martes, 19 de noviembre de 2013
"LA SOCIEDAD MUNDIAL DE CONTROL" * por Michael Hardt
Etiquetas:
BIOPOLITICA,
FILOSOFÍA POLÍTICA,
INMIGRACIÓN,
SOCIOLOGIA
Deleuze nos dice que la sociedad
en la cual nosotros vivimos hoy es la sociedad del control, término que se
remonta al mundo paranoico de William Burroughs. Deleuze afirma seguir a Michel
Foucault cuando propone esta visión, pero hay que reconocer que es difícil encontrar
dónde, en la obra de Michel Foucault (en libros, artículos o entrevistas), hay
un análisis claro del paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de
control. De hecho, con el anuncio de este paso, Deleuze formula, después de la
muerte de Foucault, una idea que no se encuentra expresamente formulada en su
obra.
La formulación de esta idea por
Deleuze es, de todas maneras, muy escasa –el artículo apenas tiene cinco
páginas1. Nos dice muy pocas cosas concretas sobre la sociedad de control.
Constata que las instituciones que constituyen la sociedad disciplinaria
–escuela, familia, hospital, prisión, fábrica, etc.– están en crisis. Los muros
de las instituciones se están derrumbando, de tal suerte que sus lógicas disciplinarias
no se han vuelto ineficaces, sino que más bien se encuentran generalizadas bajo
formas fluidas a través de todo el campo social. El “espacio estriado” de las
instituciones de la sociedad disciplinaria cede el lugar al “espacio liso” de
la sociedad de control.
O, para retomar la bella imagen
de Deleuze, los túneles estructurales del topo son reemplazados por las
ondulaciones infinitas de la serpiente. Allí donde la sociedad disciplinaria
forjaba moldes fijos, distintos, la sociedad de control funciona con las redes
flexibles ,modulables, “como un molde auto-deformante que cambia continuamente,
de un instante a otro, o como un tamiz en el que las mayas cambian de un punto
a otro”2.
Deleuze nos da, de hecho, una
imagen simple de este paso, imagen sin duda bella y poética, pero que no está
suficientemente “definida” para permitirnos comprender esta nueva forma de
sociedad. Para hacerlo, pretendo ponerla en relación con una serie de pasos que
se han propuesto como características de la sociedad contemporánea.
Voy entonces a intentar
desarrollar la naturaleza de este paso, poniéndola en relación con el paso de
la sociedad moderna a la sociedad posmoderna, tal como se presenta en la obra
de autores como Frederick Jameson, pero también con el “fin de la historia”
descrito por Francis Fucuyama, y con la nuevas formas de racismo en nuestras sociedades
según Étienne Balibar y otros investigadores. Pero sobretodo, quiero situar la
formación de la que habla Deleuze en función de dos procesos que Toni Negri y
yo hemos intentado elaborar en el curso de estos últimos años: nosotros
calificamos el primero de estos procesos de debilitamiento de la sociedad
civil, lo que, como el paso a la sociedad de control, remite al declinar de las
funciones mediadoras de las instituciones sociales; con el segundo, se juega el
paso del imperialismo, logrado ante todo por los estados-naciones europeas, al Imperio,
en el nuevo orden mundial que se despliega hoy en torno aros Estados Unidos,
con las instituciones transnacionales y el mercado mundial. Dicho de otra
manera, cuando hablo de Imperio entiendo una forma jurídica y una forma de
poder muy diferente de los viejos imperialismos europeos. De un lado, según la
antigua tradición, el Imperio es el poder universal, el orden mundial, que se
realiza por primera vez hoy en día. De otro lado, el Imperio es la forma de
poder que tiene por objeto la naturaleza humana, y es de este modo el biopoder.
Lo que quiero sugerir es que la
forma social que toma este nuevo Imperio no es más que la sociedad de control
mundial.
Ya no Hay Afuera
El paso de la sociedad
disciplinaria a la sociedad de control se caracteriza de entrada por el
hundimiento de los muros que definían las instituciones. Cada vez menos se
distinguirá entre el adentro y el afuera. De hecho, es un elemento de cambio
general en la manera como el poder marca el espacio durante el paso de la
modernidad a la postmodernidad. La soberanía moderna siempre se ha concebido en
términos de territorio (real o imaginario) y de relación de ese territorio con
su afuera. Es así como los primeros teóricos modernos de la sociedad, de Hobbes
a Rousseau, comprendían el orden civil como un espacio limitado e interior, que
se opone o se distingue del orden exterior de la naturaleza. El espacio
delimitado del orden civil, su lugar de ejercicio, se define por su separación
de los espacios exteriores de la naturaleza. De manera análoga, los teóricos de
la psicología moderna han comprendido las pulsiones, las pasiones, los instintos
y el inconsciente metafóricamente en términos espaciales como un en-el-afuera
en el marco del espíritu humano, un prolongamiento de la naturaleza enterrada
en el fondo de nosotros mismos. La soberanía del individuo reposa aquí sobre
una relación dialéctica entre el orden natural de las pulsiones y el orden
civil de la razón y de la conciencia. Para terminar, los diversos discursos de
la antropología moderna sobre las sociedades primitivas funcionan, muy frecuentemente,
como el afuera que define las fronteras del mundo civil. El proceso de
modernización reposa entonces, en esos diferentes conceptos, sobre la
interiorización de en-el-afuera de la civilización de la naturaleza.
En el mundo postmoderno, sin
embargo, se acabó esta dialéctica entre adentro y afuera, entre orden civil y
orden natural. Como lo dice Frederick Jameson: “el postmodernismo es lo que se
obtiene cuando se ha concluido el proceso de modernización, y la naturaleza,
por su parte, ha desaparecido”3. Ciertamente, siempre tenemos la floresta, las langostas
y las tormentas en nuestro mundo, y creemos todavía que nuestro psiquismo está
sometido a la acción de instintos y pasiones, pero no tenemos naturaleza, en el
sentido en que esas fuerzas y esos fenómenos ya no son comprendidos como
afuera, y no son percibidos como originales e independientes del artificio del
orden civil. En un mundo postmoderno, todos los fenómenos y todas las fuerzas
son artificiales, o, como lo dicen algunos, hacen parte de la historia. La dialéctica
moderna del adentro y el afuera ha sido sustituida por un juego de grados y de
intensidades, de hibridación y de artificialidad.
En segundo lugar, el en-el-afuera
también ha declinado desde el punto de vista de una dialéctica moderna muy
diferente de la que definía la relación entre lo público y lo privado en la teoría
política liberal. Los espacios públicos de la sociedad moderna que constituían el
lugar de la vida política liberal tienden a desaparecer en el mundo postmoderno.
Según la tradición liberal, el individuo moderno, que está consigo en sus
espacios privados, considera lo público como su afuera. El afuera es el lugar
propio de la política donde la acción del individuo se encuentra expuesta a los
ojos de los otros y donde busca ser reconocido. Ahora bien, en los procesos de
postmodernización, esos espacios públicos se ven cada vez más privatizados. El
paisaje urbano ya no es el del espacio público, del encuentro al azar y de la reunión
de todos, sino el de los espacios cerrados de las galerías comerciales, de las
autopistas y de las parcelaciones con entrada reservada. La arquitectura y el
urbanismo de algunas megalópolis, como Los Ángeles o Sao Pablo, están tendiendo
a limitar el acceso público y la interacción, creando más bien una serie de
espacios interiores, protegidos y aislados. Igualmente podemos observar que las
afueras parisinas se han convertido en una serie de espacios amorfos y no-definidos
que favorecen el aislamiento, en detrimento de cualquier interacción o
comunicación. El espacio público ha sido privatizado de tal manera que ya no es
posible comprender la organización social a partir de la dialéctica “espacios
privados-espacios públicos”, o “adentro-afuera”. El lugar de la actividad
política liberal moderna ha desaparecido, y así, desde ese punto de vista,
nuestra sociedad imperial postmoderna se caracteriza por un déficit de lo
político. El lugar de la política ha sido desrealizado.
A este respecto, el análisis de
Guy Debord de la sociedad del espectáculo, escrito hace treinta años, parece
más apropiado y más actual que nunca. En la sociedad postmoderna, el
espectáculo es un lugar virtual, o más exactamente, un no-lugar de la política.
El espectáculo es a la vez unificado y difuso, de tal manera que es imposible
distinguir un adentro de un afuera, lo natural de lo social, lo privado de lo
público. La noción liberal de lo público, como el lugar de en-el-afuera donde
nosotros actuamos bajo la mirada de los otros, se encuentra a la vez
universalizada (pues nosotros estamos hoy permanentemente bajo la mirada del
prójimo, bajo la vigilancia de cámaras) y sublimada, o desrealizada, en los
espacios virtuales del espectáculo. Así, el fin de en-el-afuera es el fin de la
política liberal.
En fin, en la perspectiva del
Imperio, o del orden mundial actual, en un tercer sentido ya no hay
en-el-afuera, y este es un sentido propiamente limitado. Cuando Francis
Fucuyama afirma que el paso histórico que estamos viviendo se define por el fin
de la historia, quiere decir que se acabó la edad de los grandes conflictos:
dicho de otra manera, la potencia soberana no confrontará su Otro, ya no estará
confrontada con su afuera, pero extenderá progresivamente sus fronteras hasta
abrazar el conjunto del planeta como su dominio propio. Ha concluido la
historia de las guerras imperialistas, interimperialistas y antimperialistas.
El fin de esta historia introdujo el reino de la paz. Salvo que, en realidad,
hemos entrado en la era de los conflictos menores e interiores. Cada guerra
imperial es una guerra civil, una acción de policía –desde Los Ángeles y la
Isla de Granada hasta Mogadiscio y Sarajevo–. De hecho, la separación de las tareas
entre el aparato interior y exterior del poder (entre la policía y la armada,
entre el FBI y la CIA) se convierte cada vez más vaga y mal determinada.
Para nosotros, el fin de la
historia del que habla Fucuyama marca el fin de la crisis que está en el centro
de la modernidad, con la idea del conflicto coherente, que tiene una función de
definición, y que ha sido el fundamento y la razón de ser de la soberanía
moderna. La historia termina sólo en la medida en que se la concebía en términos
hegelianos: como el movimiento de una dialéctica de las contradicciones, como
el juego de las negaciones y las superaciones absolutas. Las parejas que
definían el conflicto moderno se han desvanecido. El Otro, que podía limitar un
Yo soberano, se ha pulverizado y vuelto indistinto; de manera que ya no hay
afuera para limitar el lugar de la soberanía. Mientras que durante la guerra
fría, en una versión exagerada de la crisis de la modernidad, cualquier enemigo
imaginable (desde los clubes de jardinería para damas o las películas de Hollywood
hasta los movimiento de liberación nacional)podía identificarse como comunista,
es decir, como formando parte del enemigo unificado (el afuera era eso que daba
a la crisis del mundo moderno e imperialista su coherencia), hoy en día, para los
ideólogos de los Estados Unidos es cada vez más difícil señalar al enemigo, o
más bien, parece que por todas partes hay enemigos menores e imperceptibles. El
fin de la crisis de la modernidad da nacimiento a una proliferación de crisis
menores y mal definidas en la sociedad imperial del control, o como preferimos
decirlo, da nacimiento a una omni-crisis.
No es inútil recordar aquí que el
mercado capitalista es una máquina que siempre ha ido al encuentro de cualquier
división entre el adentro y el afuera. El mercado capitalista es contrariado
por las exclusiones, prospera incluyendo en su esfera efectivos siempre
crecientes. El provecho sólo puede ser generado por el contacto, el desarrollo,
el intercambio y el comercio. La realización del mercado mundial constituirá la
culminación de esta tendencia. Bajo su forma ideal, no hay afuera del mercado
mundial: todo el planeta está en su dominio. Podríamos utilizar la forma del
mercado mundial como modelo para comprender en su integralidad la forma de la soberanía
imperial. De la misma manera como Foucault ha reconocido en el panóptico el
diagrama del poder moderno y de la sociedad disciplinaria, el mercado mundial
podría proporcionar una arquitectura de diagrama (aún si no es una anti arquitectura)
para el poder imperial la sociedad de control.
El espacio estriado de la
modernidad constituye un lugar perpetuamente libre y fundado sobre un juego
dialéctico con su afuera. El espacio de la soberanía imperial, al contrario, es
liso. Podría parecer exento de las divisiones binarias de las fronteras
modernas, o de cualquier estriaje, pero, en realidad, está recorrido a lo largo
y ancho de tantas líneas de falla que sólo en apariencia constituye un espacio
continuo, uniforme. En ese sentido, la crisis claramente definida de la
modernidad, cede su lugar a una omni-crisis en la estructura imperial. En ese
espacio liso del imperio, no hay un lugar del poder: él está en todas partes y
en ninguna. El Imperio es una utopía, o mejor, un no-lugar.
El Racismo Imperial
El final del afuera, que
caracteriza el paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control,
muestra ciertamente uno de sus rostros más extraordinarios en las
configuraciones cambiantes del racismo y de la alteridad en nuestras
sociedades. De entrada, debemos señalar que se ha vuelto cada vez más difícil
identificar las vías generales del racismo. De hecho, escuchamos decir
infatigablemente,
De nuevo el pensamiento es posible
de los políticos, de los medios, y aún de los historiadores, que el racismo ha
cedido progresivamente en las sociedades modernas: desde el fin del esclavismo
hasta los conflictos de descolonización y los movimientos por los derechos
cívicos. Sin duda han declinado ciertas prácticas tradicionales específicas del
racismo, y podríamos estar tentados a ver en el fin de las leyes del apartheid
en África del Sur la clausura simbólica de toda una época de segregación racial.
Desde nuestro punto de vista, sin embargo, es claro que por el contrario el
racismo no ha cedido y que, en realidad, ha progresado en el mundo
contemporáneo, tanto en extensión como en intensidad. Sólo parece haber
declinado porque ha cambiado de forma y de estrategias. Si tomamos como
paradigma de los racismos modernos las divisiones maniqueas entre adentro y
afuera y las prácticas de exclusión (en África del Sur, en la ciudad colonial,
en el Sur de los Estados Unidos en Palestina), debemos ahora plantear la
pregunta: hoy en día, ¿cuáles son las formas y las estrategias del racismo en
la sociedad imperial del control?
Muchos analistas describen este
paso como un deslizamiento, en la forma dominante de la teoría del racismo, de
una teoría del racismo fundada sobre la biología a una teoría racista basada en
la cultura. La teoría racista dominante de la modernidad y las prácticas desegregación
que lo acompañan se focalizan sobre diferencias biológicas esenciales entre las
razas. La sangre y los genes son los que, detrás de las diferencias de color de
piel, constituyen la verdadera sustancia de la diferencia racial. Concebimos
así (al menos implícitamente) pueblos sojuzgados como diferentes a humanos, como
si se tratara de un orden de seres diferentes, de otra naturaleza. De hecho,
nos vienen al espíritu numerosos ejemplos de discursos colonialistas que
describen a los indígenas por medio de calificativos animales como si no fueran
humanos. Esas teorías racistas modernas fundadas sobre la biología,
sub-entienden –o tienden hacía– una diferencia ontológica: una ruptura
necesaria, eterna e inmutable, en el orden de los seres. Como reacción a esta
posición teórica, el antiracismo moderno se posiciona contra la noción de esencialismo
biológico y afirma firmemente que las razas están más bien constituidas por
fuerzas sociales y culturales. Esos teóricos antirracistas modernos operan a
partir de la creencia de que el constructivismo social debe liberarnos del
corset del determinismo biológico: si nuestras diferencias están determinadas
social y culturalmente, entonces todos los seres humanos, en principio, son
iguales y pertenecen a un mismo orden ontológico, a una misma naturaleza.
De todos modos, el paso al
Imperio, a la sociedad de control, a la post-modernidad, ha implicado un
desplazamiento en la dirección dominante de la teoría racista, de tal suerte
que las diferencias biológicas, representaciones claves del odio y el miedo
raciales, han sido reemplazadas por las significaciones sociológicas y
culturales. La teoría racista imperial toma así al inverso la teoría anti-racista
moderna, y de hecho, coopta y retoma sus argumentos. La teoría racista imperial
está de acuerdo en decir que las razas no constituyen unidades biológicas
aislables y que no se podría dividir la naturaleza en razas humanas diferentes.
Igualmente reconoce que el comportamiento de los individuos y sus capacidades o
sus aptitudes no son el producto de su sangre ni de sus genes, sino que se
deben al hecho de que pertenecen a diferentes culturas históricamentedeterminadas4.
Así, las diferencias no son fijas e inmutables, sino efectos contingentes de la
historia social. La teoría racista postmoderna la teoría anti-racista moderna
dicen, de hecho, en gran parte, lo mismo, y es muy difícil diferenciarlas. De
suerte que es precisamente porque se supone que esta argumentación relativista y
culturalista es necesariamente anti-racista, que la ideología dominante en
nuestra sociedad parece, hoy en día, hostil al racismo, y que la teoría racista
post-moderna parece no ser racista en lo más mínimo.
Debemos mirar más de cerca el
modo de funcionamiento de la teoría racista imperial. Étienne Balibar califica
este nuevo racismo de racismo diferencia lista, de racismo sin raza, o más
precisamente, de racismo que no reposa sobre un concepto biológico de raza. Si se
abandona la biología como fundamento y apoyo del racismo, la cultura es la
llamada ahora a cumplir el papel que jugaba la biología. Tenemos el hábito de
pensar que la naturaleza y la biología son fijas e inmutables, pero que la
cultura es maleable y fluida: las culturas pueden cambiar en la historia y
mezclarse para suscitar híbridos al infinito. Sin embargo, hay un límite a la
flexibilidad de las culturas en la teoría racista post-moderna. Pues, en último
análisis, las diferencias entre las culturas y las tradiciones son
insuperables. Es vano y peligroso, según la teoría racista post-moderna,
permitir o imponer una mezcla de culturas: los serbios y los croatas, los Hutus
y los Tutsis, el afro-americano y los coreano-americano deben permanecer
separados. La posición cultural no es menos “esencialista “como teoría de la
diferencia social que una posición biológica, o al menos establece una base
teórica igualmente fuerte para la separación la segregación social. Se trata de
una posición teórica de un pluralismo indiscutible: todas las identidades
culturales son iguales en principio. Ese pluralismo acepta todas las
diferencias en nuestras identidades todo el tiempo en que estemos de acuerdo en
actuar fundándonos sobre diferencias de identidades y mientras las preservemos
como indicadores, tal vez contingentes, pero de hecho sólidos, de la separación
social. La sustitución teórica de la raza o la biología por la cultura se
encuentra así, paradójicamente, metamorfoseada en teoría de la preservación de
la raza. Este deslizamiento en la teoría racista nos muestra cómo la teoría imperial
y postmoderna de la sociedad de control puede adoptar lo que se concibe,
generalmente, como una posición anti-racista (es decir, una posición pluralista
contra todos los indicadores necesarios de la exclusión racial), conservando un
sólido principio de separación social.
En este estadio debemos notar,
con mucha atención, que la teoría racista imperial de la sociedad de control es
una teoría de la segregación y no de la jerarquía. Allí donde la teoría moderna
coloca una jerarquía entre las razas como condición fundamental que hace
necesaria la segregación, la teoría imperial no se pronuncia sobre la
superioridad o inferioridad, de principio, de las razas o los grupos étnicos
diferentes. Esto lo considera como contingente, como una cuestión práctica. En
otras palabras, la jerarquía de las razas no es percibida como una causa sino
como un efecto de las circunstancias sociales. Por ejemplo, los jóvenes
Afro-Americanos de tal región tienen resultados generalmente más flojos en los test
de aptitud que los jóvenes asiáticos. La teoría imperial ve ahí el resultado,
no de una inferioridad racial necesaria, sino de diferencias culturales: la cultura
de los americanos de origen asiático atribuye una mayor importancia a la educación,
estimulando a los jóvenes a estudiar en grupo, y así sucesivamente. La
jerarquía de las razas es determinada a posteriori, como efecto de sus
culturas, dicho de otra manera, a partir de sus performances. Según la teoría
imperial, la hegemonía y la sumisión de las razas no es una cuestión teórica
sino que aparece a lo largo de una libre competencia, una especie de ley del
mercado de la meritocracia cultural.
Sabemos que la práctica racista
no corresponde necesariamente con la teoría racista. A partir de lo que
acabamos de ver, es claro que la práctica racista en las sociedades de control
se encuentra privada de un sostén central: no dispone de una teoría de la
superioridad racial, percibida como fundante de las prácticas modernas de la exclusión
racial. Ahora bien, según Deleuze y Guattari, “el racismo europeo [...]nunca ha
procedido por exclusión, ni asignación de alguien designado como Otro. [...] El
racismo procede por determinación de las diferencias de desviación, en función
del rostro del Hombre blanco que pretende integrar en las ondas más excéntricas
y retardadas los trazos que no le son conformes. [...] Desde el punto de vista del
racismo, no tiene exterior, no hay gentes del afuera”5. Deleuze y Guattari nos
llevan, entonces, a concebir la práctica racista, no en términos de exclusión,
sino de inclusión diferencial. Ninguna identidad es designada como Otro, nada
es excluido del dominio, no hay afuera. Si no estamos enteramente convencidos
de que tal ha sido el caso, como lo presentan Deleuze y Guattari, ciertamente
hay aquí una excelente descripción de la condición racista de la sociedad de
control. Pues, de igual manera que la teoría racista postmoderna no puede
plantear como punto de partida las diferencias esenciales entre las razas
humanas, la práctica racista imperial no puede comenzar por una exclusión del
Otro racial. Lo propio de la dominación blanca es desarrollar el contacto con
la alteridad para enseguida someter las diferencias según los grados de
desviación con el carácter blanco. Esto no tiene nada que ver con la xenofobia,
que es el odio y el temor al bárbaro desconocido. Es un odio nacido de la
proximidad y que se desarrolla con los grados de diferencia de la vecindad.
Lo que no quiere decir que
nuestras sociedades estén exentas de exclusión racial: están seguramente
recorridas de numerosas líneas que crean un obstáculo racial, y eso a través de
todos los paisajes urbanos, e implicando el mundo entero. Sin embargo, lo
importante es que la exclusión racial aparece generalmente como un resultado de
la inclusión diferencial. Entonces sería erróneo plantear como paradigma de la
jerarquía racial las leyes del apartheid sudafricano o el código segregacionista
que existía al Sur de los Estados Unidos. La diferencia no está inscrita en el
texto de las leyes, y la imposición de la alteridad no llega hasta designar a
alguien como Otro. El Imperio no piensa la diferencia en términos absolutos, no
plantea nunca las diferencias raciales como diferencias de naturaleza, sino
siempre como diferencias de grado; nunca las plantea como necesarias sino siempre
como accidentales. La sumisión es realizada en los regímenes de las prácticas
cotidianas más móviles y más flexibles, pero que crean jerarquías raciales que
no son menos estables y brutales.
La forma y las estrategias
adoptadas por el racismo postmoderno contribuyen más generalmente a poner en
evidencia el contraste entre soberanía moderna y soberanía imperial. El racismo
colonial, el racismo de la soberanía moderna, comienza por llevar la diferencia
hasta el extremo, después recupera en un segundo tiempo al Otro como fundamento
negativo del Yo. La construcción moderna de un pueblo se encuentra directamente
implicada en esta operación. Un pueblo no se define solamente en términos de
pasado común, de deseos o de potencial comunes, sino ante todo en una relación
dialéctica con su Otro, su afuera. Un pueblo (sea o no diaspórico) se define
siempre en términos de lugar (sea virtual o real). En contraste, el orden
imperial nada tiene que ver con esta dialéctica. En la sociedad de control, el
racismo imperial o diferencial integra a los otros en su orden, pues orquesta
esa diferencia en un sistema de control. Las nociones fijas y biológicas de los
pueblos tienden así a disolverse en una multitud fluida y amorfa, a la que
atraviesan, seguramente, líneas de conflicto y de antagonismo, pero sin que
ninguna aparezca como frontera fija y eterna. La superficie de la sociedad
imperial se mueve continuamente, de tal suerte que desestabiliza cualquier
noción de lugar. El momento central del racismo moderno se produce en su
frontera, en la antítesis global entre adentro y afuera. Como lo ha dicho W. E.
B. Du Bois hace casi cien años, el problema del siglo XX es el problema de la
barrera del color. Pero el racismo imperial, pensando quizá en el siglo
próximo, reposa sobre el juego de las diferencias y la gestión de
micro-conflictualidades en una zona en expansión ininterrumpida.
Bien visto, hay mucha gente en el
mundo para quien el relativismo racial del Imperio y su movimiento primero de
inclusión universal son, en sí, amenazantes. Estar afuera ofrece una cierta
protección, una cierta autonomía. En ese sentido, podemos ver, en el ascenso de
diversos discursos de la diferencia, racial o étnica, esencial y original, una
reacción de defensa contra la inclusión imperial. Los progresos del
confucionismo en China o de los fundamentalismos religiosos en los Estados
Unidos y en el mundo árabe plantean, todos a su manera, la identidad del grupo
como fundado sobre orígenes antiguos y, en última instancia, inconmensurable
con el mundo exterior. Así, hemos adoptado el hábito de comprender los
conflictos étnicos en Ruanda, en
los Balcanes y aún en el Medio
Oriente como re-emergencias de alteridades antiguas, irreprimibles e
irreconciliables. Pero desde nuestro punto de vista, esas diferencias y esos
conflictos no podrían comprenderse en el contexto de orígenes perdidos en la
noche de los tiempos; al contrario, es necesario volver a colocarlos en la
configuración imperial actual. El Imperio acepta siempre las diferencias
raciales y étnicas que encuentra, y sabe utilizarlas; permanece a la sombra,
observa esos conflictos e interviene cuando es necesario un ajuste. Cualquier
tentativa de seguir siendo otro en el cara-a-cara del Imperio es vana. El
Imperio se nutre de la alteridad, relativizándola y gestionándola.
De la Generación y de la Corrupción de la Subjetividad
El fin del afuera, o la falta
gradual de distinción entre el adentro y al afuera en el paso de la sociedad
disciplinaria a la sociedad de control, tiene implicaciones importantes para la
forma de la producción social de la subjetividad. Es una de las tesis centrales
y más comunes en los análisis institucionales de Deleuze y Guattari, Foucault,
Althusser y otros: la subjetividad no está dada de entrada y originalmente, se
forma, en cierto grado al menos, en el campo de las fuerzas sociales. Las
subjetividades que interactúan sobre el plano social son ellas mismas
sustancialmente creadas por la sociedad. En ese sentido, esos análisis
institucionales han vaciado de su contenido cualquier noción de subjetividad
pre-social, para firmemente arraigarla producción de la subjetividad en el funcionamiento
de las instituciones sociales mayores, tales como la prisión, la familia, la
fabrica y la escuela. Debemos subrayar dos aspectos de ese proceso de
producción. Primero, no consideramos la subjetividad como algo fijo y dado. Es
un proceso de engendramiento constante. Cuando el patrón saluda en el taller, o
el director en el colegio llama a izar la bandera, se forma una subjetividad.
Las prácticas materiales dispuestas por el sujeto en el contexto de la
institución (sea que se trate de arrodillar separa orar o de cambiar los
pañales para algunos) forman procesos de producción de su propia subjetividad.
El sujeto es activo, engendrado de manera reflexiva por las vías de sus propios
actos. Enseguida, las instituciones proporcionan sobre todo un lugar discreto
(el hogar, la capilla, el salón de clase, el taller) donde se monta la
producción de la subjetividad. Las diversas instituciones de la sociedad moderna
deberían considerarse como un archipiélago de fábricas de subjetividad. En el
transcurso de una vida, un individuo entra en esas diversas instituciones (de
la escuela al cuartel y a la fabrica) y en la serie lineal formada por ellas.
Cada institución tiene sus reglas y sus lógicas de subjetivación: “La escuela
nos dice: ya no estás en la familia, y la armada dice: ya no estás en la
escuela”6. De otro lado, en el interior de los muros de cada institución, el
individuo está, al menos parcialmente, al abrigo contra las fuerzas de otras
instituciones: en el convento, estamos en un lugar seguro contra el aparato de
la familia; en casa, fuera del alcance de la disciplina fabril. La relación entre
adentro y afuera es central para el funcionamiento de las instituciones
modernas. De hecho, el lugar claramente delimitado de las instituciones se
refleja en la forma regular y fija de las subjetividades producidas.
En el paso a la sociedad de
control, el primer aspecto de la condición disciplinaria moderna ciertamente es
todavía válido, es decir, que las subjetividades continúan siendo producidas en
la fábrica social. De hecho, las instituciones sociales producen la
subjetividad de una manera más intensa que nunca. Nosotros podríamos decir que la
postmodernidad es lo que se obtiene cuando la teoría moderna del
constructivismo social es llevada al extremo y toda subjetividad es reconocida
como artificial. El paso no es de oposición sino de intensificación. Como lo
dijimos antes, la crisis contemporánea de las instituciones significa que los
espacios cerrados que definían el espacio limitado de las instituciones han
dejado de existir, de tal manera que la lógica que funcionaba hasta hace muy poco
en el recinto de los muros institucionales se extiende hoy en día sobre todo el
terreno social. Debemos señalar, sin embargo, que esta omni-crisis de las
instituciones tiene un aspecto muy diferente según el caso. Por ejemplo, en los
Estado Unidos la proporción de la población implicada en una familia de tipo
nuclear decrece constantemente, mientras la proporción de la población
encerrada en prisiones crece regularmente. Pero podemos decir que esas dos
instituciones, familia nuclear y prisión, están igualmente y por todas partes
en crisis en el sentido en que el lugar de su efectividad es cada vez más
indefinido.
Los muros de las instituciones se
derrumban, de tal suerte que afuera ya dentro devienen imposibles de
distinguir. No hay que creer que la crisis de la familia nuclear haya llevado
al declinar de las fuerzas patriarcales; al contrario, los discursos y las
prácticas que invocan los “valores de la familia” parecen investir todo el
campo social. La crisis de la prisión significa que las lógicas y las técnicas
carcelarias están cada vez más extendidas a otros dominios de la sociedad. La
producción de la subjetividad en la sociedad imperial del control tiende a no
limitarse a lugares específicos. Uno está siempre y todavía en familia, siempre
y todavía en la escuela, siempre y todavía en prisión, y así sucesivamente. En
el colapso generalizado, el funcionamiento de las instituciones es a la vez más
intensivo y más extenso. Como el capitalismo, entre más desarregla, mejor
funciona.
Comenzamos a saber, en efecto,
que la máquina capitalista sólo funciona estropeándose... Sus lógicas recorren
las superficies ondulantes en olas de intensidad. La no-definición del lugar de
la producción corresponde a la indeterminación de la forma de las
subjetividades producidas. Las instituciones sociales de control en el Imperio
podrían, entonces, percibirse en un proceso fluido de engendramiento y de
corrupción de la subjetividad. El control es así una intensificación y una
generalización de la disciplina, donde las fronteras de las instituciones han
sido violadas, vueltas permeables, de tal suerte que ya no se distingue el
afuera del adentro. Se debería reconocer que los aparatos ideológicos del Estado
operan así en la sociedad de control, y quizás con más intensidad y
flexibilidad de lo que jamás lo imaginó Althusser.
Ese paso no es exclusivo de los
países económicamente más avanzados y más poderosos, sino que tiende, en
diferentes grados, a generalizarse en el mundo entero. La apología de la administración
colonial apunta hacia la creación de instituciones sociales y políticas en las
colonias. Las formas no coloniales de dominación contemporánea implican
igualmente la exportación de instituciones.
El proyecto de modernización
política en los países subdesarrollados o dependientes tiene como finalidad
establecer un conjunto estable de instituciones que sea capaz de formar la
espina dorsal de una nueva sociedad civil. ¿Es necesario recordar que los
regímenes disciplinarios necesarios para poner a punto el sistema mayorista
mundial de producción han demandado que se constituya toda una gama de
instituciones sociales y políticas? No es difícil dar ejemplos de esta
exportación de instituciones (que simplemente indica un proceso más general y
más difuso) donde las instituciones-madre, en los Estados Unidos o en Europa,
adoptan y protegen instituciones aún balbucientes: los sindicatos oficiales
como la AFL animan y forman sucursales extranjeras, los economistas del mundo desarrollado
contribuyen a crear instituciones financieras y enseñan la responsabilidad
fiscal, y también los parlamentos europeos y el Congreso de los Estados Unidos
enseñan las formas y procedimientos de gobierno. Brevemente, mientras que en el
proceso de modernización los países más poderosos exportan formas
institucionales hacia los países dependientes, en el proceso actual de postmodernización
lo exportado es la crisis general de las instituciones. La estructura
institucional del Imperio es como un programa de computador que llevaría en sí
mismo un virus, de tal suerte que modulara y corrompiera continuamente las formas
institucionales que lo rodean. Es necesario que olvidemos cualquier idea de una
secuencia lineal de las formas por las cuales debería pasar cada sociedad
–desde el así llamado “estadio primitivo” hasta la “civilización”–, como si las
sociedades contemporáneas de América Latina o de África pudieran tomar la forma
que tenía la sociedad europea hace cien años. Cada formación social
contemporánea está ligada a todas las otras, como haciendo parte del proyecto
imperial.
Quienes hoy en día reclaman a
grandes gritos una nueva constitución de la sociedad civil como medio para
salir de los estados socialistas o de los regímenes de dictadura, coincidiendo
en el sueño de una modernización política que no era tan rosa cuando ella tenía
todavía una cierta efectividad, son simplemente nostálgicos de un estadio
anterior de la sociedad capitalista. Pero poco importa: la pos modernización
imperial hace de todo esto, irrevocablemente, una cosa del pasado.
Tendencialmente, la sociedad de control está por todas partes al orden del día.
Conclusiones
Quisiera proponer tres hipótesis
con respecto a las sociedades de control, tres hipótesis embrionarias, que
puedan ser materia rediscusión.
Primera hipótesis: La sociedad de
control (imperial y postmoderna) se caracteriza por la corrupción. La sociedad moderna,
lo sabemos, estaba caracterizada por la crisis, es decir, por una contradicción
bipolar y una división maniquea. Piensen, si ustedes quieren, en la guerra fría
o en el modelo moderno del racismo. La sociedad de control, al contrario, no
está organizada alrededor de un conflicto central sino en una red flexible de
micro-conflictualidades. Las contradicciones en la sociedad imperial son múltiples,
proliferantes. Los espacios de esta sociedad son impuros, híbridos. El concepto
que la caracteriza es, entonces, ya no la crisis sino la omnicrisis; o bien,
como prefiero llamarlo, la corrupción.
No daremos a este concepto de
corrupción una significación moral o apocalíptica. Hay que concebirlo, a la
manera de Aristóteles, como el proceso inverso de la generación, como un
devenir de los cuerpos, un momento en el vaivén de la formación y de la
deformación de las subjetividades. Entonces hay que pensarlo según su
etimología latina: corrumpere, estropear. Si la máquina capitalista sólo funciona
estropeándose, como lo dicen Deleuze y Guattari, la sociedad de control también
se estropea, y no funciona más que estropeándose. He aquí su corrupción.
Segunda hipótesis: La sociedad de
control representa una etapa ulterior hacia una sociedad propiamente
capitalista; en ese sentido propone una forma de soberanía (o una forma de
gobierno) que tiende hacia el campo de inmanencia. Ahora bien, me parece que en
la época moderna siempre había conflicto entre la trascendencia de la soberanía
y la inmanencia del capitalismo. El concepto de soberanía de la soberanía
moderna implicaba siempre una trascendencia, es decir, una superioridad y una
distancia entre el poder (del Estado, por ejemplo) y las potencias de la
sociedad. Aún la noción de institución en la sociedad disciplinaria, con su
territorialización y su estriaje del espacio social, indicaba una cierta
distancia, una cierta trascendencia con relación a las fuerzas sociales
inmanentes. El capitalismo, en cuanto a sí mismo, no es una forma trascendente.
Según Deleuze y Guattari, “el capitalismo define un campo de inmanencia, y llena
permanentemente ese campo. Pero ese campo desterritorializado se encuentra
determinado por una axiomática [...]”7. El desmoronamiento de los muros de las
instituciones, que caracteriza el paso hacia la sociedad de control, constituye
un paso hacia el campo de inmanencia, hacia una nueva axiomática social, que
quizá es más adecuada a una soberanía propiamente capitalista. Una vez más,
como el capitalismo mismo, la sociedad de control sólo funciona estropeándose.
Con la sociedad de control llegamos finalmente a una forma de sociedad
propiamente capitalista que la terminología marxiana llama la sociedad de la
subsunción real.
Tercera y última hipótesis: No
podemos pensar la sociedad de control sin pensar el mercado mundial. El mercado
mundial, según Marx, es el punto de partida y el punto de llegada del
capitalismo. Con la sociedad de control tocamos finalmente este punto, el punto
de llegada del capitalismo. Como el mercado mundial, ella es una forma que no
tiene afuera, sin fronteras, o mejor aún, con límites fluidos y móviles. Para
volver al título de mi exposición, la sociedad de controles ya, e
inmediatamente, una sociedad mundial de control.
Traducción: Ernesto Hernández
1 Cf., Deleuze, Gilles. Poruparlers (1972-1990). París: Les
Éditions de Minuit 1990 (“Post-Scruptum sobre las Sociedades de Control”. En:
Conversaciones. Valencia: Pre-Textos, 1995, pp. 277-286).
2 Íbid., p. 242 (en la edición francesa).
3 Jameson, F.
Posmodernism. Or the cultural logic of late capitalism. Duke University Press,
1991, p. IX.
4 Cf., E.
Balibar – I. Wallerstein. Race, nation, classe. París: Éditions dela Découverte, 1988.
5 G. Deleuze – F. Guattari. Mille plateux. Les Éditions de
Minuit, 1980, p. 218.
6 Ibíd., p. 254.
7 G. Deleuze – F. Guattari. El Anti-Edipo. París: Les
Éditions de Minuit.1973, p. 298.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
3:58
0
comentarios
martes, 12 de noviembre de 2013
"EL PRINCIPIO DE HOSPITALIDAD". Entrevista a Jacques Derrida por Dominique Dhombres.
Etiquetas:
ENTREVISTAS,
FILOSOFÍA
Le Monde. —En su último libro, La hospitalidad, opone usted «la ley incondicional de la hospitalidad ilimitada» y «las leyes de la hospitalidad, esos derechos y esos deberes siempre condicionados y condiciona-les». ¿Qué quiere usted decir con ello?
J.D. —Es entre estas dos figuras de la hospitalidad como, en efecto, deben asumirse las responsabilidades y como deben tomarse las decisiones. Prueba temible porque si estas dos hospitalidades no se contradicen, permanecen heterogéneas en el momento mismo en que se reclaman una a la otra, de modo desconcertante. Todas las éticas de la hospitalidad no son las mismas, sin duda, pero no hay cultura ni vínculo social sin un principio de hospitalidad. Este ordena, hace incluso deseable una acogida sin reserva ni cálculo, una exposición sin límite al arribante. Ahora bien, una comunidad cultural o lingüística, una familia, una nación, no pueden no poner en suspenso, al menos, incluso traicionar este principio de hospitalidad absoluta: para proteger un «en casa», sin duda, garantizando lo «propio» y la propiedad contra la llegada ilimitada del otro; pero también para intentar hacer la acogida efectiva, determinada, concreta, para ponerla en funcionamiento. De ahí las «condiciones» que transforman el don en contrato, la apertura en pacto vigilado; de ahí los derechos y los deberes, las fronteras, los pasaportes y las puertas, de ahí las leyes sobre una inmigración, cuyos «flujos», según se dice, hay que «controlar».
Es cierto que lo que está en juego en la «inmigración» no se solapa con todo rigor, es preciso recordarlo, con lo que está en juego en la hospitalidad, que va más allá del espacio cívico o propiamente político. En los textos que usted cita, analizo lo que, entre «lo incondicional» y lo «condicional», no es, sin embargo, una simple oposición. Si ambos sentidos de la hospitalidad permanecen irreductibles uno al otro, siempre es preciso, en nombre de la hospitalidad pura e hiperbólica, para hacerla lo más efectiva posible, inventar las mejores disposiciones, las condiciones menos malas, la legislación más justa. Esto es preciso para evitar los efectos perversos de una hospitalidad ilimitada cuyos riesgos he intentado definir. Calcular los riesgos, sí, pero no cerrar la puerta a lo incalculable, es decir, al porvenir y al extranjero, he aquí la doble ley de la hospitalidad. Esta define el lugar inestable de la estrategia y de la decisión. Tanto de la perfectibilidad como del progreso. Este lugar se busca hoy en día, por ejemplo en los debates sobre la inmigración.
Con frecuencia se olvida que es en nombre de la hospitalidad incondicional (la que da su sentido a toda acogida del extranjero) como es preciso intentar determinar las mejores condiciones, a saber, tales límites legislativos, y sobre todo tal puesta en funcionamiento de las leyes. Esto se olvida siempre en la xenofobia, por definición; pero también se puede olvidar en nombre de una cierta interpretación del «pragmatismo» y del «realismo». Por ejemplo, cuando se cree deber hacer promesas electorales a fuerzas de exclusión o de oclusión. Esta táctica, dudosa en sus principios, bien podría perder más que su alma: por descontado el beneficio.
L.M.-En la misma obra, plantea usted esta cuestión: «Consiste la hospitalidad en interrogar al arribante?», en primerísimo lugar, preguntándole su nombre, «¿o bien comienza la hospitalidad por la acogida sin preguntas?». ¿La segunda actitud es más conforme al principio de «hospitalidad ilimitada» que usted evoca?
J.D. —Una vez más, la decisión se toma en el corazón de lo que parece un absurdo, lo imposible mismo (una antinomia, una tensión entre dos leyes igualmente imperativas pero sin oposición). La hospitalidad pura consiste en acoger al arribante antes de ponerle condiciones, antes de saber y de pedirle o preguntarle lo que sea, ya sea un nombre o ya sean unos «papeles» de identidad. Pero también supone que nos dirijamos a él, singularmente, que lo llamemos, pues, y le reconozcamos un nombre propio: «¿Cómo te llamas?». La hospitalidad consiste en hacer todo lo posible para dirigirse al otro, para otorgarle, incluso preguntarle su nombre, evitando que esta pregunta se convierta en una «condición», una inquisición policial, un fichaje o un simple control de fronteras. Diferencia a la vez sutil y fundamental, cuestión que se plantea en el umbral del «en casa», y en el umbral entre dos inflexiones. Un arte y una poética, pero toda una política depende de ello, toda una ética se decide ahí.
L.M.—Usted señala en el mismo texto: «El extranjero es ante todo extraño a la lengua del derecho en la que se formula el derecho de hospitalidad, el derecho de asilo, sus límites, sus normas, su custodia. Debe pedir hospitalidad en una lengua que, por definición, no es la suya». ¿Podría ser esto de otro modo?
J.D.—Sí, porque ésa es quizás la primera violencia que sufre el extranjero: tener que hacer valer sus derechos en una lengua que no habla. Suspender esta violencia es casi imposible, una tarea interminable en todo caso. Razón de más para trabajar urgentemente para cambiar las cosas. Un inmenso y temible deber de traducción se impone aquí, que no es únicamente pedagógico, «lingüístico», doméstico y nacional (formar al extranjero en la lengua y en la cultura nacionales, por ejemplo en la tradición del derecho laico o republicano). Esto pasa por una transformación del derecho, de las lenguas del derecho. Por muy oscuro y doloroso que sea, este progreso está en curso. Afecta a la historia y a los axiomas más fundamentales del derecho internacional.
L.M.—Usted recuerda la abolición por Vichy del decreto Crémieux de 1870 que concedía la ciudadanía francesa a los judíos de Argelia. Usted ha vivido esta situación extraña de verse, así, sin nacionalidad, en su juventud. ¿Cómo ve usted retrospectivamente este período?
J.D.—Demasiado que decir aquí, una vez más. En lugar de lo que me acuerdo, desde el fondo de mi memoria, he aquí solamente lo que querría recordar hoy: la Argelia de esa época se parece ahora, con posterioridad, a un laboratorio experimental, en el que el historiador puede aislar científicamente, objetivamente, lo que fue una responsabilidad puramente francesa en la persecución de los judíos, esa responsabilidad que le habíamos pedido a Miterrand que reconociera, como afortunadamente hizo después Chirac. Porque nunca hubo un solo alemán en Argelia. Todo ha dependido de la aplicación, por los franceses, sólo por ellos, de dos Estatutos de los Judíos. En la función pública, en el colegio y en la universidad, en los procedimientos de expropiación, esta aplicación ha sido a veces más brutal que en la propia Francia. Lo que habría que incluir en los dossiers de los procesos y de los arrepentimientos en curso.
L.M.-Michel Rocard había declarado, hace ya algunos años, que «Francia no podía acoger toda la miseria del mundo». ¿Qué le inspiran estas palabras? ¿Qué piensa usted de la forma en la que el gobierno Jospin procede actualmente a la regulación parcial de los inmigrados clandestinos?
J.D. —Creo recordar que Michel Rocard retiró esa frase desafortunada. Porque, o bien es un truismo (¿quién ha pensado jamás que Francia, o cualquier otro país, ha podido nunca «acoger toda la miseria del mundo»?, ¿quién lo ha pedido nunca?), o bien es la retórica de una fantochada destinada a producir efectos restrictivos y a justificar el repliegue, la protección, la reacción («como no podemos acoger toda la miseria, ¿verdad?, que no se nos reproche nunca no hacerlo lo bastante o incluso no hacerlo en absoluto»). Este es sin duda el efecto (económico, economista y confuso) que algunos han querido explotar y que Michel Rocard, como tantos otros, ha lamentado. En lo que se refiere a la política actual de inmigración, si hay que hablar de ello así de rápido, inquieta a los que han militado por los sin papeles (y que los albergan cuando es preciso, como hago yo hoy también), a aquellos a los que ciertas promesas habían llenado de esperanza. Podemos lamentar al menos dos cosas:
1. Que las leyes «Pasqua-Debré» no hayan sido abolidas, sino más bien retocadas. Aparte de que un valor simbólico estuviese vinculado con esto (y no es cualquier cosa), ocurre una de dos: o bien se conserva lo esencial de ellas y no es preciso pretender lo contrario; o bien se las modifica esencialmente y no hay que intentar seducir o apaciguar, pegándole la sola etiqueta «Pasqua-Debré», a una oposición electoral de derecha o de extrema derecha. Esta, de todos modos, sacará los beneficios de esta retirada y no se dejará desarmar. Tenemos necesidad, aquí, de coraje político, de cambio de dirección, de fidelidad a las promesas, de pedagogía cívica. (Hay que recordar, por ejemplo, que el contingente de inmigrados no crece —ni resulta amenazador, muy al contrario— desde hace décadas.)
2. En los límites oficialmente en vigor, los procedimientos de regularización prometidos parecen lentos y minimalistas, en una atmósfera triste, crispada, contrariada. De ahí la inquietud de aquellos que, sin pedir nunca la pura y simple apertura de las fronteras, han luchado a favor de otra política y lo han hecho apoyándose en cifras y estadísticas (a partir de trabajos respaldados por expertos y asociaciones competentes que trabajan sobre el terreno desde hace años) de modo «responsable», y no «irresponsable» como se atrevió a decir, creo, uno de esos ministros que calculan más o menos bien hoy en día, y siempre es una mala señal, sus salidas de tono y sus «frasecitas». El límite decisivo, aquél desde el que se juzga una política, pasa entre el «pragmatismo», incluso el «realismo» (indispensables para una estrategia eficaz) y su doble sospechoso, el oportunismo.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
16:37
0
comentarios
sábado, 26 de octubre de 2013
"El movimiento como desnaturalización del pueblo". Conferencia del Prof. Giorgio Agamben en la Univ. de San Martin.
Etiquetas:
BIOPOLITICA,
FASCISMO,
FILOSOFÍA POLÍTICA,
VIDEO
La conferencia se inicia a partir del minuto 22 y lo mejor es a partir del minuto 45.
http://www.youtube.com/watch?v=_lc3kcJzYbs
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
10:35
0
comentarios
"LA PERSONA" Conferencia de Roberto Esposito.
Etiquetas:
FILOSOFÍA JURIDICA.,
FILOSOFÍA POLÍTICA,
VIDEO
Les dejo el link que está abajo, de la soberbia conferencia del profesor Esposito para que sigamos reconstruyendo las categorías de valor y política.
http://www.youtube.com/watch?v=4apOyV62jps
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
8:57
0
comentarios
sábado, 12 de octubre de 2013
"EL PRIMITIVISMO SINDICAL" por Darío Yancán
Etiquetas:
DISCURSOS,
FASCISMO,
SINDICALISMO
Semblanza de la actualidad del Sindicato de Obras Sanitarias de la pcia. de Buenos Aires.
Uno muchas
veces, falsamente, supondría que la comunicación sirve para resolver
diferencias, que el dialogo es el vehículo útil para una armoniosa relación
político-social y por esa vía, que es posible resolver racionalmente los
conflictos. Que esa dialéctica habría de saldar las diferencias, no
exterminándolas sino haciendo posible su convivencia.
Pero tantas
veces hemos verificado que la comunicación es imposible y ésta es otra de esas
veces!!!
Existe una visión
conspirativa hacia toda posibilidad de discrepar, de poder plantear ideas
nuevas o diferentes, que obtura cualquier forma de comunicación racional. Todo
lo que tenga una visión distinta del monologo oficial quiere conspirar contra
“LA FAMILIA SANITARIA”.
Las
diferencias existieron, existen y existirán!!! Y la solución no es la
depuración sistemática del pogrom.
Está bien que existan. ES
IMPRESINDIBLE QUE EXISTAN, es saludable!!!
Cuando no se
permite la diferencia, cuando se la busca borrar, cuando se la condena, cuando se
la ridiculiza, ese es el momento en que las relaciones humanas se vuelven
autoritarias. Y supongo que no queremos repetir los métodos de aquellos años de
eliminación de las diferencias:
1933-1945,
1946-1955,
1917-1989,
1976-1983,
2003-2013.
Los hechos
muestran que dentro del SOSBA hay diferencias, de opinión, de visión, de forma
de ejercer la representatividad, de hacer SINDICALISMO. Y está bien que eso suceda.
Es imperativo
que suceda por una cuestión de salud.
Cuestiono!!!
realmente lo
hago, y?
que sucede?
afecta?
el cuestionar
afecta?
la pregunta
molesta?
Si, a toda
pregunta respondo si!!!
Porque?
Porque eso es
la DEMOCRACIA. Y la pregunta y la disidencia es la respiración viva de la
DEMOCRACIA.
Pero hay veces
que la Democracia y la disidencia, no son toleradas. ESOS SON LOS MOMENTOS
DONDE IRRUMPE EL FASCISMO.
En su
“comunicado” la Giosué se pregunta:
“…¿ no será que los reclamos, preguntas y
llamados a reaccionar, tengan otra intención de fondo?...”
… pues si, les respondo que SI,
la tienen, tiene otra intención y tiene diferencias de fondo. Piensa, ve,
siente y vive la posibilidad de hacer un Sindicalismo diferente. Democrático,
con asambleas, donde se respeten los mandatos de la base, donde se pueda opinar
sin el riesgo de que te retiren las retribuciones y se te excluya de las
actividades, etc., etc. Y sobre todo un Sindicalismo que entienda que el dinero
que gana el trabajador, no es una dádiva que se entrega si se es dócil sino que
es simplemente un derecho.
Uno debiera
pensar que todas estas cosas no deberían ser vueltas a charlar. Que las
virtudes democráticas son asumidas por todos los que nos hallamos sindicalizados,
que el Sindicato SOSBA debiera tener incorporadas formas de representatividad
de las expresiones minoritarias y no ser propiedad de mayorías
circunstanciales. Y creo que allí radica una gran razón del funcionamiento
antidemocrático:
NO
EXISTE CONSIDERACIÓN POR LAS MINORIAS. ESO ES UNA ACTITUD TOTALITARIA!!!
El formato de
los sindicatos en general de la Republica Argentina se manejan de igual modo.
Son contadas las excepciones. Por lo general, las minorías son expulsadas o
proscriptas de la participación en sus asociaciones sindicales, deben recurrir
a la huida, a la desafiliación, a formar otro sindicato paralelo.
Pero creo que
en este caso no debiera ser así.
Yo soy y me
siento parte de una ocasional minoría (sólo por un voto, pero minoría en fin),
soy democrático y acepto el juego de la alternancia. Pero pese a quien le pese,
estoy dentro del SOSBA y tengo identidad, tengo discernimiento, tengo
conocimientos, tengo actitud, tengo convicción y sobre todo soy una
individualidad pensante. Tan individual y tan honesta que puedo tomar la
palabras a pesar de las extorsiones.
Tengo la palabra, la voz y algo que
decir!!!
Creo en la
constructividad del disenso y en el derecho constitucional de expresar
libremente mis ideas con el amparo de la Constitución Nacional:
Artículo 14.- Todos
los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio;
a saber: … de peticionar a las autoridades; … de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa;
…
con el amparo
de CONVENCION AMERICANA SOBRE DERECHOS HUMANOS (Pacto de San José de Costa Rica):
Artículo
13. Libertad de Pensamiento y de Expresión
1.
Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento y de expresión.
Este derecho comprende la libertad
de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea
oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección.
…
3.
No se puede restringir el derecho de expresión por vías o medios indirectos,
tales como el abuso de controles
oficiales o particulares de papel para periódicos, de frecuencias
radioeléctricas, o de enseres y
aparatos usados en la difusión de información o por cualesquiera otros medios encaminados a impedir la comunicación y
la circulación de ideas y opiniones.
…
con el amparo del Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos:
Artículo 19
1.
Nadie podrá ser molestado a causa de sus opiniones.
2.
Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión; este derecho comprende
la libertad de buscar, recibir
y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de
fronteras, ya sea oralmente, por escrito
o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección.
El SOSBA no
pertenece en propiedad a una ocasional conducción, ni a personas determinadas,
ni a cierta “agrupación de compañeros peronistas sanitaristas”. No es una
institución para que un grupo la piense en términos de propiedad ni de negocio
privado. Debiera ser pensado para el traspaso, para los que han de venir, para los
que indefectiblemente reemplazarán a quien hoy casualmente conducen. Es tan mío
como suyo y como de cada uno que viene a trabajar todos los días. Y tarde o
temprano, la actual conducción pasará y será otra conducción del color que sea,
la que tome la posta y así sucesivamente.
Creo que la
visión de este sindicalismo atrasa y
esa creencia es otra diferencia de fondo.
Atrasa al menos dos décadas. Es un
sindicalismo propio que es de la década menemista, aquella donde surgió esa
extraña cruza entre Líderes sindicales llamados GORDOS, y la privatización de
servicios. Aquella donde los representantes de los trabajadores se convirtieron
en empresarios quedándose con las partes rentables de las empresas estatales
privatizadas, o crearon sus empresas con los fondos de la privatización o las
acciones participativas que le correspondían a los trabajadores, o crearon
empresas a través de las cuales tercerizar la contratación por medio de la
precarización laboral.
Atrasa en las visiones y en las
concepciones. Son como niños huérfanos que extrañan al padre y a la madre
muertos, necesitan una Familia que los contenga, se refugian e invocan la
protección de la deidad que está más allá del mundo de los hombres. Y cuelgan
el rosario de fotografías de sus antepasados que murieron, construyen un
panteón de cadáveres, son necrófilos.
Atrasa en la metodología del apriete y
la extorsión, en la valoración de la masa como cuantificación del peso vascular
en detrimento de las ideas. Por eso apuestan a la cantidad y no a los
contenidos que esa cantidad pueda tener.
Atrasa porque son autodestructivos. Se
emocionan con el recuerdo “viejos temas musicales” que hablan de combatir al
capital y en el fondo, ese capital, es a lo único que aspiran.
Atrasa en la concepción mitológica de
la vida. Se la pasan construyendo tótems o pequeños resguardos donde poder
congelar situaciones para tranquilidad del status quo.
Atrasa en el lenguaje y en los
términos. Creen en la necesidad de los fanáticos, su conversión en apóstoles,
en profetas que llevan la buena nueva, creen en el arribo del Mesías, del
salvador, de ese redentor que les promete que existe un mundo ideal más allá de
esta vida. Y también en esos fanáticos convertidos en héroes a través de la
ofrenda, de la inmolación. Un pensamiento de individuos temerosos, que creen en
la salvación a través del martirio individual, una sociedad de ritos, de mitos
y sacrificios en atención al Dios protector y sobre todo, creen en el miedo que
une.
Atrasa la concepción del discurso
político a través de la repetición de lugares comunes y la semántica insignificante.
Repiten hasta el punto de vaciar de contenido, frases remanidas e insostenibles
que son una mezcla de nostalgia, infantilismo y advertencia como son “la familia sanitarista, la camiseta puesta,
la unidad inquebrantable, y para rematar con EL SOSBA UNIDO JAMAS SERÁ VENCIDO”. Ojo!!! No te corras, no te
cambies de ropa ni entiendas diferente la unidad porque la excomulgación de la
famiglia es la consecuencia.
Atrasa en la apelación irracional y
sensible, en la anteposición del sentimentalismo a la razón, en la nostalgia por los buenos viejos tiempos.
Atrasa la visión de unidad. Ven a la
unidad como homogeneidad, como unificación de las visiones, como coagulo has
llegar a “una sola verdad”. Y esa sola verdad está en los textos sagrados que
sólo son interpretados por los sacerdotes que traducen al dios y en definitiva,
la verdad, esa única verdad que es la del Dios, que algunos intereses (terrenos
y económicos) instauraron. Creen en el coro antes que en el solista, creen en
la masificación antes que en el individuo.
Volviendo al
tema de la comunicación y los comunicados, me atrevo a decir que si no se tiene
la capacidad de entender que las preguntas y los planteos son más que “HUMO”,
estamos en problemas. Dicha incapacidad de entendimiento se evidencia en una
serie de confusiones:
·
Se confunde quien responde, puesto que las
preguntas fueron dirigidas al CUERPO DE DELEGADOS y no a una determinada
agrupación interna. Salvo que en su concepción: el Estado, la Nación, el
Partido y el Sindicato sea lo mismo. (si quieren en otro escrito me explayo
sobre las experiencias que mezclaron las cosas),
·
Confunden el interlocutor pues primero le hablan
a un “propio autor”, tercera persona
del singular para luego pasar a dirigirse a una supuesta tercera persona del
plural cuando dicen “se preguntan…”,
·
Confunden la asignación de dichos puesto que quien
habló y acuño la frase flexibilización
horaria por los años de inactividad fue
el propio cuerpo de delegado intentando justificar su anodina actitud,
·
Confunden la unidad con la acriticidad, sin
valorar que quien te dice: “quizás te estás equivocando”, te está dando una
mano,
·
Confunden la solidaridad con el nepotismo,
·
Confunden los roles y funciones al ser Patrón y
ser quien te defiende tus derechos de los abusos de la patronal. Digamos que al
menos es una inmoralidad estar de ambos lados del mostrados. Hay una
INCOMPATIBILIDAD ÉTICA.
Confunden,
confunden y confunden, y lo que no necesitamos de quien guía nuestra defensa
como trabajadores, es que confunda su rol. Los compañeros necesitamos
respuestas, NO CAMPEONATOS DE TRUCO, donde el objetivo es resultar vencedor a
través del desarrollo estratégico del ARTE DE MENTIR.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
16:50
0
comentarios
sábado, 5 de octubre de 2013
"EL HOMBRE REBELDE" por Albert Camus.
Etiquetas:
ETICA,
FILOSOFÍA,
MANIFIESTO
¿Qué es un hombre rebelde? Un
hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que
dice que sí desde su primer movimiento.
Un esclavo, que ha recibido
órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden.
¿Cuál es el contenido de ese "no"? Significa, por ejemplo, "las
cosas han durado demasiado", "hasta ahora, sí; en adelante, no",
"vas demasiado lejos", y también "hay un límite que no
pasaréis".
En suma, ese "no" afirma
la existencia de una frontera. Vuelve a encontrarse la misma idea de límite en
ese sentimiento del rebelde de que el otro "exagera", de que no
extiende su derecho más allá de una frontera a partir de la cual otro derecho
le hace frente y lo limita. Así, el movimiento de rebelión se apoya, al mismo
tiempo, en el rechazo categórico de una intrusión juzgada intolerable y en la
certidumbre confusa de un buen derecho; más exactamente, en la impresión del
rebelde de que "tiene derecho a...". La rebelión va acompañada de la
sensación de tener uno mismo, de alguna manera y en alguna parte, razón.
En esto es en lo que el esclavo
rebelado dice al mismo tiempo sí y no. Afirma, al mismo tiempo que la frontera,
todo lo que sospecha y quiere conservar más acá de la frontera. Demuestra, con
obstinación, que hay en él algo que "vale la pena de...", que exige
vigilancia. De cierta manera opone al orden que le oprime una especie de
derecho a no ser oprimido más allá de lo que puede admitir.
Al mismo tiempo que la repulsión
con respecto al intruso, hay en toda rebelión una adhesión entera o instantánea
del hombre a cierta parte de sí mismo. Hace, pues, que intervenga implícitamente
un juicio de valor, y tan poco gratuito que lo mantiene en medio de los
peligros. Hasta entonces se callaba, por lo menos, abandonado a esa
desesperación en que se acepta una situación aunque se la juzgue injusta.
Callarse es dejar creer que no se juzga ni se desea nada y, en ciertos casos,
es no desear nada en efecto. La desesperación, como lo absurdo, juzga y desea
todo en general y nada en particular. El silencio la traduce bien.
Pero desde el momento en que
habla, aunque diga que no, desea y juzga. El rebelde (es decir, el que se
vuelve o revuelve contra algo), da media vuelta.
Marchaba bajo el látigo del amo y
he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es. Todo
valor no implica la rebelión, pero todo movimiento de rebelión invoca
tácitamente un valor. ¿Se trata por lo menos de un valor?
Por confusamente que sea, una
toma de conciencia nace del movimiento de rebelión: la percepción, con
frecuencia evidente, de que hay en el hombre algo con lo que el hombre puede
identificarse, al menos por un tiempo. Esta identificación no era sentida
realmente hasta ahora. El esclavo sufría todas las exacciones anteriores al
movimiento de rebelión. Y hasta con frecuencia había recibido sin reaccionar
órdenes más indignantes que la que provoca su negativa. Era con ellas paciente;
las rechazaba, quizá, en sí mismo, pero puesto que callaba, era más cuidadoso
de su interés inmediato que consciente todavía de su derecho. Con la pérdida de
la paciencia con la impaciencia, comienza, por el contrario, un movimiento que
puede extenderse a todo lo que era aceptado anteriormente. Ese impulso es casi
siempre retroactivo. El esclavo, en el instante en que rechaza la orden
humillante de su superior, rechaza al mismo tiempo el estado de esclavo. El
movimiento de rebelión lo lleva más allá de donde estaba en la simple negación.
Inclusive rebasa el límite que
fijaba a su adversario, y ahora pide que se le trate como igual. Lo que era al
principio una resistencia irreductible del hombre, se convierte en el hombre
entero que se identifica con ella y se resume en ella. Esa parte de sí mismo
que quería hacer respetar la pone entonces por encima de lo demás y la proclama
preferible a todo, inclusive a la vida. Se convierte para él en el bien
supremo. Instalado anteriormente en un convenio, el esclavo se arroja de un
golpe ("puesto que es así...") al Todo o Nada. La conciencia nace con
la rebelión.
Pero se ve que es conciencia, al
mismo tiempo, de un "todo" todavía bastante oscuro y de una
"nada" que anuncia la posibilidad de que se sacrifique el hombre a
ese todo. El rebelde quiere serlo todo, identificarse totalmente con ese bien
del que ha adquirido conciencia de pronto y que quiere que sea, en su persona,
reconocido y saludado; o nada, es decir, encontrarse definitivamente caído por
la fuerza que le domina. Cuando no puede más, acepta la última pérdida, que le
supone la muerte, si debe ser privado de esa consagración exclusiva que
llamará, por ejemplo, su libertad. Antes morir de pie que vivir de rodillas.
El valor, según los buenos
autores, "representa las más de las veces un paso del hecho al derecho, de
lo deseado a lo deseable (en general, por intermedio de lo comúnmente
deseado)"1. El paso al derecho queda manifiesto, según hemos visto, en la
rebelión. Igualmente el paso del "sería necesario que eso fuese" al "quiero
que eso sea". Pero más todavía, quizá, esa noción de la superación del individuo
en un bien en adelante común. El surgimiento del Todo o Nada muestra que la rebelión,
contrariamente a la opinión corriente, y aunque nazca en lo que el hombre tiene
de más estrictamente individual, pone en tela de juicio la noción misma de
individuo. Si el individuo, en efecto, acepta morir, y muere en la ocasión, en
el movimiento de su rebelión, muestra con ello que se sacrifica en beneficio de
un bien del que estima que sobrepasa a su propio destino.
Si prefiere la probabilidad de la
muerte a la negación de ese derecho que defiende es porque coloca a este último
por encima de sí mismo. Obra, por lo tanto, en nombre de un valor que, aun
siendo todavía confuso, al menos tiene de él el sentimiento de que le es común
con todos los hombres. Se ve que la afirmación envuelta en todo acto de
rebelión se extiende a algo que sobrepasa al individuo en la medida en que lo
saca de su soledad supuesta y le proporciona una razón de obrar. Pero importa
observar ya que este valor que existe antes de toda acción, contradice las
filosofías puramente históricas, en las cuales el valor es conquistado (si se
conquista) al término de la acción. El análisis de la rebelión conduce, por lo
menos, a la sospecha de que hay una naturaleza humana, como pensaban los
griegos, y contrariamente a los postulados del pensamiento contemporáneo. ¿Por
qué rebelarse si no hay en uno nada permanente que conservar? El esclavo se
alza por todas las existencias al mismo tiempo cuando juzga que con tal orden
se niega algo que hay en él y que no le pertenece a él solo, sino que
constituye un lazo común en el cual todos los hombres, hasta el que le insulta
y le oprime, tienen una comunidad preparada. Dos observaciones apoyarán este
razonamiento. Se advertirá ante todo que el movimiento de rebelión no es, en su
esencia, un movimiento egoísta. Puede haber, sin duda, determinaciones
egoístas. Pero la rebelión se hace tanto contra la mentira como contra la
opresión. Además, a partir de esas determinaciones, y en su impulso más
profundo, el rebelde no preserva nada, puesto que pone todo en juego. Exige,
sin duda, para sí mismo el respeto, pero en la medida en que se identifica con
una comunidad natural.
Observemos después que la
rebelión no nace solamente, y forzosamente, en el oprimido, sino que puede
nacer también ante el espectáculo de la opresión de que otro es víctima. Hay,
pues, en este caso identificación con el otro individuo.
Y hay que precisar que no se
trata de una identificación psicológica, subterfugio por el cual el individuo
sentiría imaginativamente que es a él a quien se hace la ofensa. Puede suceder,
por el contrario, que no se soporte el ver cómo se infligen a otros ofensas que
nosotros mismos hemos sufrido sin rebelarnos. Los suicidios de protesta en el
presidio, entre los terroristas rusos a cuyos camaradas se azotaba, ilustran
este gran movimiento. Tampoco se trata del sentimiento de la comunidad de
intereses. Podemos encontrar indignamente, en efecto, la injusticia impuesta a
hombres que consideramos adversarios. Hay solamente identificación de destinos
y toma de partido. El individuo no es, por lo tanto, por sí solo, el valor que
él quiere defender. Son necesarios, para componerlo, por lo menos todos los
hombres. En la rebelión el hombre se supera en sus semejantes, y, desde este
punto de vista, la solidaridad humana es metafísica.
Simplemente, no se trata por el
momento sino de esa especie de solidaridad que
nace de las cadenas.
Todavía se puede precisar el
aspecto positivo del valor presunto en toda rebelión comparándolo con una
noción enteramente negativa como la del resentimiento, tal como la ha definido
Scheler. En efecto, el movimiento de rebelión es más que un acto de
reivindicación, en el sentido fuerte de la palabra.
El resentimiento está definido
muy bien por Scheler como una autointoxicación, la secreción nefasta, en vaso
cerrado, de una impotencia prolongada. La rebelión, por el contrario, fractura
al ser y le ayuda a desbordarse. Libera oleadas que, de estancadas, se hacen
furiosas. Scheler mismo acentúa el aspecto pasivo del resentimiento, observando
el gran lugar que ocupa en la psicología de las mujeres, destinadas al deseo y
a la posesión.
En las fuentes de la rebelión
hay, por el contrario, un principio de actividad superabundante y de energía.
Scheler tiene también razón cuando dice que la envidia colorea fuertemente al
resentimiento. Pero se envidia lo que no se tiene, en tanto que el rebelde defiende
lo que es. No reclama solamente un bien que no posee o que le hayan frustrado.
Aspira a hacer reconocer algo que tiene y que ya ha sido reconocido por él, en
casi todos los casos, como más importante que lo que podría envidiar. La
rebelión, no es realista. Siempre, según Scheler el resentimiento se convierte
en arribismo o en acritud, según crezca en un alma fuerte o débil. Pero en
ambos casos se quiere ser lo que no se es. El resentimiento es siempre
resentimiento contra si mismo. El rebelde, por el contrario, en su primer
movimiento, se niega a que se toque lo que él es. Lucha por la integridad de
una parte de su ser. No trata ante todo de conquistar, sino de imponer.
Parece, en fin, que el
resentimiento se deleita de antemano con un dolor que querría que sintiese el
objeto de su rencor. Nietzsche y Scheler tienen razón al ver una bella
ilustración de esta sensibilidad en el pasaje en que Tertuliano informa a sus
lectores que en el cielo la mayor fuente de felicidad entre los bienaventurados
será el espectáculo de los emperadores romanos consumidos en el infierno. Esta
felicidad es también la de las buenas gentes que iban a presenciar las
ejecuciones capitales. La rebelión, por el contrario, en su principio, se
limita a rechazar la humillación sin pedirla para los demás. Acepta también el
dolor para uno mismo, con tal que su integridad sea respetada.
No se comprende, pues, por qué
Scheler identifica absolutamente el espíritu de rebelión con el resentimiento.
Su crítica del resentimiento inherente al humanitarismo (del cual trata como de
la forma no cristiana del amor a los hombres) podría aplicarse quizá a ciertas
formas vagas de idealismo humanitario, o a las técnicas del terror. Pero falla
en lo concerniente a la rebelión del hombre contra su condición, al movimiento
que alza al individuo en defensa de una dignidad común a todos los hombres.
Scheler quiere demostrar que el humanitarismo va acompañado del odio al mundo.
Se ama a la humanidad en general para no tener que amar a los seres en
particular. Esto es justo en algunos casos, y se comprende mejor a Scheler
cuando se ve que el humanitarismo está representado, según él, por Bentham y
Rousseau. Pero la pasión del hombre por
el hombre puede nacer de algo que no sea el cálculo aritmético de los
intereses, o de una confianza, por lo demás teórica, en la naturaleza humana.
Frente a los utilitaristas y al preceptor de Emilio existe, por ejemplo, la
lógica encarnada por Dostoievsky en Iván Karamázov, que va del movimiento de
rebelión a la insurrección metafísica. Scheler, que lo sabe, resume así esta
concepción: "No hay en el mundo bastante amor para que se malgaste en otro
que el ser humano". Aunque esta proposición fuese cierta, la desesperación
vertiginosa que supone merecería algo más que el desdén. En realidad, desconoce
el carácter desgarrado de la rebelión de Karamázov. El drama de Iván, por el
contrario, nace de que hay demasiado amor sin objeto.
Como este amor queda sin empleo,
y Dios es negado, se decide entonces transportarlo al ser humano en nombre de
una generosa complicidad.
Por lo demás, en el movimiento de
rebelión, tal como lo hemos encarado hasta ahora, no se elige un ideal
abstracto, por pobreza de corazón, y con un fin de reivindicación estéril. Se
exige que sea considerado lo que en el hombre no puede reducirse a la idea, esa
parte ardorosa que no puede servir sino para ser.
¿Quiere decir esto que ninguna
rebelión esté cargada de resentimiento? No, y lo sabemos harto bien en el siglo
de los rencores. Pero debemos tomar esta noción en su sentido más amplio so
pena de traicionarla y, a este respecto, la rebelión rebasa al resentimiento
por todos lados. Cuando en Cumbres borrascosas Heathcliff prefiere su amor a
Dios y pide el infierno para reunirse con la que ama, quien habla no es
solamente su juventud humillada, sino también l experiencia ardiente de toda
una vida. El mismo movimiento hace decir al maestro Eckart, en un arrebato
sorprendente de herejía, que prefiere el infierno con Jesús al cielo sin Él. Es
el movimiento mismo del amor. Contra Scheler no se podría, pues, insistir
demasiado en la afirmación apasionada que circula por el movimiento de rebelión
y que lo distingue del resentimiento. Aparentemente negativa, puesto que nada
crea, la rebelión es profundamente positiva, pues revela lo que hay que defender
siempre en el hombre.
Pero, para terminar, ¿esta
rebelión y el valor que contiene no son relativos? En efecto, con las épocas y
las civilizaciones parecen cambiar las razones por las cuales el hombre se
subleva. Es evidente que un paria hindú, un guerrero del imperio Inca, un
primitivo del África Central, o un miembro de las primeras comunidades
cristianas, no tenían la misma idea de la rebelión. Se podríaafirmar también,
con una probabilidad extremadamente grande, que la idea de rebelión no tiene
sentido en estos casos precisos. Sin embargo, un esclavo griego, un siervo, un
condotiero del Renacimiento, un burgués parisiense de la Regencia, un
intelectual ruso de la primera década de 1900 y un obrero contemporáneo, si
bien podrían diferir con respecto a las razones de la rebelión, estarían de
acuerdo, sin duda alguna, en cuanto a su legitimidad. Dicho de otro modo, el
problema de la rebelión parece no adquirir un sentido preciso sino dentro del
pensamiento occidental. Se podría ser todavía más explícito observando, con
Scheler, que el espíritu de rebelión se expresa difícilmente en las sociedades
en que las desigualdades son muy grandes (régimen de las castas hindúes) o, por
el contrario, en las que la igualdad es absoluta (ciertas sociedades
primitivas). En sociedad, el espíritu de rebelión no es posible sino en los
grupos en que una igualdad teórica encubre grandes desigualdades de hecho. El
problema de la rebelión no tiene, pues, sentido sino dentro de nuestra sociedad
occidental. Por lo tanto, se podría sentir la tentación de afirmar que es relativo
al desarrollo del individualismo si las observaciones precedentes no nos
hubiesen puesto en guardia contra esta conclusión.
En efecto, en el plano de la
evidencia, todo lo que se puede sacar de la observación de Scheler, es que, por
la teoría de la libertad política, hay en el hombre, en el seno de nuestras
sociedades, un aumento de la noción de hombre y, por la práctica de esta misma
libertad, la insatisfacción correspondiente. La libertad de hecho no ha
aumentado proporcionalmente a la conciencia que el hombre ha adquirido de ella.
De esta observación no se puede deducir sino esto: la rebelión es el acto del
hombre informado que posee la conciencia de sus derechos. Pero nada nos permite
decir que se trate solamente de los derechos del individuo. Al contrario,
parece, por la solidaridad ya señalada, que se trata de una conciencia cada vez
más amplia que la especie humana adquiere de sí misma a lo largo de su
aventura. En realidad, el subdito del Inca o el paria no se plantean el
problema de la rebelión porque ha sido resuelto para ellos en una tradición;
antes de que hubieran podido planteárselo la respuesta era lo sagrado. Si en el
mundo sagrado no se encuentra el problema de la rebelión, es porque, en verdad,
no se encuentra en él ninguna problemática real, pues todas las respuestas han
sido dadas de una vez. La metafísica está reemplazada por el mito. Ya no hay
interrogaciones, no hay sino respuestas y comentarios eternos, que en tal caso
pueden ser metafísicos. Pero antes de que el hombre entre en lo sagrado, y
también para que entre en él, y desde que sale de él, y también para que salga,
hay interrogación y rebelión. El hombre rebelde es el hombre situado antes o
después de lo sagrado, y dedicado a reivindicar un orden humano en el cual
todas las respuestas sean humanas, es decir, razonablemente formuladas.
Desde ese momento toda
interrogación, toda palabra es rebelión, en tanto que en el mundo de lo sagrado
toda palabra es acción de gracias. Sería posible mostrar así que no puede haber
para un espíritu humano sino dos universos posibles, el de lo sagrado (o de la
gracia, para hablar el lenguaje cristiano) l y el de la rebelión. La
desaparición del uno equivale a la aparición del otro, aunque esta aparición
puede hacerse en formas desconcertantes. También en ello volvemos a encontrar
el Todo o Nada. La actualidad del problema de la rebelión depende únicamente
del hecho de que sociedades enteras han querido diferenciarse con respecto a lo
sagrado. Vivimos en una historia desconsagrada.
Es cierto que el hombre no se
resume en la insurrección. Pero la historia actual, con sus contiendas, nos
obliga a decir que la rebelión es una de las dimensiones esenciales del hombre.
Es nuestra realidad histórica. A menos de que huyamos de la realidad, es
necesario que encontremos en ella nuestros valores. ¿Se puede, lejos de lo
sagrado y de sus valores absolutos, encontrar la regla de una conducta? Tal es
la pregunta que plantea la rebelión.
Ya hemos podido registrar el
valor confuso que nace en ese límite en que se mantiene la rebelión. Ahora
tenemos que preguntarnos si este valor vuelve a encontrarse en las formas
contemporáneas del pensamiento y de la acción rebeldes y, si se encuentra en
ellos, tenemos también que precisar su contenido.
Pero, advirtámoslo antes de
proseguir, el fundamento de ese valor es la rebelión misma. La solidaridad de
los hombres se funda en el movimiento de rebelión y éste, a su vez, no
encuentra justificación sino en esa complicidad. Tendremos, por lo tanto,
derecho a decir que toda rebelión que se autoriza a negar o a destruir esta
solidaridad pierde por ello el nombre de rebelión y coincide era realidad con un
consentimiento homicida. Del mismo modo esta solidaridad fuera de lo sagrado
sólo adquiere vida al nivel de la rebelión. Para ser, el hombre debe sublevarse
pero su rebelión debe respetar el límite que descubre ella misma, allí donde
los hombres, al juntarse, comienzan a ser. El pensamiento rebelde no puede, por
lo tanto, prescindir de la memoria: es una tensión perpetua. Al seguirlo en sus
obras y sus actos tendremos que decir siempre si permanece fiel a su nobleza
primera o si, por cansancio y locura, la olvida contrariamente, en una
embriaguez de tiranía o de servidumbre.
Entre tanto, he aquí el primer
progreso que el espíritu de rebelión hace realizar a una reflexión anteriormente
imbuida de la absurdidad y de la aparente esterilidad del mundo. En la
experiencia absurda el sufrimiento es individual. A partir del movimiento de
rebelión, tiene conciencia de ser colectivo, es la aventura de todos. El primer
progreso de un espíritu extrañado consiste, por lo tanto, en reconocer que
comparte esa extrañeza con todos los hombres y que la realidad humana, en su
totalidad, sufre a causa de esa distancia en relación con ella y con el mundo.
El mal que experimentaba un solo hombre se convierte en una peste colectiva. En
nuestra prueba cotidiana la rebelión desempeña el mismo papel que el
"cogito" en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero
esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en
todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego nosotros somos.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
4:17
0
comentarios
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




