domingo, 29 de abril de 2012

"SOBRE LA TECHNÉ DE LA FOTOGRAFÍA". Entrevista a Jacques Derrida por Hubertus von Amelunxen y Michael Wetzel.

 
MINERVA 07. 2008

Entrevista publicada originalmente en Hubertus von Amelunxen (ed.), Theorie der Fotografie IV, 1980-1995, cuarto volumen de la compilación Theorie der Fotografie, 1839-1995, Múnich, Schirmer/Mosel, 2000
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VON AMELUNXEN La skiagrafía significa la sombra, la ausencia de referente. En su obra, Mémoires d'aveugle, usted habla de la skiagrafía, que parece prefigurar la huella de un presente ausente. El inventor del negativo fotográfico, William Henry Fox Talbot, denominó a su invento skiagrafía y también words of light. En 1837 hizo un cliché fotográfico en el que inscribió el alfabeto, el lugar y la fecha, como si hubiera querido demostrar que todo alfabeto podía entrar en la imagen y que la fotografía iba a ser el primer medio óptico que penetrara en el reino de la escritura y que haría entrar a la escritura en la esencia misma de la imagen. En Mémoires d'aveugle usted habla de la skiagrafía, de la escritura de la sombra, como de una memoria simultánea, una memoria del presente, una división del instante. Pero, ¿de dónde viene esa memoria del instante, de dónde procede este archivo del presente?


Es una cuestión de punto de vista y ahí usted toca la punta de la dificultad. ¿Se puede pensar de otra manera que desde el punto de vista del punto? Pero también, ¿se puede pensar desde un punto de vista? ¿Cómo se puede imaginar un archivo inmediato, un presente que consista en su propia memoria o en su propia reproducción? En ese caso, que es algo más y algo distinto que un caso, la propia experiencia, la experiencia de lo que llamamos el presente, se constituiría en conservatorio de sí, pero de tal forma que, de un mismo acontecimiento, desde el punto del acontecimiento, de su punta, cualquier cosa pudiera perderse y cualquier cosa pudiera conservarse. En efecto, se trata de la punta, y de la cuestión más aguda, la más punzante, acerca de ella. En general concebimos el instante como un punto (stigmé, Punkt), cuya puntualidad sería en principio indivisible. Pero, en la situación que evocamos, estaríamos tratando, paradójicamente, de una experiencia de lo singular, de lo no iterable, de lo único, que, sin embargo, sería lo bastante divisible como para que un archivo pudiera desgajarse. Quedaría un archivo que sobreviviría mientras que aquello de lo que es archivo habría desaparecido, un fenómeno normal, sólo que en este caso el archivo no sería simplemente una copia, la reproducción o la huella de otro presente. El archivo estaría constituido por el propio presente, y sería necesario que este presente, en su estructura, fuera divisible y a la vez permaneciera único, irremplazable e idéntico a sí mismo. La estructura del presente debe dividirse para que, incluso cuando el presente se ha perdido, el archivo permanezca y se refiera a aquel como a un referente no reproductible, como a un lugar irremplazable.
No sé si esto nos sirve como introducción a la cuestión específica de la fotografía y si esta ley general no valdría para todo archivo o, en cualquier caso, para todos los fenómenos de la firma en sentido amplio. Es cierto que la fotografía opera este milagro como tecnología del milagro , es decir, dando a ver. Y, por supuesto, se ha dicho muchas veces y Barthes ha insistido en ello, la especificidad del fotograma parece ser esa captura aparentemente irreductible del referente, de aquello que sólo ocurre una vez . La fotografía parece decir y dejarse dictar: esto ha ocurrido y sólo ha ocurrido una vez. Es la repetición de lo que sólo ha ocurrido una vez. La referencia, si no el referente, parece aquí imborrable. Esto es lo que dice Barthes, con muy buen sentido. No sé qué piensan ustedes. Me parece que en el textito que he dedicado a Barthes dejo que planeen ciertas reservas a este respecto. Creo que entiendo lo que dice Barthes y me parece necesario lo que apunta. Sólo que me pregunto qué es entonces lo propio de la fotografía. Toda huella original se divide como archivo y conserva su referencia; el manuscrito original de una carta, la firma, por ejemplo. ¿Qué ocurre, en estos últimos casos, cuando la fotografía reproduce ese original sin hacer visible un momento singular del mundo, como, por ejemplo, cuando se fotocopia una firma original? La fotocopia es también una fotografía, ¿verdad?


VON AMELUNXEN En efecto, la fotocopia, como la fotografía, retraza y reproduce el original mediante la luz, pero mientras que la fotografía fragmenta y arruina el espacio, la fotocopia parece conservar el original en el calco. Ahora la nueva tecnología fotográfica nos ofrece cámaras digitales. El soporte es digital y en un disco se guardan numerosas imágenes, como en un magnetófono o en un magnetoscopio. Se puede borrar el registro o bien mostrarlo en una pantalla. Ya no hay negativo. El rastro, aunque sea legible para un ordenador, se convierte en algo invisible para el ojo humano, hasta un punto en el que se cuestiona lo referencial. Así, ¿cuál será entonces el futuro estatus del referente en una producción de imágenes que se dirige a una repetida obliteración?
Quizá tenga que ver con el nombre «fotografía» y con su relación con cierta concepción de la fotografía. Con su relación con una historia, quizás acabada, de esa concepción; en todo caso, con la finitud de esa historia. Eso es lo que me inquietaba hace un instante. A partir del acontecimiento y de la posibilidad técnica de la que usted me habla, ¿acaso lo que tenemos a nuestra disposición merece aún el nombre «fotografía»? ¿Es del mismo orden de lo que era posible con la técnica anterior, con un soporte de papel? Si se puede borrar así, si la huella ya no está soportada por un «soporte» -al menos no por un soporte estable de papel-, quiere decir que ya no estamos hablando de un registro de imagen, aunque se registre algo: el registro de imagen se convertiría en algo indisociable de una producción de imagen y perdería entonces toda referencia a un referente exterior y único. Se trataría (y puede que siempre haya sido así sin que nos diéramos cuenta) de una performatividad fotográfica, algo que puede escandalizar a algunos y que complica singularmente, sin disolverlo, el problema de la referencia y de la verdad. De una verdad que se hace , como hubiera dicho San Agustín, tanto como se revela, desvela, explicita, expone o procesa. Algunos cineastas, como Wim Wenders o Greenaway, emplean técnicas de producción de imagen en las que el material esencial no es simplemente la imagen capturada , aunque siga habiéndola. La toma de imágenes cede su lugar a la producción de imágenes a partir de un material cualquiera. Se remeda la fotografía o incluso la cinematografía, a la vez que se conduce lo gráfico a una cierta culminación, a lo que algunos considerarían una mayor dignidad, pues se convierte en algo más productor y «performativo» que registrador y «constatativo» o «teoremático» (cosas de mirada y de punto de vista): produce el punto de vista, en lugar de situarse allí u ocuparlo. ¿Tiene esto que ver con lo que antaño llamábamos fotografía o cinematografía o nos introduce en un arte nuevo para el que habría que inventar un nuevo nombre? Esta cuestión nos interesa porque toma en cuenta esta novedad, pero también por lo que puede enseñarnos acerca de lo que era ya la estructura de la antigua técnica. ¿No se podría decir que ya en la fotografía en sentido clásico había tanto producción como registro de imágenes, tanto acto como mirada, tanto acontecimiento performativo como archivo pasivo? El recurso indispensable a cierto tipo de soporte (no electrónico, como, por ejemplo, el papel) no significaba una pasividad absoluta ni, por tanto, un mero registro sin inscripción productiva. ¿Es necesario recordar que en la fotografía hay todo tipo de iniciativas: no solamente el encuadre, sino también el punto de vista, el cálculo de la luz, el cálculo de la exposición, etc.? Esas intervenciones quizá sean del mismo tipo que las de un tratamiento digital. En cualquier caso, en la medida en la que producían la imagen y constituían la imagen, modificaban la referencia misma, introduciendo en ella la multiplicidad, la divisibilidad, la sustituibilidad, la reemplazabilidad (ahí está, quizá, el lugar de ruptura entre lo fotográfico y un determinado intuicionismo, un determinado principio de principios fenomenológico. Y, a este respecto, me pregunto cómo interpretar la necesidad que siente Barthes de inscribir La chambre claire bajo el signo de una vuelta a una fenomenología -sartreana- de la imagen y lo imaginario). Retrospectivamente, el tratamiento digital de la imagen nos obliga más que nunca (aunque no era necesario para hacerlo) a reconsiderar la referencialidad o la supuesta pasividad en relación al referente ya desde la primera época, por llamarla así, de la fotografía, suponiendo que haya habido una única «primera época», porque desde el comienzo hubo diferencias técnicas y, por tanto, estructurales. Habría que revisar la cuestión de la época, así como la de la epoché .


VON AMELUNXEN En la fotografía el soporte determinaba el tiempo, el tiempo del posado. La sensibilidad del soporte era un agente activo en el devenir de la imagen, constitutivo para el tiempo y para el futuro de la imagen fotográfica.

Hagamos una pausa sobre esta cuestión del tiempo. Una cronología del instante, la lógica del stigmé puntual, guía la interpretación barthesiana (que, por otra parte, es la habitual) del referente imborrable, de lo que no ha ocurrido más que una vez. Esta Einmaligkeit supone la simplicidad indescomponible, más allá de todo análisis, del tiempo del instante: el parpadeo (Augenblick) de la vista tomada. Pero si el «una sola vez», si la primera, única y última vez de la toma ocupa ya un tiempo heterogéneo, eso supone una duración diferida (differante) y diferenciada: en un fragmento de segundo, la luz puede cambiar y estaríamos ante una divisibilidad de la primera vez. La referencia es compleja, ya no es simple, y durante ese tiempo pueden producirse subacontecimientos, diferenciaciones, modificaciones micrológicas que den lugar a composiciones, a disociaciones y a posibles recomposiciones, a «trucajes», por decirlo así, a artificios que rompen definitivamente con el supuesto naturalismo fenomenológico que vería en la fotografía el milagro de una técnica que se borra a sí misma para entregarnos la virginidad natural, el tiempo mismo, la experiencia inalterable e initerable de una percepción pretécnica (como si hubiera tal cosa). Desde que, en la percepción como toma de vistas, tenemos en cuenta la calculabilidad del tiempo, desde que consideramos el tiempo no como una serie de instantes irreductibles y atómicos, sino como una duración diferencial y más o menos calculable, una duración que es correlativa a una técnica, la cuestión de la referencia se complica y, por tanto, también la cuestión del arte, de la fotografía como techné . Una de las cosas que sugiere Barthes en los márgenes de su rico y conmovedor discurso sobre la muerte, el studium y el punctum (el punto, el apuntar, lo punzante, etc.), es el más allá del arte: sea cual sea el arte del fotógrafo, su intervención, su estilo, hay un punto en el que el acto fotográfico no es un acto artístico, sino que registra pasivamente, y esta pasividad punzante sería el momento de la relación con la muerte; capta una realidad que está allí, que habría estado allí, en un ahora imposible de descomponer. Habría, en resumen, que elegir entre el arte y la muerte. O incluso elegir entre, por una parte, un arte ligado a la técnica y, por otra parte, un arte que excediera el arte y la techné para cumplir con un auténtico destino, para poner a obrar a la verdad misma (en un sentido próximo a lo que parece decir Heidegger en El origen de la obra de arte). Ésta sería la belleza o lo sublime de la fotografía, pero también su cualidad fundamentalmente no artística: de un golpe nos entregaríamos a una experiencia en el fondo no domesticable, a lo que sólo ha ocurrido una vez. Entonces estaríamos pasivos y expuestos, la mirada misma estaría expuesta a la cosa expuesta, en el tiempo sin espesor de una duración nula, en un tiempo de exposición reducido hasta el punto de lo instantáneo. El arte mismo estaría condicionado por el no arte o, lo que es lo mismo, por una hiperestética, por una percepción en cierto sentido inmediata y natural: inmediatamente reproducida, inmediatamente archivada. Pero si admitimos que hay una duración, y que esta duración está constituida por una techné, la totalidad del acto fotográfico sería, si no del orden de la techné, sí al menos irrecusablemente marcada por ella. Nos emplazaría también a repensar la esencia de la techné.


WETZEL Aludimos aquí a la importante cuestión de la memoria pues, a partir de la fotografía, podemos también mostrar que ese acto de registro no es un acto pasivo sino que implica un tratamiento del material, de la información. La relación entre la fotografía y el psicoanálisis, de la que usted habla en Droits de regards , está implícita en esta metáfora, en ese paradigma de Freud -el cuaderno mágico-, en el que demuestra que para conservar el trazo hay que renovarlo. Esto es lo que hoy llamamos tratamiento de la información, es decir, que para guardar información hay que tratar los datos. Y en este punto aprecio en su discurso una especie de reticencia frente el ontologismo del referente de Barthes, al menos si hacemos la división temporal entre el acto de la captura y lo que llamamos en fotografía el revelado: el arte interviene también en el revelado, empieza con el tratamiento. Siempre se trata de un tiempo diferido que plantea la cuestión de la intensidad, porque, a mi entender, siempre hay que tomar una decisión, hay que decidir, delimitar, recortar en el momento del revelado. Frente a la temporalidad de la toma, de la referencia objetiva, está también la intervención de otra temporalidad, de un determinado contexto, de un querer-decir.
Aquí el proceso empezaría antes del proceso, antes de lo que en inglés se llama the process, el revelado del negativo fotográfico y de la vista así «tomada». En efecto, habría que reelaborar, desde el punto de vista del tiempo, desde el punto de vista del tiempo de la toma de vistas, toda esta cuestión de una autoafección a la vez pasiva y activa. Y para ello habría al menos que disculparse con valentía ante la gran meditación heideggeriana, siguiendo el rastro y la interpretación de Kant. No es algo que vayamos a hacer en una entrevista ni en una fotografía, por muy erudita o por muy libre de clichés que sea. Si la técnica interviene desde la captura y desde el tiempo de exposición, no hay, por supuesto, pasividad pura, pero eso no quiere decir simplemente que la actividad borre la pasividad. Se trata de una estructura distinta, de una especie de acti/pasividad, si se puede decir en una palabra. Incluso cuando la técnica interviene de forma más y más complicada y diferenciadora, sigue tratando la pasividad de determinada manera, tratando con ella, negociando con ella. En la apertura a la luz y al objeto, la fotografía no lo hace todo. La cuestión de la «materia» resta, por muchas comillas que se le ponga, justamente como un resto que no se reduce a una sustancia dada, ni siquiera a la presencia ontológica de un estar ahí, de un «uno», o de un objeto (Vorhandene), ya sea el objeto ante el objetivo (la cosa fotografiada) o el objeto soporte de la impresión, la fotografía que sostenemos en las manos o bajo los ojos y de la que podemos multiplicar los ejemplares.
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VON AMELUNXEN ¿Y si la techné de la fotografía nos incitara precisamente a no hacer esa oposición clásica entre actividad y pasividad , entre el don y la acogida?

Según una tradición que pertenece tanto al lenguaje vulgar como a la filosofía, pasividad se opone a actividad. Pero el análisis kantiano-heideggeriano (husserliano también, por supuesto) al que hacía alusión hace un momento concierne a una temporalidad como síntesis autoafectiva pura en la que la propia actividad es pasividad. Esta problemática es indispensable incluso si en los ambientes en los que se ejercita un discurso experto sobre fotografía se está poco familiarizado con ella. Es cierto que las mediaciones son numerosas, difíciles y delicadas, pero la ligazón con la especificidad de lo fotográfico quizá se anuncia mejor, si bien indirectamente, en el hecho de que esta mediación sobre la autoafección como temporalidad pasa por el esquematismo de la imaginación transcendental. Se trata de la imagen, de la producción de lo fantástico, de una imaginación productora en la constitución misma del tiempo y en la temporalidad originaria.
Si la fotografía digital sin subjectil nos permite repensar retrospectivamente lo que podría haber sido la fotografía con subjectil, igualmente esta reflexión sobre la autoafección temporal en la percepción (y hay percepción del tiempo tanto como hay un tiempo en toda percepción, ya sea de una imagen, de lo visible o de lo espacial) nos conduce retrospectivamente a decir lo mismo de lo que, en principio, nos parece pre-técnico, es decir, de la percepción; no se puede oponer percepción y técnica; no hay percepción antes de la posibilidad de la iterabilidad proteica; y esta sencilla posibilidad marca de antemano la percepción y la fenomenología de la percepción. En la percepción ya hay operaciones de selección, de duración de la exposición, de filtrado, de revelado; el aparato físico funciona también como un aparato de inscripción y de archivo fotográfico. De nuevo el Wunderblock de Freud. Lo mismo que intenté decir hace tiempo sobre la escritura concierne también a la fotografía. Retrospectivamente, en ese retrovisor tecno-histórico, deberíamos re-complicar el análisis o la descripción de lo que se suponía que precedía a la técnica, o a lo que llamamos técnica fotográfica. Deberíamos remontar el camino hasta la skiagrafía platónica y hasta toda escritura de la sombra, antes de la técnica moderna bautizada como «fotografía». Lo que se describe como un juego de sombra y luz es ya una escritura. En la leyenda de Dibutade -que sólo ve, retiene y dibuja la sombra de su amado sobre la pared-, antes de que esta operación se represente a través del dibujo, ¿no es ya un juego entre la luz, la sombra y el archivo? Así, con esta diferencia en la naturalidad -es decir, con la sombra en la luz, el blanco y el negro-, aparece la primera posibilidad técnica en la propia percepción. La diferencia en la luz, la diferencia de exposición, si quieren, que no es forzosamente la diferencia entre día y noche, he aquí quizá la primera posibilidad del trazo, del archivo y de todo lo que se sigue: la memoria, la técnica de la memoria, la mnemotécnica, etc.


WETZEL Es un buen momento para referirse a ese pasaje del relato de Balzac, La obra maestra desconocida , en el que el pintor habla de la línea y de la luz, y a la tesis, asumida en ese texto de Balzac, de que en la naturaleza no hay líneas. ¿Se podría decir que la línea es la escisión, el momento en el que aparece la techné, la tecnología?
 
La cuestión de la línea nos reconduce de nuevo a la paradoja del tiempo y de la acti/pasividad. Como saben, en Aristóteles, la cuestión del tiempo está ligada a la cuestión de la gramma , que significa, en este caso, la línea. Balzac diría que la diferencia entre la luz y la sombra en la naturaleza, su línea de separación, no es una línea. La línea sólo surge como tal cuando el dibujante incide e inscribe, por ejemplo con su punzón, aun cuando siga una línea natural. Cuando Dibutade sigue la línea de la sombra, está siendo activa, posee un instrumento, una técnica, pero su actividad humana consiste en adaptarse pasivamente a una línea que ya está ahí. Y, por tanto, en la punta del lápiz o en el extremo del punzón, la actividad se rige por un dato, abraza en cierto sentido la pasividad, abraza el punto en el que es pasiva, sigue algo que ya está dado de antemano. Entonces, ¿la línea ya está dada? Eso depende de a qué se llame línea. Pero la posibilidad de la diferencia entre la luz y la sombra traza una línea que después yo puedo, con la punta de mi lápiz, re-trazar. Cuando Dibutade traza, empieza a re-trazar. Y el re- conocimiento ( remarque )1 del re -trazo es a la vez activo y pasivo. Pero la posibilidad de esta repetición, esta iterabilidad, señala de antemano el umbral mismo de la percepción. Esta pasividad no es pasiva ante algo, ante la luz o la sombra, sino que es pasiva ante una diferencia. Actividad y pasividad se tocan o se articulan a lo largo de una frontera diferencial. Es el propio movimiento del trazo el que es a priori fotográfico. Que no haya esperado a la invención de lo que desde hace más de un siglo llamamos «fotografía» no quiere decir que esta técnica no sea un acontecimiento y una mutación irreductible. Pero hay que pensar esa irreductibilidad sobre el telón de fondo de lo que la ha hecho posible.


WETZEL Pero si se sigue esa línea histórica se puede decir al mismo tiempo que la detención, la detención de la línea, se opone a la naturaleza. Si tomamos por ejemplo la pintura de Cézanne, sus series sobre un mismo tema, percibimos el sufrimiento del pintor para detener las líneas, y se percibe también cómo éstas empiezan a desaparecer. La frase de Cézanne: «Hay que darse prisa, todo empieza a desaparecer» demuestra y denuncia a la vez la detención. Es también una forma de abordar la cuestión de la muerte, porque se trata de una detención, de un trazo que, al mismo tiempo, pierde el contacto con la naturaleza; que desaparece y se afirma en la retirada (retrait).

Sí, pero la retirada (retrait), conservemos esa palabra, designa a la vez el reconocimiento (remarque) y el borrado del trazo: la marca se ha retirado. El «gran arte» de esa doble retirada, tanto para la fotografía como para la literatura, la pintura y el dibujo, consiste en atrapar esa línea o ese instante, por supuesto, pero también en dejarlo perderse en el acto mismo de atraparlo, en marcar que «aquello ha ocurrido y se ha perdido» y que todo lo que vemos, conservamos y miramos ahora es el ser-perdido de lo que debía perderse, de lo que estaba abocado a perderse. Y la firma de la pérdida quedará marcada en lo que se conserva y no se pierde, en lo que conserva la pérdida. Hay que conservar la pérdida como pérdida, si se puede decir así. Ésa es también la emoción fotográfica, lo punzante de lo que habla Barthes. Se conserva el archivo de «algo» (de alguien o de algo) que ha ocurrido una vez y se ha perdido, y se conserva así, tal cual, como lo no-conservado, una especie de cenotafio, en suma: un túmulo vacío. Pero, ¿hay túmulos que no sean cenotafios? ¿Y fotografía sin kenosis?


WETZEL El presente de la fotografía (en el doble sentido de regalo y de presencia) es entonces una falsa apariencia. Eso es lo que Rodin quería decir al constatar que la fotografía era incapaz de atrapar la línea en su retirada, en su movimiento o su tensión. A la inversa, él propuso una especie de escritura coreográfica que quebraba la línea estática de las tomas instantáneas. De ahí la oposición entre la pintura o la escultura, como medios de una temporalidad intensiva, animada, y la fotografía, a la que se despreciaba en tanto medio cronológico.

Se podría soñar con otro archivo: el de los desprecios, lo despreciado y los despreciados. Está ese texto de Baudelaire, que seguramente conocerán, sobre la fotografía y la literatura. Fascinado por la fotografía, le gustaría descalificarla ante la pintura y la literatura. Pero me parece que no cree demasiado en su demostración, presenta una novedad irreductible, el acontecimiento de un arte que desborda su intención, y que envidia de antemano.


VON AMELUNXEN Pero (no hacemos más que paréntesis) creo que Baudelaire ha pensado profundamente la fotografía. Y la ha pensado en tanto falsa moneda : esa frase de La falsa moneda , una frase central para toda la obra de Baudelaire, y probablemente también para la modernidad -«buscar el mediodía a las dos de la tarde»-, parece apuntar a la fotografía. Luego Baudelaire está en contra del uso que se hacía de la fotografía (la industria del retrato) a la vez que solicita un pensamiento de la fotografía.

Está en contra de determinada explotación -periodística o de otro tipo- de la fotografía, pero empieza a abrirse a lo que podría o debería ser, a lo que ya es el arte de la fotografía. En La falsa moneda , donde deja hablar al narrador, caben las interpretaciones o las especulaciones más contradictorias. Pero hay otro pasaje en L'École paienne en el que Baudelaire relata una escena análoga: un artista presume de dar falsa moneda a un pobre. No se trata de una ficción sino de un discurso firmado por Baudelaire, un texto polémico asumido por el autor. Baudelaire enuncia un juicio moral, condena al artista que presume de haber engañado a otro, toma partido por lo auténtico contra el simulacro. Al mismo tiempo, sabe que la literatura participa también de la falsa moneda, es decir, de la falsa moneda posible . En su postura frente a la fotografía probablemente encontremos la misma paradoja o la misma inestabilidad entre dos posturas, una más moralizante, a favor de lo auténtico y lo original, otra mucho más perversa que remeda la primera, ya que el simulacro es siempre simulacro de lo auténtico.


WETZEL Pero tal vez sucede lo mismo en el caso del presente fotográfico. ¿Qué quiere decir dar(se en) una fotografía, hacer el regalo de una fotografía de uno mismo? Nos damos pero, a la vez, no arriesgamos nada, porque nos guardamos, nos damos conservándonos. Desde el punto de vista de la «moralina» (en el sentido de Nietzsche) se podría decir que es un riesgo bajo reserva, porque no nos damos a nosotros mismos; es como si la fotografía fuera una superficie de protección (una pantalla) entre uno y otro. Pero, al mismo tiempo, nos damos mejor, nos damos por completo, nos exponemos, en un doble sentido.

Un paréntesis: hubo un breve período de la historia (cuyo relato y sociología habría que hacer) durante el que era habitual regalar fotografías firmadas. Los «grandes hombres» lo hacían; Freud y Heidegger, por ejemplo. Tanto ellos como los que la recibían pensaban que era el presente más preciado, un símbolo inestimable, casi, incluso, una alianza. La mayoría de las veces se trataba de una cabeza o un rostro, un retrato firmado para los discípulos o los admiradores. Hoy sólo nos imaginamos a las estrellas del espectáculo firmando fotografías. Sería raro y ridículo en el caso de un «pensador».


VON AMELUNXEN Schopenhauer, que era un firme partidario de la fotografía, se hacía fotografiar muy frecuentemente en daguerrotipos o calotipos. Una vez, con cierta malicia, envió a su amigo Frauenstädter una fotografía sin firmar. Quería saber si su retrato fotográfico igualaba su firma.

La aparición de la firma es interesante. ¿Qué hace una firma? De algún modo transforma el retrato fotográfico en autorretrato (de ahí el riesgo suplementario de complacencia narcisista: lo cómico no está ausente nunca, el ridículo, quiero decir). Se trata también de dejar un sello de autenticidad: sobreimprimiendo (escritura sobre escritura: un nombre que dice «presente» en voz alta y que remite performativamente al donante sobre una fotografía muda), señalamos e invitamos a señalar que esta fotografía ha sido entregada por el sujeto de la fotografía; lo que tiene valor no es tener una fotografía de Freud, se pueden comprar en una tienda, sino poseer un retrato que se puede ver pero que también nos mira y que lleva una firma de puño y letra del sujeto. No sólo autentifica al sujeto de la fotografía, sino también el regalo y al sujeto que lo recibe, el destinatario cuyo nombre se inscribe también al pie de esa cabeza. Presente sin precio, rareza absoluta, acontecimiento único, capitalización infinita e irrisoria a un tiempo de un fetiche irremplazable en la época de la reproductibilidad técnica, de la que es simultáneamente testigo. Los reyes no podían dedicar tantos retratos pintados, no podían multiplicar las dedicatorias de sí (conocí a una cantante americana, sorprendente por otra parte, que dedicaba fulgurantemente sus fotos escribiendo entre los dos nombres -el suyo y el del otro-, « love'ye»).
Nos podría sorprender ver a alguien como Heidegger, que se alzó tan a menudo contra las técnicas de reproducción (la máquina de escribir, por ejemplo, en oposición a la escritura manuscrita) ceder al rito de la fotografía dedicada. Regalar un manuscrito original sería otra cosa: no hay más que uno, al menos como hipótesis. Ofrecer una fotografía es como regalar una fotocopia, algo que sería muy grosero, demasiado grosero, de no ser porque la firma le devuelve un poco de su singularidad y de su supuesta autenticidad. Heidegger en algún sitio escribe más o menos esto: antes se consideraba de mala educación enviar una carta escrita a máquina, pero hoy, desgraciadamente, se escribe a máquina para ahorrar al otro el tiempo de descifrar. (Otro paréntesis: la historia de la cortesía. Toda la historia de la cortesía es una historia de la técnica y, en primer lugar, de esa técnica que es la ritualización. Lo que se dice de la cortesía vale evidentemente para la cultura en general, empezando por la marca y la lengua). Sin la firma, el regalo de un retrato fotográfico se habría ganado el mismo suspiro reprobatorio por parte de Heidegger. Porque la firma no es, por derecho propio, reproductible. Al menos no técnicamente (y aún es más complicado: he intentado demostrar en otro sitio que la unicidad del acontecimiento de la firma consiste en una determinada iterabilidad). En el caso de la fotografía firmada, el acontecimiento no es reproductible. En principio, no debe ocurrir más de una vez, y esa singularidad no la garantiza ni la fotografía ni la firma sino el nombre de aquel al que va dedicada. Es el contrato que liga los dos nombres. El mismo retrato fotográfico puede ser firmado tantas veces como se quiera. Pero sólo lleva una vez el nombre de quien lo recibe. El sello del original es el lugar de destino; y la verdadera firma del regalo pertenece entonces a aquel que no hace sino recibirlo (o desear recibirlo con un deseo que pone en movimiento al firmante, por muy narcisista que siga siendo ese movimiento).


WETZEL Se puede apreciar aquí un compromiso fuerte contra la ideología de masa que ya había criticado Baudelaire. Según la famosa tesis de Benjamin, esa ideología surgió con la explotación en masa de los medios de reproducción: es la llegada de la estadística, del mayor número, de la media. Heidegger hablaba de la expresión el « uno », el « man ». Lo que se puede ver en la fotografía no es el yo, es el «uno» de mi yo, es decir, mi doble estadístico. Era el momento de los procedimientos de identificación por comparación (como en las iconografías criminales de Bertillon, las tipologías patológicas, etnológicas etc.), en palabras de Heidegger, del Gestell . Y la firma pretende interrumpir ese proceso.

Sublimarlo.

WETZEL .apropiárselo, autentificarlo.

¿Qué diferencia hay entre regalar un libro -por ejemplo, un ejemplar dedicado de Sein und Zeit- y regalar una fotografía firmada ? En la fotografía, el autor, si se puede decir así, no está solamente representado (con su cabeza, sus ojos y su boca), también firma de su puño y letra. El libro sólo lo representa como su producto. No es un doble inmediatamente visible de él mismo. Supongo que, presos de un determinado academicismo social y estético, esos «grandes autores» nunca regalaban una fotografía suya menos convencional, una fotografía de cuerpo entero o la fotografía de una parte del cuerpo más susceptible de fetichizarse: un pie, una mano, tal vez una toma de espaldas. Ofrecen un doble original, un doble convertido en original gracias a la firma «auténtica» bajo la cabeza. Suposición y fundamento del derecho: no se nos identifica por los pies, sino por la mirada y la boca, por lo que se dirige a otro, de cara.


WETZEL Y de perfil. De todas formas, siempre vuelve a la fotografía una especie de creencia, una creencia visual en el ser-ahí, en palabras de Heidegger, en la Vorhandenheit , en el puro «hay».

Heidegger quizá diría algo así: cuando se regala un retrato, lo que cuenta es, en primer lugar, el contenido (lo que se muestra, no el soporte y todo lo que es reproductible, sino, por decirlo así, el referente único). Pero ese «contenido» no es del orden de la Vorhandenheit o de la Zuhandenheit , es el Dasein , es una existencia bajo la forma del Dasein que está da , ahí, que tiene un mundo, que está en el mundo, en la Erschlossenheit que abre el mundo, «en la verdad» o en la verdad de la no verdad, etc. Y hay que pensar la fotografía a partir de esta Erschlossenheit , aunque sea problematizando lo que dice Heidegger. Lo que vemos a través del retrato, más allá de la doble reproducción, es el Dasein . Por eso habría que distinguir entre la fotografía del rostro o de las manos (en las que se reúnen los rasgos que marcan de manera más inmediata el Dasein , la vista, la palabra, la mano que da o saluda, etc.) y la fotografía de otra cosa. Es cierto que si un amigo llega y os da una fotografía de su despacho y se puede distinguir una taza o una jarra sobre la mesa, diríamos: «Atención, una taza: esto no es simplemente un objeto material, el vorhanden se determina a partir del don, de la ofrenda, del regalo» . Puedo ofrecer a un amigo una fotografía de mi casa, de mi despacho, de mi mesa, o de mis libros que tenga ese valor de hospitalidad. La fotografía está aún marcada por todas las posibilidades del Dasein.


WETZEL Pero, por lo que respecta al Dasein en fotografía, ¿que papel juega la mirada en el retrato fotográfico?

Se diría que el retrato capta los ojos, es decir, la mirada. Por eso, entre otras cosas, hay un objeto como la fotografía. Se supone que la mirada es lo que un sujeto no puede ver de sí mismo. Cuando nos miramos en un espejo nos vemos o bien siendo vistos o bien viendo, pero no las dos cosas a la vez. En principio se piensa que la cámara -fotográfica o cinematográfica- debería sorprender una mirada que los ojos que se miran no pueden ver. Ustedes me ven ahora, hablando, y me fotografían, pero con una mirada que yo no puedo ver. Y entonces, cuando yo le entrego a alguien mi mirada, el doble fotografiado de mi mirada, le estoy dando algo que yo veo pero que no puedo ver. Hay ahí una situación de heteronomía: yo me doy al otro ahí donde yo no puedo darme a mí mismo, viéndome ver. No me puedo ver ni percibirme dando. Puedo verme siendo visto, pero no puedo verme viendo. Es una experiencia de donar lo que no puede volver a mí. Evidentemente, en este don y en esta heteronomía no puede faltar una escalada infinita del narcisismo, en cualquier caso teóricamente determinable como ausente: mírame, he aquí mi imagen, éste es mi cuerpo, etc. Pero, a la vez, ese narcisismo regala, en la medida en que lo que da ya no vuelve, se pierde. Se pierde porque se entrega el signo de una mirada que no puede verse. En este punto, el narcisismo se interrumpe o se fuerza a una escalada infinita en la que ya no puede decidirse entre la renuncia y la prometida reapropiación. Dar una fotografía puede ser un gesto grave: yo doy como si me diera yo mismo, como si entregara incluso mi narcisismo imposible, los ojos que no pueden verse, que ven y que ven que no pueden verse. Es como la erótica de la mirada, la mirada intercambiada: una escena erótica empieza siempre por un intercambio de miradas que se cruzan, y que se cruzan en el punto en el que cada una de las miradas no puede reapropiarse y, por tanto, se da, se entrega desarmada. Es un gesto que, en ciertas ocasiones, puede ser más expuesto, más oferente y más intenso que «hacer el amor». La mirada está desnuda y sin poder verse. Expuesta y sobreexpuesta, como la desnudez.


Aprender por fin a vivir: entrevista con Jean Birnbaum, Madrid, Amorrortu, 2006
Dar la muerte, Barcelona, Paidós, 2006
Sobre un tono apocalíptico adoptado recientemente en filosofía, México, Siglo Veintiuno, 2006
Canallas: dos ensayos sobre la razón, Madrid, Trotta, 2005
Cada vez única, el fin del mundo, Valencia, Pre-Textos, 2005
Acabados , Madrid, Trotta, 2004
Rodar las palabras, Madrid, Arena Libros, 2004 [con Safaa Fathy]
Papel máquina: la cinta de máquina de escribir y otras respuestas, Madrid, Trotta, 2003
El siglo y el perdón; Fe y saber, Buenos Aires, Ediciones de la Flor , 2003
Y mañana, qué. , México, Fondo de Cultura Económica, 2003 [con Elisabeth Roudinesco]
Schibboleth: para Paul Celan, Madrid, Arena Libros, 2002
La universidad sin condición, Madrid, Trotta, 2002
El monolingüismo del otro o la prótesis de origen, Buenos Aires, Manantial, 2002
Ulises gramófono; Dos palabras para Joyce, Buenos Aires, Tres Haces, 2002
¡Palabra!: instantáneas filosóficas, Madrid, Trotta, 2001
La tarjeta postal: de Sócrates a Freud y más allá, México, Siglo Veintiuno, 2001
La verdad en pintura , Buenos Aires, Paidós, 2001
La hospitalidad, Buenos Aires, Ediciones de la Flor , 2000
Introducción a «El origen de la geometría» de Husserl, Buenos Aires, Manantial, 2000
No escribo sin luz artificial, Valladolid, Cuatro Ediciones, 1999
Adiós a Emmanuel Lévinas: palabra de acogida , Madrid, Trotta, 1998
A porías: morir-esperarse (en) «los límites de la verdad» , Barcelona, Paidós, 1998
La desconstrucción en las fronteras de la filosofía: la retirada de la metáfora , Barcelona, Paidós, 1998
Espectros de Marx: el Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional , Madrid, Trotta, 1999
Políticas de la amistad, seguido de el oído de Heidegger, Madrid, Trotta, 1998
Cómo no hablar, y otros textos, Barcelona, Proyecto A, 1997
Espolones: los estilos de Nietzsche, Valencia, Pre-Textos, 1997
Fuerza de ley: el fundamento místico de la autoridad , Madrid, Tecnos, 1997
Historia de la mentira, prolegómenos, Buenos Aires, Oficina de Publicaciones de la Universidad, 1997
El tiempo de una tesis: deconstrucción e implicaciones conceptuales, Valladolid, Proyecto A, 1997
Resistencias del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1997
Cosmopolitas de todos los países, un esfuerzo más Valladolid, Cuatro Ediciones, 1996 Mal de archivo: una impresión freudiana, Madrid, Trotta, 1996
Dar (el) tiempo I: la moneda falsa , Barcelona, Paidós, 1995
El lenguaje y las instituciones filosóficas , Barcelona, Paidós, 1995
La voz y el fenómeno, Valencia, Pre-Textos, 1993
El otro cabo; La democracia, para otro día, Barcelona, Ediciones del Serbal, 1992
Teoría literaria y deconstrucción, Madrid, Arco Libros, 1990
La escritura y la diferencia, Barcelona, Anthropos, 1989
Del espíritu (Heidegger y la pregunta), Valencia, Pre-Textos, 1989
Márgenes de la filosofía , Madrid, Cátedra, 1989
Memorias para Paul de Man, Barcelona: Gedisa, 1989
De la gramatología , México, Siglo Veintiuno, 1984
La filosofía como institución, Barcelona, Granica, 1984
Doce lecciones de filosofía, Barcelona, Granica, 1983 [et al.]
Posiciones , Valencia, Pre-Textos, 1976
La diseminación, Madrid, Fundamentos, 1975
El pensamiento de Antonin Artaud, Buenos Aires, Calden, 1975 [con Julia Kristeva]
Dos ensayos, Barcelona, Anagrama, 1972

viernes, 27 de abril de 2012

"UN CONOCIMIENTO POR MONTAJE". entrevista a Georges Didi-Huberman por Pedro Romero

Cuando la imagen toca lo real. Bajo este emblema me emplazan en Madrid a entrevistar a Georges Didi-Huberman. Es una conversación que estaba destinada a tener lugar. Hace algunos meses, Georges me anunció que vendría a Sevilla durante la Semana Santa, a ver imágenes, claro. Son ya algunos años de amistad, flamencos de por medio, los que van dando continuidad a conversaciones como ésta. Finalmente, aplazó su viaje a Sevilla y su deseo de ver las imágenes por la calle. Estamos en Madrid, en el último piso del Círculo de Bellas Artes y el paisaje visual –el cielo de Madrid de día parece contradecir el imaginario acuñado en décadas pasadas: estructuras de anuncios luminosos ahora apagados y envaradas diosas clásicas sin hijos– es otro, más reprimido, más protestante si cabe. Nuestra última conversación dejó en el aire la palabra «mosaico», en su doble acepción. Por un lado, lo monolítico, lo compacto, el orden y la ley. Por el otro lo fragmentario, lo troceado, las miles de teselas que conforman, aquí y allá, por ejemplo, nuestra conversación.


Planteas una apertura en dos polos: por un lado hablas de Roland Barthes y su defensa de la importancia de la imagen y de la fotografía como algo que presenta lo real, que da testimonio directo de ello, y, por otro lado, hablas del descrédito de la fotografía en el espectáculo, de la sospecha que levantan Guy Debord –de forma terrorífica– y Jean Baudrillard –en clave más retórica–. Son dos posiciones antagónicas, y me gustaría saber si tu propuesta de lectura de la imagen busca acercar posturas, hallar un lugar intermedio de consenso o si, por el contrario, pretendes trabajar manteniendo a la vez las dos aseveraciones, paradójicamente, con la contradicción de acreditar ambos discursos.

En efecto, el curso comienza a partir de una situación polémica que, en mi opinión, no se resume en la oposición Barthes versus Baudrillard, sino que está ya en el propio Barthes, donde conviven una especie de ontología de la fotografía –la fotografía sería el lugar donde se capta, bajo la forma de un fantasma, la verdad del ser– y una retórica. Diría que esta doble posición, a la vez crítica –cuando se afirma que hay ahí una retórica, se está siendo crítico– y de confianza –pues confianza es lo que implica una ontología de la imagen–, estaba ya, por lo demás, en Walter Benjamin. Por mucho que, en un artículo sobre la fotografía, haya dicho que el aura está decayendo y que él ya no la busca, lo cierto es que la sigue buscando, que persigue lo que él llama el salto de la autenticidad, el Ursprung, es decir, el origen. Ahora bien, esto no quiere decir que en Benjamin haya una ontología de la imagen, lo que quiere decir es que mantiene una cierta confianza en la relación entre la imagen y lo real.
Pero, por supuesto, en Benjamin está también toda la crítica de la imagen tal y como es utilizada. Es posible que estos dos aspectos polémicos coexistan en todos los grandes comentadores de la imagen. En cambio, cuando alguien como Baudrillard llega hasta el extremo de rechazar tajantemente toda relación entre la imagen y lo real en nombre del simulacro, está yendo demasiado lejos. No comparto ese cinismo extremo que consiste en decir que, puesto que es una foto, es falso. El caso de Debord es más complicado, porque aunque critica esa confianza, no podría hacer su trabajo sin elaborar su propio atlas de imágenes; Debord utiliza la imagen, la desplaza.
Ahora bien, ¿quiere todo esto decir que yo intento buscar el consenso?, ¿alcanzar un término medio? No, no lo creo en absoluto. Pienso, simplemente, que hay que dialectizar las posiciones, lo cual no significa encontrar la calle de en medio, sino reconocer que hay imágenes repugnantes que hay que criticar violentamente, pero que no todas las imágenes son así. Y que, justamente –y esto es especialmente importante hoy, que hay tantas imágenes a nuestro alrededor–, se trata de buscar las que nos pueden ayudar a pensar. Por lo demás, se puede decir exactamente lo mismo de la palabra. Joseph Goebbels y Paul Celan utilizan las mismas palabras; sólo hay que saber distinguir un caso del otro.

Utilizas, a mi juicio de forma muy fructífera, el psicoanálisis de la imagen como una herramienta de análisis, en la que están presentes tanto Sigmund Freud como Jacques Lacan. Diría que en este último se da también esa ambivalencia, ese doble juego de lo que por un lado es retórica y por otro lado es terror: lo real es presentado como lo terrible, pero, ese mismo discurso es, en muchas ocasiones, criticado o rechazado como pura retórica. Esa misma sospecha sobre las imágenes y sobre las palabras de la que has hablado es también la sospecha sobre el psicoanálisis, sobre Freud o Lacan, la sospecha que despierta en la comunidad científica la filosofía que los tiene en cuenta. En este sentido, ¿hasta qué punto se puede utilizar toda esa retórica para extraer capacidad de verdad, la posibilidad de hablar del origen? ¿Hasta qué punto «lo peor» del discurso del psicoanálisis puede ser revertido en positivo como herramienta útil para leer la imagen?

Cuando la sospecha se transforma en puro rechazo, se convierte en paranoia. En la polémica sobre la imagen que he mantenido en Francia con ciertos teóricos lacanianos y neolacanianos, he creído siempre advertir un movimiento que va de la sospecha generalizada al rechazo ontológico, en una suerte de proceso paranoico. Siempre que la sospecha conduce al rechazo, es porque se le está pidiendo demasiado a la cosa de la que se sospecha. No se puede pedir demasiado al psicoanálisis como tampoco se puede pedir demasiado a la imagen; basta con los fragmentos, con los pequeños momentos. Se puede decir que la imagen es una herramienta para la manipulación, pero eso sólo es cierto si soñamos con un signo sin manipulación, algo que no existe. En cuanto a mi utilización del psicoanálisis –lo diré muy rápidamente– se trata de un uso crítico y no clínico. Uno de los conceptos más importantes en mi trabajo es el de «síntoma», pero eso no quiere decir que busque aquello que causa o produce dicho síntoma, no busco el «síntoma de» ni digo que la sociedad es más bien esquizofrénica o más bien histérica. Lo que busco en realidad, y en ello se basa mi utilización del psicoanálisis, son los propios síntomas. Tú me hablas de capacidad de verdad, y yo lo que digo es que esa capacidad de verdad hay que temporalizarla, hay que entender que sólo ocurre en momentos muy breves. Lo dice Benjamin: es un destello, un destello momentáneo, que dura sólo un instante. Y eso es lo que me interesa. Hace poco he acabado un texto sobre la imagen como mariposa. Si realmente quieres verle las alas a una mariposa primero tienes que matarla y luego ponerla en una vitrina. Una vez muerta, y sólo entonces, puedes contemplarla tranquilamente. Pero si quieres conservar la vida, que al fin y al cabo es lo más interesante, sólo veras las alas fugazmente, muy poco tiempo, un abrir y cerrar de ojos. Eso es la imagen. La imagen es una mariposa. Una imagen es algo que vive y que sólo nos muestra su capacidad de verdad en un destello.

Hay una consideración de Giorgio Agamben en torno a la imagen que me parece pertinente; afirmaba que Aby Warburg no trabajaba sobre las imágenes, sino sobre el gesto, y recriminaba muy duramente a toda la corriente iconológica –a Edgar Wind, a Erwin Panofsky o incluso a Ernst Gombrich– el haber falsificado, de alguna manera su trabajo al reducirlo a meros signos, indicios, iconos, cuando la propuesta de Warburg era de relaciones, era un trabajo de gestos, de momentos. Tu mariposa.

Creo que la oposición es, en efecto, entre la imagen como gesto –y esto es Warburg, una antropología de la imagen viviente– y una iconología empobrecida que sólo intenta ver signos en las imágenes, y no gestos. Por eso el «síntoma» es tan importante para mí, porque es un concepto semiótico –habla del significado–, pero es también corporal. Y esto es precisamente lo que es un gesto: un movimiento del cuerpo que está investido de cierta capacidad de significado o de expresión. Por lo tanto, lo que nos interesa es, en realidad, lo que ocurre entre el mundo de los signos y el mundo del cuerpo. Eso es una imagen. Cuando los iconógrafos se interesan únicamente por las imágenes como emblema de una idea, entramos de lleno en el reino del concepto, en un ámbito totalmente abstracto.

Me gustaría abundar en esta genealogía de tu trabajo, en la importancia de los archivos de imágenes y en la manera de recopilarlas del Atlas Mnémosyne, de Aby Warburg; de los Passagen-Werk, de Walter Benjamin y de la edición de los Documents, de Georges Bataille. ¿Cuál es la relación de tu trabajo, de tu proyecto de arqueología –hablamos de Michel Foucault, claro– con estos grandes atlas de imágenes?

Mi relación con Foucault es más que positiva, es fundamental; lo que sucede es que Foucault ha constituido archivos de discursos y, en el fondo, la tarea de constituir archivos de imágenes es más difícil. Los historiadores, por ejemplo, siempre dicen que les cuesta más clasificar imágenes que textos. Aunque sólo sea porque un texto, al menos, se puede clasificar alfabéticamente, mientras que para las imágenes no hay alfabeto, no hay un criterio dado que te permita saber cómo vas a clasificarlas. La cuestión del archivo es absolutamente fundamental porque es lo que determina la forma de la historicidad. No se puede hacer una verdadera historia de las imágenes siguiendo simplemente el modo de la crónica lineal, de la crónica cronológica, por la simple razón de que una sola imagen –al igual que un solo gesto–, reúne en sí misma varios tiempos heterogéneos. De manera que para historizar las imágenes hay que crear un archivo que no puede organizarse como un puro y simple relato, puesto que es algo fatalmente más complejo. Y en este sentido, es extremadamente interesante ver que en los años 1920-1930 –una época revolucionaria–, diversos historiadores o pensadores situaron el problema de la imagen en el centro de su pensamiento de la historia y concibieron atlas o sistemas de saber de un género completamente nuevo: Warburg, Benjamin, Bataille y un largo etcétera. Y que exactamente en el mismo momento surgía en el terreno artístico un verdadero pensamiento del montaje: Sergei Eisenstein, Lev Kulechov, Bertolt Brecht, los formalistas rusos. Me parece muy importante que en un momento en el que la historia de Europa está siendo sacudida completamente, haya pensadores y artistas que se replantean la historia en términos de estallido y reconstrucción, que es a lo que podemos llamar –así lo llamo yo– conocimiento por el montaje. Benjamin decía que una verdadera historia del arte no debe contar la historia de las imágenes, sino acceder al inconsciente de la vista, de la visión, algo que no puede lograrse a través del relato o la crónica, sino por medio del montaje interpretativo. Es lo que ocurre, por ejemplo, en un psicoanálisis: se hacen montajes interpretativos y en la reunión de dos cosas muy distintas surge una tercera que es el indicio de lo que buscamos.


Victor Sklovski dice que no importa saber qué son las imágenes sino cómo funcionan, y es evidente que, para poder montar imágenes, es necesario olvidarse de qué son, de qué significan exactamente, y hay que conocer, en cambio, cuáles son sus posibilidades, su funcionamiento. En este sentido, ¿hay en tu trabajo una voluntad de abandonar esa pregunta por la ontología, por el «qué es» de la imagen?

Por supuesto que sí. Cuando hablo de que «las imágenes pueden tocar lo real», quizás tendría que precisar que en esta idea hay una postura paradójicamente inversa a toda tentativa de ontología de la imagen. No creo que sea posible, ni interesante, hacer una ontología de la imagen; de hecho, creo que intentarlo fue el gran error de Barthes. Casi diría que es un falso problema. De forma que cuando alguien habla de La Imagen, así, con mayúsculas, como suelen hacer los filósofos, yo no entiendo de qué están hablando, y pregunto: pero, ¿de qué imagen hablas?, ¿cuál imagen?, ¿cuántas imágenes? Jean Luc Godard, por ejemplo, dice que no hay una imagen sino, por lo menos, dos y, en general, suele haber tres. Es decir, para hacer un montaje tiene que haber un choque entre dos imágenes y, generalmente, de este choque surge una tercera. Así pues, La Imagen no existe, no me interesa. En realidad, como dices –estamos completamente de acuerdo en esto– lo que hace falta para comprender una imagen es ver cómo trabaja en casos muy precisos. A mí la imagen sólo me interesa como herramienta de trabajo o de juego, que es lo mismo. Trabajo en el sentido de Freud. En francés al parto se le llama trabajo. Algo magnífico.
Volviendo un momento sobre Foucault y su relectura del archivo, curiosamente, después de haber revisado archivos marginales, después de haber dado la vuelta a los archivos punitivos, Foucault nos invita a sospechar del archivo mismo, a pensar que lo importante en el archivo es precisamente lo que falta. En esa misma línea, tú has insistido mucho en los huecos del archivo, en sus sombras. Sin embargo, ahora que el archivo está al orden del día, que es casi un lenguaje de moda, por ejemplo en el mundo del arte, se ha difundido una idea del archivo como obra total, que alcanza a registrar todas las experiencias, cuando la importancia de esos tres archivos de los que hablamos –Mnemosyne, Passagen-Werk, Documents– pasa precisamente por sus debilidades: son interesantes porque están llenos de agujeros. En definitiva, el interés por el archivo es paradójico, ya que parece que nos son más útiles los archivos que no son archivos, que son básicamente anarchirvos, antiarchivos…

Sí, es una cuestión muy interesante. Diría que la sospecha que suscita la imagen es la misma que suscita el documento y la misma que despierta el archivo. No es casualidad que la polémica que mantuve con Claude Lanzmann, el director de Shoah, fuera con una persona que ha leído a Foucault y que ha leído a Lacan. La cuestión es –intentaré ser preciso– que hay al menos dos autores –Michel Foucault y, todavía más precisamente, Michel De Certeau– que han hecho una crítica del archivo en tanto que aspiración a contener un cierto estado del mundo, tal como se pretendía en el Renacimiento. Y en su crítica nos advierten de que el archivo es algo construido y censurado, que está lleno de lagunas, que la clasificación es ya una interpretación y que, por tanto, induce ciertos efectos hermenéuticos. El archivo no es neutro ni tampoco es ingenuo, el archivo no es un estado edénico del documento. Ahora bien, lo que ha ocurrido es que el pensamiento postmoderno se ha dicho: bueno, si Foucault ha criticado el archivo –y lo de tomar una idea europea y absolutizarla es algo muy típico de las universidades norteamericanas–, eso quiere decir que la historia es ficción; y si Derrida ha dicho que la escritura filosófica o incluso la escritura de la historia están íntimamente ligadas a la literatura, eso quiere decir que la filosofía y la historia son ficción. Pero, claro, si esa sospecha se lleva tan lejos, termina siendo perfectamente posible e incluso legítimo decir, por ejemplo, que los campos de concentración no han existido. Así pues, me parece que esta crítica de la historia, esta relativización extrema que desemboca por la izquierda en Baudrillard y por la derecha en el negacionismo revisionista, es sumamente peligrosa. Es decir, creo que es fundamental recoger la crítica y la sospecha, pero no como rechazo: hay una gran diferencia entre criticar y rechazar. Creo, por tanto, que hay que mantener una relación con el archivo, hay que trabajar con él; no se puede ser ingenuo, pero tampoco se puede desdeñar la diferencia entre documentos y ficciones: hay que saber cuándo se trabaja con unos y cuándo con otras. En estos términos se desarrolla el debate que han mantenido, por ejemplo, Carlo Ginzburg, muy cercano a Warburg y en absoluto ingenuo, y Hayden White que decía que, puesto que en esas estamos, la historia misma, la disciplina histórica, no es ya más que una ficción. Ginzburg, que niega tajantemente que pueda equipararse historia y ficción, sostiene que la afirmación de que todo es relativo es la mejor manera de no posicionarse nunca, cuando en ciertos momentos es imprescindible tomar postura acerca de una realidad histórica. En definitiva, no se trata de decir si es cierto o es falso, sino de la necesidad de posicionarse acerca de lo real.

Sin embargo, ayer en tu conferencia hablaste de Morelli –el inspirador del método indicial de Carlo Ginzburg– como «policía», mientras que ahora has hablado del trabajo de Ginzburg como «política», y me viene a la cabeza el productivo distingo que hace Jacques Rancière entre policía (en un sentido neutro, no peyorativo) y política como dos polos de una tensión necesarios. Rancière es muy claro al respecto: cuando existe la policía no hay política. Pero, en cierto modo, parece haber una continuidad, en el sentido de que política y policía están anudados, de que la política no tiene objeto propio y aparece en un lugar previamente ocupado por la policía…

Bueno, ahora me veo obligado a hacer un movimiento un tanto sutil para indicar que, si en la pregunta anterior estoy de acuerdo con Ginzburg contra Hayden White, en la pregunta presente estoy en contra de Ginzburg en un punto muy concreto pero muy importante, que es su artículo sobre el paradigma indiciario, la huella, donde argumenta que hay una suerte de unidad del conocimiento por huellas que vincularía, por un lado, a Morelli o a Sherlock Holmes y, por otro lado, a Warburg y Freud. Ginzburg sostiene que es lo mismo, mientras que yo digo que no es igual en absoluto. A mi modo de ver, Morelli y Holmes son la policía mientras que Warburg y Freud son la política. ¿Por qué? Porque Morelli, como Holmes, busca en los detalles desapercibidos, en las pequeñas cosas, el nombre del culpable, y una vez obtenido el nombre, la investigación se acaba: termina el relato de Sherlock Holmes y termina el de Morelli cuando dice «esto no es Leonardo Da Vinci sino que es Boltraffio». Una vez alcanzado el nombre, la interpretación se detiene; pero la interpretación no es eso. Cuando haces un psicoanálisis, de repente dices «¡mamá!», y sí, sin duda «mamá» también es un nombre, pero, ¿se ha acabado con ello el psicoanálisis? No, justamente está empezando, el verdadero trabajo de interpretación comienza ahí. La función del detalle en una economía policial es únicamente la de dar una clave para llegar al nombre, y esto es lo que ocurre en todos los iconógrafos. Mientras que en el tipo de trabajo que yo defiendo, una vez que tienes esa clave, la utilizas para abrir una puerta que va a dar a otra puerta, que a su vez va a dar a otra, en una red interminable: Borges, arborescencia, árbol, ramas, tramas… es lo que Lacan llama la cadena significante. Son, pues, dos cosas totalmente distintas.

Es curioso, es la misma discrepancia que mantiene con Ginzburg desde las arbóreas selvas chiapanecas el Subcomandante Marcos, en una famosa charla vía e-mail… Pero no me gustaría ser injusto con Morelli, al que le tengo un especial aprecio: él mismo sospechaba de su método. Se puso un nombre ruso, Iván Lermolieff, para marcar una cierta distancia exótica; publicaba en alemán, la lengua dominante en el campo de las ciencias…

Sí, sí, es un personaje de novela. Es interesante que Ginzburg equipare a Giovanni Morelli con Sherlock Holmes, y ambos son ficciones, mientras que Warburg y Freud existen realmente…

Sí, pero a lo que yo iba es a que el propio Morelli sospecha de su método: tiene que cubrirlo con disfraces de prestigio de la época –la lengua alemana, un nombre ruso– para que se le tenga en cuenta y, después, pasa al olvido. Tiene algo de jugador que se da cuenta del peligro de hacer trampas en el juego, pero es con ese truco con el que tiene que ganarse la vida. Abandona la profesión y se dedica a la política. En definitiva, lo que me interesa señalar es que necesariamente hemos de sospechar de las herramientas con las que trabajamos, no podemos aceptar que sean presentadas como verdades absolutas…

Claro, claro. Por ejemplo, Warburg utiliza como herramienta la fotografía pero sabe muy bien que cuando fotografías, por ejemplo, un fresco de Miguel Ángel, pierdes el espacio, pierdes el color, pierdes mucho. Estoy absolutamente de acuerdo contigo en que hay que mantener siempre una actitud crítica –y prefiero la palabra crítica porque, en francés, la palabra «sospecha» me resulta demasiado paranoica– en torno a las herramientas que utilizamos. Precisamente, Sherlock Holmes jamás duda de su instrumento: su magnifiying glass, su lupa. Mientras que por el lado de Warburg, de Freud, de Lacan o de Edgar Allan Poe siempre hay una desconfianza. En La carta robada, frente a la magnifiying glass, el personaje se pone gafas oscuras: se trata de aceptar ver menos, de aceptar verlo todo gris, pero terminar encontrando lo que se busca, la verdad.

También debemos tener cuidado con las gafas, con las gafas negras o de otro tipo que usamos para protegernos de lo real, de las imágenes terribles de la guerra o del holocausto. Hay muchos artistas en España que, por ejemplo, trabajan sobre los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y, sin embargo, sobre el terror más cercano, sobre el terrorismo de ETA o sobre los atentados de Atocha, apenas hay trabajos a tener en cuenta…

Por supuesto, es mucho más fácil trabajar sobre el 11 de septiembre, porque es «bonito»: son las gafas con las que uno lo ve –televisión, vídeo, internet– las que lo hacen «bonito», demasiado bonito… En Francia ocurre lo mismo. Llevo tiempo buscando a un artista que haya trabajado sobre la guerra de Argelia, nuestra guerra terrible, olvidada, pero es inútil, no hay buenos trabajos sobre la guerra de Argelia. Y para saber es preciso imaginar, es nuestra obligación imaginar el infierno…

En Alemania sí que hay obras importantes de Gehrard Richter o de Peter Feldman sobre la banda Baader-Meinhof, mientras que entre nosotros el único artista capaz de abordar estos asuntos sigue siendo Goya: en una exposición sobre la violencia en el museo Artium de Vitoria, el director del museo, Javier González Durana, hizo un trabajo sencillo de bricoleur, poniendo imágenes de los grabados de Goya de los desastres de la guerra junto a fotos periodísticas sobre el terrorismo. Lo hizo como un juego, como unas notas a una exposición sobre la violencia, y fue lo único en toda la muestra que, sin evasiones ni retóricas, hablaba directamente de la violencia, del terror, del terrorismo en España. ¿Por qué es tan difícil cuando es cercano, cuando te apela directamente?

No lo sé, estoy de acuerdo en que es muy difícil, y, desde luego, ése es el trabajo que hay que hacer.


Bueno, sigamos de algún modo con Goya o, al menos, con Madrid: no podemos dejar pasar la ocasión de hablar de flamenco, esa música que tanto te embarga. Estamos, además, en una institución de lustre, ilustrada y, por tanto, anti-flamenca –siempre hay excepciones claro, recuerdo hace unos años haber estado aquí con Carmen Linares, José Ángel Valente y Mauricio Sotelo, todos juntos en el mismo escenario–, como suelen ser las instituciones ilustradas en las provincias del Imperio. ¡Ah!, la tradición orteguiana contra la quincalla meridional… Pues bien, Giorgio Agamben hablaba de la importancia que tenía para él la imagen en el flamenco, de la capacidad del flamenco de construir imagen, de fijarla para, inmediatamente, desplazarla, ponerla a andar; de la capacidad que tiene la imagen en el flamenco de deshacerse y volverse a hacer. Lo decía hablando del baile, de forma evidente –es lo que los propios flamencos llaman «hacer la estampa»–, pero también se refería a la música, a la utilización de los silencios como momentos en los que se detiene el sonido –un poco en el sentido que le daba Luigi Nono–, y se produce una intensidad que convierte la voz en un sonido puro pero que, a la vez, es como una imagen, una imagen de una gran densidad de significado…

Cuando vine por primera vez me ofrecieron la posibilidad de traducir uno de mis libros y, naturalmente, propuse La danseur des solitudes, un libro escrito a partir de Arena, el baile flamenco de Israel Galván, y que es un recorrido por la imagen en movimiento muy enraizado en la tradición: Juan de la Cruz, José Bergamín, Federico García Lorca… La respuesta no fue sobre el libro. Me dijeron: «No, de flamenco no». Así que tienes toda la razón, sigue habiendo sitios anti-flamencos. Pero la comparación me interesa: tenemos anti-flamenco = Bellas Artes. Y a mí lo que me interesa del flamenco es precisamente su posición anti-Bellas Artes, es decir, su manera alternativa de componer las relaciones entre las artes. Porque, ¿qué quiere decir Bellas Artes? El origen hay que buscarlo en la distinción anterior al Renacimiento entre artes mecánicas –las de la mano, el cuerpo, la pintura– y las artes liberales, es decir, las del intelecto –la teología, la geometría, la retórica…–, pero, sobre todo, en la «operación Bellas Artes», la operación del Renacimiento, que consistió en meter ahí la pintura. A mí lo que me interesa es que esas cuestiones académicas –porque, al fin y al cabo se trata de la Academia, pues así se crearon las Bellas Artes– no existen en el flamenco. El flamenco no tiene el rigor de la Academia, tiene el de la Peña, que es otra cosa…

Muy seria y rigurosa también, desde luego…

Por supuesto, con jerarquía y todo, pero para mí representa un modelo no occidental, no ilustrado, de funcionamiento de una producción de forma, de forma vocal, musical, de baile… Durante mucho tiempo mi afición al flamenco y mi trabajo intelectual estuvieron totalmente separados. Antes de viajar por primera vez a Sevilla, por ejemplo, no había leído ningún libro sobre flamenco, no me interesaba y jamás hablaba del flamenco a nivel intelectual. Y en un momento dado entendí. Estaba leyendo a Warburg y comprendí cómo mi experiencia del flamenco formaba parte, de alguna manera, de mi trabajo sobre la imagen. Durante algún tiempo, en Francia, mi posición intelectual estaba en un difícil equilibrio: los filósofos no me consideraban filósofo, los historiadores del arte no me consideraban historiador. Y ahora que parecía que por fin la cosa estaba más tranquila, la voy a complicar metiendo el flamenco de por medio. Para mí el flamenco es, precisamente, una manera de mostrar –en el contexto del arte contemporáneo, es decir, en las galerías, en el mercado, en los museos e instituciones– que hay funcionamientos distintos, otras maneras de hacer.

Incluso puede servirnos más íntimamente: tú mismo lo has apuntado al señalar a Warburg quien, en su viaje por Nuevo México, al ver el baile de los indios navajos, encuentra una herramienta clave para leer a Boticelli, a Piero de la Francesca o a Ghirlandaio. De alguna manera, tu profunda afición y tu extraordinario entendimiento del compás, del silencio, de la voz y de los demás elementos del flamenco se convierten en un instrumento poderosísimo a la hora de desplegar lecturas, de reconstruir un tejido, una trama de interpretaciones que tienen que ver con esa tensión de imagen, gesto…

Exacto, exacto, la cuestión del gesto y la cuestión del ritmo son muy importantes para mí.

GEORGES DIDI-HUBERMAN
Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2006
Venus rajada: desnudez, sueño, crueldad, Madrid, Losada, 2005
Lo que vemos, lo que nos mira, Buenos Aires, Manantial, 2004
Imágenes pese a todo: memoria visual del holocausto, Barcelona, Paidós, 2004
La distancia y la huella: para una antropología de la mirada, Cuenca, Diputación Provincial, 2001.

lunes, 16 de abril de 2012

"Anonimato Internet: usos, abusos y falacias" por Darío Yancán


Este texto lo escribí hace ya más de cinco años, lo mandé a algún foro o se publicó en algún sitio - y me parece que sigue siendo bastante válido hoy en día. He aprovechado para renovarlo un poco, aunque el panorama no ha cambiado mucho. Describe algunas situaciones relacionadas con el anonimato en Internet y la credibilidad o validez que debe darse a su uso -últimamente, más bien abuso- explicando algunas falacias típicas que le rodean.
Sobre el uso del anonimato en Internet
Casi todo el mundo sabe que lograr el anonimato total en Internet es prácticamente imposible: por todos lados quedan rastros de direcciones de e-mail, direcciones IP, teléfonos de llamada, etc.Pero lo cierto es que, considerando escenarios de perfil bajo, (suponiendo que no se hace nada «grave» usando ese anonimato, y que no se van a usar todos los medios legaes y técnicos existentes para perseguir a alguien) es relativamente fácil hacerse pasar por «anónimo».Algunos ejemplos: puedes publicar mensajes en muchos foros y weblogs como «invitado», o con nombres y e-mails falsos, porque no se comprueban. También puedes crear una cuenta de correo con datos falsos en cualquier servicio gratuito (como Hotmail o GMail), usar anonimizadores de correo e incluso de navegación web. Pero cuiado: en el artículo Anonymous Web Surfing? Uh-Uh de Wired se explican los potenciales problemas de usar estos sistemas, que tampoco son infalibles.Los argumentos tradicionales para hacerse pasar por anónimo en Internet (o en el MundoReal™) son bien conocidos. Dentro de lo que podría considerarse «lícito»: empleados que temen ser despedidos por sus jefes si se enteran que publican algo contrario a su opinión, envío de «filtraciones» a la prensa saltándose los conductos reglamentarios, o miedo a desvelar la identidad en ambientes que no son los habituales de una persona (por ejemplo, en grupos de auto-ayuda, de minorías, activistas sociales o cualquier otro tipo.)
Entre los usos considerables cuestionables, ilícitos o incluso ilegales, la lista es larga: envío de amenazas, insultos, chantajes, calumnias, mentiras dañinas y un largo etcétera (incluyendo «fastidiar a la competencia» y hacer el troll como deporte de moda).
Las falacias sobre el anonimato
Hay gente que usa el correo (o la publicación en foros) de forma anónima y que se indigna cuando se le pide que se identifique para dar más validez a sus opiniones. Sobre este hecho, que va más allá de lo puramente técnico del «cómo hacerse pasar por anónimo» hay bastante información en la Red. Dos artículos clásicos sobre el tema, bastant interesantes, son estos: The Anonymous Fallacy y P.S. to The Anonymous Fallacy.El autor argumenta por qué es una falacia informal (o forma impropia de razonamiento) usar frases como «No acepto tus argumentos porque no estás usando tu nombre verdadero». El primer artículo expone el caso y el segundo hace algunos comentarios adicionales.Estos artículos provocaron una respuesta: Response to the Anonymous Fallacy En donde se contra-argumentan los artículos anteriores.Sincramente, me quedo con el primero como ejemplo de razonamiento lógico que persigue un fin (es cierto que no es obligatorio que la persona esté indentificada para que diga algo razonable), pero sin duda prefiero el último como opinión realmente válida sobre el caso. Lo curioso es que es posible que hasta los dos artículos los haya escrito la misma persona (!)
El dato importante para mi es que, como se explica en Response to the Anonymous Fallacy, el uso del anonimato en muchas ocasiones está justificado, pero eso no mejora la comunicación. Si bien hay casos en los que el dato de la identidad de la persona no revela nada, en otros es parte del contexto de la comunicación, y muy relevante.Un ejemplo lo dejará claro. Si alguien publica un mensaje anónimo diciendo:
El Madrid ganó ayer al Barcelona por 2-1.
no hay ningún problema en aceptar este mensaje como una afirmación cierta, dado que es un hecho comprobable por todos. También lo sería «Estoy contento de que el Madrid ganara al Barcelona», porque es cierto que el autor puede estar contento con esa situación.En cambio, si el anónimo publicara:
El Madrid ganó ayer al Barcelona porque me consta que se pagó al árbitro para que expulsara a Ronaldinho y además los del Madrid cobraron un prima extra del Betis. Estaba en el hotel de la concentración y lo ví....
sí hay problema en aceptarlo como argumento, porque el autor del mensaje es parte del mensaje y la comunicación: afirma tener información, conocer cosas que otros no conocen, y haber estado en sitios - sin que se sepa realmente quién es ni se pueda comprobar. Si el autor firmara con nombres y apellidos, se podría investigar y comprobar si es cierto lo que dice, pero si no lo hace el dato no es más que mera especulación.Un razonamiento buscando la sencillez del ¿por qué? (método científico conocido como «la navaja de Occam») llevaría también a la explicación más simple: «ese tipo anónimo es un fanático del Barcelona, cabreado porque su equipo ha perdido - su único objetivo es desprestigiar al Madrid».En algunas ocasiones, es muy difícil saber hasta qué punto un anónimo es parte de la comunicación, pero tras una crítica anónima no es extraño que exista cierta cercanía que por alguna razón el anónimo no quiere reconocer. El problema es que sería importante conocer esa cercanía o involucración en el tema comentado para valorar objetivamente ese mensaje (la comunicación en sí).Un ejemplo típico alguien criticando, insultando o sembrando F.U.D. (miedo, duda e incertidumbre) sobre una empresa, un producto o una persona. Ese anónimo puede ser parte importante del contexto si es un empleado de una empresa competidora (y se sabe que hay empresas que pagan a gente por hacer exactamente eso). También podría ser un empleado descontento que persigue desprestigiar a su propia empresa por rencor o algo similar (tal vez su jefe no le subió el sueldo y ahora juega con información interna, pero sin explicar que trabaja en la empresa o el motivo de su rencor). En el terreno personal, alguien puede insultar a alguien por cualquier motivo, pero sin explicar que tal vez eran amigos y que el otro le quitó a la novia (y ahora le odia por eso) o cosas así. Un programador puede estar envidioso del trabajo de otro y criticarlo, sin reconocer que tal vez él estaba embarcado en un proyecto similar que no salió bien, o que trabajaron juntos como jefe-empleado, o que son rivales eternos porque uno prefiere el sistema operativo Y al Z, o algo parecido.Lo importante es darse cuenta de que si el contenido un mensaje anónimo variara sustancialmente si se conociera la identidad del emisor y sus circunstancias relacionadas con el mensaje, entonces el valor y contenido de mensaje está claramente siendo manipulado por el uso del anonimato - y eso no es algo bueno para la comunicación.
El autor de «Response to the Anonymous Fallacy» lo resume así: Conclusión: la idea de que todas las afirmaciones deben considerarse como válidas de por sí, sin que importe quién es el autor, tiene cierto sentido, especialmente cuando esto se hace como precaución para evitar males mayores. Sin embargo, eliminar el contexto de cualquier argumentación la puede hacer menos inteligible - y saber quién es el autor de una afirmación puede ser parte del contexto.
El principal obstáculo (que es consecuencia de este papel esencial del contexto) es del tipo práctico: sin el contexto, muchos mecanismos de selección que son esenciales para la eficiencia [de la comunicación] no funcionan.El ejemplo típico sería «Bueno, ahora entiendo por qué A lleva criticando varias semanas de esa forma a B, resulta que B fue su jefe y le despidió hace un año. Ahora encajan las piezas del puzzle. Le criticaría por cualquier cosa, aunque estuviera donando dinero a los pobres.»
Cuestión de reputación
Dicho esto, ¿cómo mantener el anonimato en Internet en estas situaciones? Es muy fácil: procurando que los mensajes contengan toda la información, haciendo que los receptores obtengan información indirecta del autor anónimo y generando un marco de confianza.Si la persona que envía el mensaje tiene una carrera intachable como autor de mensajes con «mucha señal y poco ruido», nadie puede suplantarle, es alguien que aporta cosas positivas a la comunidad Internet, nunca se le ha pillado en una mentira y sus afirmaciones se confirman de forma consistente de forma rutinaria día tras día, muchos verían los mensajes de ese anónimo con iguales (o mejores ojos) que los de cualquier otro comentarista: al menos conocen parte de su contexto, de sus ideas sobre ciertos temas, sus tendencias, sus opiniones anteriores, pero sin necesidad de conocer su nombre real.En cambio los mensajes anónimos de personajes «nuevos» que surgen de la nada, sin registro histórico, sin capacidad de generar confianza ni reputación, son sin duda mucho más cuestionables y poco respetables debido al anónimato. Hasta tal punto de que son pasto ideal para el borrado en foros y weblogs sin muchos miramientos. Muchos pueden ser considerados «ruido» porque son mensajes a los que les falta contexto. Eliminando el ruido aumenta la señal en la comunicación de cualquier sistema de discusión (foro, weblog, chat) y se evita la desinformación (información «malintencionada».)Si bien existen razones legítimas como se ha explicado al principio para el anonimato, esas situaciones suelen ser verdaderamente excepcionales, no algo habitual. Hoy en día el abuso del anonimato sin razones que lo justifiquen ha hecho de éste una herramienta ideal para «molestar sin dar la cara», insultar, amenazar. Cada vez cobra más importancia la reputación y el histórico de las personas (o personalidades) que publican en Internet, ya sea en foros, weblogs o cualquier otro lugar.Adicionalmente, como hacen los investigadores, basta a veces preguntrase por el interés final de la publicación de un mensaje anónimo. ¿A quién beneficia un mensaje Z publicado por un anónimo? ¿Por qué lo hace? ¿Por qué razón realmente lo está escribiendo como anónimo y no identificándose?Un poco de lógica aplicada a estas situaciones sacaría probablemente a la luz razones mucho menos complejas (de más bajeza y pobre valor humano) que las que realmente son aplicables a las precauciones que hacen legítimo el uso de los mensajes anónimos.Actualización: Algunas ideas adicionales sobre esto en Identidad de grupo, anonimato individual con algunos ejemplos y referencias a libros donde se habla de esto.