lunes, 20 de octubre de 2008

"PATERNIDAD EN VIAS DE EXTINCIÓN" por Omar Bello

La procreación pasó de moda. El descenso abrupto de la natalidad es un fenómeno visible en las sociedades ricas, con raíces múltiples y complejas, desde el miedo a ser padres hasta la sensación de poder reemplazar hijos por mascotas.



El enorme poder que la infancia acumuló durante la segunda mitad del siglo veinte, tiene un único contrincante de peso: el viejo y querido animal doméstico. Perros, gatos y hasta iguanas (lo último en materia de mascotas cool), están desplazando a los niños de las casas, especialmente de las de buen nivel económico; verdadera trampa mortal para un reinado cruel que avanzó victorioso, sin obstáculos a la vista. Todas las dictaduras llegan a su fin, incluso la de nuestros hijos. Aunque reemplazar a los chicos por un loro simpático y entrador puede parecer demasiado, son muchos los que creen que el trueque resulta ventajoso. Entrado el nuevo milenio, los únicos privilegiados encontraron una dura piedra en el camino. “Si no puedes vencerlos, deja de procrearlos”, es la consigna de estos tiempos. Las personas empiezan a descubrir que, en compañía de esos animalitos agradecidos y dispuestos a hacer morisquetas, se sienten plenas. “Sólo les falta hablar”, esparcen a los cuatro vientos. Mejor así, en una de esas abren la boca, y el sueño del amor incondicional cae como calzón de bataclana. Son puras suposiciones, nunca sabremos lo que las mascotas piensan de nosotros. Los chicos te lo dicen no bien entran en la adolescencia. La famosa trilogía que aconsejaba plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, sufrió un duro golpe con la crisis de la industria literaria y el ocaso de la lectura. Nada más antiguo que dejar testimonio en papel. Gracias al esfuerzo de las organizaciones ecologistas, lo del árbol seguirá en pie unos años más, tampoco muchos. Pero tal cual lo conocemos, el mandato de la paternidad es una rareza en vías de extinción. Lo que es peor aún, va tomando formas bizarras que ni siquiera la ciencia-ficción pudo anticipar. Otra que el minotauro. Ya no sólo se mezclan las razas, también las especies animales andan entreveradas en dulce montón. ¿Manipulación genética? Ojalá se tratara de eso. Al menos tendríamos la esperanza de engendrar una especie mejor; híbrido aventajado en virtudes que nos salve de nosotros mismos. La cosa es simple: el miedo a convertirse en padres está haciendo estragos. Procrear pasó de moda. Razones para este descenso abrupto de popularidad sobran. Los esfuerzos a realizar son gigantescos y la paga, poca. ¿Recompensas espirituales? Querer a los hijos es una obligación, ser querido por ellos en el largo plazo (como veremos más adelante), una lotería con olor a tongo. Las naciones tampoco hacen mucho al respecto. El salario familiar es un chiste de dudoso gusto. Por cada hijo te dan el equivalente al pancho y la coca. Cuestan cien y te pagan diez. En cuanto al impuesto a las ganancias, las diferencias entre las parejas que deciden poblar el país y las que no son mínimas. Quienes se quedan solos mueren ricos. ¿Tristes? Conozco algunos que llevan su “cruz” bastante bien. La desesperación por traer hijos al mundo atrasa. En distintos lugares del planeta, los chicos ya no se gestan, se compran en veterinarias. Vienen vacunados, libres de pulgas y parásitos molestos. La silenciosa sustitución de una especie animal por otra todavía no es furor en el tercer mundo. Se ve que los pobres somos los últimos en perder las esperanzas. O en avivarnos. Alcanza su cénit en los Estados Unidos y Europa, donde las parejas jóvenes tienen cada vez menos descendencia y establecen vínculos maternales con bichos de pelaje diverso. En lugar de parir y entregar su preciosa vida a una criatura descontrolada, que apenas larga el biberón (antes también) se traviste en un pozo sin fondo de reproches, exigencia y gastos disparatados, prefieren adoptar una boa constrictora de las grandes, capaz de engullirlos al menor descuido. La muerte violenta a manos de un reptil poco dado al compromiso afectivo es preferible a quedar expuestos a una chorrera de aullidos imposibles de acallar, visitas grasientas a locales de comidas rápidas y la persecución, casi policial, de esa figurita que un cráneo del marketing decidió convertir en mito urbano. Sin mencionar la angustia infinita de sentir que todo eso pasa debido a que hicimos algo mal. El entrenamiento da sus frutos, la educación, no necesariamente. Con paciencia y saliva, un perro devuelve el hueso que le tirás. Basta insistir una y otra vez para llegar al territorio de la certeza. Muy por el contrario, los hijos son una verdadera caja de sorpresas. El hueso que le tiraste puede terminar clavado en medio de tu propio pecho. Dicen que las mascotas te enfrentan sólo una vez en toda su vida; momento crucial en el que se miden las fuerzas de cada uno. Pues bien, en cuanto crecen, los hijos son capaces de enfrentarte tantas veces como sea necesario o se les ocurra. ¿Por qué me hiciste esto?, te dicen con sangre en la mano. ¿De quién es la sangre? Tuya, obvio. Debe ser uno de los pocos casos en los que la víctima siente culpas. Porque la culpa siempre es de los padres, incluso si caen heridos. No sólo los hijos lo ven así, la sociedad moderna piensa igual. Tiempo atrás, la culpa era del chico que no sabía aprender. Hoy es toda del padre que no sabe enseñar. Tan edulcorada es la imagen que los infantes supieron conseguir en occidente, que los procesos de reemplazo de un animal por otro (perdón al animal que corresponda), se atribuyen pura y exclusivamente al egoísmo paterno; sibaritas del primer mundo que piensan demasiado en sí mismos y violan las leyes perfectas de la naturaleza, legándole su apellido (a veces también sus bienes) a un papagayo colorido y exótico, contrabandeado desde Sudamérica. Los niños están libres de culpa y cargo. Demonizar a los padres es un deporte universal. Si un par de alumnos desquiciados abre fuego en medio de un aula, ¿adivinen quién es el culpable? Bingo. Frente a cualquier conflicto, aburridos psicólogos y especialistas mediáticos apuntan los cañones al hogar. La familia de origen es el puchingball en el que todos descargan su bronca. Y su impotencia. Los chicos se drogan, hay que mirar la casa. Un adolescente mata a otro, hay que mirar la casa. El alcohol está haciendo estragos, hay que mirar la casa. Un púber le incendia el pelo a la profesora, hay que mirar la casa. ¿Y si el niño tiene el mejor promedio? Hay que felicitar al niño. Algún día, el avance de la genética barrerá con tantas generalidades. Son muchas las cosas que vienen de fábrica. Responsabilizar a los padres es, ante todo, un acto de brutal omnipotencia para con el chico. La psicología enseña que todo lo que ocurre desde los cero hasta los tres años, es determinante para el desarrollo de la personalidad. ¿Será tan así? Mientras la paternidad no recobre cierta sencillez original que la psicología le niega, más seres humanos esquivarán el bulto. Sigamos tirando de la soga. En cualquier momento, alguna de estas mascotas usurpadoras produce una mutación genética, y el sillón presidencial queda en poder de un hámster aventajado, con master en Harvard solventado por una pareja que le dedicó su vida; hasta es probable que el cobayo en cuestión resulte más agradecido que un hijo. Es curioso que el más inteligente de los mamíferos (por si hace falta aclararlo, el hombre), elija proyectarse al futuro en forma de mascota peluda. Semejante suicidio en masa dice algo. Las clases acomodadas están renunciando al derecho de perpetuarse. Justo ellos, los que tienen la sartén por el mango, deciden interrumpir la cadena evolutiva. Y si bien los disfrazan de comodidad, en el fondo están escapando del miedo. Porque si por un lado exhiben escaso compromiso con el arte de procrear, por otro encuentran sustitutos simpáticos a los que malcrían a gusto. Quizás, en el contexto de esta generación, sea una simple cuestión de memoria. Los jóvenes que transitan la veintena recuerdan el nivel de tortura al que sometieron a sus padres. Aunque los crean merecedores de esas maldades, no quieren arriesgarse a pasar por lo mismo. A papá mono con bananas verdes. Anulan el tema o lo postergan hasta los cuarenta largos, edad en la que (suponen), la existencia se convierte en algo tan aburrido y carente de sentido, que los gritos y demandas infantiles ayudan a pasar el rato. “Ya disfruté, ahora hago patria”. El problema es que la biología no sigue a la cultura. Lo que puede aparecer como una postergación en el tiempo se transforma en decisión definitiva e irreversible. Que vivamos hasta los cien años no significa que la madre naturaleza nos habilite a derrochar las primeras cuatro décadas.

El combo de responsabilidad excesiva y culpa infinita es una bomba de tiempo que atenta contra la fertilidad humana. Y lo que es peor, contra las ganas de ser padre. Para colmo de males, el endiosamiento de la infancia es una tendencia que crece.


Festejar al soberano:

¿Por qué será que los hijos de los amigos o parientes son siempre mejores? O si no son mejores, al menos parecen portarse mejor; hacen los deberes, evitan pelearse a trompadas en los pasillos del supermercado y se bañan cuando deben hacerlo. Muy simple, hasta bien entrada la adolescencia, los padres no dicen la verdad. Únicamente cuando la realidad supera a la ficción y el chico se convierte en un luchador de sumo en potencia, se rinden ante las inocultables evidencias y largan prenda. Mientras tanto, mueren con las botas puestas. En nuestros días, la paternidad es una enfermedad vergonzante de la que se habla mucho y dice poco. Al cargarse de culpas y sentir que hacen las cosas mal, los padres no sólo se alejan de sus hijos, también se separan de otros padres con quienes podrían intercambiar experiencias. Los cambios en la manera de festejar el cumpleaños infantil son un buen ejemplo de esta lógica autista, donde cada uno ocupa su lugar sin cruzarse ni compartir. De reunión familiar a representación teatral, con papeles asignados y libreto previamente definido.

Winnie o no Winnie, he ahí el dilema. ¿La solución? Por trescientos pesos más, el bueno de Pooh te baila la jota aragonesa. La modernidad es una máquina de escupir profesiones insólitas. Coach, esteticista y coronando el podio de las excentricidades, wedding planner. Es decir, alguien que se dedica a producir bodas (el Suar de los casorios). Asociado a festicholas, el concepto producción es relativamente nuevo. Antes los cumpleaños se preparaban, ahora se producen, cambio que dista de ser inocente. Tal cual lo conocemos, el productor es un sujeto, generalmente exaltado, habitante de ese universo que llamamos farándula. Entra a tallar cuando el objetivo es montar espectáculos. ¿Qué hace al comando de nuestra fiesta? La puesta en escena. De celebración compartida a oportunidad para exhibirse. El mapa evolutivo de los cumpleaños muestra un corrimiento progresivo hacia la exhibición descarada y el aislamiento. Mi primera negociación con un animador de fiestas infantiles fue áspera. ¿El tema en cuestión? La asistencia del personaje favorito del cumpleañero: Winnie de Pooh. Lo de la jota aragonesa me pareció grosero, especialmente porque respondía a la pregunta: ¿juega con los chicos? De todas formas, la guerra estaba perdida de entrada. El show modelo base parecía desnudo. Remontar el cumple sin la presencia estelar del osito mielero era como filmar King Kong prescindiendo del mono. Relajé la billetera y, a la hora señalada, el muñeco peludo hizo su entrada sudorosa y triunfal. ¿La factura? Te la debo. No son ciertas las versiones que me sindican como el responsable de haber apagado el aire acondicionado. A partir de los tres añitos (o de los dos), la animación es el alma de la fiesta. Celebración y entretenimiento libran una batalla campal en la que el segundo siempre gana. Meses antes del ágape, los padres reservan salón y persiguen a las figuritas de turno; divos de vida efímera cuya estrella, la más de las veces, agoniza no bien se acerca nuestra party. ¿No era que te había gustado tanto? Sí, pero eso fue hace quince días. O sea, cuatro cumpleaños atrás. La desesperación por conformar al soberano y expiar culpas tiene su correlato espacial. El mundo de los niños es perfecto. ¿Para qué contaminarlo con adultos? Los salones quedan subdivididos en compartimientos estancos que sólo se atraviesan si el animador de turno lo dispone; patovica de cotillón que admite un par de transgresiones consensuadas previamente: el soplido de las velitas y la interactividad forzada; juegos participativos que incluyen mayores. “¿La abuela?”, le pregunta el showman a cualquier señora grande que tenga “pinta de”. “Murió hace seis meses…”, atina a contestar la anciana en cuestión mientras, resignada, cubre el hueco que dejó la finadita. El show debe continuar. Arrinconados, observando sin molestar (no deja de ser una fiesta ajena), padres, abuelos, tíos y alguna que otra madre desubicada, desconocedora de las reglas de juego: entregar el infante a las cinco y pasar a buscarlo a las siete, justo cuando los dueños del local contratado cambian de humor. Porque, en estos casos, el cuidado del cliente no es prioridad. ¿Quién festeja dos veces en un mismo lugar? Queda latente la posibilidad de que el incauto recomiende el servicio. Sin embargo, los papás suelen mostrarse celosos con sus hallazgos. Hay que operarlos para sacarles el número del salón o las coordenadas del animador. La competencia entre los chicos es feroz. La comida es un capítulo aparte. Aunque la torta mejoró en calidad y cantidad, el resto del buffet es un rejunte de chatarra que ni Yiya Murano, la envenenadora de Montserrat, sería capaz de llevar a la mesa. Papas fritas vencidas, palitos ídem, panchos de procedencia dudosa y, secándose en el sector senior, sándwiches de miga despanzurrados. ¡Saque la mano de ahí que son para los mayores! ¿Bebidas? Jugo en polvo azucarado.

Travestida en obra de teatro, con los chicos jugando sobre el escenario, a merced de un desconocido disfrazado de ratón Mickey y los grandes ocultos en las sombras de las butacas, la fiesta infantil perdió su sentido primordial: celebrar la vida entre todos. Rodeado de viejos encanecidos, amigos de la familia y vecinos que pasaban a comer, el chico tenía una noción de su lugar en el mundo. A su manera, esa gente lo agasajaba y le daba la bienvenida. Hoy lo admira con cierto temor. En nuestros días, la clave es ver cómo se divierte junto a los compañeros del colegio. Claro que todo tiene un costo. Y los niños pagan uno muy alto.


Síndrome de Estocolmo:

Si sentir culpa las veinticuatro horas es feo, carecer de ella puede resultar demoledor. Mientras el rol paterno se hizo tan complejo que duele, el de los chicos se simplificó hasta la caricatura.


Coincidiendo con el mito que rodea a uno de sus héroes favoritos, Walt Disney, permanecen en animación suspendida buena parte de su infancia, dejando que la naturaleza haga lo suyo. La famosa “inocencia” es un salvoconducto que, más allá de lo que puede aportar la educación formal, los libera de preparase para la vida adulta. El golpe fuerte viene a eso de los trece o catorce, cuando los padres se apresuran a archivar los juguetes y descubren que, ese púber al que venían tratando como si fuera un dibujito animado debe enfrentar la vida. Y debe hacerlo rápido. Hasta ese entonces, lo privaron de ir al velorio de la abuela (¿para qué exponerlo a la visión de la muerte?), conocer detalles de las finanzas familiares y, aunque mire varias horas de televisión por día, nunca lo dejaron ver el noticiero completo. El cuidado extremo de la inocencia infantil, entendida a manera de tránsito por un mundo de ensueños, reemplazó al cuidado de la virginidad. Asumimos que el debut sexual se dará, en el mejor de los casos, poco después de los catorce. El tema es saber si las chicas siguen creyendo en los reyes magos. O que no descubran al abuelo escondido detrás del disfraz de Papá Noel comprado en Miami. En épocas pasadas, suponíamos que la adultez se ingería con cuenta gotas. Ya a los cinco o seis años, los padres diluían el vino en soda y se lo daban a los más chicos. Hoy creemos que la mayoría de edad es una aberración digna de ser ocultada el mayor tiempo posible. Los niños se desayunan de golpe con realidades que antes incorporaban de a poco. ¿El resultado? Tienen un nivel de enojo y tristeza en los ojos que desconcierta. Del cuentito de hadas al espanto de la calle cruda. Nunca sabremos si el mundo es tan feo como se lo ve a simple vista, o está empobrecido por las altas expectativas previas. Después de todo, un viaje sin escalas de Disneylandia a la villa 31, vuelve loco a cualquiera. Quienes tenemos algo más de cuarenta años, vivimos una bisagra intermedia. Nuestros padres trataron de aislarnos pero carecían de los recursos que existen ahora. Hoy, mantener a los chicos dentro de una burbuja es bien posible. La suma de colegio privado, internet, celular, pantalla de plasma y computadora de última generación hace que se desplacen felices por el limbo, sin necesidad de entrar en contacto con otras realidades. Al fin y al cabo, dejando de lado la cuestión sexual, muchos niños viven una realidad parecida a la de Elisabeth Fritzl, la joven austriaca que fue secuestrada por su propio padre en el sótano de su casa. Los crímenes aberrantes también reflejan una época. Los padres del nuevo milenio hacemos cualquier cosa con tal de mitigar la culpa, proteger a nuestros hijos de la realidad y lograr que nos quieran. ¿Nos querrán?

Ante todo, tengo que pedirles disculpas a los papás que están leyendo esto. Voy a introducir una pregunta demoledora: ¿nos quieren nuestros hijos? Es decir, tal cual está planteada la relación, ¿es posible que nos quieran? Y algo más inquietante aún: ¿se sienten queridos por nosotros?

Igual que Bernardita, la niña a la que se le apareció la Virgen de Lourdes, un día de febrero tuve una revelación que me dejó pasmado. No fue religiosa ni aconteció dentro de una gruta, pero su impacto me persigue hasta hoy. Como suele suceder, estaba discutiendo con mis hijos (niños, para más datos) en un restaurante parrilla. ¿Los motivos? El menú. Cuando la situación llegó a un punto de máxima tensión, hice uso de mis facultades extraordinarias y, por decreto presidencial, todos los presentes comimos pollo asado al limón. Sus caritas juraron revancha. Aunque las razones de semejante crueldad no vienen al caso, así planteado, el abuso de poder me dejó un sabor amargo. Las relaciones entre padres e hijos y los secuestros extorsivos se parecen demasiado. Hay similitudes tan evidentes que el análisis se impone. Unos y otros vivimos encerrados en un microclima de tensión, capaz de engendrar comportamientos parecidos al síndrome de Estocolmo. Nos guste admitirlo o no, si el aire está viciado, el amor (de un lado y del otro) queda bajo sospecha. Hasta la década del cincuenta, los roles estaban definidos. Los secuestradores, igual que los reyes magos, eran los padres. En nuestros días armamos un pastiche difícil de desentrañar. ¿Quién es quién? Es imposible dar una respuesta definitiva. La tiranía infantil es una competencia fuerte. A veces son ellos los que tienen la llave del candado que sujeta la cadena. Otras, nosotros. Gran parte de la literatura poética sobre las relaciones entre padres e hijos, se concentra en dos etapas específicas y muy reveladoras: el nacimiento de la criatura y la muerte de los padres. Es en esos extremos cuando se escribieron las páginas más bellas y conmovedoras sobre el asunto. Las canciones populares hacen hincapié en “el día que naciste” o al “querido viejo” que camina lento y está más cerca del arpa que de la guitarra. A los hijos se los venera cuando vienen al mundo, a los padres cuando lo dejan; opuestos que, sin embargo, tienen un punto en común: la debilidad. Nunca somos más débiles que al instante de nacer y morir. En esa simpleza original, lejos de los roles impuestos, nos seguimos encontrando. Conviene tomar nota. De lo contrario, nuestros nietos tendrán plumas y vendrán en jaulas.

"LOS QUE SOBRAN" por Zigmunt Bauman








Unos años atrás (antes del 11-S, del Tsnunami, del Katrina y del alza terrorífica de los precios del petróleo que siguió a todos esos fenómenos), Jacques Attali reflexionó sobre el fenomenal éxito comercial de la película Titanic, que batió todos los récords de taquilla anteriores de otros filmes de catástrofes aparentemente similares. Él lo explicaba entonces con unas palabras que, si ya sonaban sorprendentemente creíbles en el momento en que las escribió, transcurridos unos años se antojan poco menos que proféticas:


Titanic somos nosotros, es nuestra triunfalista, autocomplaciente, ciega e hipócrita sociedad, despiadada con sus pobres; una sociedad en la que todo está ya predicho salvo el medio mismo de predicción. […] Todos suponemos que, oculto en algún recoveco del difuso futuro, nos aguarda un iceberg contra el que colisionaremos y que hará que nos hundamos al son de un espectacular acompañamiento musical.


Ha sido mayormente en Europa y en sus antiguos dominios (sus retoños, ramificaciones y sedimentaciones de allende los mares), así como en unos pocos "países desarrollados" […] donde más espectaculares avances ha realizado en los últimos años la adicción al miedo y la obsesión por la seguridad.

Es algo que, por sí solo, parece un misterio. Después de todo, como bien indica Robert Castel en su incisivo análisis de las ansiedades que esa inseguridad alimenta actualmente, "nosotros ­­–en los países desarrollados, al menos- vivimos sin duda en unas de las sociedades más seguras (sûres) que jamás han existido". Y, aún así, contra toda "evidencia objetiva", también somos "nosotros" –las personas más mimadas y consentidas de todos los tiempos- los que nos sentimos más amenazados, inseguros y asustados, los más inclinados a ser presa del pánico y los más apasionados por todo lo relacionado con la protección y la seguridad, entre todos los miembros de cualquier sociedad de la que se haya tenido noticia. Ese es el enigma que necesita solución para comprender los giros y las sinuosidades de la sensibilidad popular al peligro, así como los blancos cambiantes en los que dicha sensibilidad tiende a centrarse.

Con la ventaja que nos dan los años, hoy podríamos contemplar la década de 1970 no sólo como el momento de una transformación más, sino (parafraseando el famoso concepto de Kart Polanyi) como el de la "Gran Transformación, segunda parte", un auténtico hito de la historia contemporánea. Ese decenio separó los "treinta años gloriosos" de la reconstrucción del período de posguerra, el pacto social y el "optimismo desarrollista que acompañaron el desmantelamiento del sistema colonial y la emergencia de una pléyade de "nuevas naciones", del novísimo mundo actual de fronteras difuminadas o debilitadas, de avalancha de información, de globalización desenfrenada, de festín consumista en el Norte rico y del "sentimiento cada vez más profundo de desesperación y exclusión en gran parte del resto del mundo" que surge de la contemplación de todo un "espectáculo de riqueza en un extremo y de miseria en el otro".

[…] Uno de los aspectos más fatídicos de la mencionada transformación se nos reveló relativamente pronto y ha sido exhaustivamente documentado desde entonces: el paso de un modelo de "Estado social" y comunidad inclusiva a un Estado excluyente de "justicia criminal", "penal" o "de control del crimen". David Garland, por ejemplo, señala que


el énfasis ha virado acusadamente del bienestar social a la modalidad penal. […]
El modelo penal, además de adquirir prominencia, se ha vuelto más punitivo, más expresivo, más preocupado por la seguridad. […] El modelo del bienestar social, además de haber quedado más acallado, se ha vuelto más condicional, más centrado en las infracciones, más preocupado por los riesgos. […] Actualmente los infractores […] ya no tienden a ser representados en el discurso oficial como ciudadanos afectados por una privación de origen social y necesitados de apoyo, sino como individuos culpables, indignos y, en cierto modo, peligrosos.


Loïc Wacquant constata una "redefinición de la misión del Estado": el Estado "se retrae del ámbito económico, asevera la necesidad de reducir su función social para ampliar y reforzar su intervención penal".

Ulf Hedetoft hace hincapié en otro aspecto (o, tal vez, en el mismo, pero desde un ángulo diferente) de esta transformación de veinte a treinta años de antigüedad. Hedetoft observa que "se están trazando nuevas fronteras entre Nosotros y Ellos y de manera más rígida" que nunca. Basado en Andreas y Zinder, Hedetoft sugiere que, además de hacerse más selectivas, de abotargarse, de asumir formas más diversas y de ser más difusas, las fronteras se han convertido en lo que podríamos denominar unas "membranas asimétricas" que permiten la salida, pero sirven al mismo tiempo de "protección frente a la entrada no deseada de unidades procedentes del otro lado":


Con el aumento de las medidas de control en las fronteras exteriores, pero también (y no menos importante) con el endurecimiento del régimen de expedición de visados en los países de emigración, en "el Sur", […] [las fronteras] se han diversificado, como también lo han hecho los controles fronterizos, que ahora se llevan a cabo no sólo en los lugares convencionales, […] sino también en aeropuertos, en embajadas y consulados, en centros de asilo y en el espacio virtual, en la forma de un incremento de colaboración entre la policía y las autoridades de inmigración de diversos países.


Como si con ello quisiera dar fe inmediata de lo acertado de la tesis de Hedetoft, el primer ministro británico Tony Blair recibió a Ruud Lubbers, alto comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados, y le sugirió la instalación de "refugios seguros" para los solicitantes potenciales de asilo que estuvieran situados cerca de sus hogares de origen, o, lo que es lo mismo, a una distancia prudencial de Gran Bretaña y de otros países ricos que, hasta fecha reciente, han constituido sus destinos naturales. En un ejemplo típico de la Neolengua de la Gran Transformación actual, el entonces ministro británico del Interior, David Blunkett, describió el tema de la conversación entre Blair y Lubbers como "los nuevos retos que para los países desarrollados plantean aquellos y aquellas que utilizaban el sistema de asilo político como una ruta de entrada en Occidente" (según esa misma Neolengua, cualquiera habría podido quejarse en su momento, por ejemplo, del reto que para la población costera suponían los marinos naufragados que empleaban el sistema establecido de rescates en alta mar como vía de acceso a tierra firme).

La más reciente serie de frenos impuestos en Gran bretaña dentro de las políticas de inmigración y de asilo ilustra muy a las claras ese giro. Según lo expresaba el nuevo ministro del Interior, Charles Clarke,


la inmigración por trabajo, la inmigración por estudios, es buena. […] Lo que está mal es que ese sistema no esté adecuadamente vigilado y acaben viniendo personas que se convierten en una carga para la sociedad, y eso es lo que pretendemos eliminar. […] Así, instauraremos un sistema […] que preste atención a las aptitudes, los talentos y las habilidades de las personas que quieren venir a trabajar en este país, y que garantice que, cuando lleguen aquí, tendrán un empleo y podrán contribuir a la economía del país.


Todos los demás solicitantes –inmigrantes potenciales sin suficientes "puntos fuertes" en cuanto a su educación profesional y a su experiencia en los servicios en los que el país padece un déficit de profesionales autóctonos- verán negados sus derechos sociales y, a su debido tiempo, acabarán siendo deportados (más o menos lo mismo que se haría, si se pudiera con la población autóctona "superflua", a la que recientemente se ha rebautizado sintomáticamente como la "infraclase" de los marginados sociales). El primer ministro, según se informó en la prensa, acogió muy positivamente esos planes porque, en su opinión, lograrían abordar la justificable preocupación de la población por los abusos cometidos en el sistema inmigratorio y en el de concesión de asilo. Garantizarían, según Tony Blair, que "sólo obtengan permisos de trabajo las personas que realmente necesitemos que vengan aquí a trabajar".

Como siempre sucede en las declaraciones públicas de Tony Blair, sus palabras debieron de ser ensayadas anteriormente con grupos de discusión, cuidadosamente seleccionados y ponderados, con el objeto de elegir aquellas que mejor reacción podían suscitar en el ánimo de los electores. Aunque, aparentemente, tenían como destinatarios exclusivos a los extranjeros que llamaban a las puertas de gran bretaña, las declaraciones del premier no tendrían lógica convincente alguna si no sintonizaran con la manera de pensar del "público en general" (es decir, de una mayoría decisiva de los votantes) a propósito de los desvalidos, o, lo que viene a ser lo mismo tras años de recortes en las prestaciones públicas, de los "perceptores de ayudas sociales", es decir, aquellas personas que no sólo poseen "derecho sociales", sino que los hacen efectivos. Después de todo, los criterios de esta "exclusión externa", por utilizar la distinción formulada por Christian Joppke, han sido tramados y probados dentro del propio país: no son más que aplicaciones de los principios que emanan de las prácticas domésticas de "exclusión interna".

Ahora se supone que los derechos sociales se han de ofrecer de forma selectiva. Deben ser concedidos si, y sólo si, quienes los otorgan deciden que su concesión será acorde a sus propios intereses, pero no por la fuerza de la condición humana de sus destinatarios. Y entre esos dos conjuntos de personas –el de quienes cumplen los requisitos de la segunda prueba (la de la condición humana) y el de quienes cumplen los de la primera (la de los intereses de quienes otorgan los derechos (no hay solapamiento alguno.

El derecho soberano a la excepción está siendo revivido en la actualidad… y reafirmado a escala planetaria, a diferencia de otros muchos derechos soberanos (¿la mayoría?) del Estado-nación...

viernes, 17 de octubre de 2008

"Papá cuéntame otra vez"por Ismael Serrano.

Gracias Ismael por patear el tablero.



Papá cuéntame otra vez ese cuento tan bonito
de gendarmes y fascistas, y estudiantes con flequillo,
y dulce guerrilla urbana en pantalones de campana,
y canciones de los Rolling, y niñas en minifalda.

Papá cuéntame otra vez todo lo que os divertisteis
estropeando la vejez a oxidados dictadores,
y cómo cantaste Al Vent y ocupasteis la Sorbona
en aquel mayo francés en los días de vino y rosas.

Papá cuéntame otra vez esa historia tan bonita
de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia,
y cuyo fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo,
y como desde aquel día todo parece más feo.

Papá cuéntame otra vez que tras tanta barricada
y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada,
al final de la partida no pudisteis hacer nada,
y bajo los adoquines no había arena de playa.

Fue muy dura la derrota: todo lo que se soñaba
se pudrió en los rincones, se cubrió de telarañas,
y ya nadie canta Al Vent, ya no hay locos ya no hay parias,
pero tiene que llover aún sigue sucia la plaza.

Queda lejos aquel mayo, queda lejos Saint Denis,
que lejos queda Jean Paul Sartre, muy lejos aquel París,
sin embargo a veces pienso que al final todo dio igual:
las ostias siguen cayendo sobre quien habla de más.

Y siguen los mismos muertos podridos de crueldad.
Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam.
Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam.
Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam.


martes, 30 de septiembre de 2008

¡NO PASARAN! por Dolores "La Pasionaria" Ibárruri

(Llamamiento pronunciado por la Pasionaria, el 19 de julio de 1936.)



¡Obreros! ¡Campesinos! ¡Antifascistas! ¡Españoles patriotas!...
Frente a la sublevación militar fascista ¡todos en pie, a defender la República, a defender las libertades populares y las conquistas democráticas del pueblo!...
A través de las notas del gobierno y del Frente Popular, el pueblo conoce la gravedad del momento actual. En Marruecos y en Canarias luchan los trabajadores, unidos a las fuerzas leales a la República, contra los militares y fascistas sublevados.
Al grito de ¡el fascismo no pasará, no pasarán los verdugos de octubre!... los obreros y campesinos de distintas provincias de España se incorporan a la lucha contra los enemigos de la República alzados en armas. Los comunistas, los socialistas y anarquistas, los republicanos demócratas, los soldados y las fuerzas fieles a la República han infligido las primeras derrotas a los facciosos, que arrastran por el fango de la traición el honor militar de que tantas veces han alardeado.
Todo el país vibra de indignación ante esos desalmados que quieren hundir la España democrática y popular en un infierno de terror y de muerte.
Pero ¡no pasarán!
España entera se dispone al combate. En Madrid el pueblo está en la calle, apoyando al gobierno y estimulándole con su decisión y espíritu de lucha para que llegue hasta el fin en el aplastamiento de los militares y fascistas sublevados.
¡Jóvenes, preparaos para la pelea!
¡Mujeres, heroicas mujeres del pueblo! ¡Acordaos del heroísmo de las mujeres asturianas en 1934; luchad también vosotras al lado de los hombres para defender la vida y la libertad de vuestros hijos, que el fascismo amenaza!
¡Soldados, hijos del pueblo! ¡Manteneos fieles al gobierno de la República, luchad al lado de los trabajadores, al lado de las fuerzas del Frente Popular, junto a vuestros padres, vuestros hermanos y compañeros! ¡Luchad por la España del 16 de febrero, luchad por la República, ayudadlos a triunfar!
¡Trabajadores de todas las tendencias! El gobierno pone en nuestras manos las armas para que salvemos a España y al pueblo del horror y de la vergüenza que significaría el triunfo de los sangrientos verdugos de octubre.
¡Que nadie vacile! Todos dispuestos para la acción. Cada obrero, cada antifascista debe considerarse un soldado en armas.
¡Pueblos de Cataluña, Vasconia y Galicia! ¡Españoles todos! A defender la República democrática, a consolidar la victoria lograda por el pueblo el 16 de febrero.
El Partido Comunista os llama a la lucha. Os llama especialmente a vosotros, obreros, campesinos, intelectuales, a ocupar un puesto en el combate para aplastar definitivamente a los enemigos de la República y de las libertades populares. ¡Viva el Frente Popular! ¡Viva la unión de todos los antifascistas! ¡Viva la República del pueblo! ¡Los fascistas no pasarán! ¡No pasarán!

"EL FIN DEL EPICENTRO FINANCIERO" por Miguel Rodríguez

Un sistema finaciero para el siglo XXI

El paradigma económico de las últimas décadas llega a su fin. La próxima era traerá más regulación, menos apalancamiento e inversiones de menor riesgo.




El pasado 8 de agosto, un mes antes de la quiebra de Lehman Brothers, el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, recibió una carta firmada por los representantes de 16 de las mayores instituciones financieras del país, en la que entonaban una suerte de mea culpa. 'Consideramos que la crisis de 2007 y 2008 es la más severa desde la II Guerra Mundial. Mientras que el desarrollo de los acontecimientos tiene múltiples causas y factores que han contribuido, la raíz de los excesos tanto al alza como a la baja del ciclo es el comportamiento humano colectivo: optimismo desenfrenado en las subidas y miedo -bordeando el pánico- en las bajadas'.

El grupo firmante, entre los que figuran la quebrada Lehman y otras víctimas como Merrill Lynch, Morgan Stanley y Goldman Sachs, reconoce que el financiero es un sector que requiere de una especial vigilancia, aunque aboga porque la supervisión se vea complementada por la autorregulación.

Pero, cuando aún está por ver la eficacia del plan de rescate del Gobierno de EE UU -estimado en 700.000 millones de dólares-, el mercado ya descuenta que en el mundo después de Lehman, como podría llamarse la próxima era financiera, las reglas van a ser más estrictas.

'En Nueva York la frase que predomina en estos momentos es regular, regular y regular', afirma el profesor de Esade Robert Tornabell. Por el momento, la estructura que regía las finanzas estadounidenses desde los años 30 se ha quebrado. La banca de inversión como entidad autónoma ha desaparecido: Lehman ha certificado su bancarrota, Merrill Lynch se ha integrado en Bank of America y Morgan Stanley y Goldman Sachs se han convertido en conglomerados sujetos a la normativa de la banca comercial.

¿Significa esto que desaparece un negocio, el de la banca de inversión? En absoluto, pero a partir de ahora las prácticas de la banca de inversión quedarán supervisadas bajo el paraguas de la Reserva Federal y no de la SEC, el regulador de los mercados estadounidenses. Y esto se traduce en mayor control y bonus menos millonarios. 'Los bancos de inversión apalancados que veíamos hace 15 días ya no existen', explica Leonardo Mathias, director general de Schroders para España. 'A partir de ahora pertenecerán a grandes conglomerados y serán los grupos más pequeños, las boutiques, las que harán el trabajo que hacían estas entidades'.

Para el profesor Tornabell, una supervisión similar a la que aplica el Banco de España a las entidades españolas será la que rija ahora para los bancos estadounidenses. 'Ellos han creado todo este lío porque no aceptan Basilea II', comenta, en referencia a los estándares internacionales sobre los requerimientos de capital necesarios para asegurar la protección de entidades frente a los riesgos financieros y operativos. 'Seguramente terminarán por aplicarlo'.

Es pronto para saber cómo quedará el paisaje financiero mundial una vez se recojan los escombros de esta crisis. Pero no hay duda de que será diferente. 'Está claro que algo va a cambiar', sostiene Juan Laborda, economista de Abante Asesores. 'Se ha quebrado un paradigma global que ha movido la economía en los últimos años, basado en el apalancamiento y en la toma de riesgo'.

Termina un periodo en el que los mercados financieros tomaron el relevo a la banca como financiadores; un periodo en el que el negocio bancario ha pasado de depender de los márgenes por la captación de depósitos y la concesión de créditos a apoyarse en los ingresos generados por las comisiones y ganancias de operaciones realizadas fuera de balance, ya sea la gestión de fondos de inversión, la operativa con derivados o la titulización de activos. Termina la era del apalancamiento en la que las mesas de Tesorería de los grandes bancos de inversión han sido los mayores hedge funds, gracias a un entorno de escasa regulación y bajos tipos de interés que permitían endeudarse hasta el extremo para realizar operaciones de riesgo.

Entramos en un mundo en el que el grado de riesgo de las inversiones va a descender significativamente. Al igual que la oferta de las entidades financieras para sus clientes: depósitos, deuda a corto plazo y garantizados se antojan los productos por los que apostarán las redes comerciales de los bancos, al menos hasta que se confirme el final de la desaceleración económica y del ciclo bajista de las Bolsas.

En el mundo después de Lehman, aún debe definirse la globalización financiera. Porque lo que ha reinado hasta la fecha ha sido un modelo internacional de diseminación de riesgos, donde, aún habiendo muchos actores actuando en los mercados, el dinero se ha concentrado en unas pocas manos capaces de mover a su antojo el precio de los activos. Con el agravante de que la supervisión no ha sido global, sino nacional, lo que ha limitado la capacidad de actuación de los vigilantes.

Por lo pronto, la Unión Europea trabaja ya para la creación de un órgano colegiado de supervisores capaz de hacer frente de manera conjunta a las crisis de corte global. Pero hay voces entre la clase política que ya proponen un supervisor internacional.

Todo sea porque sector privado, supervisores y reguladores pongan el empeño y la voluntad para que en el mundo después de Lehman los mercados financieros vuelvan a ser instrumentos de canalización de recursos para el enriquecimiento del conjunto de la sociedad, y no el patio trasero donde unos pocos hacen y deshacen a sus anchas.


El fin del epicentro financiero

La crisis financiera ha desatado no poco debate sobre si la caída de los grandes bancos de inversión de Wall Street significa el final de la hegemonía financiera de Estados Unidos en el mundo. Esta misma semana, el ministro de Finanzas alemán, Peer Steinbrück, vaticinaba que después de esta crisis Estados Unidos perderá su estatus de superpotencia en el sistema financiero mundial, que será multipolar.

'Nueva York, como plaza financiera ha perdido mucho peso frente a Londres', comenta Juan Laborda, economista de Abante Asesores. 'Pero, además, los países asiáticos van a tener mucho que decir. Están financiando la economía americana y no se van a conformar sólo con bonos; querrán también el control'.

Para el profesor de Esade, Robert Tornabell, hablar del fin de Wall Street como centro financiero mundial es exagerado. Pero reconoce que va a haber una recomposición del sistema debido a la llegada de nuevos capitalistas, como los países del Golfo Pérsico, que han acumulado reservas en dólares gracias al alza del precio del petróleo.

Hasta el momento, se ha producido la entrada de fondos soberanos en el accionariado de algunas entidades estadounidenses como Merrill Lynch, y sobre todo se ha producido el desembarco de entidades japonesas, que en Lehman Brothers (Nomura) y Morgan Stanley (Mitsubishi).

Sin embargo, existen argumentos que apoyan la hegemonía estadounidense. 'El 95% del comercio mundial -y especialmente por las transacciones de materias primas - se realiza en dólares. Eso significa coberturas en el mercado de futuros de Chicago y Nueva York, donde cotizan los futuros del petróleo de referencia mundial'.

Tornabell añade otros dos factores: EE UU sigue siendo la mayor potencia económica y además su lengua es el inglés, el idioma de los negocios.

domingo, 28 de septiembre de 2008

"THE NEW, NEW DEAL" by Saskia Sassen



The current moment would be a remarkable and revealing one for any United States
government, and is even more so when the current administration has been so firm in
proclaiming its desire to keep out of the economy. The fact that the White House, the treasuryand the Federal Reserve want to inject [1] at least $700 billion of taxpayers' money into theeconomy in order to stabilise a fragile and exposed financial system is a stunning departure [1]from long-held neo-liberal mantras.
But astonishment at this turn of events, far less satisfaction at
the belated acknowledgment of the state's proper role in the
market, should not lead critics of financial capitalism astray.
Rather, they should argue firmly that this plan must not be a
golden parachute for a small elite of people and firms paid for
by the country's already hard-pressed citizens: rather, it must
become a golden opportunity to create a new model of and a
new phase in the US economy itself.
The taxpayers' money should not go to bail out a financial
sector that has brought the country to the most severe crisis
since 1929 - and which will have (like the great-depression [5]
era) economic and political reverberations across the world. The
US has a strong banking sector, whose regulation and capital
requirements have allowed it to survive the crisis of the financial
sector. The fact that the two titans of Wall Street, Goldman
Sachs and Morgan Stanley, have voted with their feet by joining
[6] the banking sector is another indication of a possibility of
returning to a financial model centred more on banking - with
more regulation, stiffer capital-reserves requirements, and fewer
leveraging options.
The early signs of congressional scepticism [7] about the
"troubled asset relief program" (Tarp) proposed by Hank
Paulson, US treasury secretary, are hopeful in this regard; but
they need to go much further, and become part of a coherent
counter-proposal to reshape the very direction of economic
activity in the United States - to the immediate benefit of tens of
millions of people across the land, and of the long-term
sustainability of their social and environmental livelihoods.


A plan for life

What would this counter-plan involve? The most important item would be to focus on the kind of work the economy needs desperately but seems unable to perform, work that involves wide sectors of the population and of the economy. A rebuilding of the country's infrastructure [8] is a prime example. There are vast numbers of essential tasks waiting to be done: repairing flood defenses and unsafe bridges, environmental clean-ups, developing alternative-energy sources, introducing suburban train systems, rebuilding devastated inner-cities, creating urban parks and
green belts, helping low- and modest-income households to acquire foreclosed properties; and allowing recently foreclosed on households to recover [9] their homes. There is so much more.
These tasks alone would require the creation of huge numbers of jobs and enterprises of all sizes [10], in almost all economic sectors. This in turn would feed directly into GDP growth and heave a healthy effect eventually on the value of the dollar. At present, actual economic growth is more urgent than lowering the interest-rate so that households can borrow more; households need income and employment, firms need buyers of their goods and services. In this dispensation, banks would do the lending through conventional loans rather than financial firms selling high-risk structured financial instruments.
If there is $700bn of taxpayers money available to spend, let's
spend it in the right way [12]. Let's use this rare chance of the
United States's political leaders feeling the political - democratic,
from-below - pressure to force them to use such a large
intervention in the economy for the benefit of everyday citizens.
In recent times, Congress and other branches of government
have shown little inclination or determination - even when
confronted with shocking levels of social and infrastructural
neglect - to act in this direction. This is a once-in-a-lifetime
opportunity [13] for them - with the breath of popular,
democratic sentiment at their backs - to take a major step
towards a new economy that delivers a broad distribution of
benefits, and fuels direct economic growth rather than financial
growth.
The US can learn here from previous rich-world financial
meltdowns such as Sweden [14] and Japan. The US is today
facing (according to IMF estimates) an approximately $1 trillion
financial debt/loss across its diverse sectors, from consumers to
firms. Japan faced equivalent loss in the 1980s when it went
into crisis. It decided to launch massive infrastructural
development projects that kept GDP growth stable, albeit low.
The country remained [15] in this state for a number of years:
there was economic activity involving a cross-section of
economic sectors and households. This allowed Japanese firms
and households to keep paying off their debt, supported by
traditional banking, and today Japan has cleared that $1 trillion
debt.


A time to pause

The implication of this experience is that there are better ways
for the American people to respond than to rescue the particular kind of financial sector that emerged [16] in the 1980s. A further reason lies in this sector has come to be dominated by two processes that impinge on the lives of every citizen.
The first is accelerated boom-and bust-cycles that are followed by regular taxpayer bailouts that serve to feed yet another boom - until the whole cycle is repeated. The massive late-1980s bailout through the Resolution Trust Corporation [17] (RTC, active 1989-96); the stock-market mini-crash of 1987; the debt bailout in Mexico when the $50bn-plus of taxpayers' money destined there went straight to Wall Street; the crisis bailout in southeast Asia in 1997; the Long- Term Capital Management (LCTM [18]) bailout in 1998 - these are only some of the more prominent examples. The massive official disbursements of cash involved were meant to be a
lifeline - but in these cases, they only reinforced the existing type of financial sector, while providing the occasion for new regulatory moves (notably the cancellation of the deprtession-era Glass-Steagall Act [19] [1933]).
The second process is that the big winners have been an increasingly small percentage of the US population - not the middle and working classes. In the 1960s the share of national income going to the top 10% was 30%; from the 1980 the figure approached almost 50%.
On 4 November 2008, the United States will elect [20] a new
president whose fresh team will seek to guide the country
through the inescapably stormy times ahead. So why is it
necessary now to rush through a bailout of at least $700bn -
taxpayers' money, which Americans will be paying off for years?
The answer is that it is not necessary. Because the plan as it
stands [21] is designed to re-consolidate a system that has
simply not delivered for vast sectors of the population, and
which in addition puts the whole economy at risk every few
years. Indeed, the fact that the mere announcement of the
decision to ask for a bailout on 19 September sent stock
markets into a sharp rise [22] is a symptom of the underlying
problem rather than a step towards its solution - for this
indicates that a new boom-bust sequence can be triggered at
any moment.
What needs to happen instead is that the nature of the systemic
predicament needs to be understood and its gravity registered.
Only then should the representatives of the people who are to
decide on how to spend the people's taxes respond to the
request and decide how the funds are to be used. The United
States Congress must not spend vast sums of money saving financial firms in order that the country can return to an unstable boom-and-bust cycle that benefits a shrinking sector of the economy and the people.
There is also a fundamental issue of accountability [23]. Section 8 of the Paulson proposal grants the treasury secretary full responsibility over its implementation, something that no other party (legislator, lawsuit, or judge, for example) can contest; in its words [24], "(decisions) by the Secretary pursuant to the authority of this Act are non-reviewable and committed to agency discretion, and may not be reviewed by any court of law or any administrative agency." None of
the other bailouts has entailed such an immense power-grab. It is another instance of the growing "executisation" of government (see "Globalisation, the state, and the democratic deficit [24]", 19 July 2007).
This is another reason for politicians and citizens alike to take time to consider how to spend public funds. In the current desert of uncertainty, six weeks before the presidential election and four months before the inauguration, it is worth taking a serious look at what kind of financial model the United States (and the world) needs; and deciding as a result to spend taxpayers'
money in ways that best deliver it.

sábado, 20 de septiembre de 2008

"The end of American capitalism (as we knew it)" by Willem Buiter



Willem Buiter is professor of European political economy, London School of Economics and Political Science; former chief economist of the European Bank for Reconstruction and Development (EBRD); former external member of the Monetary Policy Committee
Willem Buiter writes the Maverecon blog in the Financial Times's ft.com website, where this posting was published on 17 September 2008
I almost decided to go back to bed, convinced I must be dreaming.




The United States government takeover of the insurance giant AIG signals a revolution in global finance, says Willem Buiter. "From financialisation of the economy to the socialisation of finance. A small step for the lawyers, a huge step for mankind." 17 - 09 - 2008


This is what I read this morning, 17 September 2008, on FT.com: "The US Federal Reserve announced that it will lend AIG up to $85bn in emergency funds in return for a government stake of 79.9 per cent and effective control of the company - an extraordinary step meant to stave off a collapse of the giant insurer that plays a crucial role in the global financial system. Under the plan, the existing management of the company will be replaced and new executives will be appointed. It also gives the US government veto power over major decisions at the company" (see "US to take control of AIG", Financial Times, 17 September 2008)
The proximate cause of the demise of AIG as a private firm was its "monoline" activities, its exposure to massive amounts of credit-risk derivatives like CDS, many of them linked to the United States real-estate sector.

The largest insurance supermarket in the world, with a balance sheet in excess of $1 trillion nationalised because it was deemed too big and too globally interconnected to fail! The fear that drove this extraordinary decision is that AIG's failure would increase counterparty risk - actual and perceived, throughout the financial system of the US and the rest of the world alike - to such an extent that no financial institution would have been willing to extend credit to any other financial institution. Credit to households and non-financial enterprises would have been the next domino to fall - and, voilà!, financial Armageddon.

I cannot judge the likelihood of the disaster scenario, but if there ever was a case for applying the precautionary principle in economic analysis, then this is it. It was also done in the right way, by insisting on controlling public ownership, i.e. nationalisation, of the company.

The existing management is gone - again as it should. We will find out whether they left with golden parachutes or with just a cardboard box packed with their personal belongings. The precise implication of the deal for the old shareholders will also matter for the ultimate judgment on its fairness and on what it does to incentives for future risk-taking. Since the existing shareholders were obviously not completely wiped out by the deal, they do well out of it - probably too well. The public takeover appears to imply that all creditors other than the ordinary and preferred shareholders will be made whole. From the perspective of incentives for future excessive risk-taking, this is regrettable. A charge on the creditors, modulated according to the seniority of the debt, would have been preferable.

But perhaps my concern about incentives for future risk-taking is moot, because it assumes that private, profit-seeking enterprises will again, in the future, pursue the kind of financial activities engaged in by AIG. If financial behemoths like AIG are too large and/or too interconnected to fail but not too smart to get themselves into situations where they need to be bailed out, then what is the case for letting private firms engage in such kinds of activities in the first place? Is the reality of the modern, transactions-oriented model of financial capitalism indeed that large private firms make enormous private profits when the going is good and get bailed out and taken into temporary public ownership when the going gets bad, with the taxpayer taking the risk and the losses? If so, then why not keep these activities in permanent public ownership?

There is a long-standing argument that there is no real case for private ownership of deposit-taking banking institutions, because these cannot exist safely without a deposit guarantee and/or lender of last resort facilities, that are ultimately underwritten by the taxpayer. Even where private-deposit insurance exists, this is only sufficient to handle bank-runs on a subset of the banks in the system. Private banks collectively cannot self-insure against a generalised run on the banks. Once the state underwrites the deposits or makes alternative funding available as lender of last resort, deposit-based banking is a license to print money. That suggests that either deposit-banking licenses should be periodically auctioned off competitively or that deposit-taking banks should be in public ownership to ensure that the taxpayer gets the rents as well as the risks.

The argument that financial intermediation cannot be entrusted to the private sector can now be extended to include the new, transactions-oriented, capital-markets-based forms of financial capitalism. The risk of a sudden vanishing of both market liquidity for systemically important classes of financial assets and funding liquidity for systemically important firms may well be too serious to allow private enterprises to play. No doubt the socialisation of most financial intermediation would be costly as regards dynamism and innovation, but if the risk of instability is too great and the cost of instability too high, then that may be a cost worth paying.

These are issues that must be pondered not just in Washington but everywhere modern financial intermediation has taken root or is threatening to do so - in the financial heartland (Wall Street, the City of London, Frankfurt, Zurich, Tokyo and Dubai) and in the emerging markets that until recently were having their ears bent on the desirability of precisely the kind of financial institutions and markets that have now turned into trillion-dollar collapsing dominos.

From financialisation of the economy to the socialisation of finance. A small step for the lawyers, a huge step for mankind. Who said economics was boring?