
El primer asombro desfila por los párpados. La mirada de Abelardo Castillo fulgura en el instante en que reedita un robo fundacional. El joven que fue soportaba el servicio militar cuando no pudo con su genio y decidió atesorar un ejemplar de los diarios de Kafka, que se llevó de una librería de Olavarría. Ese joven ya escribía su propio diario. Aún lo sigue escribiendo. Hay más de dos mil páginas acumuladas que conectan los intersticios del pasado con lo que vendrá. El volcán de la memoria afectiva casi siempre es intempestivo. El Gran Premio de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), que el escritor recibió ayer (ver aparte), activa escenas de la extrema juventud desde el pulso de un presente redondo. Este es un año “emblemático” en el que confluyen tres aniversarios fundamentales: se cumplen cincuenta años de la publicación de su primer libro, Las otras puertas; de la publicación y montaje de El otro Judas y de la creación de la revista El escarabajo de oro. “Desde el punto de vista de la alegría o de la vanidad personal, este premio significa bastante”, le dice Castillo a Página/12.
Los recuerdos abren, desde la entonación apasionada de Castillo, una ventana para espiar un episodio inolvidable del pasado. Entre 1963 y 1965 el escritor había cosechado un puñado de méritos. Ya había publicado Las otras puertas, premiada con la Faja de Honor de la SADE. Su obra de teatro El otro Judas había sido representada con dirección de Onofre Lovero y otra de sus piezas teatrales, Israfel, basada en la vida de Edgar Allan Poe, también había sido premiada por un jurado integrado nada más y nada menos que por Eugène Ionesco. Continuaba, además, dirigiendo su segunda revista literaria, El escarabajo de oro. A través de una editorial que compartía el mismo nombre de la revista publicó un libro homenaje al poeta comunista Mario Jorge De Lellis, la reedición de Cantos humanos con ilustraciones de Carlos Alonso. El lugar elegido para presentarlo fue la SADE de la calle México. Entonces, en el ’65, el presidente de la institución era por segunda vez el español Fermín Estrella Gutiérrez. “No era el modelo de escritor que hoy llamaríamos progresista –ilustra Castillo–. Pero lo divertido fue que para conseguir la sala José Hernández, donde me entregaron el premio a mí, pedimos permiso para que tocara Aníbal Troilo. Llevarlo a Troilo a la SADE era casi un acto subversivo. Y fueron Troilo y Grela.”
Cuando estaba por empezar esa jornada memorable, surgió un percance. La ausencia de un “combustible” ineludible estaba por desbaratar los planes. “Che, Troilo no quiere tocar”, le avisaron a Castillo. “Si no traen whisky, no toca.” Castillo enfiló hacia el bodegón de la esquina con el caballo desbocado de su corazón acelerando los pasos: “Mire, acá enfrente está Troilo, pero no quiere tocar si no le llevo una botella de whisky”, explicó. “No sólo me vendieron la botella sino que creo que me la regalaron. Y se vinieron conmigo varios de los curdas que estaban en el bodegón –revela–. Yo entraba a la SADE con una botella de whisky en una mano y con un pelotón de ebrios consuetudinarios para escucharlo a Troilo. En ese mismo momento Fermín Estrella Gutiérrez, un hombre probo, austero, muy educado, me vio con esa especie de malón.”
Ahora, tantos años después, Castillo insiste en ponderar la mejor tradición de la SADE: la amplitud. Sobre el escritorio, las hojas sueltas de sus diarios, esos papeles que tienden puentes con el joven que fue, son testigos de la cadencia enfática con la que el escritor argumenta. “Una sociedad de escritores no puede hacer política partidista; está para defender los derechos de los escritores. Cuando nos metieron presos a Arnoldo Liberman y a mí por defender Lolita, de Nabokov –nuestras democracias eran muy dudosas en los ’60–, nos defendieron de la SADE. A veces cometieron errores
inaceptables, como la expulsión de Leopoldo Marechal. Esa era una época dura que no conviene que se repita desde el poder, porque por el mero hecho de ser comunista o no ser peronista o ser cuestionador del régimen lo ponían preso a Leónidas Barletta o a uno de los mayores novelistas argentinos, Alfredo Varela. Cuando Hugo del Carril le pidió los derechos a Varela para filmar Las aguas bajan turbias, basada en la novela El río oscuro, Varela estaba en la cárcel. Esperaría que ese tipo de tradición no vuelva nunca a la Argentina”.
–Parece lejano un posible regreso de ese tipo de tradiciones, ¿no?
–Supongo que sí, pero nunca se sabe... Yo nunca he sido oficialista por principio; creo que un escritor no puede ser oficialista porque en la medida en que militás en el partido que sea tenés que estar de hecho y casi moralmente de acuerdo con las decisiones de ese partido. Y un intelectual debe estar pensando más bien en molestar, aun cuando esté de acuerdo. Con una de las pocas cosas con las que he estado de acuerdo con David Viñas fue cuando dijo justamente que un escritor nunca puede ser oficialista. Esto no quiere decir que yo sea antioficialista. Una cosa muy distinta es decir “no soy musulmán” a decir que “soy antimusulmán”. Todo lo que tienda a dividir lo juzgo peligroso. Ahora, si estamos lejos o no... espero que sí y quiero creer que sí.
–¿Cómo está viviendo esta coyuntura política en la que Cristina Fernández asumió su segundo mandato?
–Estoy a la expectativa, esperando ver qué ocurre, sin oponerme a las cosas que considero buenas y necesarias, pero sin creer, por principio, que ya están sucediendo. Que Cristina iba a ganar esta elección, se sabía; únicamente la oposición no creía que esto iba a suceder. El problema que me preocupa no es esencialmente el del gobierno de los argentinos, sino la oposición de los argentinos. Alberdi dijo que todos los países tienen los gobiernos que se merecen. Tal vez sea cierto o no; pero si tenemos los gobiernos que nos merecemos, para bien o para mal, entonces somos responsables de los gobiernos porque los hemos votado o porque dejamos que esos gobiernos sucedan. Pero lo que Alberdi se olvidó de decir es que también los países tenemos la oposición que nos merecemos. La oposición en la Argentina es desastrosa: sin ideas, sin proyectos, sin nada. Lo mejor que puede hacer un intelectual es reflexionar sobre el problema, pero no aceptar, por principio, estar en la oposición o en el gobierno.
–Pero un intelectual puede decidir militar en un partido.
–Sí, pero en ese momento, el militar, deja de ser un intelectual. Si es militante y está afiliado al partido tiene que estar moralmente con la línea de su partido. No puede no estar de acuerdo, si no ¿para qué está afiliado y por qué milita en ese partido? Tiene que aceptar todas las decisiones de su partido, le gusten o no. Esto se discutía en los años ’60 acerca de la afiliación al Partido Comunista. ¿Se podía ser comunista siendo intelectual? Lo plantea Sartre en ¿Qué es la literatura? Si sos un intelectual que pone en cuestión las ideas de tu partido o de tu movimiento, en realidad estás molestando a tu partido. Es por eso que los intelectuales suelen llevarse tan mal con los partidos políticos. Nunca pertenecí a un partido político. Siempre estuve en la izquierda, he discutido con los comunistas y con los peronistas. Nunca fui peronista como nunca fui comunista, pero jamás fui antiperonista, porque creo que es una actitud política errónea y muy peligrosa en un país como el nuestro. Recuerdo un discurso muy viejo de Fidel Castro en el que decía que en Cuba no se debe ser ni anticatólico, ni anticomunista, ni anti ninguna cosa que tienda a dividir. Y no lo dijo un sacristán o el obispo de Managua (risas).
Las carcajadas de Castillo parecen recurrir a la hipérbole deliberada para lograr un efecto más cómico después del silencio. Como un futuro perfecto que está en la punta de la lengua, un joven llegó de San Pedro a Buenos Aires a los dieciocho años con el propósito de tantear la distancia que media entre lo que sus ojos de lector devoraban y el dibujo de las palabras. Traía sus diarios, cuadernos y hojas sueltas que empezó antes de su partida; diario que sigue engordando y escribiendo. “Este año es para mí muy emblemático –subraya–. En el ’61 fundé El escarabajo de oro, se publicó y se montó El otro Judas, y se publicó Las otras puertas, que terminó siendo como el primer libro de narrativa de la generación del ’60, con el que gané el Premio Casa de las Américas. Y ahí entré a la literatura. Hace exactamente cincuenta años que me pasó todo.”
–¿Le impresiona un poco este aniversario, los cincuenta años?
–¡Claro que me impresiona! Cuando uno puede decir “hace medio siglo que...” es porque han pasado por los puentes de su vida una cantidad de gente, de hechos, de malestares, de pequeñas alegrías muy considerables. Cincuenta años es la vida entera de los hombres que yo admiro. Arlt se murió a los 42 años y yo estoy recordando que hace cincuenta se publicó mi primer libro.
–Al llevar un diario durante tantos años, ¿qué cuestiones lo sorprendieron al volver sobre los textos que escribió?
–He encontrado el tema entero de un cuento que creí que lo había inventado. “El cruce del Aqueronte” fue publicado como cuento y luego es el capítulo dos de El que tiene sed. Pero no es un cuento realmente; la historia me ocurrió a mí. Yo me encontré en un colectivo, que iba a Tres Arroyos, totalmente borracho y vestido de una manera insensata, anotando en el cuaderno que siempre llevaba conmigo una idea para un cuento que podía ser la de Esteban Espósito borracho. En el diario digo que voy a anotar unas letras más –tenía una curda que ni te imaginás–, sencillamente para ver cuánto tiempo se puede escribir en un ómnibus en movimiento. Esto lo escribí en el diario, lo dejé y pasaron los años. Un día escribí “El cruce del Aqueronte”, en que Esteban Espósito literalmente se despierta en un ómnibus que no sabe adónde va, pero con la diferencia de que ahí escribe la carta de su vida y después la echa en un buzón sin ponerle dirección alguna. Ese es el tema del cuento. O sea que lo más importante que ha escrito desde el punto existencial es una carta donde dice todo lo que piensa del amor y de ciertas cosas, pero resulta que cuando la echa al sobre para su destinatario se olvida de a quién se la tiene que mandar. Ni siquiera se da cuenta de que no se la manda a nadie. Un día, mirando el diario, buscando no sé qué dato, me di cuenta de que me había pasado. Lo que creí que había inventado era nada más que una especie de recuerdo. Incluso me había perdido algo del diario porque hablaba de que tenía la sensación de estar metido en una coctelera. Y ahí mismo, en el diario, puse coctelera con signos de admiración porque me gustó la imagen de un borracho metido en una coctelera. Y esa imagen me la perdí en el cuento.
–¿Cómo resulta la confrontación entre el joven que fue y el escritor que es ahora?
–Una de las cosas aterradoras de llevar un diario es que a los 20 o 25 años pensaba las mismas cosas que ahora –no he descubierto nada–, y además las pensaba mejor (risas). Ultimamente me cuesta un poco más de trabajo escribir el diario porque tengo que hacer un gran esfuerzo para sentir que no va a ser publicado, que es el único modo de escribir un diario: poner la publicación en el futuro. Hasta que decidí que mi diario termina en 2010. Todo lo que anote ahora es otra cosa. Si mantiene lo que tenía en el diario, ¡adelante! A mí me servía como una especie de terapia; era una manera de palparme para ver si a los 70 años, por ejemplo, sigo creyendo en aquellas verdades en las que creía a los 35. El tipo que yo fui, ¿haría o diría ciertas cosas? El diario siempre fue para ver en qué medida uno se modifica y en qué medida todavía podés tolerar el cotejo con aquel adolescente o joven que fuiste.
–¿Cómo anda el nivel de tolerancia?
–Y... A veces me resulta que aquel joven era más interesante que este señor (risas).
viernes, 16 de diciembre de 2011
“El intelectual se lleva mal con los partidos políticos” entrevista a Abelardo Castillo por Silvina Friera.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
14:24
0
comentarios
martes, 18 de octubre de 2011
"EL CONCEPTO DE FICCIÓN" por Juan José Saer

Nunca sabremos cómo fue James Joyce. De Gorman a Ellmann, sus biógrafos oficiales, el progreso principal es únicamente estilístico: lo que el primero nos trasmi te con vehemencia, el segundo lo hace asumiendo un tono objetivo y circunspecto, lo que confiere a su relato una ilusión más grande de verdad. Pero tanto las fuen tes del primero como las del segundo óentrevistas y cartasó son por lo menos inseguras, y recuerdan el testimonio del «hombre que vio al hombre que vio al oso", con el agravante de que para la más fantasiosa de las dos biografias, la de Gorman, el informante princi pal fue el oso en persona. Aparte de las de este último, es obvio que ni la escrupulosidad ni la honestidad de los informantes pueden ser puestas en duda, y que nuestro interés debe orientarse hacia cuestiones teóri cas y metodológicas.
En este orden de cosas, la objetividad ellmaniana, tan celebrada, va cediendo paso, a medida que avanza mos en la lectura, a la impresión un poco desagradable de que el biógrafo, sin habérselo propuesto, va entran do en el aura del biografiado, asumiendo sus puntos de vista y confundiéndose paulatinamente con su subjetividad. La impresión desagradable se transforma en un verdadero malestar en la sección 1932 1935, que, en gran parte, se ocupa del episodio más doloroso de la vida de Joyce, la enfermedad mental de Lucía. Echando por la borda su objetividad, Ellmann, con argumentos enfáticos y confusos, que mezclan de manera imprudente los aspectos psiquiátricos y literarios del problema, parece aceptar la pretensión demencial de Joyce de que únicamente él es capaz de curar a su hija. Cuando se trata de meros acontecimientos exteriores y anecdóticos, no pocas veces secundarios, la biografía puede mantener su objetividad, pero apenas pasa al campo interpretativo el rigor vacila, y lo problemático del objeto contamina la metodología. La primera exigencia de la biografía, la veracidad, atributo pretendidamente científico, no es otra cosa que el supuesto retórico de un género literario, no menos convencional que las tres unidades de la tragedia clásica, o el desenmascaramiento del asesino en las últimas páginas de la novela policial.
El rechazo escrupuloso de todo elemento ficticio no es un criterio de verdad. Puesto que el concepto mismo de verdad es incierto y su definición integra elementos dispares y aun contradictorios, es la verdad como objetivo unívoco del texto y no solamente la presencia de elementos ficticios lo que merece, cuando se trata del género biográfico o autobiográfico, una discusión minuciosa. Lo mismo podemos decir del género, tan de moda en la actualidad, llamado, con certidumbre excesiva, non-fiction: su especificidad se basa en la exclusión de todo rastro ficticio, pero esa exclusión no es de por sí garantía de veracidad. Aun cuando la intención de veracidad sea sincera y los hechos narrados rigurosamente exactos ólo que no siempre es asíó sigue existiendo el obstáculo de la autenticidad de las fuentes, de los criterios interpretativos y de las turbulencias de sentido propios a toda construcción verbal. Estas dificultades, familiares en lógica y ampliamente debatidas en el campo de las ciencias humanas, no parecen preocupar a los practicantes felices de la non-fiction. Las ventajas innegables de una vida mundana como la de Truman Capote no deben hacernos olvidar que una proposición, por no ser ficticia, no es automáticamente verdadera.
Podemos por lo tanto afirmar que la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción, y que cuando optamos por la práctica de la ficción no lo hacemos con el propósito turbio de tergiversar la verdad. En cuanto a la dependencia jerárquica entre verdad y ficción, según la cual la primera poseería una positividad mayor que la segunda, es desde luego, en el plano que nos interesa, una mera fantasía moral. Aun con la mejor buena voluntad, aceptando esa jerarquía y atribuyendo a la verdad el campo de la realidad objetiva y a la ficción la dudosa expresión de lo subjetivo, persistirá siempre el problema principal, es decir la indeterminación de que sufren no la ficción subjetiva, relegada al terreno de lo inútil y caprichoso, sino la supuesta verdad objetiva y los géneros que pretenden representarla. Puesto que autobiografía, biografía, y todo lo que puede entrar en la categoría de non- fiction, la multitud de géneros que vuelven la espalda a la ficción, han decidido representar la supuesta verdad objetiva, son ellos quienes deben suministrar las pruebas de su eficacia. Esta obligación no es fácil de cumplir: todo lo que es verificable en este tipo de relatos es en general anecdótico y secundario, pero la credibilidad del relato y su razón de ser peligran si el autor abandona el plano de lo verificable.
La ficción, desde sus orígenes, ha sabido emanciparse de esas cadenas. Pero que nadie se confunda: no se escriben ficciones para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la ìverdadî, sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación, carácter complejo del que el tratamiento limitado a lo verificable implica una reducción abusiva y un empobrecimiento. Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento. No vuelve la espalda a una supuesta realidad objetiva: muy por el contrario, se sumerge en su turbulencia, desdeñando la actitud ingenua que consiste en pretender saber de antemano cómo esa realidad está hecha. No es una claudicación ante tal o cual ética de la verdad, sino la búsqueda de una un poco menos rudimentaria.
La ficción no es, por lo tanto, una reivindicación de lo falso. Aun aquellas ficciones que incorporan lo falso de un modo deliberado ófuentes falsas, atribuciones falsas, confusión de datos históricos con datos imaginarios, etcéteraó, lo hacen no para confundir al lector, sino para señalar el carácter doble de la ficción, que mezcla, de un modo inevitable, lo empírico y lo imaginario. Esa mezcla, ostentada sólo en cierto tipo de ficciones hasta convertirse en un aspecto determinante de su organización, como podría ser el caso de algunos cuentos de Borges o de algunas novelas de Thomas Bernhard, está sin embargo presente en mayor o menor medida en toda ficción, de Homero a Beckett. La paradoja propia de la ficción reside en que, si recurre a lo falso, lo hace para aumentar su credibilidad. La masa fangosa de lo empírico y de lo imaginario, que otros tienen la ilusión de fraccionar a piacere en rebanadas de verdad y falsedad, no le deja, al autor de ficciones, más que una posibilidad: sumergirse en ella. De ahí tal vez la frase de Wolfgang Kayser: ìNo basta con sentirse atraído por ese acto; también hay que tener el coraje de llevarlo a caboî.
Pero la ficción no solicita ser creída en tanto que verdad, sino en tanto que ficción. Ese deseo no es un capricho de artista, sino la condición primera de su existencia, porque sólo siendo aceptada en tanto que tal, se comprenderá que la ficción no es la exposición novelada de tal o cual ideología, sino un tratamiento específico del mundo, inseparable de lo que trata. Este es el punto esencial de todo el problema, y hay que tenerlo siempre presente, si se quiere evitar la confusión de géneros. La ficción se mantiene a distancia tanto de los profetas de lo verdadero como de los eufóricos de lo falso. Su identidad total con lo que trata podría tal vez resumirse en la frase de Goethe que aparece en el artículo ya citado de Kayser (ì¿Quién cuenta una novela?î): ìLa Novela es una epopeya subjetiva en la que el autor pide permiso para tratar el universo a su manera; el único problema consiste en saber si tiene o no una manera; el resto viene por añadiduraî. Esta descripción, que no proviene de la pluma de un formalista militante ni de un vanguardista anacrónico, equidista con idéntica independencia de lo verdadero y de lo falso.
Para aclarar estas cuestiones, podríamos tomar como ejemplo algunos escritores contemporáneos. No seamos modestos: pongamos a Solienitsin como paradigma de lo verdadero. La Verdad- Por- Fin- Proferida que trasunta sus relatos, si no cabe duda que requería ser dicha, ¿qué necesidad tiene de valerse de la ficción? ¿Para qué novelar algo de lo que ya se sabe todo antes de tomar la pluma? Nada obliga, si se conoce ya la verdad, y si se ha tomado su partido, a pasar por la ficción. Empleadas de esa manera, verdad y ficción se relativizan mutuamente: la ficción se vuelve un esqueleto reseco, mil veces pelado y vuelto a recubrir con la carnadura relativa de las diferentes verdades que van sustituyéndose unas a otras. Los mismos principios son el fundamento de otra estética, el realismo socialista, que la concepción narrativa de Solienitsin contribuye a perpetuar. Solienitsin difiere con la literatura oficial del estalinismo en su concepción de la verdad, pero coincide con ella en la de la ficción como sirvienta de la ideología. Para su tarea, sin duda necesaria, informes y documentos hubiesen bastado. Lo que debemos exigir de empresas como la suya, es un afincamiento decidido y vigilante en el campo de lo verificable. Sus incursiones estéticas y su gusto por la profecía se revelan a simple vista de lo más superfluos. Y por otro lado, no basta con dejarse la barba para lograr una restauración dostoyevskiana.
Con Umberto Eco, las amas de casa del mundo entero han comprendido que no corren ningún peligro: el hombre es medievalista, semiólogo, profesor, versado en lógica, en informática, en filología. Este armamento pesado, al servicio de ìlo verdaderoî, las hubiese espantado, cosa que Eco, como un mercenario que cambia de campo en medio de la batalla, ha sabido evitar gracias a su instinto de conservación, poniéndolo al servicio de ìlo falsoî. Puesto que lo dice este profesor eminente, piensan los ejecutivos que leen sus novelas entre dos aeropuertos, no es necesario creer en ellas ya que pertenecen, por su naturaleza misma, al campo de lo falso: su lectura es un pasatiempo fugitivo que no dejará ninguna huella, un cosquilleo superficial en el que el saber del autor se ha puesto al servicio de un objeto fútil, construido con ingeniosidad gracias a un ars combinatoria. En este sentido, y sólo en éste, Eco es el opuesto simétrico de Solienitsin: a la gran revelación que propone Solienitsin, Eco responde que no hay nada nuevo bajo el sol. Lo antiguo y lo moderno se confunden, la novela policial se traslada a la edad media, que a su vez es metáfora del presente, y la historia cobra sentido gracias a un complot organizado. (Ante Eco, me viene espontáneamente al espíritu una frase de Barrés: ìRien ne déforme plus l'histoire que d'y chercher un plan concertéî.) Su interpretación de la historia está puesta de manera ostentosa para no ser creída. El artificio, que suplanta al arte, es exhibido continuamente de modo tal que no subsista ninguna ambiguedad.
La falsedad esencial del género novelesco autoriza a Eco no solamente la apología de lo falso a lo cual, puesto que vivimos en un sistema democrático, tiene todo el derecho, sino también a la falsificación. Por ejemplo, poner a Borges como bibliotecario en El nombre de la rosa (título por otra parte marcadamente borgiano), es no solamente un homenaje o un recurso intertextual, sino también una tentativa de filiación. Pero Borges ónumerosos textos suyos lo pruebanó, a diferencia de Eco y de Solienitsin, no reivindica ni lo falso ni lo verdadero como opuestos que se excluyen, sino como conceptos problemáticos que encarnan la principal razón de ser de la ficción. Si llama Ficciones a uno de sus libros fundamentales, no lo hace con el fin de exaltar lo falso a expensas de lo verdadero, sino con el de sugerir que la ficción es el medio más apropiado para tratar sus relaciones complejas.
Otra falsificación notoria de Eco es atribuir a Proust un interés desmedido por los folletines. En esto hay algo que salta a la vista: subrayar el gusto de Proust por los folletines es un recurso teatral de Eco para justificar sus propias novelas, como esos candidatos dudosos que, para ganar una elección local, simulan tener el apoyo del presidente de la república. Es una observación sin ningún valor teórico o literario, tan intrascendente desde ese punto de vista como el hecho, universalmente conocido, de que a Proust le gustaban las madeleines. Es significativo en cambio que Eco no haya escrito que a Agatha Christie o a Somerset Maugham les gustaban los folletines, y con razón, porque si pone de testigo a Proust para exaltar los folletines es justamente porque escribió A la recherche du temps perdu. Es detrás de la Recherche que Eco pretende ampararse, no del supuesto gusto de Proust por los folletines. Basta con leer una novela de Eco o de Somerset Maugham para saber que a sus autores les gustan los folletines. Y para convencerse de que a Proust no le gustaban tanto, la lectura de la Recherche es más que suficiente.
Mi objetivo no es juzgar moralmente y mucho menos condenar, pero aun en la más salvaje economía de mercado, el cliente tiene derecho a saber lo que compra. Incluso la ley, tan distraída en otras ocasiones, es intratable en lo que se refiere a la composición del producto. Por eso, no podemos ignorar que en las grandes ficciones de nuestro tiempo, y quizás de todos los tiempos, está presente ese entrecruzamiento crítico entre verdad y falsedad, esa tensión íntima y decisiva, no exenta ni de comicidad ni de gravedad, como el orden central de todas ellas, a veces en tanto que tema explícito y a veces como fundamento implícito de su estructura. El fin de la ficción no es expedirse en ese conflicto sino hacer de él su materia, modelándola ìa su maneraî. La afirmación y la negación le son igualmente extrañas, y su especie tiene más afinidades con el objeto que con el discurso. Ni el Quijote, ni Tristam Shandy, ni Madame Bovary, ni El Castillo pontifican sobre una supuesta realidad anterior a su concreción textual, pero tampoco se resignan a la función de entretenimiento o de artificio: aunque se afirmen como ficciones, quieren sin embargo ser tomadas al pie de la letra. La pretensión puede parecer ilegítima, incluso escandalosa, tanto a los profetas de la verdad como a los nihilistas de lo falso, identificados, dicho sea de paso, y aunque resulte paradójico, por el mismo pragmatismo, ya que es por no poseer el convencimiento de los primeros que los segundos, privados de toda verdad afirmativa, se abandonan, eufóricos, a lo falso. Desde ese punto de vista la exigencia de la ficción puede ser juzgada exorbitante, y sin embargo todos sabemos que es justamente por haberse puesto al margen de lo verificable que Cervantes, Sterne, Flaubert o Kafka nos parecen enteramente dignos de crédito.
A causa de este aspecto principalísimo del relato ficticio, y a causa también de sus intenciones, de su resolución práctica, de la posición singular de su autor entre los imperativos de un saber objetivo y las turbulencias de la subjetividad, podemos definir de un modo global la ficción como una antropología especulativa. Quizás óno me atrevo a afirmarloó esta manera de concebirla podría neutralizar tantos reduccionismos que, a partir del siglo pasado, se obstinan en asediarla. Entendida así, la ficción sería capaz no de ignorarlos, sino de asimilarlos, incorporándolos a su propia esencia y despojándolos de sus pretensiones de absoluto. Pero el tema es arduo, y conviene dejarlo para otra vez.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
2:25
0
comentarios
"MONTONEROS, LA SOBERBIA ARMADA" por Pablo Giussani. CUARTA ENTREGA.
Con el debido respeto y la latente actualidad que tienen las reflexiones de Pablo Giussani, intentaré embarcarme en la entrega de este soberbio libro, que aunque ya tiene una casi treinta años, devela porque la Argentina es Argentina de hoy.
Retóricas, discursos, juegos dialecticos de "rebeldes" a quienes el traje de "revolucionarios" les quedó inmenso.
Los manejos de Perón, Mussolini y un grupo de aburridos burgueses jugando a ser desafiantes con "los padres" y luego llorando por el reto recibido.
Reconstruyamos nuestros pensamientos con la valentía de ponernos en duda y de dialogar con nuestras miserias humanas.
Darío Yancán.
11
No es necesario precisar que la descripción de este narcisismo revolucionario es también, en gran medida, una descripción de Montoneros, con su sanguinolento folklore, sus redobles guerreros, su gesticulación militar.
El narcisismo revolucionario necesita, en adición a su imagen, situaciones exteriores que la justifiquen. Su obsesiva visualización de la realidad como fascismo responde también a la urgencia por disponer de un contorno de estímulos a los que sólo pueda responderse con conductas iconográficamente satisfactorias, con movimientos fijables en un poster de tema heroico.
En otros términos, el narcisismo revolucionario necesita, de un modo visceral y como componente de su propia identidad, situaciones de violencia. Violencia practicada y violencia padecida.
Heroísmo y martirio.
Esta imaginería heroica, cuando se traduce a término teóricos, construye fabulosas teologías de la violencia, concepciones que asumen la violencia, no como respuesta circunstancial a determinadas condiciones exteriores, sino como una irrenunciable manera de ser.
La violencia no es ocasionalmente aceptada como una imposición externa, sino interiorizada, entrañabilizada, vivida como la expresión de la propia naturaleza y del propio destino.
Nada ilustra mejor esta interiorización de la violencia que el abismal contraste observable entre las imágenes con que construye su iconografía el narcisismo revolucionario y las que acompañan en Italia toda recordación -plástica, literaria o cinematográfica- de la resistencia contra el fascismo y la ocupación nazi.
El partigiano rescatado por la iconografía de la resistencia es, básicamente, un civil. El fusil o la ametralladora se agregan extrínsecamente a gastados pantalones campesino, sacos de oficinistas, raídos sombreros de fieltro y a veces hasta corbatas.
En el partigiano presentado por estas imágenes, la violencia aparece asumida como una anormalidad, como un momento extraño al propio programa de vida. Fue necesario tomar las armas y se las tomó, fue necesario matar y se mató, pero no como un acto de autorrealización sino como un doloroso paréntesis.
En la iconografía del narcisismo revolucionario, el arma es intrínseca al personaje. Entronca sin solución de continuidad con el uniforme verde oliva, el birrete con la estrellita, la mirada épica.
Pasajera y puramente adjetiva es la personalidad del partigiano, la ametralladora es, en cambio, sustantiva y constitutiva de la personalidad de ese revolucionario autocontemplativo del que Montoneros mostró una de las tantas variantes latinoamericanas, quizás la más arquetípica.
Se explica así que, con el triunfo peronista en las elecciones de marzo de 1973 y el ascenso de Cámpora a la presidencia13, comenzará para los montoneros un período de raro desasosiego, inadvertido al principio, pero palpable a las pocas semanas.
Legalizados, instalados de pronto en bancas parlamentarias, oficinas ministeriales y a
12
En un día de agosto de 1973, se produjo un episodios menor y aparentemente policial que no atrajo demasiado la atención de la prensa. Un joven fue sorprendido por la policía en momentos en que intentaba “levantar” un automóvil. Hubo un tiroteo y el frustrado ladrón, herido de bala, fue internado bajo custodia en un hospital.
Horas más tarde, un grupo armado irrumpió en el hospital, inmovilizó a la guardia y rescató al preso.
Esa noche, Paco Urondo14 estaba invitado a cenar en mi casa, y llegó exultante. “ No sabes lo contento que estoy”, me dijo. “ esa operación fue nuestra, y salió perfecta. Yo tenía tanto miedo de que nos estuviéramos achanchando en la legalidad. Pero lo de hoy demuestra que no es así”
Los montoneros venían cumpliendo en aquellos momentos una acción política que presentaba todas las apariencias de una creciente madurez, desarrollando organizaciones de masas, abriéndose hacia los cuatro costados en busca de aliados, promoviendo inclusive un principio de diálogo con el ejército. Pero aquella evaluación de Paco me produjo por primera vez la sensación de que todo esto iba a termina mal. La inserción montonera en la legalidad iba a terminar sofocada por aquella cola de paja que la acompañaba, por la creciente angustia del heroísmo en receso.
Un mes después de ese episodio, como vikingos rescatados por fin del tedio de la tierra firme para nuevas aventuras guerreras en el mar, los montoneros fueron convocados a perpetrar y asumir, el 25 de setiembre de 1973, el asesinato de Rucci15.
“Era algo que necesitábamos”, me dijo algún tiempo después un montonero: “Nuestra gente se estaba aburguesando en las oficinas. De tanto en tanto había que salvarla de eses peligro con un retorno a la acción militar”,
Una vez más, los montoneros rescataban su identidad y se reencontraban consigo mismos por fuera de la política, con una acción no apuntada a buscar efectos en el mundo exterior sino revertida sobre ellos mismos, como una auto terapia revolucionaria.
13
Años más tarde, ya ahogada en sangre la aventura guerrillera, la temática y el lenguaje de los montoneros en el exilio sufrió algunos cambios. La exaltación de la propia aptitud para matar a Aramburu o a Mor Roig16 cedió paso a la condena de la matanza inversa practicada contra la guerrilla por el régimen militar del general Videla.
La obsesión por este tema se comprende en un proceso horrendo como el que ha vivido la Argentina, y es legítima además su utilización para denunciar los sangrientos métodos del régimen militar. Pero siempre creí percibir algo más que un afán de denuncia en esta especie de delectación macabra con que los montoneros describían en detalle los horrores de la tortura, las espantosas muertes en los campos de concentración.
También la izquierda chilena padeció sufrimientos similares bajo el régimen militar del general Pinochet y los utilizó en el exilio como tema de denuncia. Pero la actitud era distinta, indefinible pero perceptiblemente distinta. Había en la denuncia montonera un “plus” de morbosidad cuya naturaleza era difícil de aferrar, pero que me producía, por lo pronto, una sensación de rechazo.
Me parecía que se estaba desarrollando aquí una nueva y horrible variante del mismo sensacionalismo autocontemplativo que, en otro contexto, se expresó a través del asesinato de Aramburu y de la posterior celebración folclórica de la propia aptitud para cometerlo.
De uno u otro modo, en términos de morbosidad activa al principio y de morbosidad pasiva al final, se estaba subrayando la excepcionalidad montonera. No era ya el viejo canto de “ Duro, duro, duro aquí están los montoneros que mataron a Aramburu”. Pero era el mismo “aquí están” autoexaltatorio, con el acento de excepcionalidad desplazado de la violencia perpetrada a la violencia sufrida.
No pudiendo ya producir asesinatos sensacionales, los montoneros pasaban a padecer asesinatos sensacionales, preservando aquel nivel de espectacularidad que los definía e identificaba como grupo. Era necesario dejar constancia de que los montoneros, para matar y para morir, eran grandiosas personalidades fuori serie.
Se trataba en realidad de una horrorosa utilización del propio martirio- real y terrible- para asegurar la continuidad de un mismo personaje excelso, sobresaliente como sujeto de violencia y sobresaliente como objeto de violencia.
14
A principios de 1976, la conducción montonera anunció la condena a muerte de Roberto Quieto, hasta entonces uno de los líderes máximos de la organización junto con Firmenich. Su secuestro por un grupo paramilitar a fines del año anterior fue seguido por algunos procedimientos represivos que llevaron a presumir una delación bajo efectos de la tortura.
Fundada en este supuesto, la condena fue anunciada a través de un documento que constituía toda una asunción teórica del heroísmo como virtud básica del revolucionario. Quieto fue sentenciado a muerte, en efecto, por no ser un héroe.
Lamentablemente no tengo a mano la declaración y debo omitir, en consecuencia, las citas textuales. Pero la tesis de fondo era la siguiente: El heroísmo es consustancial con la vida revolucionaria. Sólo el heroísmo, en el combate o en el martirio, preserva la naturaleza del revolucionario, inmunizándolo contra las tentaciones del aburguesamiento, del liberalismo, del individualismo.
Implícita en esta tesis yacía naturalmente la concepción del heroísmo como una virtud en ejercicio permanente. No se trataba del heroísmo potencial que en cualquier individuo -liberales y burgueses incluidos- puede exteriorizarse excepcionalmente en alguna situación dramática, como el coraje de arriesgar la propia vida para salvar a los ocupantes de una casa en llamas. Se trataba, por el contrario, de un heroísmo militante y metódico, puesto a prueba cada día y necesitado de circunstancias que le aseguraran cotidianamente oportunidades de exteriorización.
Esta necesidad presidió de algún modo en setiembre de 1973 el asesinato de Rucci, asumido como un retorno redentor a la militarización . La misma necesidad habría de llevar a la autoproscripción17, anunciada en setiembre de 1974 junto con una declaración de guerra contra el gobierno de Isabel Perón, y, un año después , a la decisión de entrar en operaciones contra las fuerzas armadas a los pocos meses de poner en marcha al Partido Auténtico18.
Ciertos disidentes del grupo denuncian hoy estas decisiones montoneras como reiteraciones de una misma maniobra política destinada a consolidar a Firmenich y su equipo en la cúpula de la organización. Pero aun así, sólo una conciencia colectiva hechizada por la guerra y enajenada a la violencia como fórmula irrenunciable de autoidentificación explica que haya sido posible adoptar resoluciones de semejante gravedad, y tan indefendibles racionalmente, sin precipitar una desgarradora crisis en el seno de la organización.
15
Una pretendida línea revolucionaria fundada en esta cotidiana necesidad de heroísmo, y de un contexto violento que posibilite su ejercicio, lleva a trazar el camino de la revolución en términos de una metodología para titanes. La revolución se convierte en una proeza de personajes homéricos a la que el hombre común, la masa, no puede tener acceso.
Los montoneros, aprisionados por estas formas wagnerianas de autoidentificación, acababan fatalmente por asumirse como una élite nibelunga cuya relación con la masa no podía menos de oscilar entre el paternalismo y la instrumentación.
En 1975, una huelga declarada por los trabajadores de Propulsora Siderúrgica tuvo inicialmente un desarrollo muy combativo, pero fue debilitándose gradualmente ante la intransigencia de la empresa. En determinado momento, el retorno espontáneo a las puestos de trabajo fue cobrando caracteres masivos, y todo indicaba que era inminente el levantamiento del paro en un implícito reconocimiento del fracaso.
Pero intervinieron entonces los montoneros, que en una enésima muestra de su eficacia operativa secuestraron al gerente de la firma y reclamaron a cambio de su vida la satisfacción de las demandas obreras. La empresa cedió.
De pronto, una huelga que parecía condenada al fracaso culminó con un sorpresivo triunfo.
Pero un triunfo no de los huelguistas, sino de aquellos seres prodigiosos descendidos del Olimpo que arrebataron a los obreros el papel protagónico de la lucha. La claudicación de la empresa no fue una conquista obrera sino una gracia paternalista de los semidioses.
¿ Podía esperarse de este desenlace otro resultado que el de una menor disponibilidad obrera para futuras batallas sindicales? ¿ Valía la pena abandonar el trabajo, corriendo los riesgos del despido, la represión y el hambre en una lucha podría ser librada y ganada por otros ? Además, la posibilidad de que una huelga acabe por caer bajo la sospecha de haber sido organizada en articulación con planes operativos guerrilleros constituye un riesgo que excede las posibilidades de un obrero medio y que pesa como un factor inhibitorio sobre su disposición a participar en un paro.
Poco después del golpe militar que derrocó en marzo de 1976 al gobierno de Isabel Perón, la guerrilla se insertó con un secuestro similar en una huelga automotriz. Al día siguiente, todos los obreros entraron a trabajar.
Una genuina conducción revolucionaria jamás plantea fórmulas de lucha que excedan la combatividad posible del hombre común ,de la masa. Si la lucha emprendida a nivel de masa fracasa, se asume la derrota, se medita sobre ella y se utilizan las enseñanzas extraídas de esta meditación para encarar con mayor acierto las acciones siguientes. En esta paciente tarea de recoger y aplicar experiencias sin rebasar el nivel de la combatividad popular se resume toda la historia del movimiento obrero mundial.
Pero los montoneros, cultores de una revolución hecha a medida para superhombres, estaban constitutivamente impedidos de actuar en este cuadro de protagonismo multitudinario. Sus vías de inserción den la masas eran, a la vez, maneras de distinguirse de ella. De alguna forma había allí una clase media vergonzante, pero aún apegada a sí misma, que utilizaba como inconfesable subterfugio para preservar su diferenciación social aquella heroicidad selecta de las operaciones de comando, en las que el papel reservado a la masa era el de trasfondo o de acompañamiento coral.
NOTAS
13 Héctor J. Cámpora, presidente de la Cámara de Diputados durante una parte del régimen peronista de 1946-1955, fue el hombre elegido por Perón para encabezar la fórmula presidencial del movimiento en las elecciones del 11 de marzo de 1973. triunfante en las urnas tras una campaña electoral que se había radicalizado considerablemente bajo la influencia de los montoneros, Cámpora sólo logró ejercer la residencia durante 40 días. En reacción a sus vínculos con esa organización, la derecha peronista forzó su renuncia al cargo con el ostensible respaldo del general Perón.
14 Francisco Urondo, poeta, cuentista y dramaturgo, ingresó en los últimos años '60 en las Fuerzas Armadas revolucionarias (FAR), organización que pocos años después confluiría con Montoneros. Como poeta, que era su condición de mayor relieve en el campo literario, publicó numerosos libros desde mediados de los años '50, incluidos Historia Antigua, Breves, Lugares, Del otro lado y otros. Como cuentista se distinguió con Todo eso, y Al taco, y como autor teatral, con Muchas Felicidades y Sainete con variaciones. Su única novela, Los pasos previos, fue publicada en 1973, mientras alcanzaba también su máxima intensidad la militancia política de Urondo. Arrestado bajo el gobierno militar del general Alejandro A. Lanusse, a fines de 1972, fue excarcelado en mayo del año siguiente gracias a la ley de amnistía con la que inauguró su gestión el presidente Héctor J. Cámpora. Poco después pasó a desempeñarse durante un breve período como director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Con el retorno de los montoneros a la clandestinidad, en setiembre de 1974, la vida de Urondo retomó un carácter predominantemente militar. En 1976, murió en una emboscada policial en la provincia de Mendoza. Sorprendido por los agentes de seguridad mientras viajaba en un automóvil junto con otras personas, ordenó a sus acompañantes que huyeran mientras él los protegía abriendo fuego contra los policías. Consumidas todas sus municiones, se mató ingiriendo la pastilla de cianuro que todo miembro de la organización guerrillera llevaba consigo para no caer vivo en manos de la policía.
15 José Rucci, dirigente metalúrgico y secretario general de la Confederación general del Trabajo (CGT), era un fiel exponente del peronismo sindical más ortodoxo. Los montoneros lo asesinaron dos días después del clamoroso triunfo electoral que por tercera vez convirtió a Perón en presidente de la República. La conducción montonera nunca reivindicó públicamente esta operación, pero la asumió en comunicaciones internas ante su militancia.
16 Arturo Mor Roig, dirigente de la Unión Cívica Radical (UCR) -la mayor fuerza política argentina después del peronismo-, se desempeñó como ministro del Interior durante el gobierno militar del general Alejandro A. Lanusse. Desde ese puesto le tocó conducir el difícil proceso de apertura política iniciado por Lanusse en el cuadro del régimen militar implantado en 1966, y que culminó con las elecciones generales del 11 de marzo de 1973, ganadas por una coalición cuyo eje era el peronismo. Durante la gestión ministerial de Mor Roig se produjo en la base naval de Trelew, el 22 de agosto de 1972, la matanza de dieciséis guerrilleros presos por obra de oficiales de la armada. En una aparente represalia por este episodio, un comando montonero asesinó a Mor Roig el 15 de julio de 1974. 17 Aun que Firmenich y su grupo nunca emplearon el término “autoproscripción” su uso se hizo habitual en la prensa argentina para mencionar la decisión montonera de retornar a la clandestinidad y reanudar la lucha armada dos meses después que la señora de Perón asumió la jefatura del Estado.
18 El Partido Auténtico fue fundado por iniciativa montonera a fines de 1974, como una suerte de brazo político legal de la organización guerrillera. El gobierno de María Estela Martínez de Perón dispuso su proscripción en noviembre del año siguiente, luego de un sangriento ataque armado llevado a efecto contra una dependencia militar en los suburbios de Buenos Aires (Monte Chingolo). Esta operación, en la que perdieron la vida más de cincuenta jóvenes guerrilleros, no fue reivindicada por los montoneros sino por el Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP), un grupo armado de extracción trotskista. Las autoridades, sin embargo, insistieron en considerarla como una acción armada conjunta de las dos organización, con lo que se daba fundamento a la decisión de declara fuera de la ley al Partido Auténtico en su condición de colateral montonera.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
2:06
0
comentarios
domingo, 16 de octubre de 2011
"LA PERVERSION TEXTUAL" por Luis Diego Fernandez

Los colores rojizos abren El matadero (1871) de Esteban Echeverría. La sangre y la lucha, la violencia, el físico, el cuerpo a cuerpo están en las primeras páginas de la tradición literaria argentina. Pero también el comienzo da cuenta de la abstinencia de carne –la cuaresma–. La escasez de carne es el disparador para buscarla. La “guerra intestina entre estómagos” pone en escena una forma de la gastronomía local: el placer de comer va la de mano con la lucha. Los huevos del toro y los pedos del pueblo, alimentado a porotos y pescado, sin carne. Necesitamos la carne de vaca con desesperación y abuso: somos carnívoros. Y la declaración de Matasiete: “A nalga pelada denle verga”, para asistir a la violación (no consumada) del unitario por parte de los federales. La sodomía está en el comienzo. Verga y puñal marcan el despertar, por lo tanto, el placer –del comer y sexual– es inescindible de la violencia, como también se pone en evidencia en La refalosa, de Hilario Ascasubi.
¿Por qué es complejo y hasta impropio pensar el placer en la literatura argentina? La tradición caudillesca opera de modo vital: el hedonismo requiere, como condición, la autonomía, el autogobierno. Como señala Juan Bautista Alberdi en la conferencia Peregrinación de luz del día en América (1871): “Los argentinos tenemos libertad exterior –independencia– pero no libertad interior –moral, autonomía”. Al no ser moralmente libres y precisar de libertadores –San Martín o Bolívar– y luego caudillos, jefes o duces, nos resulta por lo menos difícil gozar el placer al ser percibido como insultante con respecto al pater familias. Domingo Faustino Sarmiento triunfó conceptualmente porque comprendió esa lógica que definió a través de las categorías de “civilización y barbarie”. Ahora bien: nunca fue “cilivización O barbarie”. No hay disyunción, hay conjunción; lógicamente, el pensamiento sarmientino da cuenta de que la llamada barbarie es inextirpable, es consustancial de nuestra realidad. En Sudamérica se ve como “ofensivo” o provocador al hedonismo porque desafía esa matriz fundadora caudillesca: el tutor que “nos da la autonomía” de la propia forma moral: el ethos.
Transgresión y plebeyez. En el siglo XX, podemos capturar la representación del placer de las orillas, a través de cuatro autores: Roberto Arlt, Osvaldo Lamborghini, Copi y Néstor Perlongher. En todos ellos, el acto placentero o sexual es vivido como transgresión, como una relación jerárquica, de clase, siempre desigual. Un placer abyecto, escatológico y nocturno. Lo transgresivo se ve en Arlt a través del prisma de Oscar Masotta que lee en clave de lumpenproletariado sexual. En Los siete locos (1929), el relato arltiano muestra que la sexualidad de las clases bajas/medias es siempre hedionda, diferente del placer vivido por las clases altas y conservadoras, donde la ausencia de estos atributos remite directo al matrimonio. El hedonismo de la multitud adquiere esa vivencia transgresora. Pero también “lo placentero” es una voz “degenerada”, un fluir de la conciencia, o bien un diálogo continuado –como en Puig y Copi. Osvaldo Lamborghini en Las hijas de Hegel: “El cuerpo penetrable deber ser un cuerpo continuo. Un trozo de verdad, calienta”. En Sebregondi retrocede (1973): “El cuerpo es un mapa”.
El emblema de este hedonismo lascivo y cruel es el marqués de Sebregondi, desembarcado del norte de Italia; homosexual activo, cocainómano, con mano ortopédica, flor y guante, es, quizá, como diría Gilles Deleuze, el personaje conceptual del hedonismo local. “Paciencia, culo y terror” nunca le faltaron. El linaje de Bataille, Blanchot, Klossowski en la literatura de Lamborghini parecería dar cuenta del abuso o el exceso como la consecuencia de esa inversión idealista. En Tadeys (1983), Lamborghini edifica un mundo entero. ¿Qué es un tadey? Un animal de carne exquisita y hábitos sexuales peculiares (sodomitas): Lamborghini funda a través de Sebregondi y el tadey las dos trazas del hedonismo argentino del siglo XX –desmontando el linaje oligárquico del XIX, con figuras de nota como Lucio V. Mansilla, o bien en el siglo XX con los casos “malditos” del Vizconde de Lascano Tegui y Raúl Barón Biza. En efecto: Lamborghini peroniza el hedonismo.
Lamborghini, Copi y Néstor Perlongher podrían ser los tres hijos bastardos de la literatura argentina. Su antiborgismo es, en rigor, un borgismo plebeyo. Por un lado, la transgresión como categoría estética; es decir, el placer unido siempre al exceso y la violencia; por el otro, la pulsión como única ley, contra lo institucional y contra el arte representativo, realista y populista. Las “fiestongas de garchar” de Lamborghini son la expresión vernácula: entidades que ven el placer como algo criminal; es decir, “extrajurídico”, fuera de ley. Allí donde la norma se retira, aparece el placer, un pliegue más. Dice Michel Foucault en el Prefacio a la transgresión: “El derecho a la monstruosidad del hombre del pueblo conlleva a la desviación y el abuso de poder”.
El marqués de Sade, para Foucault, es quien ha implementado una erótica disciplinaria. Es el “sargento del sexo”. Algo de ello podemos ver aquí vía Lamborghini: no hay sexo sin violencia y abuso de poder. Son relaciones inescindibles. Transgredir, en este sentido, es profanar o pervertir, esto es: desactivar un viejo uso para generar nuevos, accesibles a todos. La transgresión es una categoría estética en Lamborghini. Esa matriz ya está en El Fiord (1969). Una revolución política y pornográfica. Todos los personajes de Lamborghini son pedazos de carne movidos por la única dirección posible: la pulsión. Por fuera de valores o instituciones. El decir mismo parece estar desestabilizado por lo sexual: subversión del lenguaje y perversión textual.
El hedonismo libertino de Lamborghini demarca los herederos de esa línea: Néstor Perlongher y Copi. La transgresión y el exceso lamborghiano se reflejan en el neobarroso lumpen perlongheriano y en el goce escatológico de Copi que borra identidades nacionales, sexuales y lingüísticas para devenir un travestismo total. En la obra de Néstor Perlongher, el chorreo estético implica una posición política: “A medias entre Florida y Boedo, nos situaremos”, dice. Una escritura pensada como trance político y sexual: violencia y transformación que se apropian del mito de Eva Perón para constituir una estética de la crueldad: “Pues es del cuerpo que, al final, se trata. Se trata en el plano de la escritura de hacer un cuerpo”. Ese barroco de trinchera no será luego sino la fuga o la fisura del erotismo hacia la mística y el éxtasis.
En Copi, el placer siempre está trastocado de modo surreal y paródico: travestido. Recordar las descripciones gastronómicas y etílicas de La Internacional Argentina (1988), así como el placer camp en La vida es un tango (1979), o Las viejas travestis (1978). Algo de este linaje aún se puede leer en el pensamiento del ensayista uruguayo Roberto Echavarren (El cuerpo andrógino, 1998), así como en dos textos recientes: la novela Los topos de Félix Bruzzone y Continuadísimo, los relatos de Naty Menstrual, ambos de 2008: el goce travesti va de la mano de la escatología lumpen. Este vitalismo desaforado y convulsivo también ha sido reconvertido en el campo del arte en las obras de Federico Peralta Ramos y de Alberto Greco –a quien Ernesto Schoo retrata en su novela El placer desbocado, de 1988.
Barbarie en la civilización. Lo social y político en lo simbólico del placer, y en especial, de la sexualidad: sodomía. El hedonismo argentino está inserto en el marco político. La penetración anal de unos sobre otros, es, a la vez, invasión de lo bajo en lo alto o viceversa. El esquema placer/poder determina el dispositivo de lectura, tal como marca Foucault: “Las relaciones estratégicas de poder como fuentes de placer”. De El matadero de Echeverría a El niño proletario de Lamborghini asistimos a violaciones: de los federales al unitario, o de los burgueses al infante obrero. La sodomización es inextirpable de las relaciones de clase. Reconocer un hedonismo argentino implica legitimar la “barbarie” y no todos están dispuestos a hacerlo. La única posibilidad de expresión de placer en el plano local viene de la legitimidad de lo bárbaro en lo civilizatorio: de la fascinación. El erotismo es sadomasoquismo. La gastronomía es carnívora y etílica. El matadero como espacio de placer se representa como geografía de exceso y transgresión a la ley; por ende, nuestra forma de representar el placer interioriza la violencia y el caudillismo en vivencia del placer/dolor. El matadero de Echeverría es nuestro castillo sádico, y ello tiene reversiones en la clave del realismo delirante del Manual sadomasoporno (2007) de Alberto Laiseca.
El sociólogo Matías Bruera en su ensayo La Argentina fermentada. Vino, alimentación y cultura (2006) marca lo impúdico y sugerente de la eclosión de lo gourmet en la Argentina post crisis de 2001. El hambre es el disparador y el gusto; es la idea en la que se basa la libre elección que anula la necesidad. El mito gourmet surge en 2001/2002, y es algo propio de la desmesura rioplatense, que viene de larga data: los guaraníes se comieron a Solís. Somos carnívoros y antropófagos. Sarmiento mismo cita la frase del gran gastrónomo Brillat Savarin –“dime lo que comes y te diré quién eres”– en un discurso que da en Chivilcoy. La pluma enológica de Miguel Brascó de alguna manera evidencia esto en su novela Quejido huacho (1999), que prenuncia el tema a través de un goce chúcaro y deconstructivo, tal como reza en el introito del texto.
Si existe un hedonismo argentino sólo puede ser plebeyo. Por fuera, sólo hay matrimonio y oligarquía. Subsiguientemente, el placer se representa de un modo sadomasoquista y excesivo porque se vive de una manera clandestina, culposa y transgresora. El placer es lo que quebranta la ley. Una ley implícita que marca que sólo una clase es la que tiene el derecho al gozo, por lo tanto, la irrupción de “lo otro” –barbarie, inmigrantes, cabezas, gronchaje, lumpenaje– hace de la vivencia del placer un acto subversivo con respecto a la clase que tenía el patrimonio. Esa subversión del hedonismo va contra esa confiscación del placer por parte de las clases acomodadas, a la vez que contra lo productivo y reproductor, y se ve como “invasión” –recordar el primer libro de Ricardo Piglia, cuyo título marca esta señal.
Desde Echeverría, el placer está articulado con un programa o un uso político. El placer y el sexo son “problemas” a desentrañar. Y la sodomía es su matriz. Metáfora literaria de la intrusión de los bárbaros en lo civilizatorio: de los federales a los peronistas. En Echeverría, el sadomasoquismo y el deseo sexual se montan en la verga federal. Es también la erotización de la barbarie que hace Sarmiento en el Facundo. En este caso –y en todos– el sexo violento y promiscuo proviene de los sectores populares. En Una excursión a los indios ranqueles (1870), los nativos se dan sus “fiestas del vino y orgías nocturnas”. Sólo un dandi decadentista como Mansilla pudo captarlas con esa fineza. Como señala David Viñas: violación de las masas sobre el cuerpo civilizatorio. La transgresión es la única forma de goce en el Río de la Plata. Luego, el peronismo permite que el cabecita negra sea interpelado y erotizado: del chongo al trava. De la porno/política pasaremos a la trans/política. Una expresión vital, espontánea, baja y pansexual. Pero sólo una zona erógena privilegiada: el ano.
Lo “civilizado” desea lo “bárbaro”. La violencia política es producto del encubrimiento del deseo por la barbarie. Lo instintivo y pulsional es lo que violenta la civilización y la transfigura en una curiosa forma de hedonismo que erotiza la tensión invasor/invadido, activo/pasivo. El placer, entonces, es un problema a controlar. La ausencia de literatura erótica argentina no es tal, su radical presencia resuena en esa forma de pensar lo que se problematiza. La celebración del cuerpo es, a la vez, una batalla política.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
17:26
0
comentarios
sábado, 15 de octubre de 2011
"MONTONEROS, LA SOBERBIA ARMADA" por Pablo Giussani. TERCERA ENTREGA.
Con el debido respeto y la latente actualidad que tienen las reflexiones de Pablo Giussani, intentaré enbarcarme en la entrega de este soberbio libro, que aunque ya tiene una casi treinta años, devela porque la Argentina es Argentina de hoy.
Retóricas, discursos, juegos dialecticos de "rebeldes" a quienes el traje de "revolucionarios" les quedó inmenso.
Los manejos de Perón, Mussolini y un grupo de aburridos burgueses jugando a ser desafiantes con "los padres" y luego llorando por el reto recibido.
Reconfiguremos el pensamientos con la valentía de ponernos en duda y de dialogar con nuestras miserias humanas.
Darío Yancán.
5
Si la conciencia hechicera descrita aquí como contenido de un particular tipo de relación con Perón fuera sólo una peculiaridad de los montoneros, sería de un valor teórico bastante relativo y de muy escasa utilidad para la comprensión de esa franja más amplia de fenómenos políticos que incluye al terrorismo en general o a la ultraizquierda genéricamente considerada.
Pero la verdad es que el análisis de cualquiera de estas manifestaciones acaba por descubrir en ellas un común trasfondo de magia que lleva a considerarlas como residuos de una mentalidad históricamente remota o limitada hoy como fenómeno normal a ciertas etapas de la niñez.
En 1963, el Uruguay todavía era “ la Suiza de Sudamérica”. Bajo un inocuo gobierno colegiado, cuyos innumerables defectos no incluían, por cierto, el de ser opresivo, preservaba su orgullosa democracia en medio de las rutinarias dictaduras que se sucedían en el resto del subcontinente. Las libertades de expresión y de asociación gozaban de plena vigencia, los estados de sitio y las campañas por la excarcelación de los presos políticos eran exotismos que la prensa sólo mencionaba en sus páginas de información internacional, y la escasa policía local observaba con escrupulosidad la prohibición de practicar allanamientos después de la caída del sol.
En ese Uruguay y en ese año, Raúl Sendic3 dirigía ya a sus compatriotas llamados a la resistencia contra lo que describía como un régimen “fascista”. En ese mismo año, guerrilleros y armamentos eran desembarcados sobre las costas de Venezuela para alimentar una guerra antifascista contra el gobierno constitucional, democrático y pluralista de Rómulo Bentancourt.
También en 1963 se abría en medio de las dictaduras que asolaron a la Argentina durante los últimos 50 años un raro y reluciente paréntesis de libertades públicas y respeto por los derechos humanos bajo el manso gobierno de Arturo Illia. Ese paréntesis fue el momento elegido por el “ Comandante Segundo” para lanzar desde Salta una “guerra de liberación”.
En 1977, las calles de Italia exhibían pintadas firmadas por la Autonomía Operaia4, en las que el nombre del entonces primer ministro Giulio Andreotti aparecía seguido por una cruz gamada, con el signo “igual” interpuesto entre ambos.
Podríamos haber recorrido de cabo a rabo el Uruguay del gobierno colegiado, la Venezuela de Bentancourt, la Argentina de Illia y la Italia de Andreotti sin que nuestra experiencia sensorial de las cosas descubriera el menor indicio de un Estado fascista. Y, sin embargo, había en todos esos países centenares o millares de jóvenes consagrados, sacrificada y abnegadamente, a formas de lucha armada contra el fascismo.
En todos ellos estaba funcionando a tambor batiente el mecanismo de las secuencias locas entre estímulo y respuesta. ¿ Qué diferencia hay entre responder al inofensivo colegiado uruguayo con una “ guerra popular antifascista” y responder a la credia del río con bastonazos a los cerdos?.
6
El extremismo revolucionario no ignoraba en 1963 que el Uruguay visible y verificable rebozaba de libertades y garantías constitucionales. Pero explicaba: el detalle de que el fascismo no se vea no significa que no exista. Lo que ocurre es que está enmascarado. Es una de sus malditas astucias.
Estas instituciones democráticas no son sino apariencias, un disfraz del que se sirve para confundir a la gente.
El razonamiento, mil veces repetido y mil veces escuchado a lo largo de las últimas dos décadas en todos los ámbitos de la extrema izquierda latinoamericana, continuaba con la presunción de que, si todo el pueblo tomara conciencia del fascismo escondido tras las apariencias democráticas, respondería en masa al llamado a la resistencia.
¿ Qué hacer, pues? El extremismo revolucionario sentencia: “ Hay que desenmascarar al fascismo” Y el primer paso de este desenmascaramiento era la denuncia, el intento de “ concientizar” a la gente y de abrirle los ojos sobre la verdad del enemigo emboscado.
Pero como ocurre que el pueblo uruguayo – como el argentino, el venezolano o el italiano- es, después de todo, una parcela de nuestra evolucionada civilización racionalista y atenida a los hechos visibles, resulta difícil convencerlo de que un fascismo invisible, no registrable entre tales hechos, existe.
Y, entonces, ¿Qué debe hacerse? La fórmula del extremismo revolucionario: obligar al régimen a desprenderse de su máscara, llevarlo a una situación en la que le resulte imposible mantener en pie sus apariencias democráticas, forzarlo a mostrarse en toda su ferocidad 5
La mayor parte de la violencia guerrillera que se extendió por Latinoamérica en los últimos 20 años (este libro fue publicado en 1984) empezó por no ser otra cosa que la instrumentación de esta consigna. La violencia encarada como estímulo de una contraviolencia concientizante, como modo de llevar al plano de la objetividad visible un fascismo que de otro modo no alcanzaba a ser materia de persuasión en un mero intercambio discursivo entre subjetividades6.
7
Cuando al espiral de la violencia y la contra violencia logra efectivamente cubrir el tránsito entre el apacible colegiado uruguayo de 1963 y la feroz dictadura de Aparicio Méndez, una mentalidad evolucionada de nuestra civilización racional y atenida a los hechos visibles percibe que ha surgido, en la realidad, una situación nueva, distinta de la anterior. Que ha habido, en suma, un cambio. Ubica además este cambio en el contexto de las relaciones causales que gobiernan los hechos visibles, y advierte que ha sido promovido, condicionado, motivado.
Los acontecimientos toman entonces un giro inesperado para las expectativas del extremismo revolucionario: la promoción del fascismo al mundo objetivo no genera adhesión a la guerrilla urbana, sino todo lo contrario. Su efecto sobre las masas no es movilizador, sino inhibitorio. El hombre de la calle percibe en el extremismo revolucionario no al enemigo de la dictadura, sino al progenitor de la dictadura, el causante del cambio.
El extremismo revolucionario se defiende y argumenta: aquí no ha habido cambio alguno.
Nosotros no hemos cambiado nada. El fascismo de hoy es el mismo que había antes, sólo que ahora está claro, a la vista.
La violencia guerrillera, de esta manera, no se asume a sí misma, en rigor, como una política, como una praxis, como un modo de operar sobre la realidad para producir en ella determinados cambios- pues se da por supuesto que la realidad permanece inmutable-, sino como una mayeútica, una operación aplicada, no a las cosas, sino al saber que se tiene acerca de ellas, un ritual iniciático en el que santones provistos de ametralladoras y bombas de fraccionamiento guían paternalmente a la omunidad hacia el conocimiento de realidades preexistentes.
Si bien se mira, en la lógica de esta violencia concientizante, el momento de la efectiva transformación de la realidad por vía de la lucha antifascista concreta resulta visualizado siempre como posterior al de la combatiente movilización masiva que se aspira a motivar con la previa exposición del fascismo.
Pero como ya se ha visto que esta forma de violencia es a la vez inhibitoria de la movilización que se pretende desatar con ella, resulta en los hechos que la hora de la lucha antifascista concreta queda indefinidamente postergada, proyectada a un vaporoso e inalcanzable futuro, como el de la resurrección de la carne.
Asumido como enemigo en abstracto, el fascismo jamás llega a serlo en concreto para esta praxis que va anteponiendo inacabablemente a la hora de combatirlo la tarea de provocarlo, convocarlo, preservarlo a la vista de la gente. En esta tarea, el enemigo concreto es identificado siempre entre los moderados, los liberales, los progresistas, responsables de empañar y restar visibilidad al “ sistema”.
Silverio Corvisieri relata una ilustrativa conversación que tuvo oportunidad de mantener cuando, en junio de 1979, visitó como diputado italiano la prisión de Spoleto para verificar el trato recibido por los presos. Allí se encontró con Vincenzo Guagliardo, un dirigente de las Brigadas Rojas quien le señaló el contraste entre el duro guardia cárcel responsable de su sección, a quien los presos llamaban el “ mariscal Pinochet”, y el director del penal, un hombre de inclinaciones moderadas que concedía liberales facilidades a los reclusos para visitar a sus familias.
El enemigo para Guagliardo, era naturalmente el directo del penal. “ Nos divide el frente” , explicaba7.
En 1979, la organización terrorista Prima Linea reivindicó en Italia el asesinato del juez Emilio Alessandrini con un documento en el que señalaba como justificación del crimen la eficacia del magistrado. Alessandrini un progresista, debía ser eliminado porque, siendo un buen juez, fortalecía la credibilidad del Estado.
El golpe militar que derrocó en Chile al gobierno de Unidad Popular fue saludado como una contecimiento positivo por algunos ambientes de la extrema izquierda europea. Tal fue en italia la reacción de Lotta Continua, que había aportado su grano de arena a las motivaciones del golpe con una colecta realizada bajo la consigna de “ armas para el MIR”. Lotta Continua recibió con preocupación, días después del golpe, la versión de que un sector del ejército chileno marchaba sobre Santiago bajo el mando del general Prats en defensa del derrocado régimen constitucional. A juicio de este grupo, se trataba de militares burgueses que intentaban arrebatar al proletariado chileno una revolución que ahora tenía finalmente abierto el camino tas la caída del “ gobierno-freno” de Salvador Allende8.
8
En julio de 1966, días después del golpe militar que derribó al gobierno de Illia en la Argentina, un activista estudiantil con el que yo había tenido algunos tratos durante mi pasada militancia política seme acercó en un café de la calle Corrientes, donde solía reunirme al caer la noche con otros periodistas.
“Un viejo amigo te quiere ver”, me dijo, hablándome conspirativamente al oído. “ Si me acompañás, podemos encontrarnos con él ahora”.
Salimos juntos del café y recorrimos cuatro cuadras en silencio hasta llegar al centro de la plaza Talcahuano. Allí, parado junto a un ombú cuyo bajo follaje lo protegía de la escasa iluminación circundante, estaba Joe Baxter.
Líder de una pasada escisión de izquierda en la organización ultraderechista “ Tacuara” y futuro líder de una escisión populista en el Ejercito Revolucionario del Pueblo ( ERP)9
Días antes, el flamante régimen militar del general Juan Carlos Onganía había producido su primera muestra de brutalidad, interviniendo violentamente la Universidad Nacional de Buenos Aires en lo que habría de ser recordado como “ la noche de los bastones largos”“ ¡ Lo que está ocurriendo en la Argentina es estupendo!” me dijo Baxter. “ Finalmente empiezan a darse las condiciones para la revolución!”
Esta conciencia jubilosa del fascismo en eclosión, común a las reacciones de Baxter ante la caída de Illia, de Lotta Continua ante el derrocamiento de Allende y de Guagliardo ante la providencial presencia de un Pinochet penitenciario que “ unificaba el frente” fue también el excitante que en 1970llevó a los montoneros a irrumpir en el escenario argentino asesinando al general Pedro EugenioAramburu10.
He escuchado decenas de explicaciones montoneras de las motivaciones que precipitaron este crimen, y todas ellas coincidían en aquella invariable exaltación de la “claridad” que aportan los halcones cuando se devoran a las palomas. El fascismo, por fin, estaba allí, presente y a la vista en el uniforme del general Onganía, despertando conciencias que habían quedado dormidas bajo el blando gobierno de Illia.
Después del “ Cordobazo”11, sin embargo, comenzó a cobrar consistencia en el seno del ejército argentino una corriente militar liberal que, con Aramburu como figura alternativa, se fue distanciando de Onganía en busca de una apertura política. En los primeros meses de 1970, ya había inorgánicas deliberaciones castrenses, contactos tomados con las proscritas fuerzas políticas y viajes de discretos emisarios a Madrid, signos todos de que el rumbo de la “ Revolución Argentina”12 estaba por ser torcido hacia un proceso de democratización que contemplaba inclusive, por primera vez en quince años, el reconocimiento legal del peronismo.
El extremismo revolucionario argentino observó este curso de los acontecimientos con la misma preocupación que asaltaría años después a Lotta Continua ante la supuesta marcha de Prats sobre Santiago.
Lo que se estaba viendo desde los santuarios del extremismo revolucionario argentino no era, desde luego, una situación en proceso de cambio. La realidad no cambiaba – sino que se manifestaba al pasar de la democracia a la dictadura y tampoco cambiaba al sufrir el proceso inverso. En la óptica de la extrema izquierda, las cosas se ceñían una vez más a la magia de las realidades inmutables en las que todo cambio se disuelve en un ectoplasma de irrealidades distractivas. El fascismo sea prestaba no a morir, sino a enmascarase de nuevo.
Había que detener este proceso, descabezarlo en una cruzada por defender la claridad en peligro. El enemigo: Aramburu.
Agente del ilusionismo demoliberal, como Illia y el general Prats, Aramburu fue secuestrado por los montoneros el 29 de mayo de 1970 y ritualmente sacrificado dos días después en un acto de exorcismo dirigido a expurgar de la luz el espíritu de las tinieblas.
Es curioso el destino de los demoliberales, doblemente execrados como máscaras del fascismo por la ultraizquierda y como personero disfrazados de la subversión, por un simétrico magismo de extrema derecha.
Esa fue la suerte de Aramburu, reaseguro de la derecha para el extremismo revolucionario y émulo de Kerensky para los ideólogos de la “Revolución Argentina”. Exponente, en suma de un ilusionismo a dos puntas que habría de convertirlo en blanco de una alianza, por lo menos objetivo, entre Onganía y los montoneros, entre la claridad y sus sacerdotes.
9
Ha ocurrido siempre y en todas partes: jóvenes nacidos en familias de clase media más o menos acomodada, que por su origen social tienen acceso a estudios superiores, librerías de moda, bibliotecas, conversaciones sofisticadas en las que se habla de alienación, de Marx, de Marcuse o de la lucha de clases, y que un buen día, a la luz de las nociones bien o mal absorbidas de este contorno, tienen una súbita percepción de la falsedad, la hipocresía, la inmoralidad fundamental en que descansa la vida de sus padres.
Esta percepción lleva a una primera sensación de repugnancia, de rechazo por ese mundo cuyo símbolo inmediato y cotidiano es papá. “ caro papa”, la película de Dino Risi, describe con gran acierto este pequeño y emblemático drama familiar de un adolescente que, de pronto, se ve repelido hacia el submundo de la marginación pseudo revolucionaria por un padre que acumula millones de dólares en oscuros tratos con las transnacionales invocando a cada paso su pasado de partigiano.
Este rechazo, en sí mismo, no es negativo. Está bien que una fortuna construida sobre el hambre de braceros sicilianos, mineros chilenos o indocumentados mexicanos repugne a un adolescente de este estrato social, aun cuando sea su familia el marco en el que esta realidad se le manifiesta.
Pero en siete casos de cada diez, esta naciente conciencia de rechazo surge con adherencias del medio social que le sirve de marco. Es un rechazo que retiene porciones del mundo que rechaza, hábitos, gustos, inclinaciones y prerrogativas de clase que impiden dar a ese primer momento de repulsión proyecciones revolucionarias,. Y el rechazo, a la postre, se queda en mera rebeldía.
¿ Cuál es la diferencia entre un revolucionario y un rebelde?
Un revolucionario es, por lo pronto, un individuo política, ideológica y culturalmente independiente. Tiene sus propios fines, su propia tabla de valores, su propio camino. Y cuando da un paso, lo da arrastrado teleológicamente hacia adelante por aquella objetiva constelación de fines y valores que lo trascienden.
Un rebelde, en cambio, vive de rebote. La dirección de sus movimientos no está marcada por metas que lo atraen sino por realidades dadas que lo r4epelen. Y la repulsión desnuda, la repulsión vivida como un absoluto y no como momento derivado de una previa percepción de valores y objetivos que califican de rechazable lo rechazado, se resuelve en un puro negativismo.
La negación, en su variante absoluta, es un modo de depender de lo negado, El joven rebelde, carente de una tabla de valores propia, necesita conocer la tabla de valores de sus padres para construir por inversión la suya.
Si su rebeldía se expresa en la indumentaria, ruborizará a su padres presentándose desgreñado, grasiento y con deshilachados jeans en las recepciones que ofrece su familia. Si se expresa a través de la literatura, escribirá versos obscenos que escandalicen a la tía Eduviges.
Y si se expresa en términos políticos, las opciones del joven rebelde no serán otras que las del contorno familiar asumidas consigno invertido. En mis tiempos, por lo menos, este rechazo negativista consistente en poner cabeza abajo la escala de valores de papá se cumplía en el terreno político a través de la siguiente operación: el adolescente se preguntaba qué era lo que papá más temía y de testaba en el campo político. La respuesta era, generalmente: “ el comunismo internacional”. Y el joven rebelde, en consecuencia corría a inscribirse en el Partido Comunista.
Pero esta afiliación fundada en la mera inversión mecánica del anticomunismo paterno reviste peculiares modalidades. Bajo el rótulo de “comunismo”, nuestro joven rebelde asumía como su propio destino político no lo que el comunismo era, sino la imagen negativa que tenía del comunismo su padre.
Papá creía que los comunistas eran inescrupulosos, y nuestro joven rebelde posaba de sanguinario y violento. Papá creía que los comunistas negaban los valores fundamentales de la familia, y nuestro joven rebelde abogaba por el amor libre y la lucha contra el autoritarismo paterno. El comunismo que nuestro joven rebelde abrazaba no era sino una antología en negativo de los juicios o prejuicios anticomunistas de su familia.
Pero, una vez ingresado en el PC, el joven rebelde se encontraba con la sorpresa de que los comunistas no eran así. Los descubría pacíficos y rutinarios, cumplidores de horarios y amantes de la vida familiar. Por momentos, hasta se parecían a papá.
Sobrevenía entonces el desencanto, y el joven rebelde traducía su frustración en dos actitudes posibles: o abandonaba el partido para canalizar su rebeldía por otros conductos, eventualmente la droga o la cultura beat, o permanecía un tiempo más en el partido para genera una escisión colectiva de extrema izquierda. Gran parte del extremismo revolucionario ha tenido este origen.
10
En un grupo originado de esta manera, el rechazo negativo de lo dado confluye con la renuencia mágica a desarrollar conductas acordes con los contenidos objetivos de la propia experiencia. Magia y negación son variantes complementarias de esa niñez estancada y resistente a la maduración que es el extremismo revolucionario.
Y al igual que la concepción mágica de las cosas, o más bien como parte inseparable de ella, también este componente negativista del extremismo revolucionario impide a la larga que la acción originada en ella sea realmente una política.
Una política, cualquier política, implica una necesidad de crecer, de sumar, de asumir real o siquiera demagógicamente la representación de anhelos colectivos, de escalonar los propios fines en programas máximos y programas mínimos que permitan construir la mayor red de alianzas posible.
Pero el extremismo revolucionario sacrifica siempre e invariablemente estas inherencias de la política como tal a la necesidad de ser y, sobre todo, de parecer terrible.
Montoneros fue, en buena medida, un producto, y a la vez un canalizador, de ambos componentes. Un político revolucionario – que lo es fundamentalmente por su aptitud para atender a la experiencia acumulada en la historia- sabe que consignas tales como “ cinco por uno, no quedará ninguno” , o “ llora, llora la puta oligarquía, porque se viene la tercera tiranía” no sirven para construir una política. Sirven si, para presentar como propia una personalidad escandalosa que asuste a la tía Eduviges.
Los propósitos del rebelde, en realidad, no van más allá de esto. Mientras el revolucionario rechaza una realidad dada con el ánimo de superarla, el rebelde la rechaza con el ánimo de que su rechazo conste. Y un rechazo proyectado al servicio de su propia constancia tiene que ser forzosamente directo, agresivo, clamoroso. Aunque la agresión fortalezca a la realidad agredida y sacrifique la posibilidad de superarla; es decir, de dar al rechazo una dimensión política.
A los montoneros leds tocó vivir una realmente dramática contradicción entre la mayor oportunidad jamás concedida a un grupo de izquierda en la Argentina para la construcción de un gran movimiento político y la cotidiana urgencia infantil por inmolar esa posibilidad al deleite de ofrecer un testimonio tremebundo de si mismo.
Esta acción autotestimonial, arquetípicamente presente en cada gesto montonero, es siempre inhibitoria de la acción política. Hacer política es desentenderse de uno mismo, trascenderse. Un político vive primariamente atento a sus metas, no a su imagen. Sólo secundariamente atiende a su imagen como algo cuyo valor no es absoluto sino derivado del fin. Y una imagen elaborada en función de genuinos fines políticos nunca es terrible.
Ortega y Gasset, en un ensayo que escribió en los años '30 sobre los argentinos, les atribuyó justa o injustamente un modo de encarar la propia vida que se asimila en cierto modo a lo que aquí se viene describiendo como una niñez estancada.
Ortega creía advertir un contraste entre los europeos, empeñados en hacer, y los argentinos, empeñados en ser. Por un lado, una vida abierta al mundo, a los demás, a una constelación de fines exteriores a ella. Por el otro, una vida ensimismada, revertida sobre sí misma, en la que el sujeto quela vive permanece consagrado a la construcción de su propio personaje. Un europeo, en la visión de Ortega, elige ser escritor porque quiere escribir. Un argentino elige escribir porque quiere ser escritor.
Esta visión puede ser acertada o no como caracterización global de los argentinos – en todo caso creo que es menos acertada hoy que en los años '30-, pero muerde sin duda sobre la realidad, sise enfoca con ella a la extrema izquierda, argentina o europea.
Un político revolucionario es un hombre que quiere hacer la revolución. Un militante de extrema izquierda es un hombre que quiere ser un revolucionario. Y hay considerables diferencias entre las motivaciones que llevan a construir en el mundo exterior una revolución y las que llevan a construir en uno mismo una personalidad revolucionaria.
Un político revolucionario, con su vida proyectada hacia una revolución entendida como fin que lo trasciende, está espiritual y psicológicamente disponible para asumir, a partir de la experiencia histórica, la creencia de que el camino hacia la revolución pasa por una coexistencia pacífica compartible con Willy Brandt, por un programa mínimo que lo asocie con Andreotti, o por las vías institucionales de la democracia parlamentaria y pluralista.
Para un militante de extrema izquierda, en cambio, la tarea de construirse autocontemplativamente una personalidad revolucionaria requiere otros ingredientes. La contemplación, autopracticada o buscada en otros a propósito de uno mismo, necesita un objeto claramente visualizable, audiovisualmente más atractivo.
Mientras que en un político revolucionario la tarea de hacer una revolución le exige a veces ofrecer de sí mismo la desteñida imagen de un concejal, la de construir una personalidad revolucionaria reclama colorido, brillo, una arquitectura de signos y símbolos asimilables a la temática de los posters.
Frente a la necesidad de hacer la revolución, que se resuelve en el universo de la política, la necesidad de dejar teñida en el universo de la imagen, reducida a pura iconografía: el birrete guerrillero, la estrella de cinco puntas, los brazos en alto enarbolando ametralladoras.
NOTAS
1 José López Rega, un ex policía aficionado a las ciencias ocultas, se convierte a mediados de los años '60 en secretario privado del general Perón y desde ese cargo acaba por ejercer una enorme influencia sobre el viejo líder político y sobre su tercera esposa, María Estela Martínez de Perón. Designado ministro de Bienestar Social en el gobierno surgido del casi plebiscitario triunfo electoral que obtuvo el peronismo en marzo de 1973, llegó a ser el virtual “hombre fuerte” de la Argentina bajo la gestión de la señora de Perón, quien sucedió en la presidencia a su esposo tras la muerte de éste en julio de 1974. Sus relaciones con el matrimonio Perón fueron comparadas a menudo con las de Rasputín con el zar Nicolás II y la zarina Alejandra. Se le atribuyó el patrocinio de un terrorismo de Estado que se manifestó en las actividades de la denominada Alianza Anticomunista Argentina (AAA).
2 Mario Eduardo Firmenich, nacido en 1949, se convirtió en máximo líder de la organización Montoneros después que murió Fernando Abal Medina el 7 de setiembre de 1970, en un encuentro armado con la policía. Como otros dirigentes del grupo, proviene del área católica de extrema derecha. Amigos del general Aramburu suelen invocar este origen para respaldar la tesis de que el secuestro y el asesinato del ex presidente fueron cometidos en connivencia con sectores internos del régimen militar encabezado por el general Onganía.
3 Raúl Sendic fue el fundador y máximo dirigente del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. Nacido el 16 de marzo de 1926, milita desde su adolescencia en las filas del Partido Socialista de Uruguay, que lo ve ascender rápidamente a puestos de conducción, primero como dirigente de la Juventud Socialista y más tarde como integrante del comité ejecutivo partidario. En los primeros años '60 se aparta de la agrupación para poner en marcha la organización guerrillera, luego de cumplir en 1960 una visita a Cuba que resulta decisiva para orientarlo en esta dirección. Capturado en 1972 en medio de la campaña militar que habría de destruir al movimiento tupamaro, Sendic sufre un largo período de prisión, que aun continúa en 1984, y durante el cual fue sometido, según fehacientes denuncias, a terribles torturas.
4 Autonomía operaia (autonomía obrera), grupo de extrema izquierda que creció durante los últimos años '70 bajo la guía doctrinaria de Toni Negri, Franco Piperno y otros líderes menores, que actuaban principalmente en el campo universitario. Predicadora y practicante de la violencia revolucionaria, critica a menudo el “militarismo” de ciertos grupos armados clandestinos, como las Brigadas Rojas, y auspicia como alternativa la “violencia de masa”.
5 Entre las formulaciones más características de esta filosofía, figura una declaración de Potere Operaio ( poder obrero), organización italiana de extrema izquierda emanada de las turbulencias de 1968 y considerada la matriz histórica de las Brigadas Rojas y otros grupos terroristas que operaron en Italia en la década de 1970: “ Cuando el Estado se vea obligado a erigirse en pura forma de dominio y de destrucción física, cuando el Estado se vea reducido a sus cuerpos armados, entonces las condiciones de la victoria de la revolución estarán aseguradas “. 8Potere Operaio del lunedi, 2 de abril de 1972, citado por Giampaolo Pansa, Storie italiane de violenza e terrorismo,Laterza, Bari, 1980, p.33).
6 En 1961, cuando faltaba más de un lustro para que el autoritarismo de Pacheco Areco comenzara a socavar la slibertades democráticas en el Uruguay, Raúl Sendic escribió en El Sol, órgano del Partido Socialista Uruguayo: “ El régimen que impera en nuestro país tiene un rostro y una máscara. La máscara es la apariencia de libertad y de democracia experimentada sólo por la gente rica y que sólo sirve para ser mostrada al exterior. Pero la democracia burguesa en nuestro país, como la democracia burguesa en todas partes, no resiste la prueba de fuego de la lucha de clases. Aquí ha caído la máscara y ha dejado a la vista un rostro siniestro, que evoca las macabras fauces del fascismo”. Sendic aparece aquí en una de sus últimas apelaciones al método discursivo para “ desnudar al fascismo” ante la conciencia de las masas. El escaso rendimiento de este esfuerzo bajo el colegiado uruguayo ha de llevarlo después a la impaciente metodología de las ametralladoras.
7 Silverio Corvisieri, Il mio viaggio nella sinistra, Ed. L”Espresso, 1979, p. 173
8 Silverio Corvisieri, ibid. p. 125
9 El Ejército Revolucionario del Pueblo ( ERP) era una formación guerrillera constituida en 1970 como brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), de orientación trotskista.
10 El teniente general Pedro Eugenio Aramburu fue uno de los principales líderes del alzamiento militar que en setiembre de 1955 puso fin a casi una década de régimen peronista. En noviembre de ese año ascendió a la presidencia luego de encabezar con éxito una conspiración contra el general Eduardo Lonardi, titular del primer gobierno surgido del golpe castrense contra Perón. En contraste con la actitud conciliadora demostrada por Lonardi frente a ciertas franjas del peronismo, sobre todo en el campo sindical, Aramburu asumió la representación de los sectores militares y civiles más antiperonistas. Su actuación al frente del gobierno militar, en consecuencia, tuvo un fuerte carácter represivo. La máxima expresión de esta política fue el fusilamiento de más de treinta militares y civiles en junio de 1956, luego de un fracasado intento insurreccional peronista. Durante la década que siguió a su paso por el poder ( 1955-1958), Aramburu fue evolucionando hacia posiciones más flexibles hasta convertirse hacia fines de la década de 1960 en promotor de un acuerdo con el peronismo que permitiera dar una salida institucional al régimen militar instalado en 1966. El asesinato de Aramburu por los montoneros dejó trunco este proyecto.
11 Con el nombre de “ Cordobazo” se conoce en la Argentina el alzamiento popular que en mayo de 1969 sacudió la ciudad de Córdoba, principal centro de la industria automotriz en la Argentina. Aunque sofocado finalmente por las Fuerzas Armadas, el “ Cordobazo” marcó para el régimen militar del general Onganía el comienzo de un proceso de deterioro que culminaría con su caída un año después.
12 Los líderes del alzamiento militar que derrocó en 1966 al presidente constitucional Arturo Illia eligieron la denominación de “ Revolución Argentina” para el proceso de reforma institucional que consideraban puesto en marcha con esa insurrección.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
4:11
0
comentarios
jueves, 13 de octubre de 2011
"YO, DARÍO YANCÁN APOYO A HERMES BINNER". SOLICITADA.

En pocos días se volverá a votar para elegir las autoridades del gobierno nacional y se cumplirán 28 años de la recuperación de la democracia en la Argentina. Para una historia plagada de dictaduras, discordias civiles y proscripciones, representa una victoria de todo nuestro pueblo el que estas casi tres décadas hayan transcurrido en el marco de las libertades públicas. Ya no hay tutelaje militar, las instituciones funcionan y se afirma la vigencia de los derechos humanos. Estas conquistas no tienen propietarios ni titulares: son muchos/as los/as que han cooperado para alcanzarlas. Existen, no obstante, deudas pendientes, vicios antiguos y problemas nuevos que conspiran contra la posibilidad de establecer una sociedad más justa, pluralista y democrática.
Persiste una gran deuda social. A pesar del crecimiento económico a tasas formidables de los últimos ocho años, la disparidad en el acceso a los derechos económicos y culturales es dramática y millones de argentinos y argentinas viven en la pobreza y aun en la indigencia. Los planes de asistencia que el Estado ha brindado en los últimos años trajeron alivio para muchas familias, pero no acortaron sustantivamente la brecha entre ricos y pobres. Esos planes tampoco pueden constituir el corazón de la política social. Si se aspira a revertir el patrón de la desigualdad y dejar atrás la indefensión de los pobres y el clientelismo político, son imprescindibles reformas profundas que den sostén a la autonomía del/la ciudadano/a y al ejercicio de los derechos sociales para todos y todas. Después de una década de neoliberalismo, el Estado ha retomado un papel activo en la vida económica y social, pero sigue funcionando de manera ineficiente, manejado por el poder de turno arbitrariamente y con escasos controles.
La acción del actual gobierno propende a la concentración del poder y no favorece la afirmación de las instituciones de deliberación, gestión y control. Se desalienta el desarrollo de formas efectivas de participación ciudadana. El debate público se encuentra jaqueado por visiones maniqueas del presente y el pasado argentinos; vuelve a cernirse sobre nuestra vida política la tentación del pensamiento único convertido en doctrina estatal. La complejidad del proceso en curso resulta simplificada y distorsionada por un discurso que tiende a la polarización permanente de nuestra sociedad, como si no hubiera espacio más que para el antagonismo sistemático. Esta lógica es adversa al afianzamiento de una democracia que reconozca no solamente la diversidad de intereses, sino también la pluralidad de puntos de vista respecto del bien común. La arbitrariedad y la corrupción en el manejo de los asuntos públicos son vicios antiguos entre nosotros, pero se han agudizado en el contexto actual de bonanza económica.
Por todas estas razones los y las abajo firmantes apoyamos la postulación a presidente del doctor Hermes Binner. Su candidatura ha encendido la esperanza de un gobierno democrático y progresista, honesto y respetuoso del pluralismo político. Como intendente de Rosario, primero, y como gobernador de Santa Fe, después, Binner ha demostrado sensibilidad frente a la injusticia, manos limpias ante el flagelo de la corrupción y disposición al diálogo con todas las fuerzas nacionales, sin renunciar a sus convicciones. La Argentina necesita de las cualidades de este dirigente socialista de principios firmes, vocación de reformas y aptitud para la convivencia democrática.
Firmantes: Tomás Abraham, Mario Albornoz, Carlos Altamirano, Daniel Attala, Lila Caimari, Carlos Gabetta, Marcos Novaro, Beatriz Sarlo, Federico Andahazi, Osvaldo Bazán, Angélica Gorodischer, Fabián Casas, Guadalupe Noble, Hilda Sábato, Guillermina Tiramonti, Hugo Vezzetti y siguen las firmas...
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
15:55
0
comentarios
"EL LUGAR DEL ARTISTA". Entrevista a Osvaldo Lamborghini

[Tomado de Lecturas Críticas. Revista de Investigación y Teorías Literarias, Buenos Aires, Año I, Nº 1, 1980, p. 48-51]
¿La parodia es un homenaje o una violencia?
En la parodia siempre entra el odio y el amor. El odio al semejante implica también amor. La parodia sería como un amor fracasado sino fuera abyecto decir que el amor fracasa. Es un oxímoron decir amor fracasado, si hay amor ¿cómo puede haber fracaso? No se puede mimar un objeto sin amarlo.
¿Pero también se lo pervierte, se lo degrada?
Se lo degrada, pero es una creación imaginaria, nadie degrada a nadie; es la creencia del sujeto que está degradando algo, no degrada nada; ni siquiera logra degradarse él mismo.
¿Qué te proponías con "El Niño Proletario"?
Yo me proponía cosas tales como: ¿porqué salir como un estúpido a decir que estoy en contra de la burguesía? ¿Porqué no llevar a los límites y volver manifiesto lo que sería el discurso de la burguesía? ¿Qué va a quedar comprometido? Planteado en términos gramaticales: un pronombre: yo. ¿Qué quiere decir yo? En esa época yo no tenía nada que ver con Freud, no había una idea de la cosa de elidir el sujeto, cambiarlo de posición en el discurso.
¿Este trabajo es previo a tus estudios de psicoanálisis y Lacan?
Totalmente previo.
Ahí aparece un niño con un falo, ¿no?
El falo era una cosa de hinchazón española. Habría que tomar el registro del texto, es un texto donde a veces se dice pija, pero hay momentos en que no. Hay que decir falo; funcionan una prohibiciones en el momento de escribir bastante extrañas,¿no?
¿Tenías alguna teoría esbozada de la parodia en ese momento?
En el libro de mi hermano que aparece ahora está dicho con todas las letras: Parodia, genio de nuestra raza. Hay una payada entre el Sabio negro y el Sabio blanco; es la payada del Moreno con Martín Fierro. Porqué no ver toda la literatura desde El Fausto de Estanislao del Campo?: Entonces todo entra a cambiar de una manera alucinante, todo. En esos términos no es lo mismo ver a Rimbaud desde la cultura francesa. Entre la Comuna de París que es absolutamente determinante en lo que hace Rimbaud, y bueno... Es lo que sucede con el frigorífico Lisandro de la Torre. Es un tipo como nosotros; ellos la hacen de una manera y nosotros de otra. Cuando Rimbaud dice me voy, hay que entender que se viene; lo que pasa es que con el afrancesamiento uno lee que Rimbaud se va y por identificación uno se está yendo con él. No, vos no te vas con él, estás acá esperándolo. Se va quiere decir que se viene para acá; Africa, las pampas argentinas todo igual para Rimbaud.
Lo que me llamaba la atención es que para el 70-73 vos estabas en la revista Literal; en aquel momento parecía que la revista tenía un enemigo...
Sí, el populismo. Eva Perón es popular, los chicos de clase media de Filosofía y Letras, son populistas. La estética del populismo es la melancolía. Y, yo no estaba en Literal, yo hacía junto con Germán García, Literal.
¿"El Niño Proletario" es un mito populista?
No, ¿porqué un mito?
Digo, constituido por la propia literatura de Boedo. Me refiero a Larvas, por ejemplo.
¿Querés que te diga la verdad? ¿Cuál es el gran enemigo? Es González Tuñon; los albañiles que se caen de los andamios, toda esa sanata, la cosa llorona, bolche, quejosa, de lamentarse. Una ideología siempre te propicia para pelotudeces, pero también para mitos heroicos. Cuando te criás dentro de mitos heroicos me parece abyecto quejarse. Esto es poesía quejosa, hacer esta especie de orgullo de padre proletario, que se levantaba a las cinco de la mañana con sus manos callosas; que traía pan crocante a la mesa. Es hacer descansar una cultura en este pobre tipo que vino de Italia a laburar acá. Es una cosa no contra Castelnuovo; no importa lo que él piense como subjetividad. En los textos la ideología actúa, la ideología sube al escenario y representa su papel. Al nivel del cuento que aparece en Vidas Proletarias, de Castelnuovo donde al tipo, al anarquista lo persigue un oficial de investigaciones y él llega a su casa y pide a la madre que lo proteja. Entonces la madre lo protege. Es un policía dedicado a torturar a este anarquista. Esto es lo que yo le copio en "El Niño Proletario": los tres burgueses ven pasar al niño proletario y se vuelven locos y lo quieren matar, están dedicados a él. Entonces lo agarra y viene el oficial Gómez, que es el que siempre lo tortura, entonces el tipo le dice a la madre que apague las luces, entra el policía, se arma un buen ruido, se prenden las luces, y está la madre muerta, desangrándose en el suelo y el policía que se ríe y dice: quiso matarme a mí y mató a su madre. No hay, te digo, una cosa personal con Castelnuovo, más bien con la ideología liberal de izquierda, esa cosa llorosa. Es decir, que los escritos tienen que valer por el sufrimiento que venden y por las causas nobles de ese sufrimiento.
¿El texto "El Niño Proletario", es una inversión de esa actitud?
Totalmente. Ahí hay una frase suprimida: yo pienso que. A ese texto con esa frase lo destruyo, lo convierto en una porquería. "Yo pienso que" habría que terminar con esa literatura liberal de izquierda. Entonces tiramos la bola a ver qué dicen, qué van a entender; no te olvides que es de 1969, o sea hace 11 años, era mucho más difícil. Y bueno, había que explicar que uno no era un monstruo.
Es un texto provocativo, escandaloso, totalmente perverso, ¿no?
No, no es perverso, es sexual.
Pero esas cosas que intercambian, uno caga, el otro come.
Esos son los juegos que hacen los chicos, son perversos polimorfos. Hay todo un goce, en tanto se juega a la muerte de un niño; la cultura occidental consiste en matar un niño, todos pensando todo el tiempo cómo matar al niño.
¿"El Niño Proletario" es la única parodia que vos escribiste?
Todo es parodia, el último poema de mi último libro se llama "Die Verneinung" obviamente yo no sé alemán; es un artículo de Freud; por eso las comillas. En el texto mismo la parodia es un mundo. La madre Hogarth se refiere al pintor, digamos que son cuadros muy terribles. Hay partes enteras del poema que son descripciones del cuadro, los ahorcados en un panel derruido, está la cosa de Rimbaud, ¿no?
Y Neibis, ¿es un chiste?
Neibis es "Si bien" al revés. Lo pongo al revés para no cantar la bola de entrada.
Si en aquel momento renegabas de los liberales de izquierda, por ejemplo, a la mañera de González Tuñón y de los populistas que se vuelven peronistas. ¿Vos desde qué lugar lo hacías?
Si hay lugar, no hay poesía; desde ningún lugar. Toda la relación con la poesía es desde ningún lugar.
¿En aquel momento vos te podés decir de vanguardia?
Y, si querés, digamos que sí.
¿A quiénes leías entonces?
Mis epifanías fueron entonces, Hegel, ese tipo de cosas. Después no me puedo hacer el populista, el obrero. Dentro de la literatura todo, bah, todo... La vida dedicada a eso. Me acuerdo de Croce; los textos críticos a los que teníamos acceso en esa época. No estaban Barthes, Todorov, nada.
Pero, ¿en el 69 no lo conocías a Massota?
No, a Massota lo conozco después del Fiord. Al Fiord se lo lee a Massota el primer grupo lacaniano de Buenos Aires.
¿Vos conocías a los de Contorno?
¡Qué los voy a conocer en esa época! Los diez años que me lleva Massota; somo del mismo barrio, yo era un chico, para mí Massota era un dios.
¿Es irreverente la parodia?
Habría que ver a quién se le hace una parodia. En cierto sentido toda la literatura podría ser calificada de irreverente. Un escritor nunca habla de pavadas. Una de las tareas difíciles de llevar a cabo, es sacar al artista del lugar de boludo en que se lo ha colocado.
Uno escribe en función de los textos que ha leído. Lo que uno ha leído actúa como sobredeterminación. La vida es un texto, que es una sobredeterminación mayor.
Por ejemplo, Bataille explica cómo las fotos viejas llegan a tener un efecto paródico y gracioso, sin haber sido ésa su primera intención. Una cosa que me fascinaba mucho en esto de la parodia es que la prenda nacional: la bombacha, es una partida que Ascasubi, como ministro de Guerra, compra a los turcos cuando pierden la guerra de Crimea; de ahí viene la bombacha. La prenda nacional es eso. Ya está puesto el significante, ya está.
La parodia tiene que ver con los niveles de identificación agresiva. Parodia vendría a ser lo que Hegel llama pasaje de la tragedia a la comedia burguesa, es decir, de Edipo Rey al vodeville.
Esta transcripción de buena parte de la entrevista a Osvaldo Lamborghini a fines de octubre último (1980), no tuvo la prometida corrección por escrito para su publicación, por razones de tiempo. [Nota en Lecturas críticas: Revista de investigación y teorías literarias, Buenos Aires, Año I, Nº 1, 1980]
Fuente: www.golosinacanibal.blogspot.com
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
15:32
0
comentarios

