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viernes, 11 de febrero de 2011

"La compleja construcción contemporánea de la identidad:habitar 'el entre' " por Lic. Víctor Silva




"Yo es otro"

" 'Yo es otro' significa en primer lugar que
Yo es la estructura-Otro; luego, de modo más fundamental,
que Yo es el tiempo; el tiempo será el límite del pensamiento
que obliga al pensamiento a proyectarse
en el más allá ideal de las singularidades;
el 'desarreglo de todos los sentidos' es condición
para alcanzar esa transmutación"
Pierre Verstraeten

"La línea de ruptura o verdadera fuga,
¿no tendrá su peligro, peor aún que los otros?"
Gilles Deleuze

La construcción de la identidad y la alteridad se complejiza en este mundo revolucionado por las técnicas del simulacro y la virtualidad. Una Identidad (identidades), que construye el pensamiento occidental, al 'hominizar' el saber, hace aproximadamente dos siglos, en un umbral del pensamiento que separa al pensamiento clásico (Michel Foucault)1 de la modernidad. La etnología, la sicología y la literatura surgen en ese contexto, no obstante fue fundamental el papel del lenguaje que abandonó su transparencia representacional. Jenaro Talens, que dirige su mirada a la literatura, escribe que ésta disciplina "surgió como forma discursiva en el interior de un modo de información determinado y, por ello, puede no tener sentido ignorar que su estatuto es histórico, es decir, que su carácter 'social' no proviene tanto -o, al menos, no como dato fundamental- de su carácter 'representativo sino del modelo de intercambio comunicativo que la constituye como 'literatura' y permite que sea concebida como tal". Para Talens el modelo conlleva formas de emisión, transmisión, circulación, recepción, interpretación, en el interior de "circuitos" no naturales, sino ideados y construidos culturalmente, en sistemas cartesianos.

Los cambios radicales se producen en la actual posmodernidad, sobremodernidad o modernidad tardía, donde el Mismo y el Otro se des-relacionan, habilitan los márgenes, las multiplicidades y las heterogeneidades. La hibridez intenta definir (¿se podrá definir desde lo híbrido?) este momento histórico y se habilita un pensamiento del 'Entre'2. La multiplicidad del 'Entre' otorga estatus (siguiendo un pensamiento deleuziano) a la fuga, la velocidad y al accidente, en palabras de Paul Virilio, (para otros teóricos el riesgo). Las crisis pueden pasar de la transitoriedad a la regularidad en el tiempo (¿paradoja histórica?), mientras que las estabilidades pueden llegar a ocupar momentos coyunturales. ¿Se producirá un accidente global a lo Virilio? Sin pretender ser apocalípticos no se puede negar que la revolución tecnológica está produciendo transformaciones profundas y mutaciones socio-culturales, que están afectando directamente a 'las comunidades'.

Las multiplicidades dinamitan las identidades y por consiguiente a las alteridades. Las multiplicidades son "dispositivos" heterogéneos, híbridos, que se construyen especularmente en la simulación. Los "dispositivos" foucaultianos, como plantea Gilles Deleuze, son conjuntos multilineales, especie de ovillos o madejas. "Está compuesto de líneas de diferente naturaleza y esas líneas del dispositivo no abarcan ni rodean sistemas, cada uno de los cuales sería homogéneo por su cuenta (el objeto, el sujeto, el lenguaje), sino que siguen direcciones diferentes, forman procesos siempre en desequilibrio y esas líneas tanto se acercan unas a otras como se alejan unas de otras. Cada línea está quebrada y sometida a variaciones de dirección (bifurcada, ahorquillada) sometida a derivaciones. Los objetos visibles, las enunciaciones formulables, las fuerzas en ejercicio, los sujetos en posición son como vectores o tensores". Puede visualizarse la coincidencia que existe entre la figura del "dispositivo" y la del "rizoma". Como plantearon Gilles Deleuze y Félix Guattari, el "rizoma" conecta cualquier punto con otro cualquiera, no remitiendo cada uno de sus rasgos a elementos de la misma naturaleza. Es "un sistema acentrado, no jerárquico y no significante, sin General, ni memoria organizadora o autónoma central, definido únicamente por una circulación de estados". Puede plantearse una nueva coincidencia esta vez con Internet, la red de redes, que puede ser definida a partir de estas dos figuras.

I

Las identidades y las alteridades son construcciones intelectuales que se confirman en su carácter relacional y se afirman en la singularidad y la diferencia. La singularidad reclama necesariamente un exterior de confrontación que mida a la identidad en tanto y en cuanto son construcciones que inauguran el campo de lo humanamente posible. La diferencia, presencia fantasmagórica de la singularidad, necesita poseer un 'locus' que también habilite y permita su existencia. Por tanto no hay identidad que no postule al mismo tiempo una alteridad: no hay el Mismo fuera del Otro, o bien LO MISMO y LO OTRO, (para aquellos que no depositan sus creencias en el sujeto)3.

Concordando con Marc Augé se puede señalar que se ha aprendido a dudar de las identidades absolutas, simples y sustanciales, en el plano colectivo y en el individual. Lévy Strauss se acerca a un concepto de identidad como huida virtual, a una potencialidad que no se consuma en acto. "La identidad es una especie de fondo virtual al cual no es indispensable referirnos para explicar cierto número de cosas, pero sin que tenga jamás una existencia real", escribe el antropólogo.

En las identidades y en las alteridades, participan "la percepción individual del tiempo" y su relación con el espacio" (Marc Augé). Visión que se acerca a la conceptualización cronotopica de Bajtin. Sin embargo ese esquema relativamente lineal se puede complicar si se ingresa a indagar la construcción actual de la identidad y la alteridad. Siguiendo el pensamiento deleuziano el yo puede ser visto como otro, como una alteridad que se interioriza en la identidad. Esta visión esquizoide se relaciona con el tiempo como límite del pensamiento, "que obliga al pensamiento a proyectarse en el más allá ideal de las singularidades". La alteridad del Yo, lo coloca fuera del sí por el tiempo, "el 'tiempo' es el Otro de todo pensamiento, de todo Yo, la 'forma pura y vacía'" en palabras de Pierre Vertraeten. Para este autor: "La comprensión del Yo como Otro en Deleuze, esa elevación al campo problemático, efracción de las ideas inconscientes en la fisura del Yo, robo del pensamiento por el inconsciente, pasa por una etapa transitoria, aparentemente más tradicional, a saber, la de la relación con Otro: Yo es Otro porque es hecho otro por los otros, y recíprocamente. Pero la interpretación rectificada de esta primera etapa no es más que una mediación provisional: la plataforma para una nueva superación, hacia lo completamente otro del Otro otra vez".

Como no es posible encontrar una identidad absoluta, tampoco es factible hallar una alteridad sustancial y estable, sino que 'el alter' se disemina en otros. Los 'otros' pueden ser: étnicos y culturales; sociales e interiores.

Las identidades pueden adquirir sentido en su construcción discursiva. Un discurso que construye una 'realidad', pero que también valida intelectualmente la creación identitaria y marca las fronteras con El Otro, el diferente, el qué está ubicado fuera de mis límites discursivos. "El discurso (...) construye una realidad exterior con vistas a validarla. Se trata de una especie de tautología que esconde algo más importante: de qué manera este juego retórico fue instituido para justificar discursivamente lo que estaba pasando fuera del discurso, de qué manera el poder y las diferencias de clase fueron distribuidas, no desde la perspectiva de la explotación, sino de una verdad que se basaba en la capacidad del discurso para construirla", escribe Jenaro Talens. El discurso como productor de sentido implica la conceptualización de un 'lector' o lectoautor en palabras de Nuria Voulliamoz (pero que puede extenderse a 'espectador', 'receptor') como coproductor de sentido y no como un simple y pasivo receptor. Para Jenaro Talens el sentido a diferencia de la significación no surge de un desciframiento, es producto de una elaboración individualizada. La lectura significativa de un objeto cultural implica el conocimiento previo de una serie de códigos y subcódigos que les permiten ser descodificados, "de modo que la información de llegada fuese equivalente a la información de salida". El sentido es más activo y la significación no surge previamente sino con posterioridad. De ahí esa presencia del lectoautor. Para Marc Augé "el sentido social" se construye al instituir significaciones y simbolizaciones que implican la relación intelectual e ideológica entre uno y los demás. Para Deleuze y Guattari, visión con la que más concordamos, el sentido es una paradoja. Como se explícita en ¿Qué es la Filosofía?, esa paradoja se puede repetir al infinito, por cuanto un sentido reenvía a otro sentido, y un concepto a otro concepto, "el sentido es un ciervo, metáfora de la huida", señala Leopoldo María Panero.



II

La delimitación de las identidades y las alteridades encontraban su estabilidad socio-cultural en su relación con el territorio, definido como LUGAR, (y sus límites y fronteras) y la construcción espacio-temporal. En otras palabras EL AQUÍ y El AHORA "emplazaban" y estabilizaban, localizando espacial y temporalmente a las identidades. Parafraseando a Bajtin, y su concepción cronotopica, se puede señalar que no hay espacio sin tiempo, ni tiempo sin espacio. El idéntico y el alter se emplazaban en las "comunidades imaginadas" definidas por Benedict Anderson. El punto de partida de Anderson es que "la nacionalidad o la 'calidad de nación' (...) al igual que el nacionalismo, son artefactos culturales de una clase particular". La creación de estos artefactos Benedict Anderson la sitúa a fines del siglo XVIII y Kemiläinen sostiene que la palabra nacionalismo conoció un uso generalizado a fines del siglo XIX (tener en cuenta la coincidencia con las fechas manejadas por Foucault como límite entre el pensamiento clásico y la modernidad. Asimismo a estas fechas se refiere Jacques Derrida al referirse al "nacionalismo filosófico"4). La denominación de "comunidades imaginadas" se refiere, a su vez, a una construcción discursiva que le otorga sentido y que se encuadra dentro del régimen de lo imaginado. Pero también es imaginada "porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión". La "comunidad imaginada" de Anderson es "violencia simbólica"5 (en el sentido de Pierre Bourdieu) en marcha y se le puede plantear como crítica, junto con Baba, que Anderson le devuelve el carácter monológico a la idea de Nación. Sin embargo es bueno aclarar que para las comunidades lingüísticas, la homogeneidad es producto de "la violencia simbólica" . Es que "...no hay comunidad lingüística homogénea (...) No hay lengua-madre, sino toma del poder de una lengua dominante en una multiplicidad política" (Deleuze-Guattari; 1977: 18). Con Nicolás Guigou se puede establecer centralizando la mirada en el caso de Uruguay: "(...) no hay comunidad imaginada homogénea, sino las representaciones escriturales de una comunidad que pretenden acallar a otras posibles, o bien la imposición de una identidad (nacional) mediante la inscripción de una escritura laica, gratuita y obligatoria, en el marco del Estado-Nación escolarizado y escolarizador". A la metáfora del Estado-Nación se le pueden agregar dos metáforas más: el valor de la tradición como modelo y la asunción de que la historia tiene un sujeto único de carácter individual (Otorgándole sustancia a la Identidad). La historia no se discute, es evolutiva, se integra como metarrelato y se aparta del mito. El paradigma evolucionista para Marc Augé separaba tiempo y espacio; eran espacios de simbolización, que apuntaban a ser legibles a todos aquellos que frecuentaban el mismo espacio cierta cantidad de esquemas organizadores, de puntos de referencias ideológicos e intelectuales que ordenaban lo social. La modernidad intentó reconstruir la historia a partir de una concepción exacta y verdadera de los hechos del pasado, elaborada por un sujeto central de carácter individual (Hombre como objeto y sujeto de estudio, parafraseando a Michel Foucault).

No obstante esta concepción abrigada en la modernidad pierde centralidad con la irrupción de los medios de comunicación y las tecnologías 'a distancia'. Ya el cine -como arte del siglo- con su complejo entramado industrial y estético implicó un cambio radical. Se quiebra el AQUÍ y el AHORA y se asumen tele-tiempos y tele-espacios planetarios. Las identidades y las alteridades como construcciones intelectuales inician un proceso de alejamiento de los LUGARES y de las comunidades imaginadas que se ubicaban y se estabilizaban en un LUGAR. El lugar, para Marc Augé, tenía tres características principales que se imbricaban entre sí: es un sitio de IDENTIDAD, RELACIONAL e HISTÓRICO. La simbolización del espacio construía la experiencia del todo y personalizaba performativamente a cada individuo (el habitus de Bourdieu). "(...) esa simbolización es a la vez, una matriz intelectual, una constitución social, una herencia y condición primera de toda historia, individual o colectiva".

De esta forma comienzan a asumirse los mismos y los otros en los NO-LUGARES: espacios a-identitarios; sin historia pero con memoria -en el sentido de Marc Augé- y no relacionales. Las relaciones se establecen a distancia y las identidades no encuentran marcas estables para consolidarse. Los lugares de memoria difieren de la historia, para Marc Augé, en la medida en que "la memoria no era como la historia, una representación del pasado sino que es 'un fenómeno siempre actual, un vínculo vivido con el presente eterno'(...) El actual gusto por las conmemoraciones traduce, en virtud de una paradoja que es sólo aparente, esta disolución de la memoria colectiva y muestra el contraste que hay entre un pasado del que sólo subsisten signos muertos y un presente inseguro de su identidad". Los lugares de memoria, para Pierre Nora, tiene la intención de "encerrar el máximo de sentido en el mínimo de signos". Como señalaba Lévy Strauss "en el monumento vemos invertirse la relación entre significante y significado". Este cambio radical en las comunidades imaginadas o el pasaje de los LUGARES a los NO LUGARES se puede observar empíricamente analizando aspectos históricos del Uruguay, como por ejemplo la llamada religión civil (el estado); la literatura onettiana o el sistema educativo; en esos LUGARES se intentó crear intelectualmente una identidad como homogeneidad. Intentar equilibrar un pasado inexistente (ya en 1939 Juan Carlos Onetti en El Pozo escribió: "¿Qué se puede hacer en este país? Nada, ni dejarse engañar. (...) Detrás de nosotros no hay nada. Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos") con un futuro incierto (concepción evolutiva de la historia). Carlos Real de Azúa escribía que todo prospecto nacía de un balance, más allá de la diversidad de posiciones respecto a cómo situar al presente en la tensión entre pasado y futuro.


III

Las comunidades imaginadas y LOS LUGARES, y la construcción relacional entre la identidad y la alteridad, se pueden situar en el modelo de sociedad disciplinaria tal cual fue planteada por Michel Foucault. El filósofo francés las ubicó entre los siglos XVIII, XIX y principios del XX.

Para Foucault el mejor modelo para definirlas era el Panóptico, figura creada por Jeremías Bentham, que proporcionó un modelo de funcionamiento que se instauró en todas las organizaciones del corpus societario. Una forma particular de existencia: el encierro y la disciplina, eufemísticamente caracterizadas como orden y funcionalidad, pasaron a ser consideradas como inherentes a toda pragmática que pretendiera ser operativa. El Panóptico implicaba un control espacial, temporal, arquitectónico y corporal. En palabras de Gilles Deleuze: "Dichas sociedades procedieron a la organización de los grandes espacios de encierro. El individuo pasa sin cesar de un espacio cerrado a otro, cada uno con sus leyes: primero la familia, después la escuela ('ya no estás en tu casa'), más tarde el cuartel ('ya no estás en el colegio'), luego la fábrica, de vez en cuando en el hospital, y eventualmente la cárcel, que es el espacio de encierro por excelencia". Es interesante tener en cuenta esos espacios de encierro y las instituciones que los albergaban, a partir de los discursos que se elaboraron en Uruguay, para conformar y crear una identidad "nacional" y agrupar en torno a la misma a la comunidad. Por sólo citar un ejemplo se puede mencionar la escuela pública de Uruguay, tanto por su peculiar capacidad abarcativa, como por el hecho de instituirse como un verdadero bastión de la Nación. El estado, definido como religión civil por el antropólogo Nicolás Guigou, trató al Otro como otros, bajo estrategias tan disímiles que incluían desde la integración, la jerarquización, privatización, hasta la expulsión lisa y llana (distintas maneras de producir la otredad). El laicismo en Uruguay, ilusión o simulacro de neutralidad que guardaba la religión civil, determinaba que igualdad era sinónimo de homogeneidad, por lo tanto consideraba que sujetos diferentes podían tener su lugar mediante la nominación mágica que menciona justamente a la diferencia para borrarla, bajo la impronta igualitaria. El carné escolar decía: "(...) los que una vez se han encontrado en los bancos de una escuela, en la que eran iguales, a la que concurrían usando de un mismo derecho, se acostumbran fácilmente a considerarse iguales, a no reconocer más diferencias que las de las actitudes y las virtudes de cada uno; y así, la Escuela gratuita es el más poderoso instrumento para la práctica de la igualdad democrática".

Un caso extremo fue el de la dictadura militar y la producción de sus discursos, etapa crítica del Panóptico nacional, donde se conformó un Estado-Nación, plegado sobre sí mismo, que buscaba amortiguar el peligro de la contaminación externa.

Es bueno remarcar que actualmente vivimos una crisis del Panóptico y de la sociedad disciplinaria foucaultiana, ingresando nuevas formas de control, las que han sido definidas como sociedades de control (Gilles Deleuze), velocidades de control (Paul Virilio) o estrategia viral de control (Jean Baudrillard). "Actualmente vivimos una crisis generalizada de todos los espacios de encierro: cárcel, hospital, fábrica, escuela, familia", escribe Deleuze.

La posible omnipresencia de las tecnologías de la comunicación (a las que se pueden agregar las técnicas de la virtualidad y el simulacro) implican la conceptualización de nuevos tipos de control. Para Paul Virilio asumen formas aceleradas y accidentadas y se producen al aire libre, la relaciona con la estrechez del planeta y el control a distancia (tele-control). Para Gilles Deleuze el nuevo tipo de control ("monstruo" le llama. La palabra "monstruo" puede relacionarse con "mostrar" que por extensión puede implicar "mirar" lo que me "muestran", este sentido se lo otorgo porque Deleuze no se refiere a esta idea), es numérico y no analógico como el disciplinamiento. Asimismo son una modulación, "con un modulado autodeformante que cambiara continuamente de un momento a otro, o como un tamiz cuyas redes cambiarán de un punto a otro". En las sociedades de control, planteadas por Deleuze, en vez de firmas y nombres (el DNI es uno de los mejores ejemplos del control disciplinario) hay contraseñas. "No se necesita la ciencia-ficción para concebir un organismo de control que dé a cada momento la posición de un elemento en un espacio abierto, una animal en una reserva, un hombre en una empresa (collar electrónico)", escribe Deleuze. Una última característica de este nuevo tipo de control es la asunción del dividuo. "Los individuos se han convertido en dividuales", para Deleuze. El dividuo está divido, fragmentado. Pasamos de un individuo paranoico, el de las sociedades disciplinarias, a un dividuo esquizofrénico, el de las sociedades de control. En la estrategia viral de Baudrillard domina el virus. Desde los virus informáticos hasta el virus total como es el sida.


IV

Otro punto crítico que problematizan la creación identitaria es la producción de imágenes en occidente. Es un universo transdiscursivo excedido de sentido por la población de imágenes. Nos encontramos con un significante que se dispara y con significados que se multiplican. Asimismo presenciamos planteos contemporáneos sobre la muerte de la imagen (Debray; Virilio) y las asunción de la llamada "gran óptica" (Paul Virilio).

La creación de simulacros (Baudrillard) y la irrupción de las comunidades imaginadas virtuales y simuladas, implican nuevos estados para El Mismo y El otro. Es que estamos inmersos en un mundo cada día más estrecho y mundializado, encogido y cerrado sobre sí mismo (Virilio; Marc Augé) donde las imágenes y las informaciones circulan aceleradamente. En las discontinuidades de la episteme occidental, los 'no-lugares'6 se encapsulan en lo imagónico y profundizan la crisis de la representación; dando otro paso (sin pretender ser evolucionista) en el quiebre que ya se había producido en el siglo XIX donde desaparecía "la teoría de la representación como fundamento general de todos los órdenes posibles" en versión de Michel Foucault. El quiebre en 'la construcción' del concepto de realidad se profundiza en las reflexiones que toman a 'la simulación' y a 'la virtualidad' como sustitutas brutales de 'la realidad' misma, con autores que instauran la consumación del 'crimen perfecto'7. Para autores como Baudrillard, la presencia absoluta de la técnica más que crisis produce vacíos en la representación: "Es la irrupción de la tecnología lo que lleva a este vuelco, de una tecnología que Benjamín ya describía como médium total -gigantesca prótesis ordenando a la generación de objetos y de imágenes idénticas, que ya nada podría diferenciar lo uno de lo otro- pero sin concebir todavía el conocimiento profundo de esta tecnología, que hace posible la generación de seres idénticos, sin que se pueda volver a un ser original. Las prótesis de la sociedad industrial aún son externas, exotécnicas- las que nosotros conocemos se han ramificado e interiorizado: esotécnicas". Pero hay otros autores que parten de diagnósticos similares aunque discrepan en las conclusiones que plantean: Paul Virilio sostiene que la virtualidad domina a la realidad, imposibilitando cualquier produciendo de ésta. Sin embargo Pierre Lévy conceptualiza la idea de nuevos espacios y tiempos mutantes que inauguran novedosas formas de realidad (no se produce 'el crimen perfecto' de Baudrillard sino que Lévy salva a la realidad de esa muerte. En estos planteos se producen diferencias importantes: mientras que la reflexión apocalíptica de Virilio apunta a la desaparición 'dramática de la realidad a manos de la virtualidad, Lévy niega esa fagocitación y sostiene la gestación de nuevas formas de realidad). La 'clonación' y la exactitud de las 'imágenes' (profundizándose la inflación de las mismas) ya no representan; quiebran la dualidad que es su naturaleza entre representación y objeto representado. Se puede interpretar que visiones como las de Baudrillard y Virilio están en la frontera de la construcción del propio concepto de Hombre. Como escribía Foucault: "(...) reconforta y tranquiliza el pensar que el hombre es sólo una invención reciente, una figura que no tiene ni dos siglos, un simple pliegue en nuestro saber y que desaparecerá en cuanto éste encuentre una forma nueva". 'Hombre-maquínico', 'homo videns' (Giovanni Sartori) y tantos otros conceptos que intentan conceptualizar ese ser se ubican en torno a esas reflexiones. "A imagen y semejanza de la televisión, el mejor objeto prototípico de esta nueva era, todo el universo que nos rodea e incluso nuestro propio cuerpo se convierten en pantalla de control", en palabras de Baudrillard. Sartori, por su parte, plantea la hipótesis que el homo sapiens producto de la cultura escrita, se está transformando en un homo videns, para el cual la palabra está destronada por la imagen8. Los planteos que ubican a la técnica como productora de 'realidad' y de actitudes humanas (Subirats) no son nuevos, ya habían sido sostenidos, entre otros, por Eisenstein que se refería al cine como "una fábrica de actitudes y posiciones frente a los hechos". Una 'performatividad' de la historia, moldeada y empaquetada por los medios de comunicación. Estos "no difunden concepciones globales del mundo. Más bien producen, transforman o diseñan la realidad como una segunda naturaleza"(...) La comunicación se transforma en un "factor productivo de lo real" que "lleva consigo la transformación de la política y de la historia, y la transformación de la propia conciencia cognitiva" (Subirats). En este contexto Subirats apunta que en ese hábitat se produce el alejamiento del sujeto de la experiencia. Los cuestionamientos a la experiencia (visualizar la relación con los conceptos de identidad y alteridad asociados a los lugares y las comunidades imaginadas. Sitios donde se vivía la experiencia) ya habían sido apuntalados radicalmente por Descartes y Kant, contemporáneamente lo que se produciría sería su trivialización semántica. El trabajo crítico de la duda cartesiana partía de la base de un cuestionamiento radical de la percepción táctil, de la aprehensión inmediata de los objetos, de la visión intuitiva de las cosas y de la propia conciencia. Las imágenes literarias del discurso del método muestran a lo real desde el punto de vista de la intuición sensible inmediata e ingenua como alucinaciones. En su lugar, y en consonancia con una tradición idealista que recorre la historia de la filosofía hasta la crítica platoniana de la sofística, el conocimiento apriorístico de la geometría y de las matemáticas se elevaba a un único paradigma válido de una realidad críticamente sancionada. La desmaterialización de la experiencia y la 'des-individualización', profundizadas por la técnicas en Comunicación, quiebran la 'objetividad' tan cara al estructuralismo. O como plantea Vattimo: la sociedad mediática aligera la realidad permitiendo la anulación de la dicotomía entre el sujeto y el objeto. La máxima de Lévi-Strauss de que "es preciso estudiar a los hombres como si fuesen hormigas", se encuadra en ese contexto estructuralista. Radicalmente enfrentado al estructuralismo Deleuze sustituye las 'estructuras' ("arborescentes", es una de sus metáforas) por la figura del 'rizoma': "...a diferencia de los árboles o de sus raíces, el rizoma conecta cualquier punto con otro punto cualquiera, cada uno de sus rasgos no remite necesariamente a rasgos de la misma naturaleza" ¿Nuevamente se plantea a lo Baudrillard la desterritorialización and-infinitum? ¿Con Internet, el ciberespacio y las nuevas técnicas en comunicación no puede realizarse un paralelismo con el rizoma? En este marco conceptual los medios de comunicación participan en un proceso que agudiza las interpretaciones y amplía los relatos, transformando a las ciencias también en construcciones narrativas9. Frente a ello se profundizan las polémicas y diversos autores salen en defensa del empirismo y de la objetividad científica. Alan Sokal y Jean Bricmont denuncian las "imposturas intelectuales" del posmodernismo que lo caracterizan como "una corriente intelectual caracterizada por el rechazo más o menos explícito de la tradición racionalista de la Ilustración, por elaboraciones teóricas desconectadas de cualquier prueba empírica, y por un relativismo cognitivo y cultural que considera que la ciencia no es nada más que una 'narración', un 'mito' o una construcción social". Por su parte Pierre Bourdieu (¿casualmente? participó en el proyecto Sokal-Bricmont) salta desde las Ciencias Sociales defendiendo la objetividad científica, a través de su noción de 'campo'.



Bibliografía

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Notas
1 Michel Foucault en Las Palabras y las Cosas muestra dos grandes discontinuidades en la episteme de la cultura occidental: aquella con la que se inaugura la época clásica, hacia mediados del siglo XVII, y aquella que, a principios del XIX, señala el umbral de la modernidad. En ese momento el hombre se convierte en sujeto y objeto de estudio. Con Foucault concuerda también Jenaro Talens.

2 Jacques Derrida en La Doble Sesión ensayo que integra el volumen La Diseminación. El Entre se aparta de lo orgánico y sustancial; no se identifica con el sujeto como sustancia identitaria pero tampoco con los otros, enmarcados y producidos en tanto que otros y habilita el movimiento y la velocidad. El Entre a su vez implica un vacío. En palabras de Derrida: el Entre no es "puramente sintáctico (...) Además de su función sintáctica, mediante la remarcación de su vacío semántico se pone a significar. Su vacío semántico significa, pero el espaciamiento y la articulación; tiene por sentido la posibilidad de la sintaxis y ordena el juego del sentido. Ni puramente sintáctico, ni puramente semántico, señala la abertura articulada de esa oposición". (Derrida, 1975: 335).

3 Las luchas en busca de la muerte del sujeto se encuentran con un punto crítico en el debate entre Jacques Derrida y Michel Foucault. Para el segundo incluso Foucault preservó la idea de sujeto así sea bajo el manto tan irreconocible como el de ese sujeto llamado locura. Es bueno recordar que el estudio foucaultiano integraba: el saber; el sujeto y el poder.

4 "Concierne a aquella estructura de la conciencia del sentimiento y de la reivindicación nacional que hace que una nación se plantee no sólo como portadora de una filosofía sino de una filosofía ejemplar, es decir a la vez particular y potencialmente universal -y filosófica por eso mismo-. No sólo el nacionalismo no llega como un accidente o como un mal hacia una filosofía que le sería ajena y que sería por vocación esencial cosmopolita y universalista, sino un nacionalismo de esencia filosófica, una filosofía, un discurso estructuralmente filosófico. Y es universalista y cosmopolita" (Jacques Derrida; 1987: 34).

5 Para Pierre Bourdieu la violencia simbólica es padecida por una comunidad que no asume explícitamente que la está sufriendo. Pero tampoco es directamente asumida por quien la ejerce.

6 Marc Augé en su diagnóstico de la sobremodernidad designa al 'no-lugar' bajo "dos realidades complementarias pero distintas: los espacios constituidos con relación a ciertos fines (transporte, comercio, ocio), y la relación que los individuos mantienen con esos espacios". Son espacios sin identidad, ni memoria, no relacional, ni histórico. Sin embargo ya Michel Foucault ubica al 'no-lugar' (ubicación como paradoja) en el lenguaje, como forma de ordenar en el devenir el espacio de orden que ha constituido el saber occidental (metáfora del encuentro y desencuentro posterior entre "las palabras y las cosas".

7 Baudrillard en la introducción de "El crimen perfecto" anuncia: "Esto es la historia de un crimen, del asesinato de la realidad. Y del exterminio de una ilusión, la ilusión vital, la ilusión radical del mundo. Lo real no desaparece en la ilusión, es la ilusión la que desaparece en la realidad integral"

8 Quizás en ayuda de la discutida defensa que hace Sartori de su hipótesis se puede sostener que el sapiens ha vivido sin imágenes 'materiales' en la mayor parte de su historia, de los 200 mil años de existencia, las imágenes se han producido en los últimos 30 mil, es decir la séptima parte de su historia

9 Para Vattimo la crisis en la modernidad se explica por "un gran factor" como es el "advenimiento de la sociedad de la comunicación".

domingo, 31 de agosto de 2008

"PENSANDO EL ESPACIO PÚBLICO EN LA GLOBALIZACIÓN" por Sergio De Piero*






Introducción

Pareciera que las ciencias sociales casi ya no pueden plantear el estudio de ninguna categoría o proceso, si éste no es pensado en términos de crisis, la cual además es vista en sentido negativo, como agotamiento de un modelo de certidumbre. En esta línea hace algunos años, Norbert Lechner llamaba la atención sobre el debate en torno a la posmodernidad, la cual sería fruto de un proceso doble, pues recordando a Max Weber, la modernidad ya era presentada como un desencanto, de manera que la posmodernidad vendría a ser algo así como el desencanto con el desencanto.

La cuestión del espacio publico no escapa a esta percepción crítica, entre “negativa y apesadumbrada”, sobre su presente. El debate sobre éste se ha bifurcado en diferentes dimensiones, lo que genera que en definitiva se estén hablando de problemas relacionados pero distintos: por ejemplo ¿qué relación existe entre la crisis del Estado nacional y la nueva perspectiva sobre la vida privada? Seguramente, muchos aspectos se encuentran entrelazados, pero también prevalecerán algunas especificidades.

Para trabajar esta relación sobre la cuestión del espacio público, el pequeño relato Visión del Escribiente de Octavio Paz, nos ha sugerido muchas temáticas vinculadas al debate, las cuales queremos desarrollar a partir de cinco aspectos centrales: la cuestión del Estado; vida privada vs. vida pública; la responsabilidad pública; la política y lo público y finalmente la incertidumbre frente
a lo público. No se trata pues de un análisis del texto, sino de reflexiones que surgen desde el.




La crisis del Estado como espacio público

La visión del escribiente de Octavio Paz *

“Y llenar todas estas hojas en blanco que me faltan con la misma monótona pregunta ¿A qué horas se acaban las horas? Y las antesalas, los memoriales, las intrigas, las gestiones ante el Portero, el Oficial en Turno, el Secretario, el adjunto, el Sustituto. Vislumbrar de lejos al Influyente y enviar cada año mi tarjeta para recordar - ¿a quién? – que en algún rincón decidido, firme, insistente, aunque no muy seguro de mi existencia, yo también aguardo la llegada de mi hora, yo también existo. No abandono mi puesto( ...), renuncio a la tarjeta de racionamiento, a la cédula de identidad, al certificado de supervivencia, a la ficha de filiación, al pasaporte, al número clave, a la contraseña, a la credencial, al salvoconducto, a la insignia, la tatuaje y al herraje”.

Desde mediados de la década del setenta, diversas corrientes han sostenido, de modo cada vez más firme, de una parte, la tesis de que el Estado ha ingresado en una creciente crisis; y, de otra, una postura de sospecha generalizada sobre su real “utilidad” para la sociedad. El adjetivo no es extraño, ya que si bien en un principio la crítica parecía provenir de paradigmas diversos, con el tiempo, quedó claro que el neoliberalismo logró elaborar la versión más acabada sobre un nuevo modelo a construir. Pero, en la convulsionada década del setenta la crítica hacia el Estado comenzó a multiplicarse, a bifurcarse y a yuxtaponerse en distintas dimensiones: abarcaba al modelo del Estado de Bienestar (la alianza del Estado, sindicatos y empresarios); al Estado interventor (regulación y planificación de la economía); al Estado Providencia (beneficios sociales), para derivar decididamente en el Estado – nación (soberanía política), y en el mismo Estado como apropiación de la dominación (exclusividad de la fuerza legítima). ¿Es una sola crisis? ¿Se trata de un proceso iniciado por el fin de la fe en el modelo del Welfare? ¿Eran en realidad las fuerzas de la globalización que afectaron primero algunos aspectos para luego cuestionar la institución toda?

Difícil de contestar y menos aun en las modestas pretensiones de este trabajo. Pero no cabe duda que los últimos treinta años han sido, en buena medida, intentos por darle un cauce a esta discusión. Durante la década del ochenta y noventa, uno de los ejes que parecía superar y articular estos debates se constituyó en torno a la supuesta tensión entre modernidad – posmodernidad; debate que produjo una división en las ciencias sociales agrupando las interpretaciones en algunas de las dos posturas. Los que constituyeron el segundo grupo sostenían que la crisis del Estado se explicaba al interior de la crisis de la modernidad como gran espacio que explicaba y daba sentido al conjunto de instituciones que surgieron con ella.

Aunque menos diseminada, se ha desarrollado la corriente que extiende la crisis al proceso de civilización, según la cual todo el orden social estaría comprometido de tal manera que la humanidad se apresta a atravesar un proceso de descivilización ; de este modo la crisis ya no sólo se desarrollaría sólo en torno la dificultad de la reproducción y funcionamiento de las instituciones, sino también en una fractura de las pautas de convivencia sociales cotidianas y mínimas.

Ahora bien, en la perspectiva que nos interesa, la cuestión del espacio público se vincula directamente a la crisis del Estado. De esta manera, la crisis del Estado y la crisis de lo público pueden fundirse en mismo proceso, ya que desde la segunda mitad del siglo XIX, y en particular en América Latina, lo público pareció ser igual (o casi) a Estado, y las instituciones que se construían en defensa de lo público, (los partidos políticos, los sindicatos, las asociaciones en general) en realidad lo estaban haciendo para sostener el modelo del Estado –nación. La construcción de una cultura nacional que se alimentaba, como definía Jorge Luis Borges: “de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos” , fue el motor que movilizó la nueva cultura predominante en las distintas sociedades. Esta daba cuenta de la construcción de ciudades, de pertenencias comunes, de idiomas, de tradiciones, las cuales podían presentarse en la forma aristocrática (que, a su vez, establecía la vinculación con el mundo, el cosmopolitismo), como ya en el siglo XX, o en forma popular con la consolidación de la sociedad de masas , y masiva de la mano de la nueva tecnología.

En el fondo, fuera en la forma aristocrática o en la popular, el “elemento nacional” fue parte constitutiva de la cultura que se edifica en derredor de la formación del Estado – nación, y con ello la ocupación de lo público, mediante la conformación de una acción afirmativa del Estado en este sentido: la educación básica obligatoria, formadora del concepto de nacionalidad, pero también con el servicio militar obligatorio.

En el transcurso del siglo XX, se fortalece la corriente que auspicia el modelo del Estado interventor, a partir de la política keynesiana, la cual llevó al Estado, en primer lugar, a intervenir en la economía en diferentes perspectivas: aumento de la obra pública, que se expresó en el diseño de ciudades que, en algunos casos, “barren” todo resto de orden colonial, construyendo ciudades de estilo europeo en plena Sudamérica. Es así que, en países como Argentina, Brasil o Chile, los edificios públicos, comienzan a “competir” con lo templos religiosos, en altura y diseño; se crean empresas de propiedad estatal, que plasman la imagen del progreso y la construcción del industrialismo al interior del “proyecto nacional”; se regula del mercado de valores y el mercado externo, lo cual fortalece la capacidad del Estado para someter, en el espacio público, los intereses privados, etc. La realización de estas esferas comienza a ser, en distintas partes del mundo, sinónimo de un Estado – nación pujante, e incluso bajo contrapuestos regímenes políticos: capitalismo liberal, fascismo, populismos o comunismo, todos los cuales hacen gala de un Estado que domina la escena pública a través de sus empresas o monumentos, acompañados en muchos casos con el culto a la personalidad, el liderazgo carismático, nueva construcción del liderazgo político. Así lo público, fortalecido por la orientación cultural que hacíamos referencia, se convierte en sinónimo de buena sociedad y fortalece la noción de futuro.

En tercer lugar observamos la constitución, en particular en la posguerra, del Estado Benefactor o social, en sus diferentes acepciones. La lucha por los derechos sociales y económicos, e incluso civiles en muchas regiones, que aun le eran negados a grandes grupos sociales, comienzan a transformarse en política del Estado, y por lo tanto a generar una transformación social del espacio público, lo que fue de la mano con la aparición de los movimientos de masas. Derechos sociales, defensa de los menores, regulación del trabajo, etc., comienzan a ser temas sobre los que el Estado actúa. Anteriormente, dichos temas sólo estaban vinculados a la órbita del mercado y por lo tanto en los términos del liberalismo, a la esfera privada, es decir de la sociedad civil. Cuando ciertas demandas en apariencia privadas, como el salario, logran insertarse en el espacio público (no sin un largo proceso de luchas y contradicciones), el Estado se convertirá en garante de ese ingreso y formará parte de lo público, en tanto se convierte en política pública.

Sin embargo, todo ello no deja de ser curioso, ya que el espacio público surgió, en la perspectiva de Jürgen Habermas, como el lugar desde donde la burguesía luchaba por sus intereses en contra del Estado Absoluto, en la Europa del inicio de la modernidad. Pero, como apunta Nestor García Canclini , durante el siglo XX el espacio público se concibió también como defensa de lo social frente al poder capitalista, donde lo público es la garantía de los derechos civiles, sociales y económicos conquistados. Así, el espacio público se presenta como espacio de resistencia al Estado autoritario y a los poderes no representativos y discrecionales del capital, en la defensa de los intereses comunes de los miembros de una sociedad.

La excepcionalidad reside, entonces, en que en América Latina fue el Estado mismo el generador de estos espacios públicos y generador de derechos sociales y políticos; a su vez porque, como muchos autores señalan, existen algunas dificultades, en la región, para utilizar el concepto de sociedad civil, como un espacio diferenciado del Estado, ya que las relaciones entre Estado y sociedad civil, fueron muy permeables. Pero, en algún punto todas estas construcciones comenzaron a desmembrarse. Probablemente, las expectativas generadas en torno del Estado como protección de lo público fueran exageradas, como se observar en algunas afirmaciones actuales: “al perderse gradualmente el espacio de la solidaridad y el interés general, desaparece el magnífico edificio de una sociedad organizada según una pirámide de poderes, que encajan los unos a los otros”.

La primera de estas crisis proviene, probablemente, de la jaula de hierro moderna: la burocracia. Ella es percibida como destructora de los lazos sociales, de la noción de comunidad y de la imposición del anonimato en las mismas relaciones humanas. Como ilustra Leopoldo Marechal al poner en boca de un burócrata condenado al infierno: “Si al principio en el rostro de cada postulante yo leía un problema vital, un destino en marcha (…), pude luego hacer abstracción de todo lastre sentimental, hasta no ver en aquel hombre, sino una cara. Después, no interesado ya ni siquiera en los rostros, cada postulante fue para mi un brazo en el extremo del cual venía una carta. Finalmente, ya no vi el brazo conductor, sino la carta sola”

Pero, además de ello, el enorme aparato y maquinaria que despliega el Estado, pone en cuestión el mismo sentido de la vida, y de la vida social en particular, llevándola hacia el sin sentido, a la soledad, a través de mecanismo que ocultan el verdadero motivo de las cosas; origen que quizás, como representó Franz Kafka, nunca pueda ser conocido, ni explicado.

A partir de estas percepciones, que se profundizan durante la década del ochenta, y a la sobrevalorización de la racionalidad instrumental, el desgaste de lo público es notable. Si la eficacia y la eficiencia se transforman en valores sociales supremos, el Estado comienza a perder el prestigio ante la sociedad, por las ineficiencias propias en su accionar (en particular como prestador de servicios), pero también situaciones que ya no puede controlar y que de hecho escapan a su órbita de acción. La intervención del Estado, es vista como desincentivadora de la acción privada y la ayuda social como promotora de la vagancia. Ser empleado público es sinónimo de mediocridad y conformismo, de carencia de iniciativa y ambiciones en la vida.

Sin embargo, sin duda, un cambio radical se produce a partir de la nueva percepción del territorio. Ya no parece posible que el Estado, y por lo tanto el espacio público, pueda ser pensado exclusivamente en términos nacionales. Ahora bien, como señala Renato Ortiz, en este sentido la globalización puede plantearse en tres dimensiones: (a) la primera privilegia una nueva interrelación entre distintas esferas (la local, la nacional y la global, y pudiera agregarse la regional) que comienzan a vincularse de una nueva manera pero que preservan algún grado de autonomía e identidad, privilegiando la interacción, de manera dualista (local – global, etc.); (b) la otra opción consiste en pensar que lo global incluye lo nacional y este a su vez a lo local, de esta manera se estaría colocando el énfasis en lo inclusión, bajo una visión sistémica, partiendo del enfoque de Nicklas Luhman¸ en este sentido podría pensarse en una sucesión de anillos concéntricos que siendo diferenciados, mantiene algún grado de autonomía relativa, dentro de los límites nuevos que se le ha trazado; (c) sin embargo, Ortiz prefiere optar por una visión que privilegia la idea de proceso civilizatorio, global pero no necesariamente totalizador, que se aparta de las dualidades externo - interno, cercano - distante, para pensar el espacio como un conjunto de planos atravesados por procesos sociales diferenciados, articulados en todo caso por la noción de líneas de fuerza. Queda claro que la transversalidad y no la linealidad homogénea, es la característica predominante en la que el Estado – nación se ve envuelto, en esta perspectiva.

Esta visión, más realista en cuanto asume la dificultad de trazar diferenciaciones entre los tres espacios señalados (global, nacional, global), en la cuestión del espacio público, nos enfrenta al dilema de la construcción de un andamiaje político – institucional, capaz de tomar transversalmente las tres esferas y hacerlas partícipe del proceso. Otros autores han llamado la atención sobre esta dificultad, en tanto la humanidad no ha generado procesos que respondan a esta realidad (Bauman: 2001). El mismo Renato Ortiz, señala la dificultad que las ciencias sociales han encontrado para pensar esta nueva realidad global, con excepción quizás de la economía (1994: 143 – 163). Desde la perspectiva de la ciencia política, propone la reconsideración de la ingeniería mundial, no sólo al de posguerra, sino al visión del Estado de Westfalia, (la noción moderna de soberanía política, 1648), en busca una concordancia entre la democracia y el orden global, donde el rol del Estado sigue siendo importante en los procesos de globalización, pero que es decididamente redefinido (por ejemplo, Held: 1997).










Espacio público vs. vida privada

“Frente a mí se extiende el mundo, el vasto mundo de los grandes, pequeños y medianos. Universo de reyes y presidentes y carceleros, de mandarines y parias y libertadores y libertos, de jueces y testigos y condenados: estrellas de primera, segunda, tercera y n magnitudes, planetas, cometas, cuerpos errantes y excéntricos o rutinarios y domesticados por las leyes de la gravedad, las sutiles leyes de la caída, todos llevando el compás, todos girando despacio o velozmente, alrededor de una ausencia. En donde dijeron que estaba el sol central, el ser solar, el haz caliente hecho de todas las miradas humanas, no hay sino un hoyo y menos que un hoyo: el ojo de pez muerto, la oquedad vertiginosa del ojo que cae en sí mismo y se mira sin mirarse. Y no hay nada con que rellenar el hueco centro del torbellino”.

El párrafo precedente, muestra la metáfora con la cual se puede ilustrar el espacio de lo público en la modernidad, su centralidad y generación de certidumbre. Desde luego, esa característica es hoy exagerada frente a la incertidumbre que manifiesta el presente. Pero, no cabe dudas que parte del discurso de la modernidad consistió en la reconstrucción del mundo en torno a algunas de estas ingenierías institucionales o movimientos sociales, a cuyas últimas expresiones asistimos en América Latina, quizás en el período posterior a la dictadura de los ochenta. Los partidos políticos supieron conducir e incorporar claramente, esta característica, pero no de forma exclusiva. La vida pública no se reducía a la política, sino que otras dimensiones, también ocuparon lo público de modo decidida, tales como la religión, y el entretenimiento. Lo público era votar, pero también asistir a un acto religioso, participar de fiestas como el carnaval, etc., espacios en los cuales la autoridad estatal, se entremezclaba con otras autoridades (religiosas en particular), y con el ciudadano común.

Todo ello estaba contenido por la línea que demarcaba, con sus excepciones, la vida privada. El espacio de la familia podía considerarse como la zona escindida de las prácticas públicas donde la persona podía desenvolverse a “su gusto”, de acuerdo a aquello que el liberalismo denominó como la libertad de conciencia. Sin embargo, ello no fue fácil en particular para la región, con la irrupción de regímenes dictatoriales cuyos objetivos sobrepasaban el control de lo publico para inmiscuirse en la vida privada de los ciudadanos. El esfuerzo por establecer esta demarcación fue propia de la construcción del modelo de familia burguesa, como señala Richard Sennett con un ejemplo: un noble del siglo XIX señalaba extrañado que el rey lo hubiese reconocido en un parque, cuando ni él ni su familia se hallaban vestidos para una ocasión pública, no estaban, por así decirlo, en público .

Sin embargo, con los avances de la tecnología de la comunicación, los espacios públicos y los privados comenzaron a entrelazarse y yuxtaponerse: ¿Cuál era el espejo público en el cual el hombre y la mujer debían verse para sentirse parte común de un sociedad, y sentir que estaban encajando con las tendencias mayoritarias? El mismo Richard Sennett señala la transmisión de ciertos códigos de pertenencia a grupos sociales, mediante los cafés u otras reuniones sociales. En el siglo XX la comunicación de estos espacios comunes comenzarán a ser transmitidos por la nuevos soportes comunicacionales: la radio, el cine, la televisión, internet.

No diremos nada nuevo al afirmar el esfuerzo de la tecnología en los últimos veinte años por trasladar al ámbito privado los placeres que otrora se disfrutaban en espacios públicos o semi públicos: las películas en video o en dvd, la perfección del audio, los procesadores de alimentos, la televisión por cable, el fútbol en directo, el fax etc., etc. Todas estas herramientas nos permiten mantenernos en nuestro hogar. “El cierre hermético del individuo privado, el deseo de confort y familiaridad, son consustanciales a los espacios urbanos cada vez mas expansivos y anónimos, pero también se articulan en cierto modo, con la pantalla – membrana que desactiva las guerras y los horrores del mundo o mejor, los transforma en espectáculo.”

Existe en el fondo de esta cuestión y como la cita deja entrever, el debate sobre la valorización de la vida privada y de la pública. Los “nuevos” (muchos de ellos ya se desarrollaron en la década del sesenta) programas de televisión en la actualidad se centran justamente en el cruce del mundo privado y el público, en temas como la sexualidad, las peleas doméstico – familiares, las frustraciones, los deseos, etc. Los Reality Show o los Talk Show reflejan el esfuerzo por acercarse brutalmente a esta dimensiones de la vida privada. Lo que está en la pantalla, las confesiones, los llantos, las histerias, no son la vida privada, en tanto el escenario donde se desarrolla son los estudios de la televisión, y la inducción de la producción del programa, por el rating, influye en los comportamientos de las personas. Incluso es comúnmente aceptado que buena parte de las historias del los Talk Show son inventadas, y la gente cobra una pequeña suma de dinero por representarse a si mismo pero contando alguna tragedia o discordia en particular.

Ahora bien, ¿es ello entonces cuestión pública? No lo parece, si seguimos afirmando que lo público es aquello común a todos las personas. En este sentido, es importante rescatar aquí los dos sentidos que lo público adquiere para nosotros. Siguiendo a Richard Sennett los primeros usos del concepto de lo público, hacia el siglo XV, referían al bien común de la sociedad, pero algunos años después se sumó, o se superpuso a ello, un sentido de lo público vinculado a aquello que es manifiesto y abierto a la observación general . De esta manera, lo público que expone la televisión se relaciona con la segunda concepción, pero tiene muy poco, o nada, de la primera, que es lo que puede constituir un elemento relevante para la democracia. En este sentido, el llamado Sexgate que protagonizara el presidente norteamericano Bill Clinton tuvo muchos de estos condimentos. En su momento, señalaba Jean Paul Fitoussi que cabía preguntarse si la confesión pública se sitúa en las dos dimensiones de lo público a la que hacíamos referencia, y si algunos asuntos privados, cualquiera sea la calidad de las personas involucradas en ella, participan de la práctica de la democracia. En el sentido político clásico del concepto, la respuesta es sin duda negativa, pero no es tan sencilla de responder cuando las valoraciones que realizan los votantes como ciudadanos sobre sus líderes son transversales. ¿Por qué no habría de importarles la conducta personal de un líder, si las campañas electorales están plagadas de estos elementos para la seducción del electorado? Hoy día ¿cuántas campañas se construyen en torno a propuestas políticas, en el sentido clásico?

Otro elemento, en esta línea de reflexión, proviene de la nueva construcción de las celebraciones comunitarias, anteriormente tan vinculadas a la dimensión pública estatal, a través de las fiestas patrias, desfiles, fiestas populares como el día del estudiante, de la primavera, la concepción festiva del 1 de Mayo, etc. Estas combinaciones, originadas ya en la Europa del siglo XIX, donde la constitución de lo publico abrevaba en las fuentes de lo nacional, pero también de cierto entrecruce público – privado con la preeminencia del primero (por ejemplo la Liga de la Prímula, impulsada por el Partido Conservador en la Inglaterra de Disraelí).

En la actualidad, las celebraciones que realzan la tradición o al Estado – nación, han perdido buena parte, sino toda atracción sobre los ciudadanos. En su reemplazo, surgen las atracciones caracterizadas por la espectacularidad, sin anclaje territorial, y que hablan de un nuevo orden y de un nuevo espacio. En términos políticos el 11 de septiembre se ha convertido en el nuevo efemérides mundial, y los bomberos de Nueva York en sus héroes incuestionados. El atentado a las Torres Gemelas del 2001, permitió al gobierno de George Bush la conformación y renacimiento de una nueva ideología nacional – patriótica, (rayana con el chauvinismo), y a la vez establecer, a nivel global, quienes son las victimas y victimarios, los héroes y parias del nuevo orden internacional.

De esta manera, el antiguo temor al monstruo orweliano, a la omnipresencia y la observación panóptica, encuentra en la televisión un mecanismo de evasión a la crisis de sentido, y al tedio en que puede convertirse la vida privada. Así las estrellas de n magnitudes, a las que alude Octavio Paz, son accesibles a las personas comunes, en tanto estas atraviesen el espacio televisivo, como escenificación de lo público.







La política en lo público

“Y, en silencio, espero el acontecimiento. Soplará un vientecillo apenas helado. Los periódicos hablarán de una onda fría. Las gentes se alzarán de hombros y continuarán la vida de siempre. Los primeros muertos apenas hincharán un poco más la cifra cotidiana y nadie en los servicios de estadísticas advertirá ese cero de más. Pero al cabo del tiempo todos empezarán a mirarse y preguntarse: ¿qué pasa? Porque durante meses van a temblar puertas y ventanas, van a crujir muebles y árboles. Durante años habrá tembladera de huesos y entrechocar de dientes, escalofrío y carne de gallina. Durante años aullarán las chimeneas, los profetas y los jefes”.

Hay un chiste que dice que los políticos abren la heladera, y ante la luz del aparato, sonríen pensando en las cámaras de televisión. Este fue un rasgo que marcó a la política de lo últimos años, y colocó a la televisión en el centro de las campañas electorales. En el caso argentino, las elecciones de 1983 fueron las primeras claramente caracterizadas por lo mediático, con la aparición de los asesores de imagen, las encuestas sistematizadas, etc. La televisión se convirtió así en un marco de referencia central donde hoy se presentan candidatos, renuncian funcionarios, confiesan sus culpas los acusados o los inocentes buscan defenderse.

Así la construcción y relación entre política, espacio público y medios de comunicación se vuelven mas claras. Como lo ha señalado Jean-Marc Ferry: “El espacio público es el marco mediático, gracias al cual el dispositivo institucional y tecnológico propio de las sociedades posindustriales es capaz de presentar a un público los múltiples aspectos de la vida social” . La geografía y el temario que la televisión es capaz de abarcar no tiene límites, “abre a las personas nuevos caminos para ver y participar en los desarrollos globales. La gente pudo leer lo que sucedió en Polonia en 1968 y lo que pasó en Chile en 1973; pero varios miles de millones vieron lo que sucedía en China en la Plaza de Tiananmen en 1989” . El avance de la tecnología en este sentido, permite que mayor cantidad de personas “participe” de un fenómeno aún cuando no le interese, porque presentada de esta manera la noticia no interrumpe la vida privada, no es un quiebre con la cotidianeidad propia, sino que se incorpora como una dimensión más, que no llega a incidir, a interrumpir el desenvolvimiento de nuestras vidas.

Frente a ello los políticos profesionales han adaptado lentamente sus discursos al lenguaje de la televisión, aunque no han sido lo únicos desde luego. La figura del intelectual como crítico o articulador de lo social con lo político, en su versión gramsciana, se ha transformado frente a las cámaras en el experto, y en particular en el tecnócrata, que en nombre del conocimiento técnico (de lo eficaz y lo eficiente) se coloca por encima de los debates. El rol articulador del intelectual, se diluye en los mensajes periodísticos a fuerza de extremas simplificaciones sobre la realidad, donde la opinión, cualquiera fuesen sus implicancias, no exige el menor fundamento para ser expresada. De allí la pertinencia de la propuesta de Pierre Bourdieu, de aprender a decir no.

La relación entre políticos y medios sufrió una nueva transformación a mediados de los noventa. Con la imposición del modelo económico neoliberal y la creciente difusión del “camino único” como la perspectiva para pensar el presente, la tarea de los políticos como líderes de un espacio público creador y renovado se fue acotando día a día. Las opciones tienden a reducirse a dos instancias, como escribe Ricardo Piglia en el personaje de un ex – senador en una novela:“porque hablando con propiedad ¿qué es un Senador sino alguien que legisla y hace discursos”

Así podríamos decir que el espacio público se restringe al espacio urbano: consiguientemente, un buen político, en tanto funcionario, debe cuidar y mejorar la ciudad. En este sentido, en los noventa surgieron muchos proyectos del tipo Plan Urbano Ambiental, Plan Estratégico para la Ciudad, Presupuesto Participativo, etc. En el caso de los dos primeros, se manifiesta muy claramente el poder del saber técnico como dominante del espacio público, que en el sentido común, se expresa en la creencia de que el gobierno debe estar en manos de los que saben. Así mismo, aparece la visión de que el espacio publico debe ser protegido y resguardado del uso irresponsable que algunos habitantes hacen de él, y la necesidad de liberarlo de los “extraños”. Diseñar y pensar la ciudad fue siempre una de las prerrogativas de los gobiernos, aunque en algunos casos esto no se manifieste tan claramente, en el caso, por ejemplo, de Buenos Aires, ciudad que Le Corbusier, recomendaba demoler por completo y rediseñar con criterios “racionalistas” de orden.

A su vez, y a pesar de las iniciativas al respecto , no se percibe en la región iniciativas más que de las plazas y otras semejantes.. Que superen la búsqueda del orden del tránsito vehicular, mejorar la recolección de la basura, el cuidado este sentido. Se ha interiorizando una visión excesivamente vecinal del espacio público. En contraste, el caso del presupuesto participativo, desarrollado en Porto Alegre, se apoya en otro discurso, ya que la cuestión de fondo fue la redefinir las instancias de poder para la toma de decisiones, lo cual afectó no sólo al funcionamiento del gobierno, sino a la intervención de poderes fácticos en el proceso, como señala Tarso Genro

Pero, más interesante que lo anterior, es la nueva postura de los políticos profesionales ante los medios. Si no se privilegia la faz ejecutiva del político eficiente, se vuelve a valorizar el discurso y la palabra, pero ya no como propuesta o interpretación o representación de los ciudadanos, sino como denuncia. En efecto, como señala Eric Hobsbawm los políticos aprendieron pronto que si deseaban ganar la selecciones, no podían al mismo tiempo plantear, por ejemplo, aumento de impuestos, pues ello equivalía a un suicidio electoral . Además, el creciente debilitamiento del Estado – nación, órbita de control a la que pueden acceder los políticos, demuestra una notable pérdida de influencia como ya señalamos, de manera que las propuestas que puedan realizar se encuentran claramente restringidas por otros poderes (el financiero, los medios comunicativos, etc.), sobre los cuales no existen instituciones de regulación.

Por ello, la aparición en televisión está comprendida en el marco de la espectacularidad ofrecida por el escándalo que levanta la denuncia. De allí que los mismos programas de periodismo político, se conviertan en programas de denuncias múltiples y cruzadas. Sus conductores no necesitan comprender demasiado los procesos políticos, sino saber si una denuncia es lo suficientemente fuerte para generar impacto. También, estas prácticas han dado origen al tráfico de denuncias, donde la televisión es utilizado para la destrucción de adversarios, fuera o dentro del partido, o por los mismos medios en tanto empresas. Y allí los políticos profesionales se someten a la lógica televisiva, como denunciadores, pero también como denunciados, que pueden ocupar inmediatamente el otro rol.

El periodismo de investigación, el cual se ha multiplicado en los últimos años, forma parte de la referida tendencia. Este estilo, cuyo hito fundador contemporáneo fue el Washington Post en el caso Watergate, alimenta, en gran medida, la construcción social de la política, y llega a intervenir en al ámbito de lo público, en tanto refuerza la noción de publicidad, pero no la de participación. En este sentido “se considera que la cobertura de los escándalos que se burlan de la ley, la publicidad que se da a los privilegios, y pero aún poner en evidencia las desigualdades sociales, todo ello podría, a veces, exacerbar la indignación y agitar la violencia colérica, provocando tomas de conciencia radicales en los desfavorecidos. Sin embargo, nada de esto es cierto. El periodismo de investigación produce su antídoto común: minimización y naturalización” . La extensa cita señala en el fondo las diferencias “insalvables” que existen en la producción de política y movimientos sociales, y la construcción de un producto.

Los políticos se transforman no sólo en voces que reclaman transparencia, sino que hacen de ello su propuesta de gobierno. Mudos ante los mercados, la mayor parte de ellos apela al discurso de la transparencia y la honestidad como bases para la generación de poder político. Ese fue el camino, en América Latina, en el cual se articularon algunos movimientos políticos en la segunda mitad de los noventa, que eran versiones prolijas del modelo vigente. Este fue el caso de Fernando De La Rúa en Argentina y H. Toledo en Perú, en dos naciones donde la corrupción en las esferas de gobierno eran quizás las más evidente de toda América Latina.

La política también ha sufrido transformaciones en el espacio público más allá de los políticos profesionales. La participación de los ciudadanos, en un espacio público de este tipo, tiende a extenderse y diversificarse, ya que el límite entre aquello que pertenece al ámbito privado o al público, resulta muy difícil de precisar. De hecho, no escapa tampoco aquí el alto grado de mediación entre el ciudadano y lo público, lo cual provoca no simplemente que el individuo reciba lo que sucede, sino fundamentalmente que se establezca una brecha entre él y el espacio público, y al mismo tiempo pareciera que la participación está condicionada a que sus motivos o fines estén vinculados a una realidad que el individuo perciba como inmediata. Por eso, en este sentido, el Estado de Bienestar en su etapa de crisis, aparecía como un gigante al que todos creían alimentar, y al mismo tiempo sentían que nada recibían a cambio.

Así como algunos autores describen una metamorfosis de la representación , algo semejante sucede con la participación social y política de los ciudadanos, que desde luego sigue presente. Como bien señala Jean-Marc Ferry son relevantes: “las manifestaciones autónomas aunque parciales, de una opinión pública que se moviliza solamente mediante movimientos sociales, agrupaciones sindicales o asociaciones, manifiestos políticos y acciones públicas. Esa opinión es auténticamente más pública que el conglomerado estático de opiniones individuales bautizado como opinión pública por los institutos de encuestas”. Ello es importante para desmitificar la extendida visión del poder orweliano de la televisión.

Pues bien , sin duda, se observa una renovada y creciente ocupación del espacio público de parte de los ciudadanos y su importancia no es menor. Como señala Norbert Lechner “abundan los estudios que evalúan el impacto que tienen el desempeño económico, el diseño institucional, el acuerdo entre elites (… ). En cambio pocas indagaciones han hecho hincapié en las dinámicas internas de la política. Me pregunto entonces si el análisis de la cuestión democrática no debería prestar mayor atención a las formas de hacer política” En este caso, podemos equiparar la noción de hacer política, a la visión de ocupación del espacio público, ya que como muchos autores han señalado, lo político deja de vincularse exclusivamente a la militancia partidaria.

En esta nueva perspectiva, es fundamental comprender las nuevas valorizaciones de la participación y del espacio público en particular: “La recuperación y ampliación de lo público en lo social se rige en un proyecto que adopta una visión de la ciudadanía como perspectiva, a través del cual no sólo la sociedad produce al Estado, ejerciendo sobre él una función de crítica y control, sino que se expresa además como trabajo común y acción común, tras un proceso que incluye tanto la deliberación política como la adopción de decisiones públicas en espacios autónomos. Llevada a su expresión más radical la propia política puede ser definida como la concreción del valor universal de la libertad en el dominio público” . Es decir : lo público debe pensarse particularmente como un proceso de creación y participación, de construcción social.

De allí que nos parece posible pensar tres formas de construir la participación en el espacio público desde la ciudadanía. La primera de ellas se refiere a la extendida y difusa noción de solidaridad, comprendida como ayuda directa, sin mediaciones, a quienes lo necesitan. Esta construcción que ayuda a recomponer el tejido social, ha sido en buena medida capitalizada por las antiguas, pero ahora renovadas corrientes del filantropismo. Desde el mundo privado y cotidiano, ausente de ideologías políticas, convoca a reconstruir el mundo social desde la acción individual. La
solución al drama de la pobreza, no provendrá de una nueva acción pública, entendida como una política activa por parte del Estado, sino justamente, del retiro de éste (acusado de ineficaz, corrupto, etc.), y la construcción de soluciones a partir de una solidaridad individual y puntual.

Su limitación fundamental, es que rechaza la tematización de lo público en términos de la existencia y las relaciones de poder en el orden social, de los factores de poder y de los intereses en juego que generan la situación que desea combatir. En su diagnóstico, la clave es la recuperación de los valores perdidos, pero partiendo de la reflexión individual y si es posible “antipolítica”. Esta corriente pertenece, especialmente, a los sectores dominantes y tradicionales de la sociedad. Pero cada día se descubren nuevos actores y espacios que discuten a partir de esta visión.

Una corriente de gran protagonismo en la actualidad asegura que el mecanismo para la recomposición de lo público, consiste en el reforzamiento y autonomía de sus instituciones políticas. De esta manera, se trata de preservar las instituciones de la continua erosión a la que se ven afectadas por las prácticas de sus principales sostenedores, los políticos. Así como algunos gobernantes, en su rol de preservadores del espacio público urbano “enjaulan” los monumentos públicos para preservarlos de los ataques, del mismo modo, se trataría de alambrar las instituciones para que no fueran corroídas por las fuerzas destructoras de la clase política. En esta lectura el espacio público pasa a ser simplemente una instancia estática, ahistórica, que debe preservarse aun cuando ya haya perdido todo su valor simbólico para los ciudadanos, y no sea más que un espacio, cubierto o saturado de símbolos que ya no significan demasiado. Esta concepción contiene una fuerte influencia del derecho, y las salidas propuestas apuntan siempre al control sobre las acciones del Estado nacional, visto como principal responsable de esta destrucción de lo público, y casi única instancia de poder en la sociedad. Bastante cierto durante las dictaduras, sin embargo hoy no puede pasarse por alto el rol jugado por otras instancias de poder, enroladas en el neoliberalismo. Este modelo social instauró la privatización del espacio público y sus instituciones claves (los Organismos Multilaterales de Crédito, las empresas multinacionales) se han convertido en verdaderos decisores del espacio público, local, nacional y global. Esta situación ha sido favorecida por la ausencia absoluta de nuevos mecanismos de control por parte de los ciudadanos.

Existe un tercer grupo, quizás difuso, pero presente. Es aquel de carácter mas trasversal, multitemático, pero que articula las diferencias en torno de un nuevo conflicto: el que surge de la imposición del neoliberalismo y sus consecuencias de exclusión y pérdida de futuro. Se han multiplicado (en el espacio local, nacional y global) las protestas, los reclamos, los foros de discusión, asambleas, emprendimientos productivos, economía social, buscan articular alguna noción de desarrollo, de participación y de lucha contra la exclusión; y, ni más ni menos luchan por “abrir” el espacio público y politizarlo. Su rasgo más característico parece ser la ausencia de una institucionalidad que los agrupe, porque si bien la exclusión es un tema central, las demandas se expanden a múltiples y no siempre complementarios temas. La capacidad de agregación, puede no ser siempre positiva.

En este sentido las transversalidades que el triple espacio plantea, comienza a expresarse en algún sentido en estas luchas: Seattle, no es sólo un ciudad de EE.UU., sino un símbolo por un orden comercial global más justos, para cada uno de los Estados nacionales. ¿Cuáles son sus desafíos? Hacer que ello sea viable en un espacio público destruido. Reconstruir la noción de bien común bajo el dogma neoliberal que implica la exclusión.

Recordémoslo: no toda causa que se haga pública, forma parte del espacio público como construcción de ciudadanía, ni el agregado de individuos asociados por problemas comunes constituye un movimiento social. El dilema central, quizás, no esté en la protesta en sí, que lo incluye, sino en la capacidad de acción política, en la posibilidad de reconstruir el espacio público, en la dimensión de la idea de bien común.







La incertidumbre ante la ausencia de lo público

“Inútil salir o quedarse en casa. Inútil levantar murallas contra el impalpable. Una boca apagará todos los fuegos, una duda arrancará de cuajo todas las decisiones. Eso va a estar en todas partes, sin estar en ninguna. Empañará todos los espejos. Atravesando paredes y convicciones, vestiduras y almas bien templadas, se instalará en la médula de cada uno. Entre cuerpo y cuerpo, silbante; entre alma y alma, agazapado. Y todas las heridas se abrirán, porque con manos expertas y delicadas, auque un poco frías, irritará llagas y pústulas, reventará granos e hinchazones escarbará en las viejas heridas mal cicatrizadas. ¡Oh fuente de la sangre, inagotable siempre! La vida será un cuchillo, una hoja gris y ágil y tajante y exacta y arbitraria que cae y rasga y separa. ¡Hendir, desgarrar, descuartizar, verbos que vienen ya a grandes pasos contra nosotros!”

No es la espada lo que brilla en la confusión de lo que viene. No es el sable, sino el miedo y el látigo. Hablo de lo que ya está entre nosotros. En todas partes hay temblor y cuchicheo, susurro y medias palabras. En todas partes sopla el vientecillo, la leve brisa que provoca la inmensa Fusta cada vez que se desenrollar en el aire. Y muchos ya llevan en la carne la insignia morada. El vientecillo se levanta de las praderas del pasado y se acerca esforzando a nuestro tiempo”.

La constitución del espacio público depende, sin dudas, de la existencia de elementos comunes y compartibles por los miembros de una sociedad. En efecto, el espacio geográfico compartido, no constituye, per se una instancia que genere la dimensión medular de esta cuestión que es la idea de bien común. Acertadamente, Zygmount Bauman en Los nuevos miedos se pregunta cómo se constituye el espacio público. Según este autor, el espacio público actualmente erosionado por la ruptura de los lazos sociales, se convierte “en un container lleno hasta el borde del miedo y la desesperación flotantes que buscan desesperadamente una salida” . Y el temor o el miedo no unen a las personas, sino que refuerzan los mecanismos de privatización y enclaustramiento de la vida social. Continúa Zygmount Bauman: “una vez privatizada la tarea de hacer frente a la desprotección existencial humana dejándola en manos de los recursos individuales, los miedos experimentados individualmente solo pueden contarse uno por uno, pero no compartidos ni condensados en una causa común ni en una nueva clase de acción conjunta” .

La construcción de lo público no es autodefensa frente a fuerzas extrañas, sino por sobre toda convicción de la existencia de un bien común, que puede ser pensado y diseñado colectivamente. La inseguridad actual, por permanecer en el espacio público, no será fuente de su reconstrucción, sino de una débil malla de enlace entre personas anónimas, alimentada por el miedo a los otros.

Por otra parte, a la noción de espacio público debemos agregarle la de tiempo de lo público, que aquí hemos desarrollado. Las instituciones de la democracia moderna crearon no solo espacio, sino tiempos en los que el ciudadanos consagra sus esfuerzos a la construcción del bien común, quizás el más destacado de ellos es el voto. No casualmente las teorías del rational choice (Olson), pusieron especial énfasis en criticar la tendencia del ciudadano promedio, a dedicarle tiempo a lo público, aún cuando no obtuviera réditos directos de ello.

Sin embargo, la historia no ha funcionado necesariamente de ese modo, y los movimientos sociales de cualquier índole son muestra de ello. No obstante, como señala Bauman en el texto citado, los movimientos sociales actuales, han carecido justamente de esa audacia, por abrir de manera decidida el espacio público, bajo la nueva intersecciones entre estructuras en transformación y subjetividades en conflicto.



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lunes, 28 de julio de 2008

"LA CIUDAD POSNACIONAL: DESAFÍOS URBANOS FRENTE A LA CRISIS DEL ESTADO NACIONAL " por Iñigo González






1. Introducción

A lo largo de los últimos cincuenta años las ciudades occidentales han sido objeto de modificaciones que el moderno marco político del Estado nacional ya no puede abarcar.
Bien es cierto que la actual reducción de población rural en favor de la urbana es un fenómeno que arranca con la industrialización, es decir, un fenómeno típicamente moderno. Y que implica, tal como se indicó en el II Foro Urbano Mundial celebrado en el Fórum Universal de las Culturas de Barcelona , que si «hace cincuenta años dos terceras partes de la población mundial era rural, dentro de cincuenta, dos terceras partes –seis millones de nosotros– vaya a vivir en la ciudad» . Fenómeno definitivo, por lo demás, incluso en zonas de desarrollo no occidental (Venezuela, por ejemplo, es la población más urbanizada del Planeta).
Pero es igualmente cierto que dicho despliegue, entendido como el tránsito de la población desde el sector primario al secundario –y concentrado éste en los núcleos urbanos-, se desarrolló en un contexto principalmente nacional .
La problemática migratoria a la que se enfrentan los países occidentales no es ésta precisamente, sino otra bien distinta y de carácter internacional. Es así que los flujos migratorios intranacionales van dando paso progresivamente a estos otros de carácter transnacional, con la consiguiente avalancha de inmigración en Europa y EEUU y el llamado clash of civilizations.
Pero la internacionalización actual de las economías no sólo implica un mayor flujo migratorio. También conlleva un incremento a nivel mercantil e informativo. Incremento apoyado en la desaparición del bloque socialista, el fin de la guerra fría y el despliegue definitivo de grandes zonas de libre comercio, por una parte. Y en el desarrollo del ámbito de las telecomunicaciones y de la autopista de la información, por otra.
Ambos fenómenos estuvieron presentes en el Fórum. A nivel discursivo, en lo que a los diálogos allí desarrollados se refiere. Pero también a un nivel operativo, en relación a la propia función del Fórum como acontecimiento. A fin de cuentas, el Fórum se celebró en Sant Adrià del Besòs, integrado en un plan de rehabilitación de la zona que ilustra adecuadamente los fenómenos citados, así como las modificaciones urbanísticas del último tercio de siglo. Esto es: la reconversión industrial, el avance del sector servicios y la transformación urbanística desde el modelo desarrollista de la etapa industrial a la actual metrópolis posfordista y el diseño de planes urbanísticos dirigidos a atraer el capital privado.
Municipio de crecimiento lento y sostenido durante el siglo XIX, Sant Adrià del Besòs fue testigo del boom de población en la década de los años veinte, cuando su población se multiplicó por seis. Si en 1920 la población sumaba 1.073 habitantes, en 1930 ascendía ya a 6.515, la mayoría de ellos de origen levantino, andaluz, murciano y aragonés . Dicho crecimiento se debió a la proliferación de industrias, entre ellas las centrales térmicas Energia Elèctrica de Catalunya; la actual FECSA, en el margen izquierdo del río Besòs, y la Companyia de Fluid Elèctric, llamada La Catalana, en el margen derecho.
La crisis de los años setenta y ochenta desmanteló gran parte del tejido industrial de la zona, convirtiendo Sant Adrià en ciudad dormitorio y desplazando la población trabajadora a Barcelona ciudad. Los últimos proyectos urbanísticos allí desarrollados distan mucho del característico modelo industrial del entorno del río Besòs: el nuevo Parque Fluvial de la Ribera, el Museo de la Inmigración, el puerto deportivo, el Parque Nordest y el propio Fórum.
No es necesario añadir que el caso de Sant Adrià podría extrapolarse sin dificultad al del grueso de ciudades occidentales e industrializadas del siglo XX.
La reconversión industrial, la flexibilización del mercado de trabajo y el progresivo desmantelamiento del estado de bienestar heredero del new deal (las denominadas «políticas de saneamiento» de los años ochenta), junto a las privatizaciones y la irrupción del modelo de empresa multinacional redefinieron el papel del Estado como un organismo («no gubernamental», como señala irónicamente Daniel Innerarity) que progresivamente va perdiendo competencias y deviene principalmente burocrático, mínimo a todos los efectos .
En este contexto, la ciudad contemporánea no puede seguir mirándose en el espejo del Estado-nación, porque lo rebasa. La ciudad, entendida en lo sucesivo como escenario de los flujos económicos, migratorios y culturales de carácter transnacional, pasa a ser objeto privilegiado de los estudios políticos en el sentido etimológico del término «político». Un regreso al concepto de polis como escenario por excelencia de la vida en común.
Aunque salvando las distancias: la metrópolis contemporánea poco o nada tiene en común con la polis griega. Si acaso, el hecho de que, con la progresiva pérdida de competencias por parte de los Estados nacionales y la ausencia de instituciones –ya sean locales, nacionales o internacionales– con auténtico peso político que las sustituyan, la metrópolis deja de tener un marco de envergadura al que remitirse, pasando de este modo a ser el escenario principal de la práctica política y la consecución del bien común.
Y esto ocurre en dos sentidos.
Hacia el exterior, los Estados nacionales pierden las tradicionales competencias (como el control sobre los impuestos a las empresas que, siendo nacionales, operan internacionalmente) distribuyéndose en un espacio internacional en el que ya no pueden operar como organismos soberanos stricto sensu. Ello ocurre porque, tal como señala J. Borja, ni las empresas son ya «nacionales», ni lo son tampoco los centros comerciales, los complejos de I+D y las infraestructuras en general –son, cuando menos, “europeos”–. Lo cual implica el necesario aumento del peso político europeo y la reducción del nacional .
Hacia el interior, los Estados nacionales sufren un proceso de descentralización mediante la transferencia de competencias a ámbitos cada vez más locales, y que alcanza el cuasifederalismo en los casos de España o Bélgica. La figura del alcalde pasa entonces a revalorizarse en tanto que es él quien gestiona, en muchas ocasiones contra los intereses del Gobierno central, la oferta y la promoción urbana con las que competir por atraer las inversiones del capital privado. Y ello al tiempo que los mecanismos de regulación y de compensación institucional se debilitan. De lo que se sigue una asimetría no ya entre naciones o entre ciudades –que también– sino entre los propios barrios de una misma ciudad, que compiten entre si por alcanzar un mejor acceso al capital privado. Con el consiguiente desenganche entre el centro y la periferia y la aparición de bolsas localizadas de pobreza.
En este sentido, el tránsito a lo local sólo puede ser recorrido desde el tránsito a lo posnacional, i.e, desde el tránsito paralelo del moderno modelo de Estado-nación al más posmoderno modelo transnacional (ONU, FMI, UE). Es decir, desde el análisis de la evolución de uno y de otro modelo, de los conflictos que su actual convivencia genera (p.e., la posible incompatibilidad entre las Constituciones nacionales y la europea), de los límites con que este último pueda toparse (¿cuáles podrían ser los límites de la UE una vez admitido el ingreso de Turquía como Estado miembro de la Coalición?) y de las repercusiones que de ese desplazamiento se siguen a escala local.


2. La Cuestión del Estado: Génesis e ideología de lo nacional.

La apuesta por modelos transnacionales y la pujanza de la economía globalizada y liberal se suman a las voces críticas que pretenden levantar acta de defunción del Estado-nación como marco de gobierno válida en el contexto actual. Pero dichas voces no socavan únicamente la legitimidad del marco; también desvelan la falacia naturalista en la que incurren sus apologetas. Y ello porque el Estado nacional se revela como algo históricamente determinado y, en consecuencia, contingente. Y con ello, el modelo de ciudadanía que despliega a su amparo .
En 1908 el New English Dictionary distinguió por vez primera el concepto antiguo de «nación» del moderno, definiendo este último en su dimensión política . Y con ello se explicitaba el pistoletazo de salida del Estado-nación moderno. Si la noción premoderna de «Estado» había incluido la de un conjunto vago de naciones, en adelante dicha noción quedó relacionada de manera vinculante con la de «nación», en singular, caracterizada ésta de manera eminentemente política. Naturalizándose así la identidad entre «Estado», «nación» y «lengua».
En una línea semejante, no fue hasta 1884 que el Diccionario de la Real Academia Española pasó a definir la nación como el «estado o cuerpo político que reconoce un centro común supremo de gobierno» . Hasta tal fecha, la palabra «nación» no venía a significar otra cosa que «la colección de los habitantes en alguna provincia, país o reino» , sin mayor matiz político.
Así pues, la forma de gobierno adquirió en la Modernidad su forma de Estado nacional, con lo que ello implica de centralismo y cohesión.
Por supuesto, los factores que motivaron tal desplazamiento semántico respondían al interés por hacer tabla rasa de la asimétrica herencia feudal, eliminando consecuentemente los privilegios de la nobleza para instaurar un nuevo tipo de privilegio: el del ciudadano –frente al antiguo súbdito–. Se superaba así el Estado patrimonial y absolutista que hasta el momento había gestionado la añeja sociedad feudal redefiniéndolo ahora en su forma nacional .
En este contexto, el nacionalismo operó como principio identificador de la unidad política y la nacional. En consecuencia, su génesis en los siglos XVIII-XIX sólo puede ser explicada como un fenómeno históricamente dado, i.e., como tecnológica y económicamente determinado.
Y viceversa: el propio nacionalismo sirvió de condición de posibilidad para el despliegue industrial de la Modernidad y de los flujos migratorios que, siempre dentro de un marco principalmente nacional, dicho despliegue generó. En este sentido, tratar de justificar el modelo de nación en base a criterios tales como el pasado histórico, la comunidad lingüística o la continuidad geográfica es incurrir en una petición de principio por cuanto dichos criterios son regulados al tiempo que se implantaba el propio modelo. Tal como señala E. J. Hobsbawn, previamente a su caracterización nacional, los Estados eran lingüística y étnicamente heterogéneos; fue el modelo nacional el que introdujo la coherencia y la continuidad histórica, lingüística y geográfica . No al revés.
La proliferación de naciones decimonónicas con estatus de Estado aconteció, pues, sobre la base de un nacionalismo con el que horadar el Antiguo Régimen para así permitir el desarrollo de un mercado protegido y regulado por los Gobiernos centrales . Fueron éstos quienes orquestaron la progresiva concentración de la producción en los núcleos urbanos y el consiguiente desplazamiento de la población agraria a las ciudades, comenzando por Inglaterra y Francia.
Ante tal situación, las divergencias con las teorías políticas más liberales no se hicieron esperar. Si dichas políticas –la teoría económica clásica en general y la de A. Smith en particular– se habían distinguido por defender el libre mercado entre empresas privadas frente al intervencionismo estatal, el nuevo paisaje político parecía refutar sus pretensiones . Pero el modelo de Estado nacional adquirió tal fuerza que hasta los liberales más reacios se vieron obligados a acepar que, de facto al menos, la idea de nación era irrebatible, y a trabajar en lo sucesivo a partir de un esquema de monopolio de la moneda, economía pública y legislación fiscal. El modelo nacional se adhería así al subconsciente político colectivo y pasaba a operar implícitamente en cualquier política económica que se pudiera llevar a cabo .
Aunque por supuesto, se podría argumentar, sensu contrario, que si el liberalismo burgués apoyó la implantación del Estado-nación entre 1830 y 1880 ello fue porque una postura reaccionaria al respecto hubiese conducido a un cul-de-sac económico. A fin de cuentas, el modelo de Estado nacional suponía el paso del localismo pre-ilustrado hacia la futura unificación global, que era lo que la postura liberal pretendía en último término. Y, de paso, servía de estrategia para la «asimilación de comunidades y pueblos más pequeños en otros mayores» . Así las cosas, los intereses de ambas posturas, contradictorios sobre el papel, no sólo no distarían tanto en la práctica, sino que, de hecho, la aparición del modelo centralista de Estado nacional encajaría perfectamente en los planes que la burguesía liberal quería desarrollar.
En este sentido, la forma de gobierno nacional no sería sino el tránsito desde el regionalismo feudal hacia el libre mercado transnacional, del que la ciudad serviría de pretendido centro sináptico de los flujos económicos, melting pot cultural y única unidad territorial.


3. El Estado de la cuestión: el paso a lo posnacional

Subrayemos a continuación la función políticamente dinamizadora del nacionalismo y observemos hacia dónde conduce. En Alemania, la obra de J. G. Herder sirvió para legitimar el proceso de configuración del Estado nacional al colocar la continuidad histórica de la nación como base del Estado soberano y del pueblo que emana de éste. No es de extrañar, pues, que los siglos XVIII y XIX fuesen testigos de la aparición del concepto de raza como forma de otorgar validez a la soberanía nacional. Esto es: alcanzar la cohesión nacional mediante una depuración del concepto de raza que suturase las diferencias internas de la nación en una suerte de sinécdoque social y cultural. Y que al tiempo ahondase en las diferencias exógenas para subrayar negativamente la propia identidad. Sirva de ejemplo el racismo colonial. La soberanía como oposición; es decir, C. Schmitt.
¿Adónde se dirigía el modelo de soberanía propuesto inicialmente por J. Bodin ? ¿Cuál fue su formulación más definitiva y acabada? A nuestro modo de ver, el proyecto de Estado-nación, entendido en su soberanía y cohesión interna, bien podría estar representado en el modelo político elaborado por Schmitt, quien define el Estado nacional en relación a la capacidad de éste para establecer relaciones diplomáticas de amistad y enemistad sobre una base interna cohesionada y homogénea. Esto es: el Estado como unidad política caracterizada (negativamente) por su oposición respecto a Estados análogos.
Sucintamente: para Schmitt es política toda oposición (cultural, económica, etc) que devenga en la ecuación amigo / enemigo. Allí donde emerge el horizonte de destrucción-de-lo-otro, allí emerge lo político. Schmitt no pretende apuntar con esta consideración a ningún tipo de normatividad, sino a la supuesta realidad óntica de lo político; no pretende prescribir, solamente describir. Así, es enemigo todo conjunto de hombres que se oponga combativamente a otro conjunto análogo. La política como juego de identidades (internas) y diferencias (externas), como afirmación de lo propio y negación de lo ajeno, como confrontación .
La obra de Schmitt se desarrolló como crítica de las ideas ilustradas y liberales, en un contexto de crisis del parlamentarismo que condujo a la caída de la República de Weimar. Tal como indica J. Franzé, «la libertad de la burguesía liberal quedó manifiesta (...) en su incapacidad política para encabezar luchas como la del laicismo, la de la libertad económica, la del sufragio universal o la de la unificación territorial del país» . El II Reich no aclaraba quién poseía la soberanía, si el pueblo o el monarca, y, por otra parte, concedía a este último competencias como la política exterior o la declaración del estado de excepción.
La parlamentarización posterior a la Gran Guerra tampoco conllevó una mejora de la situación para las fuerzas liberales. En ese contexto, el ataque schmittiano a la democracia parlamentaria liberal se realizó desde una defensa de un modelo de democracia no liberal, sino igualitaria, entendida ésta como cohesión del pueblo: dado que el pluralismo democrático conduce a una heterogeneidad irrepresentable, es necesario generar una base homogénea previa a partir de la cual se desarrolle el quehacer democrático .
En consecuencia, el pluralismo democrático queda socavado en beneficio de la precisión y claridad de la identidad estatal –puesto que lo prioritario es que exista una decisión sustantiva que se imponga a toda la sociedad–. Pero al margen de ello, la postura de Schmitt ilustra perfectamente la función del Estado como forma de gobierno que regula y dirige las vicisitudes políticas, económicas y culturales de la nación. Como forma de gobierno normalizadora, a fin de cuentas. Su pérdida de competencias y de presencia política no implicaría otra cosa que la definitiva desaparición de la política. De hecho, cuando tras la Gran Guerra la Sociedad de las Naciones, prevista en el Tratado de Versalles, limitó el ius belli de las naciones, Schmitt reaccionó definiendo la medida como un paso hacia un orden internacional apolítico que finiquitaría definitivamente las soberanías nacionales.
Hemos visto cómo se legitimó ideológicamente el Estado-nación a lo largo del siglo XIX: mediante la recreación de un imaginario común –lo que P. Berger y Th. Luckmann llamarían un «universo simbólico»– basado en la continuidad lingüística, geográfica e histórica. Ésa fue la herramienta reguladora, normalizadora, de las prácticas políticas y sociales que el Estado empleó. Y lo hizo con una presencia de alcance privado, sustituyendo así el papel que hasta el momento la Iglesia había jugado. El desplazamiento fue, pues, necesariamente cognitivo, conductual..
En consecuencia, su deslegitimación actual no puede implicar otra cosa que la caída en desuso de dichos mecanismos, i.e., desandar el camino ideológico que se recorrió durante la génesis del Estado nacional para abrir la vía posnacional. Así, el historicismo nacionalista devendría anacronismo. O, como complacientemente afirma F. Fukuyama, el saber histórico quedaría reducido a «cuidar eternamente los museos de la historia de la humanidad» . La historia como objeto de contemplación turística, como patrimonio para la gestión de las agencias de viaje .
Por supuesto, existe un respeto por lo histórico que poco o nada tiene que ver con la mirada –embelesada o irónica, pero pasiva a fin de cuentas– del turista. Un respeto que entronca con la reivindicación identitaria más allá de la mera conservación à la lettre del patrimonio histórico. Y ello porque no sólo no halla agotada la función políticamente dinamizadora del mismo, sino que de hecho la emplea para alcanzar tal objetivo.
Pero incluso las reivindicaciones historicistas de los llamados nacionalismos periféricos, en su aparente pretensión por delimitar el perímetro de su propia identidad política, económica y cultural mediante la remisión a un pasado diferenciado, incurren en el actual enjuiciamiento del modelo de Estado nacional. Y ello porque reivindican su identidad no para desarrollar un modelo de autogobierno proteccionista y soberano, sino para gestionar por su propia cuenta la integración en los actuales marcos políticos de carácter liberal y transnacional. Marcos que rebasan la simple yuxtaposición de soberanías nacionales (al estilo de lo que pudieron ser las primeras formulaciones de la UE) para introducir una lógica propia que escapa de manera creciente al control estatal.
De esta forma, la función del nacionalismo como mecanismo de autolegitimación por parte de los Estados nacionales queda en gran medida desactivada, y la soberanía que en principio se exige, difuminada. Si las naciones pierden sus competencias tradicionales, la progresiva imposición de modelos globales se revela inminente . A todos los niveles: institucionalmente, con coaliciones como la UE; jurídicamente, con tribunales internacionales como el de La Haya; económicamente, con organizaciones como el FMI, la OMC o el Banco Mundial; etc.
En este sentido, la categoría de «Estados villanos», acuñada por la ONU –lo que J. Rawls denomina out law-states–, ilustra perfectamente la pérdida de legitimidad del Estado-nación, en tanto que, tal como señala J. Habermas, «el reconocimiento de la soberanía del Estado depende (...) de si satisface los estándares de seguridad y Derechos Humanos de las Naciones Unidas» .
A ello deberíamos añadir que no nos hallamos únicamente ante un desplazamiento desde el modelo nacional al transnacional. Sino también ante una pérdida del peso político del ámbito institucional, progresivamente reducido a la función de garantizar el correcto funcionamiento de las grandes áreas de libre mercado (UE, NAFTA, Mercosur) , una vez liberalizado el sector público y menguada en consecuencia las competencias gubernamentales.
En los años ochenta los Gobiernos ingleses y americanos ya habían reducido las competencias del Estado mediante la privatización del sector público y la consiguiente desaparición del Welfare State. Tal como señala N. Rose, ante la crisis de los años setenta se desarrolló el argumento de que «los crecientes niveles de impuestos y de gasto público requeridos para sostener los servicios sociales de salud, bienestar, educación y otros, ponían en peligro la salud del capitalismo ya que requerían tasas penalizadoras de impuestos sobre el beneficio privado» . Las críticas al Gobierno social condujeron a una fragmentación de la sociedad civil que rebatía el moderno proyecto de cohesión social. El desenlace de dicho proceso fue la proliferación de lobbies sociales con exigencias radicalmente idiosincrásicas –i.e., no articuladas entre sí–, organizados en asociaciones o comunidades al margen del control estatal. Es en ese contexto de democracia compleja en el que las ciudades contemporáneas deben enfrentar problemáticas tales como el déficit de representatividad, el cruce de culturas o la exclusión social. En un contexto posnacional.


4. Los desafíos de la ciudad posnacional

«Para que las ciudades puedan ser un contrapoder del estado debe crearse una ONU de ciudades». La propuesta es de Jean-Pau Alduy, alcalde de Perpiñán. La lanzó en el diálogo «Derechos humanos, necesidades emergentes y nuevos compromisos» del Fórum. Y apunta al desfase del modelo de Estado nacional –del que la ONU es hasta cierto punto una prolongación– para poder resolver las problemáticas a las que se enfrentan las ciudades hoy. Los flujos económicos multinacionales, la industria cultural, la producción del just in time, los centros de innovación científica y todos los demás rasgos que caracterizan actualmente el rostro occidental de la economía global se materializan en las urbes . Y éstas ya no pueden ampararse en los modernos Estados nacionales. Es necesario diseñar políticas ad hoc que se adapten a las nuevas problemáticas.
Tal como indica R. Kroes, el proceso de mundialización halló sus límites en la guerra fría. Tanto EEUU como la Unión Soviética pretendían superar los románticos nacionalismos europeos. Pero no fue hasta la caída del Muro –a pesar de que la Comunidad Europea del Carbón y del Acero sea de la posguerra– que Europa comenzó a superar su estricta distribución nacional . El nuevo Tratado Constitucional europeo sólo es otro paso más –de siete leguas, eso sí– en ese proceso de “desoberanización”. Un proceso que bascula entre la interestatalidad y la supraestatalidad y que generará ámbitos de decisión propios, en los que los Estados miembros no tengan ya apenas nada que decir.
Esta nueva situación, lo que algunos han llamado «cosmopolítica», está en el punto de llegada de un proceso ya irreversiblemente posnacional. Y en ese contexto es en el que M. Dear, en el diálogo «Ciudad y ciudadanos del siglo XXI» habló de ciudades de frontera portátil, «dónde la frontera como tal, tanto a nivel de ciudad como de país, ha dejado de tener sentido». Dear se refirió a cinco tipos de ciudad posmoderna del siglo XXI: ciudad mundial (donde se encuentran los centros de control de la economía globalizada), ciberciudad (sociedad en red), ciudad dual (gran diferencia entre ricos y pobres), ciudad híbrida (hibridación de diferentes identidades y orígenes) y ciudad sostenible (conciencia global del cuidado al medioambiente y la ecología).
Y si algo tienen en común estos cinco modelos ello es que no caben ya en el moderno escenario nacional e industrializado de las luchas de clase por la distribución social de la plusvalía. Son posmodernos porque, entre otras cosas, no se apoyan en la energía como motor de lo que fuera la moderna Revolución Industrial, sino que pivotan en torno a las tecnologías de la información, en torno a la producción de conocimiento generado en base a criterios de tipo empresarial. Se trata de lo que, de los años ochenta a esta parte, se ha venido en llamar «reconstrucción capitalista»: una vez constatada la ventaja comparativa que ofrecen ciertas localizaciones a nivel de producción, la industria tiende a redistribuirse, desplazándose progresivamente a las zonas donde el coste sea menor. Ello ocurre por el aumento de la movilidad de los factores mercantiles o de conocimiento, como consecuencia de la reducción de las barreras nacionales y tecnológicas.
Se produce entonces, tal como muestra O. Nel·lo, un incremento espectacular de la presión sobre las políticas urbanas, que se ven obligadas a mejorar la oferta y la promoción urbana para resultar competitivas .
La oferta urbana no es otra cosa que las infraestructuras, los servicios, la fuerza de trabajo y la calidad de vida de una ciudad; la promoción urbana, la imagen externa que proyecta. Así, la distribución interna de las ciudades (su oferta) determina su proyección externa y su estatus en el panorama económico transnacional (su promoción). Y viceversa. Esto en Occidente implica, cada vez más, la necesidad de promover la riqueza de proyectos y de conocimientos para atraer el capital privado; favorecer la producción de ideas y proyectos. Y en Barcelona, por poner un ejemplo, el Fórum.
La aportación del Fórum como proyecto radica, como es sabido, en la creación de un espacio para el fomento de la paz, la diversidad y la sostenibilidad. Tres directrices que, por su absoluto sentido común, rozan la oquedad, en su sentido menos peyorativo. ¿Acaso no es el Fórum una plataforma para la creación de propuestas y la innovación sin un objetivo previamente establecido? Durante muchos meses, antes y durante el evento, en múltiples establecimientos condales se premiaba sarcásticamente a todo aquel que pudiese definir claramente en qué consistía el Fórum. Y quizá sea ésta, a fin de cuentas, la mejor respuesta para dicha pregunta. Si nadie conocía a ciencia cierta el leitmotiv del Fórum, es posible que ello fuese porque no había tal cosa. Porque el Fórum, al diferencia de los Juegos Olímpicos o las Exposiciones Universales, no tiene otro objetivo que servir de condición de posibilidad para la generación de objetivos de toda índole, por muy contradictorios que éstos sean .
El Fórum se muestra así como un caso especialmente representativo de la mejora de la oferta y la promoción de una ciudad. Y lo hace mediante la rehabilitación urbanística de la zona y la atracción del capital privado por la creación de potencial riqueza cognitiva. Estrategia que algunos han venido en calificar de «marca Barcelona» y que apuntaría a la contradicción performativa sobre la que descansa el Fórum. Aquello que se presenta como un lugar para el diálogo y la generación de discursos y prácticas por la paz, la diversidad y la sostenibilidad se revela finalmente como gancho de la promoción urbana con el que competir en el mercado liberal. Como espacio para el fomento de proyectos y conocimientos en una suerte de experimento de ingeniería social con el que lanzar la ciudad de Barcelona como atracción –turística y empresarial– dentro del panorama internacional.
Desde esta perspectiva particular, el desfase del modelo nacional del que venimos hablando se revela si cabe más agudo. Y ello por el desarrollo de unas políticas centradas en lo local, que persiguen el beneficio de la ciudad al margen de lo estatal y que promueven para ello la oferta y la promoción urbana con las que poder competir en el liberalizado mercado global.
Efectivamente, no podemos hablar de un modelo de jerarquía nacional desfasado y sustituido por otro transnacional (europeo), pero igualmente jerárquico. Como señala J. Borja, «el espacio europeo está formado hoy más por redes que por jerarquías, más por flujos que por competencias legales» . Redes distribuidas en zonas centrales –las pertenecientes al llamado Blue banana: de Londres al eje Milán-Barcelona, pasando por Bruselas– y otras relativamente periféricas o marginales.
Y distribuidas, a su vez, centro y periferia en el propio interior de estas zonas, es decir, zonas marginales dentro de las ciudades –independientemente de si éstas son “centrales” o “periféricas”–, distribuidas internamente de acuerdo con el tipo de actividad que generen y su capacidad para atraer el capital privado. Ése y no otro es el criterio de integración / exclusión que opera en las ciudades posnacionales. Y de él deben partir, en consecuencia, las políticas locales que se hayan de desarrollar para atajar la existencia de bolsas de pobreza y zonas de marginalidad social.
En un marco institucional que a nivel internacional se reduce progresivamente a garantizar el correcto funcionamiento del laissez faire liberal y con las fronteras nacionales y tecnológicas en proceso de desaparición, el proteccionismo ya no puede ser nacional, como en la Modernidad, sino local.
Ése es hoy uno de los desafíos principales de la política: cómo afrontar las problemáticas locales generadas por la economía global –principalmente, la injusticia social– a sabiendas de que de las decisiones tomadas depende el incremento o disminución de la atracción del capital privado, es decir, la bonanza o la crisis económica de la ciudad.
Pero sirve también como justificación para uno de los argumentos más cínicos de la postura liberal. Argumento que sirve para bloquear las políticas de redistribución y compensación en nombre de la supuesta prosperidad económica de la ciudad. Esto es, en nombre de la creación de conocimiento con el que atraer el capital privado, para evitar así que la ciudad quede así “económicamente descolgada”. Lo cual es presentado, a su vez, como la vía única para combatir la exclusión social.
Tal es el contrafáctico que enfrentan los intereses liberales a las voces que exigen justicia social: es necesario fomentar la mayor competitividad para generar la riqueza necesaria con la que atajar la exclusión social.
La circularidad del planteamiento no impide que sea presentado en su inevitabilidad. Pero lo cierto es que en Barcelona, aquí y ahora, se genera conocimiento y se genera riqueza, pero más de 2.500 personas siguen durmiendo a diario en la calle. Quizá sea necesario, pues, poner en duda la inevitabilidad de tal circularidad. Y eso hoy, en la sociedad de la información, significa hacer frente a la siempre insatisfecha exigencia del mercado por crear infraestructuras –sociales, culturales, tecnológicas– para la recuperación, almacenamiento, procesamiento y creación de conocimiento . Esto es, desarrollar políticas municipales que intervengan con firmeza sobre un contexto en el que las exigencias del mercado marcan los tempos de la ciudad, de manera que sus estragos –la hipertrofia urbanística y de población, la exclusión social, la proliferación de zonas de gentrificación y de enfrentamiento civil, etc– puedan ser paliados.