miércoles, 30 de julio de 2008

“EUROPA” por JÜRGEN HABERMAS y JACQUES DERRIDA





Hay dos datos que no deberíamos olvidar: el día en que los periódicos informaron a sus sorprendidos
lectores de la reafirmación de la lealtad hacia Bush, a la que el presidente del gobierno español invitó a los gobiernos europeos partidarios de la guerra, a espaldas de los demás socios de la UE. Y el 15 de febrero de 2003, cuando las masas de manifestantes respondieron a este golpe de efecto en Londres, Roma, Madrid, Barcelona, Berlín y París. Al analizarlas retrospectivamente, la simultaneidad de estas impresionantes manifestaciones -las mayores desde finales de la II Guerra Mundial- podría entrar en los libros de Historia como signo del nacimiento de una nueva opinión pública europea. Durante los densos meses anteriores al inicio de la guerra de Irak, un reparto del trabajo moralmente obsceno agitó las emociones. La gran operación logística de la imparable concentración de tropas, por un lado, y la actividad frenética de las organizaciones de ayuda humanitaria, por otro, se coordinaron con la precisión de un engranaje.
El espectáculo transcurrió imperturbable ante los ojos de la población que resultaría ser la víctima, despojada de toda iniciativa propia. No cabe duda de que el poder de las emociones hizo que todos los ciudadanos europeos se movilizaran juntos. Pero al mismo tiempo la guerra hizo que los europeos adquirieran conciencia del fracaso de su política exterior común, previsible desde hacía mucho tiempo. Al igual que en el resto del mundo, al romper tan alegremente con el Derecho Internacional, también en Europa se desató la discusión sobre el futuro del orden mundial. Pero los argumentos que nos dividen nos han afectado aún más profundamente.
A raíz de esta discusión, las conocidas líneas de fractura han quedado aún más marcadas. Las opiniones controvertidas sobre el papel de la superpotencia, el futuro orden mundial, la relevancia del Derecho Internacional y de la ONU han hecho que las diferencias latentes se manifiesten abiertamente. Ha aumentado aún más el abismo entre los países continentales y anglosajones, por un lado, y los países de la “Vieja Europa” y los candidatos de Europa central y del
Este a la adhesión, por el otro. En Gran Bretaña, la relación especial con EE UU no es ningún tabú, pero sigue ocupando el primer lugar en el orden de preferencia de Downing Street. Y los países de Europa central y del Este pretenden entrar en la UE, pero no están dispuestos a que les restrinjan enseguida su soberanía recuperada hace muy poco tiempo. La crisis de Irak sólo sirvió de catalizador. También en la Convención Constitucional de Bruselas queda manifiesta la diferencia de opiniones entre los países que desean realmente una profundización de la UE y aquellos que tienen un interés comprensible en congelar el proceso actual de gobierno intergubernamental y permitir, en todo caso, un cambio cosmético. Pero resulta que no se puede seguir disimulando por más tiempo dichas diferencias.
La futura Constitución nos traerá un ministro europeo de Asuntos Exteriores. Pero, ¿para qué sirve un nuevo cargo si los gobiernos no son capaces de acordar una política común? Incluso un Fischer ocupando un cargo con nueva denominación seguiría estando tan despojado de poder como Solana. Por ahora parece que sólo los países miembros del núcleo europeo están dispuestos a otorgar a la UE determinadas cualidades de Estado. ¿Qué hacer si son sólo estos países los que llegan a un acuerdo sobre la definición de sus “intereses propios”? Si queremos que Europa no se divida, ahora estos países deberán hacer uso del mecanismo de la “cooperación reforzada” acordado en Niza para poder dar un primer paso con una política exterior, de seguridad y de defensa en una “Europa de diferentes velocidades”. Ello tendrá un efecto de arrastre del que los demás países miembros -por ahora los pertenecientes a la eurozona- no van a poder librarse. En el marco de la futura Constitución Europea, no podrá ni deberá existir ningún tipo de separatismo.
Avanzar no significa excluir. Los países vanguardistas del núcleo europeo no deben afianzarse como la Pequeña Europa. Como en tantas otras ocasiones, deberán ser la locomotora.
Precisamente los países miembros de la UE que cooperan entre ellos de forma más estrecha tienen mucho interés en mantener la puerta abierta. Cuanto más rápidamente los países del núcleo europeo adquieran capacidad para una actuación exterior y demuestren que en una sociedad mundial compleja no cuentan sólo las divisiones, sino el suave poder de las agendas de negociación, las relaciones y las ventajas económicas, antes entrarán los países invitados por estas puertas.
En este mundo no compensa una concentración de la política en esa alternativa entre guerra y paz, tan estúpida como costosa. En el ámbito internacional y en el marco de la ONU, Europa debe poner su peso en la balanza para equilibrar el unilateralismo hegemónico de Estados Unidos.
Debería hacer valer su influencia en el diseño de una futura política interior mundial en las cumbres económicas mundiales y en instituciones como la Organización Mundial de Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La continuidad de la política de ampliación de la UE tropieza actualmente con las limitaciones de la dirección administrativa.
Hasta ahora habían sido los imperativos funcionales de la creación de una zona económica y monetaria común los que impulsaban las reformas. La política creativa que exige a los países miembros no sólo la eliminación de barreras a la competencia, sino también una voluntad común, depende de las motivaciones y la forma de pensar de los propios ciudadanos. Los acuerdos mayoritarios sobre decisiones de política exterior con consecuencias graves sólo podrán contar con aceptación cuando las minorías derrotadas se muestren solidarias. Pero esto exige la existencia previa del sentimiento de unión política. En cierto modo, la población tendrá que “ampliar” sus identidades nacionales y darles una dimensión europea. La solidaridad del ciudadano del Estado nacional limitado a la solidaridad con la propia nación, un concepto que hoy en día resulta ya bastante abstracto, deberá extenderse en el futuro a los ciudadanos europeos de otras naciones.
Esto plantea la cuestión de la “identidad europea”. La conciencia misma de un destino político común y una perspectiva convincente de un futuro común podrá hacer desistir a las minorías derrotadas de obstruir la voluntad mayoritaria. Por regla general, los ciudadanos de un país tienen que considerar a los ciudadanos de otro como “uno de los nuestros”. Este deseo plantea la pregunta que esgrimen tantos escépticos: ¿existen experiencias, tradiciones y logros históricos que motiven una conciencia del ciudadano europeo del destino político sufrido en común y que debe ser diseñado en común? Una “visión” de una Europa futura que sea atractiva e incluso contagiosa no caerá del cielo. Hoy en día sólo puede nacer de la inquietante sensación de desorientación.
Pero podrá resultar de la necesidad creada por una situación en la que los europeos nos vemos dependiendo de nosotros mismos. Y esa debe articularse en la cacofonía salvaje de una opinión pública polifónica. Si hasta ahora este tema no ha llegado a ser incluido siquiera en el programa político, ha sido un fracaso de los intelectuales.
Los riesgos ocultos Resulta fácil llegar a un acuerdo sobre cuestiones no vinculantes. Todos tenemos una idea de una Europa pacífica, cooperadora, abierta a otras culturas y capaz de dialogar. Saludamos una Europa que durante la segunda mitad del siglo XX dio con soluciones ejemplares para dos problemas.
Ya hoy en día Europa se ofrece como un sistema de “gobierno más allá del Estado nacional” que podría servir de modelo en una constelación posnacional. También los sistemas europeos de previsión social se consideraron durante mucho tiempo ejemplares. En el ámbito del Estado nacional, resulta que ahora se encuentran a la defensiva. Pero ni siquiera una futura política de doma del capitalismo en espacios sin fronteras debe volver a niveles inferiores previos a los valores alcanzados en materia de justicia social. Si Europa fue capaz de resolver dos problemas de esta magnitud, ¿por qué no iba a saber enfrentarse también al reto permanente de avanzar en la creación de un orden cosmopolita basado en el Derecho Internacional y defendiéndolo
frente a planes alternativos?
Por supuesto, un discurso promovido en toda la esfera europea tendría que dar con unas voluntades ya existentes que en cierto modo estén ya esperando un proceso estimulante de autonomía creciente. Pero hay dos hechos que parecen contradecir esta atrevida suposición. ¿Acaso los logros históricos más importantes de Europa no han perdido su fuerza de creación de una identidad precisamente por el éxito mundial alcanzado? ¿Y cuál es el factor que debe mantener unida a una región que se caracteriza como ninguna otra por la rivalidad permanente entre naciones con un alto grado de autognosis? Dado que el cristianismo y el capitalismo, las ciencias naturales y la tecnología, el Derecho romano y el código napoleónico, el estilo de vida urbano burgués, la democracia y los derechos humanos, la secularización del Estado y de la sociedad se extendieron a otros continentes, estos logros no representan ya ningún valor propio. El espíritu occidental basado en la tradición judeocristiana tiene, seguramente, rasgos característicos. Pero las naciones europeas comparten estos esquemas mentales caracterizados por el individualismo, el racionalismo y el activismo con los de Estados Unidos, Canadá y Australia. “Occidente” entendido como contorno espiritual abarca más que sólo Europa.
Además, Europa se compone de Estados nacionales que se delimitan polémicamente unos a otros. La identidad nacional expresada en lenguas nacionales, literaturas nacionales e historia nacional sirvió durante mucho tiempo como carga explosiva. Es cierto que hubo respuestas a la fuerza de destrucción de este nacionalismo en forma de modelos de opinión que son los que, desde el punto de vista del no-europeo, proporcionan a la Europa actual un carácter propio en virtud de su incomparable y amplia diversidad cultural. Esa cultura, despedazada más que otras culturas desde hace muchos siglos a causa de conflictos entre ciudad y campo, entre poderes eclesiásticos y seculares, la competencia entre fe y conocimiento, la lucha entre poderes políticos y clases antagónicas, tuvo que aprender dolorosamente de qué manera se puede establecer una comunicación en la diversidad, institucionalizar diferencias y estabilizar tensiones. También el reconocimiento de las diferencias -el reconocimiento mutuo del otro dentro de su carácter diferente- puede convertirse en característica de una identidad común.
Los ejemplos más recientes de ello son la pacificación de diferencias de clases por el Estado social y la autolimitación de la soberanía nacional en el marco de la UE. En palabras de Eric Hobsbawm, durante el tercer cuarto del siglo XX la Europa de este lado del telón de acero vivió su “edad de oro”. Desde entonces se pueden distinguir rasgos de una mentalidad política común de manera que los demás frecuentemente reconocen en nosotros antes al europeo que al alemán o al francés, y no sólo en Hong Kong, sino incluso en Tel Aviv. Es cierto: en las sociedades europeas la secularización ha avanzado bastante más que en otras. Aquí los ciudadanos ven las extralimitaciones entre política y religión más bien con desconfianza. Los europeos tienen una confianza relativamente grande en las prestaciones organizativas y la capacidad de dirigir del Estado, mientras que se muestran más escépticos de cara a la capacidad de rendimiento del mercado. Poseen un sentido marcado de la “dialéctica de la ilustración”, pero no tienen esperanzas optimistas inquebrantables respecto a los progresos tecnológicos. Tienen preferencias en cuanto a las garantías de seguridad del Estado del bienestar y normas en materia de solidaridad.
El límite de tolerancia en relación con el uso de la violencia frente a otras personas es comparativamente bajo. El deseo de alcanzar un orden internacional multilateral sobre una base jurídica regulada se une a la esperanza de alcanzar una política interior mundial eficaz en el marco de una ONU reformada.
A partir de 1989/1990 dejó de existir esta constelación que permitía desarrollar dicha mentalidad a los europeos occidentales favorecidos por la sombra de la Guerra Fría. Sin embargo, el 15 de febrero demostró que esa mentalidad en sí sobrevivió al contexto que la originó. Esto explica por qué la “Vieja Europa” se siente provocada por la superpotencia aliada a causa de su atrevida política hegemónica, pero también por qué son tantos los europeos que rechazan la invasión unilateral, preventiva y tan confusa como insuficientemente justificada a pesar de que saludan la caída de Sadam como liberación. Entonces ¿qué estabilidad tiene esta mentalidad? ¿Tiene sus raíces en experiencias y tradiciones históricas más profundas? Hoy sabemos que muchas de las tradiciones políticas, que pretenden tener autoridad por haber surgido aparentemente de forma natural, son sólo tradiciones “inventadas”. Frente a ellas, una identidad europea nacida bajo la luz de su carácter público, sería algo que se construye desde el principio.
Porque si se tratara sólo de una construcción arbitraria, se la tacharía de ser una cosa cualquiera.
La voluntad político-ética que se expresa en la hermenéutica de los procesos de autognosis no es algo arbitrario. La diferenciación entre el legado que recibimos y el que queremos rechazar, exige tanto cautela como la decisión sobre la lectura del modo en que lo hacemos nuestro.
Las experiencias históricas sólo son candidatas para una interiorización consciente sin la cual no alcanzarán la calidad de fuerza formadora de la identidad. Y para finalizar, algunas palabras clave referentes a dichos “candidatos”, bajo cuya luz la mentalidad europea de posguerra podría alcanzar un perfil más nítido.

Raíces históricas
La relación entre Estado e Iglesia ha tenido una evolución diferente en la Europa moderna a uno y otro lado de los Pirineos, al norte y al sur de los Alpes, al oeste y al este del Rin. La neutralidad ideológica del poder del Estado presenta formas jurídicas diferentes en cada uno de los países europeos. Pero en todas partes la religión ocupa dentro de la sociedad civil una posición apolítica similar. Aunque puede ser que se lamente esa privatización social de la fe bajo otros aspectos, ésta tiene una consecuencia deseable para la cultura política. En nuestras latitudes resulta difícil imaginarse a un presidente que comience sus labores diarias inherentes al cargo con una oración pública y que relacione sus decisiones políticas de graves consecuencias con una misión divina. En Europa, la emancipación de la sociedad burguesa de la tutela de un régimen absolutista no fue unida a la toma de posesión y la transformación democrática del Estado administrativo moderno. Pero la influencia de las ideas de la revolución francesa en toda Europa explica, entre otras cosas, por qué aquí se le atribuye a la política en sus dos formas de manifestación -como garantía de la libertad y también como poder organizativo- un valor positivo.
En cambio, la imposición del capitalismo estuvo unida a fuertes diferencias de clase. Esta memoria impide una valoración igualmente imparcial del mercado. La valoración diferente de la política y del mercado posiblemente reafirma a los europeos en su confianza en el poder civilizador de la organización de un Estado del que esperan también la corrección del “fracaso del mercado”.
El sistema de partidos nacido de la revolución francesa ha sido copiado muchas veces. Pero sólo en Europa sirve también a una concurrencia de ideologías que somete las consecuencias socio- patológicas de la modernización capitalista a una valoración política continuada. Esto fomenta la sensibilidad de los ciudadanos respecto a las paradojas del progreso. En la controversia de las interpretaciones conservadoras, liberales y socialistas se trata de la valoración de dos aspectos: ¿prevalecen las pérdidas que se producen al desintegrarse estilos de vida protectores tradicionales sobre los beneficios de un progreso quimérico? ¿O prevalecen los beneficios que prometen los procesos de destrucción creativa de hoy para mañana sobre el dolor de los perdedores de la modernización? En Europa, los efectos duraderos de las diferencias de clases fueron vividos por los afectados como un destino que sólo podía ser remediado mediante una actuación colectiva. De esta manera, en el contexto de los movimientos obreros y las tradiciones cristiano-sociales, se impuso una ética de la lucha por “más justicia social” solidaria y dirigida a una previsión uniforme, frente a una ética individualista que acepta desigualdades sociales marcadas.
La Europa de hoy está marcada por las experiencias de los regímenes totalitarios del siglo XX y por el holocausto, la persecución y exterminio de los judíos europeos en el que el régimen nacionalsocialista involucró también a las sociedades de los países conquistados. El análisis autocrítico de este pasado hizo recordar las bases morales de la política. La mayor sensibilidad respecto a las transgresiones de la integridad personal y física tiene su reflejo, entre otras cosas, en
que el Consejo de Europa y la UE hayan establecido como requisito para la adhesión la renuncia a la pena de muerte. Un pasado belicista involucró antaño a todas las naciones europeas en conflictos sangrientos. Tras la II Guerra Mundial, las experiencias de la movilización militar y espiritual de unos contra otros les hicieron sacar la consecuencia de desarrollar sistemas supranacionales de cooperación. La historia del éxito de la Unión Europea ha reafirmado en los europeos la convicción de que la domesticación del ejercicio del poder por el Estado exige también en el ámbito global una limitación mutua de los márgenes soberanos de actuación.
Cada una de las grandes naciones europeas ha vivido una época dorada de desarrollo de poder imperial y, lo que es importante en el contexto nuestro, también tuvieron que digerir la experiencia de la pérdida de un imperio. Esta experiencia de decadencia se une en muchos casos a la pérdida de imperios coloniales. Con la distancia creciente entre poder imperial e historia colonial, las potencias europeas tienen ahora la oportunidad de lograr también una distancia reflexiva de sí mismas. Así pudieron aprender a entenderse a sí mismas en el papel discutible de los vencedores desde la perspectiva de los derrotados, al hacérseles responsables como vencedoras de la violencia de una modernización impuesta y causante de desarraigo. Puede que esto fuera lo que ha fomentado el abandono del eurocentrismo y dado un nuevo impulso a la esperanza kantiana de una política interior mundial.

1 comentario:

Lapuente dijo...

Notable blog, un aporte a la razón crítica tan necesaria en estos días.

Salu2