sábado, 24 de septiembre de 2011

"NUEVA GEOGRAFÍA POLÍTICA" por Saskia Sassen [1]




Los estados se ven confrontados hoy día a una nueva geografía del poder [2]. La nueva situación del Estado se analiza frecuentemente en términos de declive de sus capacidades de regulación, debido a ciertas políticas de base relacionadas con la mundialización económica: desregulación de un conjunto importante de los mercados, de sectores económicos y de límites nacionales, y privatización de firmas del sector público. Pero en mi lectura de los hechos, la nueva geografía del poder a la que los Estados se confrontan surge de un proceso mucho más diferenciado de aquél que sugiere la noción de un declinar del conjunto de la función estática. Más que de un declive, se trata de un proceso de transformación del Estado. Asistimos a un reposicionamiento del Estado en un campo de poder más extenso, y a una reconfiguración del trabajo de los Estados. Este campo de poder más extenso se constituye, para empezar, por la formación de un nuevo orden institucional privado articulado por la economía mundial, pero también por una variedad creciente de otros órdenes institucionales, que van desde los nuevos roles de la red internacional de las ONG hasta el régimen internacional de los derechos del hombre. La razón de Estado, la propia racionalidad del Estado, se encarna de manera diversa en el curso de los siglos. Estas transformaciones han tenido consecuencias importantes. Podemos decir que hoy esa racionalidad ha entrado en una nueva fase. En la actualidad, vemos emerger un orden institucional que, en lo esencial, es privado, pero no completamente, en el cual los agentes estratégicos no son ya los gobernantes de los países desarrollados. Uno de los rasgos característicos de este sistema es su capacidad de privatizar lo que antes era público, y de desnacionalizar lo que eran recursos y programas políticos públicos. Esta capacidad de desnacionalización y de privatización transforma ciertas componentes del Estado-nación. Cada vez más, este nuevo orden institucional define una nueva normatividad que no se confunde con la que ha existido, y que en cierta medida sigue siendo la principal causa de normatividad de los tiempos modernos: la razón de Estado. Esta nueva normatividad viene del mundo del poder privado, y se instala en el dominio público, lo que contribuye a desnacionalizar lo que históricamente había sido construido como programas de Estados nacionales, particularmente el programa keynesiano.[3] No es cierto que asistamos al fin de los Estados; no obstante, constatamos que ellos no son ya los agentes estratégicos más importantes en la nueva configuración del poder, y que cada vez más Estados, incluidos los Estados dominantes, han emprendido profundas transformaciones, ya que han comenzado a abrigar operaciones de una fuerte dinámica de desnacionalización de viejos programas nacionales. Esto plantea la cuestión de saber lo que hay de nacional en las componentes institucionales esenciales de los Estados ligados a la realización y a la regulación de la mundialización económica. Los fundamentos estructurales de mi argumentación vienen de las formas actuales de la mundialización económica. Ésta aparece como un elemento esencial de la formación de un sistema de poder transnacional, que en gran medida se desvía del sistema interestático anterior. La mundialización económica no consiste solamente en superar las fronteras geográficas, tal y como pretenden las medidas de inversión y de comercio internacional; debe también transferir ciertas funciones ejercidas por la gobernancia pública nacional hacia arenas transnacionales privadas, y desarrollar, en el seno de los Estados-nación, los mecanismos propios para garantizar los derechos del capital mundial mediante actos legislativos, judiciales, circulares administrativas, etc., ya que los territorios nacionales existen hoy bajo el control exclusivo de sus Estados, incluso si están en vías de desnacionalizar numerosos órdenes internacionales altamente especializados. Incluso si estas transformaciones, en el seno del Estado, son parciales y emergentes, son también estratégicas, como es también parcial y emergente, pero estratégico, el nuevo orden institucional privado en vías de colocarse para gobernar los aspectos claves de la economía mundial. Estas transformaciones pueden alterar aspectos esenciales del derecho internacional, de su extensión y de su exclusividad. El Estado en la mundialización Hoy día, uno de los papeles del estado en la economía mundial, a diferencia de fases anteriores, es el de negociar las interacciones entre la ley nacional y sus actores extranjeros, ya se trate de empresas, de mercados o de organizaciones supranacionales. Este papel de negociación convierte la fase actual, y de múltiples maneras, en distinta de las precedentes. De un lado, disponemos de un derecho extremadamente desarrollado, acumulación de buenas medidas tomadas durante los últimos cien años para asegurar el monopolio de la autoridad del Estado en el territorio nacional, en una proporción hasta entonces desconocida. De otro, constatamos una institucionalización considerable, especialmente desde los años 90, de «derechos» para las empresas no nacionales, para las transacciones fronterizas y para las organizaciones supranacionales. Esto pone a los Estados-nación en la obligación de sumarse al proceso de mundialización. El consenso naciente, a menudo impuesto, en el interior de la comunidad de los Estados-nación acerca de la necesidad de perseguir la mundialización, ha creado, a quienes participan en él, obligaciones particulares. De hecho, el Estado sigue siendo, en última instancia, el garante de los «derechos» del capital mundial, es decir, el protector de contratos y derechos de propiedad. Es así como el Estado ha incorporado el proyecto mundial de su propio estrechamiento, al aceptar regular las transacciones económicas que le implican [4]. Las empresas que operan a escala transnacional quieren que las funciones aseguradas tradicionalmente por el Estado, sobre todo la garantía de los derechos de propiedad y de los contratos, continúen siéndolo. Creen que el Estado posee, en este dominio, una capacidad técnica y administrativa no reemplazable, de momento, por ninguna otra institución; más aún: esta capacidad se sostiene por el poder militar, por un poder mundial, en el caso de ciertos estados. Esta garantía de los derechos del capital la aporta un cierto tipo de estado, un cierta concepción de los derechos del capital, un cierto tipo de régimen legal internacional; existe en los países más poderosos y más desarrollados del mundo, de los que los Estados reconocen las nociones de contrato y de derecho de propiedad, y han aceptado un nuevo régimen jurídico que favorece la continuación de la mundialización económica [5]. Los Estados Unidos, poder hegemónico de este período, han conducido (y casi obligado) a los otros Estados a adoptar esas obligaciones frente al capital mundial y, haciendo esto, han contribuido a reforzar la capacidad de responderles. El Estado continúa jugando un papel crucial, mas no exclusivo, en la producción de nuevas formas jurídicas ligadas a las nuevas formas de la actividad económica. Pero este papel ha ido alimentando, cada vez más, la potencia de la nueva estructura emergente.
Programas estáticos desnacionalizados y producción de formas privatizada
Se utilizan, en general, los términos de desregulación, de liberación financiera y comercial, de privatización, para describir la negociación entre el Estado y las firmas internacionales. Pero tales términos solamente describen la retirada del Estado de la regulación de su economía, no muestran las vías por las que el Estado participa en la puesta en escena del nuevo marco institucional, en el que se persigue la mundialización. Ya no dan cuenta de las transformaciones que de ahí se siguen, en el interior del Estado. Los Bancos centrales, por ejemplo, son instituciones nacionales. Pero desde hace diez años han devenido, dentro de los Estados nacionales, uno de los centros de elaboración de las políticas necesarias para el desarrollo del mercado mundial de los capitales, y más generalmente del sistema económico mundial. La nueva condicionalidad del sistema económico mundial, las condiciones que un país debe cumplir para integrarse al mercado del capital mundial comportan, como punto esencial, la autonomía de la banca central, con el fin de que ella pueda desarrollar un cierto tipo de política monetaria. En la mayoría de los países del mundo, la banca central tiene tendencia a estar bajo la influencia del ejecutivo o de oligarquías locales. Cerciorarse de la autonomía de los bancos centrales ha tenido como resultado indudable el hecho de que desaparezca un buen lote de corrupción, pero también ha sido un medio para obtener la adaptación de los Estados-nación a las exigencias del mercado mundial del capital. Esto requiere llevar la búsqueda hacia qué es nacional en las actividades de los bancos centrales. Desde un punto de vista teórico, esto quiere decir llegar a hacer una lista de un conjunto de operaciones que han tenido lugar en el seno de las instituciones nacionales. Es lo que yo conceptualizo con el término de desnacionalización, desnacionalización de operaciones muy específicas, altamente especializadas, típicamente estáticas [6]. Existe un conjunto de dinámicas estratégicas y de transformaciones institucionales en marcha. Ellas sólo pueden incorporar algunos dispositivos del Estado, no concernir más que algunas iniciativas legislativas o reglamentarias, y tener, a pesar de todo, el poder de instituir una nueva normatividad en el corazón del Estado. Esto porque esos sectores estratégicos operan en interacciones complejas con potentes actores privados y transnacionales. Lo esencial del aparato del Estado permanece, en lo fundamental, inalterado. La inercia de las organizaciones burocráticas, que crean sus propias líneas de independencia, contribuye enormemente a la continuidad. Por otro lado, nuevas cooperaciones transfronterizas entre agencias gubernamentales especializadas se crean, en dominios cada vez más numerosos, y constituyen otra forma de participación del Estado en la realización de un sistema económico mundial. Por ejemplo, las interacciones crecientes entre los responsables de legislaciones antitrust de un gran número de países durante estos tres o cuatro últimos años, han desembocado en una convergencia de leyes nuevas, a pesar de la diversidad de los modelos en competición. Esta convergencia sobre ciertos puntos muy precisos se hace en un océano de diferencias enormes de las legislaciones económicas de todos esos países. Estas convergencias parciales y muy especializadas se crean entre reguladores que comienzan por encontrar más puntos comunes con sus homólogos de otros países que con los colegas de sus servicios, así como las transacciones entre miembros de bancos centrales no se hacen ya de manera bilateral, sino según nuevas modalidades, desde hace diez años. Todavía podemos encontrar otro ejemplo más en el caso del marco institucional y jurídico, necesario para la instalación internacional de las cadenas de grandes comercios (Gereffi, 1995; Castro, 1999). Uno de los resultados de estos diferentes movimientos es la emergencia de un campo estratégico de operaciones que represente una cierta apertura de las operaciones estáticas, con relación al mundo isntitucional, más amplio que el del Estado, ligado exclusivamente a los programas nacionales. Se trata de un terreno relativamente limitado, de transacciones transfronterizas, formado por agencias gubernamentales y por sectores económicos implicados en la mundialización. Al plantear esto, yo rechazo la idea, fuertemente respaldada, de que los reinos de lo nacional y de lo mundial son dos dominios mutuamente exclusivos (Sassen, 1999), La mundialización es en parte endógena a lo nacional, y lo es con respecto a la dinámica de la desnacionalización, que es vista como nacional. La mundialización está, en parte, arraigada en lo nacional, es decir, en las ciudades-mundo [7], y desde este punto de vista tiene la necesidad de que el Estado re-regule ciertos aspectos específicos de su papel a nivel nacional. Esto es un campo de transacciones estratégicas, transfronterizas, y demanda interacciones específicas con los actores privados. Ellas no implican al Estado en tanto que territorios internacionales, sino que más bien consisten en operaciones y políticas que afectan a aspectos parciales del Estado– por ejemplo a nivel legislativo, o a ciertos programas realizados por los bancos centrales. Son transacciones transfronterizas porque conciernen a empresas y mercados mundiales, lo que implica una cierta convergencia de regulaciones nacionales y del derecho para el buen desarrollo de las operaciones. Al decir que implican interacciones con actores privados quiero decir que no se trata de transacciones entre Estados, ni de un subconjunto del sistema estático. Al contrario, es un campo de transacciones en parte implicado en las relaciones entre estados y, en parte un nuevo espacio, cada vez más institucionalizado, de relaciones entre agentes y actores privados, ellos mismos transfronterizos. Es en ese campo de transacciones más bien escasas en arte libre del mundo institucional más amplio del Estado, en donde eso que yo he llamado programas de Estado desnacionalizados se definen y ponen en marcha. Ese campo de transacciones representa un desligamiento de lo que en el Estado estaba unido durante el período precedente. Este período alcanza su pleno régimen en el caso de los Estados Unidos, en mitad de los años 80. Ese desligamiento es también un elemento de una dinámica más amplia de cambio de relación entre soberanía y territorio nacional, tema que comencé a trabajar en mi libro Losing control (1996). Se trata de una transformación normativa muy vasta, y que concierne a la racionalidad misma del Estado, a la razón de Estado. Para una buena parte, eta transformación normativa se pone en funcionamiento fuera del Estado, y nace en el sistema interestático; después es una multiplicidad de agentes privados, algunos menores y otros no tanto, lo que asegura y ejecuta el orden normativo. Esta transformación tiene que ver con el peso normativo ganado por la lógica del mercado mundial del capital en la ordenación de criterios para las políticas económicas nacionales (Sassen, 1996). En las múltiples negociaciones entre los Estados nacionales y los actores económicos mundiales podemos ver una nueva normatividad ligada a la lógica del mercado del capital, que llega a imponerse sobre aspectos importantes de las políticas económicas nacionales, si bien ciertos estados son más soberanos que otros en este dominio. Algunos de los elementos más conocidos son la importancia dada a la autonomía de los bancos centrales, las políticas antiinflacionistas, la paridad monetaria y el conjunto de los items que habitualmente llamamos «condicionalidad del FMI». En este nuevo orden normativo, ciertas demandas son legítimas, otras deslegitimadas (todo lo que concierne al bienestar de la población, en sentido amplio). Trato de traducir esta transformación normativa por la noción de privatización de ciertas capacidades de producción normativa, mantenidas por el Estado, al menos en la historia reciente. Esto conduce a posibilidades más consistentes de producir normas en beneficio de una minoría... cosa que no es nueva, excepto que esta minoría es menor que nunca. Una nueva zona institucional de actores privados Aunque central, el papel del Estado en la producción del registro legal de las operaciones económicas no es ya el que era en períodos precedentes. La mundialización económica ha estado acompañada por la creación de nuevos regímenes jurídicos y de nuevas prácticas, y por la expansión y la renovación de ciertas formas viejas que derivan del sistema jurídico nacional. Es evidente, dentro de la importancia creciente del arbitraje comercial internacional y de las instituciones que se ocupan de la evaluación financiera y de consejo, y que se han convertido en esenciales para las operaciones de la economía mundial (Dezalay y Garth, 1996; Salacuse, 1991; Sinclair, 1994). Un aspecto de la cuestión se refiere a las formas legales particulares de innovación jurídica, en las cuales se ha registrado, configurado, lo esencial de la mundialización y el modo como estas innovaciones interactúan con el Estado, y más concretamente con la soberanía del Estado. Estas innovaciones y cambios jurídicos se resumen frecuentemente con la formula «desregulación», y sondadas por hecho. Por otro lado, en ciencias sociales desregulación significa el declive del Estado. Ahora bien me parece que el proceso específico a estos cambios jurídicos no puede ser calificado de ese modo. Se trata de una reconfiguración del espacio, que se traduce en una transformación fundamental en materia de soberanía, que dota de nuevos contenidos y de nuevas localizaciones a esta propiedad sistémica particular que llamamos soberanía. El marco institucional privatizado en curso de privatización para dirigir la economía mundial tiene, quizá, implicaciones mayores frente al monopolio de la autoridad del Estado-nación moderno sobre su territorio, sobre el concepto de territorialidad exclusiva. Existe un nuevo grupo de agentes intermediarios estratégicos que contribuyen a le gestión y a la coordinación de la economía mundial; son, principalmente, agentes privados. Y han retomado, por cuenta propia, funciones internacionales asumidas por los Estados, principalmente proteccionistas tras la segunda guerra mundial, en los cuales los gobiernos controlaban el comercio internacional. Durante los últimos veinte años, el arbitraje comercial internacional se ha transformado y se ha instituido como el método contractual dominante para la resolución de los conflictos comerciales transnacionales [8]. En un importante estudio sobre el arbitraje comercial internacional, Dezalay y Garth (1996) han concluido que el mercado del arbitraje estaba deslocalizado y descentralizado, formado por instituciones más o menos potentes, y por individuos a un tiempo competitivos y complementarios (ver también Salacuse, 1991).Otra instancia privada de regulación la constituyen los agentes d evaluación de las capacidades de reembolso de las deudas públicas y privadas, quienes juegan un papel creciente en la economía mundial (Sinclair, 1994). Hace una década, Moody's y Standard and Poor no tenían analistas fuera de los Estados Unidos; en 1999, cada uno de estos agentes cuenta con más de un millar. Las empresas privadas de finanza internacional, de contabilidad, de servicios jurídicos, han elaborado nuevas formas privadas para la contabilidad internacional y la evaluación financiera que, con organizaciones supranacionales tales como la OMC reemplazan, de manera descentrada en relación a los gobiernos, las funciones estratégicas de gobernabilidad. Los acontecimientos que han seguido a la crisis monetaria de México nos dan interesantes ideas acerca del papel que tienen estas empresas en la modificación de las condiciones de las operaciones financieras, acerca de la manera en que los Estados nacionales han participado en esas modificaciones, y sobre la formación de un nuevo espacio institucional de intermediación. Por ejemplo, J.P. Morgan ha trabajado para el Banco Goldman Sachs y Chemical, poniendo a funcionar numerosas operaciones innovadoras para hacer que los inversores vuelvan a los mercados mexicanos [9]. Seguidamente, en julio de 1996, un enorme préstamo de 6 mil millones de dólares a cinco años, que ofrecía a los inversores norteamericanos una tasa de interés flotante, o una garantía colectiva de reembolso garantizada por los ingresos del monopolio mexicano del petróleo PEMEX, fue suscrito por dos veces su valor. Esto ha devenido un modelo de préstamo garantizado por los recursos naturales en América Latina, en particular para los países con petróleo, como son Venezuela y Ecuador. Una de las claves de este entusiasmo estriba en el recurso a agencias de evaluación financiera: Standard and Poor gratificas la operación de un BBB y Moody's de un BBA3. Era la primera vez que un préstamo mexicano se hacía evaluar. Los intermediarios han trabajado con el gobierno mexicano, pero sobre sus propias bases; no se trata de un acuerdo entre gobiernos. Eso ha favorecido la aceptación de transacciones transnacionales en el seno del nuevo espacio intermediario, tanto institucionalizado como privatizado, lo que muestra el alto nivel de la subscripción y las buenas notas dadas por las agencias de evaluación. Y eso ha permitido a los mercados financieros continuar su desarrollo a partir de lo que fue una crisis. Tras la crisis mexicana, y ante los primeros signos de la crisis asiática, un número importante de operaciones innovadoras han contribuido a aumentar el volumen de los mercados financieros, y a incorporar nuevos recursos de beneficio, especialmente la venta de deudas (Sassen, 1999). Se trata de una innovación típica, propiamente conceptual, y que implica tanto definir el modo de vender deudas como qué es una deuda vendible. Frecuentemente, las empresas de recursos financieros que organizan estos golpes realizan pequeñas transformaciones en los sistemas de depósitos nacionales, para acercarse así los standards internacionales. El hecho de que la agresividad de la innovación sobre el mercado internacional permita vender cosas que habían sido juzgadas muy poco líquidas o demasiado arriesgadas, ha contribuido también a reforzar y extender la institucionalización de ese espacio intermediario de transacciones transnacionales, operando, en parte, en el exterior del sistema interestático. Los nuevos intermediarios han hecho el trabajo estratégico, y desarrollado un tipo de «activismo» destinado a asegurar el crecimiento de su industria y a compensar los efectos potencialmente devastadores de las crisis financieras para la industria en su conjunto, y para la noción misma de mercados financieros integrados mundialmente. Por último, la importancia creciente, y la formalización de eso que llamamos ahora generalmente una autoridad privada, es otro componente de ese nuevo orden institucional por el cual la economía mundial se gobierna y organiza de manera privada. (Bierstecker y al. Forthcoming; Cutler y al. 1999; Hall, 1999) Uno de los componentes importantes de este desarrollo es la aparición de sectores económicos autorregulados, dominados por un pequeño número de empresas. Esto indica hasta qué punto el sistema económico mundial tiene la necesidad de gobernación y de regulación, pero de una forma muy distinta de aquella asociada a la vieja normatividad del Estado keynesiano (Sassen, 1996). Estas prácticas, así como el conjunto de las instituciones y de los regímenes transnacionales, plantean cuestiones importantes y difíciles en cuanto a las relaciones entre el Estado y la mundialización económica. Como ha dicho Rosenau, debido a todos estos procesos transnacionales, los gobiernos son cada vez menos competentes para tratar los problemas a los que se enfrentan las sociedades. Se trata, no tanto del final de la soberanía como de una alteración del monopolio y del mantenimiento de la competencia de los gobiernos [10]. Una nueva espacialidad: la red transnacional de las ciudades-mundo Los espacios de la mundialización económica están en parte intrincados en lo que históricamente ha sido construido como territorio nacional, pero constituyen también una espacialidad distinta de la espacialidad nacional. Una parte importante del trabajo del Estado en la formación de programas de gobierno desnacionalizados, y de aquello en que consisten los regímenes jurídicos privados, reside en el hecho de que la mundialización económica está ligada, por sus instituciones y por sus enclaves, a establecimientos nacionales y a la necesidad de negociar esta implicación de los actores mundiales en los marcos nacionales, cuando los procesos constitutivos de la mundialización producen una espacialidad distinta [11]. Los sectores económicos dominantes y las funciones de mando de la economía mundial están cada vez más intrincadas en grupos nacionales. Esta intrincación institucional y de localización representa un conocimiento de la base institucional de la mundialización económica, y refuerza la complejidad de eso que todavía podemos pensar como un orden institucional nacional. El territorio nacional realmente se imbrica con el mundial. La dispersión geográfica de las fábricas, de las oficinas y de los centros de servicios, que ha marcado la expansión de la economía mundial, se inscribe en sistemas profesionales integrados bajo la forma de grandes empresas. Cuando la dispersión sobreviene, como parte integrante de tales sistemas, particularmente aquellos con una escala superior de control centralizado, hay al mismo tiempo crecimiento de las funciones centrales. Las empresas están cada vez más mundializadas, y con ello sus funciones centrales aumentan... en importancia, en complejidad, en número de transacciones [12]. En lo concerniente a las relaciones entre el Estado territorial y la mundialización, puede decirse que la percepción del impacto de la mundialización, al crear un espacio económico que se extiende más allá de las capacidades reguladoras del simple Estado, no da cuenta más que de la mitad del panorama. La otra mitad muestra estas funciones centrales concentradas de manera desproporcionada en los territorios nacionales de países más desarrollados. Por funciones centrales no quiero decir solamente domicilios sociales, sino también funciones financieras, jurídica, contables, de organización, de inserción de un medio, de planificación, necesarias para la dirección de una organización que actúa en más de un país, en cada vez más países. Estas funciones sociales se ejercen, por un lado, en las sedes sociales, pero también en gran medida en lo que se llama complejos de servicios profesionales, es decir, redes de servicios financieros, jurídicos, contables, publicitarios y otros, que son capaces de asumir los complejos problemas creados por el hecho de intervenir con más de un sistema jurídico nacional, de un sistema contable nacional, de una cultura publicitaria, etc., y que trabajan en todos estos campos en condiciones de innovaciones muy rápidas (ver Knox y Taylor, 1995). Estos servicios se han hecho tan especializados y complejos que las sedes sociales antes prefieren comprárselas a servicios especializados que producirlos ellas mismas. Existe, así, un sector de empresas de servicios especializados en la producción de funciones de centralidad ligadas a la organización y a la coordinación de los sistemas económicos mundiales, y es ese sector quien constituye la función productiva específica de lo que yo he llamado las ciudades-mundo. Este sector económico se ha concentrado de manera desproporcionada en las grandes ciudades de los países muy desarrollados (Allen y al., 1999; Hitz y al., 1995). Yo tiendo a subrayar la necesidad de distinguir analíticamente el hecho de que existen funciones estratégicas para la economía mundial y sus operaciones, distintas del conjunto de la economía organizada de un país [13]. Estos son mundos que no se solapan completamente: muchos de los componentes de la economía organizada de un país tienen poco que ver con la mundialización; y, recíprocamente, muchos de los sectores económicos «nacionales», al mundializarse profundamente, devienen muy diferentes de cuando reposaban sobre el mercado nacional. Los mercados financieros mundiales son otra instancia de esta negociación entre la dinámica transnacional y el territorio nacional. Estas transacciones se realizan, en parte, por los sistemas de telecomunicaciones, que hacen posible la transmisión instantánea de dinero o de información a lo largo de todo el mundo. En este punto se ha puesto gran atención, pero no nos hemos preocupado del hecho de que estos mercados financieros se encuentran en ciudades muy concreta, dentro de los países muy desarrollados. El grado de concentración es increíblemente elevado (Sassen, 1999). La topografía de las actividades de numerosas industrias mundiales informatizadas, como las finanzas, combina el dentro y fuera del espacio informático y, cuando sale de este espacio y tocan el suelo, lo hacen dentro de las concentraciones masivas de recursos muy materiales, compuestos principalmente de infraestructuras y edificios, dentro de los barrios centrales de las enormes ciudades. El camino para la aseguración de las transformaciones institucionales y jurídicas presentadas más arriba reside, para una buena parte, en la intrincación necesaria de las funciones más estratégicas con las instituciones y localizaciones nacionales establecidas. Organizar una red mundial de fábricas, de oficinas, de centros de servicios, y operar sobre mercados financieros mundiales, demanda innovaciones jurídicas mayores y menores en los sistemas legales nacionales, y la creación de marcos de acción enteramente nuevos fuera de los sistemas nacionales. Un orden desnacionalizado y privado La nueva geografía de los procesos económicos mundiales, los territorios estratégicos de la mundialización económica, deben ser producidos tanto en términos de prácticas de actores profesionales como de infraestructuras materiales (ciudades-mundo), y en términos de trabajo del Estado, para producir y legitimar nuevos regímenes legales. El resultado de todo ello será un nuevo orden espacio-temporal de las capacidades de gobierno y del poder estructural considerables, y que, al estar pacientemente enraizado en las instituciones nacionales, no se distingue. Podemos concebirlo como un orden desnacionalizado, en lo esencial, privatizado. Pero porque en parte se ha instalado en el corazón de las instituciones nacionales, su identificación reclama descifrar lo que en lo nacional es verdaderamente nacional. Las ciencias sociales no están bien equipadas para esta tarea, ya que su aproximación se ha constituido asignando al Estado un papel central. A partir de mi búsqueda, podemos, en todo caso, hacer una lista de las consecuencias de ese nuevo Estado para el sistema interestático y para el derecho internacional. En primer lugar, el hecho de que las actividades transnacionales aumentan, así como que el número de actores mundiales opera fuera del sistema interestático formal, afecta a la competencia y al campo de intervención de los Estados y del derecho internacional. A continuación, el hecho de que este dominio esté cada vez más institucionalizado y sumido al desarrollo de mecanismos de gobierno privados, afecta al monopolio de la autoridad del Estado y del derecho internacional. Tercero, el hecho de que se ejercen poderes normativos crecientes en este dominio privado afecta al poder normativo del derecho internacional. Cuarto, la participación del Estado en la re-regulación de su papel en la economía, y la desnacionalización emergente de ciertas componentes institucionales particulares del Estado, necesarias para la adaptación de ciertas políticas nuevas ligadas a la mundialización, trasforman aspectos claves del Estado y, al transformarlos, alteran la arquitectura organizativa del sistema interestático y del derecho internacional. Este nuevo orden institucional contribuye a reforzar las ventajas de ciertos tipos de actores económicos y políticos, y a debilitar otros. Es un orden extremadamente parcial, mucho más que universal, pero estratégico en su influencia extrema sobre vastas áreas de un mundo institucional más amplio, y sobre el mundo de la experiencia vivida. Este orden no puede sino dar débiles explicaciones dentro del marco de los sistemas políticos democráticos formales. Para una amplia parte, existe fuera del Estado y del sistema interestático, y no puede ser pensado como una entidad geográfica. No obstante, debe ser concebido en términos espaciales, ya que el espacio es, por sí mismo, productor de nuevas dinámicas de poder y de control, lo mismo que producto de esas dinámicas. El espacio no es un simple continente, tampoco una tabla rasa. Pasar de organizaciones territoriales como el Estado moderno a ordenamientos espaciales no es una tarea analítica simple, y lo que precede no es, en este sentido, más que un esbozo.

-------------------------

BIBLIOGRAFÍA


Allen John, Massey Doreen, Pryke Michael (ed.), Unsettling cities, 1999, London, Routledge.

Biersteker Thomas, Rodney Bruss, Private authority and global governance

Castro Max (ed.), Free markets, open societies, cosed borders?, 1999, Miami, Noth-South Center Press.

Cox Robert, Production, power and world order: social forces in the making of history, 1987, New York, Columbia University Press.

Cutler Claire, Haufler Virginia, Porter Tont, Private authority in international affairs, 1999, Sarasota Springs USA, Suny Press.

Dezalay Yves, Garth Bryant, Dealing in virtue, international commercial arbitration and the construction of the transnational order, 1996, Chicago, The University of Chicago Press.

Gereffy Gary, «Global production systems and thrild world development» in Stalling Barbara (ed.) Global change, regional reponse: The new international context of development.

Hall, Rodney Bruce, national colective identity, 1999, New York, Columbia University Press.

Hitz Keil, Leher, Ronneberger, Schmi, Wolf (eds.), Capitales fatales, 1995, Zurich, Rotpunkt Verlag.

Hobsbawn Eric, The age of extremes: a history of the world 1914-1991, 1994, New York, Vintage.

Jessop Robert, «Reflections on globalization and its illogics» in Olds Kris et al. (eds.), Globalization and the Asian Pacific: contested territories, 1999, Loncres, Routledge.

Knox Paul, taylor Peter (eds.), World cities in a world system, 1995, Cambridge, UK, Cambridge University Press.

Salacuse Jeswald, Making global deals, negotiating in the international market place, 1991, Boston, Hougton Mifflin.

Sinclair Timothy, «Passing judgment credit rating processes as regulatory machanisms of governace in the emerging worl order» in Review of international political economy, 1994, Printems.

Shapiro Martin, «The globalization of law» in Indiana journal of global studies, 1993, I

-------------------------
1 Texto de la conferencia del Millenium, en la London School of Economics, el 25 de enero de 2000, retomado de la conferencia inaugural de la cátedra de ciencias sociales en la Universidad de Chicago, el 28 de abril de 1999: «Programas desnacionalizados de los Estados y fabricación de normas privatizadas». [volver]
2 cf. Hobsbawn, 1994; Jessop, 1999 [volver]
3 cf. Sassen, 1996 y 1999 [volver]
4 Cox, 1987; Sassen, 1996 [volver]
5 Esta dominación se da de muchos modos, y no afecta más que a los países débiles y pobres. Francia, por ejemplo, se coloca entre los primeros proveedores de información y de servicios para empresas en Europa, y en una posición fuerte, aunque no excelente, en los servicios financieros y de seguros. Pero se ha ido encontrando en una posición de menor ventaja para los servicios jurídicos y contables, ya que el derecho anglosajón domina las transacciones internacionales. Es así que el derecho angloamericano domina, cada vez más, las actividades de arbitraje comercial internacional, cuando esta institución se formó a partir de la tradición jurisprudencial francesa y suiza (Dezalay y Garth, 1995) [volver]
6 En mi búsqueda en curso, analizo un conjunto de procedimientos judiciales y legislativos, así como circulares administrativas, que leo como modos, para el Estado-nación, de participar en la producción de las condiciones de la mundialización económica. Es una historia de micro-intervenciones, de transformaciones mínimas de nuestro derecho, que facilitan la extensión de las operaciones transfronterizas de las firmas americanas. No se trata, evidentemente, de nada nuevo ni para los Estados Unidos ni para los otros Estados occidentales, pero estimo que podemos identificar una nueva fase. Una de esas primeras medidas, y de las mejor conocidas, consiste en los acuerdos arancelarios pasados para facilitar la internacionalización de la industria, y que exime a las empresas de los derechos de aduanas o de la tasa del valor añadido sobre las componentes importadas o sobre los productos reunidos en lugares offshores. El acta sobre las inversiones extranjeras de 1976, la creación de un Banco de reglamentos internacionales en 1981, las medidas de liberalización y de desregulación del sector financiero en los años 80 son las etapas más conocidas de esta microhistoria. [volver]
7 Nota de Multitudes: En la medida en que se ha convenido decir en francés «mundialización» y no «globalización», preferimos hablar de «ciudades-mundo» más bien que de «ciudades-globales», para remarcar que se trata de ciudades que participan en la construcción de la economía mundial, pero no lo hacen todas bajo el mismo modelo, y que no necesariamente están sometidas a la jerarquía urbana, que no siempre tienen las funciones urbanas y que no son todas super-capitales (cf. los trabajos de Saskia Sassen sobre Miami y Tijuana). [volver]
8 Hoy día los contratos comerciales internacionales apelan sistemáticamente a un arbitraje en caso de conflicto, ligado a la exclusión del contrato. La razón aludida para ello es que así se evita a uno de los contrayentes el tener que pasar por los tribunales del otro. Semejante arbitraje puede ser institucionalizado y seguir las reglas desarrolladas por ciertas instituciones, tales como la Cámara de Comercio Internacional de París, la Asociación norteamericana de arbitraje, el Tribunal de Londres para el arbitraje comercial internacional, u otros. El arbitraje puede, así, ser «ad hoc», y seguir con mayor frecuencia las reglas de la Comisión de las Naciones Unidas (UNCITRAL). Pero, en todo caso, los árbitros son individuos privados escogidos por las partes. En general, hay tres árbitros, que actúan como jueces privados, manteniendo audiencias y emitiendo sentencias. [volver]
9 Un préstamo de urgencia de 40 mil millones de dólares US del Fondo Monetario Internacional y del Gobierno norteamericano, y el compromiso de las firmas mejor consideradas de Wall Street para revalorizar la imagen de México y encontrar los medios de recuperar su puesto en los mercados, le permiten «resolver» su crisis financiera. El gobierno mexicano trabaja con P. Morgan como consejero financiero, y con Goldman Sachs and Chemical como banco. Esto hizo emitir para el gobierno mexicano un préstamo de Estado de 1,75 millones de dólares US, que le hizo capaz, en mayo de 1996, de persuadir a los inversores a cambiar bonos Mexican Brady, asociados a bonos del Tesoro americano (los Mexican Brady eran una componente de casi todas las carteras en los mercados emergentes, hasta la crisis de 1994) por bonos mexicanos, a treinta años y sin ninguna garantía. Es para mí un ejemplo de innovaciones agresivas que caracterizan a los mercados financieros, y de la importancia de esta nueva subcultura específica de la finanza internacional que facilita la circulación, es decir, la venta de estos instrumentos. [volver]
10 Se trata, aquí, de un proceso sistemático más largo que los simples efectos de la mundialización. Existe, a escala mundial, una desconfianza creciente en torno a gobiernos y burocracias. Shapiro (1990) estima que eso ha contribuido a la aparición de ciertos rasgos comunes de derecho, especialmente la importancia creciente de los derechos constitucionales individuales, que protegen a los individuos del Estado y de otras organizaciones. La característica particular del constitucionalismo norteamericano es el recurso constitucional judicial, que también existe ahora en Alemania e Italia, y en cierta medida también en Francia, en donde existe un Tribunal constitucional y una declaración de derechos, también constitucional. La Corte Suprema de los Estados Unidos se ha transformado en tribunal constitucional, tomando las decisiones en materia de derechos del hombre (lo que a su vez ha obligado a las mismas modificaciones en Europa). Una parte de la tecnología intelectual de la que, siguiendo a Foucault, disponían los gobiernos para controlar... lo que él ha llamado la gobernabilidad, ha pasado a manos de instituciones no estáticas. [volver]
11 Para una evaluación teórica de las espacialidades y de las temporalidades de la esfera mundial, ver Sassen (2000). [volver]
12 Este proceso de integración profesional no debe confundirse con lo que se conoce como integración vertical. El análisis hecho por Gereffi de las cadenas de utilidad de Polanyi y de las cadenas de valor añadido de Porter ilustra, asimismo, la diferencia entre la integración profesional a escala mundial y la integración vertical tradicional. [volver]
13 Estas funciones de control y de gobierno para la economía mundial se imbrican, en parte, en organizaciones nacionales, pero también constituyen un subsector profesional distinto. Este subsector puede ser concebido como parte integrante de una red que conecta las ciudades-mundo. En este sentido, las ciudades-mundo son diferentes de las viejas capitales de los imperios de antaño, ya que aquellas son más bien enlaces entre redes internacionales que simplemente las ciudades más poderosas del imperio. A mi modo de ver, no hay una única ciudad-mundo, como podría haber una única capital para un Imperio: la categoría de ciudad-mundo o villa global no tiene sentido más que como componente de una red mundial de puntos estratégicos.

domingo, 18 de septiembre de 2011

¡En Siria hay que defender el Estado actual!. Entrevista a Jacques Verges por Louis Denghien


En entrevista concedida a InfoSyrie, Jacques Verges alerta contra las acciones que buscan derrocar los regímenes laicos y progresistas en Libia y Siria para llevar al poder grupos religiosos reaccionarios. ..



Conocida personalidad del movimiento antiimperialista, el abogado internacional Jacques Verges observa la decadencia moral de Occidente y su pretensión de remodelar el mundo según su conveniencia. En entrevista concedida a InfoSyrie, Jacques Verges alerta contra las acciones que buscan derrocar los regímenes laicos y progresistas en Libia y Siria para llevar al poder grupos religiosos reaccionarios.

Louis Denghien: En primer lugar, ¿cuál es su análisis sobre la situación en Siria?


Jacques Verges: Existe muy claramente un intento de desestabilización exterior contra Siria. Arabia Saudita está actuando en ese país a través de los grupos salafistas que inspira y financia. Y, por supuesto, Estados Unidos está supervisando ese esquema de guerra civil [1]. Israel, Estado fronterizo y enemigo de Siria y que además cuenta con servicios de inteligencia y de acción bastante eficaces, también está en mi opinión directamente implicado. Tampoco se puede olvidar el papel de locomotora que está desempeñando Francia, en el plano diplomático, para desacreditar y aislar al régimen sirio.

No por ello niego la existencia de problemas sociales en Siria. Francia también tiene graves problemas sociales y se puede decir incluso que la sociedad francesa está empantanada en cierto número de aspectos. Pero los enemigos internos y externos de la Siria gobernada por el partido Baas hacen todo lo posible por echar leña al fuego. En lo que me concierne, yo me defino muy claramente como amigo de Siria tal y como es en este momento.

Louis Denghien: ¿Cuál o cuáles son, en su opinión, los motivos de la actitud [del presidente francés] Nicolas Sarkozy en este asunto?

Jacques Verges: En el plano estrictamente ideológico está el indudable filosionismo y filoamericanismo de este presidente, que sueña con ser el mejor alumno europeo del «aula OTAN», o por lo menos con lograr un empate en el primer puesto con el británico David Cameron. Y entramos aquí en un aspecto más personal y sicológico del personaje: su patético deseo de alzarse a la categoría de hombre de Estado que juega en la «liga de los grandes» a nivel mundial, categoría que una amplia mayoría de la opinión francesa parece seguir negándole actualmente.

Están además todos esos fracasos internos –en materia de economía y de seguridad– que se trata de hacer olvidar a los electores con demostraciones de poderío bélico. Es un modo de actuar tan viejo como el mundo de la política.

Y, para terminar, está también la pesada deuda de la diplomacia francesa hacia la primavera árabe, tunecina y egipcia, desde [el primer ministro francés Francois] Fillon tomando vacaciones pagadas por Mubarak hasta «M.A.M.» [Michele Alliot-Marie, la entonces ministra francesa de Relaciones Exteriores. NdT.] proponiendo a Ben Ali la experiencia francesa en materia de represión policial [2].

Son bastantes cosas que [Francia tiene que tratar de hacer] olvidar lo más rápido posible. El resultado es esencialmente esta guerra no confesada contra Kadhafi, decidida de forma apresurada y sin objetivo político definido sólo en respuesta al llamado de Bernard-Henri Lévy, por encima del hombro de Alain Juppé y de Gerard Longuet, política aventurera que sólo puede conducir al caos, a la pérdida inútil de vidas humanas y de recursos. Y que ya es un fracaso, como la guerra en Afganistán.

Kadhafi resiste, no porque disponga de un armamento superior sino por el respaldo que gran parte de la población libia le sigue prestando, y también porque los opositores que los occidentales pagan a precio de oro dan prueba cada día de su propia incapacidad, no sólo en el plano militar sino a nivel político.

Ante esta resistencia, los medios [de prensa] desentierran los ya conocidos embustes de la guerra sicológica. ¿Usted ha oído esta pintoresca «noticia» divulgada en nuestros medios televisivos? ¡[Dicen que] Kadhafi distribuyó viagra entre sus soldados para incitarlos a violar a las mujeres de los rebeldes! [3] ¡Cuando alguien tiene recurrir a ese tipo de propaganda es porque la cosa anda realmente muy mal!

Louis Denghien: En su opinión, la acción occidental, tanto en Libia como en Siria, es de cierta manera improvisada, no es fruto de la reflexión y está condenada al fracaso. Se supone que habría que esperar menos amateurismo de parte de la administración estadounidense y de la OTAN…

Jacques Verges: Pero si no hay más que ver el desastre que los americanos han provocado en Irak desde hace casi 10 años. Desataron una guerra con pretextos falsos para acabar con Sadam Husein, un «duro» del bando árabe ante Israel. Y después de innumerables víctimas y de gigantescos daños pusieron el poder en manos de la mayoría chiíta, en otras palabras, de Irán, su enemigo público número 1.
¿Esa es la gran geopolítica? ¡Cualquier analista o conocedor de la región hubiera podido predecirle ese resultado a Bush y a su pandilla neoconservadora!

Esa estúpida situación inspiró al gran intelectual americano Noam Chomsky la siguiente frase humorística y de hastío: «¡Yo creía que habíamos ido a Irak a luchar contra el fanatismo islamista y lo que hicimos fue ponerlo en el poder!». Y ahora es lo mismo en Libia. Viramos los cañones contra Kadhafi, que se había acercado a Occidente y a quien Sarkozy había recibido en el pasado con todas las atenciones que ya conocemos, y la solución de repuesto que tenemos son unos limitados impotentes que se hayan bajo la influencia de los islamistas radicales, que representan cuando más únicamente a la provincia de Cirenaica, donde me parece incluso que su representatividad es cuando menos frágil.

¿Se mantendrá la «determinación» francesa –o inglesa– después de la caída del primer helicóptero o de los primeros comandos terrestres?
En cuanto a Siria, si los americanos y sus amigos sauditas lograsen derrocar el régimen de Bachar el-Assad, entregarían el país ipso facto a los sectarios sunnitas que pondrían ese moderno país a la hora de Riad, lo cual tendrá en definitiva graves consecuencias para Israel y sus protectores americanos. A pesar de lo que acabo de decir, yo sigo siendo optimista, en cuanto a Siria e incluso en lo tocante a Libia. La mayoría del pueblo sirio sabe que lo que le traerían los opositores oficiales más o menos títeres de los americanos y los grupos armados infiltrados sería la guerra civil y la destrucción de su país. Los sirios no quieren que su país se convierta en un nuevo Irak.

Louis Denghien: ¿Y si el objetivo de los estadounidenses y sus auxiliares europeos y árabes fuese precisamente, a falta de lograr controlar Siria, destruirla, hacerla volver medio siglo atrás o aún más, como ciertos estrategas del otro lado del Atlántico se jactaron de poder hacerlo con Irak?

Jacques Verges: Precisamente, el ejemplo iraquí está demostrando que se trata de una política de poca visión, y peligrosa para los intereses geoestratégicos de Washington. Irak nunca ha estaba tan cerca de Irán como lo está hoy. Y la creación de facto de un Estado autónomo kurdo en el norte del país ha contribuido a alejar a Turquía de Estados Unidos.

Nada se gana creando situaciones incontrolables. ¡El caos que usted crea acabará pegándole en la cara como un bumerang geopolítico! ¿Y qué habrá ganado la señora Clinton cuando tenga yihadistas desfilando por las calles de Trípoli, después de haberlo hecho por las de Benghazi?
En lo que concierna a Siria, creo que el respaldo que aún se mantiene al poder de Bachar el-Assad sigue siendo el más efica z de los obstáculos ante las maniobras americano-israelo-sauditas.

Louis Denghien: ¿Entonces, en Siria, como en otros lugares, Occidente está aplicando la huida hacia delante, la política de la cañonera día tras día?

Jacques Verges: Exactamente. Es que Occidente está enfermo, económicamente, políticamente y, sobre todo, moralmente. Para mí, esos costosos aspavientos militares, desde Kabul hasta Trípoli, pasando por Bagdad a falta de Damasco, son comparables a los espasmos de un agonizante. Estados Unidos, sobre todo, está muy enfermo, por su economía arruinada, por su colosal deuda, por su dólar convertido en moneda de Monopoly, por sus gigantescas estafas al estilo de Madoff. Y también por la llegada al «mercado geopolítico» de potencias emergentes, o reemergentes como Rusia, China, la India y Brasil.

Para mantener una apariencia de legitimidad moral y política, y por lo tanto un liderazgo mundial, se inventa un enemigo, un «Gran Satán», como dirían los iraníes, para que la opinión interna se olvide de la quiebra inminente. Pero ¿qué crédito moral se puede otorgar a potencias que practican permanente la política del «doble rasero»?

Para referirnos sólo al Medio Oriente, bombardeamos Trípoli y amenazamos a Damasco, pero se permite que, a pesar de las repetidas resoluciones de la ONU, Israel prosiga la colonización y la represión sangrienta, se permite que las tropas sauditas repriman un movimiento de protesta en Bahrein, otro peón de Estados Unidos en el Golfo. Criticamos duramente el fanatismo iraní pero nos apoyamos en la Arabia Saudita teocrática que practica la variante más sectaria y oscurantista del Islam.

Yo pudiera hablarle muchísimo también de Costa de Marfil, donde Francia, plegándose también a la decisión de Estados Unidos, decretó que Alassane Ouattara es el demócrata bueno de la película y que Laurent Gbagbo es el malo, a pesar de que la ONU demostró numerosos excesos cometidos contra la población civil por las tropas de Ouattara y el clima de terror que implantaron en su feudo del norte durante las famosas elecciones presidenciales. Y si nos dicen que el señor Ouattara no controla sus tropas, ¡es simplemente un incapaz!

Yo repito que esas expediciones coloniales en África y en el Medio Oriente –después de todo son las dos antiguas potencias colonialistas, Francia y Gran Bretaña, las que están en la primera línea militar y diplomática en el norte de África y en el antiguo Levante– son prueba de la mala salud de sus instigadores. ¿Estados Unidos está enfermo?

¿Y qué decir entonces de Francia? Para mí, el caso de Dominique Strauss-Kahn ilustra la bancarrota moral y política de las élites social-liberales, desgastadas y corruptas. Y esa bancarrota moral se suma a la quiebra de las instituciones y de la economía, sin olvidar la inseguridad. ¡Todo el mundo sabe que el Estado francés que está bombardeando Trípoli es incapaz de meter en cintura a los pandilleros de sus propios barrios periféricos! ¡Y luego nos sorprende que un presidente como Sarkozy, último producto de esa casta gobernante, trate de recuperar prestigio y altura a costa de los libios y de los sirios! ¡Mentira! ¡Mentira y espasmos de agonía! ¡Occidente está a punto de morir de cinismo y de quiebra moral!

Louis Denghien: Para terminar, usted parece más bien optimista en cuanto a la evolución de la situación en esos países de la «línea del frente».

Jacques Verges: Sí. Estados Unidos y sus compinches pueden hacer bastante daño, ya lo estamos viendo en Libia y en Afganistán, y también en Sudán. Ya lo hemos visto en Irak y en la ex Yugoslavia. Pero no creo que logre imponerse ante pueblos y naciones. Lo vemos o lo veremos en Siria, en Libia, en Egipto, en Líbano y en Palestina. En Siria, hay que mantenerse vigilante ante las maniobras de desestabilización y las operaciones de desinformación.

Louis Denghien: ¡Muchas gracias, abogado Verges!

sábado, 17 de septiembre de 2011

"LA DECONSTRUCCIÓN DEL ACONTECIMIENTO" por Silvia Bleichmar





La problemática del acontecimiento quedó relegada en psicoanálisis durante años. En un comienzo, porque el abandono de Freud de la teoría traumática de las neurosis y a partir de ello del relevamiento del acontecimiento eficiente capaz de producirlas dejó en segundo plano, al menos en los escritos metapsicológicos, la función de lo histórico en la producción del sufrimiento psíquico. Y si bien en los historiales, o en algunos textos del final de su vida como “Moisés y el monoteísmo” o “Análisis terminable e interminable” se rescata la función de lo histórico vivencial no sólo en el desencadenamiento de las neurosis sino incluso en la constitución subjetiva, el acento principal estuvo puesto en una teoría endógena de la representación (representante-representativo pulsional, delegación de lo somático en lo psíquico) o en un reingreso de la historia, en este caso por la ventana, a través de la teoría filogenética de los fantasmas originarios que derivaba lo traumático al orden de la especie y fijaba su carácter hereditario a través de la existencia de un inconciente – un ello – existente desde los orígenes de la vida.

Oscilación entre determinaciones endógenas y exógenas de la vida psíquica, que no deja de marcar la profunda complejidad del origen de la representación en el psiquismo. Y ello en razón de que si la teoría traumática originaria se veía limitada para una explicación de la etiología de las neurosis sin pretender una extensión más general a la vida psíquica en su conjunto(2), y la teoría posterior, de la fantasía, que aparece en principio determinada por los estadios libidinales -en Tres ensayos- y luego, como hemos señalado en el párrafo anterior, por la delegación de lo somático en lo psíquico tal como es propuesto en la Metapsicología.

Esta oscilación marca claramente las dificultades presentes no sólo en la obra freudiana sino en la obra de los grandes psicoanalistas que lo sucedieron, para pensar la vida psíquica como una recomposición metabólica en la cual lo exterior no deviene interno sino sobre la base de un procesamiento que requiere un trabajo psíquico definido por líneas determinadas por las posibilidades del aparato de pensamiento que lo recibe. Para decirlo de manera directa: lo interior no siendo engendrado desde el interior, ni recibido a través de la implantación de ideas provenientes de un sujeto trascendental, sea el Ello de Groddeck o el Orden significante de Lacan, pero tampoco como mero producto de la acción exterior o de la incorporación de un “otro” internalizado.



El balance de los años posteriores recién comienza, y no puede ser realizado sin un estudio profundo, intrateórico, de las virtudes e impasses a las cuales llevó cada una de los grandes corpus posteriormente generados. Si Melanie Klein ayudó a refundar y a sostener, con un militantismo admirable, el concepto de realidad psíquica a través de la existencia de phantasys que se sostenían en mociones deseantes que desamarraban a la vida psíquica de todo genetismo lineal, anticipando a partir del concepto de posición el carácter estructural de la vida psíquica, el endogenismo es llevado al extremo de que el mundo exterior no opere sino como pantalla de proyección de lo internamente producido. Y esta dificultad para concebir la función de lo real se abre, a su vez, en una dimensión nueva de la cual sólo pude reparar en estos últimos años y dar todo el peso que corresponde: el hecho de que lo real no se aprehende en sí mismo sino bajo el vidrio de color de lo ya inscripto en el sujeto psíquico, no siendo, sin embargo, esta proyección ni de origen endógeno ni tampoco patológica(3), sino efecto de la inscripción metabólica de lo real significativo.

Si en Melanie Klein la historia deviene “historia de las vicisitudes de la pulsión”, en Lacan, lisa y llanamente, se convierte en “Logos encarnado”, desde una perspectiva que vuelve a poner la cuestión de cabeza(4), y arrasa, si no definitivamente, al menos temporariamente con el acontecimiento subsumiendo toda la teoría sobre la base de una reificación estructuralista donde lo ajeno al significante casi no cobra valor de existencia.

El debate aún no ha encontrado, en psicoanálisis, puntos de anclaje. Y ello tal vez se deba al hecho de que no es tarea sencilla intentar articular estos dos planos que han quedado escindidos entre el “exterior real” y el “interior psíquico”

De hecho, todo mi trabajo de estos años está destinado a fracturar esta falsa opción poniendo en juego la idea de un “externo interno” relativo al inconciente, y un “externo exterior” correspondiente a lo real que se encuentra por fuera del aparato psíquico. Sostenido esto en aspectos centrales de la obra freudiana, donde la “realidad psíquica” no es, en términos estrictos, subjetividad, sino materialidad ajena a la conciencia y voluntad del sujeto.

Y bien, retomar la problemática del acontecimiento. Lo intenté en un trabajo inicial que constituyó parte de mi tesis doctoral(5), recuperando allí la posición de Foucault cuando afirmó: “Se admite que el estructuralismo ha sido el esfuerzo más sistemático por desterrar, no sólo de la etnología sino de toda una serie de ciencias e incluso en el límite de la historia misma el concepto de acontecimiento. Pero lo importante no es hacer con el acontecimiento lo que se ha hecho con la estructura. No se trata de poner todo sobre un mismo plano, que sería aquel del acontecimiento, sino de considerar que existe toda una serie de rangos de acontecimientos diferentes que no tienen ni el mismo alcance, ni la misma amplitud cronológica, ni la misma capacidad de producir efectos(6)”.

“Capacidad de producir efectos”: a esto se refiere Freud cuando intenta separar, precisamente, en el interior del cúmulo de acontecimientos, la idoneidad determinadora y la eficacia traumática, de lo acaecido: “En el caso de la neurosis traumática la causa eficiente de la enfermedad no es la ínfima lesión corporal; lo es, en cambio, el efecto de horror, el trauma psíquico.”(7) Agregando a continuación, tras preguntarse a qué debemos denominar “trauma psíquico”: “En calidad de tal obrará toda vivencia que suscite los afectos penosos del horror, la angustia, la vergüenza, el dolor psíquico y, desde luego, de la sensibilidad de la persona afectada (así como de otra condición, que mencionaremos más adelante”, refiriéndose al respecto para señalar el hecho de que lo vivido, o su recuerdo, opera al modo de un cuerpo extraño, que aún mucho tiempo después de su intrusión conserva “eficacia presente

No cualquier acontecimiento, entonces, sino uno capaz de despertar ciertos afectos y, sobre todo, que tiene carácter inligable, vale decir, inmetabolizable, para emplear un término que nos es familiar cuando nos referimos a la dificultad para engarzar una representación en el interior de los sistemas psíquicos. El acontecimiento que me interesa en psicoanálisis es entonces aquel que de alguna manera se engarza con la producción traumática o sintomal que encuentro. Y de modo más general, es aquel elemento vivencial que puede producir efectos en la vida psíquica, lo cual nos lleva a posicionarnos respecto a la historia del sujeto para considerar que no es la historia relato lo que constituye la fuente de toda información posible sino, precisamente, sus fracturas y baches, no para ser entendido esto en el sentido clásico de la amnesia histérica, sino de todo aquello inligable capaz de producir efectos y que debe ser volcado a una simbolización eventualmente posible para evitar los efectos compulsivos que acarrea para el psiquismo.

Historia y acontecimiento



Si la problemática de lo acontencial y su función en derroteros que hasta hace poco se consideraban prefijados es esencial para el psicoanálisis, debemos reconocer que se trata de una problemática que atraviesa a un conjunto muy importante de campos del conocimiento. En un texto maravilloso de Stephen J. Gould que se llama “Los signos insensatos de la historia”(8) vemos una propuesta metodológica muy similar a la que nos enfrentamos en psicoanálisis: “Como paleontólogo y biólogo evolucionista, mi oficio consiste en la reconstrucción de la historia. La historia es única y compleja, no puede ser reproducida en una matriz. Los científicos que estudian la historia, particularmente una historia primitiva e inobservable, no registrada en las crónicas humanas ni en las geológicas, deben utilizar métodos de inferencia en lugar de métodos experimentales. Deben examinar los resultados modernos de los procesos históricos e intentar reconstruir el camino que lleva de las palabras, organismos o accidentes geográficos primitivos a los contemporáneos”. Cuestión del mismo orden a la lo que se nos plantea cuando nos aproximamos a la prehistoria de la neurosis en función de lo que ha ocurrido, cuáles son los traumatismos, aquello vivenciado que se ha inscripto en una época en la cual el lenguaje no podía significarlo.

En el psicoanálisis de niños, la dificultad de esta reconstrucción llevó a remitirse al discurso de los padres a la búsqueda de significación, sin tener en cuenta que se trataba de una “historia oficial”, con las censuras que el psiquismo de cada uno de los relatores pone en juego, con las dificultades de significar lo ocurrido desde parámetros que no sean los del “sentido común. Como toda historia oficial tiende a nivelar los desniveles y a disimular las saliencias a nivel narrativo en el relato. Como toda historia atravesada por el proceso secundario y por las defensas del yo, escamotea el traumatismo en tanto no elaborado y no significado. Lo que a nosotros nos interesa, psicoanalistas, la historia traumática, debe ser buscada entonces colándose en el interior de la historia relatada. Y, como luego afirma Gould: “Una vez localizado el camino recorrido podemos llegar a especificar las causas que llevaron a la historia a recorrer ése precisamente y no otro.” Construcción que exige entonces una deconstrucción previa, para abordar aquello que se cuela en los intersticios del relato.

Pero ¿cómo podemos deducir los caminos recorridos a partir de los resultados actuales? En particular ¿cómo podemos estar seguros de que se recorrió algún camino? ¿Cómo sabemos que un resultado actual es un producto de alteraciones a lo largo de la historia, y no una parte inmutable de un universo inmutable? Este es el problema con el que se enfrentaban tanto Darwin como Freud. Y Gould concluye: “¿Cómo probaba Darwin que las especies modernas son producto de la historia? Podríamos suponer que se había aferrado a los resultados más imponentes de la evolución; las complejas y perfeccionadas adaptaciones de los organismos a su ambiente, la mariposa que se hace pasar por una hoja muerta, el ave toro por una rama, la soberbia obra de ingeniería que es una gaviota en vuelo o un atún en el mar. Paradójicamente, hizo exactamente lo contrario. Buscó rarezas e imperfecciones. La gaviota puede ser una maravilla de diseño si uno cree de antemano en la evolución. Entonces la ingeniería de sus alas refleja el poder configurador de la selección natural. Pero no puede demostrarse la evolución a través de la perfección, porque la perfección no tiene por qué tener historia.”

Podemos percibir aquí, en los “signos insensatos de la historia”, que se expresan en las ridículas patitas con las cuales tiranosaurius da cuenta de una evolución ligada a lo aleatorio -patitas que aún no sabemos si le servían para algo- y no en el vuelo perfecto de la gaviota, el mismo recorrido que propone Freud: desde los desechos psíquicos a la búsqueda de un sentido que Ustedes se dan cuenta de lo genial de esta propuesta, que es que la historia se percibe en aquello que precisamente hace a la singularidad y fractura lo que se esperaba como evolución dada. En esa forma que plantea Gould, la evolución a través de la selección natural, vemos el mismo método con el cual rastrear la historia traumática, no sólo de la neurosis sino constitutiva del sujeto. ¿tuvo alguna razón de ser, esto, en algún momento, qué fue lo que precipitó los síntomas que encontramos?



Volvamos ahora a la relación entre acontecimiento y traumatismo para buscar allí nuevas vías para cercar su relación. Los estudiosos de la comunicación y los historiadores han venido abordando esta cuestión del acontecimiento respecto a la relación discursiva que lo construye como tal. En el Diccionario Filosófico de Lalande(9) el acontecimiento es definido en los siguientes términos: “Lo que adviene en una fecha y en un lugar determinados, cuando se hace presente una cierta unidad y se distingue del curso uniforme de los fenómenos de la misma naturaleza.”. Pero esta definición implica alguien que relate, sitúe, temporalice, el recuerdo. Y lo traumático, precisamente, es eficaz en la producción de síntomas -o compulsiones- cuando se ve arrancado de toda historización posible. Su representación es del orden de la “reminiscencia”, lo cual equivale a decir que se presenta al psiquismo desarticulado de los enlaces que pueden historizarlo y brindarle la significación necesaria.

Vemos cómo la definición de acontecimiento que nos propone Lalande implica un sujeto “historiador”, y es precisamente esto lo que está en caída en el momento del traumatismo.

A posteriori, cuando se recupere el acontecimiento luego de haberse producido, el yo actuará bajo la regla que un historiador como Pierre Nora define cuando analiza el modo con el cual se construyen los acontecimientos: si siempre alguien relata, releva, da sentido, para el caso de la realidad actual esta función la cumplen los mass media, que definen qué y cómo deben ser vistos los hechos cotidianos. Por eso, afirma este historiador, el acontecimiento se trata de algo no acaecido sino producido sobre lo acaecido, y su paradoja está, precisamente, en el hecho de que “el desplazamiento del mensaje narrativo a su virtualidad imaginaria tiene por efecto subrayar en el acontecimiento la parte no acontencial.”(10) Si el acontecimiento es entonces un modo de subrayado que, en definitiva, por efecto de relato, deja afuera la parte acontencial estrictamente acaecida, podemos señalar que, del mismo modo, el traumatismo es lo que escapa al relato, aquello que no puede ser recubierto por el yo, en tanto es la parte motora de lo acontencial que acosa y llega a derribar, precisamente por su imposibilidad de cercamiento, las formas habituales de defensa del yo que no pueden hacerle frente a esta efracción de la significación. En ese sentido, el acontecimiento producido puede ser, como dice Pierre Norah, “lo que tapa lo acontencial” en tanto lo vivido y en tanto lo potencialmente traumático, o capaz de producir traumatismo en el sentido patógeno.

Vemos cómo lo traumático se desprende de la idea de acontecimiento, y lo “histórico vivencial”, en términos de Freud, reemplaza el relato histórico y marca sus desfallecencias.

Oponer lo histórico-vivencial al acontecimiento es marcar la imposibilidad radical de que todo lo vivido sea transcripto, metabolizado, plausible de elaboración o de simbolización y, en tal sentido, señalar cómo la construcción de una historia-relato no es la función del análisis, sino el modo con el cual se estabiliza, temporariamente, a partir de reconstrucciones y recomposiciones, la teoría que el sujeto realiza respecto a las causas históricas de su propio sufrimiento.

La historia de los seres humanos y la historia en general está constituida por elementos del orden de lo acontencial devenidos acontecimiento. Y este acontencial, que definimos a nivel psíquico como del orden de lo exógeno, sólo deviene significativo – capaz de producir efectos, no de construir significación – cuando cobra idoneidad determinadora capaz de poner en desbalance los modos habituales de funcionamiento. Lo acaecido como tal sólo cobra carácter traumático por su capacidad de devenir traumático, y deviene acontecimiento en la medida en que es ubicado en una serie temporal significativa sin que por ello esta ubicación pueda capturar el total de lo vivenciado, vale decir recomponer lo traumático. Esto último es cuestión de significación, y esto remite no a su carácter de real-vivido sino a los modos con los cuales el lenguaje y las formas dominantes del discurso permiten apropiarlo.

Vayamos primero a un ejemplo histórico. Se trata del famoso incendio del Reichstag, el Parlamento alemán, producido por los nazis y del cual se culpabilizó a un grupo de militantes antifascistas. El incendio del Reichstag se convierte en acontecimiento en la medida en que provoca un corte en los modelos represivos de la Alemania de ascenso del nazismo. Y en la forma con la cual es tomado como un síntoma, a posteriori, en la medida en que se incendia el parlamento para liquidar a la oposición y se acusa a esta oposición misma de haber producido el incendio. Se incendia el parlamento, que es una forma de liquidar la democracia, y se acusa al enemigo de haberlo incendiado. En ese sentido es extraordinaria la forma sintomal que tiene. El incendio realmente ocurre, es del orden de lo acaecido, pero el acontecimiento es construido por el poder, y sólo puede ser desbaratado por un discurso que devele su mecanismo. Su carácter de acontecimiento toma forma distinta de acuerdo al relato que lo signifique, sin embargo, el relato que lo define como acción de la oposición es fracturado por el discurso opositor que señala sus contradicciones y marca los efectos que conlleva. Es en la fractura de la lógica de construcción del acontecimiento que se devela su insuficiencia y obliga a un trabajo de simbolización distinto. Para decirlo en nuestra terminología: se historiza de manera diferente, y es entonces capaz de tener diversos destinos de acuerdo al entramado que lo engarza.

Indicio y traumatismo



He seguido durante años, en mi investigación, una perspectiva que permita conservar la conservación de la propuesta freudiana fundamental, que remite a la causalidad psíquica, sin quedar adherida a un determinismo a ultranza que impida comprender las vicisitudes por las que atraviesa el psiquismo en su contingencia instituyente.

La idea de un aparato psíquico abierto a lo real, constituido a partir de inscripciones provenientes del exterior y sometidas constantemente a su embate ha sido una preocupación central en mi tarea y en la generación de nuevas herramientas para su abordaje. Tuvo importancia decisiva en ello el hecho de que el estructuralismo del cual partí en los primeros tiempos de mi trabajo se mostrara insuficiente para abordar las tareas que la práctica clínica me imponía, entre ellos la búsqueda de una determinación que se viera más cercana a la vivencia del sujeto. Cercar los efectos de lo real en el psiquismo, pero de ese real que se define como “real libidinal”, fue lo que me permitió reposicionar los tiempos míticos como tiempos históricos, y me llevó luego a la búsqueda del traumatismo en la determinación tanto de la compulsión como de los trastornos no sintomatizados en la clínica de adultos. Ello a partir del descubrimiento de las limitaciones del concepto de “interpretación” en razón de que las representaciones que producen el sufrimiento psíquico no son todas – ni en ciertos casos la mayoría – del orden de lo secundariamente reprimido, atravesadas por el proceso secundario y luego tornadas inconcientes, es decir constituidas a partir de la descualificación del código de la lengua en la cual estaban insertas y recuperables así mediante la libre asociación

La carta 52 de Freud – hoy 112 en la nueva edición – permite ubicar un esquema válido para rastrear modos de inscripción no transcribibles espontáneamente, los cuales vemos aparecer bajo una denominación que luego se pierde en la obra y nunca es recuperada, la de “signos de percepción”, que aparecen en el esquema originario de lo que veremos luego formar parte del inconciente en la tópica más elaborada.

Mi aporte consistió en considerar que estos signos de percepción no sólo eran lo intraducible de los orígenes, sino que podían producirse a lo largo de la vida como materialidad irreductible a todo ensamblaje a partir de ser producto de experiencias traumáticas inmetabolizables, o simplemente, de restos no transcriptos de las vivencias por las cuales atraviesa el sujeto psíquico.

La lingüística se muestra insuficiente para esta captura. Se trata no sólo de lo no hablable, sino incluso de lo no encadenable en el lenguaje, quedando entonces absuelto de toda significación. Es aquí donde la semiótica de Pearce viene en nuestro auxilio, con su sistema triádico en indicios, íconos y símbolos, para marcar que el signo no se reduce a lo lenguajero aunque a su significación sólo se pueda acceder por medio del lenguaje.

El “indicio” sería la categoría semiótica para abordar estos signos de percepción, con la intención de dar cuenta de un elemento dentro del conjunto heterogéneo de representaciones que constituyen el psiquismo. Haciendo la salvedad de que las diferencias entre “signo de percepción” e “indicio” no son sólo efecto de pertenecer a campos conceptuales distintos – el primero es un concepto psicoanalítico, metapsicológico, que da cuenta de los elementos psíquicos que no se ordenan bajo la legalidad del inconciente ni del preconciente, que pueden ser manifiestos sin por ello ser concientes, que aparecen en las modalidades compulsivas de la vida psíquica, en los referentes traumáticos no sepultables por la memoria y el olvido, desprendidos de la vivencia misma, no articulables, mientras que el segundo es parte del ordenamiento que propicia la construcción de un sistema en el cual el sujeto se ve inmerso en un mundo de signos que operan a la búsqueda o produciendo significación, en cuyo caso el indicio es inseparable de la categoría de sujeto del enigma, volcado a la resolución de un interrogante.

El indicio, en términos de Peirce, no es equivalente al signo de percepción. Alude a un método de lectura de la realidad, no a su inscripción(11). Siguiendo el modelo popularizado con el cual el texto de Carlo Guinsburg trabajó la relación existente entre el método de Freud y el de Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, y sus orígenes en Giovanni Morelli, investigador acerca de la autenticidad de las obras de arte, se trata de la elaboración de hipótesis a través de elementos que intentan dar cuenta de una conexión que los hace probables como explicación de la génesis de un hecho. Si Sherlock Holmes puede saber que la huella de los pies en la tierra da cuenta del paso de un rengo, por la diferencia de impresión entre uno y otro pie, y articular una hipótesis a partir de ello, y Giovanni Morelli podía detectar la falsedad de una obra de arte no por su aspecto general sino porque era en las orejas o en las manos de los personajes representados donde buscaba el detalle que permitía rubricar realmente que había sido pintada por quien firmaba, es porque, en ambos casos, cada uno de ellos sabía lo que buscaba. Del mismo modo Freud puede encontrar el sentido del sueño buscando a través de las asociaciones y reconstruir el deseo inconciente, o articular en el caso Hans que el caballo temido corresponde a aquel del carruaje que lo llevó a Gmunden cuando la madre estaba embarazada, y que el freno que lo angustia es un desplazamiento del bigote del padre amado y odiado simultáneamente.

A diferencia del símbolo, siguiendo la clasificación de Peirce, lo que caracteriza al indicio es que no hay, a su respecto, regla de interpretación, no hay “interpretante”, no es triádico. En el caso del símbolo existe el elemento presente, aquel al cual remite, y un tercero que permite su interpretación. Hay allí convención posibilitadora del sentido, por eso el signo lingüístico es el prototipo del símbolo – sabemos que esto no es así en Saussure ni en Piaget, para quienes la diferencia entre signo y símbolo pasa por la arbitrariedad de la relación establecida. El índice – o indicio – está en contigüidad con el objeto, es, podríamos decir hoy, metonímico, pero a diferencia del ícono, no representa al objeto, sino que da cuenta de su presencia (en el caso de los íconos, pensemos en el sistema de señalización de rutas, con sus dibujitos que dan cuenta de las curvas, la presencia de animales, o el riesgo de deslave, y que está a mitad de camino entre algo que conserva siempre un atributo del objeto en su grafía pero que puede ser leído dentro de un universo compartido y tomar carácter simbólico.

El indicio, por su parte, no puede ser más que entendido término a término, dentro de una cadena singular de elementos. Si las huellas del caballo en la nieve señalan, como lo refiere Umberto Eco en El nombre de la rosa, que por allí pasó recientemente un jinete, esto alude a ese jinete en particular, a esa circunstancia, y sirve como hipótesis sobre lo ocurrido en esta circunstancia. Del mismo modo operan los objetos autoeróticos: desprendidos del objeto de placer, restos de la presencia del agente sexualizante, no lo representan, y por eso no son símbolos que puedan ser interpretados como búsqueda de aquél. El niño que se chupa el dedo no quiere el pecho de la madre, quiere los restos del cuerpo primordial que reencuentra en ese dedo; el objeto no es metafórico, sino metonímico.

Por ello el método de “interpretación” -y va entre comillas luego veremos por qué- no puede ser ni inductivo ni deductivo, sino la abducción, que consiste en el establecimiento de la relación término a término, y que tiene carácter hipotético: Es probable que, si estas huellas existen, por acá haya pasado un caballo. La construcción freudiana, en última instancia, tiene algún tipo de relación con este método abductivo: “Posiblemente cuando su hermana nació Ud. sintió que…” “Probablemente cuando Ud. pasó ese verano en Gmunden -Freud le podría interpretar a un hipotético Hans adulto- Ud. haya visto a sus padre tener relaciones sexuales, sus piernas agitándose como las del caballo del carruaje que lo llevó el año siguiente con su madre embarazada…”

Para Aristóteles, la abducción consistía en un silogismo cuya premisa mayor era verdadera pero la segunda probable, definida como verosímil, no verdadera. Para Peirce, la abducción es la hipótesis que implica mayor racionalidad posible: descartado lo imposible, lo verosímil puede ser verdadero. Dicho en sencillo: “Si el dinero no vuela solo, y acá sólo estuvo mi primo Pancho, por muy horrible que sea, debo pensar que él se lo llevó” – lo cual no es necesariamente verdadero, hasta que se demuestre.

Pero dije antes que es necesario separar el modelo indiciario en su conjunto, que bien puede aplicarse a organizaciones de símbolos, para buscar la función que puede ocupar en psicoanálisis cuando se trata de concebir al signo de percepción como un índice o indicio, que es lo que nos interesa para el tema que estamos desarrollando, en razón de que son las vivencias traumáticas que escapan al relato del acontecimiento como datado históricamente, lo que hace signo en nuestra práctica sin que haya referente lenguajero con el cual cercarlas. Y ello en razón de que no es, necesariamente, el que permite la interpretación del indicio cuando estamos ante elementos que no han sido leídos previamente ni tipificados en un código. Supongamos un cazador que encuentra huellas de un animal que nunca conoció: puede tener el método, pero no puede, en modo alguno, acceder al conocimiento del animal. Más aún, puede suponer que por el tamaño de la huella está ante un pequeño ejemplar, o por el contrario ante uno grande, lo cual no es necesariamente así si se tratara de una especie absolutamente desconocida, incluso no definida por las legalidades conocidas hasta el momento. Las huellas, por otra parte, no le permiten conocer ni el color ni el tipo de membrana envolvente, ni tampoco la velocidad o ritmo de su marcha. En fin, el cazador, lo único que sabrá, es que por allí pasó un animal, e incluso no sabe todavía si es su presa o su cazador.

Es de subrayar que el signo de percepción devenido indicio para quien busca significarlo, vale decir enlazarlo en una serie que permita su dominio, no es del orden metafórico sino metonímico: no simboliza al objeto, sino que guarda restos de él. Por lo cual su recomposición no pasa por otorgarle, en primera instancia, sentido, sino por relacionarlo con aquello de lo cual proviene. Esta ubicación desplaza, necesariamente, al acontecimiento construido y obliga a encontrar en sus intersticios lo resto de lo real eficiente.

Vayamos a los ejemplo: Un niño, cuyo padre acaba de chocar su automóvil contra un taxi, dibuja una banderita de “libre” que da cuenta de cómo este choque se engarza con una fantasía de parricidio que lo tornaría libre de la constricción a la cual lo somete la figura paterna en sus aspectos más irracionales. En este caso, el indicio tiene claramente un camino de recomposición porque responde a una fantasía preconciente que se activa a partir del episodio de un accidente del cual el niño está ausente y sólo recibe por referencias. No hay en este caso traumatismo, al menos por el momento, sino representaciones activadas que, salvo que el azar conduzca a la realización fantasmática, no cobran carácter traumático. Por el contrario, en el caso de una niña que tuve ocasión de recibir en consulta, en la que habían emergido terrores nocturnos que en el relato parental se veían determinados por un acontecimiento registrable: el choque presenciado unos meses antes de la consulta, se vio claramente en la exploración posterior que el elemento traumático “eficiente” que había desencadenado el trastorno – producido varios meses después del accidente y a la vuelta de unas vacaciones – no había sido el choque en sí mismo sino la articulación de este con el coito parental al cual se vio expuesta durante la cohabitación en la cual se vio inmersa durante el viaje. Los terrores no lograban articularse como fobia, si bien se producían de noche y en la cama, lo cual la obligaba compulsivamente a trasladarse a la cama de sus padres, lo cual lógicamente era significado como reaseguro por parte de estos. Sin embargo, en este retorno al lecho parental se marcaba la presencia de algo no resuelto, algo no articulado, en el cual la impronta metonímica del traumatismo emergía bajo formas no simbolizables.

El acontecimiento –accidente- tapaba el traumatismo -cohabitación y sometimiento a la escena de coito- por lo cual era necesario insertarlo en una serie en la cual el choque de los cuerpos había recapturado la huella mortífera pero término a término, y no de manera metafórica. La interpretación, construcción, abducción (para usar este término que debemos a Peirce) recondujo paso a paso los signos de percepción eficaces devenidos indicios en el interior del proceso analítico.

Vemos claramente cómo tanto la interpretación simbólica como el abrochamiento al acontecimiento en sí mismo obstaculizan la posibilidad de establecer significación capaz de capturar de más cerca lo histórico-vivencial, vale decir aquellos elementos que quedan en estos casos librados a un engarce metonímico con lo acaecido sin lograr simbolización a posteriori.

He definido como simbolizaciones de transición, a esas intervenciones capaces de establecer un enlace a la búsqueda de captura de restos de lo real insistente en formaciones sintomáticas o compulsivas, para permitir una apropiación representacional de aquello que no puede ser capturado por medio de la libre asociación. Estas intervenciones que propician simbolizaciones de pasaje se caracterizan por el empleo de auto-transplantes psíquicos, vale decir de la implantación de contextos que han sido relatados o conocidos en el interior del proceso de la cura pero que no han sido aún relacionados con el elemento emergente. En el caso de los niños, las fracturas del relato establecido por los padres, mediante la indagación de elementos que puedan dar cuenta de otras corrientes de la vida psíquica presentes, es fundamental para la aplicación del método. En el caso antes relatado, más que detenerme en las características de las vacaciones, fui directamente a la indagación de las condiciones del dormir, apuntando a la hipótesis de que es frecuente este tipo de exposición de los niños durante viajes fuera del hogar.



Antes que darle entonces una interpretación a los elementos que escapan a la transcripción significante, es necesario reconocerlos como metonímicos, desprendimientos representacionales del real vivido, para poder ensamblarlo con la situación originaria, con lo acaecido en el interior del acontecimiento, fracturando la historia-relato para hacer emerger lo histórico-vivencial.

De no hacerlo de este modo, la interpretación no tiene el menor valor para el sujeto. En esto consiste la operatoria que yo llamo “simbolizaciones de transición”, puentes, auto-transplantes, en los cuales inevitablemente el analista incluye la perspectiva teórica pero la entreteje con los restos vivenciales y excitantes de las representaciones de quien las padece.

De la intervención del azar



La ilusión determinista protege, en última instancia, de la indefensión a la cual el azar condena. Mientras los analistas piensen que todo lo que ocurre en la vida de un ser humano está determinado por su inconciente, el ideal de analizabilidad puede conducir incluso a la peregrina idea de salvarse de la muerte o la pobreza.

Correlacionar el modo de funcionamiento psíquico con la eventualidad de lo real es entonces una cuestión central de nuestro trabajo. No se trata de que todo quede librado a la casualidad, porque en realidad lo que nos interesa, en tanto analistas, es la comprensión de aquello que lo real produce en el psiquismo. Lo real no ingresa sino bajo ciertas líneas de fuerza, que transforman lo exterior en materialidad psíquica: sea significándolo bajo las redes discursivas que la cultura impone, sea inscribiéndolo más allá de toda articulación posible en un espacio que lo conservará “en latencia” o en caso de activarse, dejará al sujeto psíquico sometido a su insistencia.

En este sentido es que el análisis no consiste en dejar en suspenso la realidad, sino en capturar los modos de su incidencia en el sujeto psíquico. Sólo desde una perspectiva endogenista se puede hacer verdadera epogé de lo real. Se trata, por el contrario, de analizar cuidadosamente las líneas de fuerza que conjugan su articulación, sin establecer una alianza fácil entre psiquismo y realidad exterior. Esta realidad, en sus diversas formas: como realidad significada o significable, como real incognoscido pero incidente, como inscripción metonímica no articulada, pero siempre como representación vivencial que conserva eficacia para poner en marcha la vida psíquica y someter a caución sus defensas, no puede ser desdeñada.

Pero no es posible articularla sin tener en cuenta que su ingreso no se produce como reflejo del mundo real existente, y que sus líneas de significación son del orden libidinal -sexual en sentido estricto o sublimado- y no del conjunto mediatizado de estímulos que componen la red social en la cual el sujeto está inscripto.

La fuerza de lo acaecido cobra eficacia productiva cuando lo que ingresa no es devastador, y puede encontrar modos de recomposición simbólica. En tal sentido, nadie está exento de que su acaecer sea desarticulado o interrumpido por el azar, pero todos tenemos la posibilidad de que la inscripción de lo imprevisible sea tolerada. En sus formas ya canonizadas, el psicoanálisis llamó a esto “posición depresiva” o “tolerancia a la angustia de castración”. Se trata. desde el punto de vista teórico, de reconocernos tan vulnerables como plausibles de domeñar intrapsiquicamente lo que nos acaece. En esto radica la sabiduría que el análisis puede brindar.







(1) Publicado en Tiempo, Historia y Estructura – Su impacto en el psicoanálisis contemporáneo, Lugar Editorial y APA Editorial, Buenos Aires, 2006

(2) Si bien el Proyecto de psicología, intenta, ya en 1905, constituirse como una teoría general de la vida psíquica, recién a partir de 1900, con La interpretación de los sueños en primer lugar, Freud da cuenta de un salto en su pensamiento que lo desliga tanto del pensamiento psiquiátrico de su época como de la biología fantasmática y anticipatorio de descubrimientos posteriores a la cual queda anudado el Proyecto.

(3)En este punto es interesante como la teoría de un principio de realidad que se establece a partir de un dualismo epistémico en el cual hay sujeto de conocimiento y objeto cognoscente – principio al cual Freud no podía sino quedar subordinado en función de los conocimiento de su época y, fundamentalmente, porque las líneas de ruptura de esta dualidad provenían de un pensamiento que le era ajeno, como el Peirce (en EEUU) y posteriormente el de Saussure, en Francia – constituye una traba para que el pensamiento de Klein se despliegue en su máxima potencialidad.

(4) Luego del intento de Marx de volver a parar la relación entre el Logos y lo real sobre sus pies, y generando el concepto de materialidad como “ajeno a la voluntad y conciencia de los hombres”.

(5) Editada luego bajo la forma del libro “En los orígenes del sujeto psíquico”, Amorrortu, 1

(6) M. Foucault, “Verité et pouvoir”, en L´arc, París, n° 70, 1977. El subrayado es nuestro.

(7) J. Breurer y S. Freud, “Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos: comunicación preliminar”, en S.F, O.C, Vol II, p. 31.

(8) S. J. Gould, El pulgar del panda, Ed. Crítica, Barcelona, 1992

(9) A. Lalande, Vocabulaire technique et critique de la filosphie, P.U.F, 1980

(10) P. Nora, “Le retour de l´evenement”, en Faire de l´histoire. Nouveaux problemees, París, Gallimard, 1974, p. 212

(11) C. Ginzburg,n Crisis de la razón, Siglo XXI Ed. México. U.Eco y T. A. Sebeok: El Signo de los tres: Dupin, Holmes, Peirce, Ed. Lumen, Barcelona, 1989




jueves, 25 de agosto de 2011

"El peso del melodrama de la Viuda Kirchner" Por Sylvina Walger. Tomada de Diario Perfil




Finalmente, resultó cierto aquel “Cristina ya ganó”. ¿Cómo? No importa. Lo cierto (sin permitirse la menor duda) es que arrasó en todo el país. Tan cierto como que desde hace algunos meses nadie (a menos de sufrir un peligroso estado de enajenación mental) podía dudar de que las elecciones le pertenecían a la Viuda Kirchner, que iniciaba así su peregrinaje hacia la concentración del poder absoluto.

De la Argentina suele decirse que lo que caracteriza a sus habitantes es el individualismo.

Buen momento entonces para averiguar qué tiene en común este aluvión de votos que, según informa la prensa, atraviesa a todas las clases sociales.


Experto en maquillar desigualdades, el Gobierno supo repartir regalitos. Laptops para los chicos pobres, asignaciones familiares y subsidios (a lo bobo) que no requieren justificación. Por ejemplo, un certificado de escolarización.

Lo que todavía se nota en falta son casas, techos donde cobijarse. De eso hay menos y en cuanto uno quiere saber más acerca de las viviendas prometidas, allí está el dúo Schoklender- Bonafini. Como no se trata de una pareja tipo las de ShowMatch, se sugiere poner pies en polvorosa y no indagar más.

Para los jóvenes (otro de los canteros cultivados por la Presidenta), puestos jerárquicos en el Estado (que finalmente es quien carga con todos los chiches) y departamentos en Puerto Madero.

Entre otra serie de gangas que sería pesado enumerar.

La Presidenta arriesgó unas cuantas hipótesis para explicar semejantes resultados. No sólo el boom del consumo o la falta de una verdadera alternativa opositora. En su opinión, lo ocurrido “no es viento de cola, es esfuerzo y gestión”. Una pirueta para salir del paso.

No resulta fácil explicar que, según los dichos presidenciales, alguien pueda creer que este país tiene algo para ser admirado cuando no calificamos ni siquiera para un crédito de mil euros; cuando en estos últimos cuatro años se fugaron 46 mil millones de dólares y en los últimos siete meses de este año se fueron del sistema casi 12 mil millones de dólares.


La realidad la desmiente a diario; la inseguridad, la pobreza (que todavía es mayor que las laptops repartidas), la educación y la salud pública colapsadas.

Mientras seguimos viviendo y creyéndole (lo dicen los votos) a un Indec que arroja cifras truchas, tampoco sabemos por qué piensan demorar hasta octubre para dar a conocer las cifras del censo (¿o es que no son tan buenas?).

En cuanto a la sociedad Schoklender- Bonafini, no hay ninguna autoridad que los disculpe o los incrimine. Porque con la matraca con que este Gobierno la ha emprendido con los derechos humanos, tiene la obligación moral de explicar quién es el culpable y por qué todavía esta suelto.

Sin embargo, la mitad del país que votó a Cristina parece haberse blindado las orejas en todo aquello que pueda molestarla como, por ejemplo, las denuncias de corrupción.

Desde que murió su marido, a los ojos de su pueblo Cristina es una mujer desvalida y vestida de negro. Una Bernarda Alba a la que hay que proteger.

Y que emulando al difunto sólo piensa en los demás. La Argentina, como la mayor parte de América latina, ha moldeado su carácter sobre la base del melodrama.

Según Carlos Monsivais, ensayista y cronista mexicano, es un género que postula una ética de los sentimientos. No tiene un origen “culto” ni es un arte sutil. En él las pasiones se desbordan sin medida ni clemencia.

El melodrama, que tuvo su auge en México entre 1930 y 1950, en la Argentina llegó a tal punto que Eva Perón, la mujer que más poder político tuvo en el país (después de Cristina, claro), tuvo su origen en el melodrama propiamente dicho.

Lo propio de los personajes del melodrama son los gestos de dignidad y abatimiento y las sentencias rotundas.

En la tradición latinoamericana, dice Monsivais, se llega a la experiencia política a través del formato del melodrama, “el país sufre y nos necesita”.

Después de muchos años, la Argentina ha recuperado su impronta melodramática a través de Cristina Fernández. Viuda de Kirchner. Una mitad grande del país se ha dispuesto a protegerla a cualquier precio, sólo que la política no es un melodrama; es la profecía donde el ciudadano debe protegerse del Eje del Mal.

Esperemos, entonces, que el pueblo no se haya equivocado.

domingo, 21 de agosto de 2011

"Acuérdate de Azerbaijan" por Roberto Arlt




Los dos mahometanos se detuvieron para dejar paso a la procesión budista. Con un paraguas abierto sobre su cabeza delante de un palanquín dorado, marchaba un devoto.

Atrás, oscilante, avanzaba el cortejo de elefantes superando con sus budas dorados cargados en el lomo, la verde copa de las palmeras. El socio de Azerbaijan, el prudente Mahomet, dijo, mirando a un gendarme tamil detenido frente a una dama de Colombo, cuyo cochecito de bambú arrastraba un criado descalzo.

-Que el Profeta confunda el entendimiento de estos infieles.

-Para ellos el eterno pavimento de brasas del infierno -murmuró Azerbaijan con disgusto, pues una multitud de túnicas amarillentas llenaba la calle de tierra.

Esta multitud mostraba la cabeza afeitada y casi todos se refrescaban moviendo grandes abanicos de redondez dentada. Azerbaijan con ojos de entendido, observaba los tipos humanos y descubría que en aquel rincón de Ceilán estaban representadas muchas de las razas del sur de la India.

Se veían brahmanes con turbantes chatos como la torta de una vaca; músicos con tamboriles revestidos de pieles de serpiente y trompetas en forma de cuerno de elefante; chicos descalzos, de vientre hidrópico y desnudo; sacerdotes budistas con la cabeza afeitada; parias cubiertos de polvo como lagartos y más desnudos que monos; jefes candianos, tripudos, con grandes fajas recamadas en oro y sombreros descomunales como fuentones de plata.

Se reconocían los pescadores de perlas por sus ojos teñidos de sangre y la descomunal grandeza del pecho. Había también allí algunos ladrones chinos, moviendo los ojos como ratones, y varios estafadores ingleses, que con las manos en los bolsillos miraban irónicamente desfilar la procesión, sacudiendo en el aire la ceniza de sus cigarrillos.

-Vámonos -dijo Azerbaijan.

Y Mahomet, encogiéndose de hombros, siguió a su cofrade.

-¿Tienes el dinero? -preguntó Mahomet.

Azerbaijan asintió, sonriendo. El dinero, en buenas rupias indostanas, estaba liado contra las carnes de su pecho. Azerbaijan y Mahomet habían vendido el fumadero de opio a un traficante chino. Azerbaijan y Mahomet eran nativos de Tánger, pero el azar de los negocios los había arrastrado hasta Colombo, donde, siguiendo el ejemplo de la comunidad musulmana, se dedicaron a combinar el ejercicio de la usura con la explotación de campos de arroz y fumaderos de opio.

Claro está que no podían jurar sobre el Corán que el dinero con que iniciaron sus negocios había sido honradamente adquirido. Hacía algunos años, los dos compinches, entre las nieves del Himalaya, aturdieron a palos a un espía prófugo de la policía inglesa. Inútil que, intentando defenderse, el fugitivo tomara por la chilaba a Mahomet, al adivinar sus ladrones propósitos. Más rápido, Azerbaijan le hundió, con un golpe de báculo, el casco de corcho hasta las orejas; y después de aligerarle de sus libras huyeron a monte traviesa. Y así vinieron a recalar a Ceilán.

Ahora Azerbaijan y Mahomet tomaron por un polvoriento camino torcido entre palmeras. A lo largo de cobertizos de bambú se veían hileras de viejas lavando azafrán; más allá, junto a un muro gris de piedras y de adobes, tres ancianos de turbante trabajaban frente a un telar. Una malaya hacía girar su rueda. Los hombres levantaron la vista cuando los dos mahometanos pasaron, y la mujer murmuró un conjuro para protegerse del mal de ojo.

Junto a la silla del Buda me espera un pescador de perlas -dijo, de pronto, Mahomet.

-¿Qué te quiere?

-Es forastero. Dice que tiene una perla...

-Robada...

-Probablemente...

-Debíamos verla.

La silla del Buda, un tronco quemado por un rayo tan caprichosamente, que en carbón había quedado esculpida la figura del solitario como si estuviera sobre un copo, estaba en una curva que describía el camino entrando al bosque.

Ahora los dos socios caminaban a lo largo de una playa frente al océano centelleante, aplanado por la caliente pesadez del sol. Algunas velas escarlatas se doblaban sobre la llanura de agua; los peces voladores trazaban vertiginosas curvas; la ciudad había quedado atrás; entraron en el camino que conducía a los arrozales.

-¿Qué pedirá el ladrón por la perla?

Mahomet, cuya cara redonda y lustrosa reflejaba la paz, dijo, extendiendo el brazo:

-Allí está.

Azerbaijan volvió la cabeza. No podía distinguir bajo qué árbol del bosque oscuro se ocultaba el ladrón de la perla. De pronto, sintió un golpe tremendo bajo el corazón; vio a Mahomet enorme como una estatua, que esgrimía un cuchillo gigantesco, y comprendió que estaba muerto. Cayó cara al polvo. Como en sueños, muy lejos, sintió que Mahomet, con mano impaciente, le desgarraba la faja del pecho, y todo se hizo oscuridad en sus ojos cuando el mercader se apoderó del bulto de rupias indostanas.

Lentamente, una bandeja de sangre se fue formando en el polvo. Mahomet se alejó internándose por el camino que conducía hacia la silla del Buda Este hecho ocurrió a comienzos del año 1915.

A comienzos del año 1930, quince años después de la muerte de Azerbaijan, un joven aproximadamente de dieciocho años de edad, instaló su puesto de barberillo frente mismo al Bazar de los Sederos, que en Tánger es como la Bolsa de la seda. Durante los primeros tiempos, el joven rapaba y afeitaba junto a la fontana donde van todas las mujeres del bajo pueblo a buscar agua y a murmurar de sus amas.

El Bazar de los Sederos es un lugar importante, y la mejor forma de representarle es como un patio de resquebrajadas baldosas rojas, en torno de cuyas aristas los arcos festonean de arabescos unas recovas oscuras. Bajo estas recovas se abren profundos nichos, donde relucen rollos de las más floreadas telas que pueda codiciar la imaginación de una mujer negra.

La principal tienda del Bazar de los Sederos pertenecía al asesino Mahomet. Naturalmente, nadie sabía que Mahomet había asesinado, hacía quince años, a su socio Azerbaijan en los alrededores de Colombo. Además, éste fue el primer y último crimen que cometió Mahomet, porque desde aquel día el traficante cumplía escrupulosamente con todos los deberes del creyente. No faltaba a una sola oración en la mezquita, y nunca dejaba de llevar la mano a su bolso para beneficiar con una caridad al ciego, al huérfano o al enfermo. De este modo, la vida de Mahomet florecía como su misma barba, que, cuando se olvidaba de afeitarla, relucía negra como el azabache en torno de sus mejillas sonrosadas y pulidas. Para esparcimiento de sus sentidos, mantenía un harén con eunuco y varias esclavas.

De manera que, como dejo contado, fue frente a este bazar donde instaló su puesto de barberillo el joven extranjero que apareció en Tánger. Aunque musulmán, el barberillo no era nativo de África, sino de Ceilán; su pronunciación lo delataba, y Mahomet no pudo menos que estremecerse cuando supo que el barberillo venía del archipiélago; pero se tranquilizó cuando su criado le dijo que el menestral era nativo de Puloli, la punta opuesta de Colombo.

Durante algún tiempo el jovencito cingalés rapó barbas en medio de la calle; luego, mediante algunas monedas de plata, echó al conserje del Bazar de los Sederos, y un día se le vio instalar su sillón frente mismo a la tienda de Mahomet, y poner en hilera, sobre una mesita de cerezo, sus cortantes navajas. Los comerciantes encontraban cómodo, en la hora de la siesta, sentarse en el sillón y dejarse rapar por el hombre de la isla.

Cuando no tenía nada que hacer, canturreaba.

Siempre la misma canción: "El Rasd ad-Dill".

Aquel "si" bemol con que el barberillo arrancaba palabra "ja" inicial de la canción le crispaba los nervios al pulcro Mahomet. Y el menestral canturreaba:

Ja...si-hibu l hemmi di in-nel
hemma...

A veces el sedero se encontraba con la mirada del barberillo fija en él, y entonces experimentaba una especie de ansiedad extraña, un género de incomodidad, que le hacía mover la cabeza como si el cuello de su abotonado chaleco bordado en oro le ajustara demasiado en torno del pescuezo; pero Mahomet se vengaba de esta molestia no recurriendo jamás a los servicios del barberillo.

A pesar de esto, el hombre de la isla le saludaba respetuosamente, como si el sedero fuera su padre o el protector de su hermana y su madre. Mahomet, orondo, gordo, con las mejillas lustrosas, recibía el saludo del mozo de las navajas con ostensible tiesura y dignidad. Pero el joven como si esa actitud no fuera con él, arrancaba en el irritante "si" bemol:

Ja...si-hibu l hemmi li in-nel
hemma...

Al mismo tiempo de cantar la irritante cancioncilla, asentaba una de sus navajas en una negra lonja de cuero.

Insensiblemente, todos los comerciantes del patio se acostumbraron a utilizar los servicios del cingalés, menos Mahomet, que soñando una noche que se estaba haciendo afeitar por el barberillo de Puloli, se despertó sudoroso de terror.

Sin embargo, aquello era estúpido. Mahomet era un honesto comerciante. Nadie tenía que reprocharle nada, salvo, naturalmente, el asesinato de Azerbaijan, aunque no existía sobre la tierra una sola persona que en aquel momento se acordara del hombre muerto cerca de la silla del Buda.

Un gendarme se detuvo frente a Mahomet.

-Mi cadí quiere hablar contigo.

-¿El cadí?

-Parece que un traficante, envidioso de tu prosperidad, te acusa de estar en tratos con contrabandistas de seda.

-Vete, que ya iré a ver a mi juez.

Quedó solo el comerciante frente a sus rollos de seda, e involuntariamente sus dedos, en horqueta, se tomaron la mejilla. Estaba barbudo, no podía presentarse así ante el cadí; una falta de respeto semejante no lo inclinaría al juez hacia la equidad ni a la benevolencia. Tampoco tenía tiempo de ir hacia la finca del Marshan.

Y, precisamente allí, de brazos cruzados frente a su sillón, estaba el mancebillo cingalés canturreando como de costumbre, en el irritante "si" bemol:

Ja...sa-hibu l hemmi li in-nel
hemma...

Hizo una seña al barberillo, y éste se acercó al opulento mercader:

-Trae tu sillón. Tendrás el alto honor de cortarme la barba.

Respetuoso, se inclinó el hombre de Ceilán. Luego, diligentemente, entró su sillón a la tienda del asesino de Azerbaijan. Mahomet se apoltronó, el barberillo le puso una toalla en torno del cuello que le caía sobre el pecho como un babero, y, después de humedecer la brocha, comenzó en enjabonar las mejillas del sedero. La brocha, cargada de espuma, iba y venía por el rostro del comerciante y se arremolinaba en torno de las extensiones de barba dura.

Mahomet, con la nuca apoyada en el respaldar de la silla, miraba por entre los párpados cerrados al barberillo, al tiempo que hilvanaba las razones que expondría ante el cadí.

El hombre de Ceilán se inclinó y tomó una navaja. Una navaja pesada, de filo ancho, que comenzaba a repasar pulcramente sobre una lonja de cuero...

-A ver si te apuras -rezongó Mahomet.

El barberillo le dio a la navaja dos últimos toques sobre la palma de su mano, se inclinó sobre Mahomet, suspendió la navaja sobre la garganta del sedero y le susurró con voz sumamente dulce:

-¿Te acuerdas de Azerbaijan?

Mahomet desencajó los ojos en el espanto de su situación sin atreverse a moverse.

-Está escrito que Alá pierde a los que quiere perder, hermano. Está escrito. ¿Te acuerdas del noble Azerbaijan? Le dejaste por muerto junto a la silla del Buda, pero vivió el tiempo suficiente para hacerle jurar a mi madre que yo, su hijo, lo vengaría. Me ha sido fácil encontrarte. Mi madre sabía que tú vendrías a Tánger a deslumbrar a los creyentes con tu fortuna robada.

Gruesas gotas de sudor crecían en la frente de Mahomet. Su boca entreabierta dejaba ver el fondo de la garganta, y no se atrevía a moverse. Sabía que el barberillo estaba allí trabajando en el Bazar de los Sederos hacía dos años con el exclusivo fin de tomarse venganza cortándole el pescuezo.

-Puedes rezar "la oración del miedo" -susurró el hombre de Ceilán-. Quizá el Misericordioso te la tenga en cuenta.

A pocos pasos del sedero sus camaradas, agrupados en torno de un vendedor de té, reían una historia de mujeres negras. Y ellos no sospechaban que él estaba entre las manos de un hombre que, dentro de algunos instantes, lo degollaría como a un cordero, profundamente; y ya sentía el filo de la navaja penetrar en su carne, y quería gritar y no podía. Grandes nubes rojas circulaban frente a sus ojos; el hombre de Ceilán le parecía un gigante inclinado sobre él entre bloques de montañas escarlatas. Dentro de su cuerpo una tensión misteriosa le asfixiaba, retorciéndole fibra por fibra; de su enemigo ahora solo distinguía la doble hilera brillante de los blancos dientes; y, de pronto, al sentir el frío acero rozando su piel un dolor atroz como si fuera un dolor de muelas en el corazón, le paralizó la respiración. Y súbitamente, el corpachón encogido se relajó sobre el respaldar del sillón, y la cabeza se deslizó hacia un costado.

El mancebo retrocedió. Un hilo de sangre escapaba de la boca del sedero. Y el mancebo comprendió que Mahomet se había muerto de miedo.