lunes, 28 de mayo de 2012

"De la escritura a la huella [trace]". Entrevista a Jacques Derrida de Catherine Paoletti en el programa «A voix nue» del 15 de diciembre de 1998




Entrevista a Jacques Derrida de Catherine Paoletti en el programa «A voix nue» del 15 de diciembre de 1998

Pr.: -Sus primeros trabajos filosóficos se inscriben bajo el rótulo de la filosofía de Husserl: en 1954 redacta una memoria sobre «El problema de la génesis en la filosofía de Husserl» (obra que no será publicada en PUF hasta 1990) y en 1962 hace la introducción a El origen de la geometría. Eligió usted traducir ese texto precisamente porque Husserl tropezaba con el problema de la escritura en la constitución de objetos tan ideales como los objetos matemáticos. Los cuestionamientos que usted elabora en aquella época ya no le abandonarán, puesto que todas sus investigaciones derivan de esa problemática de la escritura entre literatura, filosofía y ciencia, a las que usted añadirá más adelante otros registros discursivos, los de la lingüística, de la antropología, del psicoanálisis, peto asimismo los que no pertenecen a registros discursivos, como son la fotografía, la pintura, la arquitectura. (Por qué, finalmente, esa fascinación por la inscripción?



J. Derrida: -Por un lado, porque eso es lo que viene a ser el deseo de escribir, es como si tuviese que forzarme a una especie de transacción, de compromiso entre el afán de escribir literatura, de pensar filosóficamente lo que son la literatura y la escritura literaria, y de hacer las dos cosas a la vez. Durante los primeros años de mis estudios filosóficos, cuando empecé a leer y a escribir sobre Husserl, al principio de los años cincuenta, después de que Sartre y Merleau-Ponty introdujesen la fenomenología, sentía la necesidad de plantear la cuestión de la ciencia, de la epistemología, a partir de la fenomenología, cosa que Sartre y Merleau-Ponty en cierto modo no habían hecho. Por lo tanto, escribí mis primeros ensayos sobre Husserl orientándolos hacia las cuestiones de la objetividad científica y matemática: Cavaillès, Tran-Duc-Tao, y también la cuestión marxista. A lo largo de esos primeros escritos buscaba, por fidelidad a ese anhelo de escritura, lo que dentro de la fenomenología husserliana podía permitirme problematizar la escritura. ¿Dónde habla de la escritura? ¿Qué hace con ella? ¿Cómo articular esas cuestiones de la ciencia, de la fenomenología y de la escritura? Encontré ese lugar en El origen de la geometría, que, por consiguiente, empecé a interpretar en esa primera memoria a la que usted aludía, y que inmediatamente después decidí traducir. Justo después de la agregación recuerdo haber ido a ver a Jean Hyppolite y haberle dicho: «Quiero traducir El origen de la geometría y trabajar sobre ese texto». Porque en el . había una observación breve y elíptica sobre la escritura, sobre la necesidad que tenían las comunidades de sabios de constituir objetos ideales comunicables a partir de intuiciones del objeto matemático. Husserl decía que la escritura era la única que podía darles a esos objetos ideales su idealidad final, que era la única que en cierto modo les permitiría entrar en la historia: su historicidad les venía de la escritura. No obstante, esa observación de Husserl seguía siendo equívoca y oscura, y yo traté, por consiguiente, de formar un concepto de escritura que me permitiese a la vez dar cuenta de lo que pasaba en Husserl y, si era preciso, plantearle cuestiones a la fenomenología y al intuicionismo fenomenológico y, por otra parte, desembocar en la cuestión que seguía interesándome: la inscripción literaria. ¿Qué es una inscripción? ¿A partir de que momento y en que condiciones una inscripción se torna literaria?.



Pr.: -Pero, en esa época, la cuestión de la escritura no se trabajaba sólo en los círculos filosóficos, sino que también se planteaba en los círculos más literarios o vinculados con la lingüística, puesto que es también en esa época, después de sus trabajos sobre Husserl, cuando conoce a Philippe Sollers y se lanza momentáneamente a la aventura de Tel Quel.



J. Derrida: -Después de publicar El origen de la geometría me puse a escribir para revistas como Critique: escribí sobre Jabès, sobre Foucault, y para Tel Quel sobre Artaud, precisamente; en ese texto es donde el concepto de différance con una «a» apareció por primera vez, antes incluso de que escribiese «La différance» y, por consiguiente, en ese momento, en los años 1964-1968, es cuando en efecto, gracias a Tel Quel en cierto modo y en unas condiciones de complicidad que me fueron muy favorables, pude elaborar un discurso que tratase de mantener unidas las cuestiones filosóficas, fenomenológicas, las cuestiones antropológicas, históricas sobre la escritura, y las cuestiones de la literatura, de la explicación del escritor con su firma, de la relación entre habla y escritura, etc.



En ese momento estaba eso que llamaban el estructuralismo, representado por Lévi-Strauss, Lacan y algunos más. Yo sentía a la vez mucha simpatía e interés por lo que allí ocurría y, al mismo tiempo, tenía la impresión de que el concepto de escritura que me interesaba seguía siendo ignorado, desconocido o mantenido al margen por esos grandes discursos. De la gramatología fue muy bien acogida por una parte y levantó muchas sospechas por otra. El entorno de Tel Quel, en la persona de Sollers sobre todo, la acogió muy bien, y ése fue él momento en el que, sin dejar de proseguir con lo que había iniciado, comencé a plantear cuestiones críticas, «deconstructivas» por decir la palabra, con respecto a lo que prevalecía en esos discursos estructuralistas de la época con cierto Saussure, cierto Lacan, cierto Lévi-Strauss, cierto Foucault, mediante un gesto que no era sólo negativo, sino de aprobación desconfiada, de aprobación y de desconfianza, tratando de discutir sin rechazar, lo que provocó todo tipo de malentendidos e, incluso, reacciones de mal humor.



Pr.: -Lo que me parece un poco sorprendente en su relación con la literatura es que usted parece concederle a la literatura que puede decirlo todo, y que incluso puede expresar el engaño; en Droit de regards escribe usted: «Se puede leer un texto (que no existe «en sí») como un testimonio así llamado serio o auténtico, como un archivo o como un documento, como un síntoma o como la obra de una ficción literaria que simula todos los estatus enumerados». Usted concede ese privilegio a la literatura, como si la filosofía conceptualmente normativizada careciese de él.



¿Acaso el sentido de su trabajo no es también, finalmente, el de restituir a la filosofía aquello de lo que está privada, logrando que el texto filosófico mismo se estremezca mediante unos subterfugios o unas escenificaciones textuales que se han podido encontrar en algunos de sus libros como Glas, La tarjeta postal, Circonfesión?



J. Derrida: -Sin renunciar a la filosofía, lo que me ha interesado es devolverles sus derechos a unas cuestiones sobre cuya represión se construyó la filosofía, al menos en lo que tiene de predominante, de hegemónico. Lo que es hegemónico en la filosofía se constituyó por el desconocimiento, la negación, la marginación de unas cuestiones que algunas obras literarias permiten formular, que son el cuerpo mismo de esos escritos literarios. He tratado de agudizar la responsabilidad filosófica ante una posibilidad que no es simplemente literaria, pero que también forma parte de los discursos filosófico, jurídico, político, ético: la posibilidad de simulacro, de ficción.,



Insisto en general en la posibilidad de «decirlo todo» como derecho reconocido en principio a la literatura, para marcar no la irresponsabilidad del escritor, de cualquiera que firma literatura, sino su hiper-responsabilidad, es decir, el hecho de que su responsabilidad no responde ante las instancias ya constituidas. Poder decirlo todo en nombre de la ficción, incluso de la fantasía, es señalar que la institución literaria (considero la literatura una institución, por eso distingo con frecuencia la literatura en sentido estricto, que es algo moderno, relativamente reciente, de las «Bellas Letras», de la poesía, del teatro o de la épica en general), la literatura en sentido estricto es una institución indisociable del principio democrático, es decir, de la libertad de hablar, de decir o de no decir lo que se quiere decir. Por supuesto, sé que la literatura no ha vivido siempre en un régimen democrático y que la suspensión de la censura, masiva o sutil, es una historia muy complicada. Sin embargo, el concepto de literatura está-construido sobre el principio de «decirlo todo» interroga, pues, el acontecimiento, lo qué está llamado a llegar mediante simulacros y ficciones, y así también interroga la estructura de ficción que puede constituir cualquier discurso, sobre todo los discursos performativos, aquellos que producen derecho y normas.



 Pr.: -Sí, pero lo que resulta paradójico es que usted dice, por ejemplo en La tarjeta postal, que la literatura siempre le ha parecido inaceptable, la falta moral por excelencia, como si estuviera a punto de transgredir la ley.



J. Derrida: -Tomemos la precaución de señalar que, en La tarjeta postal, es el firmante ficticio de ciertos envíos el que representa con seriedad esa escena. Si se enfurece con la literatura es precisamente debido a su posibilidad de decirlo todo. Ya que ésta, al no asumir nada aparentemente, puede irresponsabilizar.



Ciertamente soy yo quien otorga ese discurso a un personaje cuyas palabras tomo bastante en serio, pero no lo diría en mi nombre ni como una tesis. Creo que, en la literatura, existe en efecto el riesgo de la irresponsabilidad, o bien de la no-firma (digo cualquier cosa, puesto que no soy yo), o bien el riesgo de confundir la ética con la estética, el riesgo de parecer, el del fetichismo; todos esos riesgos son: inherentes como posibilidad a la literatura. Hay, por lo tanto, una voz en La tarjeta postal que dice: «Desde el momento en que lo que te escribo se convierte en literatura, ya no me dirijo a ti y, por consiguiente, falto a ese deber que me ordena que me dirija a ti de forma singular». La literatura puede conducir a la mayor responsabilidad, pero también es la posibilidad de la peor traición.



Pr.: -Es también la posibilidad de la peor desposesión, incluso de lo que se ha escrito.



J. Derrida: -Eso es. Y la desposesión es también el riesgo de no firmar siquiera una declaración de amor. En el fondo, no soy yo quien firma; desde el momento en que algo se lanza al mercado literario, ya no viene de mí, no se dirige a ti, la huella se me escapa, cae en el mundo, un tercero dispone de ella, y con esa condición se convierte en literatura, y esa literatura es la que pervierte mi relación contigo. El sujeto. que firma esos envíos no oculta esta inquietud.



El problema es que no se puede negociar esto desde el punto de vista filosófico; no es negociable, al menos, es una negociación siempre desgraciada. Si hay filosofía, en todo caso como deseo de lucidez y de verdad, ésta consiste en levantar acta de esta tragedia, de esta necesidad, que es una amenaza pero también una oportunidad, porque se trata de la oportunidad de hablar. Si yo quisiera escapar de este riesgo a cualquier precio, ya no diría nada, ni siquiera me dirigiría al otro; por consiguiente, el riesgo de perversión, de corrupción, de deriva, es al mismo tiempo la única oportunidad de dirigirme al otro. Y, por lo tanto, si la oportunidad es una amenaza (asocio constantemente la oportunidad con una amenaza), lo que aquí se denomina filosofía consiste por lo menos en decirlo, en formalizarlo y en asumir nuestras responsabilidades en cada momento, teniendo en cuenta este doble postulado.



Pr.: -Parece, justamente, que por todos los medios y formas de escritura nunca ha dejado de enfrentarse a esa amenaza. Se la puede detectar en todos sus trabajos. ¿Sigue teniendo usted la misma relación con esa amenaza?



J. Derrida: -Sí. Nunca he dejado de tenerla, porque la solución o la respuesta adecuada no llega o sólo llega en parte. En cualquier caso, cuando esa imposibilidad toma la forma de un texto, el texto queda como una huella que ya no me pertenece y hay que volver a empezar, y no dejo de volver a empezar la misma historia de forma diferente. Ya sé que la respuesta apaciguadora no vendrá, pero al intentar hacer que esa oportunidad llegue, sé también que asumo cada vez la responsabilidad que puedo. Sentenciar esa doble inyunción no puede ser más que una sentencia de muerte. La muerte tampoco es una respuesta satisfactoria, pero es la única que puede disponer que la doble inyunción no opere con doble filo. Eso es lo que hace hablar primero y eso es lo que hace escribir: es lo que a la vez hace posible y amenaza todo lo que se intenta cuando nos dirigimos al otro.



Pr.: -Si le parece bien, me gustaría abordar la cuestión: de la presencia de lo femenino, de la feminidad, en su trabajo. El primer aspecto de la. feminidad es que usted la asocia a menudo con la cuestión de la ley, lo cual puede parecer extraño, a pesar del carácter femenino de la palabra. El segundo aspecto es que usted parece tener con el texto una relación como la de una madre que porta a su criatura. He extraído una frase de La tarjeta postal en donde escribe: «Mientras no sepas lo que es una criatura, no sabrás lo que es un fantasma ni, por supuesto, por las mismas, un saber».



J. Derrida: -En cierto modo, la cuestión de la diferencia sexual atraviesa en efecto todos mis textos desde el principio, y el hecho de que la deconstrucción haya sido, de entrada, una deconstrucción del falocentrismo, de manera esencial, o del falogocentrismo, subraya muy bien que lo que la deconstrucción pone en cuestión es cierta autoridad masculina, en nombre si no de la feminidad, sí al menos de la diferencia sexual. En lo que respecta a la ley, si en este o aquel texto he reconocido en ella una figura femenina, pienso especialmente en un texto sobre La locura de la luz de Blanchot, esto es algo que no es constante, la figura masculina también le resulta apropiada.



La ley está indiscutiblemente vinculada con la diferencia sexual, a veces con una inflexión femenina, a veces con una inflexión paterna o masculina. El hecho de que la palabra «ley» sea femenina en francés sólo importa en el texto de Blanchot al que aludía. La palabra «ley» no es femenina en todas las lenguas. Podría citar muchos textos en donde, por el contrario, es la figura paterna de la ley, la que es interrogada, puesta en escena. Por otra parte, el discurso que mantengo al respecto no es un discurso feminista; puede encontrar aliadas entre las mujeres, lo mismo que enemigas entre las feministas. Más allá de la dualidad masculino/femenino, si la cuestión de la diferencia sexual es efectivamente indisociable de todos estos textos, no creó que se pueda inmovilizar su alcance sobre una posición feminista.

domingo, 27 de mayo de 2012

"TIEMPO Y SER". Conferencia pronunciada por Martin Heidegger - (1962)




La conferencia que sigue precisa un breve prólogo. Si en este momento nos fuesen mostrados en su original dos cuadros: la acuarela «Santos desde una ventana » y la témpera sobre arpillera «Muerte y fuego», que Paul Klee pintó el año de su muerte, nos gustaría quedar mirándolos un rato largo… abandonando toda pretensión de entenderlos de inmediato.

Si en este momento pudiese sernos recitado, y por el propio poeta Georg Trackl, su poema «Séptuple cántico de la muerte», nos gustaría volver a escucharlo una y otra vez, abandonando toda pretensión de entenderlo de inmediato.

Si en este momento quisiera Werner Heisenberg exponernos un resumen de sus pensamientos de física teórica en torno a la fórmula del mundo por él buscada, a lo mejor pudieran seguirle, tal vez, dos o tres de los oyentes, pero los demás abandonaríamos sin rechistar toda pretensión de entenderlo de inmediato.

No es ése el caso del pensar llamado filosofía. Pues éste debe proporcionar «sabiduría mundana», cuando no, incluso, una «guía para la vida feliz». Pero bien pudiera haber venido a parar hoy un pensar semejante a una situación en la que fuesen menester reflexiones largamente distantes de una útil sabiduría de la vida.

Puede que haya llegado a ser perentorio un pensar que se halle forzado a cavilar sobre aquello de donde reciben su determinación incluso las pinturas y la poesía y la teoría físico‐matemática recién mentadas. También aquí tendríamos que abandonar, entonces, toda pretensión de entender el asunto de inmediato. Mas en este caso, sin embargo, sería ineludible que nos aprestásemos a escuchar, pues se impone la tarea de un pensar que se adelante a recorrer lo que se resiste a ser explorado.

De ahí que no deba ni sorprendernos ni maravillarnos que esta conferencia escandalice a la mayoría de los asistentes. Si algunos, empero, se sienten, ahora o más tarde, estimulados por ella para una reflexión ulterior, es cosa que no se deja precisar. Algo se impone decir acerca del intento de pensar el ser sin tomar en consideración una fundamentación del ser a partir de lo que es, de lo ente. El intento de pensar el ser sin lo ente se torna necesario, pues en caso contrario no subsiste ya, a mi parecer, posibilidad alguna de traer con propiedad a la mirada el ser de aquello que hoy es en todo el derredor del globo terráqueo, y menos aún de determinar suficientemente la relación del hombre con aquello que hasta ahora llamamos «ser».

Valga esto de mínimo aviso para la escucha. No se trata de prestar oídos a una serie de proposiciones enunciativas, sino de seguir la marcha de lo que se va indicando. ¿Qué es lo que da ocasión a nombrar conjuntamente tiempo y ser? Desde el alba del pensar occidental europeo hasta hoy, ser quiere decir lo mismo que asistir o estar presente. Desde el estar presente, desde la presencia o asistencia, nos habla ese modo verbal, el presente, que, de acuerdo con la representación usual, constituye con el pasado y el futuro la característica del tiempo. El ser es determinado como presencia por el tiempo. Que así sean las cosas pudiera ser ya suficiente para
que se suscitase en el pensar una permanente inquietud. Inquietud que sube de punto tan pronto como nos aprestamos a reflexionar en qué medida se da esta determinaciónndel ser por el tiempo.

¿En qué medida? Esto implica los siguientes interrogantes: ¿por qué motivo, de qué manera y desde dónde habla en el ser algo así como el tiempo? Todo intento de pensar suficientemente la interna relación de ser y tiempo con ayuda de las usuales e imprecisas representaciones de tiempo y ser queda enredado al punto en una inextricable madeja de referencias que apenas han sido aún pensadas a fondo.

Al tiempo lo nombramos al decir: Cada cosa tiene su tiempo.

Lo que con ello se mienta es: Todo lo que en cada caso es, cada ente, viene y va en el tiempo que le es oportuno y permanece por un tiempo, durante el tiempo que le ha sido asignado.

Cada cosa tiene su tiempo.

Pero ¿es el ser una cosa, una cosa real y concreta? ¿Es o está el ser, igual que un ente cualquiera, en el tiempo? ¿Es, en general, el ser? Si lo fuera, entonces es innegable que tendríamos que reconocerlo como algo ente, y, en consecuencia, encontrarlo como un tal entre los demás entes. Esta sala es. La sala está iluminada. A la iluminada sala la reconoceremos sin más y sin reserva como algo ente. Pero ¿dónde, en toda la sala, encontramos al «es»? En ningún lugar entre las cosas encontramos al ser. Toda casa real y concreta tiene su tiempo. Pero ser no es ninguna cosa real y concreta, no es o está en el tiempo. Y, sin embargo, el ser como estar presente, como presente actual, sigue estando determinado por el tiempo, por lo temporal.

A lo que es o está en el tiempo y es así determinado por el tiempo, se lo llama lo temporal. Cuando un hombre muere y es arrebatado de las cosas de este mundo, decimos: se ha cumplido su tiempo. Lo temporal quiere decir lo pasajero, lo que pasa o perece con el curso del tiempo. Nuestra lengua dice con aún mayor precisión: lo que pasa con el tiempo. Porque el tiempo mismo pasa. Y sin embargo, mientras pasa constantemente, permanece como tiempo. Permanecer quiere decir: no desaparecer y, por tanto, estar presente. De este modo resulta el tiempo determinado por un ser. ¿Cómo entonces debe seguir el ser estando determinado por el tiempo? Desde la constancia del pasar del tiempo, habla el ser. Y, sin embargo, en ningún lugar encontramos al tiempo como ente alguno igual que una cosa real y concreta.

El ser no es ninguna cosa real y concreta, y por tanto nada temporal, mas es, empero, determinado como presencia por el tiempo.

El tiempo no es ninguna cosa real y concreta, y por tanto nada ente, pero permanece constante en su pasar, sin ser él mismo algo temporal como lo ente en el tiempo.

Ser y tiempo se determinan recíprocamente, pero de una manera tal que ni aquél —el ser— se deja apelar como algo temporal ni éste —el tiempo— se deja apelar como ente. Al cavilar sobre todo esto, nos sorprendemos vagando erráticamente entre enunciados contradictorios.

(Para tales casos la filosofía conoce una vía de escape. Se deja estar a las contradicciones y hasta se las agudiza y se intenta conciliar lo que se‐contradice, y es por tanto inconciliable, en una unidad más amplia. A este procedimiento se lo llama Dialéctica. Suponiendo que enunciados mutuamente contradictorios sobre el ser y sobre el tiempo se dejasen poner en regla por una unidad que los sobreabarcase, ésta sería, ciertamente, entonces una vía de escape, a saber, un camino que se desvía de las cosas y de la índole o condición natural de ellas, porque no se compromete ni con el ser como tal, ni con el tiempo como tal, ni con la relación interna que uno y otro guardan entre sí. De paso queda totalmente excluida la pregunta de si la relación entre ser y tiempo es una mera referencia externa, que se deja ulteriormente producir por la yuxtaposición de ambos, o si la conjunción «ser y tiempo» nombra una condición natural de la cosa, tan sólo a partir de la cual resultan tanto el ser como el tiempo.)



Pero ¿cómo debemos comprometernos, haciendo justicia a la cosa, con la condición natural de ésta nombrada por los títulos «Ser y tiempo», «Tiempo y ser»?



Respuesta: En la medida en que, ojo avizor, sigamos con el pensamiento el rastro de las cosas aquí nombradas. Ojo avizor: esto significa por de pronto: no lanzarse precipitadamente sobre las cosas con representaciones no contrastadas, sino más bien seguirles cuidadosamente el rastro con el pensamiento.

Pero ¿nos está permitido tratar al ser, tratar el tiempo como cosas? Ninguno de ambos es cosa alguna, si «cosa» quiere decir: algo ente. La palabra «cosa», «una cosa», debe significar ahora para nosotros aquello de lo que se trata en un sentido decisivo, un asunto o cuestión en cuyo interior se esconde algo insoslayable. Ser: una cosa, un asunto o cuestión, presumiblemente la cosa, el asunto o cuestión del pensar.



Tiempo: una cosa, un asunto o cuestión, presumiblemente la cosa, el asunto o cuestión del pensar, si es que, de otra parte, en el ser como presencia habla algo así como el tiempo. Tiempo y ser, ser y tiempo nombran la relación interna de ambas cosas, la índole o condición natural de la cosa, que pone a ambas, manteniéndola, en interna relación. Meditar sobre esta índole es tarea del pensar, suponiendo que éste no desista de la intención de perseverar en su asunto.



Ser: una cosa, un asunto o cuestión, pero nada ente.



Tiempo: una cosa, un asunto o cuestión, pero nada temporal.



Del ente decimos: es. En lo que respecta a la cosa o cuestión «ser» y en lo que respecta a la cosa o cuestión «tiempo» nos mantenemos ojo avizor. No decimos: el ser es, el tiempo es, sino: se da el ser y se da el tiempo. Con este giro no hemos hecho por de pronto más que cambiar el uso lingüístico. En vez de «es» decimos «se da».

Para retrotraernos a la cosa, más allá de la expresión verbal, tenemos que demostrar cómo se deja mirar y experienciar este «Se da». El camino apropiado para ello es dilucidar qué es lo que es dado en el «Se da», qué es lo mentado por el «ser» que… se da; que es lo mentado por el «tiempo» que… se da. De acuerdo con esto intentamos divisar, proyectando hacia delante la mirada, el Se o Ello que da ser y tiempo. Así, mirando hacia delante, volvemos a estar, en otro sentido, ojo avizor.

Intentamos traer ante nuestra mirada al se y a su dar y escribimos el «Se» con mayúscula.

Le seguimos primero el rastro con el pensamiento al ser, para pensarlo en lo que tiene de propio.

Le seguimos después el rastro con el pensamiento al tiempo, para pensarlo en lo que tiene de propio.

Merced a ello tiene que mostrarse el modo como se da el ser y como se da el tiempo. En este dar se torna claro cómo haya de determinarse ese dar, que, como relación interna que es entre uno y otro, los mantiene a ambos en su recíproca pertenencia y los dispensa como don.

Ser, aquello por lo que es señalado cualquier ente como tal, quiere decir estar presente. Pensado por referencia a aquello que está presente, dicho estar presente se muestra como un dejar que se esté presente. Mas entonces procede pensar en propiedad este dejar‐estar‐presente, en la medida en que por él es dejado el estar presente. Así se muestra semejante dejar en lo que tiene de propio, que es sacar de lo oculto. Dejar estar presente quiere decir: desocultar, traer a lo abierto. En el desocultar entra en juego un dar: ese dar que, en el dejar‐estar presente, da dicho

estar presente, es decir, el ser. (Pensar propiamente la cosa «ser», la cuestión o el asunto «ser», exige que nuestras cavilaciones sigan las señales que se van mostrando en el dejar estar presente. Lo que éstas muestran en dicho estar es el desocupar. Pero desde este último habla un dar, un «Se da».)

Ciertamente, el «dar» que se acaba de mencionar se nos antoja tan oscuro como el recién mentado «Se», o «Ello», que da.

Pensar propiamente el ser exige hacer caso omiso del ser tal y como es justificado e interpretado al estilo de toda metafísica, exclusivamente desde y para lo ente, como fundamento suyo. Pensar propiamente el ser exige dejar que siga su ruta el ser como fundamento de lo ente, mientras otorgamos nuestra preferencia al dar que entra ocultamente en juego en el desocupar, es decir, al Se da. En tanto que don, en tanto que donación de este Se da, el ser pertenece al dar. El ser como don no queda al margen del dar. El ser, el estar presente, se transfigura. Como deja restar‐ presente pertenece al desocupar, como don de éste queda retenido en el dar El ser no es. El ser Se da como el desocupar del estar presente.

Con alguna mayor nitidez podría mostrarse el «Se da», si nos disponemos a seguir más decididamente con el pensamiento las trazas del aquí mencionado dar.

Ello se logra si dirigimos nuestra atención a la riqueza de transformaciones de lo que harto indeterminadamente es denominado el ser, al que se desconoce a la vez en lo que tiene de más propio mientras se lo tenga por el más vacío de todos los conceptos vacíos. Esta representación del ser como lo puramente abstracto tampoco es todavía en principio abandonada, sino sólo confirmada, si el ser como lo puramente abstracto es conservado y superado en lo puramente concreto de la realidad del espíritu absoluto, lo cual ha alcanzado su culminación en el más potente pensar de los tiempos modernos, en la dialéctica especulativa de Hegel, quien así lo expone en su Ciencia de la Lógica.

Un intento de rastrear con el pensamiento la plenitud de transformaciones del ser alcanza el primer lugar de asentamiento, que a la vez indica el camino a seguir, cuando se piensa el ser en el sentido de estar presente.

(Quiero decir pensar, no meramente parlotear sobre el asunto y hacer así como si se entendiera de suyo la explicación del ser en tanto que estar presente.)

Pero ¿de dónde nos tomamos el derecho a caracterizar al ser como estar presente?

La pregunta llega demasiado tarde. Porque esta acuñación o modelación del ser hace largo tiempo que está decidida sin nuestra intervención ni siquiera nuestro mérito. Consiguientemente, estamos atados a la caracterización del ser como estar presente. Semejante atadura nos obliga desde el inicio de la desocultación del ser como algo decible, esto es, pensable. Desde el inicio del pensar occidental con los griegos todo decir del «ser» y del «es» está guardando memoria de la determinación, que vincula al pensar, del ser como estar presente. Esto vale también para el pensar que gestiona la más moderna técnica e industria, si bien todavía, por supuesto, sólo en un cierto sentido. Desde que la técnica moderna ha implantado la vastedad de su dominio sobre la entera faz de la tierra, no sólo giran en torno a nuestro planeta los sputniks y su cortejo de vástagos, sino que el ser como estar presente en el sentido de lo que cuenta como un stock de mercancías, como un depósito calculable de utilidades disponibles habla ya uniformemente a todos los habitantes de la Tierra, sin que quienes moran en las zonas no europeas de ésta sepan propiamente de ello ni tan siquiera puedan saber de la procedencia de semejante determinación

del ser. (Los menos amigos de un tal saber son, manifiestamente, los industriosos promotores del desarrollo, que hoy se afanan por poner a los llamados países subdesarrollados a la escucha de esa apelación del ser que habla desde lo más propio de la técnica moderna.)

Pero en modo alguno percibimos sólo y primero al ser como estar presente en la remembranza de la temprana exhibición del desocultamiento del ser que llevaron a cabo los griegos. Del estar presente nos percatamos en toda sencilla reflexión, suficientemente libre de prejuicios, sobre el estar delante y el estar a mano de lo ente. El estar a mano como el estar delante son modos del estar presente. Del modo más apremiante se nos muestra el vasto alcance del estar presente si reflexionamos que también, y precisamente, el estar ausente queda determinado por un estar presente a veces exasperado por la extrañeza.

En todo caso podemos constatar también históricamente la plenitud de transformaciones del estar presente mediante la indicación de que el estar presenten se muestra como el Ἕν, el Uno único y unificador, como el Λόγος, la recolección que salvaguarda todo, como la ἰδέα, οὐσία, ἐνέργεια, substantia, actualitas, perceptio, mónada, como objetividad, como legalidad o positividad legal del autoponerse en el sentido de la voluntad de razón, de amor, de espíritu, de poder, como voluntad de querer en el eterno retorno de lo semejante. Lo historiográficamente constatable se deja hallar dentro de la historia. El despliegue de la plenitud de transformaciones del ser tiene el parecido de una historia del ser. Pero el ser no tiene una historia, tal y como tiene su historia una ciudad o un pueblo. Lo histórico de la historia del ser se determina manifiestamente por y sólo por cómo acontece el ser, y esto quiere decir de acuerdo con lo que se acaba de exponer, por la manera como Se da el ser.

En el alba del desocultamiento del ser es ciertamente pensado el ser, εἶναι, ἐόν, mas no el «Se da». En vez de ello dice Parménides ἔστιν γὰρ εἶναι, «Es, pues, el ser».

Hace años (1946) que en la Carta sobre el humanismo se llamó la atención (p. 32) sobre la mencionada sentencia de Parménides: «ἔστιν γὰρ εἶναι está hoy aún impensado.» Esta indicación quisiera hacer notar que no nos está permitido someter precipitadamente la mencionada sentencia, «Es, pues, el ser», a una interpretación que nos salga cómodamente al paso y haga inaccesible lo pensado en ella. Todo aquello de lo que digamos que sea, es de acuerdo con esto representado como algo ente. Pero el ser no es nada ente. Por ende, el ἔστι sobre el que se ha cargado el acento en la sentencia de Parménides no puede representar como algo ente al ser, al que nombra. El acentuado ἔστι significa por cierto, literalmente traducido, «es».

Sólo que en esa acentuación resuena desde el ἔστι lo que ya antaño pensaron los griegos en el acentuado ἔστι y que nosotros podemos transcribir por «puede». En todo caso continúa siendo el sentido de este poder, antaño y posteriormente, tan impensado como el «Se» o «Ello» que puede ser. Poder ser quiere decir dispensar y dar ser. En el ἔστι se oculta o alberga el Se da.

Al comienzo del pensar occidental es pensado el ser, mas no el «Se da» como tal. Éste se retira a favor del don, que Se da, el cual don será en adelante exclusivamente pensado y conceptualizado como ser por referencia a lo ente.

A un dar que se limita a dar su don, su dádiva, y que, sin embargo, se reserva a sí mismo y se retira, a un tal dar lo llamamos el destinar. Conforme al sentido que así hay que pensar de dar, es el ser, que se da, lo destinado. De esta manera destinada queda cada una de sus transformaciones. Lo histórico de la historia del ser se determina desde lo destinable de un destinar, no desde un acontecer al que se considera indeterminado.

Historia del ser quiere decir destino del ser, destinaciones del ser en las cuales tanto el destinar como también el Se o Ello que destina se abstienen o contienen en la manifestación de sí mismos. Abstenerse, contenerse, se dice en griego ἐποχὴ.

De ahí el discurso acerca de épocas del destino del ser. Época no quiere decir aquí una sección temporal en el acontecer, sino el rasgo fundamental del destinar, el retener‐ se‐a‐sí‐mismo en cada caso a favor de la perceptibilidad del don, es decir, del ser por referencia a la fundamentación de lo ente. La sucesión de las épocas en el destino del ser ni es casual, ni se deja calcular como necesaria. En el destino se anuncia, sin embargo, lo «destinal» en el destino, lo pertinente en la copertenencia de las épocas. Éstas se recubren en su sucesión, de modo que la destinación inicial del ser como presencia (οὐσία) es de distinta manera más y más encubierta.

Sólo el desmantelamiento de estos encubrimientos —tal significa la «destrucción»— suministra al pensar una mirada precursora a lo que entonces se desvela como el destino‐del‐ser. Puesto que por doquier se representa el destino‐del‐ser sólo como historia y ésta como acontecer, en vano se intenta interpretar este acontecer a partir de lo que se dijo en Ser y tiempo sobre la historicidad del estar humano (no la historicidad del ser). El único camino posible sigue siendo, por el contrario, pensar anticipadamente ya desde Ser y tiempo los ulteriores pensamientos sobre el destino‐del‐ser, pensar a fondo lo que en Ser y tiempo se expone sobre la destrucción de la doctrina ontológica del ser de lo ente.

Si Platón se representa al ser como ἰδέα y como χοινωνία de las ideas, Aristóteles como ἐνέργεια, Kant como posición, Hegel como el concepto absoluto, Nietzsche como voluntad de poder, no son éstas doctrinas producidas al azar, sino palabras del ser como respuestas a una apelación que habla en el destinar que se oculta a sí mismo, en el «Se da el ser». En cada caso retenido en la destinación que se retira, el ser con su plenitud de transformaciones es desocultado al pensar. En la tradición de las épocas del destino‐del‐ser queda atado el pensar, y también cuando, y precisamente cuando, cobra memoria de cómo y de dónde recibe en cada caso el ser mismo la determinación que le es propia, a saber, desde el: Se da el ser. El dar se mostró como destinar.

Pero ¿cómo hay que pensar el «Se», el «Ello», que da el ser? Nuestra inicial observación sobre la conjunción de «tiempo y ser» señalaba que el ser como presencia (οὐσία, Anwesenheit, ser‐entrar‐en‐presencia), el presente, acusa, en un sentido todavía no determinado, la impronta de un rasgo temporal, y consiguientemente del tiempo. Esto da pie para conjeturar que el Se o Ello que da ser, que determina al ser como estar presente y dejar presente, pudiera dejarse hallar en lo

que en el titulo “Tiempo y ser» recibe la denominación de «tiempo».

Nos interesamos por esa conjetura y le seguimos el rastro al tiempo con el pensamiento. «Tiempo» nos es conocido por representaciones usuales de la misma manera que «ser», pero también de igual manera desconocido no bien nos proponemos dilucidar lo que tiene de peculiar. Mientras de esa manera hemos estado pensando a propósito del ser se ha demostrado cabalmente: lo peculiar del ser, aquello a donde pertenece y en donde permanece retenido, se muestra en el Se da y en el dar de éste como destinar. Lo peculiar del ser no es ningún tipo de ser. Si le seguimos propiamente el rastro con el pensamiento al ser, entonces la cosa misma nos desvía en cierta manera del ser, y pensamos el destino, que da al ser como don.

Tan pronto como atendemos a ello nos percatamos de que tampoco lo peculiar del tiempo se deja ya determinar con ayuda de la característica usual del tiempo comúnmente representado. La conjunción de tiempo y ser contiene empero la invitación a dilucidar, con la mirada puesta en lo dicho del ser, lo peculiar del tiempo.

Ser quiere decir: estar presente, dejar‐estar‐presente: presencia. En cualquier lugar, no importa dónde, podemos leer, por ejemplo, una comunicación como ésta: «La fiesta se celebró con la presencia, o asistencia, de numerosos invitados.» Una proposición que hubiera podido ser igualmente formulada diciendo: «Con la concurrencia» de numerosos invitados, o siendo numerosos los invitados «presentes».



El presente: apenas nombramos esta palabra y ya estamos pensando en el pasado y el futuro, el antes y el después a diferencia del ahora. Sólo que el presente entendido desde el ahora no es lo mismo en absoluto que el presente en el sentido de la presencia de los invitados (παροὐσία). Pues tampoco decirnos nunca ni tampoco podríamos decir: «La fiesta se celebró con el ahora de numerosos invitados.»

Si debemos, empero, caracterizar al tiempo desde el presente, entendemos éste como el ahora a diferencia del ahora‐ya‐no del pasado y del ahora‐todavía‐no del futuro. Pero el presente significa a la vez presencia o asistencia. Sin embargo, no estamos acostumbrados a determinar lo propio del tiempo desde la perspectiva del presente en semejante sentido. Mucho más es representado el tiempo —la unidad de presente, pasado y futuro desde el ahora. Ya dice Aristóteles que lo que es del tiempo, es decir, lo que está presente del tiempo, es el ahora de cada instante.

Pasado y futuro son un μὴ ὄν τι: algo no ente, que no es desde luego una pura nada, sino más bien algo que está presente, pero al que algo falta, la cual falta es nombrada mediante el «ya no»‐ahora y el «todavía no»‐ahora. Visto así, el tiempo aparece como la secuencia de los ahora, cada uno de los cuales, apenas nombrado, se desvanece ya en lo recién pasado y es ya seguido por lo inmediatamente venidero.

Kant dice del tiempo así representado: «Tiene sólo una dimensión» (Crítica de la razón pura, A31, B47). El tiempo conocido como secuencia en la sucesión de los ahora es el que se tiene en la mente cuando se mide y calcula el tiempo. El tiempo calculado está —así lo parece— a nuestro inmediato alcance, cuando echamos mano del reloj, el aparato que mide el tiempo, miramos la posición de las agujas y constatamos:

«ahora son las 20 (horas) 50». Al decir «ahora» tenemos en mente al tiempo.

Pero en ninguna parte del reloj, que nos indica el tiempo, encontramos el tiempo, ni en la esfera ni en el aparato de relojería. Igual de escasamente encontramos al tiempo en los modernos cronómetros técnicos. Cabe afirmar: cuanto más técnico es el cronómetro, es decir, más exacto y expedito en el efecto de la medición, tanto menos aún nos da la ocasión de pensar a fondo lo propio del tiempo.

Pero ¿dónde está el tiempo? ¿Es en general el tiempo? ¿Tiene un lugar? Evidentemente, no es que el tiempo sea nada. Ojo avizor nos mantuvimos al decir: Se da el tiempo. Con el ojo más avizor aún nos mantenemos y miramos cuidadosamente a lo que se nos muestra como el tiempo, dirigiendo anticipadoramente nuestra vista al ser en el sentido de presencia, del presente. Sólo que el presente en el sentido de la presencia es tan remotamente distinto del presente en el sentido del

ahora, que en modo alguno se deja determinar el presente como presencia desde el presente como ahora. Más bien parece posible la inversa (cfr. Ser y tiempo, § 81). Si tal fuese el caso, el presente como presencia y todo lo que pertenece a tal presente tendría que llamarse el tiempo auténtico o propiamente dicho, a pesar de que no tenga inmediatamente en sí nada del tiempo habitualmente representado en el sentido de la calculable sucesión‐de‐ahoras.

Mas hasta ahora no nos hemos ocupado de mostrar con mayor nitidez lo que quiere decir el presente en el sentido de presencia. Por ésta es determinado el ser unitariamente como estar presente y dejar estar presente, es decir, como desocultamiento.

¿En qué cosa pensamos cuando decimos asistir o estar presente? El sistere del asistir, el estar del estar presente, quiere decir permanecer. Mas harto rápidamente nos damos por satisfechos al entender el permanecer como mero durar y al durar tomando como hilo conductor la representación habitual del tiempo como un trecho temporal de un ahora a otro que le sigue. El discurso del estar‐presente, el discurso del a‐sistir, demanda, sin embargo, que percibamos en el permanecer como per‐manecer el aguardar y seguir aguardando. El estar presente nos atañe, la palabra alemana que designa al tiempo presente, Gegenwart, quiere decir: aguardar‐nos a nosotros, los humanos.

¿Quiénes somos nosotros? Persistimos en nuestra actitud de mantenernos ojo avizor con la respuesta. Pues bien pudiera ser que lo que caracteriza al hombre como hombre, se determina precisamente desde lo que tenemos que meditar aquí: el hombre, aquel a quien atañe o importa la presencia, el que desde tal atingencia, desde tal importancia, asiste, está a su manera presente, a todo lo que está presente y ausente.

El hombre, íntimamente instalado en el hecho de que le atañe la presencia, y esto empero de modo que recibe como don el estar presente que Se da, mientras percibe lo que aparece en el dejar estar presente. Si no fuera el hombre el constante receptor del don desde el «Se da presencia», si no alcanzase al hombre lo ofrendado o regalado en el don, entonces, por ausencia de este don, no sólo permanecería el ser oculto, no sólo permanecería además clausurado, sino que el hombre quedaría excluido del alcance de la regalía del: Se da el ser. El hombre no sería hombre.

Ahora parece como si al hacer referencia al hombre nos hubiéramos desviado del camino por el que queríamos seguir el rastro con el pensamiento a lo propio del ser. En cierto modo, así es. Sin embargo, estamos más cerca de lo que creemos de esa cosa, de ese asunto que se llama tiempo y que debe mostrarse propiamente desde el presente como presencia.

Presencia quiere decir: el constante seguir aguardando que atañe al hombre, que lo alcanza y que le es ofrendado. Pero ¿de dónde entonces este alcanzar ofrendador, al que pertenece el tiempo presente como asistir o estar presente, en la medida en que da presencia? Ciertamente al hombre le afecta y atañe siempre el estar presente de un algo que está en cada caso presente, sin que él repare propiamente con ello en el estar presente mismo. Pero con harta frecuencia, que es tanto como decir siempre, nos atañe también el estar ausente. En primer lugar por lo que respecta a muchas cosas que no están ya presentes de la manera que sabemos del estar presente en el sentido del presente. Y, sin embargo, también este ya‐no‐presente está inmediatamente presente en su estar ausente, a saber, según el modo del pasado que nos atañe. Éste no se desvanece como lo meramente consumido de lo que antes fue ahora. Lo pasado está más bien presente, pero a su propia manera. En el pasado se extiende el estar presente.

Pero el estar ausente nos atañe en el sentido de lo todavía no presente según el modo del estar presente en el sentido del ad‐venir‐nos. El discurso del ad‐venirnos ha llegado a convertirse en un tópico. Así se oye decir: «El futuro ha empezado ya», lo cual no es el caso, porque el futuro nunca jamás comienza, en la medida en que el estar ausente como el estar presente de lo todavía‐no‐presente nos atañe siempre ya de alguna manera, es decir, está presente tan inmediatamente como el pasado. En el por‐venir, en el ad‐venir‐nos se extiende el estar presente.

Pero si atendemos todavía más avizoradoramente a lo dicho, entonces encontramos en el estar ausente, ya sea el pasado, ya sea el futuro, una manera de estar presente y de atingencia que en modo alguno coincide con el estar presente en el sentido del presente inmediato. De acuerdo con esto conviene tener en cuenta que no todo estar presente es, cosa extraña, necesariamente el tiempo presente. Pero ese estar presente, esto es, el atañer o concernir que nos alcanza, lo encontramos también en el tiempo presente. También en él se extiende el estar presente.

¿Cómo debemos determinar esta regalía, esta extensión del estar presente que entra en juego en el presente, en el pasado, en el futuro? ¿Reposa este extender en que nos alcanza, o nos alcanza porque es en sí un extender? Lo último es el caso.

Advenir como todavía no presente, extiende y aporta simultáneamente lo ya no presente, el pasado, y a la inversa éste, el pasado, se extiende hasta alcanzar el futuro.

La relación de cambio de ambos extiende y aporta simultáneamente al presente.

Decimos «simultáneamente» y con ello adjudicamos al recíproco extenderse de futuro, pasado y presente, esto es, a su propia unidad, un carácter temporal.

Este proceder no es, manifiestamente, conforme a la cosa, supuesto que tengamos que nombrar «tiempo» a la ahora mostrada unidad del extender y exactamente a ella. Pues el tiempo no es él mismo nada temporal, tan escasamente como es algo ente. De ahí que no nos esté permitido decir que futuro, pasado y presente estén «simultáneamente» ante nosotros. Sin embargo, su recíproco ofrendar‐se les pertenece en común. Su unificante unidad sólo puede determinarse desde lo que

les es propio, que se ofrendan mutuamente. Pero ¿qué ofrendan mutuamente?

No otra cosa que a sí mismos, y esto quiere decir: el estar‐presente en ellos ofrendado. Con esto se esclarece lo que llamamos el espacio‐tiempo. Pero con la palabra «tiempo» no mentamos ya la secuencia de la sucesión de ahoras. De acuerdo con esto, espacio‐tiempo tampoco significa ya sólo la distancia entre dos «ahora» puntuales del tiempo calculado, al que tenemos en mente cuando, por ejemplo, constatamos: en el espacio temporal de cincuenta años sucedió esto y aquello. Espacio‐ tiempo nombra ahora lo abierto, que se esclarece en el recíproco‐ofrendar‐sede porvenir, pasado y presente. Solamente éste y sólo él abre o espacia al espacio que nos es habitualmente conocido su posible extensión. El esclarecedor y recíproco ofrendar‐se de futuro, pasado y presente es él mismo preespacial; sólo por ello puede espaciar, esto es, dar espacio.

El espacio de tiempo comúnmente entendido en el sentido de la distancia medida de dos puntos temporales es el resultado del cálculo del tiempo. Por ella es el tiempo representado como línea y parámetro y, por ende, unidimensional, medido numéricamente. Lo dimensional así pensado del tiempo como la secuencia de la sucesión de ahoras es sustraído a la representación tridimensional del espacio.

Antes de todo cálculo del tiempo y con independencia de él, lo propio del espacio‐tiempo del tiempo auténtico reposa, empero, en el esclarecedor y recíproco ofrendar‐se de futuro, pasado y presente. De acuerdo con esto es propio del tiempo auténtico y sólo de él lo que llamamos, dando fácilmente lugar a malinterpretado, dimensión, mensuración. Ésta reposa en el caracterizado ofrendar esclarecedor, en tanto que el porvenir aporta el pasado, este aquél, y la mutua relación de cambio de ambos el esclarecimiento de lo abierto. Pensado desde este triple ofrendar, se demuestra el tiempo propio como tridimensional. Dimensión —repitámoslo— es aquí pensada no sólo como ámbito de la posible medición, sino como el extenderse de un cabo a otro, como el ofrendar esclarecedor. Sólo éste permite representar y delimitar un ámbito de medida.

Pero ¿de dónde recibe entonces su determinación la unidad de las tres dimensiones del tiempo auténtico, esto es, de sus tres maneras, implicadas en mutuo juego, del ofrendar de cada propio estar presente? Acabamos de escuchar. Tanto en el advenir de lo todavía‐no‐presente como también en el haber sido de lo ya‐nopresente y hasta en el presente mismo juega en cada caso una especie de atingencia y aportación, es decir, de estar presente. Este estar presente que así hay que pensar no lo podemos adjudicar a una de las tres dimensiones del tiempo, a saber, a la que tenemos más cerca, el presente. Mucho más bien descansa la unidad de las tres dimensiones del tiempo en el juego de cada una con cada una de las otras. Este juego se muestra como el auténtico ofrendar que juega en lo propio del tiempo, y por tanto algo así como la cuarta dimensión no sólo algo así como, sino desde la cosa.

El tiempo auténtico es tetradimensional.

Lo que nosotros, empero, llamamos en nuestra enumeración la cuarta dimensión es la primera según la cosa, a saber, la regalía que todo lo determina. Ella aporta en el porvenir, en el pasado y en el presente el estar presente que le es propio a cada uno, los mantiene esclarecedoramente separados y los mantiene también juntos en la cercanía, de la cual quedan las tres dimensiones mutuamente cercanas.

Por eso denominamos al primero, inicial y en el sentido literal in‐iciante extender, en el que reposa la unidad del tiempo auténtico, la cercanía acertante, «cercanidad» [«Naheit»] —una antigua palabra todavía utilizada por Kant—. Pero ella acerca mutuamente porvenir, pasado y presente, en la medida en que los aleja.

Pues mantiene abierto lo sido, en tanto le recusa su porvenir como presente. Este acercar de la cercanía mantiene el advenir desde el futuro, en tanto que precontiene el presente en el venir. La cercanía acertante tiene el carácter de la recusación y de la retención. Ella mantiene juntos de antemano, en su unidad, los modos del extender de pasado, advenir y presente.

El tiempo no es. Se da el tiempo. El dar, que da tiempo, se determina desde la recusante‐retinente cercanía. Procura lo abierto del espacio‐tiempo y preserva lo que permanece recusado en el pasado, retenido en el futuro. Denominamos al dar que se da el tiempo auténtico, la regalía esclarecedora‐ocultadora. En la medida en que la regalía misma es un dar, se oculta en el tiempo auténtico el dar de un dar.

Pero ¿dónde se da el tiempo y el espacio‐tiempo? Por acuciante que pueda parecer a primera vista esta pregunta, no nos está ya permitido preguntar de semejante manera por un dónde, por el lugar del tiempo. Porque el tiempo auténtico mismo, la región de su triple regalía determinada por la cercanía acercante, es la localidad preespacial, sólo merced a la cual se da un posible donde.

Ciertamente la filosofía ha preguntado también, siempre que ha rastreado con el pensamiento al tiempo, adónde pertenece. Con ello se tenía preferentemente en la mirada el tiempo calculado como curso de la secuencia de la sucesión de ahoras.

Se explicaba que el tiempo enumerado con el que calcular, no puede darse sin la ψυὴ, no sin el animus, no sin el alma, no sin la consciencia, no sin el espíritu. El tiempo no se da sin el hombre. Ahora bien, ¿qué mienta este «no sin»? ¿Es el hombre el donante del tiempo o su receptor? Y si es esto último, cómo recibe el hombre el tiempo? ¿Es el hombre primero hombre, para tomar luego en recepción ocasionalmente, esto es en algún tiempo, al tiempo y asumir la relación a éste? El tiempo auténtico es la cercanía que concilia en unidad su triple y esclarecedora regalía de estar presente desde el presente, el pasado y el futuro. Ella ha alcanzado ya y de tal manera al hombre en cuanto tal, que éste sólo puede ser hombre en la medida en que está en el interior de la triple regalía y ante la recusante‐retinente cercanía que lo determina. El tiempo no es ningún producto del hombre, el hombre no es ningún producto del tiempo. Aquí no se da ningún producir. Se da sólo el dar en el sentido del denominado ofrendar o extender esclarecedor del espacio‐tiempo. Mas, una vez acordado que la manera del dar en la que el tiempo se da exige la caracterización

expuesta, seguimos estando siempre ante el enigmático Se o Ello que nombramos en el habla: Se da el tiempo, Se da el ser. Crece el peligro de que con el nombramiento del «Se» o «Ello» introduzcamos arbitrariamente una potencia indeterminada que debe poner en marcha todo dar de ser y de tiempo. Sin embargo, escapamos a la indeterminación y evitamos el arbitrio en cuanto nos atenemos a las determinaciones del dar, que hemos intentado mostrar, y ciertamente desde el mirar, ojo avizor, al ser como presencia y al tiempo como región de la regalía del esclarecimiento de un múltiple estar presente. El dar en el «Se da el ser» se mostró como destinar y como destino de presencia en sus transformaciones epocales.

El dar del «Se da el tiempo» se mostró como regalía esclarecedora de la región tetradimensional.

En la medida en que en el ser como presencia se anuncia algo así como el tiempo, se robustece la ya mencionada conjetura de que el tiempo auténtico, la cuádruple regalía de lo abierto, se deja hallar como el «Se» o «Ello», que da el ser, es decir, el estar presente. La conjetura parece confirmarse por entero si reparamos en que también el estar ausente se anuncia en todo caso como una manera de estar presente. Entonces se mostró en el sido, que deja estar presente lo ya‐no‐presente por recusación del presente, se mostró en el ad‐venir‐nos, que deja o hace estar presente lo aún‐no‐presente mediante retención del presente, esa especie de regalía esclarecedora, que da a lo abierto todo estar presente.

Así el tiempo auténtico aparece como el Se o Ello al que nombramos al decir:

Se da el ser. El destino en el que se da el ser reposa en la regalía del tiempo. ¿Se demuestra por esta indicación el tiempo como el Se o Ello que da ser? En modo alguno.

Porque el tiempo sigue siendo él mismo el don de un «Se da» cuyo dar preserva la región en la que es tendida la presencia. Enigmático sigue siendo, pues, el Se, y nosotros mismos seguimos estando perplejos. En tal caso es sensato determinar el Se o Ello, que da, desde el ya caracterizado dar. Éste se mostró como destinar del Ser, como tiempo en el sentido del regir o regalar esclarecedor.

(¿O nos sentimos ahora perplejos sólo porque nos dejamos inducir a error por el lenguaje o, para ser más precisos, por la exégesis gramatical del lenguaje, y por causa de este error nos aferramos a un «Se» o «Ello» que debe dar, pero que él mismo precisamente no da? Al decir: Se da el ser, Se da el tiempo, estamos enunciando proposiciones. Según la gramática, una proposición consta de sujeto y predicado.

El sujeto de la proposición no tiene que ser necesariamente un sujeto en el sentido de un yo o de una persona. De ahí que la gramática y la lógica conciban a las proposiciones de «se» o de «ello» como impersonales y como proposiciones sin sujeto. En otros lenguajes indogermánicos, en griego y en latín, falta el «Se» o «Ello», al menos como palabra y forma fonética, lo cual empero no significa que el mentado Se o Ello no esté co‐pensado: en latín pluit, llueve; en griego χρὴ, hace

necesario.

Pero ¿qué significa este «Se»? La ciencia y la filosofía del lenguaje han reflexionado profusamente al respecto, sin que se haya encontrado una aclaración válida.

El círculo de significaciones mentado por el «Se» fluctúa desde lo irrelevante hasta lo demoníaco. El «Se» dicho en el habla «Se da el ser», «Se da el tiempo» nombra presumiblemente algo privilegiado en lo que aquí no hay que entrar. Por eso nos damos por contentos con una reflexión fundamental.

De acuerdo con la explicación lógico‐gramatical, aquello de lo cual se enuncia o predica algo aparece como sujeto: ὑποκείμενον, lo ya subyacente, lo que de alguna manera está presente. Lo que es adjudicado al sujeto como predicado, se muestra como lo que está ya co‐presente con lo que está presente, el συμβεβηκός, accidens: la sala está iluminada. En el «Se» del «Se da el ser» habla un estar presente de algo que está presente, por tanto en cierto modo un ser. Si ponemos esto en lugar del Se, entonces la proposición «Se da el ser» dice tanto como «El ser da el ser».

Con ello volvemos a caer en las dificultades mencionadas al comienzo de la conferencia: el ser es. Pero en tan escasa medida «es» el ser como lo «es» el tiempo. De ahí que abandonemos ahora el intento de que, caminando sin más en solitario, el Se o Ello se determine por sí mismo. Queda, empero, fijo en nuestra mirada que: El «Se» nombra, en todo caso en la interpretación de momento disponible, un estar presente del estar ausente.

Teniendo en cuenta que en el decir «Se da el ser», «Se da el tiempo», no se trata de enunciados sobre el ente, mientras que la estructura proposicional de las proposiciones fue, sin embargo, transmitida por los gramáticos greco‐romanos por exclusiva referencia a tales enunciados, consideremos asimismo la posibilidad de que al decir: «Se da el ser», «Se da el tiempo», no se trate, contra toda apariencia, de enunciados, que estén siempre fijos en la estructura proposicional de la relación‐ sujeto‐predicado. Pero ¿de qué otro modo debemos traer a la mirada el «Se» dicho en el mencionado decir «Se da el ser», «Se da el tiempo»? Sencillamente así: que pensemos al «Se» desde el modo del dar que le pertenece: el dar como destino, el dar como regalía esclarecedora. Ambos se pertenecen mutuamente, en la medida en que aquél, el destino, reposa en ésta, la regalía esclarecedora.)

En el destinar del destino del ser, en la regalía del tiempo se muestra un apropiarse, un super‐apropiarse, que lo es del ser como presencia y del tiempo como ámbito de lo abierto en lo que uno y otro tienen de propio. A lo que determina a ambos, ser y tiempo, en lo que tienen de propio, esto es, en su recíproca copertenencia, lo llamamos: el acaecimiento [das Ereignis]. Lo que esta palabra nombra, sólo lo podemos pensar ahora desde lo que se anuncia cuando se mira con ojo avizor al ser y al tiempo como destino y como regalía, allí donde ser y tiempo tienen su asiento y origen. A ambos, tanto al ser como al tiempo, los hemos llamado cosas o asuntos, cuestiones. La «y» entre ambos deja sin determinar su recíproca relación.

Por añadidura se muestra lo siguiente: Lo que deja que ambas cosas se pertenezcan recíprocamente, lo que no sólo trae a ambas cosas a lo que tienen de propio, sino que las conserva y mantiene en su recíproca pertenencia, la condición natural de ambas cosas, la índole de la cosa es el acaecimiento. La condición o índole de la cosa no se le sobreañade supletoriamente, como una relación superpuesta, al ser y al tiempo. La índole de la cosa se apropia primero al ser y al tiempo desde la interna relación que uno y otro guardan entre sí en lo que tienen de propio, y ello,

ciertamente, mediante el apropiar que se oculta en el destino y en la regalía esclarecedora.

De acuerdo con esto el Se, el Ello que da en «Se da el ser», «Se da el tiempo», se acredita como el acaecimiento. Este enunciado es justo y, sin embargo, a la vez incierto, por cuanto nos oculta la índole de la cosa; pues en vano nos la hemos representado como algo que está presente, cuando lo que intentamos es, empero, pensar la presencia como tal. Mas quizá nos hayamos desembarazado de un solo golpe de todas las dificultades, de todas las prolijas y aparentemente infructuosas explicaciones, si planteamos y le damos respuesta a la sencilla pregunta que hace tiempo nos acucia: ¿qué es el acaecimiento?

Permítasenos intercalar al respecto una pregunta. ¿Qué quiere decir aquí «responder» y «respuesta»? Por responder se entiende el decir que corresponde a la índole de la cosa a pensar, esto es, al acaecimiento. Mas, si la índole de la cosa prohíbe el decir de ella al modo de un enunciado, entonces es menester que renunciemos a la proposición enunciativa a esperar en la planteada pregunta. Esto significa, empero, confesar la impotencia de pensar de conformidad con la cosa lo que aquí hay que pensar. ¿O es más aconsejable renunciar no sólo a la respuesta, sino antes aún a la pregunta? Entonces, ¿qué es lo que pasa con esta pregunta que no estamos planteando forzadamente, que está justificada y es ilustradora: qué es el acaecimiento? Con ella preguntamos por el qué, por la esencia, por cómo es y está, en consecuencia, presente el acaecimiento.

Con la aparentemente inocente pregunta: ¿qué es el acaecimiento?, demandamos un informe sobre el ser del acaecimiento. Pero, si resulta que el ser mismo en cuanto tal se muestra como lo que pertenece al acaecimiento y recibe de él la determinación de presencia, entonces la pregunta formulada anteriormente nos retrotrae a aquello que reclama ante todo su determinación: el ser desde el tiempo. Esta determinación se mostró al mirar ojo avizor al «Se» que da, al escrutar con la mirada los mutuamente trabados modos del dar, el destinar y el extender. El destinar del ser reposa en la esclarecedora‐ocultante regalía del múltiple estar presente en la región abierta del espacio‐tiempo. Pero la extensión de la regalía reposa, a una con el destinar, en el acaecer como apropiar. Esto, es decir, lo peculiar del acaecimiento, determina también el sentido de aquello que aquí es denominado el reposar.

Lo ya dicho permite, y en cierto modo exige incluso, decir cómo no hay que pensar el acaecimiento. Lo nombrado con el nombre alemán das Ereignis (el acaecimiento) no podemos representárnoslo ya tomando como hilo conductor el significado usual de la palabra; pues éste la entiende en el sentido de evento y suceso — no desde el apropiarse como el esclarecedor y salvaguardante extender y destinar.

Así se ha oído recientemente el comentario de que la proyectada unificación dentro de la Comunidad Económica Europea sea un acaecimiento europeo de importancia histórica mundial. Mas si en el contexto de una dilucidación del ser nos sale al paso la palabra «acaecimiento» y se presta oídos a esta palabra sólo según la significación usual, entonces se impone formalmente hablar del acaecimiento del ser. Pues sin el ser no puede ser ningún ente como tal. De acuerdo con esto, cabe poner en circulación al ser atribuyéndole el carácter de acaecimiento supremo, el

más importante de todos.

Sólo que el único objetivo de esta conferencia se encamina a traer a la mirada al ser mismo como acaecimiento. Sólo que lo nombrado con las palabras «el acaecimiento» [das Ereignis] dice enteramente otra cosa. De acuerdo con esto hay que pensar también el inaparente, y siempre capcioso porque polisémico, vocablo «como». Supuesto que, con vistas a la dilucidación de ser y tiempo, dejemos seguir su camino a la significación usual de la palabra alemana Ereignis (acaecimiento) y, en lugar de a dicha significación, sigamos al sentido que se indica en el destinar de la presencia y en la regalía esclarecedora del espacio‐tiempo, entonces queda también así aún indeterminada el habla del «ser como acaecimiento». «Ser como el acaecimiento»: Antaño pensó la filosofía al ser, desde el ente, como ἰδέα, como ἐνέργεια, como actualitas, como voluntad y ahora —cabría pensar— como acaecimiento. Así entendido, mienta «acaecimiento» una interpretación declinada del ser que, si resulta legítima, representa una continuación de la metafísica.

El «como» significa en este caso: acaecimiento como una especie del ser, subordinada al ser, que constituye el establecido concepto conductor. Si pensamos empero, como se intentó, ser en el sentido de estar presente y dejar estar presente, que se da en el destino, el cual reposa por su parte en la esclarecedora‐ocultadora regalía del tiempo auténtico, entonces el ser pertenece al [acaecer como] apropiar. Desde éste reciben su determinación el dar y su don. Entonces sería el ser una especie de acaecimiento y no el acaecimiento una especie del ser.

La huida a semejante inversión sería demasiado fácil. Soslaya con el pensamiento la índole de la cosa. El acaecimiento entendido como «apropiación» o acaecimiento apropiador no es el concepto abarcante superior, bajo el cual se dejan ordenar ser y tiempo. Las relaciones de ordenación lógica aquí no dicen nada. Pues, si buscamos con el pensamiento el rastro al ser mismo y seguimos lo que tiene de propio, el ser se demuestra como el don, concedido en verdad mediante la regalía del tiempo, del destino de la presencia. El don, la donación del estar presente es propiedad del apropiar. El ser desaparece en el acaecimiento apropiador. En la frase «el ser como el acaecimiento» significa el «como» ahora: ser, dejar estar presente destinado en el apropiar, tiempo ofrendado en el apropiar. Ser y tiempo apropiados en el acaecimiento apropiador. ¿Y este mismo? ¿Cabe decir todavía más del acaecimiento apropiador?

Más se pensó, aunque no fue dicho con propiedad, durante el camino, y ello es: que al dar como destinar le pertenece el contenerse, y, asimismo, que en el ofrendarse de pasado y porvenir entran en juego la recusación de presente y la retención de presente. Lo ahora nombrado: contenerse, recusación, retención, muestra algo así como un retirarse, dicho brevemente: la retirada. Pero en la medida en que los modos por ésta determinados del dar, el destinar y el tender, reposan en el apropiar, ha de pertenecer la retirada a lo peculiar del acaecimiento apropiador.

Dilucidar esto no es ya asunto de la presente conferencia. (Con toda brevedad y con la insuficiencia inherente al estilo de una conferencia, valgan las siguientes indicaciones sobre lo peculiar en el acaecimiento apropiador.

El destinar en el destino del ser fue caracterizado como un dar, en el que lo destinante mismo se retiene y retira en el retenerse del desocultamiento.

En el tiempo auténtico y su espacio‐tiempo se mostró el ofrendar del pasado, y por tanto de lo ya‐no‐presente, la recusación de éste. En el ofrendar del futuro, y por tanto de lo aún‐no‐presente, se mostró la reserva de éste. Recusación y retención acusan el mismo rasgo que el contenerse en el destinar: a saber, el retirarse.

En la medida, pues, en que el destino del ser reposa en la regalía del tiempo y éste con aquél en el acaecimiento apropiador, se anuncia en el apropiar lo que le es peculiar a dicho acaecimiento, que lo que tiene de más propio lo retira el desocultamiento sin límite. Pensado desde el apropiar, esto quiere decir: el acontecimiento apropiador se expropia, en el mencionado sentido, de sí mismo. A la apropiación del acaecimiento apropiador como tal pertenece la expropiación. Por ella no se abandona el acaecimiento apropiador, sino que preserva su propiedad.

Otro rasgo peculiar del acaecimiento apropiador lo divisamos, tan pronto como meditemos lo ya dicho con la suficiente nitidez. En el ser como estar presente se anuncia la atingencia, que hasta tal extremo nos atañe a nosotros, los hombres, que es al percatarnos de ella y aceptarla como alcanzamos lo distintivo del ser hombre. Pero este aceptar la atingencia del estar presente reposa en el estar instalado en el interior de la región de la regalía, por cuya virtud nos alcanza el tiempo

auténtico en sus cuatro dimensiones.

En la medida en que tiempo y ser sólo se dan en el apropiar, a este último pertenece lo peculiar que trae al hombre a lo que él tiene de propio como aquel que se percata del ser, mientras persiste en el interior del tiempo auténtico. Así apropiado pertenece el hombre al acaecimiento apropiador.

Este pertenecer reposa en la reapropiación que caracteriza a dicho acaecimiento.

Por ella está el hombre a él comprometido. Aquí reside el que no podamos poner ante nosotros el acaecimiento apropiador, ni como algo que se nos enfrenta, ni como lo que todo lo abarca. De ahí que el pensar fundamentante‐representante corresponda tan escasamente al acaecimiento apropiador como el decir meramente enunciativo.)

En la medida en que tanto el tiempo como el ser, en su condición de dones del apropiar, sólo han de ser pensados desde éste, tiene que ser también correlativamente meditada la relación del espacio al acaecimiento apropiador. Esto, ciertamente, sólo puede salir bien, si antes hemos divisado la procedencia del espacio de lo peculiar, suficientemente pensado, del lugar. [Cfr. «Construir Habitar Pensar» (1951), en Conferencias y artículos (1954), pp. 145 ss.]

El intento, abordado en Ser y tiempo, § 70, de reducir la espacialidad del estar humano a la temporalidad ya no se deja mantener.

El escrutinio del ser mismo, el escrutinio del tiempo mismo, el poner la mira en el destino del ser y en la regalía del espacio‐tiempo hicieron, ahora, ciertamente divisable qué dice «acaecimiento apropiador». Ahora bien, ¿arribamos por este ca mino a algo que no sea una mera construcción de pensamientos? Desde la trastienda de esta sospecha habla la opinión de que el acaecimiento apropiador tiene que «ser», no obstante, algo ente. Empero, el acaecimiento apropiador ni es ni se da. Decir tanto lo uno como lo otro significa una inversión de la índole de la cosa, igual que si quisiéramos hacer manar la fuente del torrente.

¿Qué queda por decir? Sólo esto: el acaecimiento apropiador acaece apropiadoramente [o: la apropiación apropia]. Con lo cual, yendo de lo mismo a lo mismo, decimos lo mismo. Aparentemente, esto no dice nada. Tampoco dice nada mientras escuchemos lo dicho como una mera proposición y lo entreguemos al interrogatorio de la lógica. Pero ¿qué pasa si aceptamos sin desmayo lo dicho como el punto de apoyo para la meditación y acto seguido advertimos, reflexionando, que esto mismo ni siquiera es algo nuevo, sino lo más antiguo de lo antiguo en el pensar occidental: lo primordialmente antiguo, que se oculta en el nombre Ἀ‐λήθεια?

Desde lo que es anticipadamente dicho por este que es el inicial de todos los motivos conductores del pensar, habla una vinculación que obliga a todo pensar, supuesto que éste se someta a aquello a que apela lo que ha de ser pensado.

Mediante el escrutinio del tiempo propiamente dicho en lo que tiene de propio —desde el acaecimiento como apropiación— ha resultado procedente pensar el ser sin referencia a la relación del ser a lo ente.

Pensar el ser sin lo ente quiere decir: pensar el ser sin referencia a la metafísica.

Pero una tal referencia continúa siendo también dominante en la intención de superar la metafísica. De ahí que convenga desistir de ese superar y abandonar la metafísica a sí misma.

Si sigue siendo necesaria una superación, ésta concierne entonces a ese pensamiento que se compromete propiamente en, desde y hacia el acaecimiento apropiador, para decirlo.

Conviene porfiar en la superación de los impedimentos que con facilidad hacen insuficiente un tal decir.

Un impedimento de esta suerte lo sigue siendo también el decir acerca del acaecimiento apropiador al modo de una conferencia. Ésta ha hablado sólo en proposiciones enunciativas.

viernes, 25 de mayo de 2012

"MONTONEROS, LA SOBERBIA ARMADA" por Pablo Giussani. SEXTA ENTREGA.

Con el debido respeto y la latente actualidad que tienen las reflexiones de Pablo Giussani, intentaré embarcarme en la entrega de este soberbio libro, que aunque ya tiene casi treinta años, devela porque la Argentina es la Argentina de hoy.

Retóricas, discursos, juegos dialecticos de "rebeldes" a quienes el traje de "revolucionarios" les quedó inmenso.
Los manejos de Perón, Mussolini y un grupo de aburridos burgueses jugando a ser desafiantes con "los padres" y luego llorando por el reto recibido.

Reconstruyamos nuestros pensamientos con la valentía de ponernos en duda y de dialogar con nuestras miserias humanas.

Darío Yancán.

 
26

La revolución cubana, ya deformada, estilizada y descontextualizada de su historia real por obra de la soberbia revolucionaria, fue proyectada luego como modelo sobre el resto de Latinoamética.

Con lo que el castrismo cometió dos pecados en uno: el de querer exportar la revolución cubana, y el de querer exportar, a título de “revolución cubana” una cosa que nunca había ocurrido en Cuba.

                               “ la Revolución Cubana ha demostrado que la guerrilla puede destruir un poderoso ejército                                        profesional. Si lo pudimos hacer nosotros, también ustedes pueden hacerlo”!

¿ Quién no recuerda ese cliché argumental, mil veces reiterado en discursos y declaraciones castristas a lo largo de los años '60?. Tal fue el mensaje específico del castrismo a la América Latina, la fórmula del llamamiento cubano a la insurrección continental. Toda una generación fue convocada a luchar y morir en la instrumentación de un modelo operativo que era una lisa y llana falsedad.

Si el llamamiento hubiera sido una exhortación a hacer lo que la revolución cubana realmente demostró que podía hacerse, habría encerrado una serie de recomendaciones bastante más complejas, de alcances bastante más restringidos y de tono bastante más modesto. Habría sido, por lo pronto, un mensaje menos universal, con el elenco de sus destinatarios limitado a quienes estuvieran padeciendo dictaduras similares a la de Batista.

Habría incluido, además, entre otras recomendaciones, la de limitar el objetivo perseguido a la restauración del pluralismo democrático, la de promover una alianza entre todos los sectores susceptibles de coincidir en una acción conjunta para alcanzar esa meta, la de convencer a Washington de que esta acción no apuntaba a lesionar intereses norteamericanos básicos, la de conseguir- bajo la así asegurada benevolencia estadounidense- el respaldo activo de los más poderosos gobiernos del hemisferio, la de combatir siempre con el escapulario en la mano y la de persignarse con horror toda vez que se recibía una acusación de complicidad con el comunismo.

Pero la lógica de la soberbia revolucionaria no podía incluir semejantes recomendaciones en la promoción latinoamericana del modelo castrista, sin reconocer el papel de poderosos factores ajenos a la guerrilla en la historia real de la revolución cubana. Una admisión de este tipo restaría grandiosidad a la guerrilla, cuestionaría la omnipotencia de la voluntad guerrillera, dejaría en descubierto el hecho de que solo una parcela secundaria de la revolución cubana había pasado por la Sierra Maestra, mientras el resto del proceso que acabaría con Batista pasaba por manejos de cancillería, disponibilidades empresarias y avales de moderadas fuerzas políticas tradicionales.

La promoción de la revolución cubana como modelo universal tuvo que sujetarse entonces a la necesidad de preservar su imagen contra todas estas impurezas-iconográficamente irreproducibles- de la vida real. Y en esta tarea de autopreservación mitológica, el modelo que se lanzó sobre el continente fue el de la violencia omnipotente, el de los “diez, cien, mil Vietnam”, el de una guerra mesiánica e imposible, en la que fueron asumidos como enemigos aquellos a quienes el castrismo de la Sierra había tenido a su lado como condescendientes aliados y proveedores de municiones.

Millares, digo millares, de jóvenes latinoamericanos fueron arrojados a la muerte durante los últimos veinte años al servicio de esta monumental distorsión, como un tributo pagado en sangre al narcisismo revolucionario de La Habana.

Con este rito sacrificial empalma la religión montonera del heroísmo, de la violencia sacramentalizada, de la muerte purificadora, ingredientes de un elitismo militar convertido en fuente de una conducción política estratificante30

Se está ingresando aquí en un campo de interrogantes terribles para una cultura de izquierda como la que me llevó a mí a engrosar en los años '60 las falanges latinoamericanas de adoradores y divulgadores de la Cuba revolucionaria. ¿ es posible que las inclinaciones, predisposiciones y prácticas identificadas aquí como fascistoides en su variante montonera sean rastreables hasta la propia revolución cubana?.

La pregunta, de cualquier manera, abre quizás caminos inesperados hacia una explicación del para muchos enigmático ensamblamiento que se operó en la ascendencia cultural de Montoneros entre el cubanismo y el otro gran componente del humus histórico en el que germinaron los escuadrones de Mario Firmenich: el peronismo.





27

En una etapa más avanzada de mi niñez, superada y olvidada ya la obsesión por la botelladuende, viví un período de apasionamiento casi igualmente obsesivo por las adivinanzas. Mis mayores simpatías quedaban reservadas para quienes pudieran contarme alguna; mi primera meta ante cualquier revista que caía en mis manos era la página de las charadas.

Creo que las adivinanzas constituyen, para cualquier niño que caiga como caí yo bajo su encanto, una amable vía de acceso a la edad de la razón, al reconocimiento de que existe, fuera de nosotros, un mundo sólido , resistente a nuestros caprichos, sujeto a leyes extrañas a nuestro arbitrio.

En la arbitrariedad reside quizás la fascinación del ludismo mágico propio de la primera infancia, una edad en la que el mundo se nos ofrece sin identidad propia, sumiso a las identidades que, jugando con él, nos dignamos dispensarle.

La escoba que en el mundo de los adultos es irreductiblemente una escoba, adquiere en el mundo de los niños una suerte de ductilidad ontológica que le permite sobrellevar sucesiva e impredictiblemente la naturaleza de un sable, de un proyectil o de un caballito.

Ese mundo maleable y complaciente carece de un ser que se nos imponga. Nos sobreviene desprovisto de durezas y de lógicas independientes de nosotros que conviertan en algo previsible el futuro de cada cosa. De adultos, en cambio, quedamos a merced de un mundo que nos dicta casi coactivamente nuestro comportamiento con las cosas, creando a nuestro alrededor un monótono sistema de destinos y previsibilidades. La escoba nos destina, sin alternativas , a barrer con ella, como la silla nos destina a sentarnos y el lápiz a escribir. Cada cosa nos impone una lógica propia a partir de la cual todo es previsible.

¿Pero puede alguien prever lo que va a hacer un niño con una escoba? El ser de la escoba – su ser lanza, proyectil, caballito o hasta escoba- no es algo que el niño recibe ya hecho de ella como una pauta de conductas predeterminadas, sino algo que el niño comete en ella. La conducta del adulto es una consecuencia del ser; la del niño es su condición.

Pasar de esta vida libre y arbitraria que retoza en la imprevisibilidad a una vida de conductas previstas y predeterminadas por lógicas externas es siempre un tránsito difícil y penoso. Pero si en este pasaje tropezamos con una adivinanza, estamos salvados, trasponemos el umbral entre la magia y la razón casi sin darnos cuenta.

Porque el encanto de la adivinanza radica en que su desenlace es a la vez imprevisible y racional, sorprendente y lógico. Por su intermedio, la razón ingresa en nuestras vidas como un momento inesperado de la magia.

Casi todas las adivinanzas, con todo, nos introducen en lógicas ramplonas, en la mera racionalidad de lo cotidiano. La razón que nos descubren sus desenlaces nos fascina por el trámite sorpresivo de su exordio y no por su contenido.

“Hay una cosa que es a la vez dos cosas. ¿ Sabes cuál es'”, me preguntó en cierta ocasión mi tío. El problema me dio vueltas un rato por la cabeza sin embocar con una solución. “ ¡Un par de zapatos!” reveló mi tío. ¡ Ah, claro! Todo el encanto reside en este descubrimiento, en lo que Koehler llamaba la “An experience”, pero no en la cosa descubierta, la sencilla logicidad ya sabida del uno y el dos fundidos en el par.

Pero hay adivinanzas excepcionales, que nos abisman sobre una racionalidad más profunda, fascinante ella misma más allá de la fascinación de descubrirla. Una racionalidad cargada de mensajes y claves de otras racionalidades que la razón de todos los días ignora.

Hay una adivinanza de este segundo género que me cautivó cuando la escuché por primera vez – a los 10 ó 12 años de edad- y que me sigue cautivando aun hoy al ofrecerme en su desenlace la sensación de haber descubierto una clave la historia humana.

La adivinanza tiene por protagonista a un explorador inglés que se pierde en una jungla. El hombre pasa días y días deambulando sin rumbo entre árboles y bejucos, hasta que de pronto, cuando ya está perdiendo la esperanza de encontrar una salida, se ve rodeado por una docena de belicosos nativos, armados de lanzas y escudos.

Capturado por estos guerreros de aspecto temible e intenciones indescifrables, el explorador es conducido hasta una aldea en cuyo centro se yergue lo que la adivinanza describe, con la cándida incongruencia de estas historias, como un fabuloso palacio. El cautivo y sus captores entran en el edificio, recorren largos y alfombrados corredores y transponen macizas puertas flanqueadas por otros guerreros de custodia, hasta que los recibe, finalmente, sentado en su trono, el anciano rey de la tribu.

El monarca saluda afablemente al prisionero en sorpresivo inglés y le comunica apesadumbrado que las severas leyes de su reino prevén lamentablemente la pena de muerte por decapitación para todo extranjero que pise el territorio del país. Pero se trata también de una legislación prudente y generosa, que concede al intruso la posibilidad de salvar su vida si acierta con la solución de una adivinanza.

“ Tengo cinco esclavas, tres de ellas con ojos azules y dos con ojos negros”, dice el rey. “ Estas mujeres tienen una particularidad: las de ojos azules dicen siempre la verdad; las de ojos negros siempre mienten. Dentro de unos instantes, las cinco comparecerán en fila ante nosotros, todas ellas encapuchadas, y usted podrá formularles sólo tres preguntas. No tres a cada una sino tres en total. Si con ellas logra descubrir el color de los ojos de las cinco, quedará en libertad y convertido en huésped de mi reino”.

El rey golpea las manos y las cinco esclavas encapuchadas ingresan en la sala del trono guiadas por un guardián. El explorador, tras unos momentos de reflexión, pregunta a la primera: “

¿ Qué color de ojos tienes'”.

La mujer contesta en el dialecto de su tribu, ininteligible para el prisionero. El inglés protesta, se declara lesionado en su derecho al fair play y exige que le traduzcan la respuesta.

El anciano rey le explica que las severas leyes de su reino no consienten agregar aclaraciones a una respuesta ya formulada. “ Usted ya gastó una pregunta”, dice. “ La única concesión que le puedo hacer ahora es la de ordenar a las esclavas que contesten en inglés a las otras dos”.

El explorador pregunta entonces a la segunda esclava: “¿ Qué color de ojos dijo tener tu compañera?” . Y la mujer contesta “ Negros”.

El cautivo dirige luego la única pregunta que le queda a la tercera encapuchada de la fila: “¿ De qué color son los ojos de la esclava que acaba de contestarme?” La respuesta: “ Azules”.

El explorador medita unos instantes y dice finalmente al rey: “ Tengo la solución: la primera esclava tiene ojos azules, la segunda y la tercera negros y las otras dos azules”.

Removidas las capuchas, se comprueba que el explorador ha acertado. Y mientras comienzan los festejos para agasajar al flamante huésped del reino, el viejo monarca pregunta al inglés: “ ¿ Adivinó usted por azar o siguió algún razonamiento lógico para dar con la solución?”.

“ Fue una deducción lógica”, explica el inglés. “ Aunque no entendí a la primera esclava, yo sabía de antemano lo que iba a contestarme. Forzosamente debía decirme que tenía ojos azules, sea porque los tenía efectivamente de ese color, en cuyo caso me diría la verdad, sea porque los tenía negros, en cuyo caso no podía menos de mentirme diciendo que los tenía azules. Esto me permitió saber que ella segunda esclava era de ojos negros, pues era obvio que mentía al afirmar que la primera había dicho tener ojos de ese color. Del mismo modo deduje que también la tercera tenía ojos negros porque había atribuido falsamente a la segunda ojos azules. Localizadas así las dos esclavas de ojos negros, estaba claro que las otras tres los tenían azules”.

El viejo rey felicitó a su huésped , y comenzó la fiesta.

Lo apasionante de esta adivinanza es la nueva luz que arroja su desenlace sobre la verdad en lo que esta tiene, no ya de acto cognositivo, sino de momento de la comunicación entre los hombres.

De alguna manera, el relato deja descifrada una clave de la historia humana en la medida en que ésta es, casi íntegramente, historia de aquella intercomunicación.

Todo el razonamiento del explorador inglés brota de la sencilla pero a la vez sorprendente evidencia de que los dos grupos de esclavas, siendo representativas de principios antagónicos- la Verdad y la Mentira, el bien y el Mal-, y precisamente por serlo, tienen que decir siempre y necesariamente las mismas cosas. El antagonismo de los valores conduce, con incontenible fuerza lógica, a una identidad de lenguaje. ¿ No es apasionante esta comprobación? .

Cuando leí por primera vez “ El Aleph”, de Borges, cuyo protagonista logra tener acceso al único punto del Universo en el que todo el Universo de refleja, asocié este prodigio con la adivinanza de las esclavas en una divagación quizás un poco delirante, pero no tanto, que me llevaba a ver en la hazaña lógica del explorador inglés un punto de la historia humana que encerraba la verdad de toda ella.

Retomando ahora ese vuelo de asociaciones divagatorias, advierto que la adivinanza de las esclavas me remite a Gramsci y al lema que Gramsci eligió para la revista Ordine Nuovo. “ La Verdad es Revolucionaria”. De Marx en adelante, la creencia en este supuesto ha sido siempre consustancial con la izquierda, así como lo ha sido la inferencia lógica que lleva a postular, junto a ese nexo de consanguinidad entre la Revolución y la Verdad, un simétrico nexo de consangunidad entre la Reacción y la Mentira.

¿ Pero qué ocurre si, a la luz del lema gramsciano, las esclavas de ojos azules resultan asimiladas a la izquierda y las de ojos negros a la derecha? Ocurre que la misma lógica empleada por el explorador inglés para resolver la adivinanza aparece embarcando a estas dos grandes opciones políticas en una peculiarísima dialéctica que tiende a fundar sobre el antagonismo existente entre ambas un universo común de palabras compartidas.

A partir de las implicaciones que extrae de la adivinanza de las esclavas el lema de Gramsci, me veo remitido ahora, en una tercera escala de este vuelo divagatorio, a “ La historia de la guita”, un divertido show musical de Enrique Silberstein, que alternando actuaciones escénicas con proyecciones de dibujos humorísticos pretendía mostrar la historia humana en una teatralización del materialismo dialéctico marxista.

Varios dibujos de Oski proyectados en rápida sucesión sobre el fondo del escenario marcaban el punto de partida de esta historia, explicada en off por una característica voz de comentarista deportivo que parecía relatar un partido de fútbol.

El primer dibujo mostraba a un sonriente hombre de las cavernas que se encaminaba de regreso a su cueva con un gran jabalí al hombro, satisfecho de lo que parecía haber sido una fructífera jornada de caza.

El dibujo siguiente presentaba a un segundo hombre de las cavernas, mucho más alto y fornido que el primero. Llevaba en la mano un par de escuálidas aves que explicaban su rostro malhumorado. Como cazador, había tenido bastante menos suerte que su pequeño congénere.

Continuando la secuencia de dibujos, los dos hombres se encuentran. El más pequeño y afortunado mira con una sombra de aprensión al grandote, mientras éste observa con ojos codiciosos la apetitosa presa de su prójimo. De pronto, el rostro del grandote se ilumina: se le ha ocurrido una idea. El pequeño lo advierte, y su aprensión se convierte en horror. El grandote se le acerca enarbolando una maza, mientras la voz en off, con el dramatismo de los momentos previos al gol, advierte a gritos: “ ¡¡ Están por cambiar las estructuras¡¡ !Están por cambiar las estructuras¡”

La maza se estrella contra la cabeza del pequeño, y el grandote se apodera del jabalí, sobre un fondo sonoro de pitos, petardos y campanas echadas a vuelo. “ ¡ Han cambiado las estructuras! ¡ Han cambiado las estructuras!”, exclama la voz en off, anunciando la Nueva Era.

Lo que comenzaba, en rigor, no era una Era entre tantas, sino el continente de todas ellas, la Historia.



28

La inaugural agresión del grandote se produjo, sin duda, en algún momento imprecisable de la trayectoria humana sobre la Tierra. Y con ella irrumpió la “derecha” en las hasta entonces inocentes relaciones entre los hombres.

La “ derecha” es, más allá de sus variadas expresiones históricas, todo comportamiento que apunta a establecer una relación de uso entre un hombre y otro. Soy un hombre de derecha si encaro mi relación con otros hombres como una relación de sujeto a objeto, relativizando sus existencias en función de la mía, imponiéndoles conductas orientadas en dirección a fines que no son los suyos sino los míos.

El mazado del grandote, naturalmente, se repite. El hombre advierte que su privilegiada musculatura le permite regularizar una relación de uso con otro hombres y concluir sus jornadas con un mismo botín de bienes arrancados a la naturaleza, ahorrándose la fatiga de salir a buscarlos.

Pero tras la rapiña total que sigue al primer mazazo, el grandote advierte también que la continuidad del sistema le exige limitar el despojo. No puede regularizar la relación más que a precio de asegurar la supervivencia de su esclavo, dejándole una parte de la presa.

Esta autolimitación implica, a cambio de más tiempo libre, un irritante sacrificio. El grandote se ve constreñido a extraer de su relación utilitaria con otro hombre un volumen de bienes inferior al que le aseguraba su anterior papel de cazador solitario. El ocio, por otra parte, ha incrementado sus necesidades de consumo en medio de un sistema de aprovisionamiento que lo obliga a reducirlo.

El grandote quiebra esta contradicción consiguiendo un segundo esclavo. Dada su excepcional fuerza física, es concebible además que lo logre sin otro recurso que el de reiterar la metodología inicial del mazazo.

Ya con dos esclavos a su servicio, el grandote y su familia desarrollan una incipiente conciencia de status. El hombre quiere ahorrarles también a sus hijos las ya subalternas fatigas de la caza, y esto amplía ulteriormente las necesidades de consumo que los cazadores sojuzgados deben satisfacer. Pronto se advierte que dos esclavos son insuficientes, y el grandote se arma de su maza para salir en busca de un tercero.

El proceso naturalmente continúa, pero tiene su límite. No es imposible que un gigante como nuestro grandote consiga sojuzgar, mediante el solo imperio de su fuerza física a tres y hasta cuatro hombres. Pero cuando el grandote advierta la necesidad de un quinto esclavo, advertirá también las limitaciones de su propia musculatura como factor de dominación.

La necesidad del quinto esclavo, en verdad, ha de precipitar otro sensacional salto cualitativo en la lógica de las relaciones entre los hombres.

Rendido ante a evidencia de que la fuerza desnuda no le basta para ampliar a cinco su plantel de esclavos, el grandote se ve precisado a dar ante ellos un rodeo discursivo. Tiene que apelar a la palabra. Hasta entonces, el grandote pudo ser una “ derecha” muda. El proceso de sojuzgamiento podía desarrollarse en silencio, o incluyendo en todo caso el uso de palabras como simples prolongaciones sonoras de la musculatura, como meros expositores verbales de la fuerza en término de amenazas, de advertencias y de órdenes.

Con la incorporación del quinto esclavo, la palabra se desprende de la musculatura y cobra especificidad. El sojuzgamiento de cinco hombres, no pudiendo originarse sólo en un acto de fuerza física, tiene que materializarse ahora en un consenso de los sometidos. La progresiva complicación de la relación amo-esclavo, con la creciente avidez de consumo en un extremo y la consiguiente necesidad de multiplicar los brazos abastecedores en el otro, llega a un nivel en el que la musculatura debe ceder el paso a la persuasión, a un esfuerzo verbal por promover consenso. El esclavo debe ser no ya sometido a golpes, sino convencido. ¿ Pero exactamente de qué debe ser convencido?



29

Cuando Kant dijo: “ Obra de tal manera que el principio al que se sujete tu conducta pueda valer como principio universal” - que es, en realidad, otra manera de formular la vieja norma cristiana: “ No hagas a tu prójimo lo que no querrías que éste te hiciera a tí”- estaba enunciando algo más que una norma ética. Si bien se mira, esa exigencia de universalidad enuncia no sólo el “ deber ser” sino también el “ser” de toda relación entre los hombres. O, por lo menos, de todo sistema de relaciones que trascienda aquel primitivo nivel de convivencia en el que la musculatura podía ser el factor determinante.

En un mundo de interacciones humanas en el que la pura fuerza física está inhibida de actuar, yo sólo puedo entablar con mi prójimo una relación que él consienta. Y para que mi prójimo la consienta, tiene que ser una relación asumible por él como algo que no lo lesiona, que aporta valores a su vida y enriquece su existencia. Una relación en la que ambos seamos sujetos y ninguno de nosotros objetos del otro.

Sólo una relación de este tipo es universalizable. Sin este principio de la universalidad, la relación no se establece, no existe. Yo sólo puedo establecer, por ejemplo, una relación comercial con mi prójimo si de ella hemos de sacar provecho ambos, si sirve fines de ambos y no los de uno solo con exclusión de los del otro. De lo contrario, no hay relación. El “ deber ser” de la relación condiciona así, en cierto modo, el “ ser” de la relación.

Este apocamiento del “ deber ser” con el “ser” en el campo de las relaciones humanas es la incómoda novedad con que tropieza el grandote del cuento cuando intenta incorporar un quinto esclavo a su servidumbre, tras agotar con los otros cuatro la validez de su propia musculatura como factor de dominio. Para el sojuzgamiento de los primeros cuatro le había bastado reiterar una misa operación física. El sojuzgamiento del quinto tiene que trascender el mundo de la física en un salto inevitable al de la universalidad.

Este paso grandioso trae sus complicaciones. Porque el grandote, ingresando en el firmamento de la universalidad, no renuncia a establece con aquel quinto individuo una relación de dominio, violatoria de la universalidad. Este paso grandioso trae sus complicaciones. Porque el grandote ingresando en el firmamento de la universalidad, no renuncia a establecer con aquel quinto individuo una relación de dominio, violatoria de la universalidad. Su problema es el de lograr que aquel hombre acuerde a una relación lesiva de la universalidad un consenso que por naturaleza sólo puede acordarse a una relación de contenidos universales.

¿ Qué hace, entonces, el grandote? ¿ Renuncia a la universalidad? No puede hacerlo, porque en tal caso se vería limitado a los recursos de una musculatura cuya efectividad ha llegado a su límite con el sometimiento de los primeros cuatro esclavos. ¿ Acepta, entonces, la universalidad? Tampoco

puede hacerlo, por cuanto implicaría renunciar al anhelado quinto sojuzgamiento.

La única opción que le queda es la de inventar una universalidad aparente, una falsa universalidad. Y es éste el momento en que la palabra se desprende de los bíceps. El grandote tiene que verbalizar un vínculo intrínsecamente violatorio de la universalidad en términos que lo presenten como respetuoso de ella. Es decir, tiene que disfrazarlo de universalidad, tiene que mentir.

Por ejemplo, tiene que presentarse a sí mismo como un enviado de los dioses y convencer al quinto hombre de que servir a este delegado de la divinidad constituye una obligación religiosa cuyo cumplimiento ha de asegurarle un destino venturoso más allá de la muerte. De este modo, una relación que sólo sirve a los fines del grandote parece servir a los fines de ambos. Con esta falsa universalidad, el grandote logra construir por consenso un tipo de relación que ya no puede establecerse sólo por la fuerza.

La “ derecha”, superada su prehistoria musculosa, empieza a definirse ahora en indisoluble asociación con la mentira. Ingresando en el mundo declarativo de la palabra, la “ derecha” no puede declarar su naturaleza más que a precio de extinguirse. No puede revelar el sistema real de relaciones que la constituyen como “ derecha” más que a precio de imposibilitar el sistema.



30

Mientras la falsa universalidad se genere en el reducido ámbito del grandote y sus cinco, seis o siete esclavos, es concebible que la “derecha” ejercite su propia naturaleza embustera en términos puramente maquiavélicos, si se asigna a este término su acepción vulgar, que implica la idea de una relación de uso, de sujeto a objeto, en la que el sujeto es consciente del tipo de relación que pretende instaurar con su prójimo.

En la etapa previa a las complicaciones provocadas por la inserción de la universalidad en las relaciones humanas, el sometimiento por la fuerza física dejaba en libertad a la conciencia -tanto la del amo como la del esclavo- para aprehender la realidad como tal, sin que la existencia, ausencia o modalidad alguna de esta aprehensión gravitara en la materialización del sometimiento. La conciencia no desempeñaba papel alguno entre los factores de sometimiento, limitados aquí a la soberana y autosuficiente musculatura del grandote. El amo sabía de qué se trataba y también lo sabía el esclavo, sin que este saber posibilitara, imposibilitara, facilitara o dificultara la relación.

Producida la irrupción de la universalidad en esta relación, el grandote puede retener concebiblemente aquel estado de conciencia pero el esclavo no. La naturaleza de la relación tiene que llegar disfrazada a la conciencia del esclavo, a partir del momento en que el sometimiento de éste ha de definirse no ya como una mera claudicación física, sino como un acto de consenso.

Este tipo de relación sujeto-objeto, con conciencia clara de un lado y conciencia obnubilada del otro, es precisamente el que define al sujeto como maquiavélico. Pero si aquella primigenia “derecha” de naturaleza muscular tenía sus limitaciones, esta nueva variante de naturaleza maquiavélica también las tiene. En ambas ocasiones se trata de una limitación numérica referida en el primer caso al objeto ( el número de esclavos) y en e segundo, al sujeto ( el número de amos).

Una relación maquiavélica sólo es posible a precio de que su sujeto sea un solo individuo o un grupo muy reducido de individuos. No hay límite para el número de las personas que pueden decir una misma verdad, pero sí hay un límite para el número de las personas que pueden decir una misma mentira. Si a tres individuos desvinculados entre sí se los coloca sucesivamente frente a una mesa verde y se los invita a expresar con veracidad el color del objeto que tienen delante, cada uno dirá “ verde”. Si se les pide que mientan sobre el color d ella mesa, el primero dirá, quizás, “azul”; el segundo, “ rojo”, y el tercero, “ amarillo”.

Para que los tres coincidieran en una misma mentira como habían coincidido en una misma verdad, sería necesario que se pusieran de acuerdo previamente acerca de lo que van a decir. En el primer caso, la formulación de una misma verdad emana en los tres individuos del objeto que tienen delante, sin necesidad de una previa interrelación conspirativa entre ellos. En el segundo caso, la formulación de una misma mentira sólo puede emanar de esta interrelación.

Tal interrelación, a su vez, sólo es posible si quienes participan de ella se conocen, se comunican, se consultan, se coordinan, se tienen a mano entre sí. Es decir, si son pocos. Las posibilidades de un testimonio falso, pero de contenido unívoco, decrecen a medida que se amplía el círculo de sus sujetos, y se extingue tan pronto como el número de éstos excede las posibilidades de la interrelación conspirativa.

Todo esto, naturalmente, delimita un margen muy estrecho para los movimientos de una derecha maquiavélica. Siendo obvio que la falsa universalidad surgida ahora como factor de dominio sólo podrá motivar el consenso buscado con ella en la medida en que sea unívoca, la “ derecha” no podrá ser maquiavélica más que a condición de ser escasa.

Distinta es la situación cuando el sujeto de la “ derecha” es toda una clase social, una indefinida muchedumbre en la que resulta imposible derivar la falsa universalidad de aquella interrelación personal propia de la derecha maquiavélica.

La aparición de la clase en la subjetividad de la derecha marca el momento de un nuevo salto cualitativo en la lógica de las relaciones humanas. ¿ Cómo puede constituirse, en este contexto, una “clase dominante”? Si la clase, por ser tal, no parece estar en condiciones de generar una falsa universalidad de contenido unívoco, ¿ Qué posibilidades tiene de instaurar un dominio del que la existencia de una falsa universalidad se ha venido evidenciando hasta ahora como un componenete crucial ?.

En rigor, no se trata de que la clase no pueda generar una falsa universalidad; lo que no puede hacer es generarla en términos que le permitan asumirla maquiavélicamente. La falsa universalidad, a esta altura, deberá ser de naturaleza tal que resulte posible rendir testimonio de ella como se rinde testimonio de la verdad; es decir, sin necesidad de pasar por la interrelación conspirativa. Y esto sólo es posible si la falsa universalidad, destinada a funcionar como “verdad” para la clase dominada, funciona también como “ verdad” para la dominante.

Una clase, en suma, sólo puede dominar a condición de mentirse a sí misma, de educarse y criarse a sí misma en la mentira. Su esfuerzo por alienar mediante la falsa universalidad a la clase sometida tiene que ser a la vez autoalienante. La derecha maquiavélica tiene que ceder el campo a una derecha alucinada.

Quizás sea necesario aclarar ahora que la secuencia señalada entre la derecha muscular, la derecha maquiavélica y la derecha alucinada no pretende describir el desarrollo de un proceso cronológico sino el desarrollo de un concepto. Aquellos tres momentos de la derecha no son momentos históricos sino momentos lógicos.

Y es hora de preguntar si una operación de desentrañamiento lógico como el intentado hasta aquí a propósito de la “derecha” es también factible a propósito de la “izquierda”. ¿ Dónde está la “izquierda” en los sistemas de relación descritos hasta ahora?



31

Identificada la “derecha” en el grandote, en el grupo maquiavélico o en la clase dominante, parecería lógico identificar a la “izquierda” en el esclavo o en la clase dominada. Pero esto no sería correcto. “

Derecha” e “izquierda” son términos que denominan políticas, y toda política encierra una voluntad activa, una individualización de objetivos y de medios para alcanzarlos. Pero en todas las situaciones descritas hasta ahora, sólo la “derecha” aparece presentada como sujeto de una política, de una acción. En el otro extremo de la relación, sólo se ha descrito un estado de pasividad, de claudicación física en los primeros cuatro esclavos del grandote, de alienación en la clase dominada. Ni aquellos primeros cuatro esclavos ni la clase dominada son, a esta altura de la descripción, sujetos de una política propia sino objetos pasivos de una política ajena.

En esta prehistoria de la dominación que es el mundo del grandote y sus primeros cuatro esclavos, la izquierda entraría en escena si estos últimos se concertaran para maquinar algún recurso que les permitiera contrarrestar o superar la fuerza física del amo. Una conspiración que los llevara a unir sus cuatro estructuras musculares para doblegar la musculatura del amo sería ya, embrionariamente, una política de izquierda.

La esclavitud y la libertad son aquí puros estados de fuerza. Ser esclavo significa ser menos fuerte que el amo; liberarse significa llegar a tener más fuerza que el amo. Se trata de una relación entre musculaturas.

En el mundo ya más complejo de la falsa universalidad, la objetiva relación de fuerza en términos puramente musculares es favorable al sometido. Es precisamente este desequilibrio lo que obliga a la “ derecha” a genera la falsa universalidad, cuyo destino es el de suplir la validez perdida de los bíceps como factor de dominio. Y este salto de calidad entre los dos niveles del sojuzgamiento origina un correlativo salto de calidad en los contenidos de la liberación. El sometido deberá liberarse ahora, no ya de una mera supremacía física ajena, sino de un estado de alienación, de una mentira.

Desarrollada la falsa universalidad, la “ izquierda” entra en escena cuando alguien advierte, desde el seno de la clase dominada, la naturaleza real de la relación establecida con ella por la clase dominante.

La “ izquierda” es, en este sentido, descubrimiento de la realidad, tom ade conciencia, lucidez.

El contenido de su acción, su política, es siempre y por definición lago que se hace con la verdad, a partir de la verdad, y en función de ella: conocerla, profundizarla, difundirla, abrirle los ojos a la gente.

La verdad es, efectivamente, revolucionaria.

En su esfuerzo por dejar a realidad a la vista removiendo las capas de falsa universalidad que la recubren en toda relación de dominio, la “izquierda” va planteando a la “derecha” sucesivas necesidades de readecuación. Acosada por la verdad en brotadura, la “derecha” se ve precisada a renovar constantemente sus formulas de autodefinición para cerrar las brechas que van quedando abiertas a la visión de su propia realidad.

La falsa universalidad tiene que cumplir siempre y necesariamente con el requisito clave del que extrae de la mentira todo su sentido y su utilidad: de de poder llegar como una “verdad” a a conciencia de su destinatario. La mentira, para ser efectiva como tal, tiene que ser creíble, verosímil, parecida a la verdad. Es decir, parecida a la izquierda. Y cuando la verdad de la “ izquierda” cobra cierto grado de vigencia y de asentamiento en una comunidad, la falsa universalidad de la “derecha” se ve en la necesidad de absorberla, asimilarla, incorporarla de alguna manera a sus propias fórmulas de autodefinición para asegurarse la credibilidad de la que depende su valor instrumental como factor de dominio.

Asentada socialmente una verdad de la “izquierda”, la “derecha” cumple a su respecto un acto de apropiación, que forzosamente tiene que ser, al mismo tiempo, un acto de vaciamiento. Lo que la “derecha” asimila de la verdad es su formulación, su lenguaje, sus palabras. Así como la naturaleza de la distinción entre las esclavas de ojos azules y las de ojos negros impone a los dos grupos una comunidad de lenguaje, la “derecha” se ve forzada por su propia naturaleza a decir “ azul” toda vez que la izquierda dice “ azul”.

La falsa universalidad de la “derecha” se va enriqueciendo de esta manera con un lenguaje progresivamente expropiado a la “izquierda”, y ésta se ve forzada, en consecuencia, a preservar el contenido diferenciado de su mensaje profundizando cada vez más su enunciación, añadiéndole sucesivas precisiones, aclaraciones y explicaciones que también son deglutidas a la larga por la falsa universalidad en una operación que impone a la “ izquierda” esfuerzos ulteriores de profundización. Esta dialéctica del lenguaje es, en verdad una de las dimensiones esenciales de la lucha de clases 31 Rolando García32, en un discurso que pronunció el 24 de junio de 1963 en la Universidad del

Litoral para conmemorar el 45º aniversario de la Reforma Universitaria, aludió de alguna manera a esta dialéctica, aunque incurriendo en una caracterización de la “derecha” que preludiaba ya el maniqueísmo extremista de sus opciones políticas posteriores.

“Tiempos difíciles éstos para no perder el rumbo”, dijo. “ Tiempos en que Washington habla de reforma agraria, y el Vaticano de tolerancia ideológica; en que la Democracia Cristina de Venezuela escribe en las paredes. “ los obreros al poder”... Nos han dejado sin slogans, sin lemas, sin gritos de guerra. Nos han corrompido el lenguaje, nos han mezclado las palabras... Ya no podemos reclamar a voz en cuello “reforma agraria”, sin entrar en largas explicaciones y diferenciarnos cuidadosamente de Betancourt. Ya no podemos proclamar que luchamos por un mundo “libre”, sin antes limpiar el vocablo de las connotaciones espurias que adquirió asociado a “empresa”, o a “prensa”, o a “enseñanza”. Ya no podemos hablar de “desarrollo” sin deslindar posiciones con Frondizi y con Kennedy”.

Quizás valga la pena anotar aquí que García, en su búsqueda de ejemplos aptos para ilustrar el despojo de lenguaje izquierdista por parte de la derecha, se inclinó por localizar a ésta en el área política liberal, dejando traslucir el trasfondo ideológico que años después habría de llevarlo a encontrar un liderazgo revolucionario en el antiliberalismo de Perón y a tomar ubicación en el escaparate de la intelectualidad montonera.

Su esfuerzo por localizar en el “progresismo” liberar el enmascaramiento izquierdista de la derecha lo induce a omitir los casos más palmarios y escandalosos de esta apropiación lexicográfica que se localizan en el fascismo.

El concepto mussoliniano de “ Nación proletaria”, la jerigonza antiplutocrática y anticapitalista de los camisas negras y la asunción hitlerista del fascismo en términos de un socialismo nacional, no figuran entre los casos que García consideraba dignos de mención.

Sobre estos casos, en cambio, focalizó su atención Elio Vittorini, al trazar en 1946 una distinción entre fascismo-sustantivo y fascismo-adjetivo, dos expresiones con las que intentaba diferencias la naturaleza implícita del fascismo y el testimonio exterior que éste daba de sí en un envoltorio de palabras, lemas y conceptos de extracción izquierdista.

Dirigiéndose en la inmediata posguerra a los millares de jóvenes que habían sido fascista y que ahora se avergonzaban de haberlo sido a la luz del horror desentrañado por la guerra como la naturaleza real del fascismo. Vittorini recordó haber sido en los años '30, él también, un militante de la juventud fascista.

Aquellos jóvenes, decía Vittorini, “ eran generosos; no eran reaccionarios: no estaban a favor de Donegani, Agnelli, etc., sino contra Donegani, Agnelli, etc.; abogaban por un progreso, por una mejor justicia social, por la eliminación del latifundio y la socialización de las grandes empresas. El fascismo les dijo ser precisamente esto: progreso, justicia social, eliminación del latifundio... Se presentó ante ellos como anti-donegani, y nadie les dijo que era, en cambio, el expediente extremo de los Donegani”33

Recuerdo que un intelectual montonero me dijo cierta vez: “ Los alemanes , en el fondo, no se equivocaron cuando votaron por Hitler, ya que Hitler agitaba verdaderas banderas populares”. Claro que las agitaba. Las esclavas de ojos negros dicen siempre que los tienen azules. Si no equivocarse en política significara atender a las banderas, nadie se equivocaría jamás.

La credibilidad de un apolítica no radica en su formulación, sino en el colo que tienen los ojos de quien la formula. De ahí que cuanto estoy diciendo aquí acerca de los montoneros sea más una oftalmología que una polémica con sus dichos. Un intento de saldar cuentas no con sus palabras, sino con los ojos que parpadeban detrás de ellas. Que no siempre eran ojos montoneros.

Dos de estos ojos fueron los de Peron.



32

Durante los años de mi adolescencia, que coincidieron con los de la segunda guerra mundial y la inmediata posguerra, me convertí en un simpatizante del entonces coronel Perón algún tiempo antes de que la mayoría de los argentinos se enterara de su existencia.

Esta simpatía pionera, sin embargo, no me acredita para reivindicar títulos de primacía entre los hombres de izquierda que más tarde habrían de atribuir contenidos revolucionarios al peronismo y disputarse el mérito de haber sido los primeros en descubrirlos. Todo lo contrario. Mi interés acolescente en Perón se debió simplemente a un complejo de circunstancias familiares, sociales y ambientales que habían hecho de mi un empedernido, obsesivo y fanático fascista.

A la edad e 15 años, mientras se sucedía la batalla de Stalingrado, el colapso de las fuerzas ítalo-germanas en Africa y el golpe del 4 de junio de 1943 en la Argentina, Yo tenía a la cabecera de mi cama, en lugar del Cristo que presidía las de mis amigos, un retrato de Mussolini: aquel perfil clásico e imponente de la mandíbula tensa, el mentón agresivo y la mirada centelleante a la sombra del casco negro.

Mis últimas palabras antes de acostarme por las noches y las primeras al levantarme por las mañanas eran las del ritual “saluto al Duce” pronunciadas con la diestra en alto y en posición de firme. Mis horas de estudio transcurrían envueltas en un vértigo de frases, consignas, pensamientos y lemas mussolinianos- Credere, obbedire, combattere, Nudi a la meta, Se avanzo, seguitemi; se mi fermo, spingetemi, se indietreggio, uccidetemi- esparcidas por las paredes de mi cuarto y bajo el vidrio

que cubría mi escritorio. Armado de un credo que condenaba la comodidad y la “vida en pantuflas” de la burguesía, me flagelaba todas las noches con un cinturón de cuero y eludía la molicie del ascensor para llegar a mi departamento del sexto piso. Me esmeraba en caminar marcialmente, en lucir camisas oscuras y en librar cada mañana, asistido por la gomina Brancato, una larga batalla por domesticar mis remolinos en un peinado que se pareciera al de Galeazzo Ciano. Como residuo de todo ese delirio, sólo sobrevive hoy mi firma, ampulosa y delatora de lejanos esfuerzos por imitar la de Mussolini.

Criado por uno tíos que se hicieron cargo de mí al divorciarse mis padres en 1939 -se trataba de una tía paterna y de su esposo, el ya conocido tío Virginio de las aventuras amazónicas-, yo vivía además en lo que bien podía considerarse el riñón del entonces numeroso sector fascista de la colonia italiana en Buenos Aires, acaudillado por Adriano Masi.

Delgado, alto, elegantísimo en sus trajes invariablemente azules y cruzados, con sus cabellos totalmente blancos echados hacia atrás en un peinado también similar al de Ciano, pero seguramente anterior a la moda de imitarlo, Mase me provocaba sentimientos encontrados, oscilantes entre la admiración por su refinamiento y cierta decepción por su contraste con la acerada dureza que yo imaginaba como obligatoria en un jefe fascista. Me divertí a ademas su distraídisima esposa, Angelina, condenada a insertar siempre en las conversaciones del prohombre comentarios que jamás atinaban a tener algo que ver con ellas.

Buenos amigos de mis tíos, los Masi solían invitarnos a cenar en ceremoniosas veladas, a veces íntimas y a veces más concurridas, que tenían por escenario su señorial residencia de la avenida Callao, frente a la plaza Rodríguez Peña. Se trataba, si no me equivoco, del petit hotel que años más tarde habría de convertirse en sede de la embajada siria.

Había algo de siniestro en aquellas cenas, que perduran en mi memoria asociadas con las imágenes más estereotipadas de las películas de espionaje. Al evocarlas, recuerdo un vasto y mal iluminado comedor, con indecisos parches de luz sobre un trasfondo rojizo de cortinados y gobelinos inmersos en la penumbra. Y me veo sentado al lado de mi tía, a un costado de la gran mesa de roble, con mi tío ubicado solitariamente en frente, Masi en un extremo y Angelina en el otro, atendidos por tres gigantescos y silenciosos mozos alemanes.

En rigor, sólo uno de estos colosos teutones servía la mesa, mientras los otros dos permanecían en pie como estatuarios guardaespaldas, uno de ellos tras la silla Luis XI de Angelina, el otro detrás de Masi.

Más tarde se me dijo que Masi había fijado, como requisito para acceder al privilegio de servirle la mesa, que los aspirantes al cargo fueran alemanes y de una estatura no inferior al metro con noventa centímetros, ejemplares decididamente escasos en el mercado laboral argentino y cuyo origen me resultaba francamente misterioso.

Este ambiente, estas circunstancias y este contorno humano componían el singularísimo ángulo de visión desde el cual presencié en Buenos Aires el surgimiento del peronismo.

Recurso que ese contorno humano vivió con alarma el golpe militar del 4 de junio, cuyas primeras apariencias sugerían la posibilidad de que su objetivo hubiera sido el de poner fin a la neutralidad mantenida por el gobierno conservador de Ramón Castillo y alinear a la Argentina junto con las potencias aliadas en guerra con el Eje.

A los pocos días del alzamiento militar, sin embargo, aquellos temores se disiparon. Como explicación de este cambio, uno de los personajes que rondaban por el mundo de los Masi me dijo: “ Detrás de todo esto está el coronel Perón, un militar inteligentísimo y, además, uno dei nostri”.

Perón ingresó así en mi vida como un ingrediente más de aquella rutina que incluía el “saludo al Duce”, el noticiero nocturno de radio Roma, los seis pisos de escalera recorridos a paso de bersagliere y los gigantes alemanes de Masi.



33

En el mundillo de los Masi, sin embargo, los entusiasmos iniciales por Perón no tardaron en enfriarse.

Los grandes exponentes de la colectividad fascista en Buenos Aires eran también empresarios, estancieros, frecuentadores de la bolsa de comercio y pobladores del Barrio Norte, hombres cuyas actitudes ante el desconcertante coronel tendían a seguir por natural afinidad los humores de la Unión Industrial34.

Dos años después del golpe, sin embargo, mientras el antagonismo entre Perón y la Unión Industrial llegaba a su punto más explosivo, me sorprendió advertir un inesperado rebrote de las viejas simpatías por el naciente líder argentino en por lo menos algunos sectores de la colonia fascista italiana.

A los humores de la Unión Industrial se había sumado ahora otra fuente de influencia, con enfoques nuevos sobre lo que estaba ocurriendo en la Argentina. Corría el segundo semestre de 1945 y comenzaban a desembarcar en el puerto de Buenos Aires los primeros jerarcas fugitivos de la Italia fascista y de la Alemania nacionalsocialista que convergían sobre la Argentina en busca de refugio.

Muchos de ellos inauguraban su vida de exiliados en el país con visitas de agradecimiento, curiosidad o camaradería a Perón. Las conversaciones que mantenían con él circulaban luego por la colectividad, determinando en no pocos de los fascistas italianos ya residentes en la Argentina una revisión del rumbo peyorativo que venían siguiendo sus apreciaciones sobre el régimen militar de Buenos Aires.

Los jerarcas, o por lo menos los pocos que yo tuve la oportunidad de conocer y escuchar, llegaron a la Argentina como exponentes de un fascismo algo distinto del que recordaban los residentes de sus contactos de preguerra con la Italia de Mussolini. Como encarnaciones del “espíritu

de Saló”, eran hombres cuyo fascismo, en contraste con el de 1939 o 1940, incluía un feroz rencor por la traición de los Saboya, de la aristocracia nobiliaria y económica de Italia, que abrazaba ahora a los invasores anglosajones con el mismo fervor con que, un cuarto de siglo antes, habían encontrado en los camisas negras una tabla de salvación.

Estos hombres, contrariando las inclinaciones antiperonistas que habían comenzado a prevalecer entre los líderes fascistas de la colectividad, tendían a valuar con ánimo aprobatorio el enfrentamiento de Perón con la Unión Industrial entidad en la que veían una suerte de réplica argentina de aquella Italia “bien” y traicionera que había dado la espalda al Duce.

Un Perón que quebraba lanzas con la oligarquía, sin descuidar la tarea de barrer a balazos las conducciones sindicales comunistas, configuraba para ellos una receta bien aplicada de lo que

Mussolini debió haber hecho desde el comienzo. Y seguramente fue ésa la interpretación dada por los jerarcas exiliados a una frase que Perón solía repetir en sus conversaciones con ellos y que alguna vez formuló también en público: “ Yo me propongo imitar a Mussolini en todo, menos en sus errores”.



34

Pero los jerarcas se equivocaban. Tal, por lo menos, la conclusión que parece inevitable si se analizan los pasos dados por Perón entre 1943 y 1946, el período de su accidentada marcha hacia el poder. Su choque con la Unión Industrial, en rigor, fue menos un efecto buscado que la frustración de una línea política orientada en otra dirección.

Producido el golpe de 1943, Perón eligió para sí la oscuridad del entonces irrelevante Departamento de Trabajo, en lo que la posterior mitología peronista habría de rescatar como una prueba de su identificación con la causa obrera. Se trataba, en efecto, del área mas indicada del aparato estatal para entrar en contacto con los trabajadores.

Pero era también el organismo estatal más apropiado para tomar contacto con todas las expresiones corporativas de la sociedad argentina, includida, desde luego, la clase obrera organizada, y la historia de ese período presenta fuertes indicaciones de que fue ése precisamente el motivo que guió a Perón en su elección de tal puesto.

Su actuación al frente del Departamento de Trabajo, y de la posterior Secretaría de Trabajo y Previsión, se desarrolló de hecho en dos vertientes, con Perón como interlocutor de los sindicatos obreros en una de ellas y de las asociaciones empresarias en la otra.

Vale la pena releer los discursos pronunciados por Perón en esa etapa de su carrera política.

Son piezas oratorias que lo muestran claramente desdoblado en dos personajes distintos, por momentos hasta contradictorios, según actuara en una u otra vertiente. En su contacto con los trabajadores recurría a un lenguaje retórico, demagógico, manipulatorio. En su relación con el empresariado, Perón se abría, se exteriorizaba, exponia su plan político.

Este es quizás el primer dato significativo para reconstruir el papel histórico de Perón más allá de la mitología: su primera enunciación de un proyecto político claramente articulado tiene por marco la vertiente número dos, la de su diálogo con los empresarios.

O, por lo menos, se trata del primer ámbito en el que enuncia un proyecto político desde aquella base de apertura hacia la Argentina corporativa que es el Departamento de Trabajo, ya que antes de junio de 1943 lo había hecho privadamente ante oficiales del ejército y un grupo muy seleccionado de civiles, a su retorno de Italia.

Un proyecto que he venido rumiando y postergando desde que me establecí en Roma es el de rastrear todos los pasos dados por Perón en la etapa italiana de su vida. Querría excavar cuantas referencias a Perón pudiera haber en documentos políticos y militares de la época, así como localizar e interrogar a los pocos testigos que quedaran aún convida acerca de lo que fue e hizo en este país aquel oficial argentino incorporado durante dos años al cuerpo alpino del ejército italiano.

Los datos disponibles de aquel período tan oscuro como crucial en la existencia de Perón son terriblemente confusos y plagados de contradicciones, pero de cualquier manera parece seguro que partió con destino a Europa en febrero de 1939. Menos seguras son, en cambio, las versiones existentes sobre las finalidades de este viaje.

En declaraciones formuladas tres décadas más tarde al historiador Félix Luna, Perón explicaría su traslado a Italia como una misión que le confió el Ministerio de Guerra para estudiar sobre el terreno lo que parecía ser una situación prebélica en el Viejo Mundo.

“En enero de 1937”, recuerda Perón a principios de 1969 en su diálogo grabado con Luna, “ yo regreso de Chile, donde había sido agregado militar. Estaba en la División Operaciones del Estado Mayor General y era a la vez profesor de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra- Historia Militar es estrategia, en realidad de verdad-. Bien. Me llamaron entonces del Ministerio de Guerra y me dijeron que la impresión que tenían era de que se venía la guerra; la información que mandaban en ese sentido los agregados militares era reducida, limitada a aspectos técnicos, y no daba al ministerio la sensación real de lo que estaba sucediendo en Europa; el ministerio necesitaba tener una información cabal de ese proceso sangriento y apasionado que sería la guerra. Me mandaron, pues, en misión de estudios y me dijeron que eligiera el país adonde iría. Yo elegí Italia por una cuestión personal: porque hablo el italiano tanto como el castellano... ¡a veces mejor...!35

Igual explicación de aquel viaje puede encontrarse en un relato autobiográfico de Perón, grabado en Madrid a principios de los años '70 por los periodistas Torcuato Luca de Tena, Luis Calvo y Esteban Peicovich. Publicado bajo el título de Yo, Juan Domingo Perón, este trabajo incluye, en adición a la historia que cuenta el entrevistado de su propia vida, intercalaciones aclaratorias de sus autores presumiblemente recogidas también de Perón, o, por lo menos, insertadas con su aprobación.

En una de tales inserciones se relata que, ante los crecientes indicios de que una nueva guerra mundial no tardaría en producirse, Perón fue llamado un día al despacho del entonces ministro de Guerra, general Carlos Márquez.

“ Le considero uno de los oficiales más capacitados”, le expresó Márquez, de acuerdo con este relato. “ Quiero que se vaya usted inmediatamente a Europa. Le daremos credenciales como agregado militar, pero su trabajo verdadero será estudiar la situación, Queremos saber quién va a ganar la guerra y cuál cree usted deberá ser la actitud de la Argentina. Estudio usted el ejército italiano, especialmente sus escuelas de alpinismo. Visite Alemania, hable con sus amigos en las fuerzas armadas – sus antiguos profesores alemanes-, y cuando haya formado una opinión, regrese para hacerme un informe exhaustivo” 36.

Tales explicaciones del viaje llevan a la lógica presunción de que en el Ministerio de Guerra se aguardaba el regreso de Perón con su informe para antes del estallido bélico. Se justifica por ello alguna perplejidad ante el hecho de que el coronel sólo retornara cuando la guerra llevaba ya más de un año de duración,aunque también a este respecto la información disponible encierra algún grado de confusión.

La foja militar de Perón, citada por su biógrafo Enrique Pavón Pereyra 37, señala como fecha de su retorno el 8 de enero de 1941. También Luca de Tena, Calvo y Peicovich dan cuenta de su regreso a la Argentina en ese año, aunque sin precisar la fecha exacta. Parece razonable, en consecuencia, atribuir a una falla en la memoria de Perón el hecho de que éste, en su diálogo de 1969 con Luna, dijera haber pasado “ la mayor parte de 1940 en Mendoza”.

En realidad, el pase de Perón al Centro de Instrucción de Montaña en Mendoza aparece anunciado en el Boletín Militar del 8 de enero de 1941, el mismo día consignado en la foja militar del futuro presidente como fecha de su retorno a la Argentina.

También abundan la controversias y las contradicciones sobre los motivos de este pase a Mendoza, medida explicada por Perón en su diálogo con Luna como una suerte de castigo aplicado en reacción a los puntos de vista que había expuesto acerca de su experiencia italiana en una serie de conferencias dictadas ante oficiales del ejército a su regreso de Europa.

“Cuando terminé esas conferencias, resultó que para el sector cavernícola que siempre tienen

los ejércitos, yo era una especia de nihilista, ¡un socialista que llevaba una bomba en cada mano!”, explicó Perón a Luna38.

También Luca de Tena, Calvo y Peicovich, citando al financista argentino Jorge Antonio, atribuyen un carácter punitivo al pase de Perón a Mendoza, aunque fundamentan de otro modo la sanción. La medida, según estos autores, habría reflejado la irritación de la oficialidad germanófila del ejército ante el hecho de que Perón vaticinara en aquellas conferencias la derrota del Eje39.

La hipótesis del castigo, con todo, no parece resistir la evidencia de que el anuncio oficial de la nueva misión asignada a Perón coincidió con la fecha de su retorno de Italia, reflejando así una decisión tomada antes de que el coronel dictara sus conferencias.

Algunos autores dudan incluso de que estas charlas hubieran existido, en vista del escaso tiempo que se supone debió haber transcurrido entre la asignación del nuevo destino militar de Perón y su efectivo traslado a la provincia cuyana. Pero tales duda no tienen mayor asidero. Al margen de los múltiples testimonios – incluido uno del propio Perón- que citan aquellas disertaciones como un elemento clave para comprender la actuación posterior de Perón, recuerdo que las razones aducidas en 1943 por los fascistas italianos para explicar su inicial confianza en el coronel se cifraban básicamente en noticias que tenían ya entonces – sospecho que a través de la embajada- sobre el contenido de conferencias ofrecidas por el futuro presidente en círculos cerrados del ejército argentino.

Por lo que se sabe de aquellas charlas a la luz de los datos disponibles – incluidos los suministrados por su propio autor-, Perón explicó con franco entusiasmo a sus camaradas de armas lo que era a su entender la formula ideal encontrada por Mussolini para combatir al comunismo mediante un sistema político que asumía desde el poder la representación uniforme de toda la sociedad, superando los gobiernos de clase inaugurados por la burguesía.

A juicio de Perón, se extinguía de esta manera la lucha de clases, que respondía a la presencia exclusiva de una sola de ellas en el poder y al estímulo que recibían de esta situación las clases marginadas para buscar el desplazamiento del sector social dominante.

En esas charlas de Perón aparecen por primera vez dos expresiones que habrán de hacer historia en la Argentina, tercera posición y socialismo nacional, cuyo sentido, en aquella formulación originaria, era del todo ajeno a lo que años más tarde se conocería como la no alineación, aún cuando Perón reivindicara para sí la paternidad de esta corriente.

Se trataba, en verdad, de conceptos lisa y llanamente descriptivos del fascismo italiano, de aquel experimento político que Perón había estudiado en la Italia de Mussolini y que lo tenía ostensiblemente facinado cuando regresó a la Argentina.

Aquella fascinación perduraba aún cuando Perón, en su diálogo de 1969 con Luna, explicó las conclusiones que había extraído de su experiencia italiana y expuesto ante sus camaradas del ejétcito argentino. “...Allí ( en Italia) está sucediendo una cosa: se estaba haciendo un experimento”, dijo. “Era el primer socialismo nacional que aparecía en el mundo. No entro a juzgar los medios de ejecución, que podían ser defectuosos. Pero lo importante era eso: un mundo ya dividido en imperialismos y (…) y un tercero en discordia que dice: “ No, ni con unos ni con otros, nosotros somos socialistas, pero socialistas nacionales”. Era una tercera posición entre el socialismo soviético y el capitalismo yanqui.

Para mí ese experimento tenía un gran valor histórico. De alguna manera, uno ya estaba intuitivamente metido en el futuro”40



35

El proyecto político que fue delineando Perón a partir del ideario expuesto en aquellas charlas descansaba sobre dos premisas aparentemente contrapuestas: por un lado, la convicción de que sólo un ordenamiento político-social que recatara los componentes esenciales del fascismo podía oponer defensas eficaces al avance comunista; por el otro, la certeza de que el fascismo sería derrotado en la segunda guerra mundial.

Yo no apostaría a que ya en 1941, el año de aquellas charlas, Perón hubiera alcanzado la certeza del triunfo aliado. Me parece indudable, en cambio, que esta certidumbre figuraba ya entre los fundamentos de su actuación política en los casi dos años que mediaron entre su designación como titular del Departamento de Trabajo y el efectivo colapso del Eje.

Las referencias de Perón al desarrollo de la guerra en sus declaraciones, conferencias y discursos de este período ya encierran claramente el supuesto de la victoria aliada y expresas una visión apocalíptica de o que ocurriría en el mundo después de ella.

Ideológicamente condicionado a no ver otra disyuntiva que la de “ Roma o Moscú”- fascismo o comunismo-, según el conocido lema mussoliniano, Perón consideraba inevitable que la caída de Roma sólo abriría caminos a la expansión soviética.

Las democracias occidentales que habrían de compartir el triunfo con la Unión Soviética no podían constituir una alternativo válida al comunismo para una línea de pensamiento como la de Perón, que en su desprecio por los sistema demoliberales no les asignaba otro papel histórico que el de alfombrar kerenskianamente el camino de la expansión bolchevique.

De ahí que las fórmulas de acción delineadas por Perón para contener la amenaza comunista en la etapa abierta por la derrota del Eje no se orientaran por lo menos en los rimeros años de la posguerra, a buscar la protección de las grandes potencias capitalistas occidentales que también formaba parte del victorioso bando aliado. Bajo un esquema ideológico como el suyo, sería absurdo defenderse de Moscú por vías de una asociación con ese demoliberalismo que él visualizaba como la antesala histórica del bolcheviquismo.

Perón, hombre de Occidente, entendía que la contienda entre la cultura occidental y la nueva cultura política emanada de la Revolución Rusa tendría un desenlace mortal para la primera si ésta se limitara a encararla como mera defensa de sus propias estructuras capitalistas prerrevolucionarias.

Occidente tenía que generar en sí mismo una evolución que lo colocara a la altura del desafío.

La Revolución Rusa era, para Perón, un acontecimiento histórico irreversible, como la Revolución Francesa. Y, como ésta, sólo podía ser neutralizada a partir de una estrategia que apuntara no a destruirla sino a absorberla. Occidente debía destilar frente a ella una doctrina y una práctica de absorción similares a las que destiló la Iglesia Católica con la Rerum Novarum de León XIII, frente al cataclismo de 1789.

“Si no tienes la fuerza suficiente para matar a tu enemigo de un golpe, mátalo de un abrazo”, solía decir Perón. Esa era, en síntesis, la fórmula de su estrategia anticomunista. Frente a un enemigo que no puede ser destruido, Occidente debe encontrar cursos de acción que le permitan asimilarlo, incorporarlo y digerirlo en términos compatibles con una consigna de autopreservación.

Hay un notable discurso de Perón, pronunciado el 7 de agosto de 1945 ante oficiales del ejército en el Colegio Militar, que urge precisamente a encarar una absorción “evolutiva” de la Revolución Rusa como la única estrategia de supervivencia posible para el mundo occidental41. Occidente, según el enfoque de Perón, había generado ya, con el fascismo, los mecanismos de absorción adecuados para hacer frente al peligro rojo, pero se había embarcado en una guerra suicida que lo llevaría a destruir este anticuerpo en su propio organismo y que lo dejaría convertido, después de la victoria, en inerme pasto del Kremlin. La única esperanza de Perón era la de ver algún día a las victoriosas potencias occidentales, apremiadas por las consecuencias de su triunfo, regenerar en sí mismas aquellos mecanismos de absorción que habían matado en los vencidos. Hasta que tal cosa ocurriera, sólo cabía convertir a la Argentina, y de ser posible a Latinoamérica, en un bunker geopolítico, un bastión enroscado defensivamente sobre sí mismo y apto para aguantar el previsto embate comunista de posguerra a la espera de la gran transfiguración de occidente.

Para ese dramático interludio histórico, en suma, Perón consideraba urgente construir, frente al avance comunista, mecanismos de defensa que no fueran dependientes de la claudicante estrategia demoliberal. Esta consigna lo llevó a desarrollar frente a los Estados Unidos de Truman una política “objetivamente” antiimperialista, pero cuyo contenido subjetivo era básicamente antikerenskista. Es decir, en última instancia, anticomunista. Bajo el lema de “ Braden o Perón” aleteaba todavía, mediatizada y retorcidamente, el viejo dilema de “ Roma o Moscú”.





NOTAS

29  En 1967, Castro describió su propia revolución como “ la revolución nacida de la nada” en lo que puede considerarse una buena definición del inmanentismo revolucionario. La cita completa es la siguiente: “ La Revolución que ha nacido de la nada, la Revolución que ha nacido de un minúsculo grupo de hombres, que ha vivido durante años en la sierra, es una Revolución que tiene un derecho propio a la existencia” ( Es posibles que la cita no reproduzca con exactitud los términos de la declaración original, pues se trata de una retraducción al español de una versión italiana ( N.d. A) ( Fidel Castro, Per i comunisti dell'America latina, o la Rivoluziones o la fine, Feltrinelli, Milánn, 1976, p. 72).

30 Sería injusto, una vez localizadas las matrices e inspiraciones guevaristas del montonerismo, no subrayar también las grandes diferencias que, sobre todo en el campo ético, mediaban entre la guerrilla del “Che” y el terrorismo deFirmenich.

La figura moral de Guevara, al margen de cuanto pueda haber de censurable en sus concepciones estratégicas y ensu reducción militarista de las luchas políticas, se define a través de episodios como el del ataque ordenado en Bolivia por el “Che” contra un par de camiones del ejército y suspendido a último momento al descubrirse que dormían algunos militares dentro de los vehículos.

Hay un abismo moral entre esta actitud y el canallesco debate desarrollado en el seno de la conducción montonera al proyectarse el atentado de 1979 contra el entonces secretario de Planeamiento, Guillermo W. Klein, quien habría de sobrevivir por milagro junto con su familia a las cargas de dinamita que prácticamente demolieron su residencia.

Un documento interno montonero elaborado por el grupo semidisidente conocido como el de “ los tenientes” menciona este debate como uno de los fundamentos de la propia disidencia, señalando que entre los puntos en discusión figuraba el dilema entre limitar el atentado al funcionario o matar también a sus hijos, todos ellos niños muy pequeños. El documento atribuye a Firmenich la posición infanticida, mientras dejan constancia de la posición disidente fundada en la argumentación igualmente abominable de que la matanza de los niños “ nos puede aislar de las masas”.

Había en los primeros años del guerrillerismo latinoamericano que siguió a la revolución cubana un “ estilo Guevara” que excluía el crimen político, el secuestro extorsivo, el asalto de bancos , el bandolerismo revestido de fines revolucionarios. Muerto el “ Che”, en 1967, también murió con él esta guerrilla impoluta y romántica. La lucha armada ultraizquierdista se desplazó rápidamente hacia las metodologías mafiosas y el terrorismo de la guerrilla urbana teorizada por Marighela. Los montoneros fueron quizás la variante más arquetípica y sangrienta de este nuevo estilo.

Entre las grandes responsabilidades de Cuba en el drama latinoamericano de las últimas décadas figura la de haber asistido impasible y sin el menor pestañeo crítico a este tránsito entre ambas modalidades de la lucha armada, asegurando a los killers de Firmenich el mismo respaldo que dio antes a las aventuras salgarianas de Guevara.

31 Debo aclarar a esta altura que el nexo esencial señalado aquí entre izquierda y verdad en el plano lógico ofrece no pocos motivos de perplejidad tan pronto como uno desciende a examinar las relaciones entre ambos términos en el plano histórico. Si la cultura política de “ izquierda” encierra en su propia definición lógica una irrenunciable necesidad de verdad, de alcanzar, ampliar, profundizar y difundir el conocimiento de la verdad, ¿ Cómo se explica, por ejemplo, la censura de prensa bajo un gobierno de izquierda? Si en el orden lógico la verdad es revolucionaria y la revolución encuentra en la verdad su propia naturaleza, ¿ por qué en el acontecer histórico concreto las revoluciones se han materializado siempre cerrando los accesos a la verdad?

Si se tratara de un caso aislado, una peculiaridad de tal o cual revolución concreta no justificaría un sobresalto teórico como el que aquí estos exteriorizando. Pero se trata, en cambio de un fenómeno general, sin siquiera un simulacro de excepción, que se ha venido reiterando sin variaciones en todos los procesos revolucionarios.

Todas las políticas revolucionarias en el campo de la formación- que es el mecanismo a través del cual se pone la verdad al alcance de la gente- han coincidido monótonamente y sin fisuras en una invariable necesidad de desnaturalizarla. La información, bajo regímenes revolucionarios, no es una vía de acceso a la verdad sino un instrumento de motivación. Tanto en la Unión Soviética, como en Cuba, en China como en Albania, informar significa no ya servir al inalienable derecho de la gente a conocer la verdad, sino condicionar a la gente a desarrollar determinados compartimientos. Los hechos son mostrados, ocultados, dosificados, tergiversados, afeados o embellecidos de acuerdo con el tipo de conducta que se desea generar en la gente mediante la información acerca de ellos.

Informar revolucionariamente, en suma , termina por ser una operación manipulatoria que establece entre el proveedor y el receptor de la información una relación de sujeto a objeto que es propia de las políticas de derecha. ¿ Qué significa todo esto? ¿ Significa que son érroneas en el plano teórico-lógico las definiciones ofrecidas aquí de la izquierda y la derecha ? ¿ O significa que en el plano histórico la discriminación real entre derechas e izquierdas no pasa por donde viene pasando convencionalmente desde hace generaciones?

Responder a estas preguntas requerirá otras cien páginas de reflexiones, que dejo para otra oportunidad. Pero no podía explayarme honestamente en idílicas consideraciones sobre la izquierda-verdad sin siquiera dejar planteado este problema.

32 Rolando García, decano de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de Buenos Aires durante el período de autonomía universitaria que se extendió entre 1956 y 1966, fue uno de los principales orientadores de la izquierda reformista en la vida académica argentina de esa década. Tras el golpe militar de 1966 se acercó al peronismo, encabezó por encargo de Perón un equipo técnico de planificación, y, por último, ingresó en el Movimiento Peronista Montonero.

33 Elio Vittorini, Il Politecnico, Nº 15, 5 de enero de 1946 (Donegani, Agnelli , representaban a los grupos concentrados de la economía. Hoy podríamos hablar de Barrick Gold, Ezkenazi, Electroingeniería, Bulgheroni, para que se entienda el sentido de la frase de Vittorini... ( nota del copista)

34 La Unión Industrial Argentina (UIA) es, formalmente, la entidad que agrupa al empresariado industrial del país. De hecho representa mayoritariamente a sectores industriales dependientes de casas matrices extranjeras.

35 Félix Luna, El 45, Editorial Jorge Alvarez, Buenos Aires,1969.p.74

36 Luca de Tena, Calvo y Peicovich, Yo, Juan Domingo Perón, Editorial Planeta, Barcelona, 1976, p. 26

37 Enrique Pavón Pereyra, Vida de Perón, Ed. Justicialista, Buenos Aires, 1965, citado por Enrique Díaz Araujo, El GOU en la Revolución de 1943, Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Cuyo, 1970, p.26.

38 Félix Luna, ibíd. p.77

39 Luca de Tena, Calvo y Peicovich, ibíd. pp. 29 y 30.

40 Félix Luna, ibíd. p.75. El trabajo de Luca de Tesa , Calvo y Peicovich también recoge pocos años después declaraciones de Perón que rinden un testimonio similar de su continuada admiración por la figura y la obra de Mussolini. “ No me hubiera perdonado nunca”,expresa Perón en ese relato autobiográfico, “ el llegar a viejo, el haber estado en Italia, y el no haber conocido a un hombre tan grande como Mussolini. Me hizo la impresión de un coloso cuando me recibió en el Palacio Venecia. No puede decirse que fuera yo en aquella época un bisoño y que sintiera timidez ante los grandes hombres. Yo había conocido a muchos. Además, mi italiano era tan perfecto como mi castellano. Entré directamente a su despacho donde estaba el escribiendo; levantó la vista hacia mí con atención vino a saludarme . Yo le dije que, conocedor de su gigantesca obra, no me hubiera ido contento a mi país sin haber estrechado su mano”. ( Luca de Tena, Calvo, y Peicovich, ibíd. p.27)