(Llamamiento pronunciado por la Pasionaria, el 19 de julio de 1936.) 
¡Obreros! ¡Campesinos! ¡Antifascistas! ¡Españoles patriotas!...
Frente a la sublevación militar fascista ¡todos en pie, a defender la República, a defender las libertades populares y las conquistas democráticas del pueblo!...
A través de las notas del gobierno y del Frente Popular, el pueblo conoce la gravedad del momento actual. En Marruecos y en Canarias luchan los trabajadores, unidos a las fuerzas leales a la República, contra los militares y fascistas sublevados.
Al grito de ¡el fascismo no pasará, no pasarán los verdugos de octubre!... los obreros y campesinos de distintas provincias de España se incorporan a la lucha contra los enemigos de la República alzados en armas. Los comunistas, los socialistas y anarquistas, los republicanos demócratas, los soldados y las fuerzas fieles a la República han infligido las primeras derrotas a los facciosos, que arrastran por el fango de la traición el honor militar de que tantas veces han alardeado.
Todo el país vibra de indignación ante esos desalmados que quieren hundir la España democrática y popular en un infierno de terror y de muerte.
Pero ¡no pasarán!
España entera se dispone al combate. En Madrid el pueblo está en la calle, apoyando al gobierno y estimulándole con su decisión y espíritu de lucha para que llegue hasta el fin en el aplastamiento de los militares y fascistas sublevados.
¡Jóvenes, preparaos para la pelea!
¡Mujeres, heroicas mujeres del pueblo! ¡Acordaos del heroísmo de las mujeres asturianas en 1934; luchad también vosotras al lado de los hombres para defender la vida y la libertad de vuestros hijos, que el fascismo amenaza!
¡Soldados, hijos del pueblo! ¡Manteneos fieles al gobierno de la República, luchad al lado de los trabajadores, al lado de las fuerzas del Frente Popular, junto a vuestros padres, vuestros hermanos y compañeros! ¡Luchad por la España del 16 de febrero, luchad por la República, ayudadlos a triunfar!
¡Trabajadores de todas las tendencias! El gobierno pone en nuestras manos las armas para que salvemos a España y al pueblo del horror y de la vergüenza que significaría el triunfo de los sangrientos verdugos de octubre.
¡Que nadie vacile! Todos dispuestos para la acción. Cada obrero, cada antifascista debe considerarse un soldado en armas.
¡Pueblos de Cataluña, Vasconia y Galicia! ¡Españoles todos! A defender la República democrática, a consolidar la victoria lograda por el pueblo el 16 de febrero.
El Partido Comunista os llama a la lucha. Os llama especialmente a vosotros, obreros, campesinos, intelectuales, a ocupar un puesto en el combate para aplastar definitivamente a los enemigos de la República y de las libertades populares. ¡Viva el Frente Popular! ¡Viva la unión de todos los antifascistas! ¡Viva la República del pueblo! ¡Los fascistas no pasarán! ¡No pasarán!
martes, 30 de septiembre de 2008
¡NO PASARAN! por Dolores "La Pasionaria" Ibárruri
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"EL FIN DEL EPICENTRO FINANCIERO" por Miguel Rodríguez
Un sistema finaciero para el siglo XXI
El paradigma económico de las últimas décadas llega a su fin. La próxima era traerá más regulación, menos apalancamiento e inversiones de menor riesgo.

El pasado 8 de agosto, un mes antes de la quiebra de Lehman Brothers, el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, recibió una carta firmada por los representantes de 16 de las mayores instituciones financieras del país, en la que entonaban una suerte de mea culpa. 'Consideramos que la crisis de 2007 y 2008 es la más severa desde la II Guerra Mundial. Mientras que el desarrollo de los acontecimientos tiene múltiples causas y factores que han contribuido, la raíz de los excesos tanto al alza como a la baja del ciclo es el comportamiento humano colectivo: optimismo desenfrenado en las subidas y miedo -bordeando el pánico- en las bajadas'.
El grupo firmante, entre los que figuran la quebrada Lehman y otras víctimas como Merrill Lynch, Morgan Stanley y Goldman Sachs, reconoce que el financiero es un sector que requiere de una especial vigilancia, aunque aboga porque la supervisión se vea complementada por la autorregulación.
Pero, cuando aún está por ver la eficacia del plan de rescate del Gobierno de EE UU -estimado en 700.000 millones de dólares-, el mercado ya descuenta que en el mundo después de Lehman, como podría llamarse la próxima era financiera, las reglas van a ser más estrictas.
'En Nueva York la frase que predomina en estos momentos es regular, regular y regular', afirma el profesor de Esade Robert Tornabell. Por el momento, la estructura que regía las finanzas estadounidenses desde los años 30 se ha quebrado. La banca de inversión como entidad autónoma ha desaparecido: Lehman ha certificado su bancarrota, Merrill Lynch se ha integrado en Bank of America y Morgan Stanley y Goldman Sachs se han convertido en conglomerados sujetos a la normativa de la banca comercial.
¿Significa esto que desaparece un negocio, el de la banca de inversión? En absoluto, pero a partir de ahora las prácticas de la banca de inversión quedarán supervisadas bajo el paraguas de la Reserva Federal y no de la SEC, el regulador de los mercados estadounidenses. Y esto se traduce en mayor control y bonus menos millonarios. 'Los bancos de inversión apalancados que veíamos hace 15 días ya no existen', explica Leonardo Mathias, director general de Schroders para España. 'A partir de ahora pertenecerán a grandes conglomerados y serán los grupos más pequeños, las boutiques, las que harán el trabajo que hacían estas entidades'.
Para el profesor Tornabell, una supervisión similar a la que aplica el Banco de España a las entidades españolas será la que rija ahora para los bancos estadounidenses. 'Ellos han creado todo este lío porque no aceptan Basilea II', comenta, en referencia a los estándares internacionales sobre los requerimientos de capital necesarios para asegurar la protección de entidades frente a los riesgos financieros y operativos. 'Seguramente terminarán por aplicarlo'.
Es pronto para saber cómo quedará el paisaje financiero mundial una vez se recojan los escombros de esta crisis. Pero no hay duda de que será diferente. 'Está claro que algo va a cambiar', sostiene Juan Laborda, economista de Abante Asesores. 'Se ha quebrado un paradigma global que ha movido la economía en los últimos años, basado en el apalancamiento y en la toma de riesgo'.
Termina un periodo en el que los mercados financieros tomaron el relevo a la banca como financiadores; un periodo en el que el negocio bancario ha pasado de depender de los márgenes por la captación de depósitos y la concesión de créditos a apoyarse en los ingresos generados por las comisiones y ganancias de operaciones realizadas fuera de balance, ya sea la gestión de fondos de inversión, la operativa con derivados o la titulización de activos. Termina la era del apalancamiento en la que las mesas de Tesorería de los grandes bancos de inversión han sido los mayores hedge funds, gracias a un entorno de escasa regulación y bajos tipos de interés que permitían endeudarse hasta el extremo para realizar operaciones de riesgo.
Entramos en un mundo en el que el grado de riesgo de las inversiones va a descender significativamente. Al igual que la oferta de las entidades financieras para sus clientes: depósitos, deuda a corto plazo y garantizados se antojan los productos por los que apostarán las redes comerciales de los bancos, al menos hasta que se confirme el final de la desaceleración económica y del ciclo bajista de las Bolsas.
En el mundo después de Lehman, aún debe definirse la globalización financiera. Porque lo que ha reinado hasta la fecha ha sido un modelo internacional de diseminación de riesgos, donde, aún habiendo muchos actores actuando en los mercados, el dinero se ha concentrado en unas pocas manos capaces de mover a su antojo el precio de los activos. Con el agravante de que la supervisión no ha sido global, sino nacional, lo que ha limitado la capacidad de actuación de los vigilantes.
Por lo pronto, la Unión Europea trabaja ya para la creación de un órgano colegiado de supervisores capaz de hacer frente de manera conjunta a las crisis de corte global. Pero hay voces entre la clase política que ya proponen un supervisor internacional.
Todo sea porque sector privado, supervisores y reguladores pongan el empeño y la voluntad para que en el mundo después de Lehman los mercados financieros vuelvan a ser instrumentos de canalización de recursos para el enriquecimiento del conjunto de la sociedad, y no el patio trasero donde unos pocos hacen y deshacen a sus anchas.
El fin del epicentro financiero
La crisis financiera ha desatado no poco debate sobre si la caída de los grandes bancos de inversión de Wall Street significa el final de la hegemonía financiera de Estados Unidos en el mundo. Esta misma semana, el ministro de Finanzas alemán, Peer Steinbrück, vaticinaba que después de esta crisis Estados Unidos perderá su estatus de superpotencia en el sistema financiero mundial, que será multipolar.
'Nueva York, como plaza financiera ha perdido mucho peso frente a Londres', comenta Juan Laborda, economista de Abante Asesores. 'Pero, además, los países asiáticos van a tener mucho que decir. Están financiando la economía americana y no se van a conformar sólo con bonos; querrán también el control'.
Para el profesor de Esade, Robert Tornabell, hablar del fin de Wall Street como centro financiero mundial es exagerado. Pero reconoce que va a haber una recomposición del sistema debido a la llegada de nuevos capitalistas, como los países del Golfo Pérsico, que han acumulado reservas en dólares gracias al alza del precio del petróleo.
Hasta el momento, se ha producido la entrada de fondos soberanos en el accionariado de algunas entidades estadounidenses como Merrill Lynch, y sobre todo se ha producido el desembarco de entidades japonesas, que en Lehman Brothers (Nomura) y Morgan Stanley (Mitsubishi).
Sin embargo, existen argumentos que apoyan la hegemonía estadounidense. 'El 95% del comercio mundial -y especialmente por las transacciones de materias primas - se realiza en dólares. Eso significa coberturas en el mercado de futuros de Chicago y Nueva York, donde cotizan los futuros del petróleo de referencia mundial'.
Tornabell añade otros dos factores: EE UU sigue siendo la mayor potencia económica y además su lengua es el inglés, el idioma de los negocios.
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domingo, 28 de septiembre de 2008
"THE NEW, NEW DEAL" by Saskia Sassen

The current moment would be a remarkable and revealing one for any United States
government, and is even more so when the current administration has been so firm in
proclaiming its desire to keep out of the economy. The fact that the White House, the treasuryand the Federal Reserve want to inject [1] at least $700 billion of taxpayers' money into theeconomy in order to stabilise a fragile and exposed financial system is a stunning departure [1]from long-held neo-liberal mantras.
But astonishment at this turn of events, far less satisfaction at
the belated acknowledgment of the state's proper role in the
market, should not lead critics of financial capitalism astray.
Rather, they should argue firmly that this plan must not be a
golden parachute for a small elite of people and firms paid for
by the country's already hard-pressed citizens: rather, it must
become a golden opportunity to create a new model of and a
new phase in the US economy itself.
The taxpayers' money should not go to bail out a financial
sector that has brought the country to the most severe crisis
since 1929 - and which will have (like the great-depression [5]
era) economic and political reverberations across the world. The
US has a strong banking sector, whose regulation and capital
requirements have allowed it to survive the crisis of the financial
sector. The fact that the two titans of Wall Street, Goldman
Sachs and Morgan Stanley, have voted with their feet by joining
[6] the banking sector is another indication of a possibility of
returning to a financial model centred more on banking - with
more regulation, stiffer capital-reserves requirements, and fewer
leveraging options.
The early signs of congressional scepticism [7] about the
"troubled asset relief program" (Tarp) proposed by Hank
Paulson, US treasury secretary, are hopeful in this regard; but
they need to go much further, and become part of a coherent
counter-proposal to reshape the very direction of economic
activity in the United States - to the immediate benefit of tens of
millions of people across the land, and of the long-term
sustainability of their social and environmental livelihoods.
A plan for life
What would this counter-plan involve? The most important item would be to focus on the kind of work the economy needs desperately but seems unable to perform, work that involves wide sectors of the population and of the economy. A rebuilding of the country's infrastructure [8] is a prime example. There are vast numbers of essential tasks waiting to be done: repairing flood defenses and unsafe bridges, environmental clean-ups, developing alternative-energy sources, introducing suburban train systems, rebuilding devastated inner-cities, creating urban parks and
green belts, helping low- and modest-income households to acquire foreclosed properties; and allowing recently foreclosed on households to recover [9] their homes. There is so much more.
These tasks alone would require the creation of huge numbers of jobs and enterprises of all sizes [10], in almost all economic sectors. This in turn would feed directly into GDP growth and heave a healthy effect eventually on the value of the dollar. At present, actual economic growth is more urgent than lowering the interest-rate so that households can borrow more; households need income and employment, firms need buyers of their goods and services. In this dispensation, banks would do the lending through conventional loans rather than financial firms selling high-risk structured financial instruments.
If there is $700bn of taxpayers money available to spend, let's
spend it in the right way [12]. Let's use this rare chance of the
United States's political leaders feeling the political - democratic,
from-below - pressure to force them to use such a large
intervention in the economy for the benefit of everyday citizens.
In recent times, Congress and other branches of government
have shown little inclination or determination - even when
confronted with shocking levels of social and infrastructural
neglect - to act in this direction. This is a once-in-a-lifetime
opportunity [13] for them - with the breath of popular,
democratic sentiment at their backs - to take a major step
towards a new economy that delivers a broad distribution of
benefits, and fuels direct economic growth rather than financial
growth.
The US can learn here from previous rich-world financial
meltdowns such as Sweden [14] and Japan. The US is today
facing (according to IMF estimates) an approximately $1 trillion
financial debt/loss across its diverse sectors, from consumers to
firms. Japan faced equivalent loss in the 1980s when it went
into crisis. It decided to launch massive infrastructural
development projects that kept GDP growth stable, albeit low.
The country remained [15] in this state for a number of years:
there was economic activity involving a cross-section of
economic sectors and households. This allowed Japanese firms
and households to keep paying off their debt, supported by
traditional banking, and today Japan has cleared that $1 trillion
debt.
A time to pause
The implication of this experience is that there are better ways
for the American people to respond than to rescue the particular kind of financial sector that emerged [16] in the 1980s. A further reason lies in this sector has come to be dominated by two processes that impinge on the lives of every citizen.
The first is accelerated boom-and bust-cycles that are followed by regular taxpayer bailouts that serve to feed yet another boom - until the whole cycle is repeated. The massive late-1980s bailout through the Resolution Trust Corporation [17] (RTC, active 1989-96); the stock-market mini-crash of 1987; the debt bailout in Mexico when the $50bn-plus of taxpayers' money destined there went straight to Wall Street; the crisis bailout in southeast Asia in 1997; the Long- Term Capital Management (LCTM [18]) bailout in 1998 - these are only some of the more prominent examples. The massive official disbursements of cash involved were meant to be a
lifeline - but in these cases, they only reinforced the existing type of financial sector, while providing the occasion for new regulatory moves (notably the cancellation of the deprtession-era Glass-Steagall Act [19] [1933]).
The second process is that the big winners have been an increasingly small percentage of the US population - not the middle and working classes. In the 1960s the share of national income going to the top 10% was 30%; from the 1980 the figure approached almost 50%.
On 4 November 2008, the United States will elect [20] a new
president whose fresh team will seek to guide the country
through the inescapably stormy times ahead. So why is it
necessary now to rush through a bailout of at least $700bn -
taxpayers' money, which Americans will be paying off for years?
The answer is that it is not necessary. Because the plan as it
stands [21] is designed to re-consolidate a system that has
simply not delivered for vast sectors of the population, and
which in addition puts the whole economy at risk every few
years. Indeed, the fact that the mere announcement of the
decision to ask for a bailout on 19 September sent stock
markets into a sharp rise [22] is a symptom of the underlying
problem rather than a step towards its solution - for this
indicates that a new boom-bust sequence can be triggered at
any moment.
What needs to happen instead is that the nature of the systemic
predicament needs to be understood and its gravity registered.
Only then should the representatives of the people who are to
decide on how to spend the people's taxes respond to the
request and decide how the funds are to be used. The United
States Congress must not spend vast sums of money saving financial firms in order that the country can return to an unstable boom-and-bust cycle that benefits a shrinking sector of the economy and the people.
There is also a fundamental issue of accountability [23]. Section 8 of the Paulson proposal grants the treasury secretary full responsibility over its implementation, something that no other party (legislator, lawsuit, or judge, for example) can contest; in its words [24], "(decisions) by the Secretary pursuant to the authority of this Act are non-reviewable and committed to agency discretion, and may not be reviewed by any court of law or any administrative agency." None of
the other bailouts has entailed such an immense power-grab. It is another instance of the growing "executisation" of government (see "Globalisation, the state, and the democratic deficit [24]", 19 July 2007).
This is another reason for politicians and citizens alike to take time to consider how to spend public funds. In the current desert of uncertainty, six weeks before the presidential election and four months before the inauguration, it is worth taking a serious look at what kind of financial model the United States (and the world) needs; and deciding as a result to spend taxpayers'
money in ways that best deliver it.
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sábado, 20 de septiembre de 2008
"The end of American capitalism (as we knew it)" by Willem Buiter

Willem Buiter is professor of European political economy, London School of Economics and Political Science; former chief economist of the European Bank for Reconstruction and Development (EBRD); former external member of the Monetary Policy Committee
Willem Buiter writes the Maverecon blog in the Financial Times's ft.com website, where this posting was published on 17 September 2008
I almost decided to go back to bed, convinced I must be dreaming.
The United States government takeover of the insurance giant AIG signals a revolution in global finance, says Willem Buiter. "From financialisation of the economy to the socialisation of finance. A small step for the lawyers, a huge step for mankind." 17 - 09 - 2008
This is what I read this morning, 17 September 2008, on FT.com: "The US Federal Reserve announced that it will lend AIG up to $85bn in emergency funds in return for a government stake of 79.9 per cent and effective control of the company - an extraordinary step meant to stave off a collapse of the giant insurer that plays a crucial role in the global financial system. Under the plan, the existing management of the company will be replaced and new executives will be appointed. It also gives the US government veto power over major decisions at the company" (see "US to take control of AIG", Financial Times, 17 September 2008)
The proximate cause of the demise of AIG as a private firm was its "monoline" activities, its exposure to massive amounts of credit-risk derivatives like CDS, many of them linked to the United States real-estate sector.
The largest insurance supermarket in the world, with a balance sheet in excess of $1 trillion nationalised because it was deemed too big and too globally interconnected to fail! The fear that drove this extraordinary decision is that AIG's failure would increase counterparty risk - actual and perceived, throughout the financial system of the US and the rest of the world alike - to such an extent that no financial institution would have been willing to extend credit to any other financial institution. Credit to households and non-financial enterprises would have been the next domino to fall - and, voilà!, financial Armageddon.
I cannot judge the likelihood of the disaster scenario, but if there ever was a case for applying the precautionary principle in economic analysis, then this is it. It was also done in the right way, by insisting on controlling public ownership, i.e. nationalisation, of the company.
The existing management is gone - again as it should. We will find out whether they left with golden parachutes or with just a cardboard box packed with their personal belongings. The precise implication of the deal for the old shareholders will also matter for the ultimate judgment on its fairness and on what it does to incentives for future risk-taking. Since the existing shareholders were obviously not completely wiped out by the deal, they do well out of it - probably too well. The public takeover appears to imply that all creditors other than the ordinary and preferred shareholders will be made whole. From the perspective of incentives for future excessive risk-taking, this is regrettable. A charge on the creditors, modulated according to the seniority of the debt, would have been preferable.
But perhaps my concern about incentives for future risk-taking is moot, because it assumes that private, profit-seeking enterprises will again, in the future, pursue the kind of financial activities engaged in by AIG. If financial behemoths like AIG are too large and/or too interconnected to fail but not too smart to get themselves into situations where they need to be bailed out, then what is the case for letting private firms engage in such kinds of activities in the first place? Is the reality of the modern, transactions-oriented model of financial capitalism indeed that large private firms make enormous private profits when the going is good and get bailed out and taken into temporary public ownership when the going gets bad, with the taxpayer taking the risk and the losses? If so, then why not keep these activities in permanent public ownership?
There is a long-standing argument that there is no real case for private ownership of deposit-taking banking institutions, because these cannot exist safely without a deposit guarantee and/or lender of last resort facilities, that are ultimately underwritten by the taxpayer. Even where private-deposit insurance exists, this is only sufficient to handle bank-runs on a subset of the banks in the system. Private banks collectively cannot self-insure against a generalised run on the banks. Once the state underwrites the deposits or makes alternative funding available as lender of last resort, deposit-based banking is a license to print money. That suggests that either deposit-banking licenses should be periodically auctioned off competitively or that deposit-taking banks should be in public ownership to ensure that the taxpayer gets the rents as well as the risks.
The argument that financial intermediation cannot be entrusted to the private sector can now be extended to include the new, transactions-oriented, capital-markets-based forms of financial capitalism. The risk of a sudden vanishing of both market liquidity for systemically important classes of financial assets and funding liquidity for systemically important firms may well be too serious to allow private enterprises to play. No doubt the socialisation of most financial intermediation would be costly as regards dynamism and innovation, but if the risk of instability is too great and the cost of instability too high, then that may be a cost worth paying.
These are issues that must be pondered not just in Washington but everywhere modern financial intermediation has taken root or is threatening to do so - in the financial heartland (Wall Street, the City of London, Frankfurt, Zurich, Tokyo and Dubai) and in the emerging markets that until recently were having their ears bent on the desirability of precisely the kind of financial institutions and markets that have now turned into trillion-dollar collapsing dominos.
From financialisation of the economy to the socialisation of finance. A small step for the lawyers, a huge step for mankind. Who said economics was boring?
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viernes, 19 de septiembre de 2008
JORGE JULIO LOPEZ, DESAPARECIDO ARGENTINO EN DEMOCRACIA.

18/09/06 - 18/09/08
DOS AÑOS DE IMPUNIDAD Y SILENCIO
JORGE JULIO LOPEZ SIGUE DESAPARECIDO
EN LA ARGENTINA DE LA HIPOCRESIA.
¡ NO HAGAS SILENCIO, EL SILENCIO NO ES SALUD!
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jueves, 18 de septiembre de 2008
"Interview with Giorgio Agamben" by Ulrich Raulff
– Life, A Work of Art Without an Author: The State of Exception, the Administration of Disorder and Private Life
[Editors’ note: this interview, conducted by Ulrich Raulff in Rome on 4March 2004, was originally published, in German, by the Süddeutsche Zeitung on 6 April 2004. We are grateful to Ulrich Raulff and Giorgio Agamben for the permission to translate and publish this interview in German Law Journal. This translation was made by German Law Journal Co-Editor, Morag Goodwin, EUI, Florence. All notes have been provided for this publication by the editors.]
[1] Raulff: Your latest book The State of Exception has recently been published in German. It is an historical and legal-historical analysis of a concept that we, at first blush, associate with Carl Schmitt. What does this concept mean for your Homo Sacer[1]project?
[2] Agamben: The State of Exception belongs to a series of genealogical essays that follow on from Homo Sacer and which should form a tetralogy. Regarding the content, it deals with two points. The first is a historical matter: the state of exception or state of emergency has become a paradigm of government today. Originally understood as something extraordinary,an exception, which should have validity only for a limited period of time, but a historical transformation has made it the normal form of governance. I wanted to show the consequence of this change for the state of the democracies in which we live. The second is of a philosophical nature and deals with the strange relationship of law and lawlessness, law and anomy. The state of exception establishes a hidden but fundamental relationship between law and the absence of law. It is a void, a blank and this empty space is constitutive of the legal system.
[3] Raulff: You wrote already in the first volume of Homo Sacer that the paradigm of the state of exception came into being in the concentration camps, or corresponds to the camps. The indignant outcry of last year as you applied this concept to the United States, to American politics, was predictably loud. Do you still consider your critique to be correct?
[4] Agamben: Regarding such an application, the publication of my Auschwitz book[2] brought similar remonstrance. But I am not an historian. I work with paradigms. A paradigm is something like an example, an exemplar, a historically singular phenomenon. As it was with the panopticon for Foucault,[3] so is the Homo Sacer or the Muselmann or the state of exception for me. And then I use this paradigm to construct a large group of phenomena and in order to understand an historical structure, again analogous with Foucault, who developed his “panopticism” from the panopticon.[4] But this kind of analysis should not be confused with a sociological investigation.
[5] Raulff: Nevertheless, people were shocked by your comparison because it seemed to equate American and Nazi policies.
[5] Agamben: But I spoke rather of the prisoners in Guantánamo, and their situation is legally-speaking actually comparable with those in the Nazi camps. The detainees of Guantanamo do not have the status of Prisoners of War, they have absolutely no legal status.[5] They are subject now only to raw power; they have no legal existence. In the Nazi camps, the Jews had to be first fully “denationalised” and stripped of all the citizenship rights remaining after Nuremberg,[6] after which they were also erased as legal subjects.
[6] Raulff: What do you understand the connection to be to America’s security policy? Does Guantánamo belong to the transition you have previously described from governance through law to governance through the administration of the absence of order?
[7] Agamben: This is the problem behind every security policy, ruling through management, through administration. In the1968 course at the Collège de France, Michel Foucault showed how security becomes in the 18th century a paradigm of government. For Quesnay, Targot and the other physiocratic politicians, security did not mean the prevention of famines and catastrophes, but meant allowing them to happen and then being able to orientate them in a profitable direction. Thus is Foucault able to oppose security, discipline and law as a model of government. Now I think to have to have discovered that both elements – law and the absence of law – and the corresponding forms of governance – governance through law and governance through management – are part of a double-structure or a system. I try to understand how this system operates. You see, there is a French word that Carl Schmitt often quotes and that means: Le Roi reigne mail il ne gouverne pas (the King reigns but he does not govern). That is the termini of the double-structure: to reign and to govern. Benjamin brought the conceptual pairing of schalten and walten (command and administer) to this categorization. In order to understand their historical dissociation one must then first grasp their structural interrelation.
[8] Raulff: Again, is the time of law over? Do we live now in an era of rule by decree (Schaltung), of cybernetic regulation and of the pure administration of mankind?
[9] Agamben: At first glance it really does seem that governance through administration, through management, is in the ascendancy, while rule by law appears to be in decline. We are experiencing the triumph of the management, the administration of the absence of order.
[10] Raulff: But do we not also observe, at the same time, the enlargement of the whole legal system and a tremendous increase in legal regulation? More laws are created on a daily basis and the Germans, for example, regularly feel that they are governed far more by Karlsruhe than Berlin.[7]
[11] Agamben: Also there you see that both elements of the system coexist with one another, and that they both are driven to the extreme, so much so, that they seem at the end to fall apart. Today we see how a maximum of anomy and disorder can perfectly coexist with a maximum of legislation.
[12] Raulff: From the way you have just described it, I see a rift that leads to an ever-starker polarization. Elsewhere, however, you say that the classical realm of the political will become ever narrower – and that sounds somewhat critical and decadently theoretical.
[13] Agamben: Allow me to reply with Benjamin: there is no such thing as decline. Perhaps this is because the age is always already understood as being in decline. When you take a classical distinction of the political-philosophical tradition such as public/private, then I find it much less interesting to insist on the distinction and to bemoan the diminution of one of the terms, than to question the interweaving. I want to understand how the system operates. And the system is always double; it works always by means of opposition. Not only as private/public, but also the house and the city, the exception and the rule, to reign and to govern, etc. But in order to understand what is really at stake here, we must learn to see these oppositions not as “di-chotomies” but as “di-polarities,” not substantial, but tensional. I mean that we need a logic of the field, as in physics, where it is impossible to draw a line clearly and separate two different substances. The polarity is present and acts at each point of the field. Then you may suddenly have zones of indecidability or indifference. The state of exception is one of those zones.
[14] Raulff: Does the endpoint – and therewith the reality – of the private still have a meaning, in the sense of your systematic examination too? Is there something there that is worth defending?
[15] Agamben: It is firstly obvious that we frequently can no longer differentiate between what is private and what public, and that both sides of the classical opposition appear to be losing their reality. And the detention camp at Guantánamo is the locus par excellence of this impossibility. The state of exception consists, not least, in the neutralization of this distinction. Nonetheless, I think that the concept is still interesting. Think only of the multitude of organizations and activities in the United States that, at present, are devoted to the protection and defense of “privacy” and attempt to define what belongs within this realm and what does not.
[16] Raulff: How does this then involve your work?
[17] Agamben: Homo Sacer is supposed to, as I said at the beginning, comprise four volumes in total. The last and most interesting for me will not be dedicated to an historical discussion. I would like to work on the concepts of forms-of-life and lifestyles. What I call a form-of-life is a life that can never be separated from its form, a life in which it is never possible to separate something such as bare life. And here too the concept of “privacy” comes in to play.
[18] Raulff: At this point you clearly link up again with Foucault, perhaps with Roland Barthes as well, who held one of his later lectures on the topic of Vivre ensemble.
[19] Agamben: Yes, but Foucault went back in history to the Greeks and the Romans when he had this idea. When you work on this topic, you suddenly no longer have a floor under your feet. And here you see clearly that we seem not to have any access to the present and to the immediate, except through what Foucault called an archaeology.[8] But what an archaeology could be, whose object is a form-of-life, that is to say an immediate life experience, this is not easy to say.
[20] Raulff: As I understand it, almost every philosopher has had a vision of the good and the right or of a philosophical life as well. What does yours look like?
[21] Agamben: The idea that one should make his life a work of art is attributed mostly today to Foucault and to his idea of the care of the self. Pierre Hadot, the great historian of ancient philosophy, reproached Foucault that the care of the self of the ancient philosophers did not mean the construction of life as a work of art, but on the contrary a sort of dispossession of the self.[9] What Hadot could not understand is that for Foucault, the two things coincide. You must remember Foucault’s criticism of the notion of author, his radical dismissal of authorship. In this sense, a philosophical life, a good and beautiful life, is something else: when your life becomes a work of art, you are not the cause of it. I mean that at this point you feel your own life and yourself as something “thought,” but the subject, the author, is no longer there. The construction of life coincides with what Foucault referred to as “se deprendre de soi.” And this is also Nietzsche’s idea of a work of art without the artist.
[22] Raulff: For all those who have tried over the last thirty years to forge a non-exclusive form of politics, Nietzsche was the decisive reference. Why is he not that for you?
[23] Agamben: Oh, Nietzsche was important for me also. But I stand rather more with Benjamin, who said, the eternal return is like the punishment of detention, the sentence in school in which one had to copy the same sentence a thousand times….
[24] Raulff: But the work of the Italian Philological School around and after Montinari has precisely shown us that Nietzsche is not a hard, despotic author, as one wanted us to believe for so long, but rather an open, traversed and criss-crossed system of readings and ideas – a work of art without author, like you just now called for.
[25] Agamben: If that is so, then we need to learn to forget the presence of the subject. We must protect the work against the author.
[1] See, e.g., Giorgio Agamben, Homo Sacer: Sovereign Power and Bare Life (Daniel Heller-Roazen trans., Stanford University Press 1998). Homo Sacer is, according to ancient Roman law, a human being that could not be ritually sacrificed but whom one could kill without being guilty of committing murder. Agamben uses the concept as the underpinning for a fresh decoding of the major political difficulty in our century: the rise of the worst sort of totalitarianisms, with Nazism at its apex.
[2] Giorgio Agamben, Remnants of Auschwitz: The Witness and the Archive (reprint, Zone Books 2002).
[3] See, e.g., Michel Foucault, The Foucault Reader 217 (Pantheon 1984) (“[It was only] in the penitentiary institutions that Bentham’s utopia could be fully expressed in a material form. In the 1830s, the panopticon became the architectural program of most prison projects. It was the most direct way of expressing ‘the intelligence of discipline ...’”). The panopticon consisted of a large courtyard, with a tower in the center, surrounded by a series of buildings divided into levels.
[4] Id. at 212. ("... And, although the universal juridicism of modern society seems to fix limits on the exercise of power, its universally widespread panopticism enables it to operate, on the underside of the law, a machinery that is both immense and minute, …”).
[5] On 20 April 2004 the U.S. Supreme Court heard argument in cases seeking the determination of the legal status and judicial access of the Guantánamo detainees. See, e.g., Rasul v. Bush, No. 03-334 (D.C. Cir filed 2 Sept. 2003), cert. granted 124 S.Ct. 534 (2003).
[6] The Nuremberg Laws, decreed at the 1934 Nazi “Party Conference on Freedom” included a law on citizenship, “which deprived all those ‘not of German blood’ of their rights as citizens.” Ingo Müller, Hitler’s Justice 96-97 (Deborah Lucas Schneider trans., Harvard University Press 1991).
[7] Karlsruhe is the seat of the Bundesverfassungsgericht (BVerfG – German Federal Constitutional Court) and the Bundesgerichtshof (BGH – German Federal Court of Justice). For a sense of the judicializing-political meaning of Karlsruhe, see Gerhard Casper, The “Karlsruhe Republic” – Keynote Address at the State Ceremony Celebrating the 50th Anniversary of the Federal Constitutional Court, 2 German Law Journal No. 18 (01 December 2001), at http://www.germanlawjournal.com/article.php?id=111.
[8] See, e.g., Michel Foucault, Archeology of Knowledge (Pantheon 1982).
[9] See, e.g., Pierre Hadot, What is Ancient Philosophy (Michael Chase trans., Belknap 2004); Philosophy as a Way of Life: Spiritual Exercises from Socrates to Foucault (Pierre Hadot and Arnold Davidson eds., Michael Chase trans., Blackwell 1995).
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miércoles, 17 de septiembre de 2008
"¿Podremos vivir juntos?" por ALAIN TOURAINE

El presente fragmento pertenece al libro "Podremos vivir juntos", Alain Touraine
(FCE, Buenos Aires 1998)
Las informaciones, como los capitales y las mercancías, atraviesan las fronteras. Lo que estaba alejado se acerca y el pasado se convierte en presente. El desarrollo ya no es la serie de etapas a través de las cuales una sociedad sale del subdesarrollo, y la modernidad ya no sucede a la tradición; todo se mezcla; el espacio y el tiempo se comprimen. En vastos sectores del mundo se debilitan los controles sociales y culturales establecidos por los estados, las iglesias, las familias o las escuelas, y la frontera entre lo normal y lo patológico, lo permitido y lo prohibido, pierde su nitidez. ¿No vivimos en una sociedad mundializada, globalizada, que invade en todas partes la vida privada y pública de la mayor cantidad de personas? Por lo tanto, la pregunta planteada, "¿podremos vivir juntos"? , parece exigir en primer lugar una respuesta simple y formulada en presente: ya vivimos juntos. Miles de millones de individuos ven los mismos programas de televisión, toman las mismas bebidas, usan la misma ropa y hasta emplean, para comunicarse de un país a otro, el mismo idioma. Vemos cómo se forma una opinión pública mundial que debate en vastas asambleas internacionales, en Río o en Pekín, y que en todos los continentes se preocupa por el calentamiento del planeta, los efectos de las pruebas nucleares o la difusión del sida.
¿Basta con ello para decir que pertenecemos a la misma sociedad o la misma cultura? Ciertamente no. Lo característico de los elementos globalizados, ya se trate de bienes de consumo, medios de comunicación, tecnología o flujos financieros, es que están separados de una organización social particular. El significado de la globalización es que algunas tecnologías, algunos instrumentos, algunos mensajes, están presentes en todas partes, es decir, no están en ninguna, no se vinculan a ninguna sociedad ni a ninguna cultura en particular, como lo muestran las imágenes, siempre atractivas para el público, que yuxtaponen el surtidor de nafta y el camello, la Coca Cola y la aldea andina, el blue yean y el castillo principesco. Esta separación de las redes y las colectividades, esta indiferencia de los signos de la modernidad al lento trabajo de socialización que cumplen las familias y las escuelas, en una palabra, esta desocialización de la cultura de masas, hace que sólo vivamos juntos en la medida en que hacemos los mismos gestos y utilizamos los mismos objetos, pero sin ser capaces de comunicarnos entre nosotros más allá del intercambio de los signos de la modernidad. Nuestra cultura ya no gobierna nuestra organización social, la cual, a su vez, ya no gobierna la actividad técnica y económica. Cultura y economía, mundo instrumental y mundo simbólico, se separan.
En lugar de que nuestras pequeñas sociedades se fundan poco a poco en una vasta sociedad mundial, vemos deshacerse ante nuestros ojos los conjuntos a la vez políticos y territoriales, sociales y culturales, que llamábamos sociedades, civilizaciones o simplemente países. Vemos cómo se separan, por un lado, el universo objetivado de los signos de la globalización y, por el otro, conjuntos de valores, de expresiones culturales, de lugares de la memoria que ya no constituyen sociedades en la medida en que quedan privados de su actividad instrumental, en lo sucesivo globalizada, y que, por lo tanto, se cierran sobre sí mismos dando cada vez más prioridad a los valores sobre las técnicas, a las tradiciones sobre las innovaciones.
A fines del siglo pasado, en plena industrialización del mundo occidental, los sociólogos nos enseñaron que pasábamos de la comunidad, encerrada en su identidad global, a la sociedad, cuyas funciones se diferenciaban y racionalizaban. La evolución que hoy vivimos es casi la inversa. De las ruinas de las sociedades modernas y sus instituciones salen por un lado redes globales de producción, consumo y comunicación y, por el otro, crece un retorno a la comunidad. Habíamos sido testigos del ensanchamiento del espacio público y político; ¿no se desintegra ahora bajo los efectos opuestos de la tendencia a la privatización y el movimiento de globalización?
Es cierto que vivimos un poco juntos en todo el planeta, pero también lo es que en todas partes se fortalecen y multiplican los agrupamientos comunitarios, las asociaciones fundadas en una pertenencia común, las sectas, los cultos, los nacionalismos, y que las sociedades vuelven a convertirse en comunidades al reunir estrechamente en el mismo territorio sociedad, cultura y poder, bajo una autoridad religiosa, cultural, étnica o política a la que podría llamarse carismática porque no encuentra su legitimidad en la soberanía popular o la eficacia económica y ni siquiera en la conquista militar, sino en los dioses, los mitos o las tradiciones de una comunidad. Cuando estamos todos juntos, no tenemos casi nada en común, y cuando compartimos unas creencias y una historia rechazamos a quienes son diferentes de nosotros.
Sólo vivimos juntos al perder nuestra identidad; a la inversa, el retorno de las comunidades trae consigo el llamado a la homogeneidad, la pureza, la unidad, y la comunicación es reemplazada por la guerra entre quienes ofrecen sacrificios a dioses diferentes, apelan a tradiciones ajenas u oponen las unas a la otras, y a veces hasta se consideran biológicamente diferentes de los demás y superiores a ellos. La idea tan seductora del melting pot mundial que haría de nosotros los ciudadanos de un mundo unido no merece ni el entusiasmo ni los insultos que suscita con tanta frecuencia; está tan alejada de la realidad observable, aun en los Estados Unidos, que no es otra cosa que la ideología muelle de los empresarios de espectáculos mundiales.
Quienes hablan de imperialismo estadounidense u occidental en lugar de globalización cometen el mismo error que los moralistas optimistas, en la medida en que la sociedad estadounidense es una de las más disociadas que existen, entre redes globales y comunidades cerrada sobre sí mismas. Si bien muchas redes mundiales tienen su centro en Los Angeles, esta zona urbana no es ni una ciudad ni una sociedad sino un conjunto de guetos o comunidades ajenas las unas a las otras, atravesadas por autopistas. Aunque esto también se da en Nueva York, esta ciudad presenta todavía las formas de vida urbana que las civilizaciones pasadas legaron en todos los continentes, y en especial en Europa. Cromo el imaginario vehiculizado por las comunicaciones masivas es cada vez más de origen americano, una parte de nosotros se americaniza, como mañana podría japonizarse o pasado mañana brasileñizarse, y ello con tanta más facilidad porque esas imágenes no se transforman en modelos de conducta y en motivaciones: cuando más masivamente y sin relevos sociales se transmite un mensaje, menos modifica las conductas. Es inmensa la distancia entre los habitantes de los tugurios de Calcuta o de una aldea perdida del altiplano boliviano y las películas de Hollywood que ven. Lo que hay que percibir no es una mutación acelerada de las conductas sino la fragmentación creciente de la experiencia de individuos que pertenecen simultáneamente a varios continentes y varios siglos: el yo ha perdido su unidad, se ha vuelto múltiple.
¿Cómo podremos vivir juntos si nuestro mundo está dividido en al menos dos continentes cada vez más alejados entre sí, el de las comunidades que se defienden contra la penetración de los individuos, las ideas, las costumbres provenientes del exterior, y aquel cuya globalización tiene como contrapartida un débil influjo sobre las conductas personales y colectivas?
Algunos responderán que siempre fue así, que todas las sociedades conocieron una oposición entre la calle y la casa, como dicen los brasileños, entre la vida pública y la vida privada. La idea clásica de laicismo separaba y combinaba el espacio público que debía estar regido por la ley del padre y la razón, y el espacio privado en que podía mantenerse la autoridad de la madre, la tradición y las creencias. Pero esta complementariedad descansaba a la vez sobre la extensión limitada de la vida pública y el mantenimiento de géneros de vida locales, y sobre una jerarquización social que reservaba esa vida pública a las categorías superiores; una y otra desaparecieron. La cultura de masas penetra en el espacio privado, ocupa una gran parte de él y, como reacción, refuerza la voluntad política y social de defender una identidad cultural, lo que conduce a la recomunitarización. La desocialización de la cultura de masas nos sumerge en la globalización pero también nos impulsa a defender nuestra identidad apoyándonos sobre grupos primarios y reprivatizando una parte y a veces la totalidad de la vida pública, lo que nos hace participar a la vez en actividades completamente volcadas hacia el exterior e inscribir nuestra vida en una comunidad que nos impone sus mandamientos. Nuestros sabios equilibrios entre la ley y la costumbre, la razón y la creencia, se derrumban como los estados nacionales, por un lado invadidos por la cultura de masas y por el otro fragmentados por el retorno de las comunidades. Nosotros, que desde hace mucho estamos acostumbrados a vivir en sociedades diversificadas, tolerantes, en que la ley garantiza las libertades personales, nos sentimos más atraídos por la sociedad de masas que por las comunidades, siempre autoritarias. Pero el vigoroso retorno de éstas se observa también en nuestras sociedades, y lo que llamamos prudentemente minorías tiende a afirmar su identidad y a reducir sus relaciones con el resto de la sociedad.
Estamos atrapados en un dilema. O bien reconocemos una plena independencia a las minorías y las comunidades y nos contentamos con hacer respetar las reglas de juego, los procedimientos que aseguran la coexistencia pacífica de los intereses, las opiniones y las creencias, pero renunciamos entonces, al mismo tiempo, a la comunicación entre nosotros, puesto que ya no nos reconocemos nada en común salvo no prohibir la libertad de los otros y participar con ellos en actividades puramente instrumentales, o bien creemos que tenemos valores en común, más bien morales, como estiman los estadounidenses, más bien políticos, como estiman los franceses, y nos vemos llevados a rechazar a quienes no los comparten, sobre todo si les atribuimos un valor universal. O bien vivimos juntos sin comunicarnos de otra manera que impersonalmente, por señales técnicas, o bien sólo nos comunicamos dentro de comunidades que se cierran tanto más sobre sí mismas por sentirse amenazadas por una cultura de masas que les parece ajena. Esta contradicción es la misma que vivimos durante nuestra primera gran industrialización, a fines del siglo XIX y hasta la guerra de 1914. La dominación del capital financiero internacional y la colonización entrañó el ascenso de los nacionalismos comunitarios, a la vez en países industriales como Alemania, Japón o Francia, y en países dominados, cuyas revoluciones antiimperialistas a menudo habrían de conducir, en el transcurso del siglo XX, a comunitarismos totalitarios.
¿Estamos ya reviviendo la historia de esa ruptura de las sociedades nacionales en beneficio, por un lado, de los mercados internacionales y, por el otro, de los nacionalismos agresivos? Esta ruptura entre el mundo instrumental y el mundo simbólico, entre la técnica y los valores, atraviesa toda nuestra experiencia, de la vida individual a la situación mundial. Somos a la vez de aquí y de todas partes, es decir, de ninguna. Se debilitaron los vínculos que, a través de las instituciones, la lengua y la educación, la sociedad local o nacional establecía entre nuestra memoria y nuestra participación impersonal en la sociedad de producción, y nos quedamos con la gestión, sin mediaciones ni garantías, de dos órdenes separados de experiencia. Lo que hace pesar sobre cada uno de nosotros una dificultad creciente para definir nuestra personalidad que, en efecto, pierde irremediablemente toda unidad a medida que deja de ser un conjunto coherente de roles sociales. Con frecuencia, esa dificultad es tan grande que no la soportamos y procuramos escapar a un yo demasiado débil, demasiado desgarrado, mediante la huida, la autodestrucción o la diversión agotadora.
Lo que denominábamos política, la gestión de los asuntos de la ciudad o la nación, se desintegró de la misma manera que el yo individual. Gobernar un país consiste hoy, ante todo, en hacer que su organización económica y social sea compatible con las exigencias del sistema económico internacional, en tanto las normas sociales se debilitan y las instituciones se vuelven cada vez más modestas, lo que libera un espacio creciente para la vida privada y las organizaciones voluntarias. ¿Cómo podría hablarse aún de ciudadanía y de democracia representativa cuando los representantes electos miran hacia el mercado mundial y los electores hacia su vida privada? El espacio intermedio ya no está ocupado más que por llamamientos cada vez más conservadores a valores e instituciones que son desbordadas por nuestras prácticas.
Los medios ocupan un lugar creciente en nuestra vida, y entre ellos la televisión conquistó una posición central porque es la que pone más directamente en relación la vivencia más privada con la realidad más global, la emoción ante el sufrimiento o la alegría de un ser humano con las técnicas científicas o militares más avanzadas. Relación directa que elimina las mediaciones entre el individuo y la humanidad y, al descontextualizar los mensajes, corre el riesgo de participar activamente en el movimiento general de desocialización. La emoción que todos experimentamos ante las imágenes de la guerra, el deporte o la acción humanitaria no se transforma en motivaciones y tomas de posición. No somos espectadores mucho más comprometidos cuando miramos los dramas del mundo que cuando observamos la violencia en el cine o la televisión. Una parte de nosotros mismos se baña en la cultura mundial, mientras que otra, privada de un espacio público en el que se formen y apliquen las normas sociales, se encierra, ya sea en el hedonismo, ya en la búsqueda de pertenencias inmediatamente vividas. Vivimos juntos, pero a la vez fusionados y separados, como en la "muchedumbre solitaria" evocada por David Riesman, y cada vez menos capaces de comunicación. Ciudadanos del mundo sin responsabilidades, derechos o deberes por una parte y, por la otra, defensores de un espacio privado que invade un espacio público sumergido por las olas de la cultura mundial. Así se debilita la definición de los individuos y los grupos por sus relaciones sociales, que hasta ahora dibujaba el campo de la sociología, cuyo objeto era explicar las conductas mediante las relaciones sociales en las cuales estaban implicados los actores.
Aún ayer, para comprender una sociedad procurábamos definir sus relaciones sociales de producción, sus conflictos, sus métodos de negociación; hablábamos de dominación, de explotación, de reforma o de revolución. Hoy sólo hablamos de globalización o exclusión, de distancia social creciente o, al contrario, de concentración del capital o de la capacidad de difundir mensajes y formas de consumo. Habíamos adquirido la costumbre de situarnos unos con respecto a otros en escalas sociales, de calificación, de ingresos, de educación o de autoridad; hemos reemplazado esa visión vertical por una visión horizontal: estamos en el centro o en la periferia, adentro a afuera, en la luz o en la sombra. Localización que ya no recurre a unas relaciones sociales de conflicto, cooperación o compromiso y da una imagen astronómica de la vida social, como si cada individuo y cada grupo fueran una estrella o una galaxia definida por su posición en el universo.
La experiencia cotidiana de esta disociación creciente entre el mundo objetivado y el espacio de la subjetividad sugiere en primer lugar unas respuestas que hay que mencionar, aunque no aporten una contestación a las preguntas: ¿Cómo puedo comunicarme con otros y vivir con ellos? ¿Cómo podemos combinar nuestras diferencias con la unidad de una vida colectiva?
La primera respuesta, la más débil, es la ya mencionada: procura hacer revivir los modelos sociales pasados. Apela a la conciencia colectiva y la voluntad general, a la ciudadanía y la ley. ¿Pero cómo puede detener el doble movimiento de globalización y privatización que debilita las antiguas formas de vida social y política? Aunque los estadounidenses, como neotocquevillianos, hablen de valores morales, o los franceses, como neorrepublicanos, de ciudadanía, se trata más de rechazos que de afirmaciones y, por consiguiente, de ideologías que, creadas para acoger, conducen a excluir a quienes no las reivindican.
La segunda respuesta se opone a la primera. No sólo hay que aceptar esta ruptura que ustedes parecen deplorar, nos dice, sino acelerarla y vivirla como una liberación. Dejamos de ser definidos por nuestra situación social e histórica: tanto mejor; nuestra imaginación creadora ya no tendrá límites, podremos circular libremente por todos los continentes y todos los siglos; somos posmodernos. Como la disociación de la instrumentalidad y la identidad está en el corazón de nuestra experiencia personal y colectiva, de alguna manera, en efecto, todos somos posmodernos. En primer lugar, porque creemos cada vez menos en la vocación histórica de una clase o una nación, en la idea de progreso o en el fin de la historia, y porque nuestra reivindicación, como lo decía un ecologista en una de nuestras investigaciones, ya no es vivir mañana mejor que hoy, sino de otra manera. Sin embargo, la seducción de lo posmoderno no es grande salvo cuando se ejerce en dominios cercanos a la expresión cultural; se debilita cuando se aproxima a las realidades sociales, puesto que si la decadencia de lo político se acepta sin reservas, sólo el mercado regulará la vida colectiva. Si aceptamos la desaparición de los controles sociales de la economía, ¿cómo evitar que el fuerte aplaste al débil o que aumente la distancia entre el centro y la periferia, como podemos notarlo ante nuestros ojos en las sociedades más liberales? Atrayente cuando apela al debilitamiento de las normas y pertenencias, el elogio del vacío nos deja sin defensa frente a la violencia, la segregación, el racismo, y nos impide establecer comunicaciones con otros individuos y otras culturas.
Para superar la oposición insoportable entre quienes no quieren más que la unidad y quienes no buscan sino la diversidad, entre quienes sólo dicen "nosotros", con el riesgo de excluir a lo que se denomina las minorías, y quienes no dicen más que "yo" o "eso" y se prohiben toda intervención en la vida social, toda acción en nombre de la justicia y la equidad, se conformó una tercera respuesta, a la que podría llamarse inglesa, por corresponder tan bien a la tradición que desde hace mucho ilustra la política británica. Para vivir juntos y seguir siendo al mismo tiempo diferente, respetemos un código de buena conducta, las reglas del juego social. Esta democracia "procedimental" no se contenta con reglas formales; asegura el respeto de las libertades personales y colectivas, organiza la representación de los intereses, da forma al debate público, institucionaliza la tolerancia. Con esta concepción se asocia la idea, lanzada en Alemania por Jünger Habermas, de un patriotismo de la constitución. La conciencia de pertenecer a la sociedad alemana ya no debe ser la de formar parte de una comunidad de destino cultural e histórico, sino la de ser miembro de una sociedad política que respeta los principios de libertad, justicia y tolerancia proclamados y organizados por la constitución democrática.
Esta respuesta, como lo reconoció el mismo Habermas, tiene las ventajas y los inconvenientes de las soluciones minimalistas. Protege la coexistencia, no asegura la comunicación. Aun cuando va más allá de la mera tolerancia y reconoce positivamente en cada cultura un movimiento hacia lo universal, la creación y expresión de la significación universal de una experiencia particular, deja sin solución el problema de la comunicación. Nos coloca frente a los otros como frente a las vitrinas de un museo. Reconocemos la presencia de culturas diferentes de la nuestra, su capacidad de enunciar un discurso sobre el mundo, el ser humano y la vida, y la originalidad de esas creaciones culturales nos impone respeto y nos incita además a conocerlas; pero no nos permite comunicarnos con ellas, vale decir, vivir en la misma sociedad que ellas. Nos sitúa en caminos paralelos desde los que, en el mejor de los casos, sólo podemos saludarnos cordialmente; no facilita la interacción, del mismo modo que el hecho de saber que el chino es una lengua de cultura no nos ayuda a conversar con los chinos si no hemos aprendido el idioma.
Esta respuesta, por lo tanto, es poco eficaz contra los peligros que la amenazan, de la misma manera que la democracia política del siglo pasado se reveló poco eficaz para impedir la proletarización y la explotación de los trabajadores, la destrucción y la inferiorización de las culturas colonizadas. Quienes recurren a la primera de las respuestas evocadas aquí no se equivocan al recordar a esos liberales moderados y tolerantes la necesidad de valores e instituciones comunes cuando se trata de resistir a la barbarie, al totalitarismo, al racismo, a los efectos de una grave crisis económica.
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