Hans Kelsen
domingo, 14 de julio de 2013
"ENTRE LA JUSTICIA Y EL DERECHO. Una lectura crítico-deconstructiva de QUE ES LA JUSTICIA de hans kelsen" por Jorge Roggero.
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FILOSOFÍA JURIDICA.
Hans Kelsen
El 27 de mayo
de 1952, Hans Kelsen dicta una lección magistral en la Universidad de
California con motivo de su retiro. El tema elegido es la pregunta por la
justicia: “¿Qué es la justicia?”. El profesor germanófono se ve obligado a
dirigirse a su audiencia en inglés. Su Was ist Gerechtigkeit? es traducido en
What is justice?; y, sin embargo, ¿no es ésta acaso la condición de posibilidad
de la justicia? Ser justos con la justicia ¿no implica un compromiso radical de
traducción? ¿No exige hablar la lengua del otro?
Treinta y
siete años después, en octubre de 1989, Jacques Derrida lee la conferencia de
apertura del coloquio Deconstruction and
the possibility of justice, organizado por la Cardozo Law School.
Nuevamente se habla de la justicia en la lengua del otro.
“Dos textos,
dos manos, dos miradas, dos escuchas. Juntos a la vez y separados” (DERRIDA,
1968a, 75). Un texto es siempre dos textos en uno. El primer texto es aquel que
contiene el “querer- decir” del autor; es el que responde a los cánones de la
lectura clásica. El segundo es el texto que se cuela en las fisuras del
primero; es el decir sin querer que escapa al control del autor, escapa a su
autoridad. Una vez escrita, la palabra comete parricidio, su sentido comienza a
rodar, se disemina sin poder ser reconducida a un significado originario. La
escritura es diseminación de sentido. Por eso Derrida invita a emancipar el
lenguaje, laisser la parole, “dejar la palabra [...] dejarla hablar
completamente sola, cosa que sólo puede hacerse en lo escrito” (cf. DERRIDA,
1964, 106).
Este trabajo
se propone “dejar la palabra” de “¿Qué es la justicia?” de Hans Kelsen aun en
contra del supuesto “querer-decir” del autor, o, mejor dicho, del
“querer-decir” de sus intérpretes que creen dominar el texto, “dominar su
juego, vigilar a la vez todos sus hilos, engañándose así al querer mirar el
texto sin tocarlo, sin poner la mano en el ‘objeto’, sin arriesgarse a añadir a
él. [...] Añadir no es aquí otra cosa que dar a leer” (DERRIDA, 1968b, 71). Un
texto nunca es un texto. Un texto es una multiplicidad de voces, de citas, de
intertextualidades. “Dar a leer” es advertir la imposibilidad de controlar
todos los hilos de su entramado. “Arriesgarse a añadir” implica aceptar el compromiso
de abrir el texto a su irreductible heterogeneidad constitutiva.
Una lectura
deconstructiva es, en palabras de Cristina de Peretti, “una lectura que
‘sospecha’, una lectura que vigila las fisuras del texto, una lectura de
síntomas que rechaza por igual lo manifiesto y la pretendida profundidad del
texto, una lectura que lee entre líneas y en los márgenes para poder,
seguidamente, empezar a escribir sin líneas”(DE PERETTI, 1989, 152). Una
lectura deconstructiva entiende la lectura como una operación activa y
transformadora del texto. “La lectura siempre debe apuntar a una cierta
relación, no percibida por el escritor, entre lo que él domina y lo que no
domina de los esquemas de la lengua de que hace uso. Esta relación no es una cierta
repartición cuantitativa de sombra y de luz, de debilidad o de fuerza, sino una
estructura significante que la lectura crítica debe producir” (DERRIDA, 1967,
227). La lectura deconstructiva produce la “estructura significante del texto”
que permite poner en acción todos sus efectos.
Este trabajo
se propone una lectura deconstructiva de “¿Qué es la justicia?” de Hans Kelsen
desde la perspectiva de una teoría crítica del derecho. Esta perspectiva
implica aceptar que la comprensión del fenómeno jurídico en su especificidad
conlleva la necesidad de no emprender el análisis desde su aislamiento como un
sistema normativo autónomo, sino de tener presente su co-implicación con el resto
de la interacción humana. Esto obliga a la apertura del estudio del derecho a
otras disciplinas y, principalmente, conmina a una revisión de los presupuestos
filosófico-epistemológicos en los que se asienta la iusfilosofía. En este
sentido, el pensamiento de Derrida constituye un valioso aporte para el enfoque
de una teoría crítica del derecho.
Entre
la pregunta y la respuesta
“¿Qué es la
justicia?”. Ésta es la pregunta conductora de la reflexión kelseniana. En las
líneas introductorias, Kelsen considera que quizás se trate de “una de esas
preguntas para las cuales vale el resignado saber que no se puede encontrar
jamás una respuesta definitiva [endgültige Antwort] sino tan sólo procurar
preguntar mejor” (KELSEN, 1953, 1). Kelsen propone que no es posible encontrar
una endgültige Antwort. Ernesto Garzón Valdés traduce correctamente esta
expresión por “respuesta definitiva”. En la versión en inglés se lee definitive
answer. Pero los términos “definitiva” o definitive no dan cuenta de la
presencia del adjetivo gültig en la conformación de esta palabra alemana.
Gültig significa “vigente”, “válido”, “de curso legal”, “legítimo”; endgültig
mienta literalmente una legalidad o validez final. Este matiz permite acercar
el adjetivo endgültig al campo semántico del derecho.2 Kelsen está diciendo que jamás será posible
encontrar una respuesta con vigencia legal y, sin embargo, hay que seguir
buscando, procurando preguntar mejor. La justicia jamás podrá ser reducida al
campo del derecho, pero la tarea es continuar intentándolo. Éste es el hilo por
el que comienza a deconstruirse el texto de Kelsen. La pregunta kelseniana se deconstruye
desde un comienzo.
La primera
dificultad está dada en la forma misma del preguntar. Las preguntas por el
“qué” buscan un contenido por respuesta, pero “no se puede tematizar u
objetivar la justicia, decir ‘esto es justo’ y mucho menos ‘yo soy justo’ sin
que se traicione inmediatamente la justicia” (DERRIDA, 1990, 934). Derrida
recuerda la reflexión de Pascal. La justicia no puede identificarse con un
contenido porque “nada, según la sola razón, es justo en sí, todo se tambalea
con el tiempo” (PASCAL, 1670, 38). Kelsen podría suscribir estas palabras sin
más. El texto kelseniano parece vislumbrar el problema de la forma de la
pregunta cuando sugiere la posibilidad de “mejorar la pregunta”. E incluso va
más allá señalando que esta tarea de mejoramiento no debe esperar respuestas
absolutas. Kelsen parece estar proponiendo adoptar una estrategia más radical:
como ha sugerido Heidegger, quizás se pueda convertir en virtud este “dar
vueltas sobre preguntas previas” propio de la filosofía (HEIDEGGER, 1920-21,
5). Se trata de sostener la difícil tarea de mantenerse en el cuestionamiento.
En este
sentido, el enfoque de la deconstrucción parece el más adecuado. Ésta se
caracteriza justamente por permanecer en la pregunta. “La deconstrucción [...]
busca el cuestionamiento incesante de la autoridad de toda opinión,
convencional o política, aun la de los filósofos” (MCCORMICK, 2001, 400). La
pregunta de la deconstrucción es la pregunta radical que “incluso puede llegar,
si se presenta el caso, a poner en cuestión o a exceder la posibilidad o la
necesidad última del cuestionamiento (o del preguntar) mismo, de la forma
interrogante del pensamiento, interrogando sin confianza ni prejuicio la
historia misma de la pregunta y de su autoridad filosófica” (DERRIDA, 1990,
930).
La pregunta de
la deconstrucción no se detiene y no evade su tarea conformándose con
respuestas que violentan el carácter aporético, contingente e histórico de
nuestra existencia. La pregunta parece erigirse en la estructura misma de
nuestra existencia. Sostenerse en la incertidumbre del preguntar es la única
manera de ser justos con el fondo abismal, indecidible, en que reside la aporía
constitutiva de nuestro existir.
Y sin embargo,
la cuestión de la justicia exige una respuesta urgente, una decisión
impostergable. “Una decisión justa es requerida siempre inmediatamente, ‘right
away’” (DERRIDA, 1990, 966). Pero ¿cómo responder?
¿Cómo ser
responsable ante tan inmensa tarea? ¿Cómo decidirnos por una respuesta que no
se sustraiga a ese fondo de indecidibilidad?
Entre
el afuera y el adentro
Kelsen flaquea
en esta tarea y se decide por una respuesta que escapa al fondo de indecidibilidad.
Luego de un recorrido a través de las diversas soluciones que el pensamiento
occidental ha ofrecido, Kelsen se pronuncia por una respuesta que reduce la
indecidibilidad a través de una serie de oposiciones. La respuesta de Kelsen se
asienta en un conjunto de pares opuestos que se remiten mutuamente:
emotividad/ciencia, irracional/racional, relativo/absoluto, subjetivo/objetivo,
política/neutralidad.
Kelsen
inscribe su pregunta por la justicia en un campo ya delimitado por su
concepción de la ciencia y de la racionalidad. Albert Calsamiglia, en su
“Estudio preliminar” a ¿Qué es justicia?, destaca que la concepción irracional y
emotiva de la Justicia, sostenida por Kelsen, es coherente con su concepto de
ciencia y de racionalidad. “Kelsen identifica la razón científica con la
racionalidad y considera que todo aquello que no sea abordable mediante el método
de la Ciencia es irracional” (CALSAMIGLIA, 1982, 12). Sólo lo racional puede
tener validez absoluta. Como la racionalidad es reducida a la racionalidad
científica, y la justicia no es abordable mediante el método científico, la justicia
tiene un carácter irracional. Sin embargo, si bien la razón indica que “la
justicia absoluta es un ideal irracional”, esta afirmación no excluye la
posibilidad ni la necesidad de concebir una justicia de carácter relativo.
Consecuentemente,
Kelsen formula su concepción de la justicia, una concepción relativa (relativa
principalmente a su concepción de ciencia). “Como la ciencia es mi profesión y,
por lo tanto, lo más importante en mi vida, para mí la justicia es aquella bajo
cuyo amparo puede avanzar la ciencia y, con la ciencia, la verdad y la
sinceridad. Es la justicia it
is the futility of the attempt to establish, in the way of rational
considerations, an absolutely correct standard of human behavior.” (KELSEN,
1957, 21) de la libertad, la justicia de la paz, la justicia de la democracia,
la justicia de la tolerancia” (KELSEN, 1953, 43). Más allá de que se pueda
compartir o no el espíritu de esta afirmación, y más allá de la imperiosa
necesidad de afirmar y, a un tiempo, deconstruir los conceptos de libertad,
democracia y tolerancia en tanto dependientes de una concepción moderna de
sujeto y de una idea de liberalismo decimonónico, Kelsen defiende una visión de
la ciencia que se ha vuelto insostenible después de las críticas y
reformulaciones hechas en la segunda mitad del siglo XX. En este sentido, es
pertinente la observación de Calsamiglia: “Si se abandona el rígido monismo
metodológico y deja de considerarse indigno de atención todo aquello que no
concuerde con la convención establecida, entonces, y sólo entonces, podremos
realmente relativizar nuestros saberes, que son productos de convenciones y
desarrollos de estas convenciones, y no podremos afirmar que nuestro
conocimiento es la verdad, y que nuestra convención es la verdadera, la que
corresponde a la razón humana, sino que simplemente mantendremos que es una
forma de interpretar la realidad, un esquema de interpretación de la realidad
que pretendemos conocer. Subrayo: un esquema de interpretación, ni el único
posible ni el verdadero en última instancia” (CALSAMIGLIA, 1982, 32). Se puede concluir
que Kelsen obstaculiza el desarrollo de una auténtica justicia de la libertad y
la tolerancia a través de las tajantes demarcaciones que imponen su concepto de
ciencia y racionalidad, y la serie de reducciones que se siguen de estas
delimitaciones. Ni el derecho ni la justicia pueden corresponderse
completamente con alguno de los polos de estos dualismos. En palabras de
Frances Olsen: “El derecho no es racional, objetivo, abstracto y universal. Es
tan irracional, subjetivo, concreto y particular como racional, objetivo,
abstracto y universal.” (OLSEN, 1990, 495).
Derrida ha
sugerido que este tipo de demarcaciones a través de oposiciones binarias son
siempre reconducibles al par afuera/adentro. “Para que estos valores contrarios
[...] se puedan oponer, es necesario que cada uno de los términos resulte
simplemente exterior al otro, es decir, que una de las oposiciones
(adentro/afuera) esté ya acreditada como la matriz de toda oposición posible”
(DERRIDA, 1968b, 117). El proyecto de purificación del derecho en tanto ciencia
del derecho emprendido por Kelsen exige una delimitación clara de un adentro y
un afuera.
La consideración
sobre la justicia queda excluida del campo jurídico. Son elocuentes las
palabras de Robert Walter: “es una exigencia epistemológica aprehender el
derecho positivo ‘puro’, es decir, separado del sistema de justicia representado
por él. Sea para informar claramente sobre un determinado y efectivo sistema
normativo (obviamente sin justificarlo con ello), o para poder indicar
nítidamente si y en qué medida ese sistema se desvía de un determinado modelo
de justicia y es, en consecuencia, ‘injusto’” (WALTER, 1997, 17). Kelsen no
está negando la necesidad de emitir juicios de valor respecto a los sistemas
normativos; simplemente está señalando que éstos son exteriores a la validez
misma del sistema. Es importante no perder de vista que son motivos éticos y
políticos los que lo llevan a establecer esta demarcación entre un adentro y un
afuera. Kelsen intenta sustraer la posibilidad de una utilización política del
derecho. En palabras de Oscar Correas: “La Teoría ‘pura’ no es una ciencia sino
una filosofía política que, por razones políticas, quiere fundar un ciencia
apolítica: quiere quitar a los juristas la posibilidad de incluir, en la descripción
de las normas, su justificación, cosa que es la que hacen principalmente los
iusnaturalistas, pero también - según Kelsen- los marxistas y otros
totalitarios” (CORREAS, 1989, 8-9).
Ahora bien, el
precio de la estrategia kelseniana es el ocultamiento de que “cada momento de
fundación y conservación del derecho está cargado políticamente y tiene
implicaciones para las relaciones de poder en la sociedad a pesar de la
declaración del derecho de una fundada neutralidad” (DAVIES, 2001, 219). Su
teoría pura, pensada como apolítica por razones políticas, entra en tensión con
el propio carácter político del derecho. El estudio científico del derecho
exige trazar un límite respecto a la política, a la ética, al contexto social e
histórico, pero ¿es posible tal tarea? ¿Puede tener éxito la táctica de Kelsen?
El
establecimiento del límite entre el adentro y el afuera exige una “ley de
leyes” que controle la frontera.
Esta ley de
leyes sólo puede tener características aporéticas. Derrida observa al examinar
la cuestión de los géneros literarios en “La loi du genre”, que esta ley de
leyes tiene la característica de una presencia ausente o de una ausencia presente.
La delimitación de un género implica la determinación de una característica
definitoria, una marca. Sin embargo, esa marca que define lo que está dentro de
un género no está ella misma dentro del género. “La marca de la pertenencia o
inclusión no pertenece propiamente a ningún género o clase. La marca de
pertenencia no pertenece.
Pertenece sin
pertenecer” (DERRIDA, 1979, 264). Aquello que determina qué pertenece a un
género, la ley de leyes de los géneros, no pertenece a ningún género y, sin
embargo, está presente en ellos como una huella. La ley de leyes “no es sólo un
borde externo, sino también una impronta interna, lo que significa que nunca
hay una clara distinción entre el afuera y el adentro de una categoría, porque el
adentro lleva consigo la huella de lo otro” (DAVIES, 2001, 220). Esto implica
que cualquier ley de leyes que pretenda establecer categorías puras está
condenada al fracaso.
Previo a la
ley de leyes hay una ley de la impureza, una ley de la contaminación, que ya no
se aplica a un campo determinado (género literario, derecho, etc.), sino que
rige en el ilimitado campo de la textualidad general. La ley de la contaminación
es la verdadera ley de leyes que desarticula toda pretensión de categorías
puras, pues desenmascara cómo éstas se encuentran siempre marcadas por la
otredad que excluyen.
Este principio
de contaminación es el fondo de indecidibilidad al que Kelsen se sustrae
estableciendo un espacio puro para la ciencia del derecho, y subordinando su
decisión, su respuesta sobre la justicia, al aseguramiento de ese terreno
neutral para la ciencia. Kelsen no asume el riesgo que el preguntar implica. Su
pregunta por la justicia ya se encuentra respondida antes de ser formulada. La
pregunta kelseniana no es justa con la justicia. Sólo entregándose al peligro
de la exposición, de la apertura al acontecimiento, a lo incalculable, a lo
indecidible, puede comprenderse qué es la justicia.
Entre
la justicia y el derecho
La justicia
corresponde al plano de lo incalculable, de lo imposible. Éste es el motivo por
el cual es irreductible al derecho. El derecho es un ámbito de ordenamiento
racional, es decir, de cálculo de lo posible; lo imposible no puede volverse
posible sin dejar de ser imposible. Y sin embargo, ¿no es acaso imprescindible
que estos ámbitos interactúen, que la justicia se haga presente, de alguna
manera, en el derecho? Y ¿no es precisamente ésta la tarea del juez: enfrentar
la aporía y hacer posible lo imposible?
La justicia es
aquel elemento radicalmente heterogéneo al derecho, que lo excede como lo
imposible excede a lo posible, como lo incalculable a lo calculable, como lo
indeconstruible a lo deconstruible. Pero, al mismo tiempo, esta “justicia
incalculable ordena calcular”. La justicia ordena hacer posible lo imposible.
“El encargado de administrar justicia debe realizar la conjunción entre lo
singular y lo general, hacer lo imposible. Quien es juez y sabe de esta imposibilidad
puede negar ese saber, conformarse con aplicar mecánicamente la ley, el precedente,
la doctrina y tranquilizarse diciendo que actúa ‘conforme a derecho’. O puede
hacerse cargo de la angustia que todo acto de juzgar supone y procurar lo
imposible” (RUIZ, 1995, 10).
Kelsen intuye
la imposibilidad de la justicia cuando afirma que la justicia es la felicidad.
“El deseo de justicia es tan elemental y está tan profundamente enraizado en el
corazón del hombre, porque no es más que la expresión de su inextinguible deseo
de propia subjetiva felicidad” (KELSEN, 1953, 5). Siendo la felicidad
irreductiblemente singular, también debe serlo la justicia. El deseo de
justicia es el deseo del reconocimiento del carácter único, acontecimental, de
la existencia humana irreductiblemente singular. Y sin embargo, Kelsen niega la
posibilidad de hacer posible lo imposible, pues no advierte la forma en que lo
imposible interviene en lo posible como aquello que lo devuelve a su dimensión
temporal, histórica, contingente. La justicia contamina al derecho como una
advertencia permanente respecto a lo que éste excluye. La justicia es
radicalmente heterogénea al derecho y sin embargo inescindible a él, como el
supuesto mismo de su deconstrucción.
La justicia
nos recuerda que “el derecho es esencialmente deconstruible, ya sea porque está
fundado, construido sobre capas textuales interpretables y transformables (y
esto es la historia del derecho, la posible y necesaria transformación, a veces
la mejora del derecho), ya sea porque su último fundamento por definición no
está fundado. Que el derecho sea deconstruible no es una desgracia. Podemos
incluso ver ahí la oportunidad política de todo progreso histórico” (DERRIDA,
1990, 942). La afirmación del carácter deconstruible del derecho es clave para poder
comprender el rol del derecho en el cambio social. “El papel del derecho […]
depende de una relación de fuerzas en el marco del conflicto social. En manos
de grupos dominantes constituye un mecanismo de preservación y reconducción de
sus intereses y finalidades, en manos de grupos dominados, un mecanismo de
defensa y contestación política” (CÁRCOVA, 1991, 152). Por este motivo, “lo que
se necesita es pensar al derecho de tal manera que sea posible entrar en él,
criticarlo pero sin rechazarlo completamente, y manipularlo sin dejarse llevar
por su sistema de pensamiento y funcionamiento” (KENNEDY, 1990, 563).
El problema
del carácter predominantemente conservador que el derecho generalmente adquiere
en todo orden social ha sido advertido también por Kelsen. Su teoría pura del
derecho se propone impedir toda utilización política del derecho que busque
demostrar racionalmente la verdad eterna del valor último que sostiene. Y si
bien el propósito de Kelsen no es negar el conflicto social, sino limitarse a
“sacar el tema [de la justicia] del terreno de la metafísica para ponerlo en el
terreno de la política” (CORREAS, 1989, 8), su solución –basada en la oposición
política/neutralidad científica– adolece de los mismos problemas señalados en
el apartado anterior. No es posible delimitar un campo neutral porque el
derecho se encuentra existencialmente “contaminado” por la relación de fuerzas
en el marco del conflicto social.
En este
sentido, se puede afirmar que si “solamente donde se plantean conflictos de
intereses aparece la justicia como problema” (KELSEN, 1953, 6), entonces la
justicia es aquello que devuelve al derecho a su dimensión social. La justicia
pone en evidencia que el derecho es “una práctica social específica que expresa
históricamente, los conflictos y las tensiones de los grupos sociales que
actúan en una formación social determinada.” (CÁRCOVA, 1991, 148). La justicia
habita el derecho como un llamado de atención respecto a su carácter
contingente e histórico, como aquello que convoca y posibilita su
transformación.
Si el objetivo
de Kelsen es evitar la posibilidad de algún tipo de “naturalización” del
derecho que permita la afirmación de valores absolutos, Derrida parece señalar
que la mejor estrategia para responder a este tipo de argumentación es
desarticular la oposición misma entre physis y nómos, es decir, poner en
cuestión la base filosóficoepistemológica de los reduccionismos propuestos
tanto por el iusnaturalismo como por el positivismo. Para ello, no sólo es
necesario admitir la irreductibilidad de la justicia al derecho, sino también
la mutua implicación de ambos en esta compleja y aporética relación en la cual
no hay derecho sin justicia, pero tampoco hay justicia sin derecho. Pues, si
bien la justicia no es reductible al derecho, nuestra tarea no puede ser otra
que continuar intentando que así sea. En tanto la pregunta por la justicia se
siga sosteniendo, lo imposible encontrará el modo de actuar en lo posible.
BIBLIOGRAFÍA
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el problema de la justicia. Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 1998.
NOTAS
1 Jorge Roggero es abogado y se encuentra trabajando en
su tesis de grado para finalizar la carrera de Filosofía de la U.B.A.. Es
docente de la materia “Teoría General y Filosofía del Derecho” de la carrera de
Abogacía de la U.B.A. y adscripto a la cátedra de Metafísica de la carrera de
Filosofía de la U.B.A. Ha participado como expositor en diversos congresos,
jornadas y eventos académicos similares. Ha publicado artículos en sus áreas de
especialidad.
2 Si bien el término más utilizado en la jerga jurídica
alemana para calificar la validez es geltend, se puede considerar el término
gültig dentro del campo semántico normativo. Es más, ambos términos comparten
la misma raíz etimológica. Cf. KLUGE, Friedrich, Etymologisches Wörterbuch der
deutschen Sprache, Berlin, Walter de Gruyter, 1995, S. 342 und S. 310. En la
reflexión final, el propio Kelsen utiliza el adjetivo gültig: “Wenn die
Geschichte der menschlichen Erkenntnis uns irgend etwas lehren kann, ist es die
Vergeblichkeit des Versuches, auf rationalem absolut gültige Norm gerechten
Verhaltens zu finden.” (KELSEN, 1953, 40) (“Si la historia del conocimiento
humano puede enseñarnos alguna cosa, es la inutilidad de los intentos de
encontrar por medios racionales una norma absolutamente válida de conducta
justa.”) En la versión en inglés se pierden estas connotaciones: “If the
history of human thought proves anything, Facultad de Derecho – Universidad de
Buenos Aires
Publicado por
DARÍO YANCÁN
en
16:06
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lunes, 24 de junio de 2013
"BIOPOLÍTICA Y FILOSOFÍA". Entrevista a Roberto espósito por Vanessa Lemm y Miguel Vatter
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BIOPOLITICA,
ENTREVISTA,
FILOSOFÍA POLÍTICA
I. FILOSOFÍA Y POLÍTICA
VANESSA LEMM/MIGUEL VATTER – En su conferencia de ayer, sobre
la actualidad de la biopolítica, usted dijo que no podemos retroceder a un
tiempo anterior a la biopolítica: el proyecto de la modernidad, las categorías
políticas de la modernidad, se agotaron con su crisis autoinmunitaria.1 Su
trabajo se caracteriza justamente por un doble movimiento de deconstrucción de
la tradición política occidental y de construcción o invención de nuevos
conceptos para pensar nuestra situación política actual. ¿Pero es posible
producir nuevos conceptos sin volver al
pasado, a la tradición? ¿Qué es lo que nos debería orientar, si no la tradición
del pensamiento político occidental, en este proceso de producción de nuevos
conceptos políticos?
ROBERTO ESPOSITO – Antes que nada quisiera agradecerles por
estar aquí conmigo. Efectivamente la idea de deconstrucción implica siempre una
oscilación entre el presente, el pasado y el futuro. También Derrida, cuando
hizo uso del término ‘deconstrucción’, no imaginó una sustitución inmediata de
ciertos términos y de ciertos conceptos por otros.
El agotamiento progresivo de las categorías políticas
modernas no significa su definitiva desaparición; por ejemplo, hasta el día de
hoy sigue existiendo un Estado, sigue existiendo una soberanía. Digamos que se
abre en su interior una grieta, una herida de la cual surge progresivamente
otra cosa. ¿Qué surge? ¿Cuál es el nuevo escenario que tenemos hoy día ante
nuestros ojos? Como ya bien sabemos, se trata de la relación entre política y vida
biológica, pero en una forma que conserva siempre una relación tensa y fuerte
con el régimen anterior. Por otra parte, la misma categoría de soberanía, tanto
en Foucault como en los otros autores posteriores, se ha pensado como una
relación dialéctica, de divergencia y de implicación, con la de biopolítica.
Nadie ha imaginado que de un día para otro, un régimen político termine y
comience otro. Más bien se forman nudos, se abren problemas, se plantean
cuestiones que ya no son posibles responder con las viejas categorías. Por eso
se requieren otros instrumentos, un nuevo horizonte conceptual, otro léxico
para tomar efectivamente los eventos que nos apremian.
MIGUEL VATTER – Le quería plantear una pregunta vinculada con
este léxico alternativo. ¿Cree usted que este nuevo escenario se pueda
encontrar también en la literatura, en otros lenguajes, distintos de la
tradición filosófica occidental?
ROBERTO ESPOSITO – Seguramente, sí. Un autor poderosamente,
trágicamente, biopolítico es Franz Kafka. Pero a propósito del tema de lo
impersonal, es decir, de la deconstrucción del concepto de persona, todo el
gran arte contemporáneo es un arte no figurativo, en el sentido que de alguna
manera vuelve opaco y desfigura la figura personal; así como la música
contemporánea, y también el cine, tiene un fondo impersonal. La literatura del
último siglo, a partir de El hombre sin cualidades de Robert Musil hasta las últimas
novelas estadounidenses de estos años, es una gran contribución a este cambio de
léxico, constituyendo uno de sus puntos focales. El arte en general tiende a
precede a la filosofía que, como bien había visto el viejo Hegel, llega siempre
después, como el búho de Minerva.
VANESSA LEMM/MIGUEL VATTER – Nietzsche, Heidegger y
Wittgenstein: los tres han sostenido que la metafísica se terminó y han tratado
de hacer del pensar, de la actividad del pensamiento, algo diferente de la
filosofía perenne. En los tres, pensar fuera de la metafísica, quiere decir
experimentar nuevas formas de vida. En su opinión, ¿la construcción de nuevos
conceptos políticos depende también de la producción de nuevas formas de vida?
ROBERTO ESPOSITO – Sin lugar a dudas, en el sentido de que
los conceptos no son figuras abstractas que a posteriori se aplican a la vida.
Se trata de algo que nace del contraste, del conflicto, del caos de la vida
misma. Naturalmente a su vez la vida está fuertemente condicionada por los
conceptos, por las categorías, por los modos de pensar. Seguramente en
Nietzsche, Wittgenstein, Heidegger identificaron a los tres más grandes autores
que han establecido una fuerte relación entre formas de vida y formas de pensamiento,
naturalmente ambas en un modo muy diferente. Wittgenstein y Heidegger están
considerados como los fundadores de dos tradiciones diferentes del pensamiento contemporáneo,
la tradición analítica el primero y la llamada tradición continental, deconstructiva
o hermenéutica, el segundo. Pero ellos están dentro del mismo horizonte, definido
por el giro lingüístico, por el giro a partir del cual el lenguaje se
transforma en un elemento constitutivo de la experiencia. Naturalmente estos
dos autores interpretan este viraje de manera diferente, pero precisamente
están en el mismo horizonte. Nietzsche los precede y entiende lo que habría
ocurrido en la biopolítica con mucha anticipación respecto a Foucault.
Seguramente Nietzsche es la estrella más luminosa, y casi enceguecedora, de este
firmamento filosófico.
II. BIOPOLíTICA Y
TANATOPOLíTICA
VANESSA LEMM/MIGUEL VATTER – ¿Cuál es, en su opinión, el
mecanismo o el resorte que permite a la biopolítica, que partió de la intención
de proteger a la vida, se convierta en una tanatopolítica, una política que
hace de la muerte su instrumento y su fin? ¿El liberalismo es ya tanatopolítico
y en qué sentido? ¿O bien sólo del totalitarismo, entendiendo por este tanto al
nazismo como el estalinismo se podría decir que es tanatopolítico?
ROBERTO ESPOSITO – Me han planteado distintas cuestiones juntas,
naturalmente todas muy interesantes desde el punto de vista histórico. El
pasaje de la biopolítica a la tanatopolítica tiene que ver con el nacimiento
primero del nacionalismo y luego del racismo, este es el canal de pasaje que
permite que una política de la vida se transforme en una política de la etnia,
de la raza y finalmente de la muerte. Desde el punto de vista teórico, en
cambio, el punto del viraje es el siguiente: en el momento en que la vida se convierte
en el valor por excelencia, el valor absoluto, al cual cualquier otro debe
estar subordinado, se puede pensar que también el sacrificio de una porción de
vida pueda ser necesaria para el desarrollo de este valor. Es, pues, justamente
el exceso de sentido que se le ha dado a la sobrevivencia, a entregar la vida,
que está fuera del círculo protegido, a la posibilidad de la muerte. La otra
cuestión a propósito del liberalismo es más compleja.
Personalmente estoy convencido de que la categoría que con
mayor dificultad puede entrar en contacto con la biopolítica es la de la
democracia, porque la democracia, por lo menos en su inicio, se basó en el
criterio de la igualdad, mientras que la biopolítica se basa en el criterio de
la diferencia. Por lo tanto, democracia y biopolítica en ciertos aspectos se oponen,
al menos conceptualmente, aun cuando hoy en día se puede, y es más, se debe, tratar
de imaginar algo como una democracia biopolítica. En cambio, tanto el
totalitarismo como el liberalismo tienen que ver con la biopolítica, aunque de
manera diferente: si en el totalitarismo quien maneja, quien comprime, y a
veces, quien suprime la vida es el Estado, en el liberalismo es el individuo
quien se convierte en el dueño de la vida. Basta recordar que Mill, por
ejemplo, o también Locke sostienen que el hombre es el dueño absoluto de su
propio cuerpo. Esto en rigor, significa que el hombre puede cortarse una mano y
luego venderla, alquilarla o darla de comer a otros. La idea de propiedad del
liberalismo incluye la vida misma y por lo tanto también el cuerpo. Allí donde,
en cambio, no se dijera ‘yo poseo mi cuerpo’ –como justamente hace la tradición
liberal– pero ‘yo soy mi cuerpo’, se entraría al interior de otro horizonte,
pero que no coincide con el liberal. En resumen, tanto el liberalismo como el
totalitarismo tienen ambos una relación fuerte, aun cuando sea diferente, con
la biopolítica.
MIGUEL VATTER – ¿Por lo tanto un autor como Spinoza, que no
opone el cuerpo a la mente y la mente al cuerpo, resulta muy diferente e
incluso opuesto respecto a estos autores liberales?
ROBERTO ESPOSITO – Spinoza es un poco como Nietzsche, una de
esas grandes figuras que siempre pueden ser interpretadas de muchas maneras
diferentes porque se sitúan siempre en el límite, en los márgenes, en los
umbrales. Spinoza es el filósofo de la inmanencia y de la potencia de la vida. Por lo
tanto, es un filósofo de aquella forma de biopolítica que yo defino como
‘afirmativa’, es decir, de una biopolítica diferente tanto de aquella
totalitaria como de aquella liberal, justamente porque en Spinoza mente y cuerpo,
libertad y necesidad, son siempre una sola cosa. Yo veo una constelación de pensamientos
vinculados a la biopolítica afirmativa que, a lo largo de los siglos, va de Spinoza
a Nietzsche, hasta llegar a Deleuze.
VANESSA LEMM/MIGUEL VATTER – Su pensamiento ha puesto sobre
la mesa lo que usted llama el paradigma inmunitario, después de sus libros ya
no se puede no hablar de esto.2 Cuando con Hobbes se considera el valor de la
vida como el valor más alto, como usted ha dicho, en nombre de la cual se puede
sacrificar todo, sigue un debilitamiento de la relación con el otro que da
significado a nuestra convivencia. Entonces, en su opinión, la protección
determina una exposición a un peligro mayor. ¿Pero se puede pensar una idea de
inmunidad en sentido positivo? ¿O cualquier esfuerzo inmunitario tendrá siempre
un resultado autoinmunitario? En alguno de sus últimos textos, Derrida parecía
decir que al final, una crisis autoinmunitaria quizás no era lo peor, porque
justamente esta crisis podía manifestar, finalmente, el “yo” o el “ego” a algo
más que a sí mismo. Desde hace muchos años, usted ha puesto en evidencia las
posibilidades de emancipación contenidas en el pensamiento de Bataille, en
relación a la figura de la comunidad de la muerte, o también a una economía que
se basa no en la acumulación, sino en un gasto sin retorno. En su opinión ¿hay
también un lado positivo en la destrucción de la inmunidad?
ROBERTO ESPOSITO – Antes que nada, debemos decir que el
paradigma inmunitario es un elemento transversal de la reflexión moderna y
contemporánea. Se puede decir que fue Hegel el primero que pensó que lo
‘negativo’ es un elemento necesario del desarrollo. Naturalmente Hegel no se
expresaba en términos de inmunidad, pero ya en la sociología de principios del
siglo XX, desde Weber a Simmel, a Parsons, a Luhmann, e incluso en otros
sentidos también a Freud, hasta los pensadores contemporáneos como Donna
Haraway y Peter Sloterdijk, todos asumen, con significados diferentes, la
cuestión de la inmunidad. La contribución que yo he creído entregar a esta
cuestión, que desde hace años he puesto en el centro de mi trabajo, se refiere
a la relación entre comunidad e inmunidad, que, en cuanto tal, no está presente
en ninguno de estos autores. Se trata de una relación etimológica y también
lógica. Quiero decir que los conceptos communitas e immunitas, que derivan
ambos del término latino munus3 –comunitas en sentido positivo e immunitas en
sentido negativo– se deben pensar y pueden pensarse solamente juntos No es que
por una parte esta la comunidad y por la otra la inmunidad, está siempre y solamente
su relación. La comunidad es ella misma siempre inmunitaria, así como el individuo –en el sentido que sin un sistema
inmunitario ningún individuo podría vivir y también la comunidad sería
destruida por sus propios conflictos internos. Esto significa que un cierto
nivel de inmunización es siempre necesario para la vida– y este ya es un primer
elemento ‘positivo’ de la inmunidad. Naturalmente cuando se va más allá de un cierto
umbral de protección, la inmunidad se convierte en una especie de enfermedad autoinmune,
se vuelve tan fuerte que rebota en el cuerpo que quiere proteger haciéndolo explotar.
Cuando la vacuna que se usa es demasiado fuerte, nos podemos enfermar de la
misma enfermedad que se quería evitar. Con respecto a Derrida, para el cual la destrucción
autoinmunitaria de alguna manera vuelve a poner en juego una dialéctica afirmativa,
yo digo algo parecido, pero también diferente. Esto –esta diferencia– nace del hecho
de que he tratado de interpretar la cuestión de la inmunidad bajo el perfil
biológico, algo que Derrida no ha hecho nunca. El estudio biológico del sistema
inmunitario nos lleva a ver que en su interior existen ciertos mecanismos de
autolimitación y también de reversibilidad. Por ejemplo, hoy en día es posible
realizar transplantes de un cuerpo a otro. ¿Cómo? Por medio de un dispositivo
que se llama justamente tolerancia inmunitaria. Elsistema inmunitario se
autorregula para recibir a un cuerpo externo. También durante el embarazo, en
el que teóricamente la mujer debería expulsar cualquier cuerpo que tuviera otro
ADN, en la realidad esto no ocurre y, interesantemente, no ocurre sobre todo
cuando el niño, el feto, es más semejante al padre. Por lo tanto, en la medida
en que el niño tiene una mayor diferencia con la madre, tanto más la madre lo
protege. Se trata de una ley biológica particular, que constituye también una
extraordinaria metáfora para la política: si también nuestras sociedades
lograran acoger y proteger más, justamente a quien es más ajeno y a quien es
más indefenso, como lo es precisamente un niño que está por nacer, nos
encontraríamos seguramente en un mundo mejor.
MIGUEL VATTER – Usted anticipó mi próxima pregunta, que tenía
justamente que ver con el concepto de comunidad, que es otro de los muchos
aspectos originales de su pensamiento. Ayer, en su conferencia usted usó una
fórmula de impacto, cuando explico que
en el mundo globalizado de hoy no se puede pensar en salvar una parte si no se
salve el todo y que cualquier visión particularista de la situación actual,
sólo lo puede volver peor.4 Ahora bien, visto desde la perspectiva del
paradigma inmunitario, el comunismo, o un cierto comunismo, ¿tiene aún futuro?
ROBERTO ESPOSITO – ¿Usted se refiere al comunismo en China,
por ejemplo?
MIGUEL VATTER – No, pienso en el comunismo como una idea,
casi como una idea regulativa.
ROBE RTO ESPOSITO – Mire, yo lo espero, aun cuando en esta
respuesta hay más optimismo de la voluntad que una certeza racional, o un
razonamiento. Yo digo que sí, porque el comunismo ha sido, por lo menos en sus
inicios, una filosofía global, de la globalidad,
del mundo, aunque luego, en sus realizaciones históricas, se transformó en el
comunismo en un solo país, hasta el punto que se contrapusieron entre sí varios
comunismos. Pero si del comunismo asumimos esa partícula, el cum, que también
forma parte del término ‘comunidad’, yo creo, espero, que justamente el nombre
del comunismo no se vaya de la historia. Espero que sea algo destinado a
regresar, no necesariamente en las formas en las cuales fue expresado por Karl
Marx o por otros, pero en relación a la globalidad de los hombres. En la forma
de una igualdad pero que sea capaz de contener dentro de sí, la diferencia.
Todo esto está sin lugar a dudas en la línea de nuestro horizonte, no podemos
perder esta ocasión.
III. BIOPOLÍTICA AFIRMATIVA
VANESSA LEMM - En su libro Bios usted hace una lectura de
Nietzsche compleja, entendiéndolo como un pensamiento que permite, ayuda o
anticipa la transformación de la biopolítica en la tanatopolítica.5 Pero, al
mismo tiempo, muestras como en Nietzsche encuentran también la raíz de una
biopolítica afirmativa, de una biopolítica que no se transforma en una política
de la muerte. Su hipótesis es que en Nietzsche esta segunda vía depende de una
“animalización del hombre”. ¿Podría aclarar qué entiende con esta expresión?
ROBERTO ESPOSITO – Para empezar, lo que empuja Nietzsche
hacia una biopolítica afirmativa es sobre todo la relación de continua
interrelación entre salud y enfermedad. Mientras que la tanatopolítica nazi
trabaja en una absoluta separación entre el cuerpo sano, puro, íntegro y el cuerpo enfermo,
Nietzsche sostiene que la verdadera salud incluye dentro de sí siempre a la
enfermedad. En este sentido él se anticipa a otros autores contemporáneos, como
Canguilhem, que afirma que la enfermedad es simplemente una norma de vida
diferente de aquella constituida por la salud. Otro tema igualmente importante,
que justamente está en el centro del libro extraordinario de Vanessa Lemm, es la
cuestión del animal.6 Nietzsche, como se sabe, ha hablado mucho de los animales.
¿En qué sentido este hablar de la animalidad se vincula con una biopolítica
afirmativa? Una vez más, mientras que la tanatopolítica siempre ha procedido
definiendo los umbrales absolutos dentro del bios y desplazando cada vez estos
umbrales, por el contrario, si se recupera el origen animal del hombre,
evidentemente la distinción ya no pasará más a través de umbrales absolutos,
sino en la infinita diferencia entre cada vida singular y todas las otras. Este
es también un tema de Deleuze: la relación entre impersonalidad y diferencia, entre
el devenir animal y la multiplicidad. Solamente algo que es definido en
términos impersonales, como la animalidad, produce la posibilidad de pensar la
singularidad de una vida que valga como cualquier otra, precisamente porque es
diferente de cualquier otra. Precisamente, en este punto Nietzsche nos ayuda
profundamente para ir más allá de nuestro tiempo. La fortaleza de Nietzsche
siempre ha sido la de ser inactual: él, en un cierto sentido, está siempre
antes que nosotros, pero también siempre después de nosotros. Creo que este
último período de estudios nietzscheanos está destinado a proyectar un haz de
luz sobre la biopolítica afirmativa.
VANESSA LEMM – Volvamos por un momento a Nietzsche.
Justamente como usted ha dicho, él es un pensador-clave para la aproximación a
la biopolítica afirmativa. En Nietzsche, y también en el último Foucault, se
encuentra no sólo la idea nietzscheana de que la vida está desde siempre politizada en la voluntad
de poder, sino quizás también otra visión de la vida, en el sentido de que la
vida es aquello que siempre se nos escapa, que escapa del poder político y del
dominio que éste ejerce sobre la vida. A veces Nietzsche piensa que esta
resistencia, que la vida opone al poder político en términos de una prioridad
de la cultura sobre la política. Foucault, en cambio, habla en los últimos años
de la importancia del cuidado de sí en un sentido ético y estético, no
directamente político. ¿Cuál es su opinión sobre esta tensión entre cultura y
política o entre cuidado de sí y política?
ROBERTO ESPOSITO – Con respecto a estas cuestiones, hay que
decir que en Nietzsche la vida, o por lo menos una porción de ella, siempre se
resiste al poder. Pero cuando Nietzsche habla de vida como voluntad de
potencia, él se refiere no tanto al poder, sino a la potencia. En este caso, si se distingue,
como lo hago yo, la categoría de potencia de la categoría de poder, se puede
decir que la vida está siempre en la potencia, pero a menudo se contrapone al
poder. Si por el contrario, identificamos poder y potencia, entonces las cosas
están como lo dice usted. Es decir, parte de la vida está fuera y se resiste al
poder potencia. Depende de la interpretación de eso que llamamos ‘potencia’. En
lo que se refiere a Foucault, la interpretación de sus últimos escritos es más
bien controvertida. Sé que hay una importante corriente de estudios que revalúa
fuertemente los últimos escritos de Foucault, los escritos sobre el cuidado de
sí, digámoslo así, sus escritos éticos. Otros, dentro de los cuales me incluyo,
o como Agamben, pero también como Deleuze, sostienen que por el contrario en la
producción de Foucault hubo en un cierto momento una fuerte crisis, que fue al
mismo tiempo biográfica y de pensamiento, y que su obra última está, no digo un
paso atrás, pero en resumen no ayuda a entender mejor la producción de los años
setenta, en los que nace la categoría de biopolítica. Mi idea es que se debe
escapar del intento de agregarle ética a la producción de Foucault. El Foucault
que a mí me interesa especialmente es el Foucault duro, áspero, del conflicto,
del tema de la guerra, del tema de la fuerza, no logro reencontrar una potencia
de ideas semejante en el último Foucault, en el Foucault ‘griego’. Pero puede
ser que en eso que digo haya también un límite de interpretación, sería
necesario hablar del tema más largamente. Por último, la cuestión de la cultura.
Todas las grandes palabras de la tradición occidental son complejas y
estratificadas, por ejemplo la oposición entre cultura y civilización en
Nietzsche tiene un cierto sentido, que ha sido puesto en evidencia por Vanessa
Lemm en su libro, en base al cual la cultura es algo que recupera la naturaleza
original, no algo que se le sobrepone.7 Pero en Thomas Mann, para dar otro gran
nombre, la oposición entre cultura y civilización es otra cosa: cultura es para
él el valor, el ethos a oponer frente la secularización, un poco como para Jacob
Burkhardt. Es necesario, por lo tanto, distinguir entre estos diferentes
significados del término. Sobre Nietzsche estoy de acuerdo con ustedes.
VANESSA LEMM/MIGUEL VATTER – Quizás se podría decir que el
Foucault ‘griego’, el último Foucault, en el fondo pensaba en un concepto de
bios como forma de vida que se puede producir sólo a través de un cuidado de
sí, como él mismo estaba tratando de hacer. Esto nos lleva a la última
pregunta. Como hemos escuchado en esta entrevista, usted propone la necesidad de pensar la biopolítica
en un sentido afirmativo, en el sentido de una política que parte de la vida e
introduce en la política la potencia de la vida. ¿En tal biopolítica afirmativa
esta potencia de la vida usted la considera más como un bios, una forma de vida
que, en cuanto forma, se diferencia y opone a otras formas de vida, o bien como
una zoé que no tiene forma propia, que no se deja reducir jamás a una especie,
que es imposible ‘formar’? En resumen ¿la potencia de la biopolítica
afirmativa, en su opinión, tiene más la forma de un bios o es el sin-forma de
la zoe?
ROBERTO ESPOSITO – Bien, yo creo que se logrará finalmente
pensar en una biopolítica afirmativa justamente en el momento en que se
superará la oposición entre bios y zoe. En el sentido que si la zoe se piensa
como una vida desnuda sobre la que se puede descargar la fuerza del poder, la
espada del soberano, es difícil luego reencontrar una raíz afirmativa, a menos
que no sea un vuelco de tipo mesiánico. Si, por el contrario, se abandona la
categoría de zoe, hablando sólo de bios se corre el riesgo de entrar en el
paradigma del individualismo de la persona. En cambio, la intención no sólo
mía, pero creo que la de todos nosotros, debe ser la de mantener unidos estos
dos términos. Desde este punto de vista entonces, el animalitas ya no es una
especie de regresión a un pasado arcaico, sino que es algo que puede estar en
nuestro futuro. Si aquel pliegue impersonal que atraviesa la vida en su
conjunto, se vincula también con la infinita multiplicidad de cada una de las
formas de vida, entonces puede asomarse
en el horizonte algo como una biopolítica afirmativa.
REFERENCIAS
Esposito, Roberto. 2003. Comunitas: origen y destino de la
comunidad. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Esposito, Roberto. 2005. Inmunitas: protección y negación de
la vida. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Esposito, Roberto. 2006a. Categorías de lo impolítico. Buenos
Aires: Katz ediciones.
Esposito, Roberto. 2006b. Biopolítica y filosofía.
Traducción: Edgardo Castro. Buenos Aires: Grama ediciones
Esposito, Roberto. 2007. Bios: biopolítica y filosofía.
Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Esposito, Roberto. 2008. Tercera persona. Política de la vida
y filosofía del impersonal. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Lemm,
Vanessa. 2009. Nietzsche’s Animal Philosophy: Culture, Politics and the Animality
of the Human Being. New
York: Fordham University Press
NOTAS
1 Se refiere a la conferencia “La hora de la biopolítica” de
Roberto Esposito presentada el 20 de octubre en la Casa Central de la
Universidad de Chile, Santiago de Chile, 2008. En línea
http://www.biopolitica.cl/pags/eventos.html. Ver también Esposito, 2006b:3-16.
2 Ver de especialmente Esposito, 2003; Esposito, 2005 y
Esposito, 2006a.
3 El deber o la obligación de donar algo de sí mismo al otro.
4 Se refiere a la conferencia “Persona, hombre, cosa” de
Roberto Esposito presentada el 21 de octubre en Matucana 100, Santiago de
Chile, 2008. En línea http://www.biopolitica.cl/pags/eventos.html. Ver también
Esposito, 2008.
5 Esposito, 2007.
6 Lemm, 2009.
7 Ibíd.
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martes, 18 de junio de 2013
"NO SOMOS UN BOTÍN DE GUERRA" por Dos Hijos
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DOLOR,
ETICA,
MANIFIESTO
La conmovedora carta que le enviaron
dos hijos a sus padres tras la separación.

No traten de disipar nuestro
dolor con grandes regalos y diversiones. Nos duele el corazón y éste no
sana con risas sino con caricias. Todo lo que necesitamos es la garantía de
que, aunque estén separados, ninguno de los dos nos abandonará.
Dígannos con palabras y actitudes que podemos seguir amándolos a los dos y ayúdennos a mantener una relación estrecha con ambos. Después de todo, fueron ustedes quienes se escogieron mutuamente como nuestros padres.
No nos pongan de testigos, de árbitros ni de mensajeros en sus peleas y conflictos. Nos sintimos utilizados y responsabilizados por arreglar un problema que no es nuestro. Tengan en cuenta que todo lo que hagan para perjudicarse mutuamente, quiéranlo o no, en primer lugar nos lastimará a nosotros.
No se critiquen ni se menosprecien delante nuestro, así todo lo que digan sea la verdad. Entiendan que por malos que hayan sido como esposos, son nuestros padres y por lo tanto necesitamos verlos a ambos como lo máximo.
No peleen a ver cuál se queda con nosotros, porque no somos de ninguno, pero los necesitamos a los dos. Recuerden que estar con nosotros es un derecho, no un privilegio que tienen ambos y que tenemos nosotros.
No nos pongan en situaciones en que tengamos que escoger con quién irnos, ni de que lado estamos. Para nosotros es una tortura porque sentimos que si elegimos a uno le estamos faltando al otro, y los queremos y los necesitamos a los dos.
Díganme que no tenemos la culpa de su separación, que ha sido su decisión y que nosotros nada tenemos que ver. Aunque para ustedes esto sea obvio, nos culpamos porque necesitamos conservar su imagen intacta, y por lo tanto, los únicos que podemos haber fallado debemos ser nosotros.
Entiendan que cuando llegamos furiosos después de estar con mamá o papá, no es porque él o ella nos envenene sino que estamos tristes y tenemos rabia con ambos porque ya no podemos vivir permanentemente con los dos.
Nunca nos incumplan una cita o una visita que hayan prometido. No tienen idea de la ilusión con la que esperamos su llegada, ni el dolor tan grande que nos causa ver nuevamente que han fallado.
Dennos permiso de querer a la nueva pareja de mi papá o mi mamá. Aunque en el fondo del alma nos duele aceptarla, queremos ganarla para no perder a papá o a mamá que pensamos que me dejó por ella.
No nos pidan que sirvamos de espía ni que les contemos cómo vive o qué hacemos con él o ella. Nos sentimos desleales y no queremos ser soplones.
No nos utilicen como instrumento de su venganza, contándonos todo lo "malo" que fue mi papá o mi mamá. Lo único que con seguridad lograrán es que nos llenenos de resentimiento contra quien trata de deteriorarnos una imagen que necesitamos mantener muy en alto.
Asegúrense que comprendamos que aunque su relación matrimonial haya terminado, nuestra relación es diferente y siempre seguirá vigente. Recuerden que aunque la separación pueda constituir para ustedes una oportunidad para terminar con un matrimonio desdichado o para establecer una nueva relación, para nosotros constituye la pérdida de la única oportunidad que tenemos para criarme al lado de las personas que más amamos y necesitamos: nuestro mamá y nuestro papá.
Recuerden que lo mejor que pueden hacer por nosotros -ahora que ya no se aman- es respetarse mutuamente.
Dígannos con palabras y actitudes que podemos seguir amándolos a los dos y ayúdennos a mantener una relación estrecha con ambos. Después de todo, fueron ustedes quienes se escogieron mutuamente como nuestros padres.
No nos pongan de testigos, de árbitros ni de mensajeros en sus peleas y conflictos. Nos sintimos utilizados y responsabilizados por arreglar un problema que no es nuestro. Tengan en cuenta que todo lo que hagan para perjudicarse mutuamente, quiéranlo o no, en primer lugar nos lastimará a nosotros.
No se critiquen ni se menosprecien delante nuestro, así todo lo que digan sea la verdad. Entiendan que por malos que hayan sido como esposos, son nuestros padres y por lo tanto necesitamos verlos a ambos como lo máximo.
No peleen a ver cuál se queda con nosotros, porque no somos de ninguno, pero los necesitamos a los dos. Recuerden que estar con nosotros es un derecho, no un privilegio que tienen ambos y que tenemos nosotros.
No nos pongan en situaciones en que tengamos que escoger con quién irnos, ni de que lado estamos. Para nosotros es una tortura porque sentimos que si elegimos a uno le estamos faltando al otro, y los queremos y los necesitamos a los dos.
Díganme que no tenemos la culpa de su separación, que ha sido su decisión y que nosotros nada tenemos que ver. Aunque para ustedes esto sea obvio, nos culpamos porque necesitamos conservar su imagen intacta, y por lo tanto, los únicos que podemos haber fallado debemos ser nosotros.
Entiendan que cuando llegamos furiosos después de estar con mamá o papá, no es porque él o ella nos envenene sino que estamos tristes y tenemos rabia con ambos porque ya no podemos vivir permanentemente con los dos.
Nunca nos incumplan una cita o una visita que hayan prometido. No tienen idea de la ilusión con la que esperamos su llegada, ni el dolor tan grande que nos causa ver nuevamente que han fallado.
Dennos permiso de querer a la nueva pareja de mi papá o mi mamá. Aunque en el fondo del alma nos duele aceptarla, queremos ganarla para no perder a papá o a mamá que pensamos que me dejó por ella.
No nos pidan que sirvamos de espía ni que les contemos cómo vive o qué hacemos con él o ella. Nos sentimos desleales y no queremos ser soplones.
No nos utilicen como instrumento de su venganza, contándonos todo lo "malo" que fue mi papá o mi mamá. Lo único que con seguridad lograrán es que nos llenenos de resentimiento contra quien trata de deteriorarnos una imagen que necesitamos mantener muy en alto.
Asegúrense que comprendamos que aunque su relación matrimonial haya terminado, nuestra relación es diferente y siempre seguirá vigente. Recuerden que aunque la separación pueda constituir para ustedes una oportunidad para terminar con un matrimonio desdichado o para establecer una nueva relación, para nosotros constituye la pérdida de la única oportunidad que tenemos para criarme al lado de las personas que más amamos y necesitamos: nuestro mamá y nuestro papá.
Recuerden que lo mejor que pueden hacer por nosotros -ahora que ya no se aman- es respetarse mutuamente.
POR SIEMPRE, SUS HIJOS.
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miércoles, 29 de mayo de 2013
"EL FASCISMO ETERNO" por Umberto Eco
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ANTROPOLOGÍA,
ESTADIO ACTUAL,
FILOSOFÍA POLÍTICA
El fascismo fue, sin lugar a dudas, una dictadura, pero no era cabalmente totalitario, no tanto por su tibieza, como por la debilidad filosófica de su ideología. Al contrario de lo que se puede pensar, el fascismo italiano no tenía una filosofía propia: tenía sólo una retórica.
El fascismo no poseía ninguna quintaesencia, y ni tan siquiera una sola esencia. El fascismo era un totalitarismo difuso. No era una ideología monolítica, sino, más bien, un collage de diferentes ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones”.
La prioridad histórica no me parece una razón suficiente para explicar por qué la palabra «fascismo» se convirtió en una sinécdoque, en una denominación pars pro toto para movimientos totalitarios diferentes. No vale decir que el fascismo contenía en sí todos los elementos de los totalitarismos sucesivos, digamos que «en estado quintaesencial». Al contrario, el fascismo no poseía ninguna quintaesencia, y ni tan siquiera una sola esencia. El fascismo era un totalitarismo difuso. No era una ideología monolítica, sino, más bien, un collage de diferentes ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones.
El término fascismo se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre podremos reconocerlo como fascista. A pesar de esta confusión, considero que es posible indicar una lista de características típicas de lo que me gustaría denominar Ur-Fascismo, o fascismo eterno. Tales características no pueden quedar encuadradas en un sistema; muchas se contradicen mutuamente, y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo, pero basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista.
1. Culto de la tradición, de los saberes arcaicos, de la revelación recibida en el alba de la historia humana encomendada a los jeroglíficos egipcios, a las runas de los celtas, a los textos sagrados, aún desconocidos, de algunas religiones asiáticas.
Cultura sincrética, que debe tolerar todas las contradicciones. Es suficiente mirar la cartilla de cualquier movimiento fascista para encontrar a los principales pensadores tradicionalistas. La gnosis nazi se alimentaba de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos. La fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana, Julius Evola, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sión, la alquimia con el Sacro Imperio Romano. Si curiosean ustedes en los estantes que en las librerías americanas llevan la indicación New Age, encontrarán incluso a San Agustín, el cual, por lo que me parece, no era fascista. Pero el hecho mismo de juntar a San Agustín con Stonehenge, esto es un síntoma de UrFascismo.
2. Rechazo del modernismo. La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse como irracionalismo.
3. Culto de la acción por la acción. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se la identifica con actitudes críticas.
4. Rechazo del pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición.
5. Miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Ur-Fascismo es, pues, racista por definición.
6. Llamamiento a las clases medias frustradas. En nuestra época el fascismo encontrará su público en esta nueva mayoría.
7. Nacionalismo y xenofobia. Obsesión por el complot.
8. Envidia y miedo al “enemigo”.
9. Principio de guerra permanente, antipacifismo.
10. Elitismo, desprecio por los débiles.
11. Heroismo, culto a la muerte.
12. Transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales. Machismo, odio al sexo no conformista. Transferencia del sexo al juego de las armas.
13. Populismo cualitativo, oposición a los podridos gobiernos parlamentarios. Cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del parlamento porque no representa ya la voz del pueblo, podemos percibir olor de Ur-Fascismo.
14. Neolengua. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico. Pero debemos estar preparados para identificar otras formas de neolengua, incluso cuando adoptan la forma inocente de un popular reality-show.
El Ur-Fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo.
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"LA CONTRADEMOCRACIA" . Entrevista Pierre Rosanvallon.
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ESTADIO ACTUAL,
FILOSOFÍA POLÍTICA,
SOCIOLOGIA,
TEORÍA
Titular
de la cátedra de historia de política moderna y contemporánea en el Collège de
France, ese hombre sereno y afable de 59 años construye desde hace más de dos
décadas una obra principalmente consagrada a la profundización de la experiencia
democrática.
Rosanvallon
egresó de una facultad de comercio en los años 60 y poco después se cruzó con
Michel Foucault, quien despertó su interés por la historia. Mayo del 68 y su
militancia universitaria lo orientaron rápidamente hacia esa nueva izquierda,
moderna y liberal, que hizo su aparición en los años 70. Rosanvallon es
considerado uno de los creadores de esa nueva corriente, denominada en Francia
"la segunda izquierda", cuyo gran exponente político fue el ex primer ministro
socialista Michel Rocard.
Fue
precisamente para promover esas ideas que en 1982 creó, con el historiador
François Furet, la Fundación Saint-Simon. La institución se transformó
rápidamente en un exclusivo círculo de intelectuales antitotalitarios y
empresarios sociales, en un nexo entre la nueva izquierda y la centroderecha, y
en una máquina de crear consenso político.
Quince
años después, más atraído por la investigación que por las veladas mundanas,
Rosanvallon cerró la fundación y creó La República de las Ideas. Los trabajos de
ese "taller intelectual" -como él mismo lo define- son publicados en una
colección especial que ha tenido un éxito inesperado.
En
Contrademocracia - que fue publicado en Francia este año poco antes de
las elecciones presidencia y aquí se presentará a fines de octubre, con la
presencia del autor a quien la UBA le dará un doctorado Honoris Causa-,
Rosanvallon continúa asumiendo su papel de escrutador de la democracia moderna,
desmenuzando sus cambios y sus evoluciones. "Hubo una época en que la vigilancia
de los ciudadanos era constructiva, colectiva y política, es decir, preocupada
por el bien común. Hoy, esa vigilancia se ha vuelto destructiva, categorial y
cada vez más desconectada de lo político", explicó a LA NACION en una entrevista
exclusiva en sus oficinas del Collège de France. Sin embargo, para ese
entomólogo de los procesos sociales, no todo está perdido.
-¿Cuáles
son las razones de la pérdida de confianza de los ciudadanos en sus dirigentes y
en los actuales sistemas democráticos?
-Para
comenzar, hay una razón que podríamos considerar estructural. Por un lado, el
hombre contemporáneo parece haber perdido confianza en la idea de progreso; por
el otro, la aparición de lo que podríamos llamar una "sociedad del riesgo"
parece haber contribuido a fomentar la desconfianza de los ciudadanos. Pero
también existe una dimensión auténticamente política que explica la pérdida de
confianza. Me refiero a que, en la actualidad, es mucho más fácil para un
ciudadano controlar el poder, forzarlo, hasta bloquearlo, que tratar de
reformarlo para que sirva mejor al interés general. En realidad, la inversión
que implica el voto ha pasado a ser percibida como "menos rentable". Pero
atención, es necesario evitar todo juicio de valor sobre esta evolución. Este
cambio responde, en realidad, a la aparición de nuevas formas de actividad
democrática que no se pueden comprender si uno se limita a repetir los lamentos
de moda sobre el tema del ciudadano pasivo y descreído.
-¿Por
qué? ¿No es terrible ese desapego?
-En
verdad, la desconfianza no quiere decir repliegue o desinterés por la política.
Es una paradoja sólo aparente, que es necesario analizar para poder comprender
lo que yo llamo "contrademocracia".
-¿Y
qué es esa contrademocracia?
-Hay
dos escenarios fundamentales de la actividad democrática. El primero es la vida
electoral, la confrontación de programas. En otras palabras, la vida política en
el sentido más tradicional del término: su objetivo es organizar la confianza
entre gobernantes y gobernados. Pero también existe otro escenario, constituido
por el conjunto de las intervenciones ciudadanas frente a los poderes. Esas
diferentes formas de desconfianza se manifiestan fuera de los períodos
electorales y representan lo que yo llamo "contrademocracia". No porque esas
formas de expresión se opongan a la democracia, sino porque se trata de un
ejercicio democrático no institucionalizado, reactivo, una expresión directa de
las expectativas y decepciones de una sociedad. Junto al pueblo elector, también
existe -y cada vez más- un pueblo que vigila, un pueblo que veta y un pueblo que
controla.
-En
su libro, " Contrademocracia ", usted afirma que hay formas
muy variadas de ejercicio democrático no institucionalizado. ¿Cuáles, por
ejemplo?
-El
ciudadano contemporáneo se conforma cada vez menos con otorgar periódicamente su
confianza en el momento de votar. Ahora pone a prueba a sus gobernantes. Esta
actitud se ha transformado en una característica esencial de la vida democrática
actual. Para ello, ejerce antes que nada una acción de vigilancia. El hombre
moderno sabe que el espacio común se construye día a día y que debe estar atento
al riesgo de corrupción del proceso democrático. La segunda función de la
desconfianza es la actitud crítica: el ciudadano analiza la distancia que separa
la acción de las instituciones del ideal republicano. Esa crítica impide que la
sociedad se duerma sobre una idea de la democracia sólo concebida como "el menor
de los males". El ideal de la ciudadanía debe ser, en efecto, organizar el bien
común. Por fin, la tercera dimensión de la ciudadanía contrademocrática es la
apreciación argumentada: la vida de la democracia no es la charla en el café de
la esquina, es hallar una forma argumentada de discutir y de juzgar a los
poderes.
-Explicado
de esa manera, es verdad que la desconfianza alimenta la vida democrática.
-Al
contrario de lo que se piensa comúnmente, la desconfianza no es en sí misma un
veneno mortal. El gran liberal Benjamin Constant [político franco-suizo,
1767-1830] decía que "toda buena Constitución debe ser un acto de desconfianza".
La desconfianza también participa de la virtud republicana de la vigilancia. El
buen ciudadano no es únicamente un elector periódico. También es aquél que
vigila en forma permanente, el que interpela a los poderes públicos, los critica
y los analiza. Alain [filósofo francés, 1868-1951] repetía que, para estar viva,
la democracia debía asumir la forma de poderes activos de control y
resistencia.
-¿Qué
formas específicas adquiere la práctica contrademocrática?
-Manifestaciones,
firmas de peticiones, expresiones colectivas de solidaridad, ONG, grupos de
presión En Francia, una manifestación típica de contrademocracia fue el
movimiento popular de protesta contra el Contrato de Primer Empleo (CPE), que el
ex premier Dominique de Villepin tuvo que retirar.
-Usted
habla de legitimidad de esos nuevos movimientos sociales. Pero, ¿en qué reside
la legitimidad de movimientos que no siempre son transparentes y, a veces, hasta
son manipulados?
-Los
nuevos movimientos sociales no buscan tener adherentes (aunque tengan algunos).
Son instituciones que lanzan alertas, que plantean cuestiones importantes, que
construyen la atención pública como una cualidad democrática. Lo único que puede
controlar a esos movimientos es el pluralismo. Es decir, si uno de ellos
quisiera apropiarse de una cuestión precisa -por ejemplo de la exclusión
social-, otros aparecerían para disputarle el monopolio de la representación o
de su defensa.
-Pero,
según usted, la frontera es frágil entre una buena contrademocracia y el peor de
los peligros, el populismo.
-Esa
línea divisoria en muy frágil, en efecto. Entre la contrademocracia de la
vigilancia y su caricatura, que se inclina hacia el nihilismo, no hay mucha
distancia. Es fácil pasar de una a la otra. Y ése es el problema.
-¿Cuáles
son las características de ese populismo?
-Lo
propio del populismo reside en el hecho de que radicaliza la democracia de
vigilancia y de obstaculización, hasta el punto de llegar a lo impolítico. En
ese proceso, la preocupación activa y positiva de vigilar la acción de los
poderes y de someterlos a la crítica se transforma en una estigmatización
compulsiva y permanente de los gobernantes, hasta convertirlos en una suerte de
potencia enemiga, radicalmente exterior a la sociedad. Esos impugnadores
contemporáneos no designan ningún horizonte; su actitud no los lleva a una
acción crítica creativa. Esa gente expresa simplemente, en forma desordenada y
furiosa, el hecho de que han dejado de encontrarle sentido a las cosas y son
incapaces de hallar su lugar en el mundo. Por otro lado, creen que sólo pueden
existir condenando a las elites a los infiernos, sin siquiera intentar tomar el
poder para ejercerlo.
-¿Cuál
es la función de los intelectuales en la contrademocracia?
-Ser
ciudadano no es sólo expresar sus preferencias, es saber comprender lo mejor
posible el mundo, para ser capaz de actuar y de pesar sobre el curso de los
acontecimientos. El intelectual produce un suplemento de comprensión y, de este
modo, ayuda a producir un suplemento de acción: mientras más inteligencia
colectiva hay, mayor es la presencia ciudadana.
-¿Qué
papel pueden jugar los medios en ese esfuerzo de inteligibilidad?
-Más
que responsables, los medios de comunicación son un reflejo de esta "democracia
impolítica". Pero "los medios" no quiere decir nada. La generalización impide
distinguir la función de construcción y deliberación que existe en ciertos
diarios y radios y las funciones de adormecimiento democrático practicadas por
otros. En Francia, difícilmente se puede poner en el mismo cesto a una revista
"del corazón" como Closer y a las emisiones de la radio France-Culture.
En su país seguramente sucede lo mismo.
-¿Y
dónde se sitúa Internet?
-Internet
es más que un medio. Es la manifestación más adecuada de lo que verdaderamente
es la opinión: una expresión caótica y diseminada que funciona por imitación y
propagación, y no la expresión coordinada, unificada del sentimiento colectivo.
Internet nos recuerda que la opinión es un proceso imperioso, ingobernable y
hasta indefinible, cuando -quizás demasiado rápido- habíamos creído que nos
hallábamos en la era de los grandes medios televisivos cuya función era
transmitir una forma de expresión coherente y unificada. Esta diseminación
plantea un problema fundamental, pues la democracia no es la expresión
multiplicada de opiniones individuales ni la circulación de esas opiniones: es
la construcción de un mundo común. Pero, para construir un foro cívico, la
circulación no basta, es necesaria la cristalización. Y eso es precisamente lo
que falta en la actualidad. Faltan esos sitios de síntesis y esos momentos de
cristalización.
-¿Cómo
se hace entonces para provocar un debate creativo, para "cristalizar", organizar
la contrademocracia en torno a un bien común?
-El
ciudadano debe comprender que, más allá de las formas individuales de
desconfianza que todos conocemos, es posible lograr formas de confrontación y de
construcción coherentes. Los diarios tienen su papel en ese esfuerzo: el de
lograr que los procesos sean inteligibles. Y, sobre todo, es urgente que los
políticos respondan a esa expectativa, en vez de focalizarse en la construcción
de sus imágenes o, incluso, de sus programas.
Publicado por
DARÍO YANCÁN
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