lunes, 25 de junio de 2012

"EL CHANTAJE DE LOS MERCADOS". Entrevista a Toni Negri por Pablo Chacón.


 
 
 
Toni Negri, junto con su colega estadounidense Michael Hardt, acaban de publicar el último tomo de la trilogía que empezó con Imperio y siguió con Multitud. Se trata de Commonwealth. El proyecto de una revolución del común (Akal-Grupal, aparecido recientemente en España). En esta entrevista exclusiva con Ñ, el pensador italiano se extiende, desde la ciudad de Padua, sobre las condiciones de la producción cognitiva, la emancipación en un mundo cooptado por el capital y sobre las figuras dominantes del hombre en el universo contemporáneo.

-En la Argentina, durante su última visita, usted habló de emancipación. ¿Qué quiere decir esa palabra en el contexto global?
-En principio, hubo una primera definición de emancipación vinculada con una concepción individualista y universalista. Los orígenes de la definición son de raíz iluminista pero muchas veces, el desarrollo de ese iluminismo se encontraba con una escatología propia de su universalidad.

-¿Cómo se entiende eso?
-Es que la emancipación también implica una clave religiosa, de salvación. El lazo entre emancipación y liberación es estrecho. Entonces, a pesar de encontrarla en las filosofías actuales como nostalgia, el concepto está relacionado con una relación social, en gran parte, agotada. Prefiero no usar el término “superada”, porque no se sabe nunca cuando algo se supera hacia dónde se va, Digo agotada. La emancipación es una idea vinculada al predominio de formas de producción individuales en un horizonte de organización capitalista que todavía no estaban involucrados todos los sectores sociales. Entonces, la primera idea de emancipación es individualista y universal, y abstractamente, se vincula al desarrollo de la producción histórica y se presenta como una utopía, con puntos escatológicos.

-Ahora es diferente.
-Sí. El desarrollo del capitalismo involucra a la sociedad de forma total, a todos los niveles. La cooptación de la sociedad por el capital no es formal sino real. Es decir: todos los valores que la sociedad produce son traducidos en valores de intercambio. Se introducen bajo la categoría de la moneda. Operan al interior de pasajes financieros. Y esos pasajes provocan una serie de transformaciones que incluyen la composición técnica y política del conjunto de los sujetos. Se trata de una modificación raigal que concierne al trabajo y a la producción. Y a las formas de vida, a los modos en que los sujetos conducen sus vidas. La configuración del trabajo cambió porque el trabajo cognitivo se convirtió en hegemónico dentro del sistema productivo. La configuración política cambia porque más que encontrarnos frente a masas, nos encontramos ante una multitud de singularidades cohesionadas en la tensión productiva y reproductiva de la vida social.

-Pero ¿es una época de transición?
-Sí, pero el resurgir de la cooperación, que es técnicamente actual, también podría ser políticamente actual. Se vive una situación de transición en la que este devenir común del problema de la realidad productiva no se articula todavía con un devenir común de la realidad política, de la vida en la polis. En un universo laboral que no se vincula localmente sino que se expande a toda la sociedad, corresponde una cierta espacialización en la producción, la financiarización en la que se computa o se mide el trabajo cognitivo. No existe otra medida del trabajo cognitivo que no sea a través de los instrumentos financieros. Las viejas categorías para medir el trabajo (estructuras espaciales como la fábrica, o temporales, como la jornada laboral) se modifican. Convencionalmente, se habla de “finanza de tiempo”.

-¿Es sobre este cambio que usted habla en su último libro?
-Entre otras cosas. Sí puede decirse que reconociendo las determinaciones que operan en el nuevo mundo del trabajo, es posible desplegar una primera hipótesis respecto a la emancipación. Porque como tal, también ella está cooptada por el capital. El problema de la emancipación no aparece como un problema “ideal” sino como un problema práctico del pasaje del común actual al común de la forma tecnológica, al común virtual de las formas políticas.

-¿Podría extenderse sobre este punto?
-En la actualidad, las fuerzas productivas están más avanzadas que las relaciones de producción. Eso se constata todos los días. Es un problema de educación y de costos. La crisis se presenta como una incapacidad de las relaciones de producción (estatales, financieras, globales) para contener la nueva productividad común. El mundo de las necesidades, del deseo de los trabajadores, es la dimensión cognitiva. Y las finanzas, sus formas, su viejo bloque, insisten con la capacidad de convertir la ganancia en renta. Y es sobre ese retraso de las capacidades capitalistas para organizar la riqueza producida donde se produce la crisis.

-Sigue sin quedar claro…
-Mire, si se asume la existencia de un desequilibrio entre producción y formas políticas (el retraso de las formas políticas y su subsunción a las formas económicas) puede pensarse un sentido biopolítico para lo que decía, tomando, por ejemplo, los aportes que Michel Foucault brindó a las ciencias políticas. El concepto de biopoder como nueva representación de la soberanía se coloca al lado del contexto biopolítico, que debemos considerar activo. La vida política de cara al biopoder es la potencia susceptible de ser desplegada frente a ese desequilibrio.
-En otras palabras...
-En otras palabras muestra en conjunto la potencia del tejido social y la asimetría que presenta frente al biopoder capitalista. Cuando se habla de emancipación, es válido tener presente esta asimetría. La emancipación se propuso como un problema que debía tener una solución jurídica, constitucional, pero en la etapa que atravesamos, conviene aclarar que “el uno está dividido en dos”, según el viejo eslogan maoísta. No lo digo en términos de reminiscencia, sino que el uno se dividió en dos porque el concepto de poder y el concepto del capital han sido siempre dos. El capital no existiría como orden, como comando, si la fuerza de trabajo no fuera activa, si el trabajo no se presentara como trabajo viviente. Cuando digo que “uno se divide en dos”, no estoy diciendo que la ruptura de esa relación sea en términos absolutos. Sin embargo, para que la relación exista, la obediencia debida al Estado o la proporción de trabajo vivo debida al capital está hoy fuertemente desequilibrada.

-¿Cómo se mide esa relación?
-Desde el punto de vista jurídico. Porque el derecho también se convierte en una medida, en una máquina que forma la relación entre Estado y ciudadanía, entre capital y trabajo vivo. Lo que queda claro cada vez más es que la política, a diferencia de lo que ocurrió en otras épocas, después de la gran crisis de los años 30, por ejemplo, no logra desarrollar una posición constituyente que esté al nivel de la historia de los movimientos constitucionales. La misma definición de constitución siempre fue una historia de mediaciones construidas alrededor de relaciones mercantiles de intercambio, eso en el caso de las viejas constituciones liberales. Y luego, en torno a la dialéctica capital-trabajo, en el caso de las constituciones democráticas.

-¿Y hoy?
-Y hoy, si esta transformación de la que hablamos, ocurrió (o está ocurriendo), realmente se vuelve difícil imaginar qué mediación pueda construirse alrededor de los procesos de financiarización que viven en el corazón del capitalismo moderno. Y es difícil redefinir categorías como democracia, soberanía nacional, representación, salario, ideología. ¿Cómo pueden conceptualizarse nuevamente estas relaciones fuera del conocimiento de que los mercados financieros y globales son sede eminente de producción autónoma politicidad y legalidad? El orden ejercido por el capital financiero tiende a saltar las mediaciones institucionales de las modernas democracias y se funda en el chantaje, por el solo hecho de que las garantías, en última instancia, del goce de los derechos esenciales, de la casa, la salud, la reproducción de la vida y los mismos salarios dependen, en forma irreversible, de las dinámicas y las continuas turbulencias del mercado.

-Entonces ¿para qué situar la emancipación una vez que se la define como proyecto constituyente?
-Estamos viviendo situaciones en las cuales el problema constituyente está puesto en términos muy concretos. En América Latina, se ha visto, sobre todo en los 90, y ahora mismo, en la relación entre Estado y movimientos, la configuración de una dinámica constituyente. Pero todo ocurre en una situación en la que no se comprende cuál es la conclusión. Es difícil considerar a los movimientos como otro poder frente al Estado. El proceso Estado-movimiento se diluye en una relación en la que no se entiende quién es el actor. Y se corre el riesgo de que el Estado finja que los movimientos se transforman, cuando en rigor es el mismo Estado quien crea esos movimientos: como imagen de su debilidad, y de su incapacidad de síntesis.

-¿Qué significa emancipación como potencia constitucional? ¿Cómo puede definirse una emancipación a partir de esta crisis?
-Pongamos sobre el tapete otra hipótesis. Se puede hablar de emancipación como propuesta constituyente sobre un nuevo terreno espacial. Y una segunda en la que cuenta la temporalidad, la tendencia a la cosa material. Es en este punto donde se pone en juego la transición histórica que hemos vivido después de la segunda mitad del siglo XX, de las transiciones incumplidas (del fascismo a la democracia en Italia y en España, por caso). En vez de una transición, se dio una superposición del modelo neoliberal, pero también puede decirse otra cosa. En este tiempo se discute cómo, después de 30 o 40 años, existen movimientos que expresan la necesidad de la transición, en la que la pasión de democracia, que es una pasión del común, destruye una serie de formalismos que bloquearon el desarrollo constituyente de la emancipación. Es el caso de los “indignados” de España, en Wall Street, Inglaterra, Alemania, y de forma más tímida, en el movimiento estudiantil chileno. La vitalidad argentina está cifrada en el hecho de que la transición no fue ocultada, sino protagonista de este pasaje.

-¿Algo para agregar?
-Es razonable preguntarse cuáles son hoy las figuras de subjetividad en torno a las cuales gira la experiencia de la vida. La primera, es la del endeudado. La transformación productiva descripta se asienta sobre un movimiento que lleva del trabajo asalariado al trabajo precario. Pero si se quiere, es acá donde emerge la base de una emancipación posible, nuevas condiciones de biopoder y nuevas condiciones de lo biopolítico. El trabajo precario (que es un trabajo cognitivo, en red, cooperativo) aparece como un excedente de capacidad productiva. La figura del trabajador precario pierde su autonomía bajo el capital, se convierte en endeudado.

-Pero no es la única figura…
-La otra es la del hombre mediatizado. Se está dentro del círculo de los medios de comunicación, y también de lo que es la capacidad de construir cooperación dentro de los medios. Pero también se está capturado. Ya no es más la conciencia del individuo alienado, sino de aquel tomado por el juego del poder. Está claro: la sociedad es extremadamente compleja, los riesgos vienen por todos lados, pero el riesgo no es tal cuando se convierte en miedo. De ahí la capacidad para responder al riesgo, a la dificultad de la vida, poniéndonos en comunicación, defendiéndonos. Piensen en la expansión de los sistemas carcelarios, lo que son los procesos de exclusión para introducir miedo. Esto es el Estado moderno: vive de la creación del miedo. La construcción del concepto de miedo viene de una voluntad de dominio, no de asociación. La forma más peligrosa es la del hombre representado. Porque se choca con el problema de la emancipación. Las constituciones democráticas actuales y la idea de representación que construyeron, son el peor enemigo. El hombre representado es la suma del hombre endeudado, mediatizado y del asegurado. En la representación, ninguno de los valores democráticos (la emancipación, el devenir constituyente, la libertad) está garantizado.

-¿Y entonces?
-Es difícil. Para el hombre endeudado, existe una primera reacción: “Yo no pago la deuda”. Es el momento fundamental para comenzar a emanciparse políticamente. Es el rechazo a ser echado de mi casa porque no terminé de pagar un crédito. Es decir “quiero reapropiarme de esta riqueza común que fue construida sobre una base común”. Y se trata de pasar, después de ese rechazo, a lo que es una figura multitudinaria de rechazo dentro de una afirmación positiva: la deuda que “nosotros” tenemos se convierte en un hecho constitutivo de una sociedad un poco mejor. En definitiva, los problemas actuales de la emancipación tienen que ser pensados a partir de cómo representarnos. Esto no implica la repetición de fórmulas que sufrimos en el siglo pasado. Es un buen momento para plantear alternativas porque se nos escucha.

sábado, 23 de junio de 2012

"MANIFIESTO ULTRAISTA" por Jacobo Surida, Fortunio Bananova, Juan Alomar yJorge Luis Borges

                                            

                              http://www.udc.es/tempo/cuestions20/docs_ultra01.html



Existen dos estéticas: la estética pasiva de los espejos y la estética activa de los prismas. Guiado por la primera, el arte se transforma en una copia de la objetividad del medio ambiente o de la historia psíquica del individuo. Guiado por la segunda, el arte se redime, hace del mundo su instrumento, y forja —más allá de las cárceles espaciales y temporales— su visión personal.


Esta es la estética del Ultra. Su volición es crear: es imponer facetas insospechadas al universo. Pide a cada poeta su visión desnuda de las cosas, limpia de estigmas ancestrales; una visión fragante, como si ante sus ojos fuese surgiendo auroralmente el mundo. Y, para conquistar esta visión, es menester arrojar todo lo pretérito por la borda. Todo: la recta arquitectura de los clásicos, la exaltación romántica, los microscopios del naturalismo, los azules crepúsculos que fueron las banderas líricas de los poetas del novecientos. Toda esa vasta jaula absurda donde los ritualistas quieren aprisionar al pájaro maravilloso de la belleza. Todo, hasta arquitecturar cada uno de nosotros su creación subjetiva.

Por lo arriba expuesto habrá visto el lector que la orientación ultraica no es, ni puede ser nunca patrimonio —como se ha querido suponer— de un sector afanoso de arbitrariedades que encumbran malamente su estulticia. Los ultraístas han existido siempre: son los que, adelantándose a su era, han aportado al mundo aspectos y expresiones nuevas. A ellos debemos la existencia de la evolución, que es la vitalidad de las cosas. Sin ellos, seguiríamos girando en torno a una luz única, como las falenas. El Greco, con respecto a sus demás coetáneos, resulto también ultraísta, y así tantos otros. Es decir, desechamos las recetas y corsés absurdamente acatados por los espíritus exotéricos. La creación por la creación, puede ser nuestro lema. La poesía ultráica tiene tanta cadencia y musicalidad como la secular. Posee igual ternura. Tiene tanta visualidad, y tiene más imaginación. Pero lo que sí modifica es la modalidad estructural. En ese punto radica una de sus más esenciales innovaciones: la sensibilidad, la sentimentalidad serán eternamente las mismas. Ni pretendemos rectificar el alma, ni siquiera la naturaleza. Lo que renovamos son los medios de expresión.

Nuestra ideología iconoclasta, la que dispone a los filisteos en nuestra contra, es precisamente la que nos enaltece. Toda gran afirmación necesita una negación, como dijo, o se olvidó de decir, el compañero Nietzche… Nuevos poemas tienen la contextura escueta y decisiva de los marconigramas.

Para esta obra de superación adicionamos nuestro esfuerzo al que realizan las revistas ultráicas Grecia, Cervantes, Reflector y Ultra.

                                      

 (Baleares, 15 de febrero 1921)

"EUROPA Y LOS GRIEGOS" por Slavoj Zizêk

 



Imaginemos una escena de una película distópica que represente a nuestra sociedad en un futuro próximo. Al atardecer, guardias de uniforme patrullan por céntricas calles medio vacías, a la caza de inmigrantes, delincuentes y vagabundos. A los que se encuentran los tratan con brutalidad. Lo que parece una fantástica imagen de Hollywood es una realidad en la Grecia actual. Por la noche, vigilantes con camisetas negras del movimiento neofascista Golden Dawn, el mismo que niega el Holocausto -el que obtuvo un 7 por ciento de los votos en las últimas elecciones y contó con el apoyo, se dice, del 50 por ciento de la policía de Atenas-, han estado patrullando la calle y golpeando a todos los inmigrantes que se encontraban: afganos, pakistaníes, argelinos. Así que esta es la manera en que Europa es defendida en la primavera de 2012.
El problema de la defensa de la civilización europea frente a la amenaza de los inmigrantes es que la ferocidad de la defensa es más amenazante para la “civilización” que cualquier número de musulmanes. Con amigos defensores como estos, Europa no necesita enemigos. Hace cien años, G.K .Chesterton expuso el punto muerto en que se hallaban los críticos de la religión: “Los hombres que empiezan a luchar contra la iglesia por el bien de la libertad y la humanidad terminan por abandonar la libertad y la humanidad, aunque solo sea para seguir luchando contra la iglesia… Los secularistas no han destruido las cosas divinas, sino las cosas seculares, si les sirve de consuelo”. Muchos guerreros liberales están tan ansiosos por combatir el fundamentalismo antidemocrático, que terminan abandonando la libertad y la democracia mismas si lo único que pueden hacer es luchar contra el terror. Si los “terroristas” están dispuestos a destruir este mundo por el amor a otro, nuestros guerreros contra el terror están dispuestos a destruir su propio mundo democrático por el odio que sienten hacia el otro musulmán. Y hay quienes aman tanto la dignidad humana que están dispuestos incluso a legalizar la tortura, que es la máxima degradación de la dignidad humana, para defenderla. Es una inversión del proceso por el cual los fanáticos defensores de la religión comienzan por atacar a la cultura secular contemporánea y terminan sacrificando sus propias credenciales religiosas en su afán de erradicar los aspectos del secularismo que odian.
Pero los defensores de los anti-inmigrantes griegos no son el principal peligro: son solo un subproducto de la verdadera amenaza, la política de austeridad que ha causado la situación de Grecia. La próxima ronda de elecciones griegas se llevará a cabo el 17 de junio. El establishment europeo nos advierte de que estas elecciones son cruciales: no es solo el destino de Grecia el que está en juego, sino tal vez el destino de toda Europa. Uno de los resultados -el más adecuado, sostienen- permitiría que continuara el doloroso pero necesario proceso de recuperación a través de la austeridad. La alternativa -si la gana el partido de ‘extrema izquierda’ Syriza- sería un voto por el caos, el fin del mundo (Europa) como lo conocemos.
Los profetas de la fatalidad están en lo cierto, pero no en la forma en que ellos creen. Los críticos de los acuerdos democráticos actuales se quejan de que las elecciones no ofrecen una verdadera opción: lo que conseguimos, en cambio, es la elección entre un partido de centro-derecha y uno de centro-izquierda, cuyos programas son casi indistinguibles. El 17 de junio habrá una opción verdadera: el establishment (Nueva Democracia y PASOK), por un lado, y Syriza, por otro. Y, como suele ocurrir cuando hay una opción real sobre la mesa, el establishment se encuentra en estado de pánico: el caos, la pobreza y la violencia se seguirán, dicen, si la elección es la incorrecta. La mera posibilidad de una victoria de Syriza, se dice, enviará señales de miedo a los mercados globales. La prosopopeya ideológica tiene su momento: los mercados hablan como si fueran personas, expresando su “preocupación” por lo que sucederá si de las elecciones no sale un gobierno con el mandato de continuar el programa de la UE y el FMI de austeridad fiscal y reformas estructurales. Los ciudadanos de Grecia no tienen tiempo para preocuparse de estas perspectivas: tienen suficiente con preocuparse por su vida cotidiana, que se está convirtiendo en miserable en un grado jamás visto en Europa desde hace décadas.
Tales predicciones son autocumplidas, provocan el pánico y así logran las propias eventualidades contra las que advierten. Si Syriza gana, el establishment europeo espera que podamos aprender cuán duro es lo que sucede cuando se intenta interrumpir el círculo vicioso de mutua complicidad entre la tecnocracia de Bruselas y el populismo anti-inmigrante. Esta es la razón por la que Alexis Tsipras, líder de Syriza, dejó claro en una reciente entrevista que su primera prioridad, en caso de que Syriza ganara, sería contrarrestar el pánico: “La gente va a vencer el miedo. No va a sucumbir, no van a ser objeto de chantaje”. Syriza tienen una tarea casi imposible. La suya no es la voz de la extrema izquierda “demente”, sino la de la razón hablando contra la locura de la ideología del mercado. En su disposición a asumir el control, ha desterrado el miedo de la izquierda a tomar el poder; tiene el coraje de querer aclarar el lío creado por otros. Ellos tendrán que aportar una formidable combinación de principios y pragmatismo, de compromiso democrático y disposición para actuar rápida y decisivamente cuando sea necesario. Si tienen siquiera una mínima posibilidad de éxito, eso pasa por un despliegue de solidaridad en toda Europa: no sólo necesitan un trato digno por parte de todos los países europeos, sino también ideas más creativas, como la promoción del turismo solidario este verano .
En sus Notas para la definición de la cultura, TS Eliot señaló que hay momentos en que la única opción es entre la herejía y la no-creencia -es decir, cuando la única manera de mantener viva una religión es llevar a cabo una división sectaria. Esta es la posición en la Europa actual. Sólo una nueva “herejía” -representada en este momento por Syriza- puede salvar lo que vale la pena salvar de la herencia europea: la democracia, la confianza en las personas, la solidaridad igualitaria, etc. La Europa con la que acabaremos si Syriza está más hábil es una “Europa con valores asiáticos” – que, por supuesto, no tiene nada que ver con Asia, sino con la tendencia del capitalismo contemporáneo a suspender la democracia.
He aquí la paradoja que sustenta el “voto libre” en las sociedades democráticas: uno es libre de elegir a condición de que se haga la elección correcta. Por esta razón, cuando se toma la decisión equivocada (como lo era cuando Irlanda rechazó la Constitución Europea) la elección se trata como un error, y el establishment exige de inmediato que el proceso “democrático” se repita con el fin de que el error pueda ser corregido. Cuando George Papandreou, entonces primer ministro griego, propuso un referéndum sobre el acuerdo de rescate de la eurozona a finales del año pasado, el propio referéndum fue rechazado como una opción errónea.
Hay dos historias principales sobre la crisis griega en los medios de comunicación: la historia germano-europea (los griegos son irresponsables, perezosos, derrochadores, evasores de impuestos, etc., y tienen que estar bajo control y tragarse la disciplina financiera) y la historia griega (nuestra soberanía nacional se ve amenazada por la tecnocracia neoliberal impuesta por Bruselas). Cuando se hizo imposible ignorar la difícil situación del pueblo griego, surgió una tercera historia: los griegos se presentan ahora como víctimas humanitarias que necesitan ayuda, como si una guerra o una catástrofe natural hubieran afectado al país. Aunque las tres historias son falsas, la tercera es sin duda la más repugnante. Los griegos no son víctimas pasivas: están en guerra con el establishment económico europeo, y lo que necesitan es solidaridad en su lucha, porque es también nuestra lucha.
Grecia no es una excepción. Es uno de los principales campos de prueba para un nuevo modelo socio-económico de aplicación potencialmente ilimitada: una tecnocracia despolitizada en la que a los banqueros y a otros expertos se les permite demoler la democracia. Al salvar a Grecia de sus llamados salvadores, también salvamos a la propia Europa.

jueves, 21 de junio de 2012

"Quiero defender a los grandes criminales, incluido Bush" Entrevista a Jacques Vergès por Justo Barranco


El "abogado del terror" estuvo ayer en Barcelona. Jacques Vergès (Reunión, 1925), que ha sido abogado del nazi Klaus Barbie, del terrorista Carlos o de los militantes del FLN argelino durante los años de plomo de la lucha por la independencia, acudió ayer a Barcelona para presentar la reedición de su clásico "Estrategia judicial en los procesos políticos" (Anagrama), en el que expone su estrategia de ruptura en los juicios –el acusado se erige en acusador de los representantes legales de un sistema injusto–, repasando para ello procesos históricos como los de Jesús de Nazaret, Sócrates, Fidel Castro o Luis XVI. Hijo de padre francés y madre vietnamita, el protagonista del documental de Barbet Schroeder "El abogado del terror" se muestra inagotable pese a sus 84 años y acaba de protagonizar en un teatro de París un monólogo de dos horas, "Serial plaideur", donde se mide con Antígona o Juana de Arco.


¿Qué es la justicia, para usted?
La justicia es una institución hecha para resolver contradicciones que hay en la sociedad y que no son fundamentales. Por ejemplo, un hombre que comete un robo y dice que está en el paro, tiene cargas familiares, y no pone en duda el derecho de propiedad. El alquilado que no paga y dice quiero pero no puedo. Un hombre y una mujer que se divorcian y el hombre ha de pagar por la educación de los hijos. Por contra, y es el tema de mi libro, hay momentos en los que hablamos de una contradicción fundamental: los valores del acusado y los del juez son completamente contradictorios y es el propio fundamento de la sociedad el que se pone en duda. Por ejemplo, en Antígona, el rey Creonte rechaza honores funerarios a Polinices, su hermano, por traidor, y Antígona se pone hablar de la ley divina y le dice que no tiene el derecho de impedírselo. Y aquí hay una contradicción fundamental. Aparte de eso tomo el concepto de "proceso de ruptura", que se me ocurrió durante la guerra de Argelia.


¿Cómo se planteó el tema?
El juez militar le decía al acusado: usted es francés y por eso tenía argumentos como la Constitución francesa o el reconocimiento por la comunidad internacional del carácter francés de Argelia. El FLN es pues una organización terrorista y usted un criminal. Pero el acusado respondía: yo no soy francés, mi lengua maternal, usted lo sabe, no es la francesa, el Dios que adoro no es el mismo que el suyo, mis referencias históricas no son las mismas, tampoco las intelectuales: usted habla de Voltaire y Rousseau y yo hablo de Ibn Khaldun e Ibn Batuta. En estas condiciones considero que usted, juez, es un criminal por ayudar a mantener esta situación indigna. En ese momento la condena mayor era inevitable y lo que había que hacer era llamar a la opinión pública para hacer imposible la pena de muerte. Y esta era la estrategia que yo aplicaba. Antígona era condenada a muerte porque no había opinión pública a su favor, no había medios de comunicación, ni sindicatos, ni asociaciones. Hoy cuando jugamos a un proceso de ruptura en otra parte del mundo alguien puede levantarse para defenderlo. Y esto es la justicia para mí, una cosa hecha para resolver problemas en el interior de la sociedad, para fomentar el diálogo, pero cuando no es posible interviene una ruptura.


¿Y qué es el terrorismo?
Es una palabra muy amplia. Cuando Bush dice que declarará la guerra al terrorismo no tiene ningún sentido. Es como si en la guerra mundial alguien hubiera dicho que declararía la guerra a la artillería. Había artilleros franceses, rusos, alemanes, totalmente diferentes. No hay relación entre el terrorismo corso y el de Euskadi, o el de Irlanda y el de Bin Laden. Y se puede juzgar el terrorismo según el objetivo de los terroristas. Por otra parte la palabra terrorista se utiliza únicamente para las minorías que luchan y en cambio consideramos que es un acto de guerra la destrucción por los americanos de Hiroshima o Nagasaki, que es más grave que una bomba en un tren. O como cuando los ingleses destruyeron la ciudad de Dresde, desmilitarizada. Hay un terrorismo de Estado que no queremos ver. Por tanto la palabra terrorista es poco clara y hace olvidar un terrorismo de estado mucho más fuerte. En el curso de la guerra de Argelia había un diálogo entre un coronel y un responsable del FLN detenido. El coronel le preguntaba cómo podía justificar las bombas en las cafeterías, y él le contestaba que si fueran más ricos, tendrían aviones y los que lanzarían las bombas tendrían uniformes y se les impondrían condecoraciones y no destruirían un café sino todo un pueblo.


¿Por qué a partir de un cierto momento pasa de defender a luchadores anticoloniales a gente como Klaus Barbie, Carlos?
La tarea de un abogado es defender. Un médico que dijera yo no curo a los homosexuales que tengan sida porque estoy en contra de algunas prácticas sexuales le podríamos decir que volviera a leer el juramento hipocrático. El abogado está para defender, y no a sor Emmanuelle, ni inocentes, sino culpables. Defender no es disculpar, sino entender. Aclarar el camino que hace que un hombre como nosotros llegue a cometer un acto que reprobamos. Y cuando iluminamos este camino no hacemos una cosa subversiva sino que ayudamos a la sociedad. Durante la guerra de Argelia el ejército francés practicó torturas. En los procesos del FLN enseñábamos que habíamos dado al ejército un poder policial para el que no estaba formado. No se consideraba ni prisioneros de guerra ni sujetos al derecho común a los prisioneros del FLN. Estaban fuera de la ley. Los paracaidistas se los podían quedar un día o un año. Si los americanos en vez de invitar a un capitán francés especialista en tortura a Fort Bragg, Paul Aussaresses, para formar a los marines hubieran llamado a los abogados del FLN el escándalo de Abu Ghraib no hubiera tenido lugar.


¿Ha sentido fascinación por sus defendidos, como Carlos o Klaus Barbie?
Hay acusados a los que me siento muy cercano y otros no. A Carlos lo defendí cuatro meses, luego dejé su defensa. Si Barbie estuviera vivo y me propusiera pasar una semana de vacaciones con él, no sé si aceptaría. Nuestra visión del mundo es completamente diferente. La defensa que hice de él fue sólo jurídica: no se puede juzgar a un hombre que no ha sido extraditado, ni se puede juzgar por segunda vez a un hombre que ya fue juzgado en 1954. Es defender el derecho, la forma. Si Barbie me hubiera dicho que defendiera que la raza aria es la mejor, le hubiera dicho que eligiera otro abogado.
Pero, ¿se trata de absolver a sus clientes o de mostrar sus ideas?
Depende. Hemos de explicar por qué un cliente ha llegado a hacer cierta cosa. Durante la Revolución francesa el abogado realista Chaveau-Lagarde defendió a Danton, responsable de las masacres de septiembre, pero luego cuando la reina María-Antonieta le designó para defenderla aceptó. La reina entendió que podía defenderla pese a defender a Danton. Y la defendió con tanta pasión que al final de su defensa fue detenido.


¿Defendería al presidente de Sudán, acusado ahora de crímenes contra la humanidad?
Sí. Estamos aquí para defender a todo el mundo, incluso a nuestros enemigos. Un abogado que diga que no defiende a tal persona, le diré que no es abogado.


En el caso de Camboya, donde defiende a uno de los mandatarios de los khmeres rojos, usted afirma que no hubo genocidio.
No, no he dicho eso. Los acusados primero son perseguidos por crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, pero no por genocidio, una palabra de la que abusamos. En segundo lugar, el cliente que defiendo dice que no tuvo responsabilidades en esto, que su puesto de presidente era ceremonial.
¿Pero no ha dicho usted que los muertos en Camboya fueron sobre todo por hambre?
Hay varias cosas. Hubo crímenes, cierto, pero se hace una amalgama con todo. Los americanos lanzaron tres veces más bombas en Camboya que en Japón. Estas bombas no contenían chocolate. Y a esos muertos se los pone en la lista de los khmeres rojos. Luego hubo un bloqueo y hubo una hambruna, y no por primera vez, ya hubo más durante la colonización francesa. No digo que no se cometieran crímenes, pero sí que no les podemos inculpar además de los crímenes de los otros.


¿Tiene límites para defender a alguien?
No, ¿hay límites para curar? Tendríamos incluso que defender a nuestro peor enemigo.


¿Un juicio es como una representación teatral?
Últimamente he hecho una en París, y en ella digo que un expediente de justicia es el principio de una novela, de una tragedia. Pero de ese drama que estamos viviendo frente a nosotros el abogado es el confidente del personaje principal, el que da nombre a la obra, Coriolano, Macbeth, Karamazov, y que siempre es el acusado, incluso el criminal. Muestro cómo la tragedia de Sófocles es como un proceso, igual que el proceso de Juana de Arco es como una tragedia.
¿No ha habido ningún caso que le haya marcado?
El de Djamila Bouhired, claro, con la que me casé. Pero también he defendido a Cheyenne Brando, una historia patética, una chica de 25 años que se suicidó. O defendí una madre que mata a sus dos hijos y se suicida tras un periodo de divorcio horrible. O un niño adoptado que lo descubre que cae en la droga y acaba matando gente. Pero sólo me conocen por las historias de las que se habla.


¿Qué le pareció la película de Barbet Schroeder?
Es importante, dos tercios de la película enseñan 50 años de nuestra historia, con las guerras de liberación, los atentados, la represión y la tortura a través del prisma de los procesos y de las vidas individuales. El último tercio no tiene interés al lado de este gran fresco. Quizá pensó que era muy favorable y pone a un periodista con temperamento policial que descubre que yo estoy en números rojos, que el banco me fiaba. O que el señor Carlos está convencido de que he querido irme a la cama con su mujer. Aunque sea verdad, no veo el interés. Y que he defendido a políticos africanos. Por qué no, también he defendido a políticos gaullistas. No le veo interés.


¿Hay alguien a quien quiera defender y no haya podido?
Quiero defender a todos los grandes criminales, incluido Bush.


¿Le fascina el mal?
No, pero forma parte de la sociedad y de la vida. Dostoyevsky era un hombre que detestaba el nihilismo pero todos sus personajes son nihilistas porque se planteaba preguntas e intentaba comprender. Hace 50 años defendí a una chica que había abortado. Eso era el mal. El fiscal le decía: has destruido una vida humana, carne de tu carne. Hoy el que se arriesga a ir a prisión no es quien aborta sino el loco que intenta impedir entrar a la clínica para llevar a cabo lo que se llama interrupción voluntaria del embarazo. Un crimen se ha convertido en un acto legítimo.

¿Y qué ha comprendido usted?
Creo que nuestra profesión es la más hermosa porque nos permite asumir el máximo de humanidad posible. Defendemos asesinos, celosos, sólo nosotros estamos cerca de ellos, el juez no los conoce, les hace preguntas, nosotros sí, hablamos con ellos de todo, de vida o de música. Hay una leyenda amazónica de una serpiente que lleva los ojos de todos los que come, nosotros también canibalizamos a nuestros clientes, a uno le cojo su virtud, a otro su vicio, a uno valor, a otro debilidad, y veo el mundo con más complejidad que sólo con mis dos ojos.

domingo, 17 de junio de 2012

"HOY COMO AYER" por Darío Yancan

EL SIGUIENTE TEXTO ES DE CARACTER EXCLUSIVAMENTE PERSONAL. QUIEN LE BUSQUE ALGÚN VIRTUOSISMO NI CONTENIDO ACADEMICO, LE ADVIERTO QUE NO LO TIENE... ES PURO SENTIMIENTO Y ES PURA NECESIDAD.
SI ASI Y TODO PIENSAS EN SEGUIR ADELANTE, TE AGRADEZCO QUE COMPARTAS UN POCO DE MI.





                Hoy como ayer, es domingo. Y hoy como ayer, la vida nos pasará por 24 horas.

                Hoy como ayer, pensé en llamarlos pero decidí evitarme el dolor del silencio. Entonces, prefiero, dialogar con uds a través de esta carta para que esta conversación y estos sentimientos queden a la espera del día en que uds decidan “abrir su sobre”…



                Hoy como ayer no tengan dudas que son el centro de mi amor, que son los hijos que soñé y que son mis únicos hijos en este mundo.

                Hoy como ayer la distancia no existe, sólo la voluntad de trascenderla o de transformarla en la medida de la espera.

                Hoy como ayer se nos sigue escurriendo la cotidianeidad pero esa fuga la tenemos que capitalizar para los días que vendrán. Se que “los niños” que el 23 de diciembre de 2011 vi por última vez en su casa, ya se fugaron, ya no los volveré a ver, pero también se que la mujer y el hombre que traslucen y que están llegando, se preparan para la vida.

                Hoy como ayer y como hace dos años y medio, nos ha sido difícil dialogar y me ha sido difícil conseguir que tengan ganas de escucharme, y que acepten incorporarse a mi mundo. También se que de papá dicen cosas muy feas, pero nadie, nadie, sólo uds saben que nadie como papá los respeta tanto como personas que piensan y deciden por si mismos aunque la mayor parte de las veces, papá sea el cuestionado.

                Hoy como ayer, papá no se puede defender. No lo puede hacer en los cortos 20 minutos de teléfono, o en el escaso día que compartimos en las visitas. Pero esto que hacemos, yo escribo y uds leen, es una forma de defensa, una defensa que siempre será respetuosa de sus decisiones y que nunca hablará mal de los demás.

                Hoy como ayer seguiré buscando la forma que la Justicia y la Razón nos permita acercarnos pero sin que produzca dolor. Papá nunca los sacará de su casa para llevarlos a otra ni les hará cambiar su vida de prepo.

                Hoy como ayer espero que vean todo lo que tengan que ver, pero usen sus propios ojos.

                Hoy como ayer y como ha sido por años, irán a comer un asado a la casa del Abuelo vasco y está buenísimo, quieran, amen y respétenlo, a él, a la Abuela, a los tios, ellos son parte de su familia pero tan sólo les pido que a lo largo del día, piensen un minuto en papá. Yo voy a pensarlos todo el día y en ese momento estaremos unidos…

                Todos los días, papá los va a pensar, a extrañar, a llorar, a llamar, como fue siempre y como siempre será.

                Papá va a estar a mano para lo que necesiten, quizás pasen años para eso, pero las esperas tienen sentido en tanto se terminan.

                Saben, estoy juntando abrazos y ya no me entran en la casa.

                Los amo.



viernes, 15 de junio de 2012

"EL IMPERIO DEL YO" por Beatriz Sarlo


En una situación cuyo parte médico no indica una gravedad obnubilante, a Máximo Kirchner lo fue a buscar a Santa Cruz, y lo trajo a Buenos Aires, el avión presidencial, que también lleva a Florencia de aquí para allá. Si hiciera falta una prueba que uniera a Cristina Kirchner como persona privada, madre de dos hijos, con la presidenta de la República, no habría que buscar más lejos.
Cristina Kirchner ha fusionado su vida y el poder. Esta es la explicación menos psicológica, y más política, de las intercalaciones autobiográficas con que acostumbra poner notas de color en sus discursos presidenciales, transmitidos por cadena nacional. Está convencida de que todo lo que le concierne es materia de Estado.
Hay otros ejemplos: el valor "histórico" que adjudica a todas sus iniciativas, de la escala que sean, desde las medidas inesperadas atribuidas a la coherencia de un proyecto hasta las reformas caprichosas que han transformado la Casa Rosada en una sucesión de espacios alusivos, omitiendo (que se sepa) la opinión de expertos en edificios de estilo.
Nadie podría reprocharle que dejara su marca en uno de los salones, como suelen hacer los presidentes norteamericanos. Pero de allí a la actual galería temática bajo techo hay una distancia. Ha transformado la Casa de Gobierno (de la que sólo es un huésped temporario) en el territorio de sus efímeras ocurrencias decorativas. En este rubro, no imita a los monarcas absolutos ni a presidentes, como el brasileño Kubitschek, que entregó la construcción de Brasilia a Niemeyer. No tuvo la precaución de rodearse de grandes conocedores. La seguridad sobre la importancia de todos sus pensamientos proviene de no reconocer el carácter temporario de su poder.
Vayamos a un aspecto más de fondo. La sucesión presidencial es siempre un problema, no sólo en Argentina. Pero Cristina Kirchner lo ha convertido en el pivote que ordena las obsesiones propias y ajenas. A su alrededor no crece el pasto, donde pisa no se vuelve a pisar, nadie puede tomar agua de su jagüel. Procura debilitar todas las posibilidades de quien tenga la osadía de plantearse como sucesor. Al no existir, en los hechos, el Partido Justicialista, la tarea, hasta ahora, es sencilla. Cristina Kirchner no permitirá que nadie levante medio metro del piso. Ni amigos ni aliados. El poder reside exclusivamente en su cuerpo. Está convencida de que por allí pasan las fuerzas que son el núcleo mismo del Estado, del Gobierno y de la Nación.
No es asombroso que una mujer con estas creencias cultive una enmarañada afición por la autobiografía. Lo que a ella le sucede o le ha sucedido es lo que sucede con el Estado. "Yo pienso, yo siempre pensé, yo digo, a mí se me ocurrió." De la épica colectiva nestorista se ha pasado al drama lírico. No es poco cambio.
Uno de los fundadores de la socialdemocracia, Victor Adler, escribió que el imperio austro-húngaro ejercía una especie de centralismo desordenado. La fórmula parece adecuada para el gobierno argentino. El "centralismo desordenado" a la criolla, donde todos los funcionarios se cuidan de abrir la boca sin tener direcciones precisas de la Presidenta, y, cuando se equivocan, se corrigen después de un llamado de teléfono. La comunicación es radial. Tal orden cerrado conduce a un "autocentramiento desordenado". En este cáotico invernadero, regado por el afán de hacer carrera, la obsecuencia o el miedo, crece la flor de la primera persona.
Si alguien cuenta un episodio de su vida, o pone su corazón al desnudo, es difícil hacer la pregunta más elemental: ¿y esto qué tiene que ver?, ¿a qué viene? Pequeñas anécdotas ilustrativas: "El me dijo tal cosa" o "Yo siempre le decía a El", prueban retrospectivamente de qué manera Néstor y Cristina eran sabios sin saberlo. No tiene mucho sentido pedir a las intercalaciones biográficas una incomprobable verdad. Son miniaturas personales que incluyen a hijos, esposo, infancia, adolescencia, juventud, de las que cualquiera de nosotros puede decir cualquier cosa y cuya verdad vale poco. Algunos episodios suenan muy verosímiles, otros tienen el aire de haber sido construidos para darle un toque pintoresco al discurso o llenar vacíos. Todos se apoyan en la creencia cristinista de que, desde el comienzo, tuvo una vida que, sin que ella misma lo supiera (como lo dijo alguna vez), iba a llevarla a la presidencia.
Tampoco tiene mucho sentido comprobar la verdad sociológica de las anécdotas acontecidas en el presente ni de los interlocutores de origen popular con quienes la Presidenta habla por teleconferencia. Ultimamente se dice que están preparados, que les hacen un coaching espiritual o se los elige en una especie de casting. Suena sensato. Son parte de un cuadro donde se mezclan necesidades reales y obsecuencias innecesarias. A Cristina Fernández le gusta usar la cadena nacional para mostrarse como cabecera y como puente (un milagro de la ingeniería).
Cuando Néstor Kirchner se refería al pasado lo hacía, por lo general, en tercera persona (ellos, los que lucharon, los que dieron su vida, los que nos señalaron un camino) o en primera persona del plural (nosotros los representamos a ellos hoy, hemos llegado al gobierno para hacer justicia a sus luchas). La Presidenta ha introducido una innovación llamativa: la primera persona del singular, como garantía de lo verdadero y lo justo. Por eso le resulta tan sencillo dar directivas, órdenes, retos humillantes, en todos sus discursos. Ningún político argentino, desde Sarmiento, ha utilizado la primera persona autobiográfica de modo tan exuberante y sin miramientos de cortesía. En realidad, sólo otro, o más bien otra: Elisa Carrió, que no se parece en nada a la Presidenta, pero que usa la primera persona con igual desparpajo.
Ese profundo autoconvencimiento de la trascendencia excepcional de su persona sintoniza perfectamente con un clima de época que ha girado hacia la subjetividad. La cultura del Yo caracteriza también al arte contemporáneo. La dimensión autobiográfica no necesita de validación: vale porque pertenece a un sujeto. La primera persona del singular está por todas partes y es aceptada como razón suficiente de lo que se afirma. Desde Freud, el siglo XX había aprendido a desconfiar de esa inmediatez "sincera" de la primera persona. Las últimas décadas, han dado una vuelta en ese camino. Alejados de Freud, volvimos a creer, contra toda evidencia, que el Yo siempre sabe de qué está hablando.
La Presidenta es una manifestación egregia de esta subjetividad que ha plantado bien altas sus banderas. No haré ninguna caracterización psicológica porque, precisamente, quisiera evitar ese giro subjetivo. Los adjetivos sobran porque todos los conocemos. El peor de ellos es ególatra.
Voy por otro lado. La Presidenta ha dado muestras de pensar que sólo ella conoce el camino que debe recorrer este país. Cuando Moyano afirma que sería bueno que, alguna vez, un obrero fuera presidente de la Argentina, Cristina Fernández le responde: "Yo también trabajé desde muy chica". En lugar de responder que el sindicalismo de la CGT no se parece demasiado al de Lula, contesta con el argumento de su propia vida. Todo lo que se le diga encontrará invariablemente esta coartada biográfica, el muro del personalismo.
No es raro, entonces, que una de sus frases recientes la haya iluminado de modo tan implacable. En el Día del Periodista dijo: "No doy conferencias de prensa porque no voy a declarar en mi contra". Paren a los psicoanalistas porque acá hay sustancia como para un torneo mundial de interpretaciones.
Démosle una vuelta a la frase. La Presidenta ha diagnosticado que el discurso es un arma que sólo debe utilizarse en condiciones de extremo control: palco y un solo micrófono. La autobiografía, los hechos y dichos de la vida de Cristina Fernández son un tesoro de la retórica que hay que proteger para que las efusiones y recuerdos no puedan ser heridos por una pregunta que introduzca el desorden. Por ejemplo: ¿cómo se conmemoraba en Río Gallegos, siendo Kirchner gobernador, el aniversario del 24 de marzo? Hablemos de los setenta, pero no de nuestro "Yo" en los ochenta y noventa. No voy a declarar en mi contra, es un principio leguleyo para alguien que, como la Presidenta, aprovecha tanto el giro subjetivo de la política.
No responde preguntas sencillamente porque implicaría ponerse, un instante, en la perspectiva del que interroga. Experta en monodiscurso, la Presidenta está convencida de que debe hablar siempre desde una perspectiva única. Como sabe que vivimos en una cultura que ama la biografía, ofrece versiones de su propia vida, como si un episodio juvenil o un sentimiento experimentado al azar, la anécdota banal, igual a todas, en la crianza de un hijo o la visita a una provincia, fueran el armazón defensivo de un centralismo desordenado cuya estabilidad sólo puede garantizarla la Unidad Presidencial. Si dejara la primera persona, entraría el plural nosotros. Y nosotros ¿quiénes somos? La respuesta no se encuentra únicamente en el jardín de la subjetividad autobiográfica.

domingo, 10 de junio de 2012

"LOS QUE QUEMAN LIBROS" por George Steiner.



Los que queman los libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable. Es indeterminado precisamente porque el mismo libro, la misma página, puede tener efectos totalmente dispares sobre sus lectores. Puede exaltar o envilecer; seducir o asquear; apelar a la virtud o a la barbarie; magnificar la sensibilidad o banalizarla. De una manera que no puede ser más desconcertante, puede hacer las dos cosas, casi en el mismo momento, en un impulso de respuesta tan complejo, tan rápido en su alternancia y tan híbrido que ninguna hermenéutica, ninguna psicología puede predecir ni calcular su fuerza. En diferentes momentos de la vida del lector, un libro suscitará reflejos completamente diferentes. En la experiencia humana no hay fenomenología más compleja que la de los encuentros entre texto y percepción, o, como observa Dante, entre las formas del lenguaje que sobrepasan nuestro entendimiento y los órdenes de comprensión con respecto a las cuales nuestro lenguaje es insuficiente: la debilitade de lo'nteletto e la cortezza del nostro parlare.

Pero en este diálogo siempre imperfecto —los únicos que pueden ser plenamente comprendidos son los libros efímeros y oportunistas; son los únicos cuyo significado potencial se puede agotar— puede haber una apelación a la violencia, a la intolerancia, a la agresión social y política. Céline es el único de nosotros que permanecerá, decía Sartre. Existe una pornografía de lo teórico, incluso de lo analítico, lo mismo que existe una pornografía de la sugestión sexual. Las citas de libros supuestamente "revelados" —el libro de Josué, la epístola de Pablo a los Romanos, el Corán, Mein Kampf, el Pequeño Libro Rojo de Mao— son el preludio de la matanza, su justificación. La tolerancia y el compromiso suponen un contexto inmenso. El odio, la irracionalidad, la libido del poder leen deprisa. El contexto se evapora en la violencia del asentimiento. De ahí el dilema profundamente enojoso y problemático de la censura. Es sucumbir a la hipocresía liberal dudar que determinados textos, libros o periódicos puedan inflamar la sexualidad; que puedan llevar directamente a la mimesis, a la imitatio, hasta el punto de dar a unas vagas pulsiones masturbatorias una concreción terrible y una urgente necesidad de ser

saciadas. ¿Cómo pueden justificar los libertarios el torrente de erotica sádicos que inunda hoy nuestras librerías, nuestros quioscos y la Red? ¿Cómo defender a esta literatura programática del maltrato a los niños, del odio racial y de la criminalidad ciega con que se nos machacan los oídos, los ojos y la conciencia? Los mundos del ciberespacio y de la realidad virtual se saturarán de programas gráficos y revestidos de una pseudoautoridad, de las sugestiones de ejemplos validadores de la bestialidad hacia otros seres humanos, hacia nosotros mismos (la recepción, el disfrute del trash, de la basura, es automutilación del espíritu). ¿Está equivocado totalmente el ideal platónico de la censura?

Por el contrario, los libros son nuestra contraseña para llegar a ser lo que somos. Su capacidad para provocar esta trascendencia ha suscitado discusiones, alegorizaciones y deconstrucciones sin fin. Las implicaciones metafóricas del icono hebreo-helénico del "Libro de la Vida", del "Libro de la Revelación", de la identificación de la divinidad con el Logos, son milenarias y no tienen límites. Desde Súmer, los libros han sido los mensajeros y las crónicas del encuentro del hombre con Dios. Mucho antes de Catulo ya eran los correos del amor. Por encima de todo, con algunas obras de arte, han encarnado la ficción suprema de una posible victoria sobre la muerte. El autor debe morir, pero sus obras le sobrevivirán, más sólidas que el bronce, más duraderas que el mármol: exegi monumentum aere perennius (he hecho un monumento más perenne que el bronce). La polis que celebra Píndaro perecerá; la lengua en la que la celebra puede morir y tornarse indescifrable. Pero a través del rollo de papel, a través del elixir de la traducción, la oda pindárica sobrevivirá, seguirá cantando desde los labios desgarrados de Orfeo mientras la cabeza muerta del poeta baja por el río hasta el país del recuerdo. Una concha puede inmortalizar. Al traducir a Villon, Thomas Nashe había escrito: a brightness falls from her hair (un resplandor sale de su cabello); el impresor isabelino se equivocó y escribió: a brightness falls from the air (un resplandor sale del aire), ¡que se ha convertido en uno de los versos talismánicos de toda la poesía en lengua inglesa!

El encuentro con el libro, como con el hombre o la mujer, que va a cambiar nuestra vida, a menudo en un instante de reconocimiento del que no tenemos conciencia, puede ser puro azar. El texto que nos convertirá a una fe, nos adherirá a una ideología, dará a nuestra existencia una finalidad y un criterio podría esperarnos en la sección de libros de ocasión, de libros deteriorados o de saldos. Puede hallarse, polvoriento y olvidado, en una sección justo al lado del volumen que buscamos. La extraña sonoridad de la palabra impresa en la cubierta gastada puede captar nuestra mirada: Zaratustra, Diván Oriental y Occidental, Moby Dick, Horcynus Orca. Mientras un texto sobreviva, en algún lugar de esta tierra, aunque sea en un silencio que nada viene a romper, siempre es capaz de resucitar. Walter Benjamin lo enseñaba, Borges hizo su mitología: un libro auténtico nunca es impaciente. Puede aguardar siglos para despertar un eco vivificador. Puede estar en venta a mitad de precio en una estación de ferrocarril, como estaba el primer Celan que descubrí por azar y abrí. Desde aquel momento fortuito, mi vida se vio transformada y he tratado de aprender "una lengua al norte del futuro".

Esta transformación es dialéctica. Sus parábolas son las de la Anunciación y la Epifanía. ¡Conocemos tan mal la génesis de la creación literaria! No tenemos, por así decirlo, ningún acceso a la posible neuroquímica del acto de imaginación y sus procedimientos. Hasta el borrador más informe de un poema es ya una etapa muy tardía en el viaje que conduce a la expresión y al género performativo. El crepúsculo, el "antes del alba" y las presiones a la expresión que se ejercen en el subconsciente son casi imperceptibles para nosotros. Más concretamente: ¿cómo es posible que unas incisiones sobre una tablilla de arcilla, unos trazos de pluma o de lápiz, muchas veces apenas visibles en un trozo de frágil papel, constituyan una persona —una Beatriz, un Falstaff, una Ana Karénina— cuya sustancia, para innumerables lectores o espectadores, excede a la vida misma en su realidad, en su presencia fenoménica, en su longevidad encarnada y social? Este enigma de la persona ficticia, más viva, más compleja que la existencia de su creador y de su "receptor" —ese hombre o esa mujer ¿son tan bellos como Helena, tan complejos como Hamlet, tan inolvidables como Emma Bovary?— es la cuestión fundamental, pero también la más difícil, de la poética y de la psicología.

La imagen clásica ha sido la de la creación divina, la de Dios haciendo el mundo y el hombre. Explícitamente o no, se ha entendido al gran escritor y al gran artista como un simulacrum del decreto divino. Con frecuencia, se ha sentido rival amargo o amante de Dios, su competidor en el acto de la invención y la representación. Para Tolstoi, Dios era "el otro oso del bosque", al que había que hacer frente, con el que había que luchar. Toda la metáfora de la "inspiración", tan antigua como las Musas o como el soplo de Dios en la voz del vidente o del profeta, es un esfuerzo para dar una razón de ser a las relaciones miméticas entre la poiesis sobrenatural y la poiesis humana. Con

una diferencia capital. El problema de la creación divina ex nihilo ha sido debatido en todas las grandes teologías y en todos los grandes relatos mitológicos del misterio del comienzo (incipit). Hasta el escritor más grande entra en la casa de un lenguaje preexistente. Puede, dentro de unos límites muy estrictos, añadirle neologismos; puede, como Pascoli, tratar de insuflar una vida nueva a las palabras "muertas", incluso a lenguas muertas. Pero no forma su poema, su obra teatral o su novela "de la nada". En teoría, cada texto literario concebible está ya potencialmente presente en la lengua (de ahí la fantasía borgesiana de la biblioteca total de Babel). No por eso dejamos de seguir sin saber nada de la alquimia de la elección, de la secuencia fonética, gramatical y semántica que produce el poema perdurable. Y con el abandono progresivo, hoy, de la imagen de la creación divina, del concetto de la inspiración sobrenatural, nuestra ignorancia se hace mayor.

En el otro lado de la dialéctica, las cuestiones son casi igualmente desconcertantes. ¿Cuál es, exactamente, el grado de existencia de un poema o una novela que no se lee, de una obra teatral que jamás se representa? La recepción, aunque sea tardía, aunque sea por una minoría esotérica, ¿es indispensable para la vida de un texto? Si es así, ¿de qué manera lo es? El concepto de lectura, concebido como un proceso que revela en lo fundamental una colaboración, es intuitivamente convincente. El lector serio trabaja con el autor. Comprender un texto, "ilustrarlo" en el marco de nuestra

imaginación, es, en la medida de nuestros medios, re-crearlo. Los más grandes lectores de Sófocles y de Shakespeare son los actores y los directores de teatro, que dan a las palabras su carne viva. Aprender de memoria un poema es encontrarlo a mitad de camino en el viaje siempre maravilloso de su venida al mundo. En una "lectura bien hecha" (Péguy), el lector hace con él algo paradójico: un eco que refleja el texto, pero también que responde a él con sus propias percepciones, sus necesidades y sus desafíos. Nuestras intimidades con un libro son completamente dialécticas y recíprocas: leemos el libro, pero, quizá más profundamente, el libro nos lee a nosotros.

Pero ¿cuál es la razón de lo arbitrario, de la naturaleza siempre discutible de estas intimidades? Los textos que nos transforman pueden ser, desde un punto de vista tanto formal como histórico, trivia. Como un estribillo de moda, la novela policíaca, la noticia ligera, lo efímero puede hacer irrupción en nuestra conciencia y huir a lo más profundo de nosotros. El canon de lo esencial varía de un individuo a otro, de una cultura a otra, pero también de un período de la vida a otro. Hay en la adolescencia textos maestros que son ilegibles más tarde. Hay libros repentinamente redescubiertos en la escena literaria o en la vida privada. La química del gusto, de la obsesión, del rechazo, es casi tan extraña e inaprensible como la de la creación estética. Seres humanos muy próximos entre sí por sus orígenes, por su sensibilidad y por su ideología pueden adorar el libro que se detesta, pueden juzgar kitsch lo que se considera una obra maestra. Coleridge hablaba de los hooked atoms de la conciencia, que se entremezclan de maneras imprevisibles; Goethe hablaba de las "afinidades electivas"; pero no son más que imágenes. Las complicidades entre el autor y el lector, entre el libro y la lectura que hacemos de él, son tan imprevisibles, tan vulnerables al cambio, y están tan misteriosamente arraigadas como las del eros. O, tal vez, como las del odio, pues hay textos inolvidables, que nos transforman y que acabamos odiando: yo no soporto ver el Otelo de Shakespeare en el teatro ni puedo enseñarlo, pero la versión de Verdi me parece, en muchos aspectos, la más coherente, un milagro humano.

La paradoja del eco vivificador entre el libro y el lector, del intercambio vital hecho de confianza recíproca, depende de ciertas condiciones históricas y sociales. El "acto clásico de la lectura", como he tratado de definirlo en mi trabajo, requiere unas condiciones de silencio, de intimidad, de cultura literaria (alfabetismo) y de concentración. Faltando ellas, una lectura seria, una respuesta a los libros que sea también responsabilidad no es realista. Leer, en el verdadero sentido del término, una página de Kant, un poema de Leopardi, un capítulo de Proust, es tener acceso a los espacios del silencio, a las salvaguardias de la intimidad, a un determinado nivel de formación lingüística e histórica anterior. Es tener asimismo libre acceso a útiles de comprensión como diccionarios, gramáticas y obras de alcance histórico y crítico. Desde los tiempos de la Academia ateniense hasta mediados del siglo XIX, muy esquemáticamente, dicho acceso era la definición misma de la cultura. En mayor o menor medida, éste fue siempre el privilegio, el placer y la obligación de una élite. Desde la biblioteca de Alejandría hasta la celda de san Jerónimo, la torre de Montaigne o el despacho de Karl Marx en el British Museum, las artes de la

concentración —lo que Malebranche definía como "la piedad natural del alma"— han tenido siempre una importancia esencial en la vida del libro.

Es una banalidad constatarlo: estas artes, en nuestros días, están muy erosionadas; se han convertido en un "oficio" universitario cada vez más especializado. Más del ochenta por ciento de los adolescentes estadounidenses no saben leer en silencio; hay siempre como telón de fondo una música más o menos amplificada. La intimidad, la soledad que permite un encuentro en profundidad entre el texto y su recepción, entre la letra y el espíritu, es hoy una singularidad excéntrica, que resulta psicológica y socialmente sospechosa. Es inútil detenerse a hablar del hundimiento de nuestra enseñanza secundaria, sobre su desprecio del aprendizaje clásico, de lo que se aprende de memoria. Una forma de amnesia planificada prevalece ya desde hace mucho tiempo en nuestras escuelas.

Al mismo tiempo, el formato del libro en sí, la estructura del copyright, de la edición tradicional, de la distribución en librerías están, ustedes lo saben mejor que yo, en plena transmutación, hasta en plena revolución. A partir de ahora, los autores pueden atender a sus lectores directamente por internet y pedirles que entren en comunicación directa con ellos (es así como se ha "publicado" todo el último John Updike). Cada vez se leen más libros on line, en la pantalla del ordenador, o se consultan en la Red. Ochenta millones de volúmenes de la Biblioteca del Congreso, en Washington (no) están (ya) disponibles (más que) por medios electrónicos. Nadie, por bien informado que esté, puede predecir lo que sucederá con el concepto mismo de autor, de textualidad, de lectura personal. Sin ninguna duda, estas evoluciones son maravillosamente excitantes. Suponen liberaciones económicas y oportunidades sociales de primera importancia. Pero también van acompañadas de profundas pérdidas. De manera creciente, los libros escritos, editados, publicados y comprados "al estilo antiguo" pertenecerán a las "bellas letras" o a lo que en alemán se denomina, peligrosamente, la Unterhaltungsliteratur, la "literatura fácil". De manera creciente, la ciencia, la información, el saber en todas las formas se transmitirán, registrarán y encargarán por medios electrónicos. Las fracturas, ya grandes en nuestra cultura y en nuestras letras (alfabetismos), se harán más hondas.

Más que nunca necesitamos al libro, pero los libros, a su vez, nos necesitan a nosotros. ¿Qué privilegio más bello que el de estar a su servicio?