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martes, 19 de noviembre de 2013
"LA SOCIEDAD MUNDIAL DE CONTROL" * por Michael Hardt
Etiquetas:
BIOPOLITICA,
FILOSOFÍA POLÍTICA,
INMIGRACIÓN,
SOCIOLOGIA
Deleuze nos dice que la sociedad
en la cual nosotros vivimos hoy es la sociedad del control, término que se
remonta al mundo paranoico de William Burroughs. Deleuze afirma seguir a Michel
Foucault cuando propone esta visión, pero hay que reconocer que es difícil encontrar
dónde, en la obra de Michel Foucault (en libros, artículos o entrevistas), hay
un análisis claro del paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de
control. De hecho, con el anuncio de este paso, Deleuze formula, después de la
muerte de Foucault, una idea que no se encuentra expresamente formulada en su
obra.
La formulación de esta idea por
Deleuze es, de todas maneras, muy escasa –el artículo apenas tiene cinco
páginas1. Nos dice muy pocas cosas concretas sobre la sociedad de control.
Constata que las instituciones que constituyen la sociedad disciplinaria
–escuela, familia, hospital, prisión, fábrica, etc.– están en crisis. Los muros
de las instituciones se están derrumbando, de tal suerte que sus lógicas disciplinarias
no se han vuelto ineficaces, sino que más bien se encuentran generalizadas bajo
formas fluidas a través de todo el campo social. El “espacio estriado” de las
instituciones de la sociedad disciplinaria cede el lugar al “espacio liso” de
la sociedad de control.
O, para retomar la bella imagen
de Deleuze, los túneles estructurales del topo son reemplazados por las
ondulaciones infinitas de la serpiente. Allí donde la sociedad disciplinaria
forjaba moldes fijos, distintos, la sociedad de control funciona con las redes
flexibles ,modulables, “como un molde auto-deformante que cambia continuamente,
de un instante a otro, o como un tamiz en el que las mayas cambian de un punto
a otro”2.
Deleuze nos da, de hecho, una
imagen simple de este paso, imagen sin duda bella y poética, pero que no está
suficientemente “definida” para permitirnos comprender esta nueva forma de
sociedad. Para hacerlo, pretendo ponerla en relación con una serie de pasos que
se han propuesto como características de la sociedad contemporánea.
Voy entonces a intentar
desarrollar la naturaleza de este paso, poniéndola en relación con el paso de
la sociedad moderna a la sociedad posmoderna, tal como se presenta en la obra
de autores como Frederick Jameson, pero también con el “fin de la historia”
descrito por Francis Fucuyama, y con la nuevas formas de racismo en nuestras sociedades
según Étienne Balibar y otros investigadores. Pero sobretodo, quiero situar la
formación de la que habla Deleuze en función de dos procesos que Toni Negri y
yo hemos intentado elaborar en el curso de estos últimos años: nosotros
calificamos el primero de estos procesos de debilitamiento de la sociedad
civil, lo que, como el paso a la sociedad de control, remite al declinar de las
funciones mediadoras de las instituciones sociales; con el segundo, se juega el
paso del imperialismo, logrado ante todo por los estados-naciones europeas, al Imperio,
en el nuevo orden mundial que se despliega hoy en torno aros Estados Unidos,
con las instituciones transnacionales y el mercado mundial. Dicho de otra
manera, cuando hablo de Imperio entiendo una forma jurídica y una forma de
poder muy diferente de los viejos imperialismos europeos. De un lado, según la
antigua tradición, el Imperio es el poder universal, el orden mundial, que se
realiza por primera vez hoy en día. De otro lado, el Imperio es la forma de
poder que tiene por objeto la naturaleza humana, y es de este modo el biopoder.
Lo que quiero sugerir es que la
forma social que toma este nuevo Imperio no es más que la sociedad de control
mundial.
Ya no Hay Afuera
El paso de la sociedad
disciplinaria a la sociedad de control se caracteriza de entrada por el
hundimiento de los muros que definían las instituciones. Cada vez menos se
distinguirá entre el adentro y el afuera. De hecho, es un elemento de cambio
general en la manera como el poder marca el espacio durante el paso de la
modernidad a la postmodernidad. La soberanía moderna siempre se ha concebido en
términos de territorio (real o imaginario) y de relación de ese territorio con
su afuera. Es así como los primeros teóricos modernos de la sociedad, de Hobbes
a Rousseau, comprendían el orden civil como un espacio limitado e interior, que
se opone o se distingue del orden exterior de la naturaleza. El espacio
delimitado del orden civil, su lugar de ejercicio, se define por su separación
de los espacios exteriores de la naturaleza. De manera análoga, los teóricos de
la psicología moderna han comprendido las pulsiones, las pasiones, los instintos
y el inconsciente metafóricamente en términos espaciales como un en-el-afuera
en el marco del espíritu humano, un prolongamiento de la naturaleza enterrada
en el fondo de nosotros mismos. La soberanía del individuo reposa aquí sobre
una relación dialéctica entre el orden natural de las pulsiones y el orden
civil de la razón y de la conciencia. Para terminar, los diversos discursos de
la antropología moderna sobre las sociedades primitivas funcionan, muy frecuentemente,
como el afuera que define las fronteras del mundo civil. El proceso de
modernización reposa entonces, en esos diferentes conceptos, sobre la
interiorización de en-el-afuera de la civilización de la naturaleza.
En el mundo postmoderno, sin
embargo, se acabó esta dialéctica entre adentro y afuera, entre orden civil y
orden natural. Como lo dice Frederick Jameson: “el postmodernismo es lo que se
obtiene cuando se ha concluido el proceso de modernización, y la naturaleza,
por su parte, ha desaparecido”3. Ciertamente, siempre tenemos la floresta, las langostas
y las tormentas en nuestro mundo, y creemos todavía que nuestro psiquismo está
sometido a la acción de instintos y pasiones, pero no tenemos naturaleza, en el
sentido en que esas fuerzas y esos fenómenos ya no son comprendidos como
afuera, y no son percibidos como originales e independientes del artificio del
orden civil. En un mundo postmoderno, todos los fenómenos y todas las fuerzas
son artificiales, o, como lo dicen algunos, hacen parte de la historia. La dialéctica
moderna del adentro y el afuera ha sido sustituida por un juego de grados y de
intensidades, de hibridación y de artificialidad.
En segundo lugar, el en-el-afuera
también ha declinado desde el punto de vista de una dialéctica moderna muy
diferente de la que definía la relación entre lo público y lo privado en la teoría
política liberal. Los espacios públicos de la sociedad moderna que constituían el
lugar de la vida política liberal tienden a desaparecer en el mundo postmoderno.
Según la tradición liberal, el individuo moderno, que está consigo en sus
espacios privados, considera lo público como su afuera. El afuera es el lugar
propio de la política donde la acción del individuo se encuentra expuesta a los
ojos de los otros y donde busca ser reconocido. Ahora bien, en los procesos de
postmodernización, esos espacios públicos se ven cada vez más privatizados. El
paisaje urbano ya no es el del espacio público, del encuentro al azar y de la reunión
de todos, sino el de los espacios cerrados de las galerías comerciales, de las
autopistas y de las parcelaciones con entrada reservada. La arquitectura y el
urbanismo de algunas megalópolis, como Los Ángeles o Sao Pablo, están tendiendo
a limitar el acceso público y la interacción, creando más bien una serie de
espacios interiores, protegidos y aislados. Igualmente podemos observar que las
afueras parisinas se han convertido en una serie de espacios amorfos y no-definidos
que favorecen el aislamiento, en detrimento de cualquier interacción o
comunicación. El espacio público ha sido privatizado de tal manera que ya no es
posible comprender la organización social a partir de la dialéctica “espacios
privados-espacios públicos”, o “adentro-afuera”. El lugar de la actividad
política liberal moderna ha desaparecido, y así, desde ese punto de vista,
nuestra sociedad imperial postmoderna se caracteriza por un déficit de lo
político. El lugar de la política ha sido desrealizado.
A este respecto, el análisis de
Guy Debord de la sociedad del espectáculo, escrito hace treinta años, parece
más apropiado y más actual que nunca. En la sociedad postmoderna, el
espectáculo es un lugar virtual, o más exactamente, un no-lugar de la política.
El espectáculo es a la vez unificado y difuso, de tal manera que es imposible
distinguir un adentro de un afuera, lo natural de lo social, lo privado de lo
público. La noción liberal de lo público, como el lugar de en-el-afuera donde
nosotros actuamos bajo la mirada de los otros, se encuentra a la vez
universalizada (pues nosotros estamos hoy permanentemente bajo la mirada del
prójimo, bajo la vigilancia de cámaras) y sublimada, o desrealizada, en los
espacios virtuales del espectáculo. Así, el fin de en-el-afuera es el fin de la
política liberal.
En fin, en la perspectiva del
Imperio, o del orden mundial actual, en un tercer sentido ya no hay
en-el-afuera, y este es un sentido propiamente limitado. Cuando Francis
Fucuyama afirma que el paso histórico que estamos viviendo se define por el fin
de la historia, quiere decir que se acabó la edad de los grandes conflictos:
dicho de otra manera, la potencia soberana no confrontará su Otro, ya no estará
confrontada con su afuera, pero extenderá progresivamente sus fronteras hasta
abrazar el conjunto del planeta como su dominio propio. Ha concluido la
historia de las guerras imperialistas, interimperialistas y antimperialistas.
El fin de esta historia introdujo el reino de la paz. Salvo que, en realidad,
hemos entrado en la era de los conflictos menores e interiores. Cada guerra
imperial es una guerra civil, una acción de policía –desde Los Ángeles y la
Isla de Granada hasta Mogadiscio y Sarajevo–. De hecho, la separación de las tareas
entre el aparato interior y exterior del poder (entre la policía y la armada,
entre el FBI y la CIA) se convierte cada vez más vaga y mal determinada.
Para nosotros, el fin de la
historia del que habla Fucuyama marca el fin de la crisis que está en el centro
de la modernidad, con la idea del conflicto coherente, que tiene una función de
definición, y que ha sido el fundamento y la razón de ser de la soberanía
moderna. La historia termina sólo en la medida en que se la concebía en términos
hegelianos: como el movimiento de una dialéctica de las contradicciones, como
el juego de las negaciones y las superaciones absolutas. Las parejas que
definían el conflicto moderno se han desvanecido. El Otro, que podía limitar un
Yo soberano, se ha pulverizado y vuelto indistinto; de manera que ya no hay
afuera para limitar el lugar de la soberanía. Mientras que durante la guerra
fría, en una versión exagerada de la crisis de la modernidad, cualquier enemigo
imaginable (desde los clubes de jardinería para damas o las películas de Hollywood
hasta los movimiento de liberación nacional)podía identificarse como comunista,
es decir, como formando parte del enemigo unificado (el afuera era eso que daba
a la crisis del mundo moderno e imperialista su coherencia), hoy en día, para los
ideólogos de los Estados Unidos es cada vez más difícil señalar al enemigo, o
más bien, parece que por todas partes hay enemigos menores e imperceptibles. El
fin de la crisis de la modernidad da nacimiento a una proliferación de crisis
menores y mal definidas en la sociedad imperial del control, o como preferimos
decirlo, da nacimiento a una omni-crisis.
No es inútil recordar aquí que el
mercado capitalista es una máquina que siempre ha ido al encuentro de cualquier
división entre el adentro y el afuera. El mercado capitalista es contrariado
por las exclusiones, prospera incluyendo en su esfera efectivos siempre
crecientes. El provecho sólo puede ser generado por el contacto, el desarrollo,
el intercambio y el comercio. La realización del mercado mundial constituirá la
culminación de esta tendencia. Bajo su forma ideal, no hay afuera del mercado
mundial: todo el planeta está en su dominio. Podríamos utilizar la forma del
mercado mundial como modelo para comprender en su integralidad la forma de la soberanía
imperial. De la misma manera como Foucault ha reconocido en el panóptico el
diagrama del poder moderno y de la sociedad disciplinaria, el mercado mundial
podría proporcionar una arquitectura de diagrama (aún si no es una anti arquitectura)
para el poder imperial la sociedad de control.
El espacio estriado de la
modernidad constituye un lugar perpetuamente libre y fundado sobre un juego
dialéctico con su afuera. El espacio de la soberanía imperial, al contrario, es
liso. Podría parecer exento de las divisiones binarias de las fronteras
modernas, o de cualquier estriaje, pero, en realidad, está recorrido a lo largo
y ancho de tantas líneas de falla que sólo en apariencia constituye un espacio
continuo, uniforme. En ese sentido, la crisis claramente definida de la
modernidad, cede su lugar a una omni-crisis en la estructura imperial. En ese
espacio liso del imperio, no hay un lugar del poder: él está en todas partes y
en ninguna. El Imperio es una utopía, o mejor, un no-lugar.
El Racismo Imperial
El final del afuera, que
caracteriza el paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control,
muestra ciertamente uno de sus rostros más extraordinarios en las
configuraciones cambiantes del racismo y de la alteridad en nuestras
sociedades. De entrada, debemos señalar que se ha vuelto cada vez más difícil
identificar las vías generales del racismo. De hecho, escuchamos decir
infatigablemente,
De nuevo el pensamiento es posible
de los políticos, de los medios, y aún de los historiadores, que el racismo ha
cedido progresivamente en las sociedades modernas: desde el fin del esclavismo
hasta los conflictos de descolonización y los movimientos por los derechos
cívicos. Sin duda han declinado ciertas prácticas tradicionales específicas del
racismo, y podríamos estar tentados a ver en el fin de las leyes del apartheid
en África del Sur la clausura simbólica de toda una época de segregación racial.
Desde nuestro punto de vista, sin embargo, es claro que por el contrario el
racismo no ha cedido y que, en realidad, ha progresado en el mundo
contemporáneo, tanto en extensión como en intensidad. Sólo parece haber
declinado porque ha cambiado de forma y de estrategias. Si tomamos como
paradigma de los racismos modernos las divisiones maniqueas entre adentro y
afuera y las prácticas de exclusión (en África del Sur, en la ciudad colonial,
en el Sur de los Estados Unidos en Palestina), debemos ahora plantear la
pregunta: hoy en día, ¿cuáles son las formas y las estrategias del racismo en
la sociedad imperial del control?
Muchos analistas describen este
paso como un deslizamiento, en la forma dominante de la teoría del racismo, de
una teoría del racismo fundada sobre la biología a una teoría racista basada en
la cultura. La teoría racista dominante de la modernidad y las prácticas desegregación
que lo acompañan se focalizan sobre diferencias biológicas esenciales entre las
razas. La sangre y los genes son los que, detrás de las diferencias de color de
piel, constituyen la verdadera sustancia de la diferencia racial. Concebimos
así (al menos implícitamente) pueblos sojuzgados como diferentes a humanos, como
si se tratara de un orden de seres diferentes, de otra naturaleza. De hecho,
nos vienen al espíritu numerosos ejemplos de discursos colonialistas que
describen a los indígenas por medio de calificativos animales como si no fueran
humanos. Esas teorías racistas modernas fundadas sobre la biología,
sub-entienden –o tienden hacía– una diferencia ontológica: una ruptura
necesaria, eterna e inmutable, en el orden de los seres. Como reacción a esta
posición teórica, el antiracismo moderno se posiciona contra la noción de esencialismo
biológico y afirma firmemente que las razas están más bien constituidas por
fuerzas sociales y culturales. Esos teóricos antirracistas modernos operan a
partir de la creencia de que el constructivismo social debe liberarnos del
corset del determinismo biológico: si nuestras diferencias están determinadas
social y culturalmente, entonces todos los seres humanos, en principio, son
iguales y pertenecen a un mismo orden ontológico, a una misma naturaleza.
De todos modos, el paso al
Imperio, a la sociedad de control, a la post-modernidad, ha implicado un
desplazamiento en la dirección dominante de la teoría racista, de tal suerte
que las diferencias biológicas, representaciones claves del odio y el miedo
raciales, han sido reemplazadas por las significaciones sociológicas y
culturales. La teoría racista imperial toma así al inverso la teoría anti-racista
moderna, y de hecho, coopta y retoma sus argumentos. La teoría racista imperial
está de acuerdo en decir que las razas no constituyen unidades biológicas
aislables y que no se podría dividir la naturaleza en razas humanas diferentes.
Igualmente reconoce que el comportamiento de los individuos y sus capacidades o
sus aptitudes no son el producto de su sangre ni de sus genes, sino que se
deben al hecho de que pertenecen a diferentes culturas históricamentedeterminadas4.
Así, las diferencias no son fijas e inmutables, sino efectos contingentes de la
historia social. La teoría racista postmoderna la teoría anti-racista moderna
dicen, de hecho, en gran parte, lo mismo, y es muy difícil diferenciarlas. De
suerte que es precisamente porque se supone que esta argumentación relativista y
culturalista es necesariamente anti-racista, que la ideología dominante en
nuestra sociedad parece, hoy en día, hostil al racismo, y que la teoría racista
post-moderna parece no ser racista en lo más mínimo.
Debemos mirar más de cerca el
modo de funcionamiento de la teoría racista imperial. Étienne Balibar califica
este nuevo racismo de racismo diferencia lista, de racismo sin raza, o más
precisamente, de racismo que no reposa sobre un concepto biológico de raza. Si se
abandona la biología como fundamento y apoyo del racismo, la cultura es la
llamada ahora a cumplir el papel que jugaba la biología. Tenemos el hábito de
pensar que la naturaleza y la biología son fijas e inmutables, pero que la
cultura es maleable y fluida: las culturas pueden cambiar en la historia y
mezclarse para suscitar híbridos al infinito. Sin embargo, hay un límite a la
flexibilidad de las culturas en la teoría racista post-moderna. Pues, en último
análisis, las diferencias entre las culturas y las tradiciones son
insuperables. Es vano y peligroso, según la teoría racista post-moderna,
permitir o imponer una mezcla de culturas: los serbios y los croatas, los Hutus
y los Tutsis, el afro-americano y los coreano-americano deben permanecer
separados. La posición cultural no es menos “esencialista “como teoría de la
diferencia social que una posición biológica, o al menos establece una base
teórica igualmente fuerte para la separación la segregación social. Se trata de
una posición teórica de un pluralismo indiscutible: todas las identidades
culturales son iguales en principio. Ese pluralismo acepta todas las
diferencias en nuestras identidades todo el tiempo en que estemos de acuerdo en
actuar fundándonos sobre diferencias de identidades y mientras las preservemos
como indicadores, tal vez contingentes, pero de hecho sólidos, de la separación
social. La sustitución teórica de la raza o la biología por la cultura se
encuentra así, paradójicamente, metamorfoseada en teoría de la preservación de
la raza. Este deslizamiento en la teoría racista nos muestra cómo la teoría imperial
y postmoderna de la sociedad de control puede adoptar lo que se concibe,
generalmente, como una posición anti-racista (es decir, una posición pluralista
contra todos los indicadores necesarios de la exclusión racial), conservando un
sólido principio de separación social.
En este estadio debemos notar,
con mucha atención, que la teoría racista imperial de la sociedad de control es
una teoría de la segregación y no de la jerarquía. Allí donde la teoría moderna
coloca una jerarquía entre las razas como condición fundamental que hace
necesaria la segregación, la teoría imperial no se pronuncia sobre la
superioridad o inferioridad, de principio, de las razas o los grupos étnicos
diferentes. Esto lo considera como contingente, como una cuestión práctica. En
otras palabras, la jerarquía de las razas no es percibida como una causa sino
como un efecto de las circunstancias sociales. Por ejemplo, los jóvenes
Afro-Americanos de tal región tienen resultados generalmente más flojos en los test
de aptitud que los jóvenes asiáticos. La teoría imperial ve ahí el resultado,
no de una inferioridad racial necesaria, sino de diferencias culturales: la cultura
de los americanos de origen asiático atribuye una mayor importancia a la educación,
estimulando a los jóvenes a estudiar en grupo, y así sucesivamente. La
jerarquía de las razas es determinada a posteriori, como efecto de sus
culturas, dicho de otra manera, a partir de sus performances. Según la teoría
imperial, la hegemonía y la sumisión de las razas no es una cuestión teórica
sino que aparece a lo largo de una libre competencia, una especie de ley del
mercado de la meritocracia cultural.
Sabemos que la práctica racista
no corresponde necesariamente con la teoría racista. A partir de lo que
acabamos de ver, es claro que la práctica racista en las sociedades de control
se encuentra privada de un sostén central: no dispone de una teoría de la
superioridad racial, percibida como fundante de las prácticas modernas de la exclusión
racial. Ahora bien, según Deleuze y Guattari, “el racismo europeo [...]nunca ha
procedido por exclusión, ni asignación de alguien designado como Otro. [...] El
racismo procede por determinación de las diferencias de desviación, en función
del rostro del Hombre blanco que pretende integrar en las ondas más excéntricas
y retardadas los trazos que no le son conformes. [...] Desde el punto de vista del
racismo, no tiene exterior, no hay gentes del afuera”5. Deleuze y Guattari nos
llevan, entonces, a concebir la práctica racista, no en términos de exclusión,
sino de inclusión diferencial. Ninguna identidad es designada como Otro, nada
es excluido del dominio, no hay afuera. Si no estamos enteramente convencidos
de que tal ha sido el caso, como lo presentan Deleuze y Guattari, ciertamente
hay aquí una excelente descripción de la condición racista de la sociedad de
control. Pues, de igual manera que la teoría racista postmoderna no puede
plantear como punto de partida las diferencias esenciales entre las razas
humanas, la práctica racista imperial no puede comenzar por una exclusión del
Otro racial. Lo propio de la dominación blanca es desarrollar el contacto con
la alteridad para enseguida someter las diferencias según los grados de
desviación con el carácter blanco. Esto no tiene nada que ver con la xenofobia,
que es el odio y el temor al bárbaro desconocido. Es un odio nacido de la
proximidad y que se desarrolla con los grados de diferencia de la vecindad.
Lo que no quiere decir que
nuestras sociedades estén exentas de exclusión racial: están seguramente
recorridas de numerosas líneas que crean un obstáculo racial, y eso a través de
todos los paisajes urbanos, e implicando el mundo entero. Sin embargo, lo
importante es que la exclusión racial aparece generalmente como un resultado de
la inclusión diferencial. Entonces sería erróneo plantear como paradigma de la
jerarquía racial las leyes del apartheid sudafricano o el código segregacionista
que existía al Sur de los Estados Unidos. La diferencia no está inscrita en el
texto de las leyes, y la imposición de la alteridad no llega hasta designar a
alguien como Otro. El Imperio no piensa la diferencia en términos absolutos, no
plantea nunca las diferencias raciales como diferencias de naturaleza, sino
siempre como diferencias de grado; nunca las plantea como necesarias sino siempre
como accidentales. La sumisión es realizada en los regímenes de las prácticas
cotidianas más móviles y más flexibles, pero que crean jerarquías raciales que
no son menos estables y brutales.
La forma y las estrategias
adoptadas por el racismo postmoderno contribuyen más generalmente a poner en
evidencia el contraste entre soberanía moderna y soberanía imperial. El racismo
colonial, el racismo de la soberanía moderna, comienza por llevar la diferencia
hasta el extremo, después recupera en un segundo tiempo al Otro como fundamento
negativo del Yo. La construcción moderna de un pueblo se encuentra directamente
implicada en esta operación. Un pueblo no se define solamente en términos de
pasado común, de deseos o de potencial comunes, sino ante todo en una relación
dialéctica con su Otro, su afuera. Un pueblo (sea o no diaspórico) se define
siempre en términos de lugar (sea virtual o real). En contraste, el orden
imperial nada tiene que ver con esta dialéctica. En la sociedad de control, el
racismo imperial o diferencial integra a los otros en su orden, pues orquesta
esa diferencia en un sistema de control. Las nociones fijas y biológicas de los
pueblos tienden así a disolverse en una multitud fluida y amorfa, a la que
atraviesan, seguramente, líneas de conflicto y de antagonismo, pero sin que
ninguna aparezca como frontera fija y eterna. La superficie de la sociedad
imperial se mueve continuamente, de tal suerte que desestabiliza cualquier
noción de lugar. El momento central del racismo moderno se produce en su
frontera, en la antítesis global entre adentro y afuera. Como lo ha dicho W. E.
B. Du Bois hace casi cien años, el problema del siglo XX es el problema de la
barrera del color. Pero el racismo imperial, pensando quizá en el siglo
próximo, reposa sobre el juego de las diferencias y la gestión de
micro-conflictualidades en una zona en expansión ininterrumpida.
Bien visto, hay mucha gente en el
mundo para quien el relativismo racial del Imperio y su movimiento primero de
inclusión universal son, en sí, amenazantes. Estar afuera ofrece una cierta
protección, una cierta autonomía. En ese sentido, podemos ver, en el ascenso de
diversos discursos de la diferencia, racial o étnica, esencial y original, una
reacción de defensa contra la inclusión imperial. Los progresos del
confucionismo en China o de los fundamentalismos religiosos en los Estados
Unidos y en el mundo árabe plantean, todos a su manera, la identidad del grupo
como fundado sobre orígenes antiguos y, en última instancia, inconmensurable
con el mundo exterior. Así, hemos adoptado el hábito de comprender los
conflictos étnicos en Ruanda, en
los Balcanes y aún en el Medio
Oriente como re-emergencias de alteridades antiguas, irreprimibles e
irreconciliables. Pero desde nuestro punto de vista, esas diferencias y esos
conflictos no podrían comprenderse en el contexto de orígenes perdidos en la
noche de los tiempos; al contrario, es necesario volver a colocarlos en la
configuración imperial actual. El Imperio acepta siempre las diferencias
raciales y étnicas que encuentra, y sabe utilizarlas; permanece a la sombra,
observa esos conflictos e interviene cuando es necesario un ajuste. Cualquier
tentativa de seguir siendo otro en el cara-a-cara del Imperio es vana. El
Imperio se nutre de la alteridad, relativizándola y gestionándola.
De la Generación y de la Corrupción de la Subjetividad
El fin del afuera, o la falta
gradual de distinción entre el adentro y al afuera en el paso de la sociedad
disciplinaria a la sociedad de control, tiene implicaciones importantes para la
forma de la producción social de la subjetividad. Es una de las tesis centrales
y más comunes en los análisis institucionales de Deleuze y Guattari, Foucault,
Althusser y otros: la subjetividad no está dada de entrada y originalmente, se
forma, en cierto grado al menos, en el campo de las fuerzas sociales. Las
subjetividades que interactúan sobre el plano social son ellas mismas
sustancialmente creadas por la sociedad. En ese sentido, esos análisis
institucionales han vaciado de su contenido cualquier noción de subjetividad
pre-social, para firmemente arraigarla producción de la subjetividad en el funcionamiento
de las instituciones sociales mayores, tales como la prisión, la familia, la
fabrica y la escuela. Debemos subrayar dos aspectos de ese proceso de
producción. Primero, no consideramos la subjetividad como algo fijo y dado. Es
un proceso de engendramiento constante. Cuando el patrón saluda en el taller, o
el director en el colegio llama a izar la bandera, se forma una subjetividad.
Las prácticas materiales dispuestas por el sujeto en el contexto de la
institución (sea que se trate de arrodillar separa orar o de cambiar los
pañales para algunos) forman procesos de producción de su propia subjetividad.
El sujeto es activo, engendrado de manera reflexiva por las vías de sus propios
actos. Enseguida, las instituciones proporcionan sobre todo un lugar discreto
(el hogar, la capilla, el salón de clase, el taller) donde se monta la
producción de la subjetividad. Las diversas instituciones de la sociedad moderna
deberían considerarse como un archipiélago de fábricas de subjetividad. En el
transcurso de una vida, un individuo entra en esas diversas instituciones (de
la escuela al cuartel y a la fabrica) y en la serie lineal formada por ellas.
Cada institución tiene sus reglas y sus lógicas de subjetivación: “La escuela
nos dice: ya no estás en la familia, y la armada dice: ya no estás en la
escuela”6. De otro lado, en el interior de los muros de cada institución, el
individuo está, al menos parcialmente, al abrigo contra las fuerzas de otras
instituciones: en el convento, estamos en un lugar seguro contra el aparato de
la familia; en casa, fuera del alcance de la disciplina fabril. La relación entre
adentro y afuera es central para el funcionamiento de las instituciones
modernas. De hecho, el lugar claramente delimitado de las instituciones se
refleja en la forma regular y fija de las subjetividades producidas.
En el paso a la sociedad de
control, el primer aspecto de la condición disciplinaria moderna ciertamente es
todavía válido, es decir, que las subjetividades continúan siendo producidas en
la fábrica social. De hecho, las instituciones sociales producen la
subjetividad de una manera más intensa que nunca. Nosotros podríamos decir que la
postmodernidad es lo que se obtiene cuando la teoría moderna del
constructivismo social es llevada al extremo y toda subjetividad es reconocida
como artificial. El paso no es de oposición sino de intensificación. Como lo
dijimos antes, la crisis contemporánea de las instituciones significa que los
espacios cerrados que definían el espacio limitado de las instituciones han
dejado de existir, de tal manera que la lógica que funcionaba hasta hace muy poco
en el recinto de los muros institucionales se extiende hoy en día sobre todo el
terreno social. Debemos señalar, sin embargo, que esta omni-crisis de las
instituciones tiene un aspecto muy diferente según el caso. Por ejemplo, en los
Estado Unidos la proporción de la población implicada en una familia de tipo
nuclear decrece constantemente, mientras la proporción de la población
encerrada en prisiones crece regularmente. Pero podemos decir que esas dos
instituciones, familia nuclear y prisión, están igualmente y por todas partes
en crisis en el sentido en que el lugar de su efectividad es cada vez más
indefinido.
Los muros de las instituciones se
derrumban, de tal suerte que afuera ya dentro devienen imposibles de
distinguir. No hay que creer que la crisis de la familia nuclear haya llevado
al declinar de las fuerzas patriarcales; al contrario, los discursos y las
prácticas que invocan los “valores de la familia” parecen investir todo el
campo social. La crisis de la prisión significa que las lógicas y las técnicas
carcelarias están cada vez más extendidas a otros dominios de la sociedad. La
producción de la subjetividad en la sociedad imperial del control tiende a no
limitarse a lugares específicos. Uno está siempre y todavía en familia, siempre
y todavía en la escuela, siempre y todavía en prisión, y así sucesivamente. En
el colapso generalizado, el funcionamiento de las instituciones es a la vez más
intensivo y más extenso. Como el capitalismo, entre más desarregla, mejor
funciona.
Comenzamos a saber, en efecto,
que la máquina capitalista sólo funciona estropeándose... Sus lógicas recorren
las superficies ondulantes en olas de intensidad. La no-definición del lugar de
la producción corresponde a la indeterminación de la forma de las
subjetividades producidas. Las instituciones sociales de control en el Imperio
podrían, entonces, percibirse en un proceso fluido de engendramiento y de
corrupción de la subjetividad. El control es así una intensificación y una
generalización de la disciplina, donde las fronteras de las instituciones han
sido violadas, vueltas permeables, de tal suerte que ya no se distingue el
afuera del adentro. Se debería reconocer que los aparatos ideológicos del Estado
operan así en la sociedad de control, y quizás con más intensidad y
flexibilidad de lo que jamás lo imaginó Althusser.
Ese paso no es exclusivo de los
países económicamente más avanzados y más poderosos, sino que tiende, en
diferentes grados, a generalizarse en el mundo entero. La apología de la administración
colonial apunta hacia la creación de instituciones sociales y políticas en las
colonias. Las formas no coloniales de dominación contemporánea implican
igualmente la exportación de instituciones.
El proyecto de modernización
política en los países subdesarrollados o dependientes tiene como finalidad
establecer un conjunto estable de instituciones que sea capaz de formar la
espina dorsal de una nueva sociedad civil. ¿Es necesario recordar que los
regímenes disciplinarios necesarios para poner a punto el sistema mayorista
mundial de producción han demandado que se constituya toda una gama de
instituciones sociales y políticas? No es difícil dar ejemplos de esta
exportación de instituciones (que simplemente indica un proceso más general y
más difuso) donde las instituciones-madre, en los Estados Unidos o en Europa,
adoptan y protegen instituciones aún balbucientes: los sindicatos oficiales
como la AFL animan y forman sucursales extranjeras, los economistas del mundo desarrollado
contribuyen a crear instituciones financieras y enseñan la responsabilidad
fiscal, y también los parlamentos europeos y el Congreso de los Estados Unidos
enseñan las formas y procedimientos de gobierno. Brevemente, mientras que en el
proceso de modernización los países más poderosos exportan formas
institucionales hacia los países dependientes, en el proceso actual de postmodernización
lo exportado es la crisis general de las instituciones. La estructura
institucional del Imperio es como un programa de computador que llevaría en sí
mismo un virus, de tal suerte que modulara y corrompiera continuamente las formas
institucionales que lo rodean. Es necesario que olvidemos cualquier idea de una
secuencia lineal de las formas por las cuales debería pasar cada sociedad
–desde el así llamado “estadio primitivo” hasta la “civilización”–, como si las
sociedades contemporáneas de América Latina o de África pudieran tomar la forma
que tenía la sociedad europea hace cien años. Cada formación social
contemporánea está ligada a todas las otras, como haciendo parte del proyecto
imperial.
Quienes hoy en día reclaman a
grandes gritos una nueva constitución de la sociedad civil como medio para
salir de los estados socialistas o de los regímenes de dictadura, coincidiendo
en el sueño de una modernización política que no era tan rosa cuando ella tenía
todavía una cierta efectividad, son simplemente nostálgicos de un estadio
anterior de la sociedad capitalista. Pero poco importa: la pos modernización
imperial hace de todo esto, irrevocablemente, una cosa del pasado.
Tendencialmente, la sociedad de control está por todas partes al orden del día.
Conclusiones
Quisiera proponer tres hipótesis
con respecto a las sociedades de control, tres hipótesis embrionarias, que
puedan ser materia rediscusión.
Primera hipótesis: La sociedad de
control (imperial y postmoderna) se caracteriza por la corrupción. La sociedad moderna,
lo sabemos, estaba caracterizada por la crisis, es decir, por una contradicción
bipolar y una división maniquea. Piensen, si ustedes quieren, en la guerra fría
o en el modelo moderno del racismo. La sociedad de control, al contrario, no
está organizada alrededor de un conflicto central sino en una red flexible de
micro-conflictualidades. Las contradicciones en la sociedad imperial son múltiples,
proliferantes. Los espacios de esta sociedad son impuros, híbridos. El concepto
que la caracteriza es, entonces, ya no la crisis sino la omnicrisis; o bien,
como prefiero llamarlo, la corrupción.
No daremos a este concepto de
corrupción una significación moral o apocalíptica. Hay que concebirlo, a la
manera de Aristóteles, como el proceso inverso de la generación, como un
devenir de los cuerpos, un momento en el vaivén de la formación y de la
deformación de las subjetividades. Entonces hay que pensarlo según su
etimología latina: corrumpere, estropear. Si la máquina capitalista sólo funciona
estropeándose, como lo dicen Deleuze y Guattari, la sociedad de control también
se estropea, y no funciona más que estropeándose. He aquí su corrupción.
Segunda hipótesis: La sociedad de
control representa una etapa ulterior hacia una sociedad propiamente
capitalista; en ese sentido propone una forma de soberanía (o una forma de
gobierno) que tiende hacia el campo de inmanencia. Ahora bien, me parece que en
la época moderna siempre había conflicto entre la trascendencia de la soberanía
y la inmanencia del capitalismo. El concepto de soberanía de la soberanía
moderna implicaba siempre una trascendencia, es decir, una superioridad y una
distancia entre el poder (del Estado, por ejemplo) y las potencias de la
sociedad. Aún la noción de institución en la sociedad disciplinaria, con su
territorialización y su estriaje del espacio social, indicaba una cierta
distancia, una cierta trascendencia con relación a las fuerzas sociales
inmanentes. El capitalismo, en cuanto a sí mismo, no es una forma trascendente.
Según Deleuze y Guattari, “el capitalismo define un campo de inmanencia, y llena
permanentemente ese campo. Pero ese campo desterritorializado se encuentra
determinado por una axiomática [...]”7. El desmoronamiento de los muros de las
instituciones, que caracteriza el paso hacia la sociedad de control, constituye
un paso hacia el campo de inmanencia, hacia una nueva axiomática social, que
quizá es más adecuada a una soberanía propiamente capitalista. Una vez más,
como el capitalismo mismo, la sociedad de control sólo funciona estropeándose.
Con la sociedad de control llegamos finalmente a una forma de sociedad
propiamente capitalista que la terminología marxiana llama la sociedad de la
subsunción real.
Tercera y última hipótesis: No
podemos pensar la sociedad de control sin pensar el mercado mundial. El mercado
mundial, según Marx, es el punto de partida y el punto de llegada del
capitalismo. Con la sociedad de control tocamos finalmente este punto, el punto
de llegada del capitalismo. Como el mercado mundial, ella es una forma que no
tiene afuera, sin fronteras, o mejor aún, con límites fluidos y móviles. Para
volver al título de mi exposición, la sociedad de controles ya, e
inmediatamente, una sociedad mundial de control.
Traducción: Ernesto Hernández
1 Cf., Deleuze, Gilles. Poruparlers (1972-1990). París: Les
Éditions de Minuit 1990 (“Post-Scruptum sobre las Sociedades de Control”. En:
Conversaciones. Valencia: Pre-Textos, 1995, pp. 277-286).
2 Íbid., p. 242 (en la edición francesa).
3 Jameson, F.
Posmodernism. Or the cultural logic of late capitalism. Duke University Press,
1991, p. IX.
4 Cf., E.
Balibar – I. Wallerstein. Race, nation, classe. París: Éditions dela Découverte, 1988.
5 G. Deleuze – F. Guattari. Mille plateux. Les Éditions de
Minuit, 1980, p. 218.
6 Ibíd., p. 254.
7 G. Deleuze – F. Guattari. El Anti-Edipo. París: Les
Éditions de Minuit.1973, p. 298.
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miércoles, 29 de mayo de 2013
"LA CONTRADEMOCRACIA" . Entrevista Pierre Rosanvallon.
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ESTADIO ACTUAL,
FILOSOFÍA POLÍTICA,
SOCIOLOGIA,
TEORÍA
Titular
de la cátedra de historia de política moderna y contemporánea en el Collège de
France, ese hombre sereno y afable de 59 años construye desde hace más de dos
décadas una obra principalmente consagrada a la profundización de la experiencia
democrática.
Rosanvallon
egresó de una facultad de comercio en los años 60 y poco después se cruzó con
Michel Foucault, quien despertó su interés por la historia. Mayo del 68 y su
militancia universitaria lo orientaron rápidamente hacia esa nueva izquierda,
moderna y liberal, que hizo su aparición en los años 70. Rosanvallon es
considerado uno de los creadores de esa nueva corriente, denominada en Francia
"la segunda izquierda", cuyo gran exponente político fue el ex primer ministro
socialista Michel Rocard.
Fue
precisamente para promover esas ideas que en 1982 creó, con el historiador
François Furet, la Fundación Saint-Simon. La institución se transformó
rápidamente en un exclusivo círculo de intelectuales antitotalitarios y
empresarios sociales, en un nexo entre la nueva izquierda y la centroderecha, y
en una máquina de crear consenso político.
Quince
años después, más atraído por la investigación que por las veladas mundanas,
Rosanvallon cerró la fundación y creó La República de las Ideas. Los trabajos de
ese "taller intelectual" -como él mismo lo define- son publicados en una
colección especial que ha tenido un éxito inesperado.
En
Contrademocracia - que fue publicado en Francia este año poco antes de
las elecciones presidencia y aquí se presentará a fines de octubre, con la
presencia del autor a quien la UBA le dará un doctorado Honoris Causa-,
Rosanvallon continúa asumiendo su papel de escrutador de la democracia moderna,
desmenuzando sus cambios y sus evoluciones. "Hubo una época en que la vigilancia
de los ciudadanos era constructiva, colectiva y política, es decir, preocupada
por el bien común. Hoy, esa vigilancia se ha vuelto destructiva, categorial y
cada vez más desconectada de lo político", explicó a LA NACION en una entrevista
exclusiva en sus oficinas del Collège de France. Sin embargo, para ese
entomólogo de los procesos sociales, no todo está perdido.
-¿Cuáles
son las razones de la pérdida de confianza de los ciudadanos en sus dirigentes y
en los actuales sistemas democráticos?
-Para
comenzar, hay una razón que podríamos considerar estructural. Por un lado, el
hombre contemporáneo parece haber perdido confianza en la idea de progreso; por
el otro, la aparición de lo que podríamos llamar una "sociedad del riesgo"
parece haber contribuido a fomentar la desconfianza de los ciudadanos. Pero
también existe una dimensión auténticamente política que explica la pérdida de
confianza. Me refiero a que, en la actualidad, es mucho más fácil para un
ciudadano controlar el poder, forzarlo, hasta bloquearlo, que tratar de
reformarlo para que sirva mejor al interés general. En realidad, la inversión
que implica el voto ha pasado a ser percibida como "menos rentable". Pero
atención, es necesario evitar todo juicio de valor sobre esta evolución. Este
cambio responde, en realidad, a la aparición de nuevas formas de actividad
democrática que no se pueden comprender si uno se limita a repetir los lamentos
de moda sobre el tema del ciudadano pasivo y descreído.
-¿Por
qué? ¿No es terrible ese desapego?
-En
verdad, la desconfianza no quiere decir repliegue o desinterés por la política.
Es una paradoja sólo aparente, que es necesario analizar para poder comprender
lo que yo llamo "contrademocracia".
-¿Y
qué es esa contrademocracia?
-Hay
dos escenarios fundamentales de la actividad democrática. El primero es la vida
electoral, la confrontación de programas. En otras palabras, la vida política en
el sentido más tradicional del término: su objetivo es organizar la confianza
entre gobernantes y gobernados. Pero también existe otro escenario, constituido
por el conjunto de las intervenciones ciudadanas frente a los poderes. Esas
diferentes formas de desconfianza se manifiestan fuera de los períodos
electorales y representan lo que yo llamo "contrademocracia". No porque esas
formas de expresión se opongan a la democracia, sino porque se trata de un
ejercicio democrático no institucionalizado, reactivo, una expresión directa de
las expectativas y decepciones de una sociedad. Junto al pueblo elector, también
existe -y cada vez más- un pueblo que vigila, un pueblo que veta y un pueblo que
controla.
-En
su libro, " Contrademocracia ", usted afirma que hay formas
muy variadas de ejercicio democrático no institucionalizado. ¿Cuáles, por
ejemplo?
-El
ciudadano contemporáneo se conforma cada vez menos con otorgar periódicamente su
confianza en el momento de votar. Ahora pone a prueba a sus gobernantes. Esta
actitud se ha transformado en una característica esencial de la vida democrática
actual. Para ello, ejerce antes que nada una acción de vigilancia. El hombre
moderno sabe que el espacio común se construye día a día y que debe estar atento
al riesgo de corrupción del proceso democrático. La segunda función de la
desconfianza es la actitud crítica: el ciudadano analiza la distancia que separa
la acción de las instituciones del ideal republicano. Esa crítica impide que la
sociedad se duerma sobre una idea de la democracia sólo concebida como "el menor
de los males". El ideal de la ciudadanía debe ser, en efecto, organizar el bien
común. Por fin, la tercera dimensión de la ciudadanía contrademocrática es la
apreciación argumentada: la vida de la democracia no es la charla en el café de
la esquina, es hallar una forma argumentada de discutir y de juzgar a los
poderes.
-Explicado
de esa manera, es verdad que la desconfianza alimenta la vida democrática.
-Al
contrario de lo que se piensa comúnmente, la desconfianza no es en sí misma un
veneno mortal. El gran liberal Benjamin Constant [político franco-suizo,
1767-1830] decía que "toda buena Constitución debe ser un acto de desconfianza".
La desconfianza también participa de la virtud republicana de la vigilancia. El
buen ciudadano no es únicamente un elector periódico. También es aquél que
vigila en forma permanente, el que interpela a los poderes públicos, los critica
y los analiza. Alain [filósofo francés, 1868-1951] repetía que, para estar viva,
la democracia debía asumir la forma de poderes activos de control y
resistencia.
-¿Qué
formas específicas adquiere la práctica contrademocrática?
-Manifestaciones,
firmas de peticiones, expresiones colectivas de solidaridad, ONG, grupos de
presión En Francia, una manifestación típica de contrademocracia fue el
movimiento popular de protesta contra el Contrato de Primer Empleo (CPE), que el
ex premier Dominique de Villepin tuvo que retirar.
-Usted
habla de legitimidad de esos nuevos movimientos sociales. Pero, ¿en qué reside
la legitimidad de movimientos que no siempre son transparentes y, a veces, hasta
son manipulados?
-Los
nuevos movimientos sociales no buscan tener adherentes (aunque tengan algunos).
Son instituciones que lanzan alertas, que plantean cuestiones importantes, que
construyen la atención pública como una cualidad democrática. Lo único que puede
controlar a esos movimientos es el pluralismo. Es decir, si uno de ellos
quisiera apropiarse de una cuestión precisa -por ejemplo de la exclusión
social-, otros aparecerían para disputarle el monopolio de la representación o
de su defensa.
-Pero,
según usted, la frontera es frágil entre una buena contrademocracia y el peor de
los peligros, el populismo.
-Esa
línea divisoria en muy frágil, en efecto. Entre la contrademocracia de la
vigilancia y su caricatura, que se inclina hacia el nihilismo, no hay mucha
distancia. Es fácil pasar de una a la otra. Y ése es el problema.
-¿Cuáles
son las características de ese populismo?
-Lo
propio del populismo reside en el hecho de que radicaliza la democracia de
vigilancia y de obstaculización, hasta el punto de llegar a lo impolítico. En
ese proceso, la preocupación activa y positiva de vigilar la acción de los
poderes y de someterlos a la crítica se transforma en una estigmatización
compulsiva y permanente de los gobernantes, hasta convertirlos en una suerte de
potencia enemiga, radicalmente exterior a la sociedad. Esos impugnadores
contemporáneos no designan ningún horizonte; su actitud no los lleva a una
acción crítica creativa. Esa gente expresa simplemente, en forma desordenada y
furiosa, el hecho de que han dejado de encontrarle sentido a las cosas y son
incapaces de hallar su lugar en el mundo. Por otro lado, creen que sólo pueden
existir condenando a las elites a los infiernos, sin siquiera intentar tomar el
poder para ejercerlo.
-¿Cuál
es la función de los intelectuales en la contrademocracia?
-Ser
ciudadano no es sólo expresar sus preferencias, es saber comprender lo mejor
posible el mundo, para ser capaz de actuar y de pesar sobre el curso de los
acontecimientos. El intelectual produce un suplemento de comprensión y, de este
modo, ayuda a producir un suplemento de acción: mientras más inteligencia
colectiva hay, mayor es la presencia ciudadana.
-¿Qué
papel pueden jugar los medios en ese esfuerzo de inteligibilidad?
-Más
que responsables, los medios de comunicación son un reflejo de esta "democracia
impolítica". Pero "los medios" no quiere decir nada. La generalización impide
distinguir la función de construcción y deliberación que existe en ciertos
diarios y radios y las funciones de adormecimiento democrático practicadas por
otros. En Francia, difícilmente se puede poner en el mismo cesto a una revista
"del corazón" como Closer y a las emisiones de la radio France-Culture.
En su país seguramente sucede lo mismo.
-¿Y
dónde se sitúa Internet?
-Internet
es más que un medio. Es la manifestación más adecuada de lo que verdaderamente
es la opinión: una expresión caótica y diseminada que funciona por imitación y
propagación, y no la expresión coordinada, unificada del sentimiento colectivo.
Internet nos recuerda que la opinión es un proceso imperioso, ingobernable y
hasta indefinible, cuando -quizás demasiado rápido- habíamos creído que nos
hallábamos en la era de los grandes medios televisivos cuya función era
transmitir una forma de expresión coherente y unificada. Esta diseminación
plantea un problema fundamental, pues la democracia no es la expresión
multiplicada de opiniones individuales ni la circulación de esas opiniones: es
la construcción de un mundo común. Pero, para construir un foro cívico, la
circulación no basta, es necesaria la cristalización. Y eso es precisamente lo
que falta en la actualidad. Faltan esos sitios de síntesis y esos momentos de
cristalización.
-¿Cómo
se hace entonces para provocar un debate creativo, para "cristalizar", organizar
la contrademocracia en torno a un bien común?
-El
ciudadano debe comprender que, más allá de las formas individuales de
desconfianza que todos conocemos, es posible lograr formas de confrontación y de
construcción coherentes. Los diarios tienen su papel en ese esfuerzo: el de
lograr que los procesos sean inteligibles. Y, sobre todo, es urgente que los
políticos respondan a esa expectativa, en vez de focalizarse en la construcción
de sus imágenes o, incluso, de sus programas.
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lunes, 24 de septiembre de 2012
"A PROPOSITO DE LA LEY N° 18019/68 DE CENSURA A LA PRODUCCIÓN CINEMATOGRÁFICA" Entrevista a GUILLERMO BORDA por Ernesto Sabato.
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DERECHO,
MEMORIA,
POLITICA,
SOCIOLOGIA
REVISTA EXTRA - AÑO V - Nº 43 - FEBRERO 1969
CENSUREMOS LA CENSURA
EXTRA eligió a Ernesto Sabato para que representara a la
revista en una de las inquietudes de esta hora: LA CENSURA. Romántico incurable,
best-seller, traducido en el mundo (en el bueno y en el malo(sic)), tenía que
llevar como portaestandarte un temor nacional nacido en la hora desvelada del
proyecto-control-cine, desde la más adusta moral. No fuera ser que con la
preocupación por la pornografía, clausuraran el pensamiento. Inauguramos así
una modalidad: ir en busca del Poder, del Mito, del Personaje, con los
"monstruos sagrados" que detentan la ideología. Seriamente. Como debe
ser... La hora que vivimos marca el crepúsculo de "los tocadores de
oído".
Es un fantasma así de grande. Se agita y se mete en los
corrillos de los cineastas y también de los que piensan -casi resignadamente-
que el cine también es un arte. De todos modos el decreto de censura ya se ha
puesto en marcha dentro del espíritu de los realizadores, de los productores,
de los técnicos que hacen nuestro cine. Y su efecto, no hay ninguna duda, es la
parálisis. Porque quién puede comenzar a definir visualmente lo que es
indefinible: estilo de vida, moral media, influencia social, respeto a las
instituciones. Ernesto Sabato dialogó así con la imagen responsable del
decreto, el ministro Guillermo Borda, como intérprete de esa inquietud que
crece en oscuridad y miedo.
El ministro Borda fue al encuentro y le estrechó la mano. Ernesto
Sabato, tímido, envuelto en las potentes luces del despacho ministerial,
arrellanó su físico en el sillón de cuero. Borda le habló de la admiración que
sentía hacia él: "Usted es el primer novelista del país y no sólo leí
todos sus libros, densos, informados, cálidos de pasión humana, sino que viven
en mí con mucha presencia..." Ernesto recibió el impacto. Su exterior
pareció ausente. Estaba conmovido. Para romper ese clima, fuimos directamente a
producir el encuentro único. Y el diálogo asumió este tono:
Ernesto Sabato: Hay mucha gente en este momento muy
preocupada por la reciente ley del cine, en el medio intelectual y artístico
del país. Y me voy a permitir hacerme portavoz de las principales inquietudes.
Quiero comenzar diciendo que de hecho todos practicamos algún género de
censura, desde la que ejercemos en la casa sobre nuestros hijos cuando son
chicos respecto a lo que leen, a los amigos que tienen, etc. De modo que no me
parece lícito afirmar que estamos contra cualquier género de censura. Lo que se
trata de ver es qué tipo de censura puede y debe aplicarse en la sociedad. Y
quién. Quiero decir que el cine es una forma de narración, aunque sea más
espectacular. De modo que si se dicta una ley para el cine lo lógico sería
dictar otra para la literatura. Pero leyendo el texto de esta ley se advierte
que de aplicarse en forma sistemática y rígida será imposible la publicación de
las obras más importantes de la literatura universal. Los grandes libros, o la
mayor parte de ellos, han sido temas peligrosos, muy arduos, hasta muy negros:
el incesto, el adulterio, el parricidio. No voy a recordar el caso célebre de
"Madame Bovary", que fue precisamente tema de tribunales y que la
historia juzgó de modo opuesto a aquellas acusaciones. Pero diré que de aplicarse
rigurosa y coherentemente una ley semejante a ésta del cine no podría
permitirse la mayor parte de las obras de Shakespeare (salvo alguna de sus
obras divertidas), la obra de Dostoievsky, todos los trágicos griegos, las
obras de Faulkner y de Proust. "Jude el Oscuro" de Thomas Hardy, y,
lo que resulta más curioso buena parte de La Biblia. Tampoco se podría publicar
la obra de los más grandes novelistas católicos de nuestro tiempo: ni Graham
Grene, ni Mauriac, dos escritores que admiro en sus mejores creaciones. Aparte
de esto, que ya de por sí sería terrible, queda todavía algo importante que es
la censura "a priori". Los grandes directores como usted sabe,
Ministro, parten de un libro o guión muy precario y lo van desarrollando a
medida que filman, de acuerdo con su inspiración, con las posibilidades de los
actores que tiene a su disposición, según las nuevas sugerencias que el mismo
desarrollo provoca. Ese es el sistema de un Fellini, por ejemplo. De aplicarse
ese criterio impediríamos en nuestro país la aparición de creadores de ese
rango. Por otra parte, en una obra de arte lo que importa no es el esquema, el
"argumento" entre comillas, que puede ser una tontería o una
trivialidad. Recuerde que Shakespeare realizó algunas de sus obras más grandes sobre
la base de cuentitos de escritores de tercer o cuarto orden del renacimiento.
Así que si juzgamos o impedimos una película sobre la base del esquema, ¿no
estaremos impidiendo la realización de alguna obra excepcional? El estado tiene
otros recursos para impedir que un film llegue a un público que no sea el más
adecuado. El sistema anterior, de la calificación por edades es bastante bueno,
aparte de ser necesario, pues es evidente que un chico no puede ni debe ver
ciertos films que sólo personas espiritualmente desarrolladas pueden ver sin
peligro. Que yo sepa esta ley no existe en ningún país importante. En EE.UU.,
por ejemplo, el sistema es muy diferente, es el sistema de calificación
parecido al que teníamos. Y además la Justicia está para que en última
instancia determine si ha habido delito. Una ley como ésta destruiría la
industria cinematográfica. Y no sólo la industria como organización técnica y
comercial, que no sería lo peor, sino la capacidad creadora de los artistas.
Sin ánimo de querer hacer una paradoja, pienso que una censura como ésta que
ahora se ha establecido sólo puede encontrase en Rusia y en la China de Mao. Y
no debe asombrar. Siempre los estados fuertes (desde la utópica República de
Platón para adelante) han considerado como sospechoso y pernicioso al artista.
El artista es siempre un poco un fuera de la ley. Si usted ha leído el librito
de aforismos de Mao habrá observado que lo que dice sobre el arte es terrible y
demoledor, pues sólo queda el arte de propaganda. Lo mismo sucedía en la Rusia
de Stalin. Prácticamente no se podía escribir ni pintar. Con motivo del
terrible y trágico acontecimiento en Checolosvaquia observé que uno de los
argumentos esgrimidos por la prensa soviética fue la corrupción que había
ganado el cine checo, uno de los cines más importantes de nuestro tiempo. Le
repito, Ministro, que no estoy hipócritamente contra cualquier tipo de censura,
sino contra una censura que pone en peligro la libertad del auténtico creador.
No hay una libertad absoluta del hombre, puesto que el hombre es un ser
comunitario. Vivir es con-vivir. Y todos estamos obligados a coexistir de
acuerdo con ciertas normas de respeto mutuo de consideración hacia la persona
de cada uno.
Guillermo Borda: Yo coincido con todas su preocupaciones. Quiero
marcarle, sin embargo, que existe una diferencia muy notable entre los
distintos medios de expresión artística. La literatura propiamente dicha, el
cine, el teatro, la televisión. Hay algunos que por su vivacidad y su forma
tiene mayor influencias que otros sobre el espectador. Así el cine y la
televisión no influyen como la literatura. Por otra parte hay expresiones
artísticas masivas que, por serlo, tiene una influencia social enorme, como no
la tiene el teatro, por ejemplo; y yo creo que los censores en el teatro deben
ser mucho más amplios que los que censuran una obra cinematográfica. Por otra
parte hay que diferenciar entre lo que es una obra de arte y lo que es
pornografía y vulgaridad hechas con sentido comercial. La obra artística exige
al artista realismo y audacia y eso es lo que hay que resguardar porque, si no,
se corre el riesgo de perder la expresión artística en un país determinado, lo
que sería grave. Pero, repito, una cosa es el arte y otra el comercio con la
pornografía; creo que esto último es lo que hay que atacar. Particularmente
cuando esa pornografía no tiene influencia solamente en el adolescente sino en
todo hombre, sea adulto o no. Porque el problema no hay que verlo solamente en
la relación espectador-obra cinematográfica. Si usted lo ve así indudablemente
tiene que estar contra la censura. Porque, ¿quién le puede negar a un hombre
libre el derecho de ver lo que se le ocurre ver? Pero el problema no se plantea
en esos términos: se plantea en términos sociales, en términos de la influencia
de esa expresión -llamémosle artística aunque muchas veces estén lejos de
serlo- sobre la sociedad, sobre las masas. Yo creo que la moral media -o, por
lo menos ciertas expresiones de ella- ha descendido en el mundo entero y
también en nuestro país, aunque no en la medida que en otros países. Y creo que
lo que pueda proteger nuestro estilo de vida, nuestra concepción tradicional de
la moral, es importante para el futuro de los argentinos. Este es el sentido
que tiene este instrumento un poco más ágil, más apto que el anterior para
realizar un efectivo contralor de los espectáculos cinematográficos. He visto
en privado una película sueca, "Suecia paraíso o infierno", que da
una visión de Suecia que no sé si será exagerada o no, pero que produce una
sensación de repulsión en el espectador a tal punto que me parece que es
positiva la reacción que provoca en el hombre normal lo que allí se muestra. No
obstante es tan descarnado, tan horroroso, que realmente no sé si será positivo
permitir que eso se exhiba.
Sabato: Usted se refería a la pornografía, pero hay otras
cosas en la ley que tienen que ver con problemas ideológicos, con instituciones
del Estado. Recuerdo en este momento films norteamericanos como "Cómo
aprendí a no preocuparme y amar la bomba", donde se satirizan ciertas
organizaciones burocráticas del ejército norteamericano que, eventualmente,
pueden hacer correr el riesgo de desencadenar una guerra atómica. Cosas como
ésas podrían ser consideradas como ataques a las Fuerzas Armadas. Una película como
"Reflejos en tus ojos dorados", donde hay un oficial que es
homosexual, y no se tratan de obras menores. Los norteamericanos han tenido
siempre una gran honradez en atacar sus propios males. Yo veo también en
televisión la serie "Los corruptores", donde se dicen cosas terribles
de instituciones norteamericanas, hasta de la propia justicia. Esos son hechos
muy sanos, son obras que no están hechas con motivos ni con intenciones
subalternas. Por el contrario, son obras moralizadoras. ¿Dónde está el límite? Fíjese
que el simple examen de los libretos de esas obras podría hacer pensar que van
a destruir o poner en tela de juicio instituciones básicas de la nación. Una
ley como esa es peligrosísima desde ese punto de vista.
Borda: A eso sólo puedo responderle con la afirmación de que
todo, todo este sistema depende de la forma en que sea aplicado. Si hay
prudencia en los hombres que tengan la responsabilidad de ejercer el contralor
cinematográfico, no va a haber ningún problema. Yo quiero darle la seguridad de
que no se va a actuar con criterio riguroso, por lo contrario, lo que se quiere
es asegurar un mínimo de respeto por las instituciones esenciales o por la
moral media. Creo que usted ha tocado un punto importante y me parece que la
única manera de desvirtuar esos temores será aplicando la ley.
Sabato: Usted ha dicho algo cierto: el cine tiene una
potencia, una vivacidad para las grandes masas que no tiene la literatura. Y la
televisión todavía más porque se da cotidianamente en todas las casas y no hay
control de la edad posible. Por eso pienso que la solución óptima para la TV es
de Francia y Estados Unidos, con una televisión estatal que impida ciertos
extremos de la televisión privada, movida exclusivamente o casi por razones de
dinero. Pero, dicho esto, debo agregar que el cine tiene una potencia masiva
mayor que la literatura pero en cambio tiene la ventaja de poder ser calificado
por edades, cosa que no sucede con los libros. Vaya usted a cualquier kiosco,
aquí no, y podrá ver cantidades industriales de novelas tremendas, del tipo de
Mike Spillane, ese sadismo sexual que puede destruir el espíritu de cualquier
chiquilín y que no tiene ningún obstáculo para su obtención. No se trata de
ninguna literatura trascendente, de grandes autores, sino simple bazofia. Que
sin embargo se difunde por motivos crudamente comerciales. Ya ve que eso es más
peligroso que el cine. Es una verdadera dinamita de la peor especie contra el
espíritu.
Borda: Vamos a ir. Vamos a hacer ese tipo de vigilancia. Yo
coincido con usted. Ahí tengo una colección de revistas realmente terribles.
Tengo unas revistas italianas de una pornografía inaudita. Creo, como usted,
que son peligrosas. Pero fíjese que hay una diferencia muy importante: cuando
una persona compra una revista de éste tipo, la lee él, la lleva a su
escritorio, la deja en el cajón y después la tira. Pero no está en el hogar,
como está la televisión a todas horas o como el cine que es la expansión normal
de todas las clases sociales. Pero no creo que lleven el mismo peligro. Aunque
creo, sí, que hay que combatirlas, y estamos en eso.
Sabato: Temo que si esta ley se aplica mal va a aniquilar del
todo al cine argentino que, por otra parte, ya está en una situación crítica.
¿Qué pasa si un director -sobre todo desconocido- lleva un guión en el que se
pueda interpretar que atenta contra las instituciones del Estado y se lo
rechazan? ¿Cómo se sabe que ese hombre no va a hacer un día una gran película
con ese guión? Se puede terminar con los pocos restos de cine de hoy, se va a
matar la creación cinematográfica si se aplica la ley en forma rigurosa.
Borda: Le repito que la única respuesta a esa inquietud es el
funcionamiento de la ley. El mismo va a demostrar el espíritu con que la ley ha
sido hecha. No hay ningún propósito de limitar la creación artística en el
campo del cine, pues me parece que sería realmente criminal hacerlo.
Sabato: Bueno, espero que sea así. ¿Y los nombres de quiénes
van a integrar las comisiones, que ese es el problema en última instancia, por
la mentalidad y la interpretación de la ley?
Borda: No se los puedo decir porque no se los he sometido al
presidente, aunque los tengo elegidos.
Sabato: ¿Pero la tendencia en la elección, no será la de
"cazadores de brujas"?
Borda: NO, POR SUPUESTO
Bernardo Neustadt: Y bien, Sabato, ¿qué impresión ha extraído
de este encuentro?
Sabato: En primer término, debo decirle que me ha
impresionado magníficamente que el Ministro del Interior haya aceptado esa
iniciativa suya de mantener un diálogo con un escritor que evidentemente iba a
hacerle una serie de preguntas y consideraciones nada cómodas. Eso debe
señalarse como elogio y sin reticencias. Ahora bien, lamento que hayamos
hablado durante veinte minutos sobre asuntos literarios que no tenían que ver
con el tema pues eso nos quitó tiempo para un desarrollo más a fondo del
diálogo sobre la censura. El Ministro se refirió largamente al tema de la
pornografía en muchos de cuyos aspectos estamos de acuerdo. Y en cambio no me
respondió a la pregunta y a las preocupaciones sobre los aspectos ideológicos
de la ley. Desde luego, ya había transcurrido casi una hora y había una
cantidad de gente que esperaba por el Dr. Borda. Es una lástima. Pienso que
habría sido de enorme importancia escuchar su opinión sobre el caso de los
films norteamericanos que atacan duramente al Ejército o a la Magistratura.
También habría sido interesante considerar la situación del creador
cinematográfico con respecto a las instituciones de la familia y de la patria,
temas particularmente peligrosos para ser considerados por una comisión de
censores. En fin, de todos modos pienso que el encuentro es positivo, ya que al
menos contamos con una palabra del Ministro sobre la caza de brujas y la
estrechez mental de los censores. Ojalá la práctica mitigue los extremos de una
ley tan peligrosa.
Bernardo Neustadt
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DARÍO YANCÁN
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sábado, 22 de septiembre de 2012
"EL SIGLO Y EL PERDÓN" Entrevista a JACQUES DERRIDA por Michel Wieviorka[i],
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ETICA,
FILOSOFÍA POLÍTICA,
RACISMO,
SOCIOLOGIA
traducción de Mirta Segoviano (modificada Horacio Potel) en El siglo y el perdón seguida de Fe y saber.- 1ª. ed., Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 2003, pp. 7-39. Edición digital de Derrida en castellano.
El perdón y el arrepentimiento están desde
hace tres años en la base del seminario de Jacques Derrida en la
École
des
hautes études
en
sciences
sociales. ¿Qué
significa el concepto de perdón? ¿De dónde viene? ¿Se impone a todos
y a todas las culturas? ¿Puede ser trasladado
al orden de lo jurídico? ¿De lo Político?¿Y en qué condiciones? ¿Pero, en ese
caso, quién lo concede? ¿Y a quién? ¿ Y en nombre de qué, de
quién?
Michel Wieviorka. Su seminario trata
acerca de la cuestión del perdón. ¿Hasta dónde se puede perdonar? Y el perdón,
¿puede ser colectivo, es decir, político e histórico?
Jacques
Derrida. En principio, no
hay un límite para el perdón, no hay medida, no hay moderación, no hay “¿hasta dónde?”. Siempre que,
evidentemente, acordemos algún sentido “propio” a esta palabra. Ahora bien, ¿a
qué llamamos “perdón”? ¿Qué es aquello que requiere un “perdón”? ¿Quién requiere, quién
apela al perdón? Es tan difícil medir un perdón como tomar
las medidas de estas preguntas. Por varias razones, que me apronto a
situar.
1. En primer lugar,
porque se mantiene el equívoco, principalmente en los debates políticos que
reactivan y desplazan hoy esta noción, en todo el mundo. El perdón se confunde a
menudo, a veces calculadamente, con temas aledaños: la disculpa, el pesar, la
amnistía, la prescripción, etc., una cantidad de significaciones, algunas de las
cuales corresponden al
derecho, al derecho penal con respecto al cual el perdón debería permanecer en
principio heterogéneo e irreductible.
2. Por enigmático que siga siendo el
concepto de perdón, ocurre que el escenario, la figura, el lenguaje a que
tratamos de ajustarlo, pertenecen a una herencia religiosa (digamos abrahámica,
para reunir en ella el judaísmo, los cristianismos y los islams). Esta tradición
-compleja y diferenciada, incluso conflictiva- es singular y a la vez está en
vías de universalización, a través de lo que cierto teatro del perdón pone en
juego o saca a la luz.
3. En consecuencia y éste es uno de los
hilos conductores de mi seminario sobre el perdón (y el perjurio)-, la dimensión
misma del perdón tiende a borrarse al ritmo de esta mundialización, y con ella
toda medida, todo límite conceptual. En todas las escenas de arrepentimiento, de
confesión, de perdón o de disculpas que se multiplican en el escenario
geopolítico desde la última guerra, y aceleradamente desde hace unos años, vemos
no sólo a individuos, sino a comunidades enteras, corporaciones profesionales,
los representantes de jerarquías eclesiásticas, soberanos y jefes de Estado,
pedir “perdón”. Lo hacen en un lenguaje abrahámico que no es (en el caso de
Japón o de Corea, por ejemplo) el de la religión dominante en su sociedad, pero
que se ha transformado en el idioma universal del derecho, la política, la
economía o la diplomacia: a la vez el agente y el síntoma de esta
internacionalización. La proliferación de estas escenas de arrepentimiento y de
“perdón” invocado, significa sin duda una urgencia universal de la memoria: es
preciso volverse hacia el pasado; y este acto de memoria, de autoacusación, de
“contrición”, de comparecencia, es preciso llevarlo a la vez más allá de la
instancia jurídica y más allá de la instancia Estado-nación. Uno se pregunta,
entonces, lo que ocurre a esta escala. Las vías son muchas. Una de ellas lleva
regularmente a una serie de acontecimientos extraordinarios, los que, antes y
durante la Segunda Guerra Mundial, hicieron posible, en todo caso “autorizaron”,
con el Tribunal de Nuremberg, la institución internacional de un concepto
jurídico como el de “crimen contra la humanidad”. Ahí hubo un acontecimiento
“performativo” de una envergadura aún difícil de interpretar.
Incluso cuando palabras como “crimen contra
la humanidad” circulan ahora en el lenguaje corriente. Este acontecimiento mismo
fue producido y autorizado por una comunidad internacional en una fecha y según
una figura determinadas de su historia. Ésta se entrelaza, pero no se confunde,
con la historia de una reafirmación de los derechos del hombre, de una nueva
Declaración de los derechos del hombre. Esta especie de mutación ha estructurado
el espacio teatral en el que se juega -sinceramente o no- el gran perdón, la
gran escena de arrepentimiento que nos ocupa. A menudo tiene los rasgos, en su
teatralidad misma, de una gran convulsión -nos atreveríamos a decir ¿de una
compulsión frenética?-. No: responde también, felizmente, a un “buen”
movimiento. Pero el simulacro, el ritual automático, la hipocresía, el cálculo o
la caricatura a menudo son de la partida, y se invitan como parásitos a esta
ceremonia de la culpabilidad. He ahí toda una humanidad sacudida por un
movimiento que pretende ser unánime, he ahí un género humano que pretendería
acusarse repentinamente, y públicamente, y espectacularmente, de todos los
crímenes efectivamente cometidos por él mismo contra él mismo, “contra la
humanidad”. Porque si comenzáramos a acusarnos, pidiendo perdón, de todos los
crímenes del pasado contra la humanidad, no
quedaría ni un inocente sobre la Tierra -y por lo tanto nadie en posición de
juez o de árbitro-. Todos somos los herederos, al menos, de personas o de
acontecimientos marcados, de modo esencial, interior, imborrable, por crímenes
contra la humanidad. A veces esos acontecimientos, esos asesinatos masivos,
organizados, crueles, que pueden haber sido revoluciones, grandes Revoluciones
canónicas y “legítimas”, fueron los que permitieron la emergencia de conceptos
como ‘derechos del hombre’ o ‘crimen contra la humanidad’.
Ya se vea en esto un
inmenso progreso, una mutación histórica, ya un concepto todavía oscuro en sus
límites, y de cimientos frágiles (y puede hacerse lo uno y lo otro a la vez -me
inclinaría a esto, por mi parte-), no se puede negar este hecho: el concepto de
“crimen contra la humanidad” sigue estando en el horizonte de toda la
geopolítica del perdón. Le provee su discurso y su legitimación. Tome el ejemplo
sobrecogedor de la comisión Verdad y Reconciliación en Sudáfrica. Sigue
siendo único pese a las analogías, sólo analogías, de algunos precedentes
sudamericanos, en Chile principalmente. Y bien, lo que ha dado su justificación
última, su legitimidad declarada a esta Comisión, es la definición del
apartheid como “crimen contra
la humanidad” por la comunidad internacional en su representación en la
ONU.
Esa convulsión de la
que hablaba tomaría hoy el sesgo de una conversión. Una conversión de hecho y
tendencialmente universal: en vías de mundialización. Porque si, como creo, el
concepto de crimen contra la humanidad rige la acusación de esta autoacusación,
de este arrepentimiento y de este perdón solicitado; si, por otra parte, una
sacralidad de lo humano puede por sí sola, en última instancia, justificar este
concepto (nada peor, en esta lógica, que un crimen contra la humanidad del
hombre y contra los derechos del hombre); si esta sacralidad encuentra su
sentido en la memoria abrahámica de las religiones del Libro y en una
interpretación judía, pero sobre todo cristiana, del “prójimo” o del
“semejante”; si, en consecuencia, el crimen contra la humanidad es un crimen
contra lo más sagrado de lo viviente, y por lo tanto contra lo divino en el
hombre, en Dios-hecho-hombre o el hombre-hecho-Dios-por-Dios (la muerte del
hombre y la muerte de Dios denuncian aquí el mismo crimen), entonces la
“mundialización” del perdón semeja una inmensa escena de confesión en curso, por
ende una convulsión-conversión-confesión virtualmente cristiana, un proceso de
cristianización que ya no necesita de la Iglesia cristiana.
Si, como sugería
hace un momento, ese lenguaje atraviesa y acumula en él potentes tradiciones (la
cultura “abrahámica” y la de un humanismo filosófico, más precisamente de un
cosmopolitismo nacido a su vez de un injerto de estoicismo y de cristianismo
paulino), ¿por qué se impone hoy a culturas que no son originalmente ni europeas
ni “bíblicas”? Pienso en esas escenas donde un primer ministro japonés “pidió
perdón” a los coreanos y a los chinos por las violencias pasadas. Presentó
ciertamente sus heartfelt apologies a título personal,
sobre todo sin comprometer al emperador a la cabeza del Estado, pero un primer
ministro compromete siempre más que una persona no pública. Recientemente hubo
verdaderas negociaciones al respecto, esta vez oficiales y reñidas, entre el
gobierno japonés y el gobierno surcoreano. Estaban en juego reparaciones y una
reorientación político-económica. Esas tratativas apuntaban, como casi siempre
ocurre, a producir una reconciliación (nacional o internacional) propicia a una
normalización. El lenguaje del perdón, al servicio de finalidades determinadas,
era cualquier cosa menos puro y desinteresado. Como siempre en el campo
político.
Correré entonces el
riesgo de enunciar esta proposición: cada vez que el perdón está al servicio de
una finalidad, aunque ésta sea noble y espiritual (liberación o redención,
reconciliación, salvación), cada vez que tiende a restablecer una normalidad
(social, nacional, política, psicológica) mediante un trabajo de duelo, mediante
alguna terapia o ecología de la memoria, entonces el “perdón” no es puro, ni lo
es su concepto. El perdón no es, no debería ser, ni normal,
ni normativo, ni normalizante. Debería permanecer
excepcional y extraordinario, sometido a la prueba de lo imposible: como si
interrumpiese el curso ordinario de la temporalidad histórica.
Por lo tanto, habría
que interrogar desde este punto de vista lo que se llama la mundialización y lo
que en otra parte[ii] propongo apodar la
mundialatinización -para tomar en cuenta el efecto de
cristiandad romana que sobredetermina actualmente todo el lenguaje del derecho,
de la política, e incluso la interpretación del llamado “retorno de lo
religioso”-. Ningún presunto desencanto, ninguna secularización llega a
interrumpirlo, muy por el contrario.
Para abordar ahora
el concepto mismo de perdón, la lógica y el sentido común concuerdan por una vez
con la paradoja: es preciso, me parece, partir del hecho de que, sí, existe lo
imperdonable. ¿No es en verdad lo único a perdonar? ¿Lo único que
invoca el perdón? Si sólo se estuviera dispuesto a perdonar
lo que parece perdonable, lo que la Iglesia llama el “pecado venial”, entonces
la idea misma de perdón se desvanecería. Si hay algo a perdonar, sería lo que en
lenguaje religioso se llama el pecado mortal, lo peor, el crimen o el daño
imperdonable. De allí la aporía que se puede describir en su formalidad seca e
implacable, sin piedad: el perdón perdona sólo lo imperdonable. No se puede o no
se debería perdonar, no hay perdón, si lo hay, más que ahí donde existe lo
imperdonable. Vale decir que el perdón debe presentarse como lo imposible mismo.
Sólo puede ser posible si es im-posible. Porque, en este siglo, crímenes
monstruosos (“imperdonables”, por ende) no sólo han sido cometidos -lo que en sí
mismo no es quizás tan nuevo- sino que se han vuelto visibles, conocidos,
recordados, nombrados, archivados por una “conciencia universal” mejor informada
que nunca, porque esos crímenes a la vez crueles y masivos parecen escapar o
porque se ha buscado hacerlos escapar, en su exceso mismo, de la medida de toda
justicia humana, y la invocación al perdón se vio por esto (¡por lo imperdonable
mismo, entonces!) reactivada, re-motivada, acelerada.
Al sancionarse, en
1964, la ley que decidió en Francia la imprescriptibilidad de los crímenes
contra la humanidad, se abrió un debate. Menciono al pasar que el concepto
jurídico de lo imprescriptible no equivale para nada al
concepto no jurídico de lo imperdonable. Se puede mantener la
imprescriptibilidad de un crimen, no poner ningún límite a la duración de una
inculpación o de una acusación posible ante la ley, perdonando al mismo tiempo
al culpable. Inversamente, se puede absolver o suspender un juicio y no obstante
rehusar el perdón. Queda abierta la cuestión de que la singularidad del concepto
de imprescriptibilidad (por oposición a la “prescripción”, que tiene
equivalentes en otros derechos occidentales, por ejemplo, el norteamericano)
responde quizás a que introduce además, como el perdón o como lo imperdonable,
una especie de eternidad o de trascendencia, el horizonte apocalíptico de un
juicio final: en el derecho más allá del derecho, en la historia más allá de la
historia. Éste es un punto crucial y difícil. En un texto polémico titulado
justamente “Lo imprescriptible”, Jankélévitch declara
que no se podría hablar de perdonar crímenes contra la humanidad, contra la
humanidad del hombre: no contra “enemigos” (políticos, religiosos, ideológicos),
sino contra lo que hace del hombre un hombre -es decir, contra la capacidad
misma de perdonar-. De modo análogo, Hegel, gran pensador del
“perdón” y de la “reconciliación”, decía que todo es perdonable salvo el crimen
contra el espíritu, es decir, contra la capacidad reconciliadora del perdón.
Tratándose evidentemente de la Shoá, Jankélévitch insistía sobre todo en otro
argumento, a sus ojos decisivo: menos aún puede hablarse de perdonar, en este
caso, en la medida en que los criminales no han pedido perdón.
No reconocieron su culpa y no manifestaron ningún arrepentimiento.
Esto es al menos lo que sostiene, algo apresuradamente quizás,
Jankélévitch.
Ahora bien, yo
estaría tentado a recusar esa lógica condicional del
intercambio, esa presuposición tan ampliamente difundida
según la cual sólo se podría considerar el perdón con la
condición de que sea pedido, en un escenario de arrepentimiento
que atestiguase a la vez la conciencia de la falta, la transformación del
culpable y el compromiso al menos implícito de hacer todo para evitar el retorno
del mal. Hay ahí una transacción económica que a la vez
confirma y contradice la tradición abrahámica de la que hablamos. Es
importante analizar a fondo la tensión, en el seno de la herencia, entre
por una parte la idea, que es también una exigencia, del
perdón incondicional, gratuito, infinito, aneconómico,
concedido al culpable en tanto culpable, sin contrapartida,
incluso a quien no se arrepiente o no pide perdón y, por otra
parte, como lo testimonian gran cantidad de textos, a través de
muchas dificultades y sutilezas semánticas, un perdón
condicional, proporcional al reconocimiento de la falta, al
arrepentimiento y a la transformación del pecador, que pide explícitamente el
perdón. Y quien entonces no es ya decididamente el culpable sino ahora otro, y
mejor que el culpable. En esta medida, y con esta condición, no es ya al
culpable como tal a quien se perdona. Una de las cuestiones
indisociables de ésta, y que también me interesa, atañe entonces a la esencia de
la herencia. ¿Qué es heredar cuando la herencia incluye un mandato a la vez
doble y contradictorio? Un mandato que es preciso reorientar, interpretar
activamente, performativamente, pero en la noche, como si debiéramos entonces,
sin norma ni criterio preestablecidos, reinventar la memoria.
Pese a mi admirativa
simpatía por Jankélévitch, e incluso cuando comprendo lo que inspira esta justa
cólera, me es difícil seguirlo. Por ejemplo, cuando multiplica las imprecaciones
contra la buena conciencia de “el alemán” o cuando truena contra el milagro
económico del marco y la obscenidad próspera de la buena conciencia, pero sobre
todo cuando justifica el rehusamiento a perdonar por el hecho, o más bien la
alegación, del no-arrepentimiento. Dice, en resumen: “Si hubieran comenzado, al
arrepentirse, por pedir perdón, hubiéramos podido considerar otorgárselo, pero
no fue ése el caso”. Tuve más dificultad aún en seguirlo aquí en la medida en
que, en lo que él mismo llama un “libro de filosofía”, Le
pardon, publicado
anteriormente, Jankélévitch había sido más favorable a la idea de un perdón
absoluto. Reivindicaba entonces una inspiración judía y sobre todo cristiana.
Hablaba incluso de un imperativo de amor y de una “ética hiperbólica”: una
ética, por lo tanto, que iría más allá de las leyes, de las normas o de una
obligación. Ética más allá de la ética, ése es quizá el lugar inhallable del
perdón. Sin embargo, incluso en ese momento -y la contradicción por lo tanto
subsiste- Jankélévitch no llegaba a admitir un perdón incondicional y que sería
entonces concedido incluso a quien no lo pidiera.
Lo central del
argumento, en “Lo imprescriptible”, y en la parte
titulada “¿Perdonar?”, es que la singularidad de la Shoá alcanza las dimensiones
de lo inexpiable. Ahora bien, para lo
inexpiable no habría perdón posible, según Jankélévitch, ni siquiera perdón que
tuviera un sentido, que produjera sentido. Porque el axioma común o dominante de
la tradición, finalmente, y a mi modo de ver el más problemático, es que
el perdón debe tener sentido. Y ese sentido debería
determinarse sobre una base de salvación, de reconciliación, de redención, de
expiación, diría incluso de sacrificio. Para Jankélévitch, desde el momento en
que ya no se puede punir al criminal con una
“punición proporcional a su crimen” y que, en consecuencia, el “castigo deviene
casi indiferente”, uno se encuentra con “lo inexpiable” -dice también “lo
irreparable” (palabra que Chirac utilizó frecuentemente en su famosa declaración
sobre el crimen contra los judíos durante el régimen de Vichy: “Francia, ese día,
consumaba lo irreparable”). De lo inexpiable o lo irreparable, Jankélévitch
deduce lo imperdonable. Y lo imperdonable, según él, no se perdona. Este
encadenamiento no me parece evidente. Por el motivo que expuse (¿qué sería un
perdón que sólo perdonara lo perdonable?) y porque esta lógica continúa
implicando que el perdón sigue siendo el correlato de un juicio y la
contrapartida de una punición posibles, de una expiación
posible, de lo “expiable”.
Porque Jankélévitch
parece entonces dar dos cosas por sentadas (como Arendt, por ejemplo, en
La Condition de l’homme moderne):
1. El perdón debe
seguir siendo una posibilidad
humana -insisto sobre estas dos palabras y sobre todo sobre ese rasgo
antropológico que decide acerca de todo (porque siempre se tratará, en el fondo,
de saber si el perdón es una posibilidad o no, incluso una
facultad, en consecuencia un “yo puedo” soberano, y un poder humano o
no).
2. Esta posibilidad
humana es el correlato de la posibilidad de punir -no de vengarse,
evidentemente, lo que es otra cosa, a la que el perdón es más ajeno aún, sino de
punir según la ley-. “El
castigo”, dice Arendt, “tiene en común con el perdón que trata de poner término
a algo que, sin intervención, podría continuar indefinidamente. Es entonces muy
significativo, es un elemento
estructural del dominio de los asuntos humanos [bastardillas de
JD],
que los
hombres sean incapaces de perdonar lo que no pueden punir, y que sean incapaces
de punir
lo que
se revela imperdonable.”
En “L’imprescriptible”, por lo tanto, y no
en Le pardon, Jankélévitch se
instala en este intercambio, en esta simetría entre punir y perdonar: el
perdón ya no tendría sentido allí donde el crimen ha devenido, como la Shoá,
“inexpiable”, “irreparable”, fuera de toda medida humana. “El perdón ha muerto
en los campos de la muerte”, dice. Sí. A menos que sólo se vuelva posible a
partir del momento en que parece imposible. Su historia comenzaría, por el
contrario, con lo imperdonable.
Si insisto en esta
contradicción en el seno de la herencia y en la necesidad de mantener la
referencia a un perdón incondicional y aneconómico, es decir, más allá del
intercambio e incluso del horizonte de una redención o una reconciliación, no lo
hago por purismo ético o espiritual. Si digo: “Te perdono con la condición de
que, al pedir perdón, hayas cambiado y ya no seas el mismo”, ¿acaso te perdono?;
¿qué es lo que perdono? y ¿a quién?; ¿qué perdono y a quién?; ¿perdono algo o
perdono a alguien?
Primera ambigüedad
sintáctica, por otra parte, que debería detenernos largo rato; entre
“¿a quién?”
y “¿qué?”.
¿Se perdona
algo, un crimen,
una falta, un daño, es decir un acto o un momento que no agota la persona
incriminada y, en último análisis, no se confunde con el culpable que sigue
siendo por lo tanto irreductible a ese algo? ¿O bien se perdona a
alguien, absolutamente, no
marcando ya entonces el límite entre el daño, el momento de la falta, y la
persona que se tiene por responsable o culpable? Y en este último caso (pregunta
“¿a quién se perdona?”), ¿se pide perdón a la víctima o a algún testigo
absoluto, a Dios, por ejemplo a determinado Dios que prescribió que perdonáramos
al otro (hombre) para merecer a su vez ser perdonados? (La Iglesia de Francia
pidió perdón a Dios, no se arrepintió directamente o solamente ante los hombres,
o ante las víctimas -por ejemplo, la comunidad judía, a la que sólo tomó como
testigo, pero públicamente, es verdad, del perdón pedido realmente a Dios,
etc.-.) Debo dejar abiertas estas inmensas cuestiones.
Imaginemos que
perdono con la condición de que el culpable se arrepienta, se enmiende, pida
perdón y por lo tanto sea transformado por un nuevo compromiso, y que desde ese
momento ya no sea en absoluto el mismo que aquel que se hizo culpable. En ese
caso, ¿se puede todavía hablar de un perdón? Sería demasiado fácil, de los dos
lados: se perdonaría a otro distinto del culpable mismo. Para que exista perdón,
¿no es preciso, por el contrario, perdonar tanto la falta como al culpable
en tanto
tales,
allí donde una y otro permanecen, tan irreversiblemente como el
mal, como el mal mismo, y serían capaces de repetirse, imperdonablemente, sin
transformación, sin mejora, sin arrepentimiento ni promesa? ¿No se debe sostener
que un perdón digno de ese nombre, si existe alguna vez, debe perdonar lo
imperdonable, y sin condiciones? Esta incondicionalidad está también inscrita
-como su contrario, a saber, la condición del arrepentimiento- en “nuestra”
herencia, aun cuando esta pureza radical puede parecer excesiva, hiperbólica,
loca. Porque si digo, tal como lo pienso, que el perdón es loco, y que debe
seguir siendo una locura de lo imposible, no es ciertamente para excluirlo o
descalificarlo. Es tal vez incluso lo único que arribe, que sorprenda, como una
revolución, el curso ordinario de la historia, de la política y del derecho.
Porque esto quiere decir que sigue siendo heterogéneo al orden de lo político o
de lo jurídico tal como se los entiende comúnmente. Jamás se podría, en ese
sentido corriente de las palabras, fundar una política o un derecho sobre el
perdón. En todas las escenas geopolíticas de las que hablábamos, se abusa de la
palabra “perdón”. Porque siempre se trata de negociaciones más o menos
declaradas, de transacciones calculadas, de condiciones y, como diría
Kant,
de
imperativos hipotéticos. Estas maniobras pueden ciertamente parecer honorables.
Por ejemplo, en nombre de la “reconciliación nacional”, expresión a la que De
Gaulle,
Pompidou y Mitterrand han recurrido en el momento en que creyeron
tener que asumir la responsabilidad de borrar las deudas y los crímenes del
pasado, bajo la Ocupación o durante la guerra de Argelia. En Francia, los más
altos responsables políticos adoptaron por lo regular el mismo lenguaje: es
preciso proceder a la reconciliación por la amnistía y reconstituir así la
unidad nacional. Es un leitmotiv de la retórica de
todos los jefes de Estado y primeros ministros franceses desde la Segunda Guerra
Mundial, sin
excepción.
Fue
literalmente el lenguaje de los que, tras el primer momento de depuración,
decidieron la gran amnistía de 1951 para los crímenes cometidos bajo la
Ocupación. Una noche, en un documental de archivo, escuché a M. Cavaillet decir,
lo cito de memoria, que siendo entonces parlamentario, había votado por la ley
de amnistía de 1951 porque era preciso, decía, “saber
olvidar”; tanto más cuanto
que en aquel momento -Cavaillet insistía duramente en ello-, el peligro
comunista se vivía como lo más urgente. Había que hacer reingresar en la
comunidad nacional a todos los anticomunistas que, colaboracionistas unos años
antes, corrían el riesgo de verse excluidos del campo político por una ley
demasiado severa y por una depuración demasiado poco olvidadiza. Reconstruir la
unidad nacional significaba rearmarse de todas las fuerzas disponibles en un
combate que continuaba, esta vez en tiempos de paz o de la llamada guerra fría.
Siempre hay un cálculo estratégico y político en el gesto generoso de quien
ofrece la reconciliación o la amnistía, y es necesario integrar siempre este
cálculo en nuestros análisis. “Reconciliación nacional”, ése fue también, como
dije, el lenguaje explícito de De Gaulle cuando volvió por
primera vez a Vichy y pronunció allí un famoso discurso sobre la unidad y la unicidad
de Francia; ése fue literalmente el discurso de Pompidou, que habló también, en
una famosa conferencia de prensa, de “reconciliación nacional” y de división
superada cuando indultó a Touvier; ése fue también el lenguaje de Mitterrand
cuando sostuvo, en varias ocasiones, que él era garante de la unidad nacional, y
muy precisamente cuando rehusó declarar la culpabilidad de Francia bajo el
régimen de Vichy (al que calificaba, como usted sabe, de poder no-legítimo o
no-representativo, apropiado por una minoría de extremistas, mientras que
sabemos que la cosa es más complicada, y no sólo desde el punto de vista formal
y legal, pero dejemos esto). Inversamente, cuando el cuerpo de la nación puede
soportar sin riesgo una división menor o ver incluso su unidad reforzada por
procesos, por aperturas de archivos, por “levantamientos de represión”, entonces
otros cálculos dictan hacer justicia en forma más rigurosa y más pública a lo
que se llama el “deber de memoria”.
Siempre el mismo
desvelo: actuar de modo que la nación sobreviva a sus discordias, que los
traumatismos cedan al trabajo de duelo, y que el Estado-nación no se vea ganado
por la parálisis. Pero aun ahí donde se lo podría justificar, ese imperativo
“ecológico” de la salud social y política no tiene nada que ver con el “perdón”
de que se habla en ese caso muy ligeramente. El perdón no corresponde, jamás
debería corresponder, a una terapia de la reconciliación. Volvamos al notable
ejemplo de Sudáfrica. Todavía en prisión, Mandela sintió el deber de asumir él
mismo la decisión de negociar el principio de un procedimiento de amnistía. Para
permitir sobre todo el regreso de los exiliados del Congreso Nacional Africano.
Y con miras a una reconciliación nacional sin la cual el país hubiera sido
barrido a sangre y fuego por la venganza. Pero igual que la absolución, el
sobreseimiento, e incluso el “indulto” (excepción jurídico-política de la que
volveremos a hablar), tampoco la amnistía significa el perdón. Ahora bien,
cuando Desmond Tutu
fue
nombrado presidente de la Comisión Verdad
y
Reconciliación, cristianizó el
lenguaje de una institución destinada a tratar únicamente crímenes de motivación
“política” (problema enorme que renuncio a tratar aquí, como renuncio a analizar
la compleja estructura de la mencionada comisión, en sus relaciones con las
otras instancias judiciales y procedimientos penales que debían seguir su
curso). Con tanta buena voluntad como confusión, me parece, Tutu, arzobispo anglicano,
introduce el vocabulario del arrepentimiento y del perdón. Esto le fue
reprochado, además, y entre otras cosas, por una parte no cristiana de la
comunidad negra. Sin hablar de los peligrosos riesgos de traducción que aquí
sólo puedo mencionar pero que, como el recurso al lenguaje mismo, atañen también
al segundo aspecto de su pregunta: la escena del perdón, ¿es una confrontación
personal o bien apela a alguna mediación institucional? (Y el lenguaje mismo, la
lengua, es aquí una primera institución mediadora.) En principio, entonces,
siempre para seguir una concepción de la tradición abrahámica, el perdón debe
comprometer dos singularidades: el culpable (el “perpetrator”, como se dice en
Sudáfrica) y la víctima. Desde el momento en que interviene un tercero se puede
a lo sumo hablar de amnistía, de reconciliación, de reparación, etc. Pero
ciertamente no de perdón puro, en sentido estricto. El estatuto de la
Comisión Verdad y Reconciliación es sumamente ambiguo
en este asunto, como el discurso de Tutu, que oscila entre una
lógica no penal y no reparadora del “perdón” (la llama “restauradora”) y una
lógica judicial de la amnistía. Se debería analizar con más detalle la
inestabilidad equívoca de todas esas autointerpretaciones.
Gracias a una
confusión entre el orden del perdón y el orden de la justicia -pero abusando
tanto de su heterogeneidad como del hecho de que el tiempo del perdón escapa del
proceso judicial-, siempre es posible remedar el escenario del perdón
“inmediato” y casi automático para escapar de la justicia. La posibilidad de
este cálculo está siempre abierta y se podrían dar muchos ejemplos. Y
contraejemplos. Así, Tutu cuenta que un día
una mujer negra atestigua ante la Comisión. Su marido había sido asesinado por
policías torturadores. Ella habla en su lengua, una de las once lenguas
oficialmente reconocidas por la Constitución. Tutu la interpreta y la
traduce más o menos así, en su idioma cristiano (anglo-anglicano): “Una comisión
o un gobierno no puede perdonar. Sólo yo, eventualmente, podría hacerlo.
(And
I am rot ready to forgive.) Y
no
estoy dispuesta a perdonar -o lista para perdonar-”. Palabras muy difíciles de
entender. Esta mujer víctima, esta mujer de víctima[iii] quería seguramente
recordar que el cuerpo anónimo del Estado o de una institución pública no puede
perdonar. No tiene ni el derecho ni el poder de hacerlo; y eso no tendría además
ningún sentido. El representante del Estado puede juzgar, pero el perdón no
tiene nada que ver con el juicio, justamente. Ni siquiera con el espacio público
o político. Incluso si el perdón fuera “justo”, lo sería de una justicia que no
tiene nada que ver con la justicia judicial, con el derecho. Hay tribunales de
justicia para eso, y esos tribunales jamás perdonan, en el sentido estricto de
este término. Esta mujer quería tal vez sugerir otra cosa: si alguien tiene
alguna calificación para perdonar, es sólo la víctima y no una institución
tercera. Porque por otra parte, incluso si esta esposa también era una víctima,
de todos modos, la víctima absoluta, si se puede decir así, seguía siendo su
marido muerto. Sólo el muerto hubiera podido, legítimamente, considerar el
perdón. La sobreviviente no estaba dispuesta a sustituir abusivamente al muerto.
Inmensa y dolorosa experiencia del sobreviviente: ¿quién tendría el derecho de
perdonar en nombre de víctimas desaparecidas? Éstas están siempre ausentes, en
cierta manera. Desaparecidas por esencia, nunca
están ellas mismas absolutamente presentes, en el momento del perdón invocado,
como las mismas, las que fueron en el momento del crimen; y a veces están
ausentes en su cuerpo, incluso a menudo muertas.
Vuelvo un instante
al equívoco de la tradición. A veces el perdón (concedido por Dios o inspirado
por la prescripción divina) debe ser un don gratuito, sin intercambio e
incondicional; a veces, requiere, como condición mínima, el arrepentimiento y la
transformación del pecador. ¿Qué consecuencia resulta de esta tensión? Al menos
ésta, que no simplifica las cosas: si nuestra idea del perdón se derrumba desde
el momento en que se la priva de su polo de referencia absoluto, a saber, de su
pureza incondicional, no obstante continúa siendo inseparable de lo que le es
heterogéneo, a saber, el orden de las condiciones, el arrepentimiento, la
transformación, cosas todas que le permiten inscribirse en la historia, el
derecho, la política, la existencia misma. Estos dos polos, el incondicional y
el condicional, son absolutamente
heterogéneos y deben permanecer irreductibles uno al otro. Sin embargo, son
indisociables: si se quiere, y si es preciso, que el perdón devenga efectivo,
concreto, histórico, si se quiere que venga, que tenga lugar
cambiando las cosas, es necesario que su pureza se comprometa en una serie de
condiciones de todo tipo (psico-sociológicas, políticas, etc.). Es entre esos
dos polos, irreconciliables pero indisociables, donde deben tomarse
las decisiones y las responsabilidades. Pero pese a todas las confusiones que
reducen el perdón a la amnistía o a la amnesia, a la absolución o a la
prescripción, al trabajo de duelo o a alguna terapia política de reconciliación,
en suma a alguna ecología histórica, jamás habría que olvidar que todo esto se
refiere a una cierta idea del perdón puro e incondicional, sin la cual este
discurso no tendría el menor sentido. Lo que complica la cuestión del “sentido”
es nuevamente esto, como lo sugería recién: el perdón puro e incondicional, para
tener su sentido estricto, debe no tener ningún “sentido”, incluso ninguna
finalidad, ninguna inteligibilidad. Es una locura de lo imposible. Habría que
seguir ocupándose sin descanso de las consecuencias de esta paradoja o
aporía.
Lo que se denomina
el derecho de gracia es un ejemplo de
esto, a la vez un ejemplo entre otros y el modelo ejemplar. Porque si es verdad
que el perdón debería permanecer heterogéneo al orden jurídico-político,
judicial o penal; si es verdad que debería cada vez, en cada caso, seguir siendo
una excepción absoluta, hay una excepción a esta ley de excepción, en cierto
modo, y es justamente, en Occidente, esa tradición teológica que concede al
soberano un derecho exorbitante. Porque el derecho de gracia es precisamente,
como su nombre lo indica, del orden del derecho, pero de un derecho que inscribe
en las leyes un poder por encima de las leyes. El monarca absoluto de derecho
divino puede indultar a un criminal, es decir, practicar, en nombre del Estado,
un perdón que trasciende y neutraliza el derecho. Derecho por encima del
derecho. Como la idea de soberanía misma, este derecho de gracia fue readaptado
en la herencia republicana. En algunos Estados modernos de tipo democrático,
como Francia, se diría que ha sido secularizado (si esta palabra tuviera un
sentido fuera de la tradición religiosa que mantiene, aunque pretenda sustraerse
a ella). En otros, como los Estados Unidos, la secularización no es siquiera un
simulacro, puesto que el presidente y los gobernadores, que tienen el derecho de
gracia (pardon,
clemency), prestan ante todo
juramento sobre la Biblia, sostienen discursos oficiales de tipo religioso e
invocan el nombre o la bendición de Dios cada vez que se dirigen a la nación. Lo
que importa en esta excepción absoluta que es el derecho de gracia, es que la
excepción del derecho, la
excepción al derecho está situada
en la cúspide o en el fundamento de lo jurídico-político. En el cuerpo del
soberano, encarna lo que funda, sostiene o erige, en lo más alto, con la unidad
de la nación, la garantía de la Constitución, las condiciones y el ejercicio del
derecho. Como siempre ocurre, el principio trascendental de un sistema no
pertenece al sistema. Le es extraño como una excepción.
Sin discutir el
principio de este derecho de gracia, por más “elevado” que sea, por más noble
pero también más “escurridizo” y más equívoco, más peligroso, más arbitrario que
sea, Kant
recuerda la estricta limitación que habría que imponerle para que
no diera lugar a las peores injusticias: que el soberano sólo pueda indultar ahí
donde el crimen lo afecta a él mismo (y afecta por lo tanto, en su cuerpo, la
garantía misma del derecho, del Estado de derecho y del Estado). Como en la
lógica hegeliana de la que hablábamos antes, sólo es imperdonable el crimen
contra lo que da el poder de perdonar, el crimen contra el perdón, en definitiva
-el espíritu según Hegel, y lo que él llama “el espíritu del cristianismo”-, pero es
justamente esto imperdonable, y sólo esto imperdonable, lo que el soberano tiene
todavía el derecho de perdonar, y solamente cuando “el cuerpo del rey”, en su
función soberana, es afectado a través del otro “cuerpo del rey”, que es aquí lo
“mismo”, el cuerpo de carne, singular y empírico. Fuera de esta excepción
absoluta, en todos los demás casos, en cualquier parte donde los daños afecten a
los sujetos mismos, es decir, casi siempre, el derecho de gracia no podría
ejercerse sin injusticia. De hecho, se sabe que siempre es ejercido por el soberano en forma
condicional, en función de una interpretación o de un cálculo en cuanto a lo que
entrecruce un interés particular (el propio o el de los suyos o de una fracción
de la sociedad) y el interés del Estado. Un ejemplo reciente lo daría Clinton,
quien nunca estuvo inclinado a indultar a nadie y que es un partidario más bien
aguerrido de la pena de muerte. Ahora bien, él llega, utilizando su right
to pardon, a indultar a unos
portorriqueños encarcelados desde hacía tiempo por terrorismo. Pues bien, los
republicanos no dejaron de cuestionar este privilegio absoluto del Ejecutivo,
acusando al Presidente de haber querido así ayudar a Hillary Clinton en su
próxima campaña electoral en Nueva York, donde, como sabemos, los
puertorriqueños son muchos.
En el caso a la vez
excepcional y ejemplar del derecho de gracia, allí donde lo que excede lo
jurídico-político se inscribe, para fundarlo, en el derecho constitucional,
hay y no hay ese encuentro o esa
confrontación personal, y del cual puede pensarse que es exigido por la esencia
misma del perdón. Ahí donde éste debería sólo comprometer singularidades
absolutas, no puede manifestarse en cierta forma sin
apelar al tercero, a la institución, al carácter de social, a la herencia
transgeneracional, al sobreviviente en general; y ante todo a esa instancia
universalizante que es el lenguaje. ¿Puede haber ahí, de una o de otra parte, un
escenario de perdón sin un lenguaje compartido? No se comparte sólo una lengua
nacional o un idioma, sino un acuerdo sobre el sentido de las palabras, sus
connotaciones, la retórica, la orientación de una referencia, etc. Ésa es otra
forma de la misma aporía: cuando la víctima y el culpable no comparten ningún
lenguaje, cuando nada común y universal les permite entenderse, el perdón parece
privado de sentido, uno se encuentra precisamente con lo imperdonable absoluto,
con esa imposibilidad de perdonar de la que decíamos sin embargo hace un momento
que era, paradójicamente, el elemento mismo de cualquier perdón posible. Para
perdonar es preciso por un
lado que ambas partes se pongan de acuerdo sobre la naturaleza de la
falta, saber quién es culpable de qué mal hacia quién, etc. Cosa ya muy
improbable. Porque imagínese lo que una “lógica del inconsciente” vendría a
perturbar en ese “saber”, y en todos los esquemas en que detenta no obstante una
“verdad”. Imaginemos además lo que pasaría cuando la misma perturbación hiciera
temblar todo, cuando llegara a repercutir en el “trabajo del duelo”, en la
“terapia” de la que hablábamos, y en el derecho y en la política. Porque si un
perdón puro no puede -no debe- presentarse
como tal, exhibirse por lo tanto en el teatro de la conciencia sin,
en el mismo acto, negarse, mentir o reafirmar una soberanía, ¿cómo saber lo que
es un perdón -si algún día tiene lugar-, y quién perdona a quién, o qué a quién?
Porque por otro lado, si es preciso, como decíamos recién, que
ambas partes se pongan de acuerdo sobre la naturaleza de la falta, saber, a
conciencia, quién es culpable de qué mal hacia quién, etc., y esto sigue siendo
muy improbable, lo contrario también es verdad. Al mismo tiempo, es preciso
efectivamente que la alteridad, la no-identificación, la incomprensión misma
permanezcan irreductibles. El perdón es, por lo tanto, loco, debe hundirse, pero
lúcidamente, en la noche de lo ininteligible. Llamemos a esto lo inconsciente o
la no-conciencia, como usted prefiera. Desde que la víctima “comprende” al
criminal, desde que intercambia, habla, se entiende con él, la escena de la
reconciliación ha comenzado, y con ella ese perdón usual que es cualquier cosa
menos un perdón. Aun si digo “no te perdono” a alguien que me pide
perdón, pero a quien comprendo y me comprende, entonces ha comenzado un proceso
de reconciliación, el tercero ha intervenido. Pero se acabó el asunto del perdón
puro.
M. W. En las situaciones
más terribles, en África, en Kosovo, ¿no se trata, precisamente, de una barbarie
de proximidad, donde el crimen se produce entre personas que se conocen? ¿El
perdón no implica lo imposible: estar al mismo tiempo en algo diferente de la
situación anterior, antes del crimen, comprendiendo simultáneamente la situación
anterior?
J. Derrida: En lo que usted
llama la “situación anterior” podría haber, en efecto, todo tipo de
proximidades: lenguaje, vecindad, familiaridad, incluso familia, etc. Pero para
que el mal surja, el “mal radical” y quizá peor aún, el mal imperdonable, el
único que hace surgir la cuestión del perdón, es preciso que, en lo más íntimo
de esta intimidad, un odio absoluto venga a interrumpir la paz. Esta hostilidad
destructora sólo puede dirigirse a lo que Lévinas llama el “rostro” del otro, el
otro semejante, el prójimo más próximo, entre el bosnio y el servio, por
ejemplo, dentro del mismo barrio, de la misma casa, a veces de la misma familia.
¿El perdón debe entonces tapar el agujero? ¿Debe suturar la herida en un proceso
de reconciliación? ¿O bien dar lugar a otra paz, sin olvido, sin amnistía,
fusión o confusión? Por supuesto, nadie se atrevería decentemente a objetar el
imperativo de la reconciliación. Es mejor poner fin a los crímenes y a las
discordias. Pero, una vez más, creo que hay que distinguir entre el perdón y el
proceso de reconciliación, esta reconstitución de una salud o de una
“normalidad”, por necesarias y deseables que puedan parecer a través de las
amnesias, el “trabajo de duelo”, etc. Un perdón “finalizado” no
es un perdón, es sólo una estrategia política o una economía psicoterapéutica.
En Argelia hoy, pese al dolor infinito de las víctimas y el daño irreparable que
sufren para siempre, se puede pensar, ciertamente, que la supervivencia del
país, de la sociedad y del Estado pasa por el anunciado proceso de
reconciliación. Desde este punto de vista se puede “comprender” que un comicio
haya aprobado la política prometida por Bouteflika. Pero creo inapropiada la
palabra “perdón” que fue pronunciada en esa ocasión, en particular por el jefe
del Estado argelino. Me parece injusta a la vez por respeto a las víctimas de
crímenes atroces (ningún jefe de Estado tiene derecho a perdonar en su lugar) y
por respeto al sentido de esta palabra, a la incondicionalidad no negociable,
aneconómica, a-política y no-estratégica que éste prescribe. Pero, una vez más,
ese respeto por la palabra o por el concepto no traduce solamente un purismo
semántico o filosófico. Todo tipo de “políticas” inconfesables, todo tipo de
maniobras estratégicas pueden ampararse abusivamente tras una “retórica” o una
“comedia” del perdón para saltear la etapa del derecho. En política, cuando se
trata de analizar, de juzgar, hasta de oponerse prácticamente a esos abusos, es
de rigor la exigencia conceptual, incluso allí donde ésta toma en cuenta,
embrollándose en ellas y declarándolas, paradojas o aporías. Ésta es, una vez
más, la condición de la responsabilidad.
M. W. ¿Entonces usted
está permanentemente repartido entre una visión ética “hiperbólica” del perdón,
el perdón puro, y la realidad de una sociedad ocupada en procesos pragmáticos de
reconciliación?
J. Derrida: Sí, permanezco
“repartido”, como usted dice tan acertadamente. Pero sin poder, ni querer, ni
deber optar. Ambos polos son irreductibles uno a otro, ciertamente, pero siguen
siendo indisociables. Para modificar el curso de la “política” o de lo que usted
acaba de llamar los “procesos pragmáticos”, para cambiar el derecho (que se
encuentra atrapado entre los dos polos, el “ideal” y el “empírico” -y lo que me
interesa aquí es, entre ambos, esa mediación universalizante, esa historia del
derecho, la posibilidad de ese progreso del derecho-), es necesario referirse a
lo que usted acaba de llamar “visión ética ‘hiperbólica’ del perdón”. Aunque yo
no esté seguro de las palabras “visión” o “ética”, en este caso, digamos que
sólo esta exigencia inflexible puede orientar una historia de las leyes, una
evolución del derecho. Sólo ella puede inspirar, aquí, ahora, con urgencia, sin
esperar, la respuesta y las responsabilidades.
Volvamos a la
cuestión de los derechos del hombre, al concepto de
crimen contra la humanidad, pero también de la
soberanía. Más que nunca, esos tres motivos están ligados
en el espacio público y en el discurso político. Aunque a menudo una cierta
noción de la soberanía esté positivamente asociada al derecho de la persona, al
derecho a la autodeterminación, al ideal de emancipación, por cierto a la idea
misma de libertad, al principio de los derechos del hombre, es con frecuencia en
nombre de los derechos del hombre y para castigar o prevenir crímenes contra la
humanidad como se llega a limitar, al menos a pretender limitar, con
intervenciones internacionales, la soberanía de ciertos Estados-nación. Pero de
algunos, más que de otros. Ejemplos recientes: las intervenciones en Kosovo o en
Timor oriental, por otra
parte diferentes en su naturaleza y su orientación. (El caso de la Guerra del
Golfo es complicado de modo diferente: se limita hoy la soberanía de Irak pero
después de haber pretendido defender, contra él, la soberanía de un pequeño
Estado -y de paso algunos otros intereses, pero no nos detengamos en eso-.)
Estemos siempre atentos, como Hannah Arendt advierte tan
lúcidamente, al hecho de que esta limitación de soberanía nunca es impuesta sino
ahí donde esto es “posible” (física, militar, económicamente), es decir, siempre
impuesta a pequeños Estados; relativamente débiles, por Estados poderosos. Estos
últimos, celosos de su propia soberanía, limitan la de los otros. Y pesan además
de modo determinante sobre las decisiones de las instituciones internacionales.
Se trata de un orden y de un “estado de hecho” que pueden ser consolidados al
servicio de los “poderosos” o bien, por el contrario, poco a poco dislocados,
puestos en crisis, amenazados por conceptos (es decir, performativos
instituidos, acontecimientos por esencia históricos y transformables), como el
de los nuevos “derechos del hombre” o el de “crimen contra la humanidad”, por
convenciones sobre el genocidio, la tortura o el terrorismo. Entre las dos
hipótesis, todo depende de la política que recurre a estos conceptos. Pese a sus raíces y sus fundamentos
sin edad, estos conceptos son muy jóvenes, al menos en tanto dispositivos del
derecho internacional. Y cuando, en 1964 -apenas ayer- Francia juzgó oportuno
decidir que los crímenes contra la humanidad seguirían siendo imprescriptibles (decisión que hizo
posibles todos los procesos que usted conoce -ayer incluso el de Papon-), para
eso apeló implícitamente a una especie de más allá del derecho en el derecho. Lo
imprescriptible,
como
noción jurídica, no es ciertamente lo imperdonable, acabamos de ver por qué.
Pero lo imprescriptible, vuelvo sobre esto,
señala hacia el orden trascendente de lo incondicional, del perdón y de lo
imperdonable, hacia una especie de ahistoricidad, incluso de eternidad y de
Juicio Final que desborda la historia y el tiempo finito del derecho: para
siempre, “eternamente”, en cualquier parte y siempre, un crimen contra la
humanidad será pasible de un juicio, y jamás se borrará su archivo judicial. Por
lo tanto, una cierta idea del perdón y de lo imperdonable, de un cierto más allá
del derecho (de toda determinación histórica del derecho), ha inspirado a los
legisladores y los parlamentarios, los que producen el derecho, cuando por
ejemplo instituyeron en Francia la imprescriptibilidad de los crímenes contra la
humanidad o, en forma más general, cuando transforman el derecho internacional e
instalan tribunales universales. Esto muestra claramente que, pese a su
apariencia teórica, especulativa, purista, abstracta, toda reflexión sobre una
exigencia incondicional está anticipadamente comprometida, y por completo, en
una historia concreta. Ésta puede inducir procesos de transformación -política,
jurídica-verdaderamente sin límite.
Dicho esto, puesto
que usted me señalaba hasta qué punto estoy “repartido” ante estas dificultades
aparentemente insolubles, estaría tentado de dar dos tipos de respuesta.
Por un
lado,
hay, debe
haber, es preciso aceptarlo, algo “insoluble”. En política y más
allá. Cuando los datos de un problema o de una tarea no aparecen como
infinitamente contradictorios, ubicándome ante la aporía de una doble inyunción,
entonces sé anticipadamente lo que hay que hacer, creo saberlo, ese saber
organiza y programa la acción: está hecho, ya no hay decisión ni responsabilidad
que asumir. Un cierto no-saber debe, por el contrario, dejarme desvalido ante lo
que tengo que hacer para que tenga que hacerlo, para que me sienta libremente
obligado a ello y sujeto a responder. Debo entonces, y sólo entonces, hacerme
responsable de esta transacción entre dos imperativos contradictorios e
igualmente justificados. No es que haga falta no saber. Al contrario, es
preciso saber lo más posible y de la mejor manera posible, pero entre el saber
más extenso, el más sutil, el más necesario, y la decisión responsable, sigue
habiendo y debe seguir habiendo un abismo. Volvemos a encontrar aquí la
distinción de los dos órdenes (indisociables pero heterogéneos) que nos preocupa
desde el comienzo de esta entrevista. Por otro lado, si llamamos “política” a lo que usted designa “procesos pragmáticos
de reconciliación”, entonces, tomando al mismo tiempo seriamente esas urgencias
políticas, creo también que no estamos definidos por completo por la política, y
sobre todo tampoco por la ciudadanía, por la pertenencia estatutaria a un
Estado-nación. ¿No debemos aceptar que, en el corazón o en la razón, sobre todo
cuando se trata del “perdón”, algo arriva que excede toda institución,
todo poder, toda instancia jurídico-política? Se puede imaginar que alguien,
víctima de lo peor, en sí mismo, en los suyos, en su generación o en la
precedente, exija que se haga justicia, que los criminales comparezcan, sean
juzgados y condenados por un tribunal y, sin embargo, en su corazón
perdone.
M. W. ¿Y lo
inverso?
J. Derrida: Lo inverso también,
por supuesto. Se puede imaginar, y aceptar, que alguien no perdone jamás,
incluso después de un procedimiento de absolución o de amnistía. El secreto de
esta experiencia perdura. Debe permanecer intacto, inaccesible al derecho, a la
política, a la moral misma: absoluto. Pero yo haría de este principio
transpolítico un principio político, una regla o una toma de posición política:
también es necesario, en política, respetar el secreto, lo que excede lo
político o lo que ya no depende de lo jurídico. Es lo que llamaría la
“democracia por venir”. En el mal radical del que hablamos y en consecuencia en
el enigma del perdón de lo imperdonable, hay una especie de “locura” que lo
jurídico-político no puede abordar, menos aún apropiarse. Imaginemos una víctima
del terrorismo, una persona cuyos hijos han sido degollados o deportados, u otra
cuya familia ha muerto en un horno crematorio. Sea que ella diga “perdono” o “no
perdono”, en ambos casos, no estoy seguro de comprender, incluso estoy seguro de
no comprender, y en todo caso no tengo nada que decir. Esta zona de la
experiencia permanece inaccesible y debo respetar ese secreto. Lo que queda por
hacer, luego, públicamente, políticamente, jurídicamente, también sigue siendo
difícil. Retomemos el ejemplo de Argelia. Comprendo, comparto incluso el deseo
de los que dicen: “Hay que hacer la paz, este país debe sobrevivir, basta ya,
esos asesinatos monstruosos, hay que hacer lo necesario para que esto se
detenga”, y si para eso es necesario falsear hasta la mentira o la confusión
(como cuando Bouteflika dice: “Vamos a liberar a los prisioneros políticos que
no tienen las manos ensangrentadas”), pues bien, vaya por esta retórica abusiva,
no habrá sido la primera en la historia reciente, menos reciente y
sobre todo colonial de este país. Comprendo por lo tanto esta “lógica”, pero
también comprendo la lógica opuesta, que rechaza a toda costa, y por principio,
esta útil mistificación. Pues bien, ése es el momento de la mayor dificultad, la
ley de la transacción responsable. Según las situaciones y según los momentos,
las responsabilidades a asumir son diferentes. No debería hacerse, me parece, en
la Francia de hoy, lo que se aprestan a hacer en Argelia. La sociedad francesa
de hoy puede permitirse sacar a la luz, con un rigor inflexible, todos los
crímenes del pasado (incluso los que se prolongan en Argelia, precisamente -y
esto no ha terminado todavía-, puede juzgarlos y no dejar que se adormezca la
memoria. Hay situaciones donde, por el contrario, es necesario, si no adormecer
la memoria (esto no habría que hacerlo jamás, si fuera posible), al menos hacer
como si, en el escenario público, se renunciase a sacar todas las consecuencias
de esto. Nunca estamos seguros de hacer la elección justa -uno nunca sabe, nunca
lo sabrá- de lo que se llama un saber. El futuro no nos lo hará saber mejor,
porque habrá estado determinado, él mismo, por esa elección. Es ahí donde las
responsabilidades deben reevaluarse a cada instante según las situaciones
concretas, es decir, las que no esperan, las que no nos dan tiempo para la
deliberación infinita. La respuesta no puede ser la misma en Argelia hoy, ayer o
mañana, que en la Francia de 1945, de 1968-1970, o del año 2000. Es más que
difícil, es infinitamente angustiante. Es la noche. Pero reconocer esas
diferencias “contextuales” es algo muy distinto de una renuncia empirista,
relativista o pragmatista. Justamente porque la dificultad surge en nombre y en
razón de principios incondicionales, por lo tanto irreductibles a esas
facilidades (empiristas, relativistas o pragmatistas). En todo caso, yo no
reduciría la terrible cuestión de la palabra “perdón” a esos “procesos” en los
que se encuentra anticipadamente implicada, por complejos e inevitables que
éstos sean.
M. W. Lo que sigue siendo
complejo es esta circulación entre la política y la ética hiperbólica. Pocas
naciones escapan al hecho, quizás fundador, de que ha habido crímenes,
violencias, una violencia fundadora, para hablar como René Girard, y el tema del perdón
se vuelve muy cómodo para justificar, luego, la historia de la
nación.
J.
Derrida: Todos los Estados-nación nacen y se fundan en la violencia. Creo
irrecusable esta verdad. Sin siquiera exhibir a este respecto espectáculos
atroces, basta con destacar una ley de estructura: el momento de fundación, el
momento instituyente, es anterior a la ley o a la legitimidad que él instaura.
Es, por lo tanto, fuera de la ley, y violento por eso
mismo. Pero usted sabe que se podría “ilustrar” (¡qué palabra, aquí!) esta
verdad abstracta con documentos terroríficos, y procedentes de las historias de
todos los Estados, los más viejos y los más jóvenes. Antes de las formas
modernas de lo que se llama, en sentido estricto, el “colonialismo”, todos los
Estados (me atrevería incluso a decir, sin jugar demasiado con la palabra y la
etimología, todas las culturas) tienen su origen en una
agresión de tipo colonial. Esta violencia fundadora
no es sólo olvidada. La fundación se hace para ocultarla;
tiende por esencia a organizar la amnesia, a veces bajo la celebración y la
sublimación de los grandes comienzos. Ahora bien, lo que parece singular hoy, e
inédito, es el proyecto de hacer comparecer Estados, o al
menos jefes de Estado en cuanto tales (Pinochet), e incluso jefes de Estado en
ejercicio (Milosevic) ante instancias universales. Se trata ahí sólo de
proyectos o de hipótesis, pero esta posibilidad basta para anunciar una
mutación: ésta constituye de por sí un acontecimiento capital. La soberanía del
Estado, la inmunidad de un jefe de Estado ya no son, en principio, en derecho,
intangibles. Evidentemente, subsistirán por largo tiempo muchos equívocos, ante
los cuales es necesario redoblar la vigilancia. Estamos lejos de pasar a los
actos y de poner estos proyectos en marcha, porque el derecho internacional
depende todavía demasiado de Estados-nación soberanos y poderosos. Además,
cuando se pasa al acto, en nombre de derechos universales del Hombre o contra
“crímenes contra la humanidad”, se lo hace a menudo en forma interesada, en
consideración de estrategias complejas y a veces contradictorias, en una
situación donde se depende enteramente de Estados no solamente celosos de su
propia soberanía, sino dominantes en el escenario internacional, apurados por
intervenir aquí más bien o más pronto que allá, por ejemplo en Kosovo más bien
que en Chechenia, para limitarse a ejemplos recientes, etc., y excluyendo, por
supuesto, toda intervención en ellos; de allí por ejemplo la hostilidad de China
a cualquier injerencia de este tipo en Asia, en Timor, por ejemplo -esto
podría dar ideas del lado del Tíbet-; o también de ciertos países llamados “del
Sur”, ante las competencias universales prometidas a la Corte penal
internacional, etcétera.
Volvemos
regularmente a esta historia de la soberanía. Y puesto que hablamos del perdón,
lo que hace al “te perdono” a veces insoportable u odioso, hasta obsceno, es la
afirmación de soberanía. Esta se dirige a menudo de arriba abajo,
confirma su propia libertad o se arroga el poder de perdonar, ya sea como
víctima o en nombre de la víctima. Ahora bien, es necesario además pensar en una
victimización absoluta, la que priva a la víctima de la vida, o del derecho a la
palabra, o de esa libertad, de esa fuerza y ese poder que
autorizan, que permiten acceder a la posición del “te
perdono”. Ahí, lo imperdonable consistiría en privar a la víctima de ese derecho
a la palabra, de la palabra misma, de la posibilidad de toda manifestación, de
todo testimonio. La víctima sería entonces víctima, además, de verse despojada
de la posibilidad mínima, elemental, de considerar
virtualmente perdonar lo imperdonable. Este crimen absoluto
no adviene solamente en la figura del asesinato.
Inmensa dificultad,
pues. Cada vez que el perdón es efectivamente ejercido, parece suponer algún
poder soberano. Puede ser el poder soberano de un alma noble y fuerte, pero
también un poder de Estado que dispone de una legitimidad incuestionada, de la
potencia necesaria para organizar un proceso, un juicio aplicable o,
eventualmente, la absolución, la amnistía o el perdón. Si, como lo pretenden
Jankélévitch y Arendt (ya he expresado mis reservas al respecto), sólo se
perdona allí donde se podría juzgar y castigar, por lo tanto evaluar, entonces
la instalación, la institución de una instancia de juicio supone un poder, una
fuerza, una soberanía. Usted conoce el argumento “revisionista”: el tribunal de
Nuremberg era la invención de los vencedores, estaba a su disposición, tanto
para establecer el derecho, juzgar y condenar, como para exculpar,
etcétera.
Con lo que sueño,
aquello que intento pensar como la “pureza” de un perdón digno de ese nombre,
sería un perdón sin poder: incondicional, pero sin
soberanía. La tarea más difícil, a la vez necesaria y aparentemente
imposible, sería entonces disociar incondicionalidad y
soberanía. ¿Se hará algún día? C’est pas demain la veille,[iv] como se dice. Pero,
puesto que la hipótesis de esta tarea impresentable se anuncia, aunque sea como
una ilusión para el pensamiento, esta locura no es quizás tan loca...
[i]
Esta entrevista entre Jacques Derrida y Michel Wieviorka
fue publicada con
este título en el número 9 de
Monde des débats (diciembre de
1999).
[iii]
Habría mucho para decir aquí sobre las diferencias sexuales,
ya se trate de las víctimas o de su testimonio. Tutu cuenta también cómo algunas mujeres perdonaron en presencia de los
victimarios. Pero Antje Krog, en
un libro admirable, The Country of my Skull,
describe además la situación de mujeres militantes
que, violadas y ante todo acusadas por los torturadores de no ser militantes
sino rameras, no podían siquiera atestiguarlo ante la Comisión, ni tampoco en su
familia, sin desnudarse, sin mostrar sus cicatrices o sin exponerse una vez más,
por su testimonio mismo, a otra violencia. La “cuestión del perdón” no podía
siquiera plantearse públicamente a estas mujeres, algunas de las cuales ocupan
actualmente altas responsabilidades en el Estado. En Sudáfrica existe una
Gender Commission para este tema.
[iv]
Del lenguaje familiar, literalmente “no es mañana la
víspera”, para significar “no será en lo inmediato”. [N. de la
T.]
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
16:09
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