz de dar una respuesta a la
problemática social que se derivaba del industrialismo capitalista, pese a sus
proclamas de libertad e igualdad, el pensamiento ilustrado tampoco fue capaz de
ofrecer una teoría antropológica que se adecuara a las realidades plurales del
ser humano. El individuo, la construcción teórica de la antropología ilustrada,
es una ilusión, ya que el ser humano, si llega a ser, es precisamente porque no
es individuo, sino miembro de una comunidad o, más exactamente, de una cadena de
comunidades. Al despojar al ser humano de su engarce dentro de un universo
social holista y organicista, el pensamiento ilustrado no erradicó de él la
necesidad de identificarse con una colectividad. La nación y la raza —en otros
casos, la clase— aportaron así el nuevo marco colectivo al sujeto nacido de la
Ilustración que, como ser humano que seguía siendo, en realidad no podía
reconocerse en la construcción teórica del individuo.
La vinculación entre racismo e individualismo se
manifiesta también en el hecho de que todo racismo es un igualitarismo. Para un
racista alemán, por ejemplo, cualquier alemán era mejor que el mejor de los
italianos, porque todos los alemanes era iguales, y por tanto mejores que
cualquiera de otra raza... Y hacemos constar esto porque algunos racistas han
pretendido dar a esta ideología un cariz de ideología aristocratizante, frente a
los valores plebeyos de la Ilustración. Nada más alejado de la realidad, ya que
el igualitarismo antropológico ilustrado se reproduce en el discurso racista,
aunque a escala reducida, limitada. Son muchos y muy sólidos los argumentos que
nos hablan de que el racismo es una ideología cuya génesis, desarrollo y
características están más vinculados con la modernidad que con el mundo
tradicional. Por tanto lo que está claro es que todo intento de ir más allá de
los valores de la modernidad debe rechazar resueltamente cualquier vinculación
con el racismo. Y que, desde el punto de vista de las Ciencias Humanas, la
dependencia de los volubles datos de las ciencias físicas siempre es una
peligrosa sumisión.
Carlos Caballero Jurado . Con nuestro
agradecimiento a Juan C. Garcia Morcillo
(tabularium@universitariosmix.com)
Notas
1. Princenton University Press, 1995.
2. Habrá quien afirme que, de hecho, el racismo es
tan antiguo como el hombre. La Antropología comparada ha demostrado que
infinidad de tribus primitivas dividen a los seres humanos en dos grandes
categorías: los "hombres", es decir los miembros de la propia tribu, y los demás
seres humanos, catalogados directamente como inferiores y a veces incluso como
animales. Pero no creo que se pueda hablar de racismo en este tipo de
manifestaciones, ya que esas creencias carecen de todo tipo de formulación o
intento alguno de fundamentación; se trata, simplemente, de un caso primario de
xenofobia que se conoce como etnocentrismo (Levi-Strauss). Por otra parte, a lo
largo de la Historia, algunos grandes pueblos se han considerado superiores a
los demás, con derecho a conquistar y someter a sus vecinos, como sería el caso
de los romanos, por ejemplo. Pero, a la vez, esos pueblos se han esforzado por
extender su cultura a los pueblos conquistados, lo que nos muestra que en
realidad creían en la superioridad de su cultura, no de su sangre. La xenofobia
radical de tribus primitivas o el supremacismo cultural de algunas grandes
naciones conquistadoras pueden haber tenido ocasionalmente efectos prácticos muy
similares a los del moderno racismo, pero se trata en realidad de fenómenos
cualitativamente distintos.
3. Es muy significativo que las teorías
frenológicas fueran fundamentalmente criticadas por los pensadores de la
corriente antiilustrada, como el español Balmes.
4. Carus era físico, filosofo y pintor aficionado,
devoto admirador del gran paisajista alemán Caspar David Friedrich; sus ideas
racistas aparecen en su obra Nueve Cartas sobre la Pintura de Paisajes
(1831). Klem (1802-1867) fue uno de los primeros antropólogos y desarrollo un
concepto de "cultura" cuya influencia se dejó sentir largamente. Para él, la
humanidad atraviesa varias etapas de desarrollo y progreso: el salvajismo, la
domesticación, la libertad. Estas ideas, típicamente progresistas, se combinan
con la creencia de que los pueblos tienen temperamentos y mentalidades
inmutables y que hay razas "activas" e "inactivas". Estas ideas fueron expuestas
en su voluminosa obra en diez tomos Allgemeines Kulturgeschichte der
Menschheit.
5. Magnus Gustaf Retzius (1842-1919) fue un
anatomista y antropólogo sueco que destacó especialmente por sus estudios del
sistema nervioso y de anatomía del cerebro.
6. Cada libro que trata de establecer una
taxonomía racial, establece una catalogación distinta de las razas. Compárese,
por ejemplo: EUGENE PITTARD, Las Razas y la Historia. Introducción etnológica
a la Historia, México, 1959, y PAULETTE MARQUER, Las razas humanas,
Madrid, 1969.
7. GEORGE L. MOSSE, La Cultura del siglo
XIX, Barcelona, 1997. Especialmente el cap. 5º: "Racismo".
8. GEORGE L. MOSSE, Die Geschichte des
Rassismus in Europa, Franfurt am Main, 1990.
9. LOUIS DUMONT, Ensayos sobre el
Individualismo, Madrid, 1987. Especialmente el cap. "La Enfermedad
Totalitaria. Individualismo y Racismo".
10. La obra de FRANCISCO JAVIER NAVARRO, El
Paraíso de la Razón. La Revista "Estudios" (1928-1937) y el mundo cultural
anarquista (Valencia, 1997) nos muestra, por poner un ejemplo, hasta qué
punto la eugenesia fue asumida y difundida por intelectuales anarquistas
españoles. V. p. 96 y ss. Cuando redactamos este artículo —agosto de 1997— la
prensa diaria esta cuajada de noticias sobre la noticia-escándalo de este
verano: la práctica eugenésica extendida durante varias décadas en los muy
civilizados, modernos y socialdemócratas países escandinavos, especialmente en
Suecia, que ha continuado hasta casi hoy en día.
11. GEORGE L. MOSSE, La Cultura del siglo
XIX, cap. cit.
12. F. ELÍAS DE TEJADA, El racismo. Breve
historia de sus doctrinas, Madrid, s.f. Elías de Tejada fue un pensador
tradicionalista, ideológicamente afín al carlismo.
13. De hecho, la obra de Weber La Ética
protestante y el espíritu del capitalismo es un magnífico texto
antirracista, al mostrarnos como el "desarrollo" económico moderno tiene que ver
fundamentalmente con la adopción de ciertos valores ético-culturales que
favorecen la productividad económica, y nada que ver con "valores raciales
congénitos" de los pueblos. Pero es muy revelador que, en las primeras páginas
de ese texto, cuando esboza su tesis sobre la relación entre calvinismo y
desarrollo capitalista, Weber diga que quizás las ideas que va a exponer en la
obra sean falsas y la explicación auténtica sobre el grado superior de
desarrollo económico de los países germánicos de Europa noroccidental radique en
algunos rasgos raciales de los pueblos germánicos, rasgos que, nos recuerda
Weber, en esa época se estaban estudiando afanosamente.
14. Este "celtismo" reaparece de la manera más
inesperada en lugares insospechados, como los "comics" de Asterix y Obelix. Una
lectura ideológica de estas famosas viñetas humorísticas nos muestra a los galos
-celtas- como superiores a los romanos, los vikingos y los germanos, así como
descubridores del continente americano, ganadores de Juegos Olímpicos, etc.,
etc.
15. V. GWYN JONES, El Primer Descubrimiento de
América, Barcelona, 1985. Es sorprendente el interés por atribuir las
mayores proezas a los vikingos, algo debido a que siendo posiblemente los
escandinavos los más rubios- altos- ojosazulados miembros de la raza blanca,
todo buen racista les debe prestar una rendida admiración y atribuirles las
mayores proezas, aunque no se encuentre el mas mínimo vestigio de ellas en la
Historia. Esta vikingomanía alcanza caracteres verdaderamente patológicos en
algunas obras que insinúan orígenes vikingos en culturas prehispánicas de
América; v. Jacques de Mahieu, El Imperio Vikingo de Tiahuanacu (América,
antes de Colón), Barcelona, 1985.
16. Edward Said cita un buen número de las obras
en las que se desarrolló la teoría racista del imperialismo ingles: THOMAS HENRY
HUXLEY, The Struggle for Existence in Human Society (1888); BENJAMIN
KIDD, Social Evolution (1894); P. CHARLES MICHEL, A Biological View of
Our Foreign Policy (1896); JOHN B. CROZIER, History of Intellectual
Development on the Lines of Modern Evolution (1897-1901); CHARLES HARVEY,
The Biology of British Politics (1904)... Como se ve, un elenco de
teóricos racistas de la política que hubiera despertado la envidia del mismísimo
Himmler. En su obra Orientalismo (Madrid, 1990), Edward Said da otros
muchos ejemplos de la presencia de ideas racistas en políticos e intelectuales
británicos y franceses, todos ellos de la órbita ideológica liberal.
17. Editada por Oxford University Press, Nueva
York, 1994.
18. Cuando alguien que se ha formado en el entorno
de una cultura católica usa la expresión "Pueblo Elegido", le da el carácter de
elección voluntaria. En la Biblia, por el contrario, el concepto "elegido" es
estrictamente biológico, hereditario, racial. Numerosos pasajes de los textos
bíblicos recogen, por ejemplo, las imprecaciones que lanzaban los profetas
contra aquellos hebreos que mezclaban su sangre con la de otras razas.
19. El lector habrá observado que en ningún
momento estamos tratando de un tema como el antisemitismo ni la política
antisemita del III Reich. Tema tan importante merece por sí mismo un estudio
detallado.
20. Para los británicos su imperio iba a ser
eterno, al igual que para Hitler su Reich iba a durar mil años. En 1911, cuando
los británicos trasladaron la sede de su Gobierno en la India desde Calcuta a
Delhi, se prohibió que la banda que animaba el desfile militar conmemorativo
interpretara "Onward, Christian Soldiers", dado que esa pieza musical aludía al
ascenso y caída de imperios, mientras que sólo se mantenía lo creado por Dios.
Obviamente era inapropiada, ya que el imperio británico iba a ser eterno.
Después de la creación de Adán y de la venida del Mesías, se podía leer en la
prensa británica, el tercer hecho decisivo en la Historia de la humanidad era la
instauración del imperio británico, que iba a durar eternamente. En realidad,
aunque los británicos estuvieron en la India durante doscientos años, desde la
coronación imperial de la reina Victoria hasta que se arrió la bandera británica
en Delhi solo pasaron setenta años. La creencia en la eternidad del Imperio
británico o en la duración milenaria del Reich hitleriano derivaba directamente
de la ideología racista que sustentaba ambas creaciones políticas. El
imperialismo estaba estrechamente vinculado con el racismo, ya que el dominio
imperial de una raza sobre otras parecía ser la confirmación empírica de las
mejores cualidades biológicas de la raza dominante.
21. La autoría del Taj Mahal ha sido objeto de una
curiosa polémica. Algunas guías de la India, destinadas a turistas occidentales,
llegan a afirmar sin titubeos que el autor fue un italiano, dándole el nombre de
Geronimo Veroneo, con lo cual el turista vuelve a su país satisfecho de saber
que la obra de arte que le ha dejado boquiabierto no se debe a ningún tipo
oscuro como los que le asediaban en las calles de Agra.Tal mixtificación se basa
en apreciaciones como las del historiador George Marçais, quien escribía que las
características de la obra le da "un carácter algo extraño al arte oriental y
que ha dejado suponer la intervención de un arquitecto europeo" (El arte
musulmán, Madrid, 1985, p. 210). Otro gran especialista en arte musulmán,
Alexandre Papadopoulo (El islam y el arte musulmán, Barcelona, 1977, p.
292), sostiene que el nombre del arquitecto era el de Isa —Jesús, en árabe—,
nombre muy raro en los musulmanes de la India o Persia, que "en cambio sería
normal en un griego, un armenio o un sirio"; es decir, entre miembros de
minorías nacionales cristianas del Imperio otomano, de alguna manera vinculadas
a la tradición cultural europea. Pero no satisfecho con ello, apunta además que
"según cierta tradición podría tratarse de un arquitecto italiano". En realidad,
se sabe perfectamente quiénes fueron los arquitectos del Taj Mahal, y ninguno de
ellos responde a la información que sobre ellos nos dan Marçais, Papadopoulo o
las guías turísticas al uso (v. S. BLAIR Y J. BLOOM, The Art and Architecture
of Islam, 1520- 1800, Pelican History of Art, Yale University Press). El
hecho, que puede parecer anecdótico, demuestra no obstante lo arraigado de
ciertas convicciones racistas, que ven como increíble que personajes morenos y
de ojos obscuros puedan ser absolutamente geniales...
22. Cfr. España invertebrada, pp. 137 y ss.
(Revista de Occidente, 17ª ed., Madrid, 1975).
23. Un crítico feroz de esta "teutomanía" de
Ortega y Gasset fue su por otra parte rendido admirador Ernesto Giménez
Caballero, en su obra Genio de España.
24. Que Marx hubiera sido un taxidermista habría
explicado al menos la pasión de los líderes comunistas por hacerse embalsamar —o
la de sus seguidores por embalsamarlos—, práctica que se inicia con Lenin,
continúa con Stalin, Dimitrov y Mao, y llega hasta Kim Il Sung. También La
Pasionaria fue embalsamada.
25. Ni siquiera los teóricos nazis del racismo
aceptaron la existencia de una raza alemana. H.F.K. Günther, por ejemplo,
distingía cinco razas en Europa: la nórdica, la mediterránea, la dinárica, la
alpina y la báltica. Conceptuaba a la nórdica como la más dotada y creía que era
la que dominaba entre los alemanes, pero desde luego no se atrevió a afirmar que
todos los alemanes fueran nórdicos.
El racismo encontro su caldo de
cultivo ideológico en los países donde había crecido el protestantismo y el
liberalismo
Desde
fines del siglo XIX las relaciones entre culturas y naciones se han visto
envenenadas por las creencias racistas. Como la palabra racismo se usa de forma
constante, y no siempre adecuada, conviene empezar por definir, lo más
estrictamente posible, su significado. La palabra "racismo" designa una creencia
cuyos rasgos fundamentales serían los siguientes:
1) Creer que los seres humanos se dividen,
fundamentalmente, en razas. Y, en consecuencia, atribuir al factor raza una
importancia antropológica decisiva.
2) Asignar a las razas características inmutables,
y creer que los caracteres trasmitidos hereditariamente no son sólo los rasgos
físicos, sino también ciertas aptitudes y actitudes psicológicas, que son las
que generan las diferencias culturales que se pueden apreciar.
3) Creer que existe una jerarquía entre razas,
siendo alguna, o algunas de ellas, superiores a las otras.
4) Entender la mezcla de razas como un proceso de
degeneración de las razas "superiores".
Raza y ciencia
Lo que entendemos por "raza" es simplemente un
estereotipo cultural. Este concepto se formó a partir de la presencia de ciertos
rasgos externos —color de la piel, características del pelo, rasgos faciales,
constitución anatómica, etc.— muy visibles y sistematizados por los científicos
de la primera modernidad, rasgos a los que se superpusieron predisposiciones
intelectuales e incluso espirituales. El racismo consiste, pues, en una
improcedente mezcla de elementos heterogéneos: físicos por una parte, mentales y
anímicos por otra.
Contrariamente a lo predicado por sus defensores
durante mucho tiempo, hoy la base científica del racismo ha sido puesta en
entredicho. Recientemente, por ejemplo, el equipo dirigido por los profesores
Luca Cavalli-Sforza, Paolo Menozi y Alberto Piazza ha publicado la gigantesca
obra The History and Geography of Human Genes (1), donde niegan toda base
científica al racismo. Usando modernas técnicas desarrolladas por la Genética de
poblaciones, llegan a la apabullante conclusión de que no hay fundamento
científico alguno para clasificar a los seres humanos en razas, ya que la
diversidad genética, bioquímica y sanguínea entre individuos de una misma "raza"
es incluso mayor que la que existe entre "razas" consideradas distintas. Los
factores biológicos en los que se basa el concepto científico de raza serían
sólo externos, mientras que los datos aportados por las nuevas técnicas
—análisis de los árboles filogenéticos, de los polimorfismos nucleares y del ADN
mitocondrial— dibujan un panorama completamente distinto donde la noción de raza
es irrelevante. Frente a esta perspectiva abierta por la biología molecular,
otros científicos disienten. Así, André Pichot escribía recientemente: "Combatir
el racismo arguyendo que las razas no existen es una inepcia (...) Que la noción
de raza (o de especie, o de género, etc.) no sea aprehendida por la genética
molecular es una cosa; que haya razas en taxonomía, en antropología o en el
mundo humano en que vivimos, es otra muy distinta, y la verdad, en esta materia,
no tiene por qué residir en el reduccionismo molecular" (La Recherche, febrero
1997).
¿Hay razas o no hay razas? ¿Hay que tener en
cuenta las diferencias fisiológicas externas, o las biomoleculares? Los
científicos no se ponen de acuerdo. Pero sí hay un amplio consenso sobre el
hecho de que, existan las razas o no, el racismo es una peligrosa
desviación.
Sin embargo, aunque el racismo está hoy
completamente desacreditado como doctrina científica —o como ideología
política—, esto no quiere decir que en el pasado no fuera una doctrina
ampliamente difundida y apoyada por pensadores tenidos por insignes, a la vez
que considerada como plenamente científica. Ni tampoco que, hoy en día, las
actitudes racistas sigan estando ampliamente difundidas; muchísimas personas que
jamás se definirían como racistas tienen, sin embargo, un comportamiento
inequívocamente racista cuando han de convivir, por el motivo que sea, con
personas de otra raza.
Racismo y xenofobia
El racismo, como es bien sabido, hunde sus raíces
en la xenofobia, el miedo al extraño, una actitud o sentimiento prácticamente
innato que encontramos tanto en los animales como en los seres humanos y también
en los grupos sociales por éstos constituidos, incluidas las naciones. En pocas
palabras, la xenofobia es la desconfianza instintiva hacia el extraño al grupo,
percibido a priori, y de forma casi mecánica y automática, como un enemigo
potencial. Esta xenofobia, que sin duda debe tener que ver con los instintos
territoriales, no es sin embargo completamente equiparable al racismo, ya que
éste no se presenta como un instinto, sino como una teoría. De ahí, de ese
impulso innato y primario, a la formulación de doctrinas racistas hay un largo
trecho y, en realidad, el racismo como ideología y dogma político no aparece en
la historia sino muy recientemente, en el ámbito de lo que llamamos Modernidad
(2).
No es extraño, ya que la modernización supone,
entre otras cosas, la desaparición de un mundo caracterizado por lo reducido de
las agrupaciones humanas y su aislamiento, lo que hacía que el contacto con el
extraño fuera una experiencia casi excepcional para una inmensa mayoría de la
población. La Modernidad abrió el camino hacia una sociedad globalizada, con
gigantescos movimientos de personas, en la que la presencia del extranjero se
transforma en algo cotidiano. Y esa presencia, cada vez más frecuente, del
extranjero no deja de provocar angustias, sobre todo en un entorno que de ser
estable y cuasi-inmutable, como el de las pequeñas comunidades que
caracterizaban el modo de vida pre-moderno, pasa a ser velozmente cambiante. El
proceso de desarraigo, favorecido por la modernización, está muy posiblemente en
la base de la aceptación de los comportamientos racistas tan lamentablemente
cotidianos en el mundo actual por amplios segmentos sociales.
Los precursores
El lugar y fecha del nacimiento del racismo como
ideología está perfectamente localizado: la Europa del siglo XIX, especialmente
en su último tercio, aunque hunda sus raíces casi un siglo atrás. El sueco Karl
von Linné (1707-1778), y el francés George-Louis Leclerc, conde de Buffon
(1707-1788), modelos de científicos ilustrados, catalogaron a todos los seres
vivos en razas, géneros, familias, etc. Los seres humanos no escaparon a ese
afán catalogador y, de forma inevitable, se les clasificó por razas, como a los
demás integrantes del reino animal. No es que Linné o Buffon prestaran una gran
atención a clasificar a los seres humanos, pero sí sus sucesores antes de que
acabara este siglo XVIII, como el anatomista holandés Peter Camper (1722-1789),
que estableció una taxonomía de razas humanas —casi resulta inútil decir que los
blancos estaban en el estrato superior y los negros eran situados por Camper
sólo ligeramente por encima de los monos—. Camper construyó su taxonomía a
partir de los cráneos, partiendo del que para él resultaba ser el modelo
perfecto: las cabezas de los atletas de la escultura clásica griega. La forma
del cráneo parecía ser una obsesión del siglo, ya que Franz J. Gall (1758-1828)
alcanzó fama gracias a su nueva ciencia, la frenología, según la cual las
predisposiciones morales e intelectuales de un ser humano se manifestaban a las
claras como consecuencia de la forma que tenía su cráneo. Por ridículo que esto
suene hoy día, esta teoría pasó por ser una auténtica psicología moderna,
empirista y científica, frente a las tradiciones psicológicas espiritualistas.
De hecho, durante mucho tiempo, a los psicólogos modernos se les llamó
"frenópatas" y a las clínicas psiquiátricas modernas se las llamó
"frenopáticos". Dado que la forma de un cráneo figura entre los caracteres
racialmente heredados, no es difícil ver las implicaciones racistas de estas
teorías (3).
En la medida en que el pensamiento teológico iba
siendo sustituido por el científico y racionalista, fueron apareciendo más y más
pensadores que intentaban dar explicaciones nuevas al devenir histórico humano,
alejadas de las tradicionales. Y varios de ellos atribuyeron una importancia
especial al tema de la raza. Los alemanes Carl G. Carus y Gustav F. Klem figuran
entre los primeros autores que introducen el factor raza para interpretar la
evolución de las culturas y la historia humana (4). Casi simultáneamente, el
sueco Retzius introduce el primer método científico para clasificar razas: el
índice cefálico (5). Combinado con otros sistemas, todos los cuales son hoy
considerados de nulo valor probatorio —color de la piel, características del
cabello, estatura media, color de ojos, forma de la nariz, etc.— el índice
cefálico se utilizó para intentar clasificar a los seres humanos en razas. La
poca fiabilidad del resultado intelectual de tales métodos resulta evidente
cuando contemplamos la extremada dificultad que ha existido para clasificar y
catalogar las razas. Se han formulado un gran número de taxonomías raciales,
ninguna de las cuales ha llegado a gozar de plena aceptación (6).
Todo este conjunto de ideas pre-racistas o
expresamente racistas no eran difundidas simplemente por científicos aislados,
sino por significadas sociedades científicas, como la Sociedad Etnológica de
París —fundada en 1839—, la Sociedad Etnológica de Londres —creada en 1843— y la
también londinense Sociedad Antropológica —establecida en 1863. Todas ellas eran
definitivamente racistas en las tesis que defendían y difundían (7).
En este contexto se formuló la primera teoría
racista explícita, la desarrollada por el francés Joseph Arthur, conde de
Gobineau en su celebre Ensayo sobre la Desigualdad de las Razas Humanas (1853).
Sintetizando al máximo su doctrina encontraríamos estos puntos:
— Existen razas superiores, dominantes, que no son
sino ramas de una misma familia, la aria, y que han dado vida a las formas
culturales más brillantes y a las naciones más poderosas.
— La decadencia de esas naciones y esas culturas
se ha producido por degeneración biológica de las razas, por el
mestizaje.
— La historia no es otra cosa que el campo de
batalla donde se libran luchas entre razas.
Tan endeble teoría es posible que no hubiera
tenido mucho eco en otras condiciones distintas a las reinantes en la Europa del
siglo XIX. En ese preciso contexto histórico coincidieron varios factores que
favorecieron, sin embargo, la recepción de tales ideas:
a) La interpretación biologizante de las teorías
de Herder. Aunque no sea posible hacer de Herder un pensador racista, su
insistencia en la existencia de un Volksgeist —genio nacional— especifico e
inalterable de cada nación servía indirectamente para dar credibilidad a las
tesis de Gobineau.
b) El gran auge que en esos momentos experimentaba
Europa, en los ámbitos de lo político, militar, tecnológico, científico y
cultural. Europa se había lanzado a la conquista del mundo y lo estaba
sometiendo. Las naciones formadas por miembros de la raza blanca se estaban
haciendo las dueñas del Universo. El racismo fue utilizado por todas las grandes
naciones imperialistas blancas como ideología de legitimación del
imperialismo.
c) Los grandes avances experimentados por las
ciencias biológicas. Poco después de la aparición de la obra de Gobineau
aparecía El Origen de las Especies (1859), de Darwin, y aunque sin la menor duda
Darwin no fue racista, sus ideas de que en la naturaleza imperaba una "batalla
por la vida" en la que triunfaban "los más fuertes" y que esto era "el motor de
la evolución" fueron inmediatamente vulgarizadas y aplicadas al ámbito de lo
humano —darwinismo social—. No menos influyente será el descubrimiento de las
leyes de la Genética por Mendel, en 1865. Aunque los descubrimientos de éste
pasaran largos años sin ser de dominio público, estos avances científicos iban a
tener una inesperada repercusión en el ámbito de las ideas.
El racismo fue una ideología fruto de la
biologización de las teorías sociológicas. En el mundo contemporáneo, los
estudiosos de áreas humanistas —la historia, la psicología, la sociología, etc.—
han padecido y padecen de un notable complejo de inferioridad respecto a las
ciencias exactas y naturales, cuyos métodos tratan de copiar constantemente.
Estos pensadores, que significativamente empezaron a adoptar la denominación de
científicos sociales, adaptaron irreflexivamente al estudio de las sociedades
una serie de paradigmas tomados de las ciencias biológicas. Historiadores,
filósofos, psicólogos, que antes habían buscado su inspiración en textos
sagrados, tradiciones ancestrales, etc., ahora copiaban las técnicas de los
laboratorios: en el mundo moderno la ciencia ha ocupado el lugar de la teología
o, mejor dicho, la ciencia es la teología del mundo moderno.
d) Los avances en lingüística comparada
demostraron que prácticamente todas las lenguas habladas en Europa procedían de
una lengua originaria común, el indoeuropeo, de la que descendían también
lenguas como el persa y las lenguas del norte de la India. A partir de la
existencia de esa lengua original se dedujo la existencia de un pueblo
primigenio, el ario, cuya genialidad quedaría de manifiesto al haber sido la
matriz de los pueblos que crearon grandes culturas como las de la India, Persia,
Grecia y Roma y —más recientemente— la Cultura occidental. Este análisis
desdeñaba el hecho de que una misma lengua no implica una misma raza. Pueblos
racialmente distintos pueden hablar una misma lengua sin que eso establezca
entre ellos una filiación genética. Un ejemplo evidente es el caso del idioma
castellano, cuyos hablantes se extienden desde los Pirineos hasta Tierra del
Fuego, sin que eso haga de ellos una comunidad biológica.
Las teorías de Gobineau se inscriben en la
herencia intelectual de la Ilustración, aunque a muchos esto les pueda sonar
extraño. Observadores sagaces, como George L. Mosse, no han dudado en definir al
racismo como "der Schattenseite der Aufklärung", el lado oscuro de la
Ilustración (8). Y quienes crean que el racismo es una pervivencia del mundo
tradicional en el mundo moderno, deberían leer con detenimiento al antropólogo
cultural y sociólogo Louis Dumont, para cerciorarse de cómo el racismo es una
ideología típicamente moderna y profundamente emparentada con el individualismo
(9). Gobineau trata, como todos los grandes ilustrados, de crear una gran
teoría, elaborada mediante la razón, para explicar un fenómeno, en este caso la
Historia política y cultural de la Humanidad, sin recurrir a las revelaciones
proféticas ni a la acción de la Providencia divina. La teoría pretende ser
científica y basarse en la experiencia —Gobineau fue embajador de Francia en
Persia y concibió sus ideas al comparar el estado del país cuando él lo conoció
con la época de esplendor de Persia en la Antigüedad—.
A Gobineau le sucedieron una serie de
intelectuales cuyas formulaciones, de una manera u otra, estaban emparentadas
con las suyas. Además, el ambiente intelectual global jugaba a favor suyo. No es
mínimamente creíble presentar a Friedrich Nietzsche como un teórico del racismo,
pero su idea de la existencia de una "moral de señores", opuesta a una "moral de
esclavos" podía —debidamente vulgarizada— engarzarse con las tesis de Gobineau.
Por esto, algunos de sus admiradores, y casi todos sus detractores, han hecho de
Nietzsche un apóstol del racismo, aunque esta idea no se sostenga después de un
análisis serio de su obra. Algo similar cabe decir de Richard Wagner, amigo
personal de Gobineau, dicho sea de paso. El mundo germánico recreado por Wagner
en sus óperas, presentado de forma absolutamente idealizada, era exhibido como
encarnación de todas las virtudes positivas y fueron muchos los que sacaron de
aquellas óperas unas conclusiones racistas.
Ya he hablado de Darwin y las teorías del
darwinismo social. A esta influencia cabe añadir la del también británico
Francis Galton, cuya obra Hereditary Genius (1869) fundamentó la doctrina de la
Eugenesia, fácilmente susceptible de aplicación para reforzar las tesis
racistas. Por muy extraño que esto suene a los oídos de muchos —dado que hoy en
día, como consecuencia de la experiencia del nazismo en Alemania, está
sólidamente establecida la ecuación entre Eugenesia y Racismo— la realidad es
que inicialmente la obra de Galton fue asumida y difundida fundamentalmente por
gentes con mentalidad progresista y de izquierdas (10).
De hecho, el conjunto de las teorías racistas
engarzaban magníficamente con la ideología liberal triunfante. Como señala
Mosse: "Hay que tener en cuenta que las ideas de superioridad racial no estaban
necesariamente vinculadas al nacionalismo, sino que podían utilizarse también
para apoyar las cualidades liberales de la seguridad en uno mismo y la
iniciativa privada (...) [muchos] creyeron que Inglaterra debía sus
instituciones parlamentarias a sus raíces anglosajonas. Se creía que la
organización de las tribus germánicas, el Comitatus, ejemplificaba las prácticas
democráticas. Se dedujo de ello que aquellas razas que no compartían ese pasado
carecían de la cualidad mental precisa para el autogobierno. Esta apropiación
del autogobierno como consecuencia de las tradiciones de raza adecuadas forjó
una vinculación entre gobierno representativo y exclusividad racial (...) El
racismo no rechazaba al principio la libertad y la autonomía, sino que les
atribuía raíces de raza". (11)
El racismo, fruto del
positivismo
En 1899, con la aparición de la obra del británico
Houston S. Chamberlain Los Fundamentos del Siglo XIX, el racismo da un salto
cualitativo. Profundizando en las ideas de Gobineau, Chamberlain circunscribe el
ámbito de las razas superiores al mundo germánico-nórdico, quintaesencia de la
raza aria, de los pueblos blancos. Una teoría que resultaba extraordinariamente
halagadora a los oídos de los alemanes, recién unificados en 1870 y que estaban
convirtiéndose en una gran potencia mundial. Chamberlain parecía dar la razón a
sus ansias de expansión.
Pero es más que dudoso que Gobineau o Chamberlain,
autores de libros bastante endebles —Gobineau llegaba a afirmar, contra toda
evidencia, que culturas como la egipcia o la china tenían una base "aria";
Chamberlain, por su parte, trató ridículamente de demostrar que Jesucristo no
era judío, sino un ario...— , hubieran encontrado eco de no haber existido un
ambiente intelectual propicio. Y este, aunque parezca inverosímil, no fue otro
que el generado por el positivismo, una doctrina filosófica típicamente moderna.
F. Elias de Tejada llamaba la atención sobre este hecho, muy relevante, ya que
salta a la vista que la obra de Gobineau o Chamberlain no podía, por sí misma,
generar un movimiento intelectual con tanta influencia como la que el racismo
tuvo. Elías de Tejada escribía a este respecto: "Fomentando la tesis racista o,
mejor dicho, allanándole el camino, hay toda una escuela filosófica que en el
siglo XIX va a investigar los problemas humanos teniendo en cuenta las
diferencias entre las ramas de la especie humana; es el positivismo, cuyas
perspectivas filosóficas se acomodan fácilmente al punto de vista racial. En
efecto; es el positivismo la posición filosófica que sólo se atiene a los
hechos, a los données, para ir sacando de ellos, por el camino de la inducción,
tesis de validez general y leyes cuya aplicación sea más amplia que el hecho
mismo. Ajustándose únicamente a los datos y prescindiendo de toda visión previa
de amplitudes universales, tomando como punto de partida los hechos concretos,
bien podrá ser la raza uno de estos en la fundamentación de una nueva filosofía
de la historia. El positivismo vino a proporcionar al racismo una fundamentación
filosófica y un asidero ante los ataques, porque era una filosofía que
prescindía de la vieja metafísica para vivir únicamente de los planteamientos y
teoremas reales.
"El padre de la escuela —prosigue Elías de
Tejada—, A. Comte, no incide en cuestiones raciales, pero tampoco escapan a su
aguda visión de las cosas. En la lección 52 de su Curso de Filosofía Positiva
compuesta mucho antes de que apareciera la obra de Gobineau, nota ya las
especialisimas aptitudes de la raza blanca para el desarrollo político, sin
adentrarse en la cuestión, pero dejando abierta una pregunta a la que el propio
Gobineau contestará posteriormente y en la que también se fijaran sus
discípulos. ‘¿Por qué posee la raza blanca —se plantea— de una manera tan
pronunciada el privilegio efectivo del principal desarrollo social, y por qué ha
sido Europa el lugar esencial de esta preponderante civilización? Este doble
objeto de correlativas meditaciones ha debido estimular sin duda más de una vez
la inteligente curiosidad de filósofos (...) Sin duda, se percibe en seguida, al
primer respecto, en la organización característica de la raza blanca, y sobre
todo en el aparato cerebral, algunos gérmenes positivos de su superioridad real,
aunque todavía están muy lejos los naturalistas de coincidir unánimemente en
este punto’ (...) La tesis de Comte, mejor dicho, su indicación, no se ciñe
estrictamente a la posición racista (...) Pero marca una dirección en la que
progresarán sus discípulos, partiendo de esta intima relación entre los hechos
físicos y los fenómenos políticos, tan de acuerdo con la filosofía positivista y
en la que el propio Comte insiste muchas veces" (12).
De no haber existido el positivismo como filosofía
de la ciencia masivamente aceptada en la Europa del XIX, es más que probable que
las especulaciones racistas de personajes como Gobineau o Chamberlain, de
poquísima altura intelectual como ya hemos señalado, no hubieran encontrado un
terreno tan bien abonado. Quizás el mejor ejemplo de la interconexión entre
racismo y positivismo sea la figura de L. von Gumplowicz, el famoso sociólogo
austríaco de origen judío, quien colocó el tema racial en el centro de muchas de
sus obras, como Die sociologische Staatsidee (1892) y Grundiss der Sociologie
(1892), aunque sea en Der Rassenkampf (1883) donde el tema racial concita toda
su atención. Vale la pena señalar también que agudísimos pensadores sociales,
como Max Weber, llegaron a confiar en que el desarrollo de las modernas ciencias
biológicas permitieran hacer de la raza un factor explicativo de las diferencias
económicas y culturales (13).
Otra razón que nos explica el campo abonado que
encontró el racismo fue el imperialismo europeo sobre los países de ultramar y
la lucha entre las grandes potencias, y la necesidad de articular una serie de
justificaciones ideológicas para esos fenómenos. En la medida en que la Europa
blanca, o más exactamente la Europa noroccidental y los Estados Unidos se
estaban adueñando del mundo, las teorías racistas servían para explicar y
justificar el dominio sobre razas inferiores. El británico Kipling, quien
justificaba el imperialismo inglés en terminos de "la pesada carga" que el
británico debía asumir dada la incapacidad de otras razas, es quizás el
representante más conspicuo de estas ideas.
Pero existía igualmente el conflicto entre
distintas naciones blancas europeas, y a estas pugnas se les quiso dar también
una explicación racista: no sólo existía una jerarquía entre las distintas
grandes razas humanas, sino que dentro de la blanca también existían jerarquías.
Para los sajonistas eran los británicos y los norteamericanos los mejor dotados.
Los celtistas legitimaban las aspiraciones francesas en las bondades de la raza
celta, los habitantes de las Galias antes de la invasión franca, ya que, de
haber exaltado a los francos, al ser éstos un pueblo indudablemente germano,
habrían glorificado indirectamente a Alemania, a la que se consideraba una
potencia enemiga (14). El teutonismo consideraba, por fin, que era el pueblo
alemán el que mejor encarnaba las cualidades de la raza aria. Todas estas
doctrinas estaban ampliamente difundidas y eran entusiásticamente aceptadas,
tanto en los ámbitos populares, como en los sesudos círculos
académicos.
Aunque hoy sólo se hable del racismo alemán, este
tipo de ideas tenían igualmente predicamento en el Reino Unido, EE.UU. o
Francia. Un autor norteamericano, Homer Lea (1876-1912), en su The Day of
Saxon (1912) animaba a la "raza sajona" —británicos y norteamericanos— a
aniquilar a la "raza teutónica" si quería asegurarse el dominio del
mundo.
Los pueblos europeos latinos no solían salir muy
bien parados en estas teorizaciones racistas. La cultura grecorromana no era
presentada como autóctona, mediterránea, sino como fruto de pueblos nórdicos
emigrados al sur... Y en cuanto a lo que pasa por ser la mayor gesta de los
pueblos latinos en el mundo moderno, el descubrimiento de América, no deberá
sorprendernos que en los primeros años de este siglo hiciera auténtico furor la
historia de los viajes de los vikingos a América, presentados como el primer y
verdadero descubrimiento; el hecho de que, en cualquier caso, la eventual
presencia de escandinavos en América no tuviera la más mínima consecuencia
histórica era irrelevante: cualquier cosa era preferible antes que admitir que
ese hecho capital de la historia de la Humanidad que es el descubrimiento del
Nuevo Mundo se debiera a una tripulación de andaluces mandados por un marino
italiano (15).
En cuanto a las relaciones entre blancos y pueblos
de color, en la praxis política cotidiana, el muy liberal Reino Unido realizaba
una política indiscutiblemente racista sobre su vasto imperio colonial, y esto
resulta tan obvio que no merece la pena que abundemos en ello. Sí que conviene,
en cambio, subrayar que esta praxis no era fruto de la casualidad, ni de la
simple xenofobia, sino resultado de todo un andamiaje teórico de carácter
inequívocamente racista (16).
Y que la vida cotidiana de los Estados Unidos,
paradigma de la democracia formal, estaba impregnada de un racismo radical —no
sólo frente a indios y negros, también frente a otras razas blancas, como los
italianos— no era menos obvio. Y no estamos hablando de las actitudes concretas
de la personas señaladas, sino de la existencia de leyes y reglamentaciones que
impedían que blancos y negros viajaran juntos en autobús, se cortaran el pelo en
la misma peluquería, fueran a la misma escuela, etc. De hecho, el racismo
institucionalizado y legalizado se mantuvo en la mayor parte de los EE.UU. hasta
bien entrados los años sesenta de nuestro siglo.
Sin embargo, será Alemania la nación con la que,
en definitiva, acaben identificándose las teorizaciones racistas en la mente de
la mayor parte de los habitantes del mundo. ¿Por qué? No hay duda de que
Alemania fue uno de los más tristemente fértiles caldos de cultivo para todo
tipo de ideas racistas. Sin duda, porque servían, como ya hemos dicho, para
tratar de justificar las aspiraciones expansionistas alemanas. Debido a su muy
tardía unificación, Alemania había llegado muy tarde al reparto del poder
mundial y, lógicamente, trataba de subvertir ese orden. La ideología racista
ofrecía un buen surtido de argumentos útiles y no se tardaría mucho antes de que
apareciera una legitimación racista del afán expansionista alemán con la figura
de Von Treitschke. El racismo era, incluso, una fórmula para tratar de alcanzar
lo que en realidad los alemanes aún no habían logrado después de su unificación
de 1870, esto es, la auténtica unificación alemana: decenas de millones de
alemanes seguían viviendo fuera del territorio del II Reich, fundamentalmente en
el Imperio Austro-Húngaro, pero también en Suiza.
Conviene que subrayemos, empero, que la
identificación entre racismo y Alemania es bastante caprichosa, ya que como
hemos afirmado el racismo ha sido una ideología profundamente arraigada en toda
la Europa noroccidental y los EE.UU. Todos hemos oído hablar de los excesos del
racismo nazi en el período de entreguerras y en el transcurso de la segunda
guerra mundial. En cambio, un discreto velo de silencio oculta que esas mismas
ideas aberrantes eran ampliamente compartidas en los EE.UU., por poner sólo un
ejemplo. La obra de Stephan Kühl, The Nazi Connection. Eugenics, American
Racism and German National Socialism (17), ilustra elocuentemente los
estrechos lazos establecidos entre los teóricos y científicos racistas nazis
alemanes y sus colegas norteamericanos; y no nos estamos refiriendo a minúsculos
grupos de radicales políticos, sino a instituciones académicas y médicas
estadounidenses del mayor prestigio, que compartían con los nazis alemanes la
obsesión por la higiene racial.
¿Una herencia bíblica?
Si la xenofobia puede manifestarse en cualquier
país o cultura, y podemos encontrar sin apenas esfuerzo huellas de esa
presencia, en cambio el fenómeno que aquí definimos como racismo parece
patrimonio —en cuanto a sus orígenes intelectuales y primeros escarceos— de un
reducido número de naciones, todas ellas —repetimos— situadas en el ángulo
noroccidental europeo, con su prolongación transatlántica en EE.UU., y con una
común caracerística: la influencia que en todas ellas tuvo la Reforma
protestante. En efecto, Alemania, el Reino Unido, Escandinavia, Holanda, los
Estados Unidos, son posiblemente los países donde el racismo ha tenido raíces
intelectuales más profundas. Desde luego, todos tienen en común una base
germánica, pero pensar que el racismo se deriva necesariamente del germanismo
sería precisamente caer en una abominación racista, además de ser una ridiculez
histórica. Se podría pensar también que todos estos países estaban en pleno
apogeo a fines del XIX y principios del XX, y que encontraron en el racismo una
ideología legitimadora. Tampoco es demasiado cierto, porque según esta idea,
todo país o raza que haya tenido una fase de apogeo debería haber dado lugar a
la aparición de una teoría racista, y esto es falso.
A mi entender, el factor decisivo que se da en
todos estos países para explicar la aparición de una teoría racista es el hecho
de que fueran culturas vinculadas al Protestantismo. Como es sabido, mientras
que en los países de cultura católica la libre lectura directa de la Biblia y en
concreto del Antiguo Testamento estuvo prácticamente prohibida salvo
autorización, en los países que se unieron a la Reforma la lectura y reflexión
cotidiana sobre el Antiguo Testamento se convirtió en una práctica cotidiana de
todos y cada uno de los creyentes. Son muchas y muy variadas las ideas que
podemos encontrar en el Antiguo Testamento; y el exclusivismo biológico —por no
utilizar en este caso la palabra racismo, para que nadie se dé por ofendido— es
una de las más repetidas y las más nefastas (18). Creemos que un estudio
detallado del tema demostraría la correlación existente entre los tres factores
siguientes:
a) País de cultura protestante y en los que se
practica la lectura cotidiana de la Biblia.
b) La noción biológica de pueblo elegido se
incorpora a la cultura nacional.
c) Se formulan teorías racistas explícitas, que
llegado el caso se transforman en derecho positivo.
Vale la pena, por ejemplo, comparar los casos de
dos de los países donde el racismo ha estado presente en el Derecho positivo:
los EE.UU. y la Suráfrica de los boers. Tenían poca cosa en común. El primero de
estos Estados se estaba elevando hacia la hegemonía planetaria, era —y es— un
país altamente industrializado y urbano, y los negros eran una minoría. En
Suráfrica, los boers vivían en el campo, en granjas aisladas, conformaban la
minoría estadística y nunca llegaron a ser una superpotencia. Ni desde el punto
de vista socioeconómico, ni en el orden internacional, ni por la importancia de
la población de color, los casos de EE.UU. y Suráfrica pueden ser considerados
análogos. Pero ambos tuvieron leyes que impedían a un negro viajar junto a un
blanco en un autobús, por ejemplo. Lo que sí tenían en común los EE.UU. y la
Suráfrica boer es la ideologia germinal de ambas naciones: el
calvinismo.
La simple ecuación protestantismo = racismo sería
absurda, mecanicista, reduccionista. Pasaría por alto, por ejemplo, que el
político racista más conspicuo del siglo, Hitler, procedía de una familia y una
región culturalmente católicas. Pero que existe una relación entre una cultura
nacional basada en la lectura y exégesis de la Biblia y la formulación explícita
de teorías racistas me parece evidente e históricamente contrastable.
El pecado y la penitencia
En el período de entreguerras en Europa, por
ejemplo, observamos claramente cómo el racismo es un componente clave en los
fascismos nórdicos, pero inicialmente ausente de los meridionales. El fascismo
italiano, por ejemplo, no sólo no tenía ningún componente racista originalmente,
sino todo lo contrario. Cuando los soldados italianos marchaban sobre Abisinia
—la actual Etiopía— para conquistarla, aunque sin la menor duda machacaron a los
indígenas, es revelador que la canción militar que se hizo famosa en la campaña
rezara: Facetta nera, sarai romana —"Carita negra, serás romana"—. Es
decir, por encima de la brutalidad de la conquista, de las matanzas, a medio
plazo existía el proyecto de incorporar a los abisinios a la italianidad. En
cambio, en el fascismo alemán el racismo ocupaba el lugar nuclear. Incluso
aunque dieran en algunos casos mejor trato a las poblaciones conquistadas que
los propios italianos, jamás se les ocurría pretender que esos pueblos pudieran
ser germanizados. El soldado alemán que violaba a una rusa, por ejemplo, era
llevado ante un tribunal militar, pero no por la violación, sino por atentar
contra la pureza de la sangre alemana. Por desgracia, al ser Alemania la única
nación que, dada su fuerza, podía subvertir el orden internacional imperante, su
versión racista del fascismo acabó imponiéndose y siendo miméticamente imitada
por los demás fascismos europeos, incluido el italiano.
Cuando se habla de la Alemania nazi, resulta obvio
que nadie apelará a cualquier otro aspecto de su ideología o de su política
distinto del racismo y el antisemitismo. Todo aspecto interesante o positivo que
pudiera haber en sus ideas o en su praxis queda anulado ante el hecho de que en
el centro del discurso nazi se instaló el más fanático exclusivismo biológico.
Pero de estos temas ya se ha hablado hasta la saciedad, de manera que el aspecto
sobre el que aquí deseamos llamar la atención es distinto: se trata de subrayar
aquí hasta qué punto el racismo fue, en sí mismo y paradójicamente, el causante
de la derrota de la Alemania de Hitler. Estos serían los grandes errores
hitlerianos causados por su ceguera racista:
1) En 1940 la Alemania hitleriana pudo aniquilar a
los británicos en Dunkerke y después con una invasión de las islas británicas.
Hitler no lo hizo porque siempre profesó una devoción literalmente perruna por
los británicos que, para él, eran los más próximos parientes raciales y cuyo
modelo de dominación mundial pretendía remedar. No podía aniquilar a una nación
cuyo capital biológico era tan valioso... Los dejó escapar en Dunkerke, para no
humillarlos; y después jamás proyectó en serio ni la invasión de Gran Bretaña ni
tampoco el ataque a sus intereses imperiales en el Mediterráneo hasta 1942,
cuando ya era demasiado tarde. Hitler soñaba con una alianza entre pueblos
germánicos, los británicos dominando los mares y los alemanes el continente.
Pretendía copiar su sistema colonialista en el Este... Y los británicos le
devolvieron tanto respeto y admiración de la forma que ya sabemos.
2) En 1940-1941 los pueblos colonizados,
fundamentalmente los árabo-musulmanes y los hindúes, después de la apabullante
derrota de Gran Bretaña y Francia en 1940, sólo esperaban una señal del III
Reich para alzarse contra las potencias colonialistas, señal que como sabemos
jamás recibieron. Es más, incluso a la Francia derrotada se le permitió
conservar su imperio norteafricano. En abril de 1941 Irak, un país árabe, se
sublevó contra el dominio británico para unirse al Eje —un caso único, pues
ningún otro país se sublevó para aliarse con el III Reich— sin recibir de
Alemania más que una ayuda simbólica. La razón de tan absurda política es que,
en realidad, Hitler jamás tuvo ninguna simpatía por aquellos pueblos de color.
Incluso pensaba que, en definitiva, aquellas razas inferiores no podrían
expulsar a los blancos... Esta estupidez llego al extremo de que cuando en
Singapur los británicos fueron humillantemente derrotados por los japoneses,
Hitler confió a sus generales que, de hecho, lo que él desearía era mandar a sus
panzers a Singapur para defender los intereses de los pueblos germánicos frente
al peligro amarillo. Que los pueblos colonizados han tenido fuerza para expulsar
a los ejércitos de las naciones occidentales, incluso a costa de sacrificios
increíbles, es algo que tenemos muy reciente. Hitler siempre se resistió a esta
idea debido, sin duda, a sus prejuicios racistas.
3) Dada su comovisión racista, pese a sus
simpatías por la Italia fascista y por el Japón, nunca tuvo el convencimiento de
estar librando la misma guerra que esas dos naciones, latina la una y amarilla
la otra. Esto dio lugar a lo que los historiadores han bautizado como "guerra de
las estrategias independientes". De hecho, Hitler jamás se molestó en dar a
conocer sus intenciones a japoneses e italianos. Japón, que durante los años
1936-39 tuvo innumerables conflictos fronterizos con la URSS, en 1940 no fue
informada de que ya se planeaba la operación "Barbarroja" y cuando comunicó a
Alemania que se disponía a establecer un pacto de no agresión con la URSS, hasta
se le animó a hacerlo. No se consideraba preciso contar con aquellos pequeños
amarillos. Casos similares se pueden relatar con respecto a Italia. Subyacente
en esta absurda estrategia, estaba la idea de que esos dos Estados, que no eran
germánicos, no podían ni debían ser tratados como iguales.
4) Cuando Alemania lanzó la operación
"Barbarroja", los rusos y los demás pueblos de la URSS estaban literalmente
hartos de la ominosa dictadura stalinista, que había causado millones de muertos
y sacrificios sin fin a todos los pueblos de la URSS. De hecho, en las primeras
semanas de la campaña los pueblos del Este recibían alborozados a la Wehrmacht.
Pero en vez de actuar como liberadores, la campaña se transformó en una
auténtica guerra de conquista colonial. Literalmente se pensaba en hacer de los
pueblos de la URSS unos nuevos ilotas al servicio de los alemanes. Esta
abominable política abortó, en definitiva, lo que fue una posibilidad más que
real: la de que millones de ciudadanos de la URSS se unieran a los alemanes
contra Stalin. Al contrario, la brutal política racista y colonialista aplicada
por los alemanes en Rusia despertó todas las energías nacionales de los rusos,
quienes acabaron derrotándolos y ocupando parte de su mismo territorio durante
medio siglo.
Tan larga digresión pretende demostrar qué puede
llegar a ocurrir cuando se parte de ideas aberrantes. Todo problema que está mal
planteado no puede tener una solución correcta. Y si el planteamiento —la
ideología racista— es manifiestamente absurdo —amén de potencialmente criminal—,
la conclusión no puede ser más que catastrófica. Aunque a sus entusiastas
defensores les guste creer que lo que provocó la derrota del III Reich fue una
tenebrosa conjura mundial, la realidad es que lo que llevó a la derrota de la
Alemania hitleriana no fue otra cosa que su ideología racista o, más
exactamente, los errores político— estratégicos que de ella se derivaron. Su
pecado les trajo una dura penitencia (19).
De la ideología a la realidad
Las tesis racistas que hablaban de la superioridad
blanca, en general, o sus derivaciones —nordicismo, teutonismo, sajonismo,
celtismo, etc.—, resultaban manifiestamente absurdas y no hubieran resistido un
análisis frío y desapasionado, en el caso de que sus creyentes hubieran decidido
someter sus ideas a esta práctica. Bastaba con preguntarse: si la raza blanca
era superior, ¿cómo explicar que durante milenios la China marchara en
vanguardia cultural, científica y técnica? Se atribuía a los arios todo aspecto
creativo, pero sólo alguien dotado de una imaginación portentosa podía atribuir
la Gran Muralla, o las pirámides de Egipto o del Yucatán, al genio creador de
los blancos. Si los germanos eran seres tan poderosamente dotados, ¿cómo
justificar que durante siglos hubieran sido tan sólo un pueblo de rústicos
analfabetos que habitaban chozas en el interior de fríos bosques, sin dar
durante tantísimos siglos la más mínima muestra de genio, mientras que, a
orillas del Mediterráneo, se sucedían portentosas civilizaciones?
Los mismos germanos afirmaban sus orígenes
nórdicos, incluso hiperbóreos, sosteniendo que esa sangre nórdica era la mejor.
Hubiera sido necesario preguntarse, ¿cuál había sido la gran aportación del
mundo nórdico a la Humanidad? Los vikingos, sus más conspicuos representantes,
no fueron más que vulgares piratas y saqueadores. Incluso sus hazañas guerreras
palidecen y se quedan en nada cuando se las compara con las de otro gran pueblo
de saqueadores, los mongoles, quienes, además de superarles en proezas
castrenses, fueron capaces de levantar un imperio, nada más y nada menos que
desde Corea hasta Polonia, al tiempo que conquistaron la nación más desarrollada
y poblada del mundo: China.
Los pueblos latinos, como los españoles o los
portugueses, muy despreciados en la época de apogeo del racismo, demostraron
estar mucho más avanzados que los británicos en el dominio del mar. Mientras que
los portugueses llegaban a las Indias Orientales y China mucho antes que los
británicos, los españoles fueron capaces de construir un gigantesco imperio
ultramarino que duró mucho más de lo que ha permanecido en pie el bastante
efímero imperio británico (20), por muy germánicos y rubicundos que fueran los
conquistadores y administradores de este último. ¿Cómo un pueblo tan poco
nórdico como el español había realizado tamañas proezas en la historia? En vez
de resolver de una forma sensata tal interrogante se recurrió, sin embargo, a
una hábil treta: mientras los publicistas anglosajones cantaban las mas
apasionadas elegías de cualquier personajillo con apellido británico, las gestas
de un Cortés o un Pizarro ni se mencionaban. Y que conste que no tratamos aquí
de legitimar un imperialismo hispano frente a otro anglosajón, sino que
apuntamos cómo se construía una visión de la historia destinada a sostener las
tesis racistas del imperialismo británico. Y ¿qué decir de los árabes? Ese
pueblo, considerado un pueblo semita despreciable, había realizado una de las
más gigantescas epopeyas de la historia, conquistando el espacio comprendido
entre los Pirineos y el valle de Ferghana en Asia Central —de hecho, la batalla
en la que los árabes derrotan al ejército godo en España y la batalla de Talas,
en la que expulsan a los chinos de toda el Asia Central, son cronológicamente
casi simultáneas—, dotándolo además de una civilización altamente desarrollada.
En cuanto a su mayor creación espiritual, el Islam, esa religión se extendía, en
la época de apogeo de la ideología racista, entre el Atlántico y el Pacífico.
¿Cuál era la gran creación cultural-religiosa que se pudiera comparar a ésta y
que fuera realizada por los escandinavos, un pueblo que parece ser la
quintaesencia de la germanidad? ¿Sus sagas? ¿Son comparables sus correrías de
saqueo por los mares que circundan Europa con esa capacidad para construir en
poquísimos años un imperio pluricontinental? Todo esto resulta fácil de razonar,
si uno se lo propone. Pero cuando se parte de prejuicios, casi nada resulta
claro y todo acaba por deformarse.
De hecho, los prejuicios racistas reaparecen donde
menos lo espera uno, y así, aún hoy en día, podemos ver, por poner un ejemplo,
cómo para bastantes autores sigue siendo imposible admitir que el Taj Mahal, sin
duda la creación artística más bella de la Humanidad, pueda ser debido a autores
que no eran todo lo blancos que debieran (21).
Dicho de otra manera: el racismo, las teorías
racistas, encuentran un mentís total en la Historia, en la que vemos a pueblos
que si bien a la altura del ultimo tercio del XIX estaban en situacion de
decadencia, habían sido autores de grandes hazañas, creadores y portadores de
grandes culturas. Mientras que a la vez contemplamos cómo los pueblos
germánicos, que por las mismas fechas se consideraban la mejor muestra del
género humano, han pasado larguísimos siglos sin dar la mas mínima muestra de
genialidad. ¿Por qué no se quiso ver lo que resultaba evidente? Pues porque, por
desgracia, la Historia ha sido —y es— la más manipulada de las actividades
intelectuales.
Para centrarnos en el caso de Alemania, nadie
pareció prestar atención al hecho de que la raza supuestamente superdotada se
hubiera pasado largos siglos sin dar la más mínima señal de creatividad cultural
o política, ni tampoco de la voluntad de dominio que se supone acompaña a toda
raza superior, siendo incluso incapaz de auto-unificarse hasta casi en los
estertores del siglo XIX. Obviamente, entre los alemanes racistas no se trataba
para nada la cuestión de los prusianos, considerados el paradigma de lo alemán,
y en realidad los alemanes menos alemanes, ya que por sus venas corría al menos
tanta sangre eslava como germana. En toda Alemania al este del Elba se encuentra
una sorprendente cantidad de apellidos terminados en "-ki", los mismos apellidos
que, según el rey prusiano Federico Guillermo, caracterizaban "a esa masa de
estúpidos que son los polacos". De la misma manera, la cantidad de
germano-austriacos que tienen apellidos de indiscutible origen esloveno o
serbocroata sugiere que, aunque todos ellos sean indiscutiblemente alemanes por
su cultura, desde un punto de vista racial muchos debieran ser considerados como
eslavos. Un análisis sensato de la realidad histórica debía haber mostrado que,
al Este del Elba, y conforme se avanza a lo largo del Danubio, la mayor parte de
los alemanes tenían entre sus antepasados a algún polaco, algún checo, algún
esloveno o algún croata.
Nada de esto era tomado en consideración. En
cambio, el extraordinario auge cultural, científico y económico de Alemania en
el mundo a lo largo de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX era
atribuido a las cualidades biológicas de su excepcional raza. Dado el tremendo
influjo que ejercía la cultura alemana en toda Europa, eran muchos los que
consideraban que las mejores o peores cualidades de cada nación tenían mucho que
ver con el porcentaje y la calidad de la sangre germánica que corriera por sus
venas. Y no estamos hablando de personajes de segunda fila. En España, por
ejemplo, un pensador de la categoría de Ortega y Gasset atribuía buena parte de
la responsabilidad de la decadencia española, a que los germanos que nos tocaron
en suerte en las invasiones que pusieron fin al Imperio romano, los visigodos,
eran unos germanos decadentes y contaminados de romanidad, lo que contrapone al
vigor bárbaro de los francos, los germanos que se asentaron en las Galias (22).
Queda por explicar cómo este pueblo español, tocado por esa mácula de poca y
bajísima calidad de sangre germánica que nos llegó, pudo realizar la conquista
de medio mundo mientras la muy portentosa sangre de los francos apenas permitía
a Francia asegurarse el dominio de su "hexágono" durante un buen puñado de
siglos... No menos sorprendente es la valoración de lo godo-germánico como un
hecho cultural de alguna relevancia, siendo así que los siglos de dominio de los
conquistadores godos en España no supuso ninguna aportación cultural apreciable
y en realidad la España goda no es sino un triste final para el mucho más
glorioso episodio de la Hispania romana. Pero, en definitiva, la referencia a
Ortega y Gasset nos da una muestra de hasta qué grado se había extendido,
también en nuestro país, la moda de la teutomanía (23).
Raza versus
clase
Un análisis, no ya científico, sino de sentido
común, acaba por echar por tierra cualquier teoría racista. Sin embargo, no sólo
se difundieron ampliamente, sino que fueron seguidas a pies juntillas por
Gobiernos, por partidos y por amplias capas populares. ¿Cómo fue posible? En
realidad no tiene nada de extraño ni de excepcional. Un caso similar ha ocurrido
con el marxismo. Éste, como sistema de pensamiento, es una falacia absoluta.
Según esta teoría, era inevitable que los países más desarrollados
económicamente se acabaran convirtiendo en comunistas, al entrar en
contradicción el desarrollo de las fuerzas productivas con las relaciones de
producción. Pasaron décadas y se pudo comprobar que ni un solo país desarrollado
se convertía al socialismo, mientras que este régimen se imponía exclusivamente
en países atrasados y feudales, puramente rurales. Pese a tan flagrante
contradicción, que invalidaba al marxismo como ciencia, ya que no sólo no
predecía bien el desarrollo histórico, sino que al final lo que ocurría en la
realidad histórica era exactamente lo contrario de lo que se decía que iba a
ocurrir, de lo que debía suceder según los dogmas; pese a esto, repito, el
marxismo ha sido la filosofía oficial de la Historia durante décadas, no sólo en
la URSS y demás países comunistas, sino con más fuerza aún entre los
intelectuales de Occidente; y quién sabe si, de no haber sido por el hundimiento
catastrófico de la URSS y el mundo socialista, aún seguiría gozando del mayor
predicamento intelectual. El intelectual que vive del "prêt-a-penser" es un
modelo mucho mas habitual de lo que nos podemos imaginar. Y aunque la URSS y
demás países satélites parecía que debían sus teorías más a un taxidermista que
a un filósofo (24), los absurdos, aberraciones y ridículos del pensamiento
marxista aparentaban tener mas verosimilitud que cualquiera otra filosofía en la
Historia, si uno se dejaba llevar por las opiniones de la mayor parte de los
intelectuales afamados del siglo XX. Si el marxismo ha podido mantenerse como
ideología cuasi-hegemónica durante tantas décadas, no debería sorprendernos que
el racismo haya sido una ideología con un amplio predicamento.
El racismo y el marxismo se presentaban como
ciencias y eran creídos como tales, pero en realidad no eran sino creencias,
ideologías, casi religiones, que se aceptaban acríticamente por sus seguidores.
Marx creyó que las clases y sus luchas eran motores de la historia. Gobineau
afirmó que eran las razas y sus luchas. Hoy sabemos que si existen razas y
clases es puramente como categorías descriptivas —como existen los trajes verdes
y los sombreros azules—, pero que ni las clases ni las razas son los motores de
la historia, porque en realidad no son sujetos agentes.
Otro punto en común entre marxismo y racismo es su
gran capacidad de movilización de masas. En la Alemania derrotada de 1918,
Hitler encontró en el racismo el gran motor capaz de sacar de su abatimiento al
pueblo alemán e hizo de él la base de su doctrina. Poco importaba, en realidad,
que el pueblo alemán no pueda ser definido como una raza. Según los criterios
taxonómicos raciales entonces vigentes, una parte del pueblo alemán podía ser
considerada como miembro de la raza nórdica —la que habitaba en la parte central
y septentrional del país—, pero otros muchos alemanes respondían a las
clasificaciones de raza alpina —alemanes del Sur—, este-europea —alemanes del
Este, a partir del Elba y, desde luego, a partir del Oder— e incluso de la raza
dinárica —en Austria— (25). Sin embargo, se hizo de la raza el mito movilizador
central del discurso. No por casualidad la obra del teórico principal del NSDAP,
Rosenberg, se llama El Mito del Siglo XX. Al proceder así, Hitler no
estaba realizando nada excepcional. Por desgracia, el nacionalismo alemán se
hallaba muy impregnado de racismo antes de que él fuera una figura relevante.
Hoy sabemos que no hay una raza romana, sino una cultura romana; que no hay una
raza indoeuropea, sino una lengua y, a grandes rasgos, una cultura indoeuropea;
que no hay una raza alemana, sino una cultura alemana. Pero esto no resultaba
tan obvio en la Alemania y en la Europa de principios de siglo...
Frente a la ideología pretendidamente científica
del marxismo, con gran capacidad de atracción popular —¿cómo no va a gustar oír
que la culpa de tus desgracias la tienen los explotadores, pero afirmándose a la
vez que su fin esta próximo y es inevitable?—, se alzó otra ideología con igual
pretensión de ser científica, y no menos halagadora para las masas —¿acaso no
suena a música celestial que le digan a uno que pertenece a una raza superior?—.
Ni una ni otra, empero, contenían un ápice de verdad y han pasado a la historia
como responsables de las mayores tragedias para los pueblos que las adoptaron.
Si los errores y horrores del racismo llevaron a Alemania al borde de su
aniquilación como nación, los errores y los horrores del comunismo han llevado a
Rusia desde el feudalismo hasta el gobierno de las mafias pasando por la
dictadura más brutal de la historia.
Precisamente la comparación entre marxismo y
racismo es la mejor manera de verificar hasta qué punto el racismo es una
ideología típica de la modernidad. Ambas pretenden ser filosofías de la
historia, que la explican a través de un solo factor —lucha de clases, lucha de
razas—, basando sus teorías en los avances científicos —la economía política, la
biología—. Si los marxistas querían superar la falsa conciencia de los
proletarios, haciéndoles adquirir conciencia de clase, el primer objetivo de los
racistas era difundir la conciencia de raza entre los miembros de la pretendida
raza superior.
Dos ejemplos que nos ilustran sobre la necesidad
de construir la alternativa, los nuevos paradigmas, alejados de reduccionismos y
de presuntos cientifismos. Pero, a la vez, ambos fenómenos nos sugieren una
importante pregunta: ¿Si eran tan erróneos y absurdos como han demostrado ser,
cómo explicar su éxito? ¿Cómo llegaron a convertirse en las "ideologías
universales del siglo XX", según expresión de Hannah Arendt? Este éxito no se
debió, sospecho, tanto a sus méritos intrínsecos como a las deficiencias
esenciales del pensamiento burgués triunfante con la Ilustración. De la misma
manera que el pensamiento ilustrado fue incapaz de dar una respuesta a la
problemática social que se derivaba del industrialismo capitalista, pese a sus
proclamas de libertad e igualdad, el pensamiento ilustrado tampoco fue capaz de
ofrecer una teoría antropológica que se adecuara a las realidades plurales del
ser humano. El individuo, la construcción teórica de la antropología ilustrada,
es una ilusión, ya que el ser humano, si llega a ser, es precisamente porque no
es individuo, sino miembro de una comunidad o, más exactamente, de una cadena de
comunidades. Al despojar al ser humano de su engarce dentro de un universo
social holista y organicista, el pensamiento ilustrado no erradicó de él la
necesidad de identificarse con una colectividad. La nación y la raza —en otros
casos, la clase— aportaron así el nuevo marco colectivo al sujeto nacido de la
Ilustración que, como ser humano que seguía siendo, en realidad no podía
reconocerse en la construcción teórica del individuo.
La vinculación entre racismo e individualismo se
manifiesta también en el hecho de que todo racismo es un igualitarismo. Para un
racista alemán, por ejemplo, cualquier alemán era mejor que el mejor de los
italianos, porque todos los alemanes era iguales, y por tanto mejores que
cualquiera de otra raza... Y hacemos constar esto porque algunos racistas han
pretendido dar a esta ideología un cariz de ideología aristocratizante, frente a
los valores plebeyos de la Ilustración. Nada más alejado de la realidad, ya que
el igualitarismo antropológico ilustrado se reproduce en el discurso racista,
aunque a escala reducida, limitada. Son muchos y muy sólidos los argumentos que
nos hablan de que el racismo es una ideología cuya génesis, desarrollo y
características están más vinculados con la modernidad que con el mundo
tradicional. Por tanto lo que está claro es que todo intento de ir más allá de
los valores de la modernidad debe rechazar resueltamente cualquier vinculación
con el racismo. Y que, desde el punto de vista de las Ciencias Humanas, la
dependencia de los volubles datos de las ciencias físicas siempre es una
peligrosa sumisión.
Carlos Caballero Jurado . Con nuestro
agradecimiento a Juan C. Garcia Morcillo
(tabularium@universitariosmix.com)
Notas
1. Princenton University Press, 1995.
2. Habrá quien afirme que, de hecho, el racismo es
tan antiguo como el hombre. La Antropología comparada ha demostrado que
infinidad de tribus primitivas dividen a los seres humanos en dos grandes
categorías: los "hombres", es decir los miembros de la propia tribu, y los demás
seres humanos, catalogados directamente como inferiores y a veces incluso como
animales. Pero no creo que se pueda hablar de racismo en este tipo de
manifestaciones, ya que esas creencias carecen de todo tipo de formulación o
intento alguno de fundamentación; se trata, simplemente, de un caso primario de
xenofobia que se conoce como etnocentrismo (Levi-Strauss). Por otra parte, a lo
largo de la Historia, algunos grandes pueblos se han considerado superiores a
los demás, con derecho a conquistar y someter a sus vecinos, como sería el caso
de los romanos, por ejemplo. Pero, a la vez, esos pueblos se han esforzado por
extender su cultura a los pueblos conquistados, lo que nos muestra que en
realidad creían en la superioridad de su cultura, no de su sangre. La xenofobia
radical de tribus primitivas o el supremacismo cultural de algunas grandes
naciones conquistadoras pueden haber tenido ocasionalmente efectos prácticos muy
similares a los del moderno racismo, pero se trata en realidad de fenómenos
cualitativamente distintos.
3. Es muy significativo que las teorías
frenológicas fueran fundamentalmente criticadas por los pensadores de la
corriente antiilustrada, como el español Balmes.
4. Carus era físico, filosofo y pintor aficionado,
devoto admirador del gran paisajista alemán Caspar David Friedrich; sus ideas
racistas aparecen en su obra Nueve Cartas sobre la Pintura de Paisajes
(1831). Klem (1802-1867) fue uno de los primeros antropólogos y desarrollo un
concepto de "cultura" cuya influencia se dejó sentir largamente. Para él, la
humanidad atraviesa varias etapas de desarrollo y progreso: el salvajismo, la
domesticación, la libertad. Estas ideas, típicamente progresistas, se combinan
con la creencia de que los pueblos tienen temperamentos y mentalidades
inmutables y que hay razas "activas" e "inactivas". Estas ideas fueron expuestas
en su voluminosa obra en diez tomos Allgemeines Kulturgeschichte der
Menschheit.
5. Magnus Gustaf Retzius (1842-1919) fue un
anatomista y antropólogo sueco que destacó especialmente por sus estudios del
sistema nervioso y de anatomía del cerebro.
6. Cada libro que trata de establecer una
taxonomía racial, establece una catalogación distinta de las razas. Compárese,
por ejemplo: EUGENE PITTARD, Las Razas y la Historia. Introducción etnológica
a la Historia, México, 1959, y PAULETTE MARQUER, Las razas humanas,
Madrid, 1969.
7. GEORGE L. MOSSE, La Cultura del siglo
XIX, Barcelona, 1997. Especialmente el cap. 5º: "Racismo".
8. GEORGE L. MOSSE, Die Geschichte des
Rassismus in Europa, Franfurt am Main, 1990.
9. LOUIS DUMONT, Ensayos sobre el
Individualismo, Madrid, 1987. Especialmente el cap. "La Enfermedad
Totalitaria. Individualismo y Racismo".
10. La obra de FRANCISCO JAVIER NAVARRO, El
Paraíso de la Razón. La Revista "Estudios" (1928-1937) y el mundo cultural
anarquista (Valencia, 1997) nos muestra, por poner un ejemplo, hasta qué
punto la eugenesia fue asumida y difundida por intelectuales anarquistas
españoles. V. p. 96 y ss. Cuando redactamos este artículo —agosto de 1997— la
prensa diaria esta cuajada de noticias sobre la noticia-escándalo de este
verano: la práctica eugenésica extendida durante varias décadas en los muy
civilizados, modernos y socialdemócratas países escandinavos, especialmente en
Suecia, que ha continuado hasta casi hoy en día.
11. GEORGE L. MOSSE, La Cultura del siglo
XIX, cap. cit.
12. F. ELÍAS DE TEJADA, El racismo. Breve
historia de sus doctrinas, Madrid, s.f. Elías de Tejada fue un pensador
tradicionalista, ideológicamente afín al carlismo.
13. De hecho, la obra de Weber La Ética
protestante y el espíritu del capitalismo es un magnífico texto
antirracista, al mostrarnos como el "desarrollo" económico moderno tiene que ver
fundamentalmente con la adopción de ciertos valores ético-culturales que
favorecen la productividad económica, y nada que ver con "valores raciales
congénitos" de los pueblos. Pero es muy revelador que, en las primeras páginas
de ese texto, cuando esboza su tesis sobre la relación entre calvinismo y
desarrollo capitalista, Weber diga que quizás las ideas que va a exponer en la
obra sean falsas y la explicación auténtica sobre el grado superior de
desarrollo económico de los países germánicos de Europa noroccidental radique en
algunos rasgos raciales de los pueblos germánicos, rasgos que, nos recuerda
Weber, en esa época se estaban estudiando afanosamente.
14. Este "celtismo" reaparece de la manera más
inesperada en lugares insospechados, como los "comics" de Asterix y Obelix. Una
lectura ideológica de estas famosas viñetas humorísticas nos muestra a los galos
-celtas- como superiores a los romanos, los vikingos y los germanos, así como
descubridores del continente americano, ganadores de Juegos Olímpicos, etc.,
etc.
15. V. GWYN JONES, El Primer Descubrimiento de
América, Barcelona, 1985. Es sorprendente el interés por atribuir las
mayores proezas a los vikingos, algo debido a que siendo posiblemente los
escandinavos los más rubios- altos- ojosazulados miembros de la raza blanca,
todo buen racista les debe prestar una rendida admiración y atribuirles las
mayores proezas, aunque no se encuentre el mas mínimo vestigio de ellas en la
Historia. Esta vikingomanía alcanza caracteres verdaderamente patológicos en
algunas obras que insinúan orígenes vikingos en culturas prehispánicas de
América; v. Jacques de Mahieu, El Imperio Vikingo de Tiahuanacu (América,
antes de Colón), Barcelona, 1985.
16. Edward Said cita un buen número de las obras
en las que se desarrolló la teoría racista del imperialismo ingles: THOMAS HENRY
HUXLEY, The Struggle for Existence in Human Society (1888); BENJAMIN
KIDD, Social Evolution (1894); P. CHARLES MICHEL, A Biological View of
Our Foreign Policy (1896); JOHN B. CROZIER, History of Intellectual
Development on the Lines of Modern Evolution (1897-1901); CHARLES HARVEY,
The Biology of British Politics (1904)... Como se ve, un elenco de
teóricos racistas de la política que hubiera despertado la envidia del mismísimo
Himmler. En su obra Orientalismo (Madrid, 1990), Edward Said da otros
muchos ejemplos de la presencia de ideas racistas en políticos e intelectuales
británicos y franceses, todos ellos de la órbita ideológica liberal.
17. Editada por Oxford University Press, Nueva
York, 1994.
18. Cuando alguien que se ha formado en el entorno
de una cultura católica usa la expresión "Pueblo Elegido", le da el carácter de
elección voluntaria. En la Biblia, por el contrario, el concepto "elegido" es
estrictamente biológico, hereditario, racial. Numerosos pasajes de los textos
bíblicos recogen, por ejemplo, las imprecaciones que lanzaban los profetas
contra aquellos hebreos que mezclaban su sangre con la de otras razas.
19. El lector habrá observado que en ningún
momento estamos tratando de un tema como el antisemitismo ni la política
antisemita del III Reich. Tema tan importante merece por sí mismo un estudio
detallado.
20. Para los británicos su imperio iba a ser
eterno, al igual que para Hitler su Reich iba a durar mil años. En 1911, cuando
los británicos trasladaron la sede de su Gobierno en la India desde Calcuta a
Delhi, se prohibió que la banda que animaba el desfile militar conmemorativo
interpretara "Onward, Christian Soldiers", dado que esa pieza musical aludía al
ascenso y caída de imperios, mientras que sólo se mantenía lo creado por Dios.
Obviamente era inapropiada, ya que el imperio británico iba a ser eterno.
Después de la creación de Adán y de la venida del Mesías, se podía leer en la
prensa británica, el tercer hecho decisivo en la Historia de la humanidad era la
instauración del imperio británico, que iba a durar eternamente. En realidad,
aunque los británicos estuvieron en la India durante doscientos años, desde la
coronación imperial de la reina Victoria hasta que se arrió la bandera británica
en Delhi solo pasaron setenta años. La creencia en la eternidad del Imperio
británico o en la duración milenaria del Reich hitleriano derivaba directamente
de la ideología racista que sustentaba ambas creaciones políticas. El
imperialismo estaba estrechamente vinculado con el racismo, ya que el dominio
imperial de una raza sobre otras parecía ser la confirmación empírica de las
mejores cualidades biológicas de la raza dominante.
21. La autoría del Taj Mahal ha sido objeto de una
curiosa polémica. Algunas guías de la India, destinadas a turistas occidentales,
llegan a afirmar sin titubeos que el autor fue un italiano, dándole el nombre de
Geronimo Veroneo, con lo cual el turista vuelve a su país satisfecho de saber
que la obra de arte que le ha dejado boquiabierto no se debe a ningún tipo
oscuro como los que le asediaban en las calles de Agra.Tal mixtificación se basa
en apreciaciones como las del historiador George Marçais, quien escribía que las
características de la obra le da "un carácter algo extraño al arte oriental y
que ha dejado suponer la intervención de un arquitecto europeo" (El arte
musulmán, Madrid, 1985, p. 210). Otro gran especialista en arte musulmán,
Alexandre Papadopoulo (El islam y el arte musulmán, Barcelona, 1977, p.
292), sostiene que el nombre del arquitecto era el de Isa —Jesús, en árabe—,
nombre muy raro en los musulmanes de la India o Persia, que "en cambio sería
normal en un griego, un armenio o un sirio"; es decir, entre miembros de
minorías nacionales cristianas del Imperio otomano, de alguna manera vinculadas
a la tradición cultural europea. Pero no satisfecho con ello, apunta además que
"según cierta tradición podría tratarse de un arquitecto italiano". En realidad,
se sabe perfectamente quiénes fueron los arquitectos del Taj Mahal, y ninguno de
ellos responde a la información que sobre ellos nos dan Marçais, Papadopoulo o
las guías turísticas al uso (v. S. BLAIR Y J. BLOOM, The Art and Architecture
of Islam, 1520- 1800, Pelican History of Art, Yale University Press). El
hecho, que puede parecer anecdótico, demuestra no obstante lo arraigado de
ciertas convicciones racistas, que ven como increíble que personajes morenos y
de ojos obscuros puedan ser absolutamente geniales...
22. Cfr. España invertebrada, pp. 137 y ss.
(Revista de Occidente, 17ª ed., Madrid, 1975).
23. Un crítico feroz de esta "teutomanía" de
Ortega y Gasset fue su por otra parte rendido admirador Ernesto Giménez
Caballero, en su obra Genio de España.
24. Que Marx hubiera sido un taxidermista habría
explicado al menos la pasión de los líderes comunistas por hacerse embalsamar —o
la de sus seguidores por embalsamarlos—, práctica que se inicia con Lenin,
continúa con Stalin, Dimitrov y Mao, y llega hasta Kim Il Sung. También La
Pasionaria fue embalsamada.
25. Ni siquiera los teóricos nazis del racismo
aceptaron la existencia de una raza alemana. H.F.K. Günther, por ejemplo,
distingía cinco razas en Europa: la nórdica, la mediterránea, la dinárica, la
alpina y la báltica. Conceptuaba a la nórdica como la más dotada y creía que era
la que dominaba entre los alemanes, pero desde luego no se atrevió a afirmar que
todos los alemanes fueran nórdicos.