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domingo, 21 de agosto de 2011

"Acuérdate de Azerbaijan" por Roberto Arlt




Los dos mahometanos se detuvieron para dejar paso a la procesión budista. Con un paraguas abierto sobre su cabeza delante de un palanquín dorado, marchaba un devoto.

Atrás, oscilante, avanzaba el cortejo de elefantes superando con sus budas dorados cargados en el lomo, la verde copa de las palmeras. El socio de Azerbaijan, el prudente Mahomet, dijo, mirando a un gendarme tamil detenido frente a una dama de Colombo, cuyo cochecito de bambú arrastraba un criado descalzo.

-Que el Profeta confunda el entendimiento de estos infieles.

-Para ellos el eterno pavimento de brasas del infierno -murmuró Azerbaijan con disgusto, pues una multitud de túnicas amarillentas llenaba la calle de tierra.

Esta multitud mostraba la cabeza afeitada y casi todos se refrescaban moviendo grandes abanicos de redondez dentada. Azerbaijan con ojos de entendido, observaba los tipos humanos y descubría que en aquel rincón de Ceilán estaban representadas muchas de las razas del sur de la India.

Se veían brahmanes con turbantes chatos como la torta de una vaca; músicos con tamboriles revestidos de pieles de serpiente y trompetas en forma de cuerno de elefante; chicos descalzos, de vientre hidrópico y desnudo; sacerdotes budistas con la cabeza afeitada; parias cubiertos de polvo como lagartos y más desnudos que monos; jefes candianos, tripudos, con grandes fajas recamadas en oro y sombreros descomunales como fuentones de plata.

Se reconocían los pescadores de perlas por sus ojos teñidos de sangre y la descomunal grandeza del pecho. Había también allí algunos ladrones chinos, moviendo los ojos como ratones, y varios estafadores ingleses, que con las manos en los bolsillos miraban irónicamente desfilar la procesión, sacudiendo en el aire la ceniza de sus cigarrillos.

-Vámonos -dijo Azerbaijan.

Y Mahomet, encogiéndose de hombros, siguió a su cofrade.

-¿Tienes el dinero? -preguntó Mahomet.

Azerbaijan asintió, sonriendo. El dinero, en buenas rupias indostanas, estaba liado contra las carnes de su pecho. Azerbaijan y Mahomet habían vendido el fumadero de opio a un traficante chino. Azerbaijan y Mahomet eran nativos de Tánger, pero el azar de los negocios los había arrastrado hasta Colombo, donde, siguiendo el ejemplo de la comunidad musulmana, se dedicaron a combinar el ejercicio de la usura con la explotación de campos de arroz y fumaderos de opio.

Claro está que no podían jurar sobre el Corán que el dinero con que iniciaron sus negocios había sido honradamente adquirido. Hacía algunos años, los dos compinches, entre las nieves del Himalaya, aturdieron a palos a un espía prófugo de la policía inglesa. Inútil que, intentando defenderse, el fugitivo tomara por la chilaba a Mahomet, al adivinar sus ladrones propósitos. Más rápido, Azerbaijan le hundió, con un golpe de báculo, el casco de corcho hasta las orejas; y después de aligerarle de sus libras huyeron a monte traviesa. Y así vinieron a recalar a Ceilán.

Ahora Azerbaijan y Mahomet tomaron por un polvoriento camino torcido entre palmeras. A lo largo de cobertizos de bambú se veían hileras de viejas lavando azafrán; más allá, junto a un muro gris de piedras y de adobes, tres ancianos de turbante trabajaban frente a un telar. Una malaya hacía girar su rueda. Los hombres levantaron la vista cuando los dos mahometanos pasaron, y la mujer murmuró un conjuro para protegerse del mal de ojo.

Junto a la silla del Buda me espera un pescador de perlas -dijo, de pronto, Mahomet.

-¿Qué te quiere?

-Es forastero. Dice que tiene una perla...

-Robada...

-Probablemente...

-Debíamos verla.

La silla del Buda, un tronco quemado por un rayo tan caprichosamente, que en carbón había quedado esculpida la figura del solitario como si estuviera sobre un copo, estaba en una curva que describía el camino entrando al bosque.

Ahora los dos socios caminaban a lo largo de una playa frente al océano centelleante, aplanado por la caliente pesadez del sol. Algunas velas escarlatas se doblaban sobre la llanura de agua; los peces voladores trazaban vertiginosas curvas; la ciudad había quedado atrás; entraron en el camino que conducía a los arrozales.

-¿Qué pedirá el ladrón por la perla?

Mahomet, cuya cara redonda y lustrosa reflejaba la paz, dijo, extendiendo el brazo:

-Allí está.

Azerbaijan volvió la cabeza. No podía distinguir bajo qué árbol del bosque oscuro se ocultaba el ladrón de la perla. De pronto, sintió un golpe tremendo bajo el corazón; vio a Mahomet enorme como una estatua, que esgrimía un cuchillo gigantesco, y comprendió que estaba muerto. Cayó cara al polvo. Como en sueños, muy lejos, sintió que Mahomet, con mano impaciente, le desgarraba la faja del pecho, y todo se hizo oscuridad en sus ojos cuando el mercader se apoderó del bulto de rupias indostanas.

Lentamente, una bandeja de sangre se fue formando en el polvo. Mahomet se alejó internándose por el camino que conducía hacia la silla del Buda Este hecho ocurrió a comienzos del año 1915.

A comienzos del año 1930, quince años después de la muerte de Azerbaijan, un joven aproximadamente de dieciocho años de edad, instaló su puesto de barberillo frente mismo al Bazar de los Sederos, que en Tánger es como la Bolsa de la seda. Durante los primeros tiempos, el joven rapaba y afeitaba junto a la fontana donde van todas las mujeres del bajo pueblo a buscar agua y a murmurar de sus amas.

El Bazar de los Sederos es un lugar importante, y la mejor forma de representarle es como un patio de resquebrajadas baldosas rojas, en torno de cuyas aristas los arcos festonean de arabescos unas recovas oscuras. Bajo estas recovas se abren profundos nichos, donde relucen rollos de las más floreadas telas que pueda codiciar la imaginación de una mujer negra.

La principal tienda del Bazar de los Sederos pertenecía al asesino Mahomet. Naturalmente, nadie sabía que Mahomet había asesinado, hacía quince años, a su socio Azerbaijan en los alrededores de Colombo. Además, éste fue el primer y último crimen que cometió Mahomet, porque desde aquel día el traficante cumplía escrupulosamente con todos los deberes del creyente. No faltaba a una sola oración en la mezquita, y nunca dejaba de llevar la mano a su bolso para beneficiar con una caridad al ciego, al huérfano o al enfermo. De este modo, la vida de Mahomet florecía como su misma barba, que, cuando se olvidaba de afeitarla, relucía negra como el azabache en torno de sus mejillas sonrosadas y pulidas. Para esparcimiento de sus sentidos, mantenía un harén con eunuco y varias esclavas.

De manera que, como dejo contado, fue frente a este bazar donde instaló su puesto de barberillo el joven extranjero que apareció en Tánger. Aunque musulmán, el barberillo no era nativo de África, sino de Ceilán; su pronunciación lo delataba, y Mahomet no pudo menos que estremecerse cuando supo que el barberillo venía del archipiélago; pero se tranquilizó cuando su criado le dijo que el menestral era nativo de Puloli, la punta opuesta de Colombo.

Durante algún tiempo el jovencito cingalés rapó barbas en medio de la calle; luego, mediante algunas monedas de plata, echó al conserje del Bazar de los Sederos, y un día se le vio instalar su sillón frente mismo a la tienda de Mahomet, y poner en hilera, sobre una mesita de cerezo, sus cortantes navajas. Los comerciantes encontraban cómodo, en la hora de la siesta, sentarse en el sillón y dejarse rapar por el hombre de la isla.

Cuando no tenía nada que hacer, canturreaba.

Siempre la misma canción: "El Rasd ad-Dill".

Aquel "si" bemol con que el barberillo arrancaba palabra "ja" inicial de la canción le crispaba los nervios al pulcro Mahomet. Y el menestral canturreaba:

Ja...si-hibu l hemmi di in-nel
hemma...

A veces el sedero se encontraba con la mirada del barberillo fija en él, y entonces experimentaba una especie de ansiedad extraña, un género de incomodidad, que le hacía mover la cabeza como si el cuello de su abotonado chaleco bordado en oro le ajustara demasiado en torno del pescuezo; pero Mahomet se vengaba de esta molestia no recurriendo jamás a los servicios del barberillo.

A pesar de esto, el hombre de la isla le saludaba respetuosamente, como si el sedero fuera su padre o el protector de su hermana y su madre. Mahomet, orondo, gordo, con las mejillas lustrosas, recibía el saludo del mozo de las navajas con ostensible tiesura y dignidad. Pero el joven como si esa actitud no fuera con él, arrancaba en el irritante "si" bemol:

Ja...si-hibu l hemmi li in-nel
hemma...

Al mismo tiempo de cantar la irritante cancioncilla, asentaba una de sus navajas en una negra lonja de cuero.

Insensiblemente, todos los comerciantes del patio se acostumbraron a utilizar los servicios del cingalés, menos Mahomet, que soñando una noche que se estaba haciendo afeitar por el barberillo de Puloli, se despertó sudoroso de terror.

Sin embargo, aquello era estúpido. Mahomet era un honesto comerciante. Nadie tenía que reprocharle nada, salvo, naturalmente, el asesinato de Azerbaijan, aunque no existía sobre la tierra una sola persona que en aquel momento se acordara del hombre muerto cerca de la silla del Buda.

Un gendarme se detuvo frente a Mahomet.

-Mi cadí quiere hablar contigo.

-¿El cadí?

-Parece que un traficante, envidioso de tu prosperidad, te acusa de estar en tratos con contrabandistas de seda.

-Vete, que ya iré a ver a mi juez.

Quedó solo el comerciante frente a sus rollos de seda, e involuntariamente sus dedos, en horqueta, se tomaron la mejilla. Estaba barbudo, no podía presentarse así ante el cadí; una falta de respeto semejante no lo inclinaría al juez hacia la equidad ni a la benevolencia. Tampoco tenía tiempo de ir hacia la finca del Marshan.

Y, precisamente allí, de brazos cruzados frente a su sillón, estaba el mancebillo cingalés canturreando como de costumbre, en el irritante "si" bemol:

Ja...sa-hibu l hemmi li in-nel
hemma...

Hizo una seña al barberillo, y éste se acercó al opulento mercader:

-Trae tu sillón. Tendrás el alto honor de cortarme la barba.

Respetuoso, se inclinó el hombre de Ceilán. Luego, diligentemente, entró su sillón a la tienda del asesino de Azerbaijan. Mahomet se apoltronó, el barberillo le puso una toalla en torno del cuello que le caía sobre el pecho como un babero, y, después de humedecer la brocha, comenzó en enjabonar las mejillas del sedero. La brocha, cargada de espuma, iba y venía por el rostro del comerciante y se arremolinaba en torno de las extensiones de barba dura.

Mahomet, con la nuca apoyada en el respaldar de la silla, miraba por entre los párpados cerrados al barberillo, al tiempo que hilvanaba las razones que expondría ante el cadí.

El hombre de Ceilán se inclinó y tomó una navaja. Una navaja pesada, de filo ancho, que comenzaba a repasar pulcramente sobre una lonja de cuero...

-A ver si te apuras -rezongó Mahomet.

El barberillo le dio a la navaja dos últimos toques sobre la palma de su mano, se inclinó sobre Mahomet, suspendió la navaja sobre la garganta del sedero y le susurró con voz sumamente dulce:

-¿Te acuerdas de Azerbaijan?

Mahomet desencajó los ojos en el espanto de su situación sin atreverse a moverse.

-Está escrito que Alá pierde a los que quiere perder, hermano. Está escrito. ¿Te acuerdas del noble Azerbaijan? Le dejaste por muerto junto a la silla del Buda, pero vivió el tiempo suficiente para hacerle jurar a mi madre que yo, su hijo, lo vengaría. Me ha sido fácil encontrarte. Mi madre sabía que tú vendrías a Tánger a deslumbrar a los creyentes con tu fortuna robada.

Gruesas gotas de sudor crecían en la frente de Mahomet. Su boca entreabierta dejaba ver el fondo de la garganta, y no se atrevía a moverse. Sabía que el barberillo estaba allí trabajando en el Bazar de los Sederos hacía dos años con el exclusivo fin de tomarse venganza cortándole el pescuezo.

-Puedes rezar "la oración del miedo" -susurró el hombre de Ceilán-. Quizá el Misericordioso te la tenga en cuenta.

A pocos pasos del sedero sus camaradas, agrupados en torno de un vendedor de té, reían una historia de mujeres negras. Y ellos no sospechaban que él estaba entre las manos de un hombre que, dentro de algunos instantes, lo degollaría como a un cordero, profundamente; y ya sentía el filo de la navaja penetrar en su carne, y quería gritar y no podía. Grandes nubes rojas circulaban frente a sus ojos; el hombre de Ceilán le parecía un gigante inclinado sobre él entre bloques de montañas escarlatas. Dentro de su cuerpo una tensión misteriosa le asfixiaba, retorciéndole fibra por fibra; de su enemigo ahora solo distinguía la doble hilera brillante de los blancos dientes; y, de pronto, al sentir el frío acero rozando su piel un dolor atroz como si fuera un dolor de muelas en el corazón, le paralizó la respiración. Y súbitamente, el corpachón encogido se relajó sobre el respaldar del sillón, y la cabeza se deslizó hacia un costado.

El mancebo retrocedió. Un hilo de sangre escapaba de la boca del sedero. Y el mancebo comprendió que Mahomet se había muerto de miedo.


sábado, 30 de enero de 2010

"VIAJES" por Darío Yancán.


Voy a intentar que ésto (este decir) no se transforme en una taxonomía. Pero creo, en el fondo muy en el fondo, que hay pocas formas de viajar, que he decido (presuntuosamente) depurarlas en dos:
· Viajar como turista,
· o como recolector,
y esta presuntuosidad no hace más de serenar el mientras tanto.

Millones de turistas recorren a diario hasta los más remotos extremos del mundo. Toman fotografías, compran souvenirs. Alguno que otro puede llegar a aprender algo… Pero todos vuelven, luego del tiempo preestablecido, indefectiblemente a su vida anterior.

Los recolectores, los rastreados, los que buscan son aquellos que nunca vuelven. Aquellos que cada hallazgo los transforma.
Son aquellos seres que hace de lo diario un viaje sin retorno, viven en permanente devenir. Y que al anochecer tienen que hacer el esfuerzo por recordar su dirección postal.
Así, los sitios que les permiten mayor residencia son aquellas generosas geografías que les proveen de un diario y permanente descubrimiento. Juntan, juntan, siguen, buscan permanentemente.
Este entreé que se establece el rastreador y la geografía, que la antigua metafísica lo llamaba el “para qué?” y que hoy está casi extinto, me apuro en asegurar nuevamente con presuntuosidad, que es el último reservorio de sentido vital.
Unos habitan los destinos, otros habitan el entreé.

Hoy, hace tantos años atrás, me dije:
“…es posible viajar eternamente?...”, y no tuve más respuesta que seguir mi camino. Pero ya no fue igual, algo había partido y algo había quedado en la escala.

Y así, los recorridos, son un rastreo de viajantes anteriores que fueron dejando sus espectros. Y andar te cuenta historias, otras historias, ajenas…
Andar por sendas de viajeros anteriores nos provee de objetos que han sido abandonados o que quedaron enganchadas en algún espino de la banquina. Así, recolectando pasados, rastreamos presentes, conocemos a la vez que el camino del espino retiene nuestras pérdidas.
La sonrisa de …
El contraluz de …
La silueta de…
la canción en voz de …
aquel vitraux,
la flor de …
tus formas de mirar…
el cabello de …
el deseo por …
aquella foto, …
mi camisa blanca con tu mancha de rímel,
los pliegues de esa piel,
las miradas de despedida en los puertos y andenes…
todo y más cosas que un recolector unirá en un sentido/sentimiento posterior. Recojo y dejo en el camino para los porvenir.
Se que partir tiene su desgarro, se que parar incluye la posibilidad casi cierta de pagar un costo y sufrir otro desprendimiento,
pero que es de la vida sino un correr riesgos? Qué es la vida sino una nueva partida y una nueva estancia?

Rastreamos faltantes, buscamos lo incompleto que obra en nosotros con inteligencia, pero donde no puedo llegar con la inteligencia, procuro llegar con la intuición.
Intuyo geografías, tus pliegues, motivos de parar.
Los entiendo, nos entendemos “…a pesar de las palabras…”. Suerte recolectores, quien más quien menos,
todos somos nómades.

martes, 5 de enero de 2010

" EL ESPEJO" por Darío Yancán.

El espejo…
Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba.
Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso.
Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.

Tlön, Uqbar, Orbis Tertius,
Jorge Luis Borges.


Hace siglos…
que el trayecto, la órbita, es la misma.
Que los ciclos y las catástrofes se encolumnan secuencialmente sin modificación. Origen, desarrollo, fin. Un devenir inalterado en términos de vida finita.
Repetición, una y cada vez, otra vez, más.

Hace siglos…
que un cristo nace en natividad y es crucificado, sin el menor esfuerzo de cambiar la historia. Es más, el mayor esfuerzo es el de mantenerla inmutable.

Hace siglos hay luz… y
sucedáneamente, con precisión matemática, los reflejos responden, argumentan a
cada iluminación. A pesar de los siglos, los objetos aún conservan su cualidad material de refraxión al ser expuestos a la luz. Y a la vez, viven y se alimentan de los colores retenidos.

Día tras día, solar, iluminado, esperan bajo el mismo sol, inoptativamente. Día tras día, lunar, digieren luxs.

Todos, metódicamente, todos,
absorben/repelen/reflejan,
hasta los neutros (blancos-negros) tienen el
mínimo consuelo de tener su color. Digamos que es una especie de ética o condición de existencia, una forma de estar en el mundo como muestra de ser. Existencia que recuerda a los campos jalonados, que, en secuencia yuxtapuesta, van guiando y dando sentido con su presencia.


Había decidido no responder a la memoria de Bioy Casares, pero estaba seguro que el infinito al que temía el heresiarca no residía en el espejo ni en la cópula, sino en los estantes de la Biblioteca. Temía a la sinergía de los anaqueles, a su potencial modificador y subversivo, temía a la posibilidad y a la latencia de cada libro. Temía a la inasibilidad del cambio.
En cada lado del hexágono, un ábside, una estantería, a un lado de la estantería, un espejo, siempre, obligatoriamente.
Yo, siempre había supuesto que el espejo era una forma de mantenernos asidos a la realidad previa. Digamos que para los seres apropiados, era una especie de cabo de vida que les devolvía rumbo e identidad.
A otros, a los extremistas, les permitía la anticipación de la muerte, su muerte. Creo que ese era el sentido general de ingresar al edificio. Una especie de…

homicidio voluntario, un saber que voy hacia ti, yo voy, a mudar,
donde cada ingreso era mucho más que otra vez. Cada vez era única, cada vez única, el fin del mundo. Para ser preciso, no cabría apelar al secuencial “cada”, pues no existía correlación entre todos los ingresos. Que una vez sea única, garantiza miles de otredades, multiplica la otredad.

Y ese era el centro de mi desacuerdo con Bioy.
-“Estar frente al espejo, multiplica, repite, clona o simplemente arraiga e introyecta un otro creado en un reflejo exterior?”-. Un infinito salir o un preciso ingresar, una reunión, re-unión, reificación. Y ese par de fuerzas opuestas, separadas, paralelas, mantenían en movimiento al sistema, generaban la energía motora que enciende la Biblioteca.
Sabía de varios que nunca miraron al espejo al salir del ábside y desaparecieron simplemente por extinción… En la alta Edad Media, aún en presencia del temor réligo, les buscaron apelativos como el de “alma en pena” que antiguamente devenía del griego φάντασμα y luego del latín phantasma.
Pero todos encerraban un extravío, un ya no ser, un ya no ser yo ni quién era, un ESPECTRO. Sabía de varios que nunca se miraron al salir, al pisar la calle. Y hoy pululan como EX-PECTOS.

Y como había abandonado mis creencias, como había abandonado la fe, sólo me rescata la cópula, la placentera, aquella que me hace aflorar esa parte animal del instinto que vive subsumida tras la razón. Rescata la parte genética e irracional de la emoción que habitualmente espera su turno lívido.

- hace tiempo que abandonamos la cópula reproductiva?- le pregunté.
- No – sostuvo Bioy, y pensó – hace tiempo, las miles de reproducciones finitas dejaron de mirarse al espejo como modo de retorno. Hace tiempo que cada vez dejó de ser única, hace tiempo que vagan sin identidad.-
-creo que en realidad, lo que ha dejado de ser, es el traspasar la puerta del hexágono. Creo que se ha clausurado la capacidad que la lectura nos pueda extraviar- intenté abogar de manera indultativa.

Ya no poseemos la capacidad de usar los espejos como rescate. Ya ni siquiera nos extraviamos pues ni tenemos adonde regresar.

El hecho se produjo hará unos cinco años.
Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal.

domingo, 29 de noviembre de 2009

"PIELES" por Darío Yancán.



“Con su tendencia a reducirlo todo al mínimo denominador, nuestra época empuja hacia los pensamientos débiles, las ideas tranquilizadoras y las filosofías del statu quo. De nada sirve, pues, intentar construir una nueva teoría y, a partir de ella, una nueva ideología. Porque tal vez, con el fin de los tiempos modernos, la sociedad ya no es "pensable" en el modo en que la pensaban los grandes ideólogos que caracterizaron la modernidad”.
Emb. Albino Gomez

Días atrás debatía con mi respetado amigo Albino acerca de las mutaciones que sufrimos en nuestra vida, de cómo el transitar personas, lugares y espacios nos transforma en un provisorio permanente. Y en ese contexto de debate, de cómo hacer el rescate de dichas instantáneas, o en última instancia, con qué objeto rescatar? Constituir sustrato?.

No lo sabíamos, no nos poníamos de acuerdo y no llegábamos a ninguna conclusión terminante.

Él, Albino, me hablaba de su experiencia como Embajador, de cómo la transitoriedad crea un costado de los acontecimientos que impronta segundos. Tan sólo segundos.

Yo, Darío, le hablaba de mi experiencia como constructor de lo doméstico, de cómo las posturas y demandas oscilaban al vaivén consumista. Tan sólo días separan una imagen de la otra.
Ambos hablábamos en definitiva de pulsiones espasmódicas a sabiendas que la promesa ha perecido trascurrido el instante.
Coincidimos en que vivimos prometiendo para un no-mañana, para cada instante posterior con perecimiento inevitable.
A sabiendas que cada instante deberá ser reconstruido desde tierra, arrastramos el cansancio de vivir edificando entornos y personalidades a-éticas disolubles en la mínima dosis de líquido.

Afortunadamente, ambos habíamos pasado por la experiencia del encuentro con el Sr. Bauman, cosa que nos quitó extrañamiento y nos atemperó el impacto del permanente comienzo, el impacto de estar, vivir y hallarnos siempre en el punto de partida.
Re-partida que exige desarrollar la capacidad de abandonar para obtener mayor rapidez e inmediatez, que exige mutar de manera completa acumulando trajes viejos a un costado para componer los recuerdos. Actitudes, procederes, principios, valores y personas que desde la superfluidad no pasan del atardecer. Superfluidad que conjuntamente con la indiferencia social depuran las relaciones humanas diariamente.

En un solo momento del debate nos pusimos de acuerdo y es que, a ambos, nos llamó la atención la mutación externa de “ese” que se hacía llamar Sabina, y que sólo tenía en común las letras de sus canciones. A ambos nos surgió la misma reflexión:

” los cambios de piel te arrancan incluso contenido, incluso ideología …”

Los actores sociales posmodernos resumieron lo profundo, lo interno y lo epidérmico, perdieron dimensión y profundidad, supeditaron el entendimiento a cuestiones superficiales.
Los individuos carentes de la profundidad, tienen una planitud pasmosa que destruye la posibilidad de debate, que argumentan desde una evidente ignorancia que los remite a una sociedad diferente.

Pero,…lamentablemente…, son la mayoría y nos arrastran a todos.

Solos, cada vez más solos, nos aliamos en esta ciudad global. El inconciliable diálogo con la ignorancia nos segrega impiadosamente.

Nos despedimos sin promesa de futuro.
Nos despedimos con el deber de trascender el momento vivido.
En definitiva ambos buscamos una estrategia de supervivencia.

miércoles, 14 de octubre de 2009

"EL INTRUSO" por Jean-Luc Nancy



No hay, en realidad, nada más
miserablemente inútil y superfluo que el
órgano llamado corazón, el medio más
inmundo que hayan podido inventar los
seres para bombear la vida en mí.
Antonin Artaud1


El intruso se introduce por fuerza, por sorpresa o por astucia; en todo caso, sin
derecho y sin haber sido admitido de antemano. Es indispensable que en el extranjero2
haya algo del intruso, pues sin ello pierde su ajenidad. Si ya tiene derecho de entrada y
de residencia, si es esperado y recibido sin que nada de él quede al margen de la espera y
la recepción, ya no es el intruso, pero tampoco es ya el extranjero. Por eso no es
lógicamente procedente ni éticamente admisible excluir toda intrusión en la llegada del
extranjero.
Una vez que está ahí, si sigue siendo extranjero, y mientras siga siéndolo, en lugar
de simplemente «naturalizarse», su llegada no cesa: él sigue llegando y ella no deja de ser
en algún aspecto una intrusión: es decir, carece de derecho y de familiaridad, de
acostumbramiento. En vez de ser una molestia, es una perturbación en la intimidad.
Es esto lo que se trata de pensar, y por lo tanto de practicar: si no, la ajenidad del
extranjero se reabsorbe antes de que este haya franqueado el umbral, y ya no se trata de
ella. Recibir al extranjero también debe ser, por cierto, experimentar su intrusión. La
mayoría de las veces no se lo quiere admitir: el motivo mismo del intruso es una
intrusión en nuestra corrección moral (es incluso un notable ejemplo de lo politically
correct). Sin embargo, es indisociable de la verdad del extranjero. Esta corrección moral
supone recibir al extranjero borrando en el umbral su ajenidad: pretende entonces no
haberlo admitido en absoluto. Pero el extranjero insiste, y se introduce. Cosa nada fácil
de admitir, ni quizá de concebir...
Yo (¿quién, «yo»?; esta es precisamente la pregunta, la vieja pregunta: ¿cuál es ese
sujeto de la enunciación, siempre ajeno al sujeto de su enunciado, respecto del cual es
forzosamente el intruso, y sin embargo, y a la fuerza, su motor, su embrague o su
corazón?), yo he recibido, entonces, el corazón de otro; pronto se cumplirán diez años.
Me lo trasplantaron. Mi propio corazón (la cosa pasa por lo «propio», lo hemos
comprendido; o bien no es en absoluto eso, y no hay propiamente nada que
comprender, ningún misterio, ninguna pregunta siquiera, sino la simple evidencia de un
trasplante3, como dicen preferentemente los médicos), mi propio corazón, por tanto,
estaba fuera de servicio por una razón nunca aclarada. Para vivir era preciso, pues, recibir
el corazón de otro.
(Pero, ¿qué otro programa se cruzaba entonces con mi programa fisiológico? Menos
de veinte años atrás no se hacían trasplantes, y sobre todo, no se recurría a la
ciclosporina, que protege contra el rechazo del órgano trasplantado. Dentro de veinte
años seguramente se practicarán otros trasplantes, con otros medios. Se produce un
cruce entre una contingencia personal y una contingencia en la historia de las técnicas.
Antes, yo habría muerto; más adelante sería, por el contrario, un sobreviviente. Pero
siempre ese «yo» se encuentra estrechamente aprisionado en un nicho de posibilidades
técnicas. Por eso es vano el debate que he visto desplegarse entre quienes pretendían
que fuera una aventura metafísica y quienes lo concebían como una proeza técnica: se
trata por cierto de ambas, una dentro de otra.)
Desde el momento en que me dijeron que era necesario hacerme un trasplante,
todos los signos podían vacilar, todos los puntos de referencia invertirse, sin reflexión,
por supuesto, e incluso sin identificación de ningún acto ni de permutación alguna.
Simplemente, la sensación física de un vacío ya abierto en el pecho, con una suerte de
apnea en la que nada, estrictamente nada, todavía hoy, podría separar en mí lo orgánico,
lo simbólico y lo imaginario, ni distinguir lo continuo de lo interrumpido: todo eso fue
como un mismo soplo, impulsado de allí en más a través de una extraña caverna ya
imperceptiblemente entreabierta, y como una misma representación, la de pasar por la
borda mientras se permanece en la cubierta.
Si mi propio corazón me abandonaba, ¿hasta dónde era «el mío», y «mi propio»
órgano? ¿Era siquiera un órgano? Desde hacía algunos años experimentaba cierto
palpitar, quiebres en el ritmo, poco en verdad (cifras de máquinas, como la «fracción de
eyección», cuyo nombre me gustaba): no un órgano, no la masa muscular rojo oscuro
acorazada con tubos que ahora, de improviso, debía imaginar. No «mi corazón» latiendo
sin cesar, tan ausente hasta entonces como la planta de mis pies durante la marcha.
Se me volvía ajeno, hacía intrusión por defección: casi por rechazo4, si no por
deyección. Tenía ese corazón en la boca, como un alimento inconveniente. Algo así como
una náusea5, pero disimulada. Un suave deslizamiento me separaba de mí mismo. Estaba
allí, era verano, había que esperar, algo se desprendía de mí, o surgía en mí donde no
había nada: nada más que la «propia» inmersión en mí de un «yo mismo» que nunca se
había identificado como ese cuerpo, todavía menos como ese corazón, y que se
contemplaba de repente. Por ejemplo, al subir las escaleras, más adelante, cuando sentía
las palpitaciones de cada extrasístole como la caída de una piedra en el fondo de un
pozo. ¿Cómo se convierte entonces uno en una representación para uno mismo? ¿Y en
un montaje de funciones? ¿Y dónde desaparece entonces la evidencia poderosa y muda
que mantenía el conjunto unido sin historia?
Mi corazón se convertía en mi extranjero: justamente extranjero porque estaba
adentro. Si la ajenidad venía de afuera, era porque antes había aparecido adentro. Qué
vacío abierto de pronto en el pecho o en el alma —es lo mismo— cuando me dijeron:
«Será necesario un trasplante»... Aquí, el espíritu tropieza con un objeto nulo: nada que
saber, nada que comprender, nada que sentir. La intrusión de un cuerpo ajeno al
pensamiento. Ese blanco permanecerá en mí como el pensamiento mismo y su contrario
al mismo tiempo.
Un corazón que sólo late a medias es sólo a medias mi corazón. Yo no estaba más en
mí. Llego desde otro lado, o bien ya no llego. Una ajenidad se revela «en el corazón» de lo
más familiar, pero familiar es decir demasiado poco: en el corazón de lo que nunca se
designaba como «corazón». Hasta aquí, era extranjero a fuerza de no ser siquiera sensible,
de no estar siquiera presente. De allí en más desfallece, y esta ajenidad vuelve a
conducirme a mí mismo. «Yo» soy porque estoy enfermo («enfermo» no es el término
exacto: no está infectado, está enmohecido, rígido, bloqueado). Pero el que está jodido
es ese otro, mi corazón. A ese corazón, ahora intruso, es preciso extrudirlo.
Sin duda, esto sólo sucede a condición de que yo lo quiera, y algunos otros
conmigo. «Algunos otros» son mis parientes, pero también los médicos y por fin yo
mismo, que me descubro aquí más doble o múltiple que nunca. Es preciso que toda esta
gente a la vez, por motivos diferentes en cada caso, se ponga de acuerdo en pensar que
vale la pena prolongar mi vida. No es difícil imaginar la complejidad del conjunto ajeno
que interviene de este modo en lo más vivo de «mí». Dejemos de lado a los parientes, y
también a mi «mismo» (que sin embargo, lo he dicho, se desdobla: una extraña
suspensión del juicio me hace imaginar que muero, sin sublevación, también sin
atracción...; uno siente que el corazón lo abandona, cree que va a morir, que ya no va a
sentir nada). Pero los médicos —que son aquí todo un equipo— intervienen mucho más
que lo que hubiera pensado: deben, ante todo, evaluar la indicación del trasplante, luego
deben proponerlo, no imponerlo. (Para ello, me dirán que habrá un «seguimiento»
obligatorio, sin más; ¿qué otra cosa podrían asegurar? Ocho años más tarde, y después de
muchas otras molestias, tendré un cáncer provocado por el tratamiento; pero sobrevivo
todavía hoy: ¿quién dirá lo que «vale la pena», y qué pena?)
Pero los médicos deben también decidir, lo comprenderé hilvanando retazos, una
inscripción en la lista de espera (en mi caso, por ejemplo, aceptar mi pedido de
inscribirme recién hacia el final del verano, lo cual supone una cierta confianza en la
firmeza del corazón), y esta lista implica elecciones: me hablarán de otra persona
susceptible de recibir un trasplante, pero manifiestamente incapaz de soportar las
consecuencias médicas de este, sobre todo la toma de medicamentos. Sé también que
sólo me pueden implantar un corazón del grupo 0 positivo, lo cual limita las
posibilidades. No plantearé nunca la pregunta: ¿Cómo se decide, y quién decide, cuando
hay un órgano disponible para más de un trasplantado potencial? Se sabe que en esto la
demanda es mayor que la oferta. . . De pronto, mi sobrevida está inscripta en un proceso
complejo tejido entre extraños y extrañezas.
¿En qué punto debe alcanzarse un acuerdo de todos para la decisión final? En lo
tocante a una sobrevida que no se puede considerar desde el punto de vista estricto de
una pura necesidad: ¿adónde se iría a tomarla? ¿Cuál es la obligación de hacerme
sobrevivir? Esta pregunta se ramifica en muchas otras: ¿Por qué yo? ¿Por qué sobrevivir,
en general? ¿Qué significa «sobrevivir»? ¿Es, además, un término apropiado? ¿Por qué la
duración de una vida es un bien? Tengo entonces cincuenta años: la edad de alguien que
sólo es joven en un país desarrollado a fines del siglo XX... Morir a esa edad no tenía nada
de escandaloso hace apenas dos o tres siglos. ¿Por qué el término «escandaloso» se me
ocurre hoy en este contexto? ¿Y por qué y cómo no hay ya para nosotros, «desarrollados»
del año 2000, un «tiempo justo» para morir (apenas antes de los ochenta años, y el límite
no va a dejar de ampliarse)? Un médico me dijo un día, cuando renunciaron a encontrar
la causa de mi miocardiopatía: «Su corazón estaba programado para durar hasta los
cincuenta años». Pero, ¿cuál es ese programa del que no puedo hacer destino ni
providencia? No es más que una corta secuencia programática en una ausencia general de
programación.
¿Dónde están, aquí, la justeza y la justicia? ¿Quién las mide, quién las pronuncia?
Todo me llegará de otra parte y desde afuera en esta historia, así como mi corazón, mi
cuerpo, me llegaron de otra parte, son otra parte «en» mí.
No pretendo tratar la cantidad con desprecio, ni declarar que ya no sabemos contar
más que con la duración de una vida, indiferentes a su «calidad». Estoy dispuesto a
reconocer que incluso en una expresión como «Es mejor que nada»6 se ocultan bastantes
más secretos que lo que parece. La vida no puede hacer otra cosa que impulsar a la vida.
Pero también se dirige hacia la muerte: ¿Por qué iba, en mí, hacia este límite del corazón?
¿Por qué no lo habría hecho?
Aislar la muerte de la vida, no dejarlas entrelazarse íntimamente, cada una intrusa en
el corazón de la otra: he aquí lo que nunca hay que hacer.
Después de ocho años habré escuchado tantas veces, y yo mismo me habré
repetido tantas otras, durante las pruebas: «¡Pero si no, no estarías aquí!» ¿Cómo pensar
esta especie de cuasinecesidad o de carácter deseable de una presencia cuya ausencia
siempre habría podido, simplemente, configurar de otro modo el mundo de algunos? ¿Al
precio de un sufrimiento? Seguramente. Pero, ¿por qué siempre volver a lanzar la asíntota
de una falta de sufrimiento? Vieja pregunta, que la técnica exacerba y lleva a un grado
para el cual —es preciso confesarlo— distamos de estar preparados.
Al menos desde la época de Descartes la humanidad moderna hizo del voto de
supervivencia y de inmortalidad un elemento en un programa general de «dominio y
posesión de la naturaleza». Programó de este modo una ajenidad creciente de la
«naturaleza». Reavivó la ajenidad absoluta del doble enigma de la mortalidad y la
inmortalidad. Elevó lo que representaban las religiones a la potencia de una técnica que
empuja más lejos el final en todos los sentidos de la expresión: al prolongar el plazo,
despliega una ausencia de fin. ¿Qué vida prolongar, con qué finalidad? Diferir la muerte
es también exhibirla, subrayarla.
Es preciso decir solamente que la humanidad nunca estuvo preparada para ninguna
variante de dicha pregunta, y que su no preparación para la muerte no es más que la
muerte misma: su golpe y su injusticia.
De este modo, el extranjero múltiple que es intrusión en mi vida (mi tenue vida
jadeante que a veces resbala en el malestar, al borde de un abandono apenas asombrado)
no es otro que la muerte, o más bien la vida/la muerte: una suspensión del continuum
de ser, una escansión en la que «yo» no tiene/no tengo demasiado que hacer. La revuelta
y la aceptación son igualmente ajenas a la situación. Pero no hay nada que no sea ajeno.
El medio de sobrevivir, él mismo, él antes que nada, es de una completa ajenidad: ¿qué
puede ser eso de reemplazar un corazón? La cosa excede a mis posibilidades de
representación. (La apertura de todo el tórax, la conservación del órgano a trasplantar, la
circulación extracorpórea de la sangre, la sutura de los vasos... Comprendo, por cierto,
que los cirujanos hablen de la insignificancia de este último punto: en los by-pass, los
vasos son bastante más pequeños. Pero no obsta: el trasplante impone la imagen de un
pasaje a través de la nada, una salida hacia un espacio vaciado de toda propiedad o toda
intimidad, o, muy por el contrario, de la intrusión en mí de este espacio: tubos, pinzas,
suturas y sondas.)
¿Qué es esta vida «propia» que se trata de «salvar»? Se revela entonces, al menos,
que esta propiedad no reside en nada en «mi» cuerpo. No se sitúa en ninguna parte, ni en
ese órgano cuya reputación simbólica ya no hay que construir.
(Se dirá: queda el cerebro. Y, por supuesto, la idea del trasplante de cerebro agita
cada tanto las crónicas. La humanidad volverá a hablar de ello algún día, sin duda. Por el
momento, se admite que un cerebro no sobrevive sin el resto del cuerpo. En cambio, y
para no insistir, sobreviviría quizá con un sistema entero de cuerpos ajenos
trasplantados...)
Vida «propia» que no se sitúa en ningún órgano y que sin ellos no es nada. Vida que
no sólo sobrevive, sino que vive siempre propiamente, bajo una triple influencia ajena: la
de la decisión, la del órgano, la de las consecuencias del trasplante.
De entrada, el trasplante se presenta como una restitutio ad integrum: se ha vuelto
a encontrar un corazón que palpita. En este aspecto, toda la simbólica dudosa del don del
otro, de una complicidad o una intimidad secreta, fantasmática, entre el otro y yo, se
desmorona muy rápido; parece, por otra parte, que su utilización, todavía difundida
cuando me hicieron el trasplante, desaparece poco a poco de las conciencias de los
trasplantados: ya existe una historia de las representaciones del trasplante. Se ha puesto
mucho el acento en una solidaridad, incluso en una fraternidad, entre los «donantes» y
los receptores, con la finalidad de incitar a la donación de órganos. Y nadie puede dudar
de que ese don haya llegado a ser una obligación elemental de la humanidad (en los dos
sentidos del término), ni que instituya entre todos, sin más límites que las
incompatibilidades de grupos sanguíneos (sin límites sexuales o étnicos en particular: mi
corazón puede ser el corazón de una mujer negra), una posibilidad de red en que la
vida/muerte se comparte, la vida se conecta con la muerte, lo incomunicable se
comunica.
Muy rápidamente, sin embargo, el otro como extranjero puede manifestarse: ni la
mujer, ni el negro, ni el joven, ni el vasco, sino el otro inmunitario, el otro insustituible a
quien, empero, se ha sustituido. Esto se denomina «rechazo»: mi sistema inmunitario
rechaza el sistema del otro. (Esto quiere decir: «yo» tengo dos sistemas, dos identidades
inmunitarias…) No poca gente cree que el rechazo consiste literalmente en escupir el
corazón, en vomitarlo: después de todo, el término parece elegido para hacerlo creer. No
es eso, pero se trata, sin duda, de lo que es intolerable en la intrusión del intruso, mortal
sin un tratamiento inmediato.
La posibilidad del rechazo nos instala en una doble ajenidad: por una parte, la del
corazón trasplantado, que el organismo identifica y ataca en cuanto ajeno; por otra, la del
estado en que la medicina instala al trasplantado para protegerlo. Deduce su inmunidad
para que soporte al extranjero. Lo convierte, entonces, en extranjero para sí mismo, para
esta identidad inmunitaria que es un poco su firma fisiológica.
El intruso está en mí, y me convierto en extranjero para mí mismo. Si el rechazo es
muy fuerte, es necesario tratarme para que resista a las defensas humanas (esto se hace
con inmunoglobulina extraída de los conejos y destinada a ese uso «antihumano», tal
como se especifica en el prospecto, y cuyos efectos sorprendentes, unos temblores casi
convulsivos, no dejo de recordar).
Pero el hecho de convertirme en un extranjero para mí mismo no me acerca al
intruso. Parecería, más bien, que se hace pública una ley general de la intrusión. Jamás
hay una sola: ni bien se produce, comienza a multiplicarse, a identificarse en sus
diferencias internas renovadas.
De este modo, padecería varias veces el virus del herpes zóster o el citomegalovirus,
extranjeros dormido en mí desde siempre y que se despiertan de pronto contra mí por la
necesaria inmunodepresión.
Como mínimo, sucede lo siguiente: identidad vale por inmunidad, una se identifica
con otra. Reducir una es reducir la otra. La ajenidad y la extranjería se vuelven comunes y
cotidianas. Esto se traduce en una exteriorización constante de mí: es preciso que me
mida, que me controle, que me pruebe. Se nos acoraza con recomendaciones en relación
con el mundo exterior (las muchedumbres, los negocios, las piscinas, los niños, los
enfermos). Pero los enemigos más vivos están en el interior: los viejos virus agazapados
desde siempre a la sombra de la inmunidad, los intrusos de siempre, puesto que siempre
los hubo.
En este último caso, no hay prevención posible. Sí tratamientos que se ramifican una
vez más en ajenidades. Que fatigan, que arruinan el estómago..., o bien el dolor aullante
del herpes zóster... A través de todo eso, ¿qué «yo» [«moi»] sigue qué trayectoria?
¡Qué extraño yo!
No es que me hayan abierto, hendido, para cambiarme el corazón. Es que esta
hendidura no puede volver a cerrarse. (Por otra parte, cada radiografía lo muestra, el
esternón se cose con ganchos de hilos de acero retorcidos.) Estoy abierto cerrado. Hay
allí una abertura por la cual pasa un flujo incesante de ajenidad: los inmunodepresores,
los otros medicamentos destinados a combatir algunos de los llamados efectos
secundarios, los efectos que no se sabe combatir (como la degradación de los riñones),
los controles renovados, toda la existencia colocada en un nuevo registro, barrida de lado
a lado. La vida explorada y trasladada a múltiples registros en los que cada uno inscribe
otras posibilidades de muerte.
De este modo, yo mismo me convierto en mi intruso, de todas esas maneras
acumuladas y opuestas.
Lo siento con precisión, es mucho más fuerte que una sensación: la ajenidad de mi
propia identidad, que, sin embargo, siempre me fue tan viva, nunca me tocó con esta
acuidad. «Yo» se convirtió claramente en el índice formal de un encadenamiento
inverificable e impalpable. Entre yo y yo, siempre hubo espacio-tiempo: pero hoy existe
la abertura de una incisión y lo irreconciliable de una inmunidad contrariada.
Aparece, además, el cáncer: un linfoma del que nunca había notado más que su
eventualidad (no su necesidad, por cierto: pocos trasplantados pasan por ello), señalada
en el prospecto de la ciclosporina. La causa es la baja inmunitaria. El cáncer es como el
rostro masticado, ganchudo y estragado del intruso. Extraño a mí mismo, y yo mismo que
me enajeno. ¿Cómo decirlo? (Pero se discute todavía acerca de la naturaleza exógena o
endógena de los fenómenos cancerosos.)
Aquí también, de otro modo, el tratamiento exige una intrusión violenta. Incorpora
una cantidad de ajenidad quimioterapéutica y radioterapéutica. Al mismo tiempo que el
linfoma roe el cuerpo y lo agota, los tratamientos lo atacan, lo hacen sufrir de diversas
maneras, y el sufrimiento es la relación entre una intrusión y su rechazo. Aun la morfina,
que calma los dolores, provoca otro sufrimiento: el embrutecimiento y el extravío.
El tratamiento más elaborado se denomina «autotrasplante» (o «trasplante de células
madre»): después de haber vuelto a activar mi producción linfocitaria por medio de
«factores de crecimiento», durante cinco días seguidos me extraen glóbulos blancos (se
hace circular toda la sangre fuera del cuerpo y los extraen mientras esta circula). Los
congelan. Luego me ponen en una cámara estéril durante tres semanas y me aplican una
quimioterapia muy fuerte, que deprime la producción de la médula antes de reactivarla
mediante el reimplante de las células madre congeladas (sobrevuela un extraño olor a ajo
durante este procedimiento...). La baja inmunitaria llega a niveles extremos y genera
fuertes fiebres, micosis, trastornos en serie, antes de que la producción de linfocitos se
recupere.
Se sale desorientado de la aventura. Uno ya no se reconoce: pero «reconocer» no
tiene ahora sentido. Uno no tarda en ser una mera fluctuación, una suspensión de
ajenidad entre estados mal identificados, dolores, impotencias, desfallecimientos. La
relación consigo mismo se convierte en un problema, una dificultad o una opacidad: se
da a través del mal o del miedo, ya no hay nada inmediato, y las mediaciones cansan.
La identidad vacía de un «yo» ya no puede reposar en su simple adecuación (en su
«yo = = yo») cuando se enuncia: «yo sufro» implica dos yoes extraños uno al otro (pero
que sin embargo se tocan). Lo mismo ocurre con «yo gozo» (podríamos mostrar que esto
se indica en la pragmática de uno y otro enunciado): pero en el «yo sufro», un yo rechaza
al otro, mientras que en el «yo gozo», uno excede al otro. Esto se asemeja, sin duda,
como dos gotas de agua, ni más ni menos.
Yo termino/termina por no ser más que un hilo tenue, de dolor en dolor y de
ajenidad en ajenidad. Se llega a cierta continuidad en las intrusiones, un régimen
permanente de la intrusión: a la ingesta más que cotidiana de medicamentos y a los
controles en el hospital se agregan las consecuencias dentales de la radioterapia, así
como la pérdida de saliva, el control de los alimentos y el de los contactos contagiosos, el
debilitamiento de los músculos y de los riñones, la disminución de la memoria y de la
fuerza para trabajar, la lectura de los análisis, las reincidencias insidiosas de la mucositis,
la candidiasis o la polineuritis, y esa sensación general de no ser ya disociable de una red
de medidas, de observaciones, de conexiones químicas, institucionales, simbólicas, que
no se dejan ignorar como las que constituyen la trama de la vida corriente y, por el
contrario, mantienen incesante y expresamente advertida a la vida de su presencia y su
vigilancia. Soy ahora indisociable de una disociación polimorfa.
Así fue siempre, más o menos, la vida de los viejos y de los enfermos: pero yo no soy
exactamente ni lo uno ni lo otro. Lo que me cura es lo que me afecta o me infecta, lo que
me hace vivir es lo que me envejece prematuramente. Mi corazón tiene veinte años
menos que yo, y el resto de mi cuerpo tiene una docena (al menos) más que yo. De este
modo, rejuvenecido y envejecido a la vez, ya no tengo edad propia y no tengo
propiamente edad. Tampoco tengo propiamente oficio, sin estar jubilado. No soy,
asimismo, nada de lo que tengo que ser (marido, padre, abuelo, amigo) sin serlo en esa
condición demasiado general del intruso, de los diversos intrusos que pueden, a cada
instante, tomar mi lugar en la relación o en la representación del prójimo.
Con un mismo movimiento, el «yo» más absolutamente propio se aleja a una
distancia infinita (¿adónde va?, ¿a qué punto de fuga desde el cual pueda proferir todavía
que esto sería mi cuerpo?) y se hunde en una intimidad más profunda que toda
interioridad (el nicho inexpugnable desde el cual digo «yo», pero que sé tan hendido
como un pecho abierto sobre un vacío o como el deslizamiento en la inconciencia
morfínica del dolor y del miedo mezclados en el abandono). Corpus meum e interior
íntimo meo, las dos expresiones juntas para decir con gran exactitud, en una
configuración completa de la muerte de dios, que la verdad del sujeto es su exterioridad
y su excesividad: su exposición infinita. El intruso me expone excesivamente. Me extrude,
me exporta, me expropia. Soy la enfermedad y la medicina, soy la célula cancerosa y el
órgano trasplantado, soy los agentes inmunodepresores y sus paliativos, soy los ganchos
de hilo de acero que me sostienen el esternón y soy ese sitio de inyección cosido
permanentemente bajo la clavícula, así como ya era, por otra parte, esos clavos en la
cadera y esa placa en la ingle. Me convierto en algo así como un androide de ciencia
ficción, o bien en un muerto-vivo, como dijo una vez mi hijo menor.
Estoy, junto con mis semejantes cada vez más numerosos7, en los comienzos de una
mutación. En efecto, el hombre comienza a sobre-pasar infinitamente al hombre (esto es
lo que siempre quiso decir la «muerte de dios», en todos los sentidos posibles). Se
convierte en lo que es: el más terrorífico y perturbador técnico, como lo designó Sófocles
hace veinticinco siglos, el que desnaturaliza y rehace la naturaleza, el que recrea la
creación, el que la saca de la nada y el que, quizá, vuelva a llevarla a la nada. El que es
capaz del origen y del fin.
El intruso no es otro que yo mismo y el hombre mismo. No otro que el mismo que
no termina de alterarse, a la vez aguzado y agotado, desnudado y sobreequipado, intruso
en el mundo tanto como en sí mismo, inquietante oleada de lo ajeno, conatus de una
infinidad excreciente.8

Post scriptum
(Abril de 2005)
Han transcurrido cinco años desde la primera publicación de este texto. En este
período superé los diez años de trasplante que desde el primer momento se me habían
esbozado como límite, como el horizonte más alejado que tal vez —he pensado no hace
mucho— no llegaría a alcanzar.
Pasado este umbral, acecho (vagamente, a decir verdad) las esperanzas de vida de
los trasplantados, o bien me complazco en hacerme creer que ya no hay límites y
recupero la convicción de inmortalidad que todos compartimos, pero aumentada por la
seguridad de haber franqueado al menos dos veces el término crítico.
A veces temo la usura de tantos años de quimioterapia y de un corazón que trabaja
en condiciones delicadas; otras, el tiempo pasado me parece, por el contrario, una
garantía de regulación y de una larga travesía.
De una u otra manera, una nueva ajenidad se ha apoderado de mí. Ya no sé muy
bien a título de qué sobrevivo, ni si tengo verdaderamente los medios para ello o el
derecho. (Jacques Derrida hizo del «sobrevivir» un concepto. Hace ya seis meses que se
fue. El páncreas no se trasplanta.) Por supuesto, ese sentimiento aflora rara y
fugitivamente. La mayor parte del tiempo no pienso en ello, así como concurro menos al
hospital (el cual pierde, por esa razón, la familiaridad que había adquirido). Pero cuando
ese pensamiento me atraviesa, comprendo también que ya no tengo un intruso en mí: yo
lo soy, y como tal frecuento un mundo donde mi presencia bien podría ser demasiado
artificial o demasiado poco legítima.
¿Tal conciencia no es de manera banal la de mi muy simple contingencia? ¿El ingenio
técnico vuelve a llevarme y exponerme a esa simplicidad? La idea me da una alegría
singular.
Notas
1. En 84, n° 5-6, 1948, pág. 103.
2. Étranger en el original. El rango de significados del término es amplio, ya sea que se lo emplee como sustantivo o se lo
utilice en forma adjetiva: es el extranjero, el que llega desde afuera, pero también el extraño. Como sustantivo, puede
significar «extranjero», «extraño» o «ajeno». Hemos optado por traducirlo como «extranjero» cuando el término entra en
tensión con otro que remite a la llegada desde afuera: «el intruso». Como adjetivo, y dados los diferentes contextos en que es
empleado, optamos por traducirlo como «ajeno». En relación con otro término asociado, étrangeté, preferimos «ajenidad» a
«singularidad»; en este último caso no hay ambigüedad posible con «extranjería», que en el original aparece como
étrangèreté. (N. de la T.)
3. Salvo aquí, cada vez que en el texto se hace referencia al trasplante se utiliza el término greffe. En este caso se opta por un
término menos coloquial, puesto que es el que utilizan los médicos: transplantation, el cual hace referencia al proceso de
trasplante del órgano completo y la reconexión del sistema de vasos que se le asocian. En francés, a diferencia del español,
greffe se refiere tanto la operación para extraer el órgano del donante como a la operación de implantación del órgano en el
receptor (en español se dice «ablación», y «trasplante» se reserva únicamente para la operación de injerto del nuevo órgano
en quien lo necesita). En francés se emplea el término greffon para hacer referencia al órgano a trasplantar o trasplantado.
(N. de la T.)
4. Juego de palabras imposible de traducir: los términos en francés son intrusion, défection, réfection, déjection. En el caso
del tercer término, en español se pierde la terminación en «ión», puesto que se lo debe traducir como rechazo (del órgano).
(N. de la T.)
5. Otro juego de palabras intraducible: coeur, corazón, es un término que también forma parte de expresiones relacionadas
con los malestares estomacales, como en el caso de la expresión avoir mal au coeur (tener náuseas). En este caso, la
expresión haut-le-coeur, que literalmente significa tener el vómito al borde de los labios, juega con la idea de detención del
corazón (haut da también la voz de alto: ¡arriba las manos! es haut les mains!), la arritmia que provoca la dolencia del autor,
pero también con la idea de tener coraje: hauts les coeurs! tiene su equivalencia exacta en la expresión «¡arriba los
corazones!». (N. de la T.)
6. En el original, c’est toujours ça de pris. (N. de la T. )
7. Coincido con las ideas de algunos amigos: Alex, que habla en alemán de ser un-eins con el sida, para referirse a una
existencia cuya unidad radica en la división y la discordia consigo mismo; o Giorgio, que habla en griego de un bios que no es
más que zoé, una forma de vida que ya no sería más que la simple vida conservada. Véase Alex García-Düttmann, Uneins mit
Aids, Francfort: Filcher, 1993, y Giorgio Agamben, Homo sacer I, Turín: Einaudi, 1995 (traducción francesa: Homo sacer 1,
París: Le Seuil, 1997; traducción española: Homo sacer 1, Valencia: Pre-Textos, 1998). Para no decir nada de los trasplantes,
suplementos y prótesis de Derrida. Y el recuerdo de un dibujo de Sylvie Blocher, «Jean-Luc con un corazón de mujer».
8. Este texto fue publicado por primera vez en respuesta a la invitación hecha por Abdelwahab Meddeb para participar, en su revista Dédale, en un número titulado «La venue de l’étranger» [«La llegada del extranjero»] (n° 9-10, París: Maisonneuve et Larose, 1999).
Éditions Galilée, París, 2000. Traducción: Margarita Martínez, Buenos Aires, Amorrortu, 2006.Colección Nómadas. Edición
digital: Derrida en castellano. Fuente: http://www.jacquesderrida.com.ar/restos/nancy_intruso.htm

domingo, 23 de agosto de 2009

"CONVIVENCIA" por Darío Yancán.



Día tras día, vuelvo a recorrer mi largo pasillo.
Cada mañana, al despertar, comienzo desde la última puerta que abrí.
Nunca recuerdo que había tras ella, siempre me sorprendo.

Una mañana, tras alguna de esas puertas estabas vos,
con flores en el cabello y una sonrisa ocupándote la cara.

Y ya no volví a recorrer mi pasillo,
me senté frente a tu puerta… entreabierta,
la que nunca abriste, la que nunca cerraste…

la que nunca abrí, y la que nunca cerré ...

siempre desde el umbral, viviendo en el indeterminado lugar.

Ni tú ni yo,
ni azar…
los vientos cerraron tu puerta.

Naturalmente,
día tras día, vuelvo a recorrer mi largo pasillo.
Cada mañana al despertar, comienzo desde tu puerta,
siempre recuerdo que había tras ella, nunca me volví a sorprender

por largo tiempo.

Metódicamente,
secuencialmente
tras un intervalo …
vuelves a estar con
el amor entre los brazos, en tus pechos.

Y te vas ... y vuelves y te vuelves a ir,
por veinte años.

Y tras otra puerta vuelves a aparecer…
esperando el momento en que te vuelvas a ir.


Convivimos,
jugamos ruleta rusa hasta que un viento nos encierre,
del mismo lado del umbral.

miércoles, 19 de agosto de 2009

"LA MUJER ALADA" por Darío Yancán




“ El premiado ornitólogo Martín Klein, en uno de sus últimos escritos dedicados a los procesos de aprendizaje de vuelo, había subrayado la importancia de estado de la pluma y la capacidad de extensión del ala.
Hacía hincapié en la lubricidad de la fibra y en estado de la musculatura del omóplato que permita una mayor envergadura…”

National Geografic n° 333.Edic. Latinoamericana



Esto que les comento, nunca se lo comenté a nadie por una cuestión de fidelidad. Para que a nadie se le ocurra molestarla.

Todo es fidedigno de su boca…


Había descrito que:

En el lado más apartado de la habitación, tenía (como habitualmente
sucede), un ropero extremadamente profundo, austero y con llave.

Sabía detalladamente que había puesto en cada estante, en cada cajón, en cada percha. Sabía detalladamente los motivos de dicha distribución y los porqués de lo archivado.

Cada tanto, muy de vez en cuando, sobre todo las tardes en las que al sol intenso, el azimut de su órbita le permitía ingresar hasta la almohada de la cama, sacaba la caja más recóndita.

Ritualmente, antes de desatar el nudo de la cinta que aseguraba la tapa, tomaba un trapito húmedo, lo enjuagaba y limpiaba la tierra acumulada por el tiempo de guardado. Cuidadosa, prolija, correspondiente, Paula repetía ésta ceremonia de los permisos y los poderes cada día que estaba melancólica.

Me había contado que la caja era común, que a simple vista se identificaba la estampilla de “Repiquant Bells”, una sencilla sastrería londinense a metros del London Millenium Bridge, por lo cual diría que en su momento habría sido embalaje de un traje y creo que anteriormente había contenido tan sólo ropa de temporada.

Me contó que esa caja se la había regalado a su abuela el hombre que más la amó y que su abuela se la había reservado para que ella ponga sus cosas más queridas.

Una vez que se aseguraba que no existiría peligro para sus alas, Paula, retiraba la tapa de cartón amarillento. Con extremo cuidado las extendía sobre la cama con el fin de cepillarle las plumas y hacer que el sol les devuelva su coloración original.

Algunos días, de esos donde la emoción desborda, luego de cepillarlas, las tomaba y salía a dar un paseo, siempre con la mesura de saber que era sólo eso,

un paseo,

una visita a otros mundos para luego, irremediablemente, regresar a la
misma ventana por donde entrar a su normal habitación.

Otros días,
de esos donde la emoción sobrecoge, las observaba como pidiéndoles
auxilio!!!.


Algunas noches, sobre todo las más oscuras y confusas, se había visto tentada de huir. Deseaba poder no ser la que era, deseaba poder ir…, ir hacia…, sin destino…, sin meta.

Tan sólo dejarse llevar, inconcientemente. Ser lo necesariamente inconveniente y anómica como para no buscar más razón a las cosas que ser. Sólo contemplar el mar, verlo ir y venir, mecerse a su ritmo, tomar su cadencia y acompañar eróticamente el roce del mar con la arena, unir sus ritmos y ser ola.

Sólo el deseo de gozar del disfrute injustificado y obsceno.

Sólo vivir las cosas por el merecimiento de ser vividas.



Otra tarde, Paula fue largamente esperada…..

La pensaron, la llamaron, la lloraron, la extrañaron.

Y Paula nunca llegó…
Y Paula viró…
Y Paula dejó su ventana abierta…

Y dejó sobre la cama la cinta, la caja de cartón amarillento, el trapito y el piso de su habitación cubierto de plumas descoloridas,
a pesar que el azimut marcara lo contrario y ese
vuelo no fuera un paseo.

miércoles, 16 de enero de 2008

"EL JUEGO DE LOS ABALORIOS" por Herman Hesse.



A los peregrinos de Oriente


... non entia enim licet quodammodo levibusque
hominibus facilius atque curiosius verbis reddere quam entia, verumtamen pio diligentique rerum scriptori ne aliter res se habet: nihil tantum adeo necesse
est ante hominum oculos ere ut certas quasdam res, quas esse neque demonstrari neque probari potest, quae contra eo ipso, quod pio dilegintesque viri illas quasi ut entia tractant, enti nascendique facultati, paululum appropinquant.

ALBERTUS SECUNDUS
(Tract. de cristall. spirit. ed. Clangor
et Collof, lib. I, cap. 28.)



En la traducción de puño y letra de Josef Knecht:

... pues, aunque en cierto aspecto y para hombres frívolos las cosas no existentes son más fáciles y menos riesgosas para ser representadas con palabras, en cambio, para el historiador fiel y escrupuloso son todo lo contrario: nada escapa tanto a la descripción verbal y nada es, sin embargo, tan necesario colocar ante los ojos humanos, como determinadas cosas cuya existencia ni puede demostrarse ni es verosímil, pero que justamente por el hecho de ser consideradas existentes en cierta medida por hombres devotos y conscientes, pueden ser aproximadas un paso más a la existencia y a la posibilidad de nacer.





INTRODUCCIÓN


Es nuestro propósito consignar en este libro el escaso material biográfico que pudimos hallar acerca de Josef Knecht, el magister ludí Josephus III [1], como se le llama en los archivos del “Juego de Abalorios”. No nos ciega el hecho de que este intento está de algún modo en contradicción con las leyes y los usos vigentes en la vida espiritual, o por lo menos parece estarlo. Porque precisamente la eliminación de lo individual, la inserción más acabada posible de la persona en la jerarquía de las autoridades educativas y de las ciencias, es uno de los supremos principios de nuestra vida del espíritu. Y este principio ha sido realizado también por larga tradición tan ampliamente que hoy es difícil en extremo, y en muchos casos aun del todo imposible, encontrar pormenores biográficos y psicológicos de individuos que han servido en forma sobresaliente a esta jerarquía; en muchísimos casos no se pueden establecer siquiera los nombres propios. En realidad, es una de las características de la vida espiritual de nuestra “provincia”, el que su organización jerárquica posea el ideal de lo anónimo y llegue muy cerca de la realización de este ideal.

Si, a pesar de ello, insistimos en nuestro intento por establecer algo acerca de la existencia del magister ludí Josephus III y de esbozar claramente la imagen de su personalidad, no lo hicimos por culto personal o por desobedecer a las costumbres, como creemos, sino por el contrario sólo en el sentido de prestar un servicio a la verdad y a la ciencia. El concepto es antiguo: cuanto más aguda e inexorablemente formulamos una tesis, tanto más irresistiblemente ella reclama la antítesis. Aceptamos y respetamos la idea que constituye la base de lo anónimo de nuestras autoridades y nuestra existencia espiritual. Pero justamente una mirada a la prehistoria de esta vida espiritual, es decir, a la evolución del juego de abalorios, nos muestra necesariamente que toda fase de desarrollo, toda construcción, todo cambio, toda incidencia esencial, ya se interprete en sentido progresista, ya en sentido conservador, señala irrecusablemente a la persona que introdujo el cambio y se convirtió en instrumento de la transformación y el perfeccionamiento, no como a su único verdadero autor, pero si como a su rostro más ostensible.

Porque seguramente lo que hoy entendemos por personalidad, es algo ya muy diverso de lo que comprendieron por ello los biógrafos e historiadores de épocas precedentes. Para ellos, y justamente para los escritores de aquellas épocas que tuvieron netas tendencias biográficas, parece —podría decirse— que lo esencial de una personalidad fue lo discrepante, lo anormal y único, y aún, a menudo, lo patológico, mientras que nosotros los modernos hablamos generalmente de personalidades importantes sólo cuando encontramos seres humanos que, más allá de toda originalidad y rareza, lograron la inserción más perfecta posible en el orden general, la prestación más acabada en lo ultrapersonal. Si observamos con más atención, también la antigüedad conoció ya este ideal: la figura del “sabio” o del “ser perfecto” para los antiguos chinos, por ejemplo, o el ideal de la moral socrática, apenas pueden distinguirse de nuestro ideal moderno, y muchas grandes organizaciones espirituales, como la Iglesia romana en sus épocas más poderosas, tuvieron principios parecidos, y muchas de sus máximas figuras, como Santo Tomás de Aquino, nos parecen —como las primeras estatuas griegas— más arquetipos clásicos que individuos. De todos modos, en los días de la reforma espiritual que comenzó en el siglo XX y de la que somos herederos, aquel viejo y genuino ideal había ido perdiéndose evidentemente en medida casi total. Nos sorprendemos cuando las biografías de esas épocas cuentan con bastante amplitud cuántos hermanos y hermanas tuvo el protagonista o cuántas cicatrices y costurones dejaron en él el desenlace de la infancia, la pubertad, la lucha por el reconocimiento, el anhelo de amor. A los modernos no nos interesa la patología ni la anamnesia familiar, la vida vegetativa, la digestión y el sueño de un héroe; ni siquiera sus antecedentes espirituales, su formación a través de estudios y lecturas preferidas, etc., tienen importancia especial para nosotros. Sólo merece nuestro particular interés aquel único personaje que por naturaleza y educación estuvo colocado en condiciones para dejar diluir su persona casi perfectamente en su función jerárquica, sin que se perdiera la fuerte, viva y admirable espontaneidad que constituye el valor y la fragancia del individuo. Y sí entre persona y jerarquía surgen conflictos, los consideramosprecisamente como piedra de toque de la grandeza de una personalidad. Del mismo modo que no aprobamos al rebelde a quien los deseos y las pasiones impulsan a romper con la norma, reverenciamos la memoria de las víctimas, los realmente trágicos.

En este caso, pues, de los héroes, de los verdaderos arquetipos humanos, creemos permitido y natural el interés por la persona, el nombre, el rostro, el gesto, porque ni en la jerarquía más perfecta, ni en la organización más pareja vemos ciertamente un mecanismo compuesto de partes muertas e indiferentes en sí mismas, sino un cuerpo viviente, formado por piezas y animado por órganos que poseen —cada uno— su modo propio y su propia libertad, y comparten el milagro de la vida. Y en tal sentido, nos hemos esforzado en procura de noticias acerca de la vida del maestro del juego de abalorios Josef Knecht y, especialmente, de todo lo escrito por él; hemos hallado así varios originales que creemos dignos de ser leídos.

Lo que podemos informar acerca de la persona y la existencia de Knecht es ciertamente conocido total o parcialmente por los miembros de la Orden y, sobre todo, por los expertos en el juego de abalorios, y por esta ratón, pues, nuestra obra no se dirige solamente a ese círculo, sino que confía tener lectores comprensivos también fuera de él.

Para ese círculo más reducido, nuestro libro no necesitaría ni introducción ni comentario. Mas como deseamos también fuera de la Orden lectores interesados en la vida y las obras de nuestro héroe, nos toca la tarea nada fácil de anteponer a la obra —para esos lectores menos preparados— una pequeña introducción popular al significado y a la historia del juego de abalorios. Insistimos en que esta introducción es y quiere ser de carácter popular y no pretende en absoluto aclarar las cuestiones tan discutidas dentro de la misma Orden sobre problemas del juego y de su historia. Está muy lejana todavía la hora de una exposición objetiva de este argumento.

No cabe esperar, pues, de nosotros una historia completa y una elaborada teoría del juego de abalorios; no podrían lograrlas ni autores más dignos y hábiles que nosotros. Esta tarea queda reservada a épocas futuras, si las fuentes y las premisas espirituales no llegan a perderse antes. Tampoco nuestro ensayo pretende ser un manual de ese juego; ese manual nunca podrá escribirse. Las reglas del mismo se aprenden solamente por la vía acostumbrada y prescrita, que requiere varios años de estudio, y ninguno de los iniciados podría tener nunca interés en tornar más fáciles para el entendimiento las tales reglas.

Las normas, el alfabeto y la gramática del juego representan una especie de idioma secreto muy desarrollado, en el cual participan varias ciencias y artes, sobre todo las matemáticas y la música (la ciencia musical, respectivamente) y que expresa loa contenidos y resaltados de casi todas las ciencias y puede colocarlos en correlación mutua. El juego de abalorios es, por lo tanto, un juego con todos los contenidos y valores de nuestra cultura; juega con ellos como tal vez, en las épocas florecientes de las artes, un pintor pudo haber jugado con los colores de su paleta. Lo que la humanidad produjo en conocimientos elevados, conceptos y obras de arte en sus periodos creadores, lo que los períodos siguientes de sabia contemplación agregaron en ideas y convirtieron en patrimonio intelectual, todo este enorme material de valores espirituales es usado por el jugador de abalorios como un órgano es ejecutado por el organista; este órgano es de una perfección apenas imaginable, sus teclas y pedales tocan todo el cosmos espiritual, sus registros son casi infinitos; teóricamente, con este instrumento se podría reproducir en el juego todo el contenido espiritual del mundo. Ahora bien, estas teclas, estos pedales y estos registros subsisten firmemente; en lo relativo a su número y disposición, en realidad, sólo en teoría sería posible aportar cambios y tentativas de perfeccionamiento: el enriquecimiento del idioma del juego mediante la incorporación de nuevos contenidos se subordina al “control” más severo que pueda imaginarse, a cargo de la suprema dirección. En cambio, dentro de este firme conjunto o, para mantener nuestro lenguaje figurado, dentro del complicado mecanismo de este gigantesco órgano, cada jugador posee todo un mundo de posibilidades y combinaciones, y es casi imposible que entre mil juegos severamente realizados ni siquiera dos resulten parecidos más que superficialmente. Aun cuando sucediera que alguna vez dos jugadores por casualidad dieran a su juego la misma pequeña selección de temas, estos dos juegos tendrían aspecto y curso totalmente distintos, según el modo de pensar, el temperamento, el estado de ánimo y la virtuosidad de los ejecutantes.

En realidad, corresponde en absoluto al gusto del historiador hasta dónde hacer remontar en el pasado los comienzos y la prehistoria del juego de abalorios. Porque como todas las grandes ideas, no tiene realmente un comienzo, sino que como idea existió siempre. Lo hallamos prefigurado ya en muchas épocas precedentes como concepto, como intuición, como forma mágica, por ejemplo en Pitágoras; luego en las postrimerías de la cultura antigua, en el círculo griegognóstico, como también entre los antiguos chinos; después, una vez más en los apogeos de la vida espiritual moriscoárabe; más adelante la huella de su prehistoria pasa a través de la Escolástica y el Humanismo a las Academias de los matemáticos de los siglos XVII y XVIII, y aun a las filosofías románticas y las ruinas de los sueños sibilinos de Novalis. En cada movimiento del espíritu hacia la meta ideal de una Universitas Litterarum 1, en cada academia platónica, en cada asociación de una selección espiritual, en cada tentativa de reconciliación entre las ciencias exactas y las libres o entre ciencia y religión, existió como idea básica esta misma idea eterna que para nosotros ha tomado forma y figura con el juego de abalorios. Espíritus como Abelardo, Leibniz y Hegel conocieron, sin duda, el sueño de apresar el universo espiritual en sistemas concéntricos y de fundir la belleza viviente de lo espiritual y del arte en la hechicera fuerza formuladora de las disciplinas exactas. En los tiempos en que la música y las matemáticas experimentaron casi contemporáneamente su momento clásico fueron corrientes las relaciones y las fecundaciones entre ambas. Y dos siglos antes, encontramos en Nicolás de Cusa, párrafos con la misma atmósfera, como por ejemplo éste: “El espíritu se amolda a lo potencial para medirlo todo con el módulo de lo potencial y de la necesidad absoluta, para que lo mida todo en la escala de la unidad y la simplicidad, como lo hace Dios, y en la otra de la necesidad del acoplamiento, para apreciarlo de tal manera todo con respecto a su particularidad; finalmente se amolda al potencial determinado, para valuarlo en su existencia. Pero luego el espíritu mide también simbólicamente, por comparación, como cuando se sirve del número y de las figuras geométricas y se confronta con ellas tomadas como ecuaciones”. Por lo demás, al parecer, no es solamente este pensamiento del filósofo de Cusa el que alude casi a nuestro juego de abalorios, o corresponde y nace de parecida tendencia de la imaginación como su juego de conceptos; se podrían mostrar varios y aun muchos ecos parecidos en su obra. También su gozo por las matemáticas y su capacidad y su inclinación a emplear figuras y axiomas de la geometría euclidiana para conceptos teológico-filosóficos como ecuaciones aclaratorias, parece tener mucho parentesco con la mentalidad del juego y, a menudo, una especie de latín (cuyas vocales son frecuentemente libres invenciones suyas, sin que puedan ser interpretadas mal por alguien que sepa latín) recuerda la plasticidad libremente mantenida del idioma del juego.

Ni menos ajeno, como ya puede indicarlo el lema de nuestro ensayo, resulta Albertus Secundus al número de los antepasados del juego de abalorios. Y suponemos —sin poderlo apoyar por cierto con citas— que la idea del juego dominó también a los sabios músicos de los siglos XVI, XVII y XVIII, que fundaron sus composiciones musicales en especulaciones matemáticas. Aquí y allá, en las antiguas literaturas se tropieza con leyendas de sabios y mágicos juegos que fueron ideados por hombres doctos y monjes o en cortes principescas hospitalarias, y se jugaron, por ejemplo, en forma de ajedrez, cuyas figuras y cuyos campos poseían además de sus significados comunes también otros ocultos. Y son muy conocidas las narraciones, fábulas y sagas de la infancia de todas las civilizaciones, que atribuyen a la música, por sobre lo que es arte, un poder que domina a las almas y a los pueblos, y la convierten en un regidor secreto o en un repertorio de leyes para los hombres y sus Estados. El concepto de una sublime existencia celestial de los seres humanos bajo la hegemonía de la música tiene su papel en la vida pública y privada desde la China más antigua hasta las leyendas de los griegos. A este culto de la armonía (“En variaciones eternas, desde arriba nos saluda el misterioso poder del canto” NOVALIS) se vincula en la medida más íntima también el juego de abalorios.

Si reconocemos, pues, la idea del juego como eterna y, por esta razón, como existente y viva mucho antes de que se verificara por entero, su realización en la forma que conocemos tiene a buen seguro su propia historia, de cuyas etapas más importantes trataremos de informar brevemente.

El movimiento espiritual, cuyos frutos —entre muchos otros— son el establecimiento de la Orden y el juego de abalorios, tiene sus comienzos en un período de la historia que desde las investigaciones fundamentales del historiador literario Plinius Ziegenhals lleva la denominación por él creada de “época folletinesca”. Estas denominaciones son bonitas pero peligrosas, y con su seducción inducen a considerar injustamente cualquier estado de la vida humana en el pasado; la “época folletinesca” no careció en absoluto de espíritu, ni siquiera fue pobre en este aspecto. Pero —por lo menos así parece, según Ziegenhals— poco supo hacer con ese espíritu, más aún, no atinó a darle la situación y la función adecuadas en la economía de la vida y del Estado. Si hemos de ser sinceros, conocemos muy mal esa época, aunque ella fue el terreno donde creció casi todo lo que hoy constituye la característica de nuestra vida espiritual. Según Ziegenhals, fue una época “burguesa” en especial medida y obsecuente a un amplio individualismo, y si citamos algunos rasgos de acuerdo con la descripción de Ziegenhals, para señalar su atmósfera, sabemos por lo menos concerteza que estos rasgos no son invenciones ni han sido sustancialmente exagerados o desfigurados, porque están comprobados por el gran investigador con un sinnúmero de documentos literarios y de otro carácter. Prestamos nuestra adhesión al sabio que hasta hoy fue el único en dedicar a la “época folletinesca” una seria investigación, y no hemos de olvidar al hacerlo que es ligereza y locura torcer el gesto ante errores o malas costumbres de épocas pasadas.

El desarrollo de la vida espiritual en Europa parece haber tenido desde el final de la Edad Media dos grandes tendencias: la liberación del pensar y creer de toda influencia autoritaria, la lucha, pues, de la razón que se sentía soberana y mayor de edad, contra el dominio de la Iglesia romana, y —por otra parte— la búsqueda oculta pero apasionada de una legitimación de esta libertad, por una autoridad nueva y adecuada, que nacía de sí misma. Generalizando, puede decirse que el espíritu ganó esta lucha, a menudo asombrosamente llena de contradicciones, por dos metas recíprocamente opuestas en principio. No nos está permitido preguntar si la ganancia compensa en la balanza el peso de innúmeras víctimas, o si nuestras normas actuales para la vida del espíritu bastan perfectamente y durarán lo suficiente como para no considerar sacrificio insensato todos los sufrimientos, los espasmos y las enormidades de los procesos contra los herejes y de las hogueras, y aun los destinos de muchos “genios” que terminaron en la locura o en el suicidio. La historia es acontecimiento; carece de importancia el hecho de si estuvo bien, si mejor hubiera sido que no existiese, si podemos comprender su “significado”. Así ocurrieron también aquellas luchas por la “libertad” del espíritu, y justamente en aquella tardía época folletinesca, el espíritu en efecto gozó de una libertad inaudita, insoportable para él mismo, por cuanto, deshecha totalmente la tutela eclesiástica y parcialmente la estatal, no siempre encontró una ley auténtica, por él formulada y respetada, una nueva autoridad y legitimidad genuinas. Los ejemplos de degradación, venalidad, renunciación del espíritu en aquel tiempo, como nos la narra Ziegenhals, son en parte sorprendentes.

Debemos confesar que no estamos en condiciones de dar una clara definición de los productos por los cuales denominamos “folletinesca” a esa época. Al parecer, fueron elaborados por millones como una parte especialmente preferida en el material de la prensa diaria, formaron el alimento principal de lectores necesitados de cultura, informaron o, mejor dicho, “charlaron” de mil objetos de la ciencia y, verosímilmente, los más inteligentes de estos folletinistas se solazaron a menudo con su propia labor; por lo menos, Ziegenhals admite habertopado con muchos de estos trabajos que se inclina a interpretar como automofa de sus autores por ser absolutamente incomprensibles. Es muy posible que en estos artículos producidos “industrialmente” se derrochara una cantidad de ironía y autoironía, para cuya comprensión fuera necesario hallar antes la clave. Los fabricantes de estas jugarretas pertenecían en parte a las redacciones de los diarios, en parte eran “escritores libres”, y a menudo hasta se los llamaba poetas pero parece también que muchos de ellos pertenecían a la categoría de los sabios y aun algunos fueron universitarios de renombre. Temas preferidos de tales ensayos fueron anécdotas de la vida de hombres y mujeres célebres y su correspondencia; titulados, por ejemplo: Federico Nietzsche y la moda femenina alrededor de 1870 o Los platos preferidos del compositor Rossini, o El papel del perrito faldero en la vida de las grandes cortesanas, etc. Además, gustaban las consideraciones que historian los temas actuales de conversación de los ricos, como El sueño de la fabricación artificial del oro en el curso de los siglos, o Las tentativas para influir quimiofísicamente sobre el clima y cien argumentos parecidos. Cuando leemos los títulos de tales retahílas citados por Ziegenhals, nuestra extrañeza no es tanto por el hecho de que hubiera gente que las ingería como lectura cotidiana, cuanto porque autores de fama y categoría y buena preparación cultural contribuían a servir este gigantesco consumo de interesantes naderías, como rezaba en forma elocuente la expresión empleada: ella indica por lo demás también la relación de entonces del hombre con la máquina. De vez en cuando, tenía especial preferencia la interpelación de personalidades conocidas sobre problemas del momento, a la que Ziegenhals dedica un capítulo especial; en ellas, por ejemplo, se hacía hablar a químicos o a virtuosos pianistas de renombre sobre política, a actores en boga, bailarines, gimnastas, aviadores o también poetas sobre ventajas y desventajas de la soltería, sobre las presumibles causas de la crisis financieras, y otros temas de esta naturaleza. Se trataba únicamente de poner en relación un nombre conocido, con un tema justamente actual: hay que leer los ejemplos, algunos desconcertantes, que Ziegenhals enumera por centenares. Como dijo antes, es posible suponer que en toda esta actividad se mezclaba buena parte de ironía, quizá está ironía fuera diabólica o desesperada, hoy no es fácil imaginarlo; pero por la enorme multitud que a la sazón parece haber sido tan sorprendentemente aficionada a la lectura, todas esas cosas grotescas fueron aceptadas indudablemente con seria buena fe. Si un cuadro famoso cambiaba de dueño, si se subastaba un valioso manuscrito, sí se quemaba un antiguo castillo, si el portador de un apellido de lavieja nobleza se veía envuelto en un escándalo, los lectores conocían en mil folletines no solamente estos hechos, sino que recibían también el mismo día o, a lo sumo, al día siguiente, una cantidad de material anecdótico, histórico, psicológico, erótico, etc., relativo al tema del caso; sobre cada acontecimiento del día se volcaba un río de acuciosas apuntaciones, y la obtención, la clasificación y la formulación de todas estas comunicaciones lució absolutamente el sello de la mercancía de gran consumo, producida rápidamente y sin responsabilidad. Asimismo, según parece, pertenecían al folletín también ciertos juegos, a los que se incitaba a los lectores, mientras con ellos se aumentaba su hartazgo de materia científica; de esto informa una larga nota de Ziegenhals acerca del maravilloso tema de las “palabras cruzadas”. En esa época, millares y millares de hombres, que generalmente cumplían trabajos pesados y vivían una vida difícil, permanecían inclinados en sus horas libres sobre cuadrados y cruces de letras, cuyas casillas llenaban de acuerdo con ciertas reglas de juego. Debemos cuidarnos de ver en esto solamente el aspecto ridículo o tonto y tenemos que evitar mofarnos al respecto. Aquellos hombres, con sus adivinanzas infantiles y sus intentos culturales, no eran ciertamente niños ingenuos y reacios juguetones; estaban envueltos angustiosamente en fermentos y sismos políticos, económicos y morales, y sostuvieron muchas guerras terribles y luchas civiles; sus pequeños juegos educativos no fueron simplemente niñerías tontas y generosas, sino que correspondieron a una profunda necesidad de cerrar los ojos y de refugiarse en un mundo ilusorio e inofensivo en lo posible, huyendo de problemas insolubles y de acongojados temores de ruina. Aprendían con perseverancia a guiar automóviles, a jugar difíciles juegos de naipes, y se dedicaban distraídos a resolver enigmas de palabras cruzadas, porque se enfrentaban casi sin defensa a la muerte, la angustia, el dolor, el hambre, sin que ya pudieran confortarlos las Iglesias o aconsejarlos el espíritu. Esta gente que leía tantos ensayos y oía tantas conferencias, no se daba tiempo ni ánimo para fortalecerse contra el miedo, para combatir dentro de sí misma la angustia de la muerte: se dejaba vivir temblando y no creía en ningún mañana.

También había conferencias, y nos corresponde hablar brevemente aun de esta categoría de folletín un poco más noble. Especialistas y también bandoleros espirituales ofrecían, aparte de los ensayos, gran número de disertaciones a los ciudadanos de aquella época, que se aferraban todavía firmemente al concepto de cultura despojado de su anterior sentido; no se trataba solamente de oraciones solemnes en ocasiones especiales, sino de discursos pronunciados en salvaje competencia y cantidad apenas imaginable. En esos días, el habitante de una ciudad de mediana importancia, o su mujer, podía escuchar conferencias una vez por semana, en las grandes ciudades casi todas las noches, y en ellas se le instruía teóricamente sobre algún tema, obras de arte, poetas, sabios, investigadores, viajes alrededor del mundo; el oyente permanecía completamente pasivo y la conferencia suponía tácitamente una relación del público con el tema, una preparación previa, una cultura y una facultad de recepción, sin que esto existiera en la mayoría de los casos. Había conferencias divertidas, temperamentales o chistosas, sobre Goethe, por ejemplo, que subía a la diligencia con su frac azul y seducía muchachas de Estrasburgo o de Wetsal, o sobre la cultura árabe, en las que se mezclaban muchas palabras intelectuales en boga como en un cubilete de dados, y cada uno se alegraba cuando podía reconocer aproximadamente alguna de ellas. Se escuchaban conferencias sobre poetas cuyas obras nunca se habían leído ni se había soñado leer; se proyectaban también por medio de aparatos adecuados figuras e ilustraciones y se luchaba, exactamente como en los folletines de los diarios, con una inundación de valores culturales y fragmentos de saber aislados y vacíos de sentido. En resumen, se enfrentaba justamente muy de cerca aquella horrorosa desvalorización del verbo que, ante todo, provocó en secreto, en círculos muy reducidos, el contramovimiento heroico ascético que muy pronto se hizo visible y poderoso y fue el nacimiento de una nueva autodisciplina y una nueva dignidad del espíritu.

La inseguridad y la falsedad de la vida espiritual de aquella época, que, sin embargo, en muchos aspectos ostentó energía constructiva y grandeza, nos las explicamos los modernos como un síntoma del horror que invadió al espíritu, cuando al final de una era de victoria y prosperidad aparentes se encontró de pronto ante la nada: una gran necesidad material, un período de tormentas políticas y bélicas y una desconfianza surgida del día a la noche de sí mismo, de la propia fuerza y dignidad, y aun de la propia existencia. Pero en ese periodo de sensación del derrumbe surgieron, por cierto, muchas contribuciones espirituales muy elevadas, entre otras los comienzos de una ciencia musical de la que somos herederos agradecidos. Pero mientras es tan fácil encuadrar bella e inteligentemente determinadas secciones del pasado en la historia universal, todo presente se torna difícil para su autoinserción ordenada; por eso una tremenda inseguridad, una tremenda desesperación, cayó sobre lo espiritual, precisamente, al descender con enorme rapidez las exigencias y las contribuciones espirituales hasta un nivel muy modesto. Se acababa en realidad de descubrir aquí y allá intuición viva en la obra de Nietzsche que había pasado el período creador de su cultura y de su misma juventud, que había comenzado la vejez y el crepúsculo, y por esta comprensión experimentada de pronto por todos y groseramente formulada por muchos, se explican tantos angustiosos signos de la época: la árida mecanización de la vida, la profunda decadencia de la moral, el descreimiento de los pueblos, la falsedad del arte. Como en la maravillosa fábula china, había resonado la “música de la decadencia”, que osciló por décadas enteras como una nota baja de órgano amenazante, corrió como corrupción por las escuelas, los diarios y las academias, fluyó como lipemanía y psicosis entre los artistas y los críticos de la época que hoy pueden ser tomados en serio, hizo estragos en todas las artes como exceso de producción salvaje y de simples aficionados. Hubo distintas formas de reacción frente a este enemigo que ya había penetrado y no podía ser conjurado. Sólo se podía reconocer en silencio la amarga verdad y soportarla estoicamente; esto hicieron los mejores. Era posible tratar de desmentirlos, y para ello los apóstoles literarios de la doctrina de la decadencia cultural ofrecían muchos puntos de fácil ataque; además, el que aceptaba la lucha contra esos amenazantes profetas, tenía influencia sobre los ciudadanos y era escuchado, porque el hecho de que la cultura que el día antes todavía se creía poseer y de la que todos se habían mostrado tan orgullosos, ya no existía, y que la civilización y el arte tan amados no eran más civilización ni arte genuinos, parecía menos audaz e insoportable que las inflaciones financieras imprevistas y la amenaza de los capitales por la revolución. Además, contra la sensación de decadencia había también la postura cínica: seguir bailando y declarar anticuada tontería cualquier preocupación por el porvenir, cantar impresionantes folletines acerca del fin cercano del arte, de la ciencia, del idioma, establecer una total desmoralización del espíritu, una inflación de los conceptos en el mundo folletinesco edificado con papel, por una especie de placer suicida, y proceder como si se asistiera con indiferencia cínica o desbordamiento de bacanal al hundimiento no sólo del arte, el espíritu, la moral y la honestidad, sino también de Europa y del “mundo”. Reinaba en los buenos un pesimismo quedamente sombrío; en los malos, malicioso en cambio, y era menester antes una reconstrucción de lo sobreviviente y cierta transformación del mundo y de la moral por la política y la guerra, para que también la cultura admitiera una real consideración de sí y un nuevo ordenamiento.

Entre tanto, esta cultura no se quedó dormida durante las décadas de la transición; precisamente durante su decadencia y a pesar dela aparente defección por parte de artistas, profesores y folletinistas alcanzó en la conciencia de algunos el más agudo despertar y el más hondo examen de conciencia. Ya en pleno florecimiento del folletín hubo en todas partes individuos y pequeños grupos resueltos a permanecer fieles al espíritu y a poner a salvo, con todas sus fuerzas, más allá de la época un germen de buena tradición, disciplina, método y conciencia intelectual. Por cuanto podemos conocer hoy, de estos hechos, parece que el proceso del auto examen, de la reflexión y la oposición consciente contra la decadencia se cumplió principalmente en dos grupos. La conciencia cultural de los sabios se refugió en las investigaciones y en los sistemas educativos de la historia de la música, porque esta ciencia llegó justamente en esos días a su elevación, y en el mundo del folletín dos seminarios que se volvieron famosos cultivaron un método de labor ejemplarmente limpio y escrupuloso. Y como si el destino hubiera querido consentir consoladoramente estos esfuerzos de una valiente cohorte sumamente reducida, ocurrió en lo más sombrío de esos años el afortunado milagro que en sí fue casualidad, pero influyó como una divina confirmación: ¡el hallazgo de los once manuscritos de Juan Sebastián Bach entre el material que poseía entonces su hijo Friedemann! Una segunda atalaya de la resistencia contra la degeneración fue la “Liga de los peregrinos de Oriente”, hermandad más dedicada a una disciplina anímica, al cuidado de la piedad y el respeto que a la labor intelectual; por este lado, nuestra forma actual de espiritualismo y del juego de abalorios obtuvo importantes impulsos, especialmente en su dirección contemplativa. También en las nuevas tendencias de lo esencial de nuestra cultura participaron los peregrinos de Oriente, no tanto mediante contribuciones científico-analíticas, cuanto por su capacidad basada en añejos ejercicios secretos para penetrar mágicamente en épocas muy antiguas y en viejísimos estados culturales. Había entre ellos, por ejemplo, músicos y cantores de quienes se asegura que poseían la facultad de ejecutar piezas musicales de épocas anteriores en su perfecta pureza antigua, de cantar y tocar, supongamos, una música de 1600 o de 1650 con tanta exactitud como si todas las modas surgidas más tarde, todos los refinamientos y virtuosismos posteriores, hubiesen sido desconocidos. Esto ocurrió en la época en que la búsqueda de dinamismo y exageración dominaba todo el arte musical y en que por la ejecución y la “concepción” de los directores casi se olvidaba a la música misma; hecho inaudito: se narra que los oyentes, en parte no comprendían en absoluto; en parte, en cambio, prestaban atención y creían oír música por primera vez en su vida, cuando una orquesta de losperegrinos de Oriente ejecutaba públicamente, estrenándola, una “suite” de la época de Haendel, en forma perfecta, sin inflaciones hiperbólicas y desahogos agotadores, con la ingenuidad y el pudor de otros tiempos y otro mundo. Una de las Ligas había construido en el edificio social entre Bremgarten y Morbio un órgano de Bach, tan perfecto como el mismo Juan Sebastián se lo hubiera hecho fabricar, si hubiera tenido los recursos y la posibilidad. El constructor, de acuerdo con una norma ya entonces en vigencia en su Liga, ocultó su nombre y se llamó Silberman, por uno de sus antepasados del siglo XVIII.

Con esto nos hemos acercado a las fuentes de donde nació nuestro actual concepto de la cultura. Una de las más importantes fue la más joven de las ciencias; la historia de la música y de la estética musical. Luego el vuelo casi inmediato de las matemáticas; a esto se agregó una gota de aceite de la sabiduría de los peregrinos de Oriente y, en estrecha relación con la nueva concepción e interpretación de la música, aquella valiente postura, tan gozosa como resignada, frente al problema de la edad de la cultura. Resulta superfluo explayarse mucho al respecto; estas cosas son demasiado conocidas por todos. El resultado más importante de esa nueva posición, más aún, de esta nueva ordenación en el proceso cultural, fue una muy amplia renuncia a la creación de obras de arte, la paulatina separación de lo espiritual de las actividades del mundo y —no menos importante y aun floración total— el juego de abalorios.

En los comienzos del juego ejerció la máxima influencia imaginable el ahondar en la ciencia musical, comenzado ya poco después del año 1900, todavía en pleno apogeo del folletín. Nosotros, herederos de esta ciencia, creemos conocer mejor y, en cierto sentido, comprender mejor también la música de los grandes siglos creadores, especialmente del XVII y XVIII, comparándolos con todas las épocas precedentes (inclusive las de la música clásica misma) Naturalmente, nosotros, posteridad, tenemos una relación totalmente distinta con la música clásica de la que tuvieron los hombres de las épocas de creación; nuestra veneración espiritualizada, y no siempre lo bastante libre de una resignada melancolía por la música genuina, es algo completamente diverso del suave e ingenuo gozo musical de aquellos tiempos que nos inclinamos a considerar más dichosos; ¡cuántas veces por encima de ésta su música, olvidamos las condiciones y las fatalidades entre las cuales nació! Desde generaciones atrás, como lo hizo ya el siglo XX casi en su totalidad, no consideramos más la filosofía o la literatura, sino las matemáticas y la música como la gran contribución duradera de aquel periodo cultural que corre entre el final dela Edad Media y nuestros días. Desde que nosotros —por lo menos fundamentalmente— renunciamos a competir en creación con aquellas generaciones, desde que también abdicamos del culto por el predominio de lo armónico y del dinamismo meramente sensual en la obra musical (dinamismo y armonía que desde Beethoven y el comienzo del romanticismo reinaron en la música durante dos siglos), creemos —la nuestra manera, lógicamente, una manera estéril, epígona, pero respetuosa—, creemos, repito, ver el panorama de esa cultura que heredamos, en forma más pura y más correcta. Nada poseemos ya del goloso placer de producir de aquellas épocas; para nosotros es casi un espectáculo inconcebible ver cómo pudieron mantenerse en el siglo XV y XVI los estilos musicales tanto tiempo en su intacta pureza, cómo entre la cantidad colosal de música escrita entonces no puede hallarse siquiera algo malo, cómo ya el siglo XVIII, en el que comienza la degeneración, puede volcar veloz, radioso y consciente, todo un fuego de artificio de estilos, modas y escuelas; pero creemos haber entendido y tomado por modelo en lo que hoy llamamos música clásica, el secreto, el espíritu, la virtud y la piedad de esas generaciones. No conservamos nada o muy poco, por ejemplo, de la teología y de la cultura eclesiástica del siglo XVIII o de la filosofía del Iluminismo, pero vemos en las cantatas, en las Pasiones y en los preludios de Bach, la última sublimación de la cultura cristiana.

Además, la relación de nuestra cultura con la música tiene un antiquísimo modelo sumamente respetable; el juego de abalorios le otorga elevada veneración. En la China legendaria de los “antiguos reyes”, debemos recordarlo, se atribuía a la música un papel directivo en la vida estatal y cortesana; hasta se identificaba el bienestar de la música con el de la cultura y la moral y aun del reino, y los maestros de música debían velar severamente por la conversación y la pureza del “antiguo lenguaje musical”. La decadencia de la música era considerada una señal de la ruina del gobierno y del Estado. Y los poetas contaban terribles leyendas de las melodías prohibidas, diabólicas y enemigas del cielo, por ejemplo, la melodía Ching Chang y Chin Tse, la “música de la perdición”; cuando ella resonaba sacrílega en el castillo real, el cielo se oscurecía, los muros temblaban y se derrumbaban, y caían el príncipe y el reino. En lugar de muchas otras palabras de los viejos autores, citamos algunos pasajes del capítulo sobre música de Primavera y otoño, de Lue Bu We:

“Los orígenes de la música se remontan muy atrás en el tiempo. Nace ella de la medida y arraiga en el gran Uno. El gran Uno procrea los dos polos; los dos polos generan la fuerza de la tinieblas y la de la luz.

“Cuando el mundo está en paz, cuando todas las cosas están en calma, cuando todas en sus mutaciones siguen a las que les son superiores, la música se completa, se verifica. Cuando los deseos y las pasiones marchan por la ruta correcta, la música se perfecciona. La música perfecta tiene su causa. Nace del equilibrio. El equilibrio emana del derecho, el derecho surge del sentido del mundo. Por eso sólo se puede hablar de música con un hombre que ha conocido el sentido del mundo.

“La música descansa en la armonía entre cielo y tierra, en la concordancia entre las tinieblas y la luz.

“Los Estados decaídos y los hombros maduros para la ruina no carecen seguramente de la música, pero ella no es alegre. Ergo: cuanto más rumorosa es la música, más melancólicos se tornan los hombres, más amenazado está el país, más hondo cae el príncipe. De esta manera se pierde también la esencia de la música.

“Lo que todos los príncipes sagrados apreciaron en la música, fue su alegría. Los tiranos Giae y Chu Sin hacían música rumorosa. Creían hermosos los sonidos fuertes e interesante el efecto de masa. Anhelaban nuevos y extraños efectos sonoros, tonalidades que no hubiese oído el hombre: trataban de superar y exceder medida y meta.

“La causa del ruina del Estado de los Chu fue porque inventaron la música mágica. Esa música es seguramente bastante ruidosa, pero en verdad ella se ha alejado de la esencia real de la música. Y porque se ha alejado de la verdadera sustancia musical, no es alegre. Si la música no es alegre, el pueblo murmura y la vida es dañada. Todo esto se debe a que se desconoce la esencia de la música y se llega solamente a rumorosos efectos sonoros.

“Por eso la música de una época bien ordenada es tranquila y alegre y el gobierno uniforme. La música de una era inquieta es excitada y rencorosa y su gobierno, invertido. La música de un Estado en decadencia es sentimental y triste y su gobierno peligra.”

Los pasajes de este chino nos indican con claridad suficiente los orígenes y el verdadero y casi olvidado sentido de toda música. Como la danza y cualquier otro ejercicio artístico, en efecto, la música fue en los tiempos prehistóricos un recurso de hechicería, uno de los antiguos y legítimos medios de la magia. Comenzando con su ritmo (batir de palmas, zapatear, golpear maderas, primitivo arte tamboril), fue un recurso enérgico y comprobado para poner de acuerdo una pluralidad y una multiplicidad de seres humanos, para llevar al mismocompás su respiración, sus latidos y sus estados de ánimo, para estimular a los hombres a la invocación y al conjuro de las potencias eternas, a la danza, a la competición, a las campañas guerreras, a la acción sagrada. Y esta esencia original, pura y primitivamente poderosa, la esencia de un hechizo, se mantuvo para la música mucho más tiempo que para las demás artes; recuérdese solamente las numerosas manifestaciones de los historiadores y los poetas acerca de la música, desde los griegos hasta la novela de Goethe. Prácticamente, la marcha y la danza nunca perdieron su importancia. ¡Mas volvamos a nuestro verdadero argumento!

Acerca de los comienzos del juego de abalorios hemos de decir ahora brevemente lo que vale la pena saber. Nació, según parece, al mismo tiempo en Alemania e Inglaterra, y precisamente en ambos países como ejercicio divertido entre aquellos reducidos círculos de sabios de la música y de músicos que trabajaban y estudiaban en los nuevos seminarios de teoría musical. Y si se compara el estado inicial del juego con el posterior y el moderno, resulta lo mismo que si se confronta una notación musical de la época de 1500 y sus primitivos signos de notación, en los que faltan hasta las barras divisorias, con una partitura del siglo XVII o ya con una del siglo XIX, con su intrincada superabundancia de indicaciones abreviadas para la dinámica, los tiempos, la fraseología, etc., que a menudo convirtió en grave problema técnico la impresión de tales partituras.

El juego fue, en principio, solamente una ingeniosa forma de ejercicio de memoria y combinaciones entre estudiantes y músicos y, como se dijo, se jugó tanto en Inglaterra como en Alemania, mucho antes que aquí lo “inventaran” en la Universidad musical de Colonia, y recibiera su nombre, tal como lo lleva aún hoy después de tantas generaciones, aunque desde hace mucho tiempo nada tenga que ver con los abalorios. De estos abalorios, se servía el inventor, Bastián Perrot, de Calw, un teórico de la música un poco raro, pero inteligente y socialmente agradable, en lugar de letras, números, notas musicales u otros signos gráficos. Perrot, que además ha dejado un manual sobre Florecimiento y decadencia del contrapunto, encontró en el seminario de Colonia un hábito de juego ya bastante desarrollado por los estudiantes: consistía en lanzarse mutuamente determinados motivos o comienzos de composiciones clásicas en su forma científica abreviada; el interpelado debía contestar o bien con la continuación de la pieza o, mejor todavía, con voz más alta o más baja, un contratema opuesto, etc. Se trataba de un ejercicio de memoria e improvisación, como en forma parecida (aunque no teóricamente en fórmula, sinoprácticamente con el clavecín, el laúd, la flauta o la vos) estuvo posiblemente en auge un tiempo entre los alumnos de música y contrapunto de Schuetz, Pachelbel y Bach. Bastían Perrot, aficionado a la actividad manual del artesano, con sus propias manos construyó varios pianos y clavicordios a la manera antigua, que muy probablemente pertenecía a los peregrinos de Oriente; cuenta la leyenda que supo tocar el violín a la usanza antigua desde 1800 olvidada, con arco de gran curvatura y tensión a mano de las cuerdas; Perrot fabricó también, según el modelo del sencillo ábaco para niños, un marco con algunas docenas de alambres tendidos, en los cuales se podían acomodar, corriéndolas, cuentas de vidrio de diverso tamaño y de varios colores y formas. Los alambres correspondían a las líneas del pentagrama, las cuentas a los valores de las notas, etc., y de esta manera, con abalorios construía, variaba, transportaba, desarrollaba, cambiaba citas musicales o temas inventados y los contraponía a otros Por su técnica este juego, que agradaba a los alumnos, fue imitado y estuvo de moda también en Inglaterra, y por un tiempo, el ejercicio musical se realizó en esta forma de primitiva gracia. Y así, como sucede a menudo, una institución luego permanente e importante recibió su denominación por algo momentáneamente accesorio. Lo que más tarde nació de aquel juego de seminario y de la pauta de abalorios de Perrot, lleva aún hoy el nombre popularizado de juego de abalorios.

Apenas dos o tres décadas más tarde, parece que el juego perdió su favor entre los estudiantes de música, pero fue adoptado por los matemáticos y por mucho tiempo subsistió como rasgo distinto en la historia del juego el que fuera preferido siempre y empleado y perfeccionado por la ciencia que periódicamente experimentaba un florecimiento o renacimiento especial. Entre los matemáticos, el juego alcanzó notable movilidad y capacidad de sublimación y logró ya conciencia de sí y de sus posibilidades; este hecho corrió parejas con la evolución general de la conciencia cultural de entonces, que había superado la gran crisis, y —como lo dice Plinius Ziegenhals— “con modesto orgullo se vio confiado el papel de pertenecer a una cultura final, a un estado que correspondió quizá a la de la última antigüedad, a la de la era greco-alejandrina.”

Así dice Ziegenhals. Tratamos de llevar a su conclusión nuestro esbozo de una historia del juego de abalorios y establecemos: al pasar de los seminarios musicales a los matemáticos (migración que en Francia y en Inglaterra se cumplió mucho más rápidamente que en Alemania), el juego estaba tan desarrollado que podía expresar con signos y abreviaturas especiales procesos y hechos matemáticos; los jugadores colaboraban mutuamente, desarrollándolo, y con estas fórmulas abstractas representaban recíprocamente series evolutivas y posibilidades de su ciencia. Este juego matemático-astronómico de fórmulas requería gran atención, espíritu alerta y concentración; entre los matemáticos valía mucho entonces el nombre de buen jugador de abalorios, porque equivalía al de matemático muy distinguido.

El juego fue aceptado e imitado de vez en cuando por casi todas las ciencias, es decir, empleado en su propio terreno por ellas, como está demostrado en el campo de la filología clásica y la lógica. La consideración analítica de las obras musicales había llevado a concebir secuencias musicales mediante fórmulas físico-matemáticas. Poco después comenzó a trabajar con este método la filología y a calcular figuras idiomáticas en la misma forma en que la física calculaba procesos naturales. Se agregó después la investigación de las artes plásticas, que estaban en relación con las matemáticas desde mucho antes por la arquitectura. Nuevas relaciones, analogías y correspondencias se fueron fraguando luego en las fórmulas abstractas descubiertas de este modo. Cada ciencia que se apoderaba del juego, creó para sí misma con este fin una lengua de juego compuesta de fórmulas, abreviaturas y posibilidades de combinación; en todas partes la más selecta juventud espiritual prefería los juegos de series y los diálogos formulistas. El juego no era mero ejercicio ni mera diversión, era concentrado autosentido de una disciplina del espíritu; lo practicaban especialmente los matemáticos con virtuosismo a la vez ascético y deportivo, y formal seriedad, y hallaban en esto un gozo que les ayudaba a soportar la renuncia, entonces ya consecuentemente realizada de lo espiritual, a todo goce y esfuerzo mundanos. El juego de abalorios tuvo gran participación en la completa superación del folletín y en aquella alegría nuevamente despertada por los ejercicios más exactos del espíritu, a la que debemos el nacimiento de una nueva disciplina moral de monacal severidad. El mundo había cambiado. Se podría comparar la vida espiritual de la época folletinesca con una planta degenerada, que se prodiga en crecimientos hipertróficos, y las correcciones posteriores con una poda radical de la planta hasta las raíces; Los jóvenes que ahora querían dedicarse a los estudios espirituales, no entendían ya más por estudio un olisquear en las universidades, donde profesores famosos y locuaces, sin autoridad alguna, les impartían los residuos de la antigua cultura superior; debían estudiar tan seriamente y aun más seria y metódicamente que un tiempo los ingenieros en las escuelas politécnicas. Tenían que subir por empinado camino: debían pulir y acrecer su poder mental en las matemáticas yen ejercicios aristotélicos escolásticos y, además, aprender a renunciar totalmente a todos los bienes que antes una serie de generaciones de sabios habían considerado dignos de lograrse: a la rápida y fácil ganancia de dinero, a la gloria y a los honores de la publicidad, a las loas de la prensa, a matrimonios con las hijas de banqueros e industriales, a los goces y al lujo de la vida material. Los escritores de grandes ediciones, premios Nobel y hermosas casas de campaña, los grandes médicos de condecoraciones y sirvientes de librea, los académicos de esposas ricas y salones brillantes, los químicos con cargos de asesores en la industria, los filósofos con fábricas de folletines y seductoras conferencias en salas colmadas y aplausos y ramos de flores, todas estas figuras habían desaparecido y hasta hoy no han vuelto a la luz. Sí, había aún muchísimos jóvenes de talento para quienes aquellas figuras eran modelos envidiables, pero los caminos a los honores públicos, a la riqueza, a la gloria y al lujo no pasaban más a través de las aulas, los seminarios y las tesis doctorales; las profesiones espirituales profundamente decaídas habían quebrado a los ojos del mundo y reclamaron nuevamente una entrega expiatoria y fanática al espíritu. Los hombres de talento que más anhelaban esplendor y bienestar, debieron volver la espalda a la espiritualidad condenada y buscar las profesiones a las que se había dejado la posibilidad del triunfo y del dinero.

Nos llevaría demasiado lejos tratar de describir más exactamente en qué forma el espíritu, después de su purificación, se insertó también en el Estado. Se hizo muy pronto la experiencia de que pocas generaciones de una relajada e inconsciente disciplina espiritual habían bastado para perjudicar muy sensiblemente también a la vida práctica; de que el saber y la responsabilidad eran cada vez menos frecuentes en todas las profesiones más elevadas, hasta en las técnicas; y por esto el cuidado del espíritu en el Estado y en el pueblo, sobre todo la instrucción pública, llegó a ser cada vez más monopolio de los intelectuales, como hoy en casi todos los países de Europa la escuela —en cuanto dejó de estar bajo el “control” de la Iglesia de Roma— se halló en manos de las Ordenes anónimas que alistan sus miembros entre lo más selecto de la intelectualidad. Aun cuando pueda a veces resultar molesta para la opinión pública la severidad y la llamada arrogancia de esta casta, aun cuando se hayan rebelado contra ella determinados individuos, esta dirección permanece inconmovible; la sostiene y la protege no solamente su integridad, su renuncia a otros bienes y otras ventajas que no sean las espirituales, sino que la defiende también la conciencia o la intuición desde largo tiempo atrás generalizada de lanecesidad de esta severa escuela para la subsistencia de la civilización. Se sabe o se adivina: cuando el pensar no es puro y vigilante y no tiene el valor el respeto del espíritu, tampoco marchan ya correctamente buques y automóviles, todo valor y toda autoridad se tambalea tanto para la regla de cálculos del ingeniero como para la contabilidad de los Bancos y las Bolsas, y sobreviene el caos. Tardó por cierto mucho tiempo en abrirse camino el reconocimiento de que también lo externo de la civilización, también la técnica, la industria, el comercio, etc., necesitan los cimientos comunes de una moral y de una honestidad del espíritu.

Ahora bien, lo que en aquella época faltaba todavía al juego de abalorios, era el poder de universalidad, el vuelo por encima de las profesiones. Jugaban su juego inteligentemente regulado los astrónomos, los griegos, los latinos, los escolásticos, los estudiantes de música, pero el juego tenía para cada subordinación, para cada disciplina y sus ramificaciones un idioma propio, un propio mundo de reglas. Pasó medio siglo antes de que se diera el primer paso para superar estos límites. La causa de esta lentitud fue, sin duda, más moral que formal y técnica; los medios para esa superación se hubieran podido hallar, pero a la severa moral del espiritualismo renacido, estaba ligado un miedo puritano por la allotria, por la mezcla de las disciplinas y las categorías, un miedo profundo y muy justificado por la reincidencia en el pecado de la puerilidad y el folletín.

La obra de un solo hombre llevó entonces el juego de abalorios, casi de un salto, a la conciencia de sus posibilidades y por consiguiente hasta el umbral de la capacidad universal de perfección; una vez más el vínculo con la música logró este progreso. Un sabio músico suizo, al mismo tiempo fanático aficionado a las matemáticas, dio al juego una nueva dirección y la posibilidad de su máximo desarrollo. El nombre civil de este grande hombre no puede ser averiguado ya, su época ignoraba el culto personal en el terreno espiritual; vive en la historia como Lusor Basiliensis (o también loculator)[2]. Su invento, como todo invento, fue ciertamente por entero obra y gracia personal suya, pero no procedía en absoluto solamente de una necesidad y de una aspiración personales, sino que estaba impulsado por un motor más fuerte. Entre los intelectuales de su tiempo, existía por doquiera un apasionado anhelo incitador hacia la posibilidad de expresión de una nueva esencia del pensamiento; se aspiraba a una filosofía, a una síntesis; se sentía la insuficiencia de la felicidad momentánea por el puro retraimiento en la propia disciplina; aquí y allá, algún sabio rompía los compartimientos de la ciencia especializada y trataba de avanzar en lo general; se soñaba con un nuevo alfabeto, con una nueva lengua de signos con la que fuera posible establecer y además intercambiar las nuevas vivencias espirituales. Notable testimonio de ello nos ofrece la obra de un sabio parisiense de estos, años: Admonición china. El autor de este libro, en su época ridiculizado como una especie de Don Quijote, por lo demás sabio respetado en su terreno de la filosofía china, explica a cuáles peligros se exponen la ciencia y la cultura espiritual a pesar de su valiente postura, si renuncian a elaborar una lengua gráfica internacional, que como la antigua escritura china permita expresar lo más complicado (sin eliminaciones) de la fantasía y la invención personales de una manera gráfica inteligible para todos los sabios del universo. Y bien, el paso más importante hacia el cumplimiento de tal demanda lo dio el Joculator Basiliensis. Para el juego de abalorios inventó los fundamentos de una nueva lengua, es decir, de una lengua de signos y fórmulas, en la que participaban por igual las matemáticas y la música, y hacía posible así unir fórmulas astronómicas y musicales, llevar a un común denominador matemáticas y música, simultáneamente. Aun cuando con eso no se completaba en absoluto la evolución, el desconocido sabio de Basilea colocó entonces los cimientos de lo ulterior en la historia de nuestro juego querido.

El juego de abalorios, un día entretenimiento especial, ora de matemáticos, ora de filósofos o músicos, atrajo entonces cada vez más a todos los verdaderos intelectuales. Se dedicaron a él muchas antiguas academias y logias y, sobre todo, la antiquísima Liga de los peregrinos de Oriente. También algunas de las Órdenes católicas presintieron allí una nueva atmósfera espiritual y se dejaron seducir; en algunos monasterios benedictinos, especialmente, fue tal la dedicación al juego, que surgió en forma aguda el problema reaparecido muchas veces después, de si este juego debía ser realmente tolerado y apoyado o prohibido por la Iglesia y la Curia.

Desde la hazaña del sabio de Basilea, el juego evolucionó hasta ser lo que es hoy: universal contenido de lo espiritual y musical, culto sublime, unio mystica [3]de todos los miembros aislados de la Universitas Litterarum [4]. En nuestra existencia posee por un lado el papel del arte, por el otro el de la filosofía especulativa; y, por ejemplo, en la época de Plinius Ziegenhals fue denominado muchas veces con una expresión, resabio todavía de la literatura de la época folletinesca y que por entonces indicaba la meta nostálgica de muchas almas llenas de intuición: “teatro mágico”.

Pero si el juego de abalorios, desde sus comienzos, creció hasta lo infinito en técnica y volumen de las materias y se convirtió en ciencia noble y arte elevado, por lo que se refiere a las aspiraciones espirituales de los jugadores, le faltó sin embargo, en los tiempos del sabio de Basilea algo esencial aún. Hasta ese momento, cabe decir, todo juego había sido un enfilar, ordenar, agrupar y oponer ideas concentradas de muchos campos del pensar y la belleza, un rápido recordar valores y formas ultratemporales, un breve vuelo virtuosista por los reinos del espíritu. Sólo más tarde penetró también poco a poco sustancialmente en el juego el concepto de la contemplación y, sobre todo, de los usos y las costumbres de los peregrinos de Oriente. Se había hecho visible el inconveniente de que artistas de la memoria, sin otras virtudes, efectuaran juegos virtuosistas y deslumbrantes y pudieran sorprender y confundir a los participantes con la rápida sucesión de innúmeras ideas. Este virtuosismo sufrió paulatinamente severas prohibiciones sucesivas y la contemplación se convirtió en componente muy valioso del juego, más aún, se tornó cosa capital para espectadores y oyentes de cada juego. Fue el viraje hacia lo religioso. Ya no importaba sólo seguir con la mente las series de ideas y todo el mosaico espiritual de un juego con rápida atención y avezada memoria, sino que surgió la demanda de una entrega más profunda y anímica. Es decir, después de cada signo conjurado por el ocasional jugador o director del juego, se verificaba una silenciosa y severa consideración de su contenido, su origen, su sentido; consideración que obligaba a cada participante a representarse intensa y orgánicamente los significados del signo. Todos los miembros de la Orden y de las Ligas del juego habían aprendido la técnica y el ejercicio de la contemplación en las escuelas de selección, donde se dedicaba la máxima atención al arte de la contemplación y la meditación. Con ello se preservaban los jeroglíficos del juego de la degeneración en meras letras de un alfabeto.

Hasta entonces, sin embargo, el juego de abalorios permaneció mero ejercicio privado, a pesar de su difusión entre los sabios. Se podía jugar por uno solo, de a dos, entre muchos, y por cierto a veces se anotaron también juegos muy inteligentes, bien compuestos y logrados, que pasaban de ciudad en ciudad, de país en país, y eran admirados y criticados. Mas sólo entonces comenzó lentamente el juego a enriquecerse con una nueva función, al convertirse en fiesta pública. Hoy todavía, el juego privado es libre para cualquiera y los más jóvenes son especialmente aficionados a esta forma. Pero al oír las palabras “juego de abalorios”, todo el mundo piensa hoy particularmente en los juegos solemnes y públicos. Se verifican con la dirección de pocos maestros distinguidos, a quienes preside en cada país el Ludí Magister o maestro del juego, con la devota asistencia de los invitados y la tensa atención de los oyentes en todas partes del mundo; algunos de estos juegos duran días y semanas, y mientras se celebran, todos los participantes y oyentes viven según exactas normas, que se extienden hasta la duración del sueño, llevando una vida de renuncia y altruismo en absoluta meditación, comparable a la vida de penitencia severamente regulada, que llevaban los participantes en los ejercicios de san Ignacio.

Poco más cabe agregar. El juego de los juegos, merced a la alternada hegemonía de ésta o aquélla ciencia o arte, se convirtió en una especie de idioma universal, con el cual los jugadores estaban capacitados para expresar valores con ingeniosos signos y para ponerse en relación mutua. En todos los tiempos, estuvo estrechamente emparentado con la música y generalmente se desarrolló de acuerdo con reglas musicales o matemáticas. Se fijaba un tema, dos, tres; luego los temas eran expuestos o variados, y corrían la misma suerte que los de una fuga o de un movimiento de sinfonía. Una jugada podía partir de una configuración astronómica fijada o del tema de una fuga de Bach o de un pasaje de Leibniz o de los Upanishads, y desde el tema, según la intención y la capacidad del jugador, se podía proseguir y elaborar la idea madre evocada o enriquecer su expresión con ecos de ideas vinculadas con él. Si el principiante sabía establecer, con los signos del juego, paralelos entre una música clásica y la fórmula de una ley física, para un conocedor y maestro el juego conducía libremente desde el tema inicial a ilimitadas combinaciones. Ciertas escuelas preferían, y lo prefirieron por mucho tiempo, aparecer, enfrentar y reunir armoniosamente al final dos temas o ideas contrastantes, como ley y libertad, individuo y comunidad, y se atribuía mucho valor al hecho de tratar en ese juego ambos temas de manera perfectamente uniforme e imparcial, elaborando con la tesis y la antitesis, la síntesis más pura posible. Sobre todo, aparte de algunas excepciones geniales, no agradaban, y en ciertos períodos fueron prohibidos, juegos con un final negativo, escéptico e inarmónico, y esto respondía profundamente al sentido que el juego había alcanzado para todos en su apogeo. Significaba una forma selecta y simbólica de la búsqueda de lo perfecto, una alquimia sublime, un acercamiento al espíritu único por sobre todas las imágenes y multitudes, es decir, a Dios. Como los piadosos pensadores de épocas antiguas imaginaban, por ejemplo, la vida de las criaturas como un camino hacia Dios y consideraban concluida y acabada la multiplicidad del mundo fenoménico sólo en la unidad divina, del mismo modo las figuras y fórmulas del juego de abalorios construían, musicaban y filosofaban en una lengua universal que era alimentada por todas las ciencias y las artes, jugándose en anhelos por lo perfecto, por el ser puro, colmado de realidad total. “Realizar” era la expresión preferida de los jugadores y ellos consideraban su labor como camino del devenir al ser, de lo posible a lo real. Séanos permitido aquí recordar una ver más el pasaje antes citado de Nicolás de Cusa.

Por lo demás, las expresiones de la teología cristiana, en cuanto se formularan clásicamente y con esto parecieran constituir patrimonio común, eran lógicamente incluidas en la lengua gráfica del juego, y un concepto capital de la fe, por ejemplo, o el texto de un pasaje bíblico, un pensamiento de un Padre de la Iglesia o del Misal romano, podían ser expresados con la misma facilidad y exactitud, y ser, además, incluidos en el juego, como un axioma de la geometría o una melodía de Mozart. Cometemos apenas una ligera exageración si nos atrevemos a decir lo siguiente: para el estrecho círculo de los más genuinos jugadores de abalorios, el juego tenia casi el mismo significado de un servicio divino, aunque cada uno se abstenía de una teología propia.

En la lucha por su subsistencia entre las fuerzas antiespirituales del mundo, tanto los jugadores de abalorios como la Iglesia romana estuvieron demasiado alerta mutuamente, para que se pudiera llegar entre ambos a una decisión, aunque hubo muchas ocasiones para ello, porque en ambas potencias la honestidad intelectual y la legítima tendencia hacia una formulación más neta y unívoca impulsaban a una separación. Pero ésta nunca llegó a realizarse. Roma se conformó con afrontar el juego ora con tolerancia, ora con hostilidad; muchos de los mejores jugadores pertenecían por cierto a las congregaciones eclesiásticas y al clero de mayor jerarquía. Y el juego mismo, desde que existieron tenidas públicas y un Ludí Magister, estuvo bajo la protección de la Orden y de las autoridades educativas: ambas fueron frente a Roma la cortesía y la caballerosidad personificadas. El papa Pío XV, que como cardenal había sido un inteligente y ardoroso jugador, como papa no sólo se despidió de él, como sus predecesores, para siempre, sino que hasta intentó procesarlo; poco faltó entonces para que se prohibiera el juego de abalorios a los católicos. Pero el papa murió antes de que eso aconteciera, y una difundida biografíade este hombre nada insignificante describió su relación con el sabio juego como una profunda pasión que en su condición de papa quiso dominar por el ataque hostil.

El juego de abalorios, realizado libremente en un principio por individuos y comunidades, y fomentado por cierto desde mucho atrás por las autoridades de la enseñanza, logró su organización pública primeramente en Francia e Inglaterra; los demás países siguieron el ejemplo con bastante rapidez. Se estableció entonces en cada país una Comisión y un supremo director, con el titulo de Ludí Magister, y se consagraron como festividades espirituales los juegos oficiales, realizados con la dirección personal del Magister. Éste, como todos los altos y supremos funcionarios del espiritualismo, permaneció naturalmente en el anónimo; fuera de pocos íntimos, nadie sabía su verdadero nombre. Los recursos oficiales e internacionales de divulgación, como la radiotelefonía, estaban solamente a disposición de los grandes juegos oficiales, de los que era responsable el Ludí Magister. Además de la dirección de los juegos públicos, correspondía a los deberes del Magister el fomento de los jugadores y sus escuelas, pero los maestros debían ante todo velar por el progreso del juego. La Comisión Mundial de los Maestros de todos los países era la única que resolvía la admisión (hoy casi eliminada totalmente) de nuevos signos y fórmulas en el conjunto de los juegos, la eventual ampliación de las reglas, la colaboración o la exclusión de nuevos terrenos. Si se considera el juego como una especie de idioma universal de lo espiritual, las comisiones de los distintos países con la dirección de sus maestros constituyen en conjunto la Academia que vigila la estabilidad, el progreso, la pureza de ese idioma. Cada Comisión nacional posee un archivo del juego, es decir, el archivo de todos los signos y claves hasta el momento examinados y admitidos, cuyo número desde hace tiempo se tornó mucho mayor que el de los antiguos signos de la escritura china. En general, como preparación cultural suficiente para un jugador de abalorios vale el examen final de las escuelas cultas superiores, sobre todo las escuelas de selección, pero se exigió y se exige previamente en forma implícita un dominio de las ciencias capitales o de la música, superior al común. Llegar a miembro de la Comisión de juego y aun a Ludí Magister, era el ambicioso sueño de cada uno de los alumnos de las escuelas de selección, a la edad de quince años. Pero ya entre los futuros doctores había sólo una minoría que cultivara con seriedad todavía el orgullo de poder servir activamente al juego de abalorios y a su progreso. Para ello todos estos aficionados se ejercitaban diligentemente en la ciencia respectiva y en la meditación, y formaban en los“grandes” juegos ese íntimo círculo de devotos y fieles participantes que dan a los juegos públicos el carácter solemne y los preservan de degenerar en actos meramente decorativos. Para estos verdaderos jugadores y aficionados, el Ludí Magister es un príncipe o un gran sacerdote, casi una divinidad.

Para el jugador independiente, sin embargo, y sobre todo para el Magister, el juego de abalorios es en primer término un hacer música, quizá en el sentido de las palabras que escribió una vez José Knecht acerca de la esencia de la música clásica:

“Consideramos la música clásica como el extracto y la esencia de nuestra cultura, porque es su gesto y su expresión más clara y explicativa. Poseemos en esta música le herencia de la antigüedad y del cristianismo, un espíritu de más alegre y valiente piedad, una moral insuperablemente caballeresca. Porque, en resumidas cuentas, todo gesto clásico cultural significa una moral, un modelo de la conducta humana concentrado en gesto. Sí, entre 1500 y 1800 se hizo mucha música, los estilos y las expresiones fueron sumamente distintos pero el espíritu, mejor aún la moral, es en todas partes el mismo. La postura humana, cuya expresión es la música clásica, es siempre la misma y siempre se funda en idéntica clase de conocimiento existencial y aspira a la misma categoría de superioridad sobre el acaso. El gesto de la música clásica significa sabiduría de lo trágico de la humanidad, afirmación del destino humano, valor, alegría. Ya sea la gracia de un minué de Haendel o de Couperin, ya sea la sensualidad sublimizada en gesto delicado como en muchos italianos o en Mozart, ya sea la calma y decidida disposición a la muerte como en Bach, siempre contiene íntimamente una porfía, un valor que no teme a la muerte, una caballerosidad y el eco de una risa sobrehumana de inmortal alegría. Así también sonará el eco en nuestros juegos de abalorios y en todo nuestro vivir, hacer y sufrir”.

Estas palabras fueron anotadas por un discípulo de Knecht. Con ellas ponemos fin a nuestras consideraciones sobre el juego de abalorios.