martes, 11 de septiembre de 2007

"Celda de hierros y neones" por Laura Alzubide


Los entornos y las experiencias modernos atraviesan todas las fronteras de la geografía y la etnia, de la clase y la nacionalidad, de la religión y la ideología: se puede decir que en este sentido la modernidad une a toda la humanidad. Pero es una unidad paradójica, la unidad de la desunión: nos arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, «todo lo sólido se desvanece en el aire».
MARSHALL BERMAN
Todo lo sólido se desvanece en el aire


La trasformación urbana es un fenómeno histórico relativamente reciente. Se produce durante el siglo XIX, un siglo que observa imperturbable el desarrollo de la técnica y el avance de las disciplinas científicas, pero no tanto los radicales cambios de su decorado físico.
La planificación de las ciudades había estado ausente hasta entonces. Durante el Renacimiento, la arquitectura estaba fundada bajo las leyes de la geometría y de la proporción. En la sociedad estamental, el énfasis recayó en la impresión de monumentalidad y poder de los palacios, las iglesias y los jardines. Sin embargo, la sociedad preindustrial cambiaba gradualmente bajo fuerzas demográficas y económicas que la desbordaban. La transformación era invisible para los contemporáneos, aunque produjo respuestas que modificaron el orden espacial y social de la ciudad. Y el hombre finisecular ya no transitaba por ella con la misma comodidad.
¿Cómo se había configurado la nueva ciudad, que es la ciudad por la que paseamos hoy? Más allá de las pretensiones urbanísticas se disimulaba una voluntad política, incluso imperial. En lugar de la idea de que la planificación urbana debe encauzarse dentro de los parámetros de orden y claridad (cuya base se encuentra en las ideas mecánicas de producción), la ciudad se concibe como un orden social de piezas dentro de una forma coherente completamente controlable. El ejemplo más significativo lo encontramos en el París de las décadas de 1850 y 1860: el barón Eugène Haussmann destruye las intrincadas callejuelas de la vieja ciudad y las sustituye por predecibles bulevares. De este modo, Napoleón III lograba garantizar el orden público, dificultando las revueltas populares tan frecuentes por aquel entonces.
El diseño urbano del siglo XIX había facilitado el movimiento individual, aunque no el colectivo. Se libera el espacio y así es más fácil controlar la agitación de las masas, pero, como afirma Sennett, con una pretensión diferente a la de los urbanistas en los que se inspiraba:
El diseño urbano del siglo XIX facilitó el movimiento de un gran número de individuos en la ciudad y dificultó el movimiento de grupos, los amenazadores grupos que aparecieron en la Revolución Francesa. Los planificadores urbanos del siglo XIX se basaron en sus predecesores ilustrados, que concibieron la ciudad como arterias y venas en movimiento, pero dieron un nuevo uso a estas imágenes. El urbanista de la Ilustración había imaginado individuos estimulados por el movimiento de la muchedumbre de la ciudad. El urbanista del siglo XIX imaginó individuos protegidos por el movimiento de la muchedumbre.2
Los bulevares permiten que el tráfico se extienda por la ciudad; se oxigena la marea humana, se derriban los barrios miserables y se da empleo a miles de trabajadores en las obras de la reforma. Comercios, mercados, puentes, alcantarillado, parques... son el atrezzo de este nuevo decorado. Ahora el individuo, protegido por el movimiento de la muchedumbre, se ve abocado a una realidad nueva. Una realidad que ya es un modelo por imitar en muchas otras ciudades y que se extiende como un patrón irrevocable alrededor el mundo.
El incremento de la población trae otras consecuencias: miles, millones de seres se ven obligados a convivir en un perímetro determinado. Ahora la aglomeración forma parte del paisaje, como los comercios, mercados y parques. Tres millones y medio de personas se amontonan en el Londres de Engels, donde «el hormigueo de las calles tiene algo de repugnante, algo en contra de lo cual se indigna la naturaleza humana». No obstante, lo que más llama la atención al paseante es que «la indiferencia brutal, el aislamiento insensible de cada uno en sus intereses privados, resaltan aún más repelente, hirientemente, cuanto que todos se aprietan en un pequeño espacio».3
Se pueden recorrer calles enteras sin llegar a su fin, pero el hormigueo de la gente, que antes había sido estimulante, produce una nueva sensación: la multitud está reprimida, está vacía de significado. Ha aparecido un nuevo ente social: la masa. Y el paseante no podrá permanecer indiferente ante ella.
Los nuevos individuos se sienten ajenos a los destinos de los demás. En realidad, esta indiferencia y deshumanización encubre la crisis de la antigua concepción del ser humano: la masa devora al hombre y lo destina a una soledad prácticamente definitiva, lo que resulta paradójico, pues es casi imposible permanecer fuera de la multitud.
La aparición de la masa ha traído otras consecuencias: la organización funcional de las avenidas, de los bulevares parisinos, ha desalojado al individuo en beneficio de la ciudad. Es una realidad que se trasciende a sí misma, el nuevo héroe de la modernidad. Desplaza al paseante, que solo es testigo de las transformaciones y convulsiones urbanas, porque
[…] la organización funcionalista, al privilegiar el progreso (el tiempo), hace olvidar su condición de posibilidad, el espacio mismo, que se vuelve lo impensado de una tecnología científica y política. Así funciona la Ciudad-concepto, lugar de transformaciones y de apropiaciones, objeto de intervenciones pero sujeto sin cesar enriquecido con nuevos atributos: es al mismo tiempo la maquinaria y el héroe de la modernidad.4
Ahora la ciudad puede ser no solo un escenario o un referente temático. Es la protagonista de ensayos, novelas, películas. Resume la experiencia del paseante, la experiencia de la modernidad. Y especialmente mediante el cine, que desde sus inicios muestra una evidente fascinación por el fenómeno urbano. Los tempranos documentos de Lumière, a finales del siglo XIX, anhelaban eternizar las escenas cotidianas en una ciudad que hervía: la llegada del tren a la estación, la salida de los obreros de la fábrica.
Además, la ciudad, como el cine, representa una realidad donde la percepción es el principio de todas las cosas. Donde el paseante, como el espectador, se ve abocado a una vorágine de percepciones a las que, en el fondo, está sometido.
* * *
Charles Baudelaire, en El pintor de la vida moderna, definía la modernidad como «lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno y lo inmutable».5 Cuando Baudelaire escribía esto, Haussmann ya había abierto sobre la capital histórica de París unas avenidas de longitud infinita que hacían visible la ciudad en todas sus partes, una trama sin secretos en la que no se podían ocultar asaltantes ni revolucionarios. Sin embargo, esta reforma entrañaba una contradicción: para el insignificante paseante se hacía imposible captar esa realidad por entero, que solo es perceptible por fragmentos a menudo imposibles de superponer. La suma de las partes no da el todo, y la experiencia efímera y contingente de la realidad es la única posibilidad que tiene el viandante para apresarla: la experiencia de la modernidad.
La metrópolis, productora de esta experiencia, exige que se revele su lenguaje secreto. Más allá de cualquier explicación histórica, arquitectónica o sociológica, como las que se han sugerido en los párrafos precedentes, el paseante se ofrece a su vorágine con la pretensión de entender lo que lo rodea. Algo desorientado debe de estar el individuo ante el frenesí urbano, ante lo efímero y lo contingente que caracterizan la modernidad. La cantidad de estímulos que se le ofrecen excede su capacidad de asimilar lo que observa a su alrededor, aunque algunos de los viandantes puedan apreciarlo en su justa medida, puesto que solo quien ha deambulado con oportuna insistencia por las calles de la ciudad puede adivinar el lenguaje invisible de esta.
Walter Benjamin, en su monumental La obra de los pasajes, escribía un apasionado homenaje a la vida urbana, un homenaje propio del paseante absorto en captar las impresiones urbanas. También tantea este tema en su ensayo sobre Baudelaire:6 en la vorágine del tráfico de la ciudad, el individuo está condicionado por una serie de shocks y colisiones. El «disparo» del fotógrafo, el teléfono moderno (con la experiencia táctil que conlleva), los anuncios del periódico, las señales luminosas, obligan a los transeúntes a dirigir su mirada para orientarse. La sintaxis de la ciudad, que el viandante debe saber interpretar, se rige bajo las leyes de la percepción.
Fascinado por la geometría implacable de las nuevas calles tras las reformas urbanísticas del siglo XIX (ya sea el París de Haussmann, sus imitaciones europeas o metrópolis americanas como Nueva York), el paseante recibe la colisión de un imaginario físico totalmente nuevo. Los iconos visuales son el cuerpo en el que se lee el alma de la ciudad, desalmada, avasalladora, engañosa. Porque, pese a que ante el geométrico orden de las calles no es posible dudar, el caminante cuestiona el misterioso destino al que se ve confinado, más allá de la par o impar numeración que se ofrece ante su mirada.
El hombre no se puede desprender de lo que lo envuelve. Y necesita leer, revelar la vorágine de percepciones que suscita la vida urbana. Su mirada anhela apresar (y entender) la celda de hierros y neones que es la ciudad moderna, pero es incapaz de orientarse en un mundo donde todo lo sólido se desvanece en el aire...
¿Es posible, ante la futilidad de este acto, descifrar la cadena de shocks y colisiones que aparecen y se esfuman ante sus ojos, luces de neón que titilan ante la mirada del viandante? La respuesta es equívoca, y los anuncios luminosos se oponen a la idea de que el lenguaje siempre debe ofrecer claridad: la refulgencia desaparece cuando el paseante, ahora poeta de la modernidad, intuye lo que hay detrás de los destellos y anhela borrar esta civilización mecánica y superficial para volver a algo más consistente y eterno (el alba, la literatura, las constelaciones). Algo perdido, se entrega al torbellino de impresiones como único y definitivo recurso. Como quien escucha una lengua que no domina. Así también lo entendía Saint-Preux, el protagonista de La nueva Eloísa (1761) de Rousseau (temprano precursor de la modernidad), cuando describía a su amada la vida metropolitana:
Estoy comenzando a sentir la embriaguez en que te sumerge esta vida agitada y tumultuosa. La multitud de objetos que pasan ante mis ojos, me causa vértigo. De todas las cosas que me impresionan, no hay ninguna que cautive mi corazón, aunque todas juntas perturben mis sentidos haciéndome olvidar quién soy y a quién pertenezco.7
La vida del urbansta es la vida del paseante, del flâneur baudeleriano. Más allá de lo místico, el itinerario urbano se convierte en una droga, una necesidad. Así se lee en el relato de Edgar Allan Poe «El hombre de la multitud» y en los poemas de Baudelaire. Poe observa imperturbable este fenómeno e identifica con cierto tono apocalíptico el destino del individuo: el hombre de la multitud no puede sobrevivir lejos de la masa, y la busca para recuperar ficticiamente su aniquilada identidad. Baudelaire da un paso más: la masa se sitúa como un velo ante el flâneur, borra toda pretensión de lo individual y se convierte en la droga del hombre moderno. De esta manera, el destino del flâneur es recibir una suerte de asilo en la celda de hierros y neones que es la ciudad.
La relación del flâneur con el entorno es escurridiza. Cada estímulo posee el sello de lo efímero, como las relaciones que se establecen. Y, así, la máxima aspiración del poeta es dedicar su amor a una paseante con la que cruza, de pronto, una breve aunque intensa mirada. Una mirada, en fin, fugitiva y contingente, pero en la que se atisba lo eterno y lo inmutable, la otra mitad del arte:


La calle atronadora aullaba en torno mío.
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de
/reina
una dama pasó, que con gesto fastuoso
recogía oscilantes, las vueltas de sus
/velos,
agilísima y noble, con dos piernas
/marmóreas.

De súbito bebí, con crispación de loco.
Y en su mirada lívida, centro de mil
/tornados,
el placer que aniquila, la miel paralizante.

Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza
cuya mirada me hizo, de un golpe,
/renacer.

¿Salvo en la eternidad, no he de verte
/jamás?

¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!
Que no sé a dónde huiste,
/ni sospechas mi ruta,

¡Tú a quien hubiese amado! ¡Oh tú, que lo
/supiste!8



El flâneur, fascinado por los estímulos que le son dados (la cadena de shocks y colisiones), se entrega a ellos. Debe «volverse como un paralítico», debe mirar constantemente sin ser interpelado ni advertido por aquellos a quienes observa.9 Como la obsesión del voyeur, la del paseante, la del flâneur, es desentrañar con una ansiedad casi enfermiza (de ahí la referencia inevitable a Baudelaire) el secreto de lo que mira, encontrar una lógica entre lo que ve y la Historia.
Pero, aunque el flâneur, si quiere ejercer como tal, debe volverse voyeur, la actividad del que observa tampoco es ajena a la del detective: esta es la actitud que se desprende del narrador de «El hombre de la multitud», de Edgar Allan Poe. El protagonista es un minucioso observador y debe percibir todos los detalles de la marea humana que se desborda ante sus ojos, hasta desentrañar la enigmática ambición del hombre de la multitud:
Al principio, mis observaciones tomaron un giro abstracto y general. Miraba a los viandantes en masa y pensaba en ellos desde el punto de vista de su relación colectiva. Pronto, sin embargo, pasé a los detalles, examinando con minucioso interés las innumerables variedades de figuras, vestimentas, apariencias, actitudes, rostros y expresiones.10
Tan elocuentemente descrita por la mirada del protagonista de Poe, sin lugar a dudas otro Arsenio Dupin, la lógica del detective llega más allá de la interpretación literal. Y así el lector avezado descubre una nueva cualidad en el flâneur. A la del voyeur, a la del detective, se le suma la función que debe ejercer el poeta: traducir, encontrar una lógica y un sentido entre los estímulos y la realidad circundante, pero también dotarla de una fascinación y una trascendencia en la que en un principio no cabía pensar. Aunque sea imaginada, porque no es posible desentrañar totalmente la lógica urbana.
No se podrá despojar la literatura del siglo XX de este personaje que atraviesa la obra del más ilustre poeta francés y llega a los albores de nuestro siglo. Hay algunos que permanecen indelebles en la memoria de los lectores, otros poetas de lo cotidiano: Leopold Bloom (Ulises [1922], de James Joyce), Franz Biberkopf (Berlin Alexanderplatz [1929], de Alfred Döblin) y la mayoría de personajes que desfilan en las novelas que se ubican en la ciudad. Aunque, en realidad, como advertirá el lector de los homenajes urbanos, estos personajes ceden galantemente el protagonismo al verdadero eje de estas obras: la ciudad misma, objeto, tema y héroe de la modernidad.
La ciudad es el protagonista absoluto de Manhattan Transfer (1925), de John Dos Passos. Utilizando algunos recursos del género cinematográfico, el narrador ofrece a modo de mosaico la vida de unos protagonistas que son anónimos integrantes de la cuadrícula urbana, meros títeres que sucumben ante los vapuleos de la vida en Nueva York. Aquí la metrópolis, como en la novela de Döblin, es un omnipresente devorador de esperanzas que se opone al optimismo urbano que en esos momentos despliegan las vanguardias. Un optimismo que la propia evolución tecnológica no tardará en convertir en algo perverso cuando las máquinas invadan no solo el espacio humano, sino también los atributos antes exclusivamente humanos.
* * *
Con el asomo de la modernidad, y la consecuente aparición de las vanguardias, el símbolo de la creatividad humana no es ya el arte o la filosofía, sino la ingeniería. En pocos años un referente pictórico como «Lluvia, niebla, velocidad» (1844), de Turner, cuya imagen funde naturaleza e industria, queda definitivamente desplazado por un edificio que se construye durante la Exposición Universal de Londres (1864): el Palacio de Cristal, la obsesión del hombre moderno que tan acertadamente señala Dostoievski en sus Memorias del subsuelo, una novela corta publicada precisamente en ese año. La imagen del Palacio de Cristal plasma gráficamente los mayores logros de la inteligencia humana, la perfección científica y tecnológica. La técnica ha acercado al hombre a lo divino, al génesis creador. Y la ciudad representa, con sus enormes palacios de cristal como iconos (la Torre Eiffel, el ahora desaparecido World Trade Center), el afán de trascendencia del hombre.
El símbolo del Palacio de Cristal se vuelve un ejemplo más certero y sintomático de lo urbano, mucho más que los versos acerca de los motores y la velocidad que exhibe el futurismo. El futurismo representa la elevación estética de lo que acompaña a lo urbano (la ciencia, la tecnología), pero de él no se extrae un tema que lo trascienda. Todavía existe cierto optimismo en lo que respecta a lo urbano. No es casual que la arquitectura moderna se erija sobre fundamentos tecnológicos, donde el edificio inteligente sería el sueño futurista hecho vivienda.
Esta elevación estética deriva en moral a medida que avanza la revolución tecnológica: parece que el sentimiento humano se está muriendo y que así las máquinas devienen en seres vivos. El edificio inteligente toma matices perversos porque en el mundo moderno, en el que ahora vivimos, las máquinas juegan un papel fundamental y son capaces de tomar decisiones que antes solo correspondían a los hombres. Y, lo que es más inquietante, también logran proporcionar placer.
En este sentido, J. G. Ballard, uno de los autores de ciencia-ficción más originales, escribió Crash (1973) como un homenaje a la perversión tecnológica. Esta novela, concebida en los años setenta, incide en la obsesión por los accidentes de automóvil. El tablero de mandos, el volante, el freno de mano, se convierten en fetiches, en un objeto de deseo sadomasoquista. Aquí el orgasmo únicamente es posible mediante el accidente, fusión de la carne y el automóvil en una herida mortal. Heridas que se erigen como «las claves de una nueva sexualidad, nacida de una tecnología perversa»,11 en un icono mucho más sórdido de lo que habían imaginado los vanguardistas.
La ciudad es cada vez más el escenario de las miserias y las perversiones humanas. Incluso un arte íntimamente ligado a ella, como el cine, esgrime esta crítica. De este modo, sea cual sea el escenario urbano, el resultado es una sensación de déjà vu de que vivimos en un mundo moribundo, a veces simbolizado por el humo que brota de las fábricas o de los automóviles, el anónimo estruendo que expande el frenesí callejero, la irremediable soledad de quien fluye entre la multitud.
La paradoja reside en que las grandes avenidas de Haussmann, que habían sido diseñadas para «limpiar» la ciudad, son hoy el símbolo de una degradación universal: la que evoca hoy cualquier paseo urbano.



NOTAS
1 Catalana radicada en Lima. Siguió estudios de literatura en su
ciudad natal.
2 Sennett, Richard. Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la
civilización occidental. Madrid: Alianza, 1997, p. 346.
3 Citado en Walter Benjamin, Iluminaciones II. Poesía y
capitalismo. Madrid: Taurus, 1999, pp. 73-74.
4 De Certeau, Michel. La invención de lo cotidiano. México:
Universidad Iberoamericana, 1996, p. 107.
5 Baudelaire, Charles. El pintor de la vida moderna. Bogotá: El
Áncora editores, 1995, p. 44
6 Benjamin, Walter. «Sobre algunos temas en Baudelaire». En
Iluminaciones II. Poesía y capitalismo, ob. cit., pp. 121-170.
7 Citado en Marshall Berman, Todo lo sólido se desvanece en el
aire. México: Siglo XXI, 1998, p. 4.
8 Baudelaire, Charles. «A una paseante». En Las flores del mal
(trad. de Antonio Martínez Sarrión). Madrid: Alianza, 2000, p.
138.
9 Sennett, Richard. El declive del hombre público. Barcelona:
Península, 1974, p. 265.
10 Poe, Edgar Allan. «El hombre de la multitud». En Cuentos/I.
Madrid: Alianza, 1975, p. 247.
11 Ballard, J. G. Crash. Buenos Aires: Minotauro, 1984, p. 22.

"El camino ancho y abierto" por Marshall Berman


Prólogo de Marshall Berman a All that is
Solids Melt into Air, Penguin Books, 1988,
que no fue incluido en la traducción castellana
editada por Siglo XXI.



En All that is Solids Melt into Air, defino el modernismo como el intento que realizan los hombres y mujeres modernos por convertirse a la vez en sujetos y objetos de la modernización, asumir el control del mundo moderno y hacer de él su hogar. Es una idea del modernismo más amplia e incluyente que la ofrecida por lo general en los textos académicos. Implica una manera amplia y abierta de comprender la cultura, muy diferente del enfoque conservador que fragmenta la actividad humana y coloca cada uno de estos fragmentos en una casilla separada, rotulándolos según el tiempo, el espacio, el lenguaje, el género y la disciplina académica correspondiente.

La perspectiva amplia y abierta es sólo una entre muchas posibles, pero tiene grandes ventajas. Nos permite ver todo tipo de actividades artísticas, intelectuales, religiosas y políticas como parte de un proceso dialéctico único, y desarrollar interrelaciones creativas entre ellas. Crea las condiciones para un diálogo entre el pasado, el presente y el futuro. Atraviesa el espacio físico y social: revela solidaridades entre los grandes artistas y la gente ordinaria, entre los residentes de lo que desmañadamente llamamos el Viejo, el Nuevo y el Tercer Mundo.

Une a las personas superando las fronteras de la etnia y la nacionalidad, el sexo, la clase y la raza. Amplía la visión que tenemos de nuestra propia experiencia. Nos muestra que nuestras vidas son más ricas de lo que imaginamos y comunica a nuestra cotidianidad una nueva resonancia y profundidad.

Ciertamente no es esta la única manera de interpretar la cultura moderna, como tampoco la cultura en general. No obstante, tiene sentido si deseamos que la cultura sea una fuente de alimento para la preservación de la vida y no un culto de la muerte.

Si consideramos el modernismo como la lucha por hacer de un mundo que cambia constantemente nuestro hogar, advertiremos que ninguna de las modalidades del modernismo puede ser definitiva, las construcciones y logros más creativos están condenados a convertirse en prisiones o en sepulcros blanqueados de los cuales nosotros o nuestros hijos nos veremos obligados a escapar, o a los que habremos de transformar para que la vida continúe. El personaje principal de Memorias del subsuelo de Dostoievski lo sugiere en el interminable diálogo que sostiene consigo mismo:

Ustedes, señores, ¿creen quizás que estoy loco? Permítanme defenderme.
Admito que el hombre es primordialmente un animal creativo, predestinado a luchar conscientemente por un ideal, y predestinado a la ingeniería, esto es, a construir eterna e incesantemente nuevos caminos, dondequiera que conduzcan (...) Al hombre le agrada crear caminos, esto está fuera de duda. Pero... ¿no será quizás... que instintivamente teme alcanzar su ideal y completar el edificio que construye? ¿Cómo saberlo? Quizás sólo le agrade contemplar el edificio a cierta distancia y no de cerca, quizás sólo le agrade construirlo y no desee habitaren él.


Cuando viajé al Brasil en agosto de 1987, en ocasión de una discusión en torno a este libro, experimenté dramáticamente el conflicto de los modernismos y de hecho participé en él. Mi primera escala fue Brasilia, la capital creada ex nihilo por un mandato del presidente Juscelino Kubilschek exactamente en el centro geográfico del país, a fines de la década de los años cincuenta y comienzos de los sesenta. Fue planeada y diseñada por Lucio Costa y Osear Niemeyer, discípulos izquierdistas de Le Corbusier. Desde el aire, Brasilia parecía una ciudad dinámica y excitante: en efecto, había sido construida a semejanza del jet desde el cual prácticamente todos los visitantes la observábamos por primera vez. A nivel de la tierra, sin embargo, donde la gente realmente vive y trabaja, [50] resultó ser una de las ciudades más lóbregas del mundo. No es este el lugar para hacer una descripción detallada del diseño de Brasilia; no obstante, la impresión general que produce —confirmada por todos los brasileros que conocí— es la de inmensos espacios vacíos en los que el individuo se siente perdido, tan solo como el hombre en la luna. Hay una ausencia deliberada de espacios públicos donde la gente pueda reunirse y conversar, o sencillamente mirarse unos a otros y pasar el rato. La gran tradición del urbanismo latinoamericano, donde la vida de la ciudad gira en torno a una plaza mayor, fue rechazada explícitamente.

El diseño de Brasilia se hallaba quizás en perfecta consonancia con la dictadura militar; una capital gobernada por generales que deseaban mantener la gente a distancia, aparte, subyugada. Sin embargo, como capital de una democracia es un escándalo. Si Brasilia ha de perseverar en la democracia, sostuve en discusiones públicas y en los medios de comunicación, precisa de un espacio público donde la gente pueda acudir de todas partes del país y reunirse con libertad, hablar unos con otros y dirigirse al gobierno —después de todo, siendo una democracia, se trata de su gobierno—, para discutir sus necesidades y deseos y expresar su voluntad.

Al poco tiempo, Niemeyer comenzó a responder. Después de algunos comentarios desobligantes acerca de mí, hizo una declaración de mayor interés: Brasilia era el símbolo de las aspiraciones y deseos de los brasileros; atacar su diseño era ofender al pueblo mismo. Uno de sus seguidores añadió que yo había revelado mi vacuidad interior al presumir de modernista mientras que atacaba una obra considerada como una de las encarnaciones supremas del modernismo.

Todo esto me hizo vacilar. Niemeyer tenía razón en una cosa: cuando Brasilia fue concebida y planeada, a fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, realmente encarnaba las esperanzas del pueblo brasilero y, más específicamente, su deseo de modernización. El abismo existente entre estas esperanzas y su realización pareciera ilustrar el argumento del hombre del subsuelo: para el hombre moderno, puede ser una aventura creativa construir un palacio y una pesadilla verse obligado a vivir en él.

El problema se torna especialmente agudo para un modernismo que excluye el cambio o le es hostil; o mejor, un modernismo que busca un gran cambio único y nada más. Niemeyer y Costa, siguiendo a Le Corbusier, creían que el arquitecto moderno debía utilizar la tecnología para encarnar materialmente ciertas formas ideales y eternas. Si era posible hacerlo para una ciudad entera, tal ciudad sería perfecta y completa; sus límites podrían extenderse, pero nunca se desarrollaría desde su interior. Al igual que el Palacio de Cristal, tal como es concebido en Memorias del subsuelo, la Brasilia de Costa y Niemeyer dejó a sus ciudadanos, y a los de todo el país, “sin nada que hacer”.

En 1964, poco después de inaugurada la nueva capital, la dictadura militar puso fin a la democracia brasilera. Durante los años de la dictadura, a la que se opuso Niemeyer, la gente se encontraba más preocupada por los atroces crímenes que se cometían que por los defectos que pudiera tener el diseño de la ciudad. Sin embargo, una vez recobrada la libertad a finales de la década de los años setenta y comienzos de los ochenta, resultó inevitable que muchos llegaran a resentir una capital que parecía diseñada para mantenerlos en silencio.

Niemeyer hubiera debido saber que una obra modernista que privaba a la gente de algunas de las modernas prerrogativas fundamentales —hablar, reunirse, discutir, comunicar sus necesidades— habría de suscitar necesariamente antagonismos. Con ocasión de mis intervenciones en Río, en Sao Paulo, Recife, descubrí que servía de conducto para expresar una difundida indignación en contra de aquella ciudad donde, como me lo manifestaron tantos brasileros, no había lugar para ellos.

Y sin embargo, ¿qué culpa le cabe a Niemeyer? Si algún otro arquitecto hubiese ganado el concurso para el diseño de la ciudad, ¿no es probable que hubiese construido un escenario tan enajenante como el actual? ¿No es cierto que los aspectos más desvirtuados de Brasilia surgen de un consenso mundial acordado entre urbanistas y diseñadores?

Fue sólo en las décadas de los años sesenta y setenta, cuando la generación que construyó proto–Brasilias en todo el mundo —y no en menor escala en las propias ciudades y suburbios de mi país—, tuvo la oportunidad de habitar en ellas cuando descubrió cuántas carencias tenía el mundo construido por los modernistas. Luego, al igual que el hombre del Palacio de Cristal, los miembros de esta generación y sus hijos comenzaron a protestar y a abuchear, llegando finalmente a crear un modernismo alternativo que afirmara la presencia y dignidad de todas las personas que habían sido excluidas.

El sentimiento que tuve de las deficiencias de Brasilia me condujo de nuevo a uno de los temas centrales de mi libro, un tema que consideraba de tal relevancia que no lo formulé con la claridad con que hubiera debido hacerlo: la importancia de la comunicación y el diálogo.

Pareciera que no habría nada específicamente moderno en estas actividades; se remontan a los comienzos de la civilización e incluso contribuyen a definirla. Sócrates y los Profetas las ensalzaban como valores humanos primordiales hace más de dos mil años. Creo, sin embargo, que el diálogo y la comunicación han adquirido un peso específico y una particular urgencia en nuestra época, pues la subjetividad y la interioridad se han enriquecido y desarrollado con mayor intensidad y, a la vez, se tornan más solitarias y aisladas que nunca.

En un contexto semejante, el diálogo y la comunicación se convierten en una necesidad desesperada y en una fuente primaria de deleite. En un mundo en el cual los significados se desvanecen en el aire, estas experiencias constituyen una de las pocas fuentes de sentido con las que podemos contar. Una de las pocas cosas que pueden hacer de la vida moderna algo digno de ser vivido es la mayor oportunidad que nos ofrece —y en ocasiones incluso nos impone— de hablar unos con otros, de abrirnos a los demás y comprenderlos. Debemos aprovechar al máximo estas posibilidades; deberían moldear la manera que tenemos de organizar nuestras ciudades y nuestras vidas*.

* Este tema sugiere conexiones con pensadores tales como Georg Simmel, Martin
Buber y Jürgen Habermas.

Muchos de los lectores se preguntan por qué no escribí acerca de todo tipo de personas, lugares, ideas y movimientos que parecieran adecuarse al proyecto general que presento igual o mejor que los temas que elegí. ¿Por qué no Proust, o Freud, Berlín o Shangai, Mishima o Sembene, el expresionismo abstracto de Nueva York o la Plástica Popular de Praga? La respuesta más sencilla es que deseaba ver publicado All that is Solid Melts into Air en el transcurso de mi vida. Esto significaba que debía decidir, en un momento dado, detener el libro más bien que terminarlo. Por lo demás, nunca fue mi intención escribir una enciclopedia de la modernidad. Esperaba más bien desarrollar una serie de concepciones y paradigmas que pudieran permitir a la gente explorar su propia experiencia e historia con mayor detalle y profundidad.

Deseaba escribir un libro abierto que permaneciera abierto, un libro al que los lectores pudieran añadir sus propios capítulos. Algunos lectores pueden pensar que despaché de prisa la enorme acumulación de teorías contemporáneas acerca del postmodernismo.

Este discurso se originó en Francia a finales de la década de los años setenta, promovido en gran parte por los desencantados rebeldes de 1968 que se hallaban en la órbita del post–estructuralismo: Roland Barthes, Michel Foucault, Jacques Derrida, Jean–François Lyotard, Jean Baudrillard y su legión de seguidores. En la década de los años ochenta, el postmodernismo se convirtió en la materia prima de todas las discusiones estéticas y literarias adelantadas en los Estados Unidos.

Puede decirse que los post–modernistas desarrollaron un paradigma
opuesto al que se presenta en este libro. He argumentado que la
vida, el arte y el pensamiento modernos tienen una capacidad perpetua de auto-crítica y de renovación. Los post-modernistas, por el contrario, sostienen que el horizonte de la modernidad está clausurado, sus energías agotadas —en síntesis, que el modernismo es passé. El pensamiento post–moderno desprecia todas las esperanzas colectivas de progreso social y moral, de libertad personal y bienestar público que nos fueron legadas por los modernistas de la Ilustración del siglo XVIII.

Tales esperanzas, afirman los post–modernistas, están en bancarrota. En el mejor de los casos, son vanas e inútiles fantasías; en el peor, maquinarias de dominación y de monstruoso sometimiento.

Presumen de haber denunciado las “grandes narrativas” de la cultura moderna, especialmente “la narrativa de la humanidad como heroína de la libertad”. La señal de la más sofisticada post–modernidad es “haber perdido incluso la nostalgia de la narrativa perdida”.

En su reciente libro. El discurso filosófico de la modernidad, Jürgen Habermas expone con incisivo detalle la debilidad del pensamiento post–moderno. El año próximo, me propongo escribir algo más desde esta perspectiva. Lo único que puedo hacer por ahora es reafirmar la visión general de la modernidad que presento en este libro. Los lectores se preguntarán quizás si el mundo de Goethe, Marx, Baudelaire, Dostoievski y otros, tal como lo he concebido, difiere radicalmente del nuestro. ¿Habremos superado realmente aquellos dilemas que surgen cuando “todo lo sólido se desvanece en el aire”, el sueño de una vida en la cual “el libre desarrollo de cada individuo es la condición para el libre desarrollo de todos”? No lo creo. Sin embargo, espero que con este libro los lectores dispongan ele mejores instrumentos para emitir sus propios juicios.

Hay un sentimiento moderno que lamento no haber explorado con mayor profundidad. Me refiero al difundido y a veces desesperado temor frente a la libertad que ofrece la época moderna a cada individuo, y el deseo de escapar a la libertad (como acertadamente lo expresó Erich Fromm en 1941), por todos los medios posibles. Dostoievski fue el primero en describir esta oscuridad típicamente moderna en la parábola del Gran Inquisidor ( Los hermanos Karamazov, 1881). “El hombre prefiere la paz”, dice el Inquisidor, “e incluso la muerte, a la libre elección en el conocimiento del bien y del mal. No hay nada más seductor para el hombre que su libertad de consciencia, pero nada le causa mayor sufrimiento”. Luego abandona el escenario de su novela, que ocurre en Sevilla en la época de la Contrarreforma, y se dirige a sus contemporáneos de fines del siglo XIX: “Ahora, por ejemplo, la gente está persuadida de ser más libre que antes, sin embargo, nos han traído su libertad y la han depositado con humildad a nuestros pies”.

La lúgubre sombra del Gran Inquisidor se extiende sobre la política del siglo XX. Un sinnúmero de movimientos demagógicos y de demagogos han obtenido el poder y la adoración de las masas por aliviar de la carga de la libertad a los pueblos que gobiernan. (El santo déspota que actualmente domina el Irán se asemeja incluso físicamente al Gran Inquisidor). Los regímenes fascistas de 1922–1945 pueden llegar a ser tan sólo el primer capítulo de la historia en desarrollo del autoritarismo radical. En efecto, varios de estos movimientos ensalzan la tecnología moderna, las comunicaciones y las técnicas de movilización de masas, y las utilizan para aplastar las libertades modernas. Algunos de ellos han obtenido un decidido apoyo de parte de los grandes modernistas: Ezra Pound, Heidegger, Céline. Las paradojas y peligros inherentes a todo esto son profundos y oscuros. Me hacen pensar que un modernista honesto debe contemplar durante largo tiempo y con mayor profundidad este abismo de lo que yo mismo lo he hecho hasta ahora.

A comienzos de 1981, experimenté esa sensación con gran intensidad. All that is Solid Melts into Air estaba en la imprenta y Ronald Reagan llegaba a la Casa Blanca. Una de las fuerzas más poderosas de la coalición que llevó a Reagan al poder fue el anhelo de eliminar toda huella de “humanismo secular” y convertir a los Estados Unidos en un Estado policivo y teocrático. La militancia en favor de tal tendencia, frenética (y pródigamente financiada), convenció a muchas personas, incluyendo a sus más apasionados opositores, de que era la ola del futuro.

Ahora, sin embargo, siete años más tarde, los fanáticos inquisidores de Reagan han sido decididamente rechazados en el Congreso, en las Cortes (inclusive en la “Corte de Reagan”), y en la corte de la opinión pública. Los norteamericanos pueden haberse engañado hasta el punto de votar por él, pero ciertamente no están dispuestos a poner sus libertades a los pies del Presidente.

No están dispuestos a abandonar el debido proceso judicial (aun cuando sea en nombre de la guerra contra el crimen); ni los derechos civiles (aun cuando teman a los negros y desconfíen de ellos); ni la libertad de expresión (aun cuando les desagrade la pornografía); ni el derecho a la privacidad y a la libertad de elección sexual (aun si censuran el aborto y tienen horror de los homosexuales). Incluso aquellos norteamericanos que se consideran profundamente religiosos han retrocedido ante una cruzada teocrática que los obligaría a vivir de rodillas. La resistencia ante la “agenda social” de Reagan, manifestada incluso por sus seguidores, evidencia la profundidad del compromiso de la gente ordinaria con la modernidad y con sus más profundos valores. Muestra también que la gente puede ser modernista sin haber escuchado jamás esa palabra en su vida.

En All that is Solid Melts into Air intenté abrir una perspectiva desde la cual todo tipo de movimiento cultural y político sea visto como parte de un proceso único: los hombres y mujeres modernos que afirman su dignidad en el presente, incluso en un presente desdichado y opresivo, y el derecho a controlar su futuro; que luchan por abrirse campo en el mundo moderno, por hallar un lugar donde se sientan a gusto. Desde este punto de vista, las luchas por la democracia adelantadas en todas partes del mundo contemporáneo son fundamentales para el sentido y poder del modernismo. Las masas de personas anónimas dispuestas a ofrendar su vida —desde Gdansk hasta Manila, desde Soweto hasta Seúl— están creando nuevas formas de expresión colectiva.

“Solidaridad” y “People Power” son avances tan asombrosos como La tierra baldía o Guernica. El libro está lejos de clausurar las “grandes narrativas” que presentan “a la humanidad como la heroína de la libertad”: nuevos personajes y actos aparecen a todo momento. El gran crítico Lionel Trilling acuñó una frase en 1968: “Modernismo en las calles”. Espero que los lectores de este libro recuerden que es en las calles, en nuestras calles, donde debe estar el modernismo. El camino abierto conduce a la plaza pública.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Entrevista a Slavoj Zizek: "La ideología funciona cuando es invisible" por Javier Ferreira



En el impronunciable nombre de Slavoj Zizek se encierran según muchos autores algunas de las claves para comprender los problemas más acuciantes de la actualidad. Si bien publicó gran cantidad de libros y artículos en su país de origen, es a partir de la edición en inglés de El sublime objeto de la ideología, en 1989, cuando se convirtió en una figura indispensable para los debates intelectuales, en especial en los círculos marxistas y psicoanalistas.

Zizek se apropia de Hegel, de Marx, del idealismo alemán y hace un uso provocador de los conceptos de Jacques Lacan para pensar las contradicciones de la actualidad. Profundamente preocupado por la política (fue candidato a presidente de Eslovenia), las paradojas de la democracia, por las formas de dominación y los efectos en el cuerpo social, la atracción de la obra Zizek se funda en la capacidad para ejemplificar los arduos y abstractos problemas de la filosofía y del psicoanálisis con ejemplos y anécdotas de la cultura popular, que van desde el policial negro, los clásicos del cine de Hollywood, una ópera, los comics o el sexo por Internet.

Famoso por sus largos discursos, tanto que lo han comparado con Fidel Castro por su prodigiosa capacidad para hablar horas y horas delante de azorados oyentes, Zizek estuvo en Argentina presentado por Josefina Ayerza y Eduardo Grüner en cuatro conferencias en la UBA, el MALBA y la Escuela de Orientación Lacaniana, en las que presentó algunas claves de su pensamiento. Al final de su estadía, accedió a hablar con La Voz del Interior y se expidió larga y amablemente sobre todos los temas consultados.

Javier Ferreyra: Llama la atención en algunos de sus últimos escritos la aparición de Lenin como una fuente para repensar problemas contemporáneos...

Slavoj Zizek: Es una pregunta un poco provocativa. Lo que me interesa particularmente en Lenin es que, frente a la gran crisis en la izquierda después de la Primera Guerra Mundial, fue capaz de ir a la teoría leyendo a Hegel y al mismo tiempo repensar toda la situación. Y me parece que eso es lo que tenemos que hacer ahora. La crisis de la izquierda es manifiesta, aunque proteste en los movimientos antiglobalización y haga ruido en las calles. La izquierda no representa en estos momentos una alternativa positiva. Además, creo que hay un grupo muy importante de la izquierda de la Europa occidental, intelectuales entre ellos, que verdaderamente no quiere cambiar las cosas, que en cierta manera disfrutan de una posición de crítica segura. Es decir, analizan la sociedad y describen comunidades alienadas y otros tópicos clásicos de la izquierda intelectual, pero no tienen una verdadera voluntad de intervenir políticamente. Y Lenin sí tenía esta voluntad.

J.F.: ¿En el sentido de reafirmar una voluntad democrática por medio de la crítica y de la práctica?

S. Z.: Creo que hoy en el mundo occidental la democracia es una especie de desgracia. Obviamente, no estoy en contra de la democracia, pero el problema es que debemos empezar a hacernos preguntas ingenuas, que son las que prefiero. Por ejemplo: ¿qué significa libertad?, ¿qué significa democracia? Porque estamos seguros de que vivimos en una democracia, pero ¿qué es lo que la gente realmente decide sobre eso? ¿Qué posibilidades de intervención tiene? Especialmente ahora, en esta época de globalización, nosotros realmente no decidimos sobre cuestiones cruciales. Muchas cosas importantes son impuestas por el FMI, por las multinacionales, por organismos de poder. Nadie, en ningún Estado, realmente decide sobre cuestiones trascendentes como éstas. Si la democracia significa que una mayoría de gente participa en los debates y decide sobre las cuestiones cruciales de las decisiones políticas, a través de las cuales una sociedad se desarrolla, entonces debemos llegar a la conclusión de que no tenemos democracia, de que no estamos viviendo en democracia.

J.F.: Su posición sobre la libertad es muy similar...

S. Z.: Es lo mismo con la libertad: usted es libre para elegir su orientación sexual, para elegir su ropa, etcétera, pero las posibilidades de decisión son muy limitadas. Veamos si no a Brasil actualmente, donde la nueva izquierda del presidente Lula estaba por realizar cambios radicales en las condiciones de vida de millones de personas, y hoy se encuentran con las estrictas presiones de instituciones financieras que le impiden realizarlos. Lo mismo en Argentina. Yo no soy un utópico que vive pensando en la revolución, pero sostengo que no estamos en condiciones de preguntarnos sobre estas preguntas fundamentales.

J.F.: En una época de cuestionamientos al psicoanálisis, usted rescata constantemente el pensamiento de Lacan. ¿Por qué?

S. Z.: Lacan es para mi básicamente un instrumento. Yo no soy psicoanalista, respeto mucho mi propia libertad, quiero ser libre de dar vueltas alrededor de un problema, y sería una pesadilla para mí estar obligado a psicoanalizar todo lo que me rodea. Pero a pesar de todo encuentro a la teoría y a los conceptos lacanianos extremadamente aplicables para analizar nuestra situación ideológica. Las cosas se han convertido hoy en una paradoja, porque por un lado hay una explosión de la permisividad, se puede ser homosexual, se puede ser promiscuo, a cada uno le está permitido hacer lo que quiere con la vida propia, dedicar la vida al placer que a cada uno se le ocurra. Pero el resultado no es el que se esperaría. La paradoja es: ¿cómo podrían la permisividad y la liberalización salir mal? ¿Por qué, mientras más liberalizados estamos, más y más nos sentimos bajo presión, mucho más que antes? El psicoanálisis lacaniano arroja una luz sobre éste y otros problemas. A diferencia de la influencia de Lacan en países latinos como Francia, Italia y la misma Argentina, en los que se lo usa para analizar temas más bien literarios y culturales, con mis amigos de Eslovenia lo usamos fundamentalmente para analizar y entender fenómenos políticos.

J.F.: Una noción de la que se ha ocupado últimamente es el tema de la virtualización de la realidad. ¿Qué significa esto?

S. Z.: Lo que trato de enfocar no es sólo el apasionante tópico de lo virtual y lo real. Lo que me interesa es lo que Gilles Deleuze llama "la realidad de lo virtual", en el sentido de que hay algo que en un sentido es virtual, es decir no es actual, y a pesar de todo tiene consecuencias reales, causas reales. Miremos la política actual, que funciona como el proverbial pecado de un matrimonio, en el que hay uno de ellos que es desdichado y sueña que algún día podrá abandonar a la mujer o al marido. Pero paradójicamente, mientras se sueña con esto, es algo que nunca se va a hacer, es sólo una posibilidad. La política de Occidente funciona de esta manera. Soñamos que podemos cambiar cosas, mejorarlas, pero es algo que nos sirve para protegernos y sobrevivir al hecho de que las cosas son así y no podemos cambiarlas. Entonces, a veces lo virtual funciona, posibilita aceptar las cosas tal como son. Esta paradoja me interesa de sobremanera. Es decir, no el tópico de moda sobre lo virtual, en el sentido de comunicación a través de e-mails, el sexo virtual, los cyber sex, este aspecto no me interesa demasiado. Es más la cuestión de la realidad de lo virtual. Por ejemplo la creencia: en uno de los casos de la vida cotidiana que a mi me gusta usar, un padre con un hijo pequeño "yo no creo en la Navidad, yo sólo pretendo hacerle creer esto a mi hijo". Y si se le pregunta al hijo, éste dirá que procura creer para no defraudar a su padre. En realidad, nadie cree realmente, pero la creencia funciona. Pienso que la gente hoy cree en la virtual verdad de otro. Paradojas como estas son centrales y muestran la manera en que la ideología funciona.

J.F.: ¿Cuál es el objetivo de la crítica a la ideología hoy?

S. Z.: La ideología opera hoy plenamente. Uno de los tópicos de moda desde la desintegración del socialismo, a fines de la década del ’80, es que la era de la ideología ha terminado, de que vivimos en una época postideológica, pragmática, en la que la economía es una cuestión de expertos, y desde ese momento no se cree más en las grandes ideologías. Creo que eso no es verdad. Los ’90 fueron los grandes años de la utopía liberal capitalista, eso que Francis Fukuyama conceptualizó con la fórmula de "el fin de la historia". Eso fue una ideología en la que la experiencia ideológica nunca se vive como ideológica en sí. Hay además un fuerte sentido simbólico en el 11 de septiembre, y es precisamente que marca el final de esta ingenua utopía liberal. Ahora sabemos que no hay tal fin de la historia, que no todo el mundo va a ingresar al canon de este mundo capitalista liberal y tolerante. Y a pesar de todo, la gente continúa sin aceptar que la ideología está aún operativa. Especialmente hoy las elecciones políticas están mediadas por la ideología, y son presentadas como elecciones debidas al sentido común o al conocimientos de expertos. Si se escucha a los economistas de hoy, pretenden hacernos creer que lo que ellos hacen es ciencia, como si la ciencia de la economía no tuviera nada que ver con la política sino con el movimiento de los mercados. Pero si esto se analiza de cerca, hay ciertas presuposiciones políticas, porque la economía nunca es simplemente pura economía. Y esto es de lo que debemos convencer a la gente: que la ideología funciona precisamente cuando es invisible, cuando uno no está atento.

J.F.:- ¿Por qué repite constantemente que "todo es política"?

S. Z.:- Concibo la noción de lo político en un sentido muy amplio. Algo que depende de un fundamento ideológico, de una elección, algo que no es simplemente la consecuencia de un instinto racional. En este sentido, sostengo que nuestras creencias privadas, en el modo en que nos comportamos sexualmente o en lo que sea, son políticas, porque es siempre el proceso de elecciones ideológicas y nunca es simplemente naturaleza. En este sentido diría que la cultura popular es eminentemente política, y me interesa justamente por eso. Si usted mira los grandes filmes de Hollywood, en un principio parecerían ser absolutamente apolíticos, pero en la trilogía Matrix está absolutamente claro que bajo la excusa de un entretenimiento se apunta a los más profundos temas políticos. Matrix es una especie de metáfora gigante de cómo estamos controlados por un anónimo poder. Estoy cada vez más interesando en la manera en que hasta el más ínfimo divertimento despliega un mensaje que es siempre utópico. El mensaje verdadero, por lo menos en cierta lectura marginal, es que sólo en condiciones de una inminente catástrofe se puede concebir una especie de nueva solidaridad, en la que todas las luchas son olvidadas y todos pugnan por ayudar al prójimo. El mensaje de todos estos filmes es muy perverso: nuestra sociedad está tan dispersa en la competencia que necesitamos una gran catástrofe para lograr imaginar una nueva forma de solidaridad y cooperación.

J.F.: Usted ha planteado cierto escepticismo frente a los estudios culturales, y prefiere oponer universalismo a multiculturalismo...

S. Z.: Por supuesto, estoy de acuerdo con las preocupaciones oficiales del multiculturalismo, estoy a favor de la tolerancia de toda cultura, de toda orientación sexual. Lo único que yo discuto es que, básicamente, esto no puede ser la coraza última de nuestra actividad política. En orden de plantear políticas multiculturales se debe encontrar un núcleo universal de normas y valores, como manera de respetarnos entre todos. No es que el universalismo sea opuesto al multiculturalismo, pienso que las prácticas exitosas de multiculturalismo presuponen un piso universal, es decir: ¿qué significa respetarnos entre todos? El otro punto, aún más importante, es que en el reconocimiento de las diferencias, en el punto máximo de la ética y de la política, el tema no es que debemos tolerarnos entre todos, sino que debemos oponernos, no físicamente por supuesto, sino con otra lógica. Eso que he definido como que "la verdadera medida del amor es que se puede agredir al otro". Este es mi punto de oposición con el clásico multiculturalismo de los ’90, que propone un respeto a la cultura del otro, sus bailes, su ropa, pero no en cosas trascendentes. Debemos reenfocar el problema sobre la opresión del poder económico y político, que es el verdadero terreno de las luchas.

J.F.: Toni Negri estuvo hace unas semanas en Buenos Aires, y sostuvo que Argentina fue una víctima del poder económico mundial. ¿Qué consideraciones le merece el poder destructivo del capitalismo en países como Argentina?

S. Z.: Yo en general estoy en desacuerdo con las posturas de Negri, pero en este nivel estoy totalmente de acuerdo. En desacuerdo, porque creo que no tiene razón cuando asegura que estamos asistiendo al declive del Estado-nación y entrando a una era de poder imperial global. Si se mira a los Estados Unidos, se percibe claramente que no se comporta como un imperio, sino que no es lo suficientemente imperial, que sigue realizando acciones guiadas por la lógica del Estado-nación. No creo que el capitalismo de hoy se esté moviendo en el sentido de constituir un poder imperial. El Estado, es cierto, se debilita día a día, pero en cuanto a los aparatos de seguridad para el control y la dominación, en este sentido se está volviendo cada vez más y más fuerte. En lo que estoy de acuerdo con Negri es cuando dice que lo que se hizo mal en Argentina no es una decisión de los argentinos. Al contrario, lo que se hizo mal en la Argentina en los años de Menem es justamente que se siguieron de cerca los predicados y exigencias del FMI. Pienso que el tema no es preguntarse lo que ustedes, los argentinos hicieron mal, sino qué es lo que estuvo mal en los círculos económicos extranjeros y el precio que ustedes están pagando. No es solamente su responsabilidad, porque más allá de las crisis históricas propias del país, todo este enigma sobre el que el mundo se pregunta, no es exclusiva culpa de ustedes. No deben hacer un autoanálisis y torturarse.

J.F.: Después del 11/09, parecen haber salido a la luz algunas secuelas del control sobre la vida...

S. Z.: Una cuestión importante es la que Giorgio Agamben analizó en Homo Sacer, en el sentido de que cada vez más y más gente está fuera del orden legal o jurídico. Los prisioneros afganos de Guantánamo son el mejor ejemplo: la vida no importa para nada. La lógica de los campos de concentración se está extendiendo cada vez más, y ya no sólo para prisioneros. La idea de sobrevivencia biológica de grupos empieza a parecer como parte de procesos políticos. Conectado con esto está el efecto de que nos estamos moviendo hacia un orden global en el que prima el estado de excepción como un orden normal de cosas. En esto soy relativamente pesimista. Hay cambios pequeños e imperceptibles en la política, pero tal vez por eso importantes, por ejemplo el hecho de que de pronto en Estados Unidos haya un debate público sobre el uso de la tortura. Hace 20 años esto era algo imposible de concebir, y es un signo ominoso de cómo los roles de la política, de la ética, de los valores van cambiando imperceptiblemente. Más que los grandes cambios, hay que observar los pequeños.

J.F.: Usted está cada vez más posicionado en una perspectiva fascinada con el cristianismo, en un mundo que ha perdido su sustancia...

S. Z.: Soy incondicionalmente ateo, pero lo que me interesa en el cristianismo es una cierta lógica de comunidad, la manera en que funciona una comunidad de creyentes. No es ni una comunidad de individuos ni una comunidad ética sustancial. Es una especie de comunidad totalmente distinta, emancipatoria, involucrada en una práctica de liberación. Lo que me interesa en la ética cristiana es la idea de una lógica del renacer a la fe, que significa que el cambio radical es posible, que no estamos predestinados por un poder oscuro que controla todo, que es posible empezar desde cero. Además, me interesa una idea que también se encuentra en el marxismo tardío: la de una fe universal que es accesible sólo desde una posición subjetiva. Y la cuestión de que el único terreno para ser devoto de Dios son las relaciones sociales, y ahí es donde se demuestra la verdadera creencia como concepción cristiana del amor. Esto está negado en muchas de las nuevas formas de espiritualidad contemporánea, esas formas egotísticas y new age de espiritualidad, del conocimiento interior, que son para mí un verdadero peligro.

J.F.: Sus escritos sobre la biogenética han desatado fuertes polémicas. ¿Qué quiere significar con las perspectivas radicales que abre la biogenética?

S. Z.: La gente reacciona contra esto por la simple cuestión de sentirse molesto o con miedo a nuestras nociones de libertad o dignidad, y entonces dicen que debemos limitarla. Esto es lo que dice la Iglesia, lo que dicen algunos círculos intelectuales europeos, como Jürgen Habermas. Pero pienso que nos debemos hacer preguntas más radicales. Los resultados de la investigación biogenética nos fuerzan a confrontar con preguntas fundamentales de nuestra condición humana: ¿somos libres?, ¿qué significa la libertad? Me gustaría conocer si somos libres, y la conclusión es que somos el resultado de algo determinado, no por nuestros genes, porque por supuesto este geneticismo primitivo es falso. Entonces mi idea es que la usual reacción contra la biogenética evita el verdadero problema, que es que debemos repensar muchas de las cuestiones relativas a la organización de nuestra vida ética. No es suficiente decir "no estoy de acuerdo" y no permitirlo, o controlarlo. Debemos preguntarnos preguntas más fundamentales y no actuar según esta actitud defensiva.




14 de diciembre de 2004

"AGONÍAS DEL CAPITALISMO" por Immanuel Wallerstein.


La traducción ha sido revisada y corregida por el propio profesor Wallerstein.


Nos encontramos en un triple aniversario: el XXV aniversario de la fundación en 1968 de la Kyoto Seika University; el XXV aniversario de la revolución mundial de 1968; el LII aniversario de la fecha exacta (al menos según el calendario de EE.UU.) del bombardeo de Pearl Harbor por la escuadra japonesa. Comenzaré por decir lo que, en mi opinión, representa cada uno de estos aniversarios(1).
La fundación de esta Universidad es un símbolo de uno de los desarrollos más importantes en la historia de nuestro sistema-mundo: la extraordinaria expansión cuantitativa de las estructuras universitarias durante los años 50 y 60(2). En cierto sentido, este período fue la culminación de la promesa ilustrada de progreso a través de la educación. En sí misma, era algo maravilloso, que hoy celebramos aquí. Pero, como tantas otras cosas maravillosas, tiene sus complicaciones y sus costes. Una de estas complicaciones consistió en que la expansión de la educación superior produjo un gran número de titulados que aspiraban a empleos e ingresos equivalentes a su status, pero surgieron algunas dificultades para que esa demanda pudiese ser satisfecha, al menos tan rápida y completamente como estaba formulada. En cuanto al coste, se trataba del gasto social necesario para sostener esta expansión de la educación superior, que era, además, solamente una parte del gasto total preciso para proporcionar bienestar a los estratos medios, en significativo crecimiento, del sistema-mundo. Este incrementado coste del bienestar social comenzaría a constituir una pesada carga sobre las Haciendas estatales, y en 1993 estamos discutiendo a lo largo y ancho del mundo la crisis fiscal de los estados.
Esto nos lleva al segundo aniversario, el de la revolución mundial de 1968, que en muchos países, aunque no en todos, comenzó en las universidades. Sin duda, una de las chispas que prendieron el fuego fue la súbita inquietud de estos futuros licenciados respecto a su perspectiva de empleo, aunque, evidentemente, este factor tan egoísta no fue el principal foco de la explosión revolucionaria. Debe verse, más bien, como un síntoma más del problema general, relacionado con el contenido real del conjunto de promesas propias del escenario ilustrado del progreso, promesas que, superficialmente, parecían haber sido realizadas en el período posterior a 1945.
Y así llegamos al tercer aniversario: el del ataque a Pearl Harbor, ataque que condujo a EE.UU. a declarar su participación formal en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en la práctica esa guerra no fue fundamentalmente una guerra entre Japón y Estados Unidos. Si me permiten decirlo, Japón era un actor de segunda fila en este drama mundial, y su ataque era un episodio menor dentro de una lucha de larga duración. Principalmente, la guerra enfrentaba a EE.UU. y Alemania, y, de hecho, podría hablarse de una guerra continuada desde 1914, una guerra de "los 30 años" entre los dos principales competidores por el puesto de sucesor de Gran Bretaña como poder hegemónico del sistema-mundo. Como sabemos, EE.UU. ganó esa guerra y conquistó la hegemonía, presidiendo, por consiguiente, el aparente triunfo universal de las promesas de la Ilustración.
En lo que sigue, organizaré mis comentarios en torno al conjunto de temas que hemos señalado por medio de estos aniversarios. Hablaré primero de la era de la esperanza y de la lucha por los ideales de la Ilustración, 1789-1945. Después, intentaré analizar la era 1945-89, en la que las esperanzas de la Ilustración se realizaron, aunque falsamente. En tercer lugar, llegaré a nuestra presente era, el "Período Negro" que comienza en 1989 y que durará, posiblemente, alrededor de medio siglo. Finalmente, hablaré de las opciones de que disponemos, ahora y en los próximos tiempos.

Las funciones del liberalismo
La primera gran expresión política de la Ilustración, con todas sus ambigüedades, fue evidentemente la Revolución Francesa, ella misma una de las grandes ambigüedades de nuestra época. La celebración en Francia de su bicentenario, en 1989, fue la ocasión para un intenso intento de dar una nueva interpretación de este gran acontecimiento, sustituyendo a la "interpretación social" hasta entonces dominante y ahora declarada caduca(3).
La Revolución Francesa fue el punto final de un largo proceso, no solamente en Francia sino también en la totalidad de la economía-mundo capitalista en tanto que sistema histórico; en 1789, una buena parte del globo había sido incorporada dentro de ese sistema histórico desde hacía tres siglos. Y durante estos tres siglos, muchas de sus instituciones clave habían sido establecidas y consolidadas: la división axial del trabajo, con una significativa transferencia de plusvalía desde las zonas periféricas a las zonas centrales; la primacía de aquellos que actuaban en defensa de los intereses de la incesante acumulación de capital; el sistema interestatal, compuesto por estados que se declaraban soberanos, aunque estaban constreñidos por el armazón y las "reglas" del sistema interestatal; y una polarización siempre en aumento, polarización que no era solamente económica sino también social y que se encontraba al borde de convertirse también en polarización demográfica.
Pero este sistema-mundo no disponía aún de una geocultura legitimadora, cuyas doctrinas básicas no fueron forjadas hasta el siglo XVIII (y a veces más tarde) por los teóricos de la Ilustración, sin que se institucionalizasen socialmente hasta la Revolución Francesa. Esta desencadenó el apoyo público -que en ocasiones llegó a ser un verdadero clamor- en favor de la aceptación de dos nuevas ideas universales: que el cambio político era algo normal, no excepcional; y que la soberanía residía en el "pueblo", no en un soberano. En 1815, Napoleón, heredero y protagonista universal de la Revolución Francesa, fue derrotado, produciéndose una presunta "Restauración" en Francia y dondequiera que los anciens régimes habían sido desplazados. Pero la Restauración no pudo anular realmente la amplia aceptación de estas ideas universales. Las tres grandes ideologías del siglo XIX -conservadurismo, liberalismo, socialismo- surgieron en estrecha relación con esta nueva situación, y suministraron el lenguaje para todos los sucesivos debates políticos dentro de la economía-mundo capitalista(4).
De estas tres ideologías, el liberalismo fue la que emergió triunfante, y podría pensarse que ya lo hizo con ocasión de la primera revolución mundial dentro de este sistema, la revolución de 1848(5). El liberalismo era la ideología más capacitada para dar a la economía-mundo capitalista una geocultura viable, capaz de legitimar a las otras instituciones tanto ante los ojos de los cuadros del sistema como, en un grado significativo, ante los ojos de la masa de las poblaciones, la llamada gente corriente.
Una vez que la gente pensó que el cambio político era normal y que, en principio, ellos mismos eran el soberano que decide el cambio político, cualquier cosa era posible. Y éste era precisamente el problema planteado a los poderosos y privilegiados en el sistema de la economía-mundo capitalista, cuyos temores inmediatos se centraban, hasta cierto punto, en el pequeño pero creciente grupo de los trabajadores industriales urbanos. Además, tal y como la Revolución Francesa había demostrado ampliamente, los trabajadores rurales no industriales también podrían ser bastante molestos o incluso temibles para los poderosos y los privilegiados. En consecuencia, el dilema político más acuciante que se planteaban las clases gobernantes durante la primera mitad del siglo XIX era el siguiente: ¿cómo podría evitarse que esas clases peligrosas se tomasen esas normas demasiado en serio e interfiriesen con el proceso de acumulación de capital, socavando las estructuras básicas del sistema?
Una respuesta obvia fue la represión, verdaderamente muy utilizada. Sin embargo, la revolución mundial de 1948 había enseñado que, en definitiva, la simple represión no era muy eficaz, pues provocaba a las clases peligrosas, agitando sus ánimos en vez de calmarlos. Así que las clases gobernantes se dan cuenta de que la represión, para ser efectiva, tiene que combinarse con concesiones. Por otra parte, los supuestos revolucionarios de la primera mitad del siglo XIX también aprendieron una lección: las sublevaciones espontáneas no eran muy eficaces, ya que eran derrotadas más o menos fácilmente. Las amenazas de insurrección popular tenían que combinarse con una consciente y duradera organización política, si se quería fomentar un cambio significativo.
El liberalismo se ofrece entonces como la inmediata solución para las dificultades políticas de la derecha y de la izquierda. A la derecha le propone que haga concesiones; a la izquierda, que constituya una organización política; a ambas, derecha e izquierda, les pide paciencia: a largo plazo, todos ganarán más siguiendo una via media. El liberalismo encarnaba el centrismo, y su canto de sirena era seductor. No obstante, el liberalismo no predicaba un centrismo pasivo, sino una estrategia activa. Los liberales depositaron su fe en una de las premisas clave de la Ilustración: que el pensamiento y la acción racionales eran el camino hacia la salvación, hacia el progreso. Los hombres (sólo en raras ocasiones se incluía a las mujeres) son, a la larga y por naturaleza, racionales.
De eso se deducía que "el cambio político normal" debería seguir el camino indicado por aquellos que fuesen más racionales, es decir, los más educados, los más cualificados, los más sabios. Estos hombres designarían cuáles eran los mejores caminos a seguir para el cambio político; estos hombres irían indicando las necesarias reformas a emprender y promulgar. El reformismo racional era el concepto organizador del liberalismo, lo que explica la apariencia errática de las posiciones de los liberales respecto a la relación entre individuo y Estado. Los liberales podían defender simultáneamente que el individuo no debía ser forzado por los dictados del Estado (colectivo) y que la acción estatal era necesaria para minimizar la injusticia contra los individuos. Podían ser, al mismo tiempo, favorables al laissez-faire y a las leyes fabriles, ya que la sustancia del liberalismo no era ni lo uno ni lo otro, sino más bien el progreso deliberado y mesurado hacia la buena sociedad, que podría obtenerse más fácilmente, y quizá únicamente, por la vía del reformismo racional.
Esta doctrina del reformismo racional demostró en la práctica su extraordinario atractivo. Parecía que daba respuesta a las necesidades de todos. Para los conservadores, podía ser el camino para amortiguar los instintos revolucionarios de las clases peligrosas. Algunos derechos de voto por aquí, un poco de beneficios del Estado de bienestar por allí, más otro tanto de unidad de las clases bajo una identidad nacionalista común: a finales del siglo XIX, todo esto daba por resultado una fórmula que apaciguaba a las clases trabajadoras a la vez que mantenía los elementos esenciales del sistema capitalista. Los poderosos y los privilegiados no perdían nada de fundamental importancia para ellos, y dormían más tranquilos por las noches (con menos revolucionarios en sus ventanas).
Por otra parte, aquellos que se inclinaban hacia posiciones radicales veían en el reformismo racional un útil término medio. Permitía la realización de algunos cambios fundamentales aquí y ahora, sin eliminar la esperanza y las expectativas de posteriores cambios aún más importantes; y, sobre todo, ofrecía a los hombres la posibilidad de lograr algunas cosas antes de que su vida terminase. Y estos hombres vivos dormían más tranquilos por la noche (con menos policías en sus ventanas).
No pretendo minimizar 150 años de continua lucha política, a veces violenta, frecuentemente apasionada, casi siempre cargada de importantes consecuencias. Trato, sin embargo, de situar esa lucha en una perspectiva adecuada. En última instancia, la lucha se mantenía dentro de las reglas establecidas por la ideología liberal. Y cuando surgía un grupo importante que rechazaba estas reglas -los fascistas-, ese grupo fue derrotado y eliminado; con dificultades, indudablemente, pero fue derrotado.
Hay otra cosa que debemos decir sobre el liberalismo. He dicho que el liberalismo no era fundamentalmente antiestatalista, ya que su prioridad real era el reformismo racional. Pero, aunque no antiestatalista, el liberalismo sí era fundamentalmente antidemocrático. El liberalismo fue siempre una doctrina aristocrática, que predicaba "el poder de los mejores". Ciertamente, el liberalismo no define a "los mejores" por su status de nacimiento, sino más bien por sus logros educativos. Los mejores no salen de la nobleza hereditaria, sino que proceden de los beneficiarios de la meritocracia. Pero los mejores siguen siendo un grupo más pequeño que la totalidad de la gente. Los liberales buscan el poder aristocrático de los mejores precisamente para evitar el poder de todo el pueblo, la democracia. La democracia era el objetivo de los radicales, no de los liberales; o, al menos, era el objetivo de quienes eran verdaderamente radicales, verdaderamente antisistémicos. El liberalismo se constituye como ideología precisamente para evitar que este grupo prevaleciera. Cuando los liberales hablaban con los conservadores que se resistían a las reformas liberales, siempre afirmaban que solamente el reformismo racional podría obstaculizar la llegada de la democracia, argumento que, en definitiva, sería bien recibido por los conservadores inteligentes.
Finalmente, quiero hacer notar una diferencia significativa entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En la segunda mitad del XIX, los protagonistas principales de las reivindicaciones de las clases peligrosas eran todavía las clases trabajadoras urbanas de Europa y América del Norte. La agenda liberal funcionaba muy bien frente a ellas. Se les ofreció el sufragio universal (masculino), el comienzo del Estado de bienestar y la identidad nacional. ¿Identidad nacional contra quién? Contra sus vecinos, ciertamente; pero de forma más importante y profunda, contra el mundo no blanco. Imperialismo y racismo forman parte del paquete ofrecido por los liberales a las clases trabajadoras de Europa y América del Norte, bajo el envoltorio del "reformismo racional".
Sin embargo, las clases peligrosas del mundo no europeo comienzan a agitarse políticamente, desde México a Afganistán, desde Egipto a China, desde Persia a la India. Cuando Japón derrota a Rusia en 1905, este hecho es visto en toda la zona como el comienzo del repliegue de la expansión europea. Para los liberales, que se encontraban principalmente en Europa y América del Norte, fue una fuerte advertencia de que el "normal cambio político" y la "soberanía" eran ya aspiraciones de los pueblos del mundo entero, y no solamente de las clases trabajadoras europeas.
A partir de ese momento, los liberales dirigen su atención hacia la extensión del concepto de reformismo racional a nivel del conjunto del sistema-mundo. Ese era el mensaje de Woodrow Wilson y de su insistencia en la "autodeterminación de las naciones", mensaje equivalente global al del sufragio universal. Este fue también el mensaje de Franklin Roosevelt y de las "cuatro libertades" proclamadas como objetivo de guerra durante la Segunda Guerra Mundial, recogido después por el presidente Truman en el Point Four, primer intento del proyecto post-1945 para el "desarrollo económico de los países subdesarrollados", una doctrina que fue el equivalente global del Estado de bienestar(6).
No obstante, los objetivos del liberalismo y de la democracia vuelven a entrar en conflicto. En el siglo XIX el proclamado universalismo del liberalismo se había hecho compatible con el racismo recurriendo a la "externalización" de los objetos de racismo (más allá de las fronteras de la "nación"), mientras que se "internalizaban" de hecho los beneficios de los ideales universales, constituyendo "la ciudadanía". La pregunta era si el liberalismo universal del siglo XX lograría contener a las clases peligrosas localizadas en lo que ha sido llamado el Tercer Mundo, o el Sur, tal y como el liberalismo nacional había contenido a sus propias clases peligrosas en Europa y América del Norte. Evidentemente, el problema residía en que a nivel mundial no era posible "externalizar" el racismo. Las contradicciones del liberalismo están produciendo su amargo fruto.
Triunfo y desastre
Sin embargo, eso estaba muy lejos de ser evidente en 1945. La victoria de los Aliados sobre el Eje parecía ser el triunfo del liberalismo universal, en alianza con la URSS, sobre la alternativa fascista. El hecho de que los dos últimos actos de la guerra fueran el lanzamiento de dos bombas atómicas por EE.UU. sobre la única potencia no blanca del Eje, Japón, fue poco discutido en EE.UU. o en Europa como expresión de alguna contradicción del liberalismo. La reacción, no hace falta decirlo, no fue la misma en Japón. Pero Japón había perdido la guerra, y su voz no se tomaba en serio en este asunto.
Estados Unidos se había convertido, con mucha diferencia, en la más importante fuerza económica dentro de la economía-mundo. Con la bomba atómica, era también la principal fuerza militar, a pesar de la dimensión de las fuerzas armadas soviéticas. En cinco años, fue capaz de organizar políticamente el sistema-mundo gracias a un cuádruple programa: i) un compromiso con la URSS, garantizando a ésta su control sobre una esquina del mundo a cambio de su compromiso a mantenerse en esa esquina (no retóricamente, pero sí en términos de política real); ii) un sistema de alianzas con Europa Occidental y Japón, al servicio tanto de los objetivos económicos, políticos y retóricos, como de los propiamente militares; iii) un modulado y moderado programa para la "descolonización" de los imperios coloniales; iv) un programa de integración interna dentro de los EE.UU., ampliando el ámbito de real "ciudadanía" y sellando ese programa con una ideología anticomunista unificadora.
Este programa funcionó, y funcionó notablemente bien, durante unos 25 años, precisamente hasta 1968. ¿Cómo evaluar esos extraordinarios años, 1945-68? ¿Fueron un período de progreso y de triunfo de valores liberales? la respuesta tiene que ser: ciertamente sí, pero también ciertamente no. El principal y más obvio indicador de "progreso" era de tipo material. La expansión económica de la economía-mundo era extraordinaria, la mayor en la historia del sistema capitalista. Y parecía afectar a todo el mundo, Oeste y Este, Norte y Sur. Claro está que el Norte se beneficiaba más que el Sur, y las distancias (absolutas y relativas) crecían en la mayoría de los casos(7). Sin embargo, ya que en muchos lugares había un crecimiento real y un alto nivel de empleo, la era mostraba un sonrosado color, reforzado por un gran crecimiento en los gastos destinados al bienestar, como ya he mencionado, y particularmente en las áreas de educación y salud.
En segundo lugar, de nuevo reinaba la paz en Europa. Paz en Europa, pero no Asia, donde dos largas y duras guerras tuvieron lugar, en Corea y en Indochina. Y tampoco hubo paz en otras muchas partes del mundo no europeo. No obstante, los conflictos en Corea y Vietnam no fueron iguales. El conflicto de Corea debería emparejarse más bien con el bloqueo de Berlín, con el que ocurrió casi en conjunción. Alemania y Corea fueron las dos grandes particiones de 1945: ambos países fueron repartidos entre las esferas militares y políticas de EE.UU. y de la URSS. En el espíritu de Yalta, las líneas de división debían mantenerse intactas, a pesar de los sentimientos nacionalistas (e ideológicos) de alemanes y coreanos.
En 1949-52, la firmeza de estas líneas divisorias fue sometida a un test. Después de grandes tensiones (y enormes pérdidas de vidas humanas en el caso de Corea), el resultado fue el mantenimiento, con pocas variaciones, del status quo fronterizo previo.
Así, realmente, el bloqueo de Berlín y la guerra de Corea concluyen el proceso de institucionalización de Yalta. El segundo resultado de estos dos conflictos fue una mayor integración social dentro de cada campo, institucionalizados ambos por el establecimiento de fuertes sistemas de alianzas: la OTAN y el Pacto de Defensa EE.UU.-Japón por un lado, el Pacto de Varsovia y los acuerdos chino-soviéticos por otro. Además, los dos conflictos sirvieron como un estímulo directo a una mayor expansión de la economía-mundo, atizada fuertemente por los gastos militares. La recuperación europea y el crecimiento japonés fueron los dos principales beneficiarios inmediatos de esta expansión.
La guerra de Vietnam fue de un tipo muy distinto a la de Corea. Ocupó el lugar emblemático en la lucha de los movimientos de liberación nacional en el mundo no europeo. Mientras que la guerra de Corea y el bloqueo de Berlín fueron parte del régimen mundial de Guerra Fría, la lucha vietnamita (como la argelina y otras muchas) fue una protesta contra las imposiciones y la estructura de este régimen. Fueron, en este sentido elemental e inmediato, el producto de movimientos antisistémicos. Eran luchas muy diferentes a las de Alemania y Corea, ya que en estas últimas ambos bandos nunca estaban en paz, sino solamente en tregua; para cada uno de los rivales la paz era solamente faute de mieux. Por el contrario, las guerras de liberación nacional son unilaterales. Ninguno de los movimientos de liberación nacional desea guerras con Europa o Estados Unidos; quieren que se les permita seguir su propio camino. Eran Europa y EE.UU. quienes no estaban dispuestos a dejarles hacerlo, hasta que, finalmente, ya no les quedaba otro remedio. Los movimientos de liberación nacional protestaban así contra los poderosos, pero lo hacían en nombre del cumplimiento del programa liberal de autodeterminación de las naciones y desarrollo económico de los países subdesarrollados.
Y esto nos conduce a la tercera gran realización de los extraordinarios años 1945-68: el triunfo a lo largo y ancho del mundo de las fuerzas antisistémicas. Solamente en apariencia resulta paradójico que el preciso momento del apogeo de la hegemonía de EE.UU. en el sistema-mundo y de la legitimación universal de la ideología liberal sea también el momento en el que llegan al poder todos aquellos movimientos cuyas estructuras y estrategias se formaron en el período 1848-1945 como movimientos antisistémicos. Cada una de las tres históricas variantes de la llamada Vieja Izquierda -comunistas, socialdemócratas y movimientos de liberación nacional- alcanza el poder estatal, aunque en diferentes zonas geográficas. Los partidos comunistas llegan al poder desde el Elba hasta el Yalu, cubriendo un tercio del mundo. Los movimientos de liberación nacional lo hacen en gran parte de Asia, Africa y el Caribe, y equivalentes suyos lo hacen en muchos países de América latina y de Oriente Medio. En cuanto a los movimientos socialdemócratas y similares, llegan al poder (rotando en él, al menos) en gran parte de Europa Occidental, América del Norte y Australia. Quizá Japón fue la única excepción significativa a este triunfo universal de la Vieja Izquierda.
¿Era esto paradójico? ¿El triunfo de las fuerzas populares era resultado del progreso social? ¿O se trataba más bien de una masiva cooptación de estas fuerzas populares? ¿Hay alguna manera de distinguir, intelectual y políticamente, estos dos enunciados? Esas son las preguntas que comenzaron a crear inquietud en los años sesenta. Si la expansión económica, con sus claros beneficios en cuanto a niveles de vida, la paz relativa en grandes zonas del planeta y el aparente triunfo de movimientos populares se presta a valoraciones positivas y optimistas sobre la evolución del mundo, una mirada más próxima a la situación real revela aspectos negativos aún mayores.
El régimen mundial de la Guerra Fría no produjo la expansión de la libertad humana, sino una gran represión interna dentro de todos los estados, justificada por la presunta gravedad de las tensiones geopolíticas, muy escenificadas por otra parte. El mundo comunista tuvo juicios y purgas, gulags y telones de acero. El Tercer Mundo tuvo regímenes de partido único y disidentes en la cárcel o en el exilio. Y el macartismo (con sus equivalentes en los demás países de la OCDE), aunque no tan abiertamente brutal, fue muy efectivo a la hora de imponer conformidades y destruir carreras cuando resulta necesario. En todos los lugares, el debate público era permitido solamente dentro de unos parámetros claramente delimitados.
Además, en términos materiales el régimen de la Guerra Fría trajo también una creciente desigualdad, internacional y nacionalmente. Y si bien los movimientos antisistémicos frecuentemente actuaban contra viejas desigualdades, lo cierto es que contribuyeron a la creación de otras nuevas. Las nomenklaturas de los regímenes comunistas tuvieron sus equivalentes en el Tercer Mundo y en los regímenes socialdemócratas en los países de la OCDE.
Era muy claro que estas desigualdades no estaban distribuidas de forma aleatoria, sino que estaban correlacionadas con grupos de status (codificados como raza, religión, etnicidad), y esa correlación se manifestaba tanto a nivel mundial como dentro de cada estado. Evidentemente, las desigualdades también estaban correlacionadas con el género y con los grupos de edad, así como con otras muchas características sociales. En resumen: eran muchos los grupos a los que se marginaba, y sumaban bastante más de la mitad de población mundial.
De esa forma, las viejas esperanzas de los años 1945-68, de las que se llegó a pensar erróneamente que habían sido realizadas, fueron el fundamento y dan cuenta de la revolución mundial de 1968. Esta revolución estuvo dirigida, ante todo, contra el sistema histórico en su conjunto: contra EE.UU. como poder hegemónico en este sistema, contra las estructuras económicas y militares que constituían los pilares del sistema. Pero la revolución se dirigía también, tanto o más, contra la Vieja Izquierda, contra los movimientos antisistémicos considerados como insuficientemente antisistémicos: contra la URSS, como cómplice de su ostensible enemigo ideológico, EE.UU.; contra los sindicatos y otras organizaciones obreras a las que se veía como estrechamente economicistas, defensoras esencialmente de intereses de específicos grupos de status.
Mientras tanto, los defensores de las estructuras existentes denunciaban lo que ellos consideraban como el antirracionalismo de los revolucionarios de 1968. Pero, de hecho, a la ideología liberal le salió el tiro por la culata. Tras haber insistido durante un siglo en que la función de las ciencias sociales era hacer avanzar las fronteras del análisis racional (como prerrequisito necesario para el reformismo racional), tuvo demasiado éxito en esa tarea. Como escribe Fredric Jameson:
"Gran parte de la teoría o de la filosofía contemporánea... ha supuesto una prodigiosa expansión de aquello a lo que consideramos como una conducta racional o dotada de sentido. Tengo la opinión de que ya quedan muy pocas cosas que puedan ser consideradas como "irracionales" en el viejo sentido de "incomprensibles", particularmente después de la difusión del psicoanálisis y de la gradual desaparición de la "otreidad" en un mundo empequeñecido y cubierto por los medios de comunicación... Pero cuestionarse si ese concepto de Razón enormemente expandido tiene algún valor normativo adicional... en una situación en la que su opuesto, lo irracional, se ha sumido en una virtual no existencia, es ya otra e interesante pregunta."(8)
Si prácticamente cualquier cosa se había hecho racional, ¿qué legitimidad especial tenían los paradigmas particulares de la ciencia social establecida? ¿qué mérito especial tenían los programas políticos de las élites dominantes? Y, por último, las más devastadoras de todas las preguntas: ¿qué capacidades podían ofrecer los especialistas que no las tuviesen también la gente corriente? ¿qué tienen los grupos dominantes que no tengan los grupos oprimidos? Los revolucionarios de 1968 encontraron este agujero lógico en la armadura defensiva de las ideologías liberales (y de las no tan diferentes variantes oficiales de la ideología marxista) y golpearon en la grieta abierta.
En tanto que movimiento político, la revolución mundial de 1968 no fue más que una llamarada. Ardió ferozmente y, en tres años, se extinguió. Sus rescoldos -bajo la forma de múltiples y competidoras sectas seudomaoistas- sobrevivieron otros cinco o diez años, pero a finales de los 70 todos esos grupos habían quedado reducidos a oscuras notas a pie de página. No obstante, el impacto geocultural de 1968 fue decisivo, ya que la revolución mundial de 1968 marcó el fin de una era, la era de la centralidad automática del liberalismo, no sólo en tanto que ideología mundial dominante sino también como poseedora del monopolio de la racionalidad y, por tanto, de la legitimidad científica. La revolución mundial de 1968 puso al liberalismo donde ya había estado en el período 1815-48, como una estrategia política más, competidora con otras muchas. En este sentido, tanto el conservadurismo como el radicalismo/socialismo fueron liberados del campo de fuerza magnético que les había dominado desde 1848 hasta 1968.
El proceso de degradación del liberalismo desde su papel como norma geocultural hasta su nuevo lugar como mero competidor en el mercado mundial de ideas se completó en las dos décadas que siguieron a 1968. El bienestar material del período 1945-68 desapareció durante la onda larga descendente (Kondratieff-B) que le siguió. No todo el mundo sufrió equitativamente. Los países del Tercer Mundo sufrieron antes y más. El aumento del precio del petróleo por la OPEP fue un primer modo de intentar limitar los daños. Una gran parte del excedente mundial era canalizada desde los estados productores de petróleo hacia los bancos de la OCDE. Los inmediatos beneficiarios se pueden clasificar en tres grupos: los estados productores de petróleo, que reciben así una nueva renta; los estados (del Tercer Mundo y del mundo comunista) que reciben préstamos de los bancos de la OCDE, lo que les permite equilibrar su balanza de pagos; los estados de la OCDE, que mantienen de esa forma sus exportaciones. Este primer intento colapsa en 1980 con la llamada crisis de la deuda. El segundo modo de intentar limitar los daños fue el keynesianismo militar de Reagan, que alimentó el boom especulativo de los años 80 en Estados Unidos, y que colapsó a finales de esa década, arrastrando a la URSS. El tercer intento se basó en la conversión del Japón, los dragones del Oriente asiático y algunos otros estados circundantes, en beneficiarios de las necesarias e inevitables reubicaciones productivas propias de un período Kondratieff-B. Durante los primeros años de los 90 se están evidenciando los límites de este esfuerzo.
El resultado neto de 25 años de lucha económica fue un desencanto a lo largo y ancho del mundo con las promesas del desarrollismo, piedra basal de las ofertas del liberalismo universal. Ciertamente, hasta ahora este sentimiento de desilusión no ha afectado al Este y al Sudeste asiático, pero esto puede ser simplemente una cuestión de tiempo. En otras partes, las consecuencias han sido enormes, y particularmente negativas para la Vieja Izquierda, empezando por los movimientos de liberación nacional, siguiendo por los partidos comunistas (lo que condujo al colapso de los regímenes comunistas del Este europeo en 1989) y terminando por los partidos socialdemócratas. Estos colapsos fueron celebrados por los liberales como un triunfo suyo, pero han sido más bien su cementerio, pues se han encontrado en la situación previa a 1848, ante una acuciante exigencia de democracia, una democracia que vaya más allá del limitado paquete de instituciones parlamentarias, sistemas multipartidistas y derechos civiles elementales; esta vez, se demanda una democracia real, con un genuino e igualitario reparto del poder. Esta última demanda ha sido históricamente la pesadilla del liberalismo, contra la que ofreció su paquete de limitados compromisos combinados con un optimismo seductor sobre el futuro. En la medida en que hoy ya no existe una difundida fe en el reformismo racional a través de la acción del Estado, el liberalismo ha perdido su principal defensa político-cultural contra las clases peligrosas.
El colapso de la legitimidad
De esa forma llegamos a la presente era, a la que considero como un Período Negro que se abre ante nosotros y cuyo comienzo podría fijarse simbólicamente en 1989 (la continuación de 1968)(9) y que podría durar entre 25 y 50 años.
Hasta aquí he puesto el énfasis sobre el escudo ideológico que las fuerzas dominantes construyeron contra las aspiraciones insistentemente avanzadas por las clases peligrosas desde 1789. He argumentado que ese escudo era precisamente la ideología liberal, que actuaba ya directamente, ya de forma más insidiosa por la vía de una variante edulcorada socialista/progresista que ha sustituido la esencia de las aspiraciones antisistémicas por un sucedáneo de limitado valor. Y, finalmente, he argumentado que este escudo ideológico había sido destruido en gran medida por la revolución mundial de 1968, cuyo acto final fue el colapso del comunismo en 1989.
¿Por qué este escudo ideológico colapsó tras 150 años de eficaz funcionamiento? La respuesta a esta pregunta no reside en una súbita iluminación por la que los oprimidos descubriesen la falsedad de las declaraciones ideológicas. Desde el principio ha sido bien conocido lo engañoso del liberalismo, y así ha sido denunciado con vigor durante los siglos XIX y XX. Sin embargo, los movimientos de tradición socialista no se han comportado de forma consistente con sus críticas teóricas al liberalismo. ¡Muy frecuentemente ha ocurrido todo lo contrario!
No es difícil encontrar la razón de esto. La base social de estos movimientos -que pretendían muchas veces hablar en nombre de la mayoría de la humanidad- era, de hecho, una pequeña parte de la población mundial, el segmento menos acomodado del sector "modernista" de la economía-mundo tal y como quedó estructurada entre 1750 y 1950. Este segmento incluía a las clases trabajadoras urbanas especializadas y semiespecializadas, a la intelectualidad de todo el mundo y a los grupos más educados y especializados de las áreas rurales en las que era más inmediatamente visible el funcionamiento de la economía-mundo capitalista, lo que sumaba un significativa número de personas pero estaba muy lejos de representar a la mayoría de la población mundial.
La Vieja Izquierda era un movimiento mundial apoyado por una minoría, una minoría poderosa, una minoría oprimida, pero en todo caso una minoría numérica de la población mundial. Y esta realidad demográfica limitaba sus reales opciones políticas. Bajo esas circunstancias, hizo lo único que podía hacer. Optó por convertirse en un aguijón para acelerar el programa liberal de reformismo racional, y eso lo hizo muy bien. Los beneficios que deparó a sus protagonistas fueron reales, aunque parciales. Pero, como proclamaban los revolucionarios de 1968, mucha gente quedó fuera de la ecuación. La Vieja Izquierda ha utilizado un lenguaje universalista, pero ha practicado políticas particularistas.
En 1968/69 estas anteojeras ideológicas falsamente universalistas fueron dejadas de lado por una razón: la realidad social subyacente había cambiado. La economía-mundo capitalista había seguido la lógica de la incesante acumulación de capital de forma tan persistente que se había aproximado a su ideal teórico, la mercantilización de todas las cosas. Esto se refleja en múltiples realidades sociológicas nuevas: la extensión de la mecanización de la producción; la eliminación de las restricciones espaciales para el intercambio de mercancías y de información; la desruralización del mundo; un ecosistema próximo al agotamiento; el alto de grado de monetarización del proceso de trabajo; y el consumismo, entendido como una mercantilización del consumo muy extendida(10).
Todos estos procesos son bien conocidos, y tema de continuas discusiones en los medios de comunicación internacionales. Pero consideremos lo que significan desde el punto de vista de la incesante acumulación de capital. Sobre todo, significan una enorme limitación de la tasa de acumulación, por razones esencialmente sociopolíticas, entre las que destacan tres factores centrales. El primero ha sido reconocido por los analistas desde hace mucho tiempo, pero sólo ahora está alcanzando su plena realización: la urbanización del mundo y el incremento de la educación y de los medios de comunicación han engendrado un grado de conciencia política universal que hacen más fácil la movilización política y dificultan la ocultación de las disparidades socioeconómicas y del papel que los gobiernos juegan en su mantenimiento. Tal conciencia política se refuerza con la deslegitimización de cualquier fuente irracional de autoridad. En resumen, más gente que nunca pide la igualación de retribuciones y se niega a aceptar una condición básica para la acumulación capitalista: la baja remuneración del trabajo. Esto se manifiesta en un significativo aumento mundial de los salarios "históricos" y en una grande y creciente demanda hacia los gobiernos para que se redistribuya el bienestar básico (en particular, en salud y educación) y se asegure un ingreso estable.
El segundo factor es el rápido crecimiento del coste que para los gobiernos tiene subsidiar los beneficios por medio de la construcción de infraestructuras y de la externalización de los gastos de las empresas. A eso se refieren los periodistas cuando hablan de crisis ecológica, crisis presupuestaria del sistema sanitario, crisis de financiación de la "gran" ciencia, etc. Los estados no pueden seguir aumentando los subsidios a las empresas privadas y, al mismo tiempo, aumentando las prestaciones para el bienestar de la ciudadanía. Una de las dos cosas debe ser sacrificada, al menos en una importante medida. Con una ciudadanía más consciente, estas luchas, esencialmente luchas de clases, prometen ser monumentales.
El tercer factor es resultado del carácter universal que hoy tiene la conciencia política. Tanto a nivel mundial como en cada Estado las disparidades distributivas tienen un carácter racial/étnico/religioso. Por lo tanto, el resultado combinado de la conciencia política y de la crisis fiscal de los estados podría ser una lucha masiva que tomaría incluso la forma de una guerra civil, tanto a nivel mundial como en cada estado.
La primera víctima de todas estas tensiones podría ser la legitimidad de las estructuras estatales y su capacidad para mantener el orden. La pérdida de esa capacidad implicaría nuevos gastos económicos y de seguridad, haciendo más agudas las tensiones, lo que a su vez repercutiría sobre las estructuras estatales debilitando más aún su legitimidad. No estoy hablando del futuro, sino del presente. Lo podemos ver en el tremendo aumento de la inseguridad, que se ha multiplicado varias veces durante los últimos diez o quince años, afectando al crimen, a la violencia aleatoria, a la imposibilidad de asegurar justicia en los tribunales, a la brutalidad de los cuerpos policiales. No afirmo que estos fenómenos sean nuevos o que necesariamente estén más extendidos que en el pasado, pero lo importante es que mucha gente los percibe como nuevos o agravados, y desde luego como más extendidos. El principal resultado de esa percepción es la deslegitimación de las estructuras estatales.
Este tipo de desorden creciente y autoreforzante no puede durar siempre, pero sí puede durar entre 25 y 50 años. Entonces, o bien este desorden se convierte en una forma de caos dentro del sistema, provocado por el agotamiento de las válvulas de escape del sistema, o bien empuja por otro camino dado que las contradicciones del sistema han llegado a un punto en el que ya no sirve durante mucho tiempo ninguno de los mecanismos de restauración del funcionamiento normal del sistema.
Nuevos frentes de lucha
Pero del caos surgirá un nuevo orden, lo que nos conduce hasta nuestro último tema: las opciones que se nos presentan, hoy y en el próximo futuro. El que estemos en un tiempo de caos no significa que en los próximos 25-50 años no vayamos a ver funcionar los principales procesos básicos de la economía-mundo capitalista. Personas y empresas seguirán tratando de acumular capital por los medios habituales. Los capitalistas buscarán el apoyo de las estructuras estatales, como lo han hecho en el pasado. Los estados concurrirán con otros estados para tratar de convertirse en el principal centro de acumulación de capital. La economía-mundo capitalista podrá entrar, probablemente, en una nueva fase de expansión, mercantilizando aún más los procesos económicos en el mundo entero y polarizando más aún la distribución efectiva de la riqueza.
Lo que podría ser diferente en los próximos 25-50 años no son tanto las operaciones del mercado mundial como las operaciones del mundo político y las estructuras culturales. Básicamente, los estados perderían paulatinamente su legitimación y, por tanto, encontrarían cada vez más difícil el garantizar un mínimo de seguridad, tanto internamente como en las relaciones entre ellos. Sobre la escena geocultural, podría no haber ningún discurso dominante, y las propias formas de debate cultural podrían ser sometidas a debate. Podría no existir acuerdo sobre lo que debe considerarse como un comportamiento racional o aceptable. Ahora bien, toda esa confusión no implica necesariamente la ausencia de un comportamiento intencional, propositivo. Verdaderamente, podría haber muchos grupos persiguiendo claros y limitados objetivos, aunque en muchos casos entrarían unos con otros en agudos conflictos. Podría haber unos cuantos grupos con una idea a largo plazo de cómo construir un orden social alternativo, aunque su claridad subjetiva podría adecuarse muy poco a cualquier probabilidad objetiva de que estos conceptos constituyan una guía heurística útil para la acción. En resumen: cada cual actuaría un tanto a ciegas, incluso sin pensar que está actuando.
Con todo, estamos condenados a actuar. Por tanto, nuestra primera necesidad es tener claro qué es lo deficiente en nuestro moderno sistema-mundo, qué es lo que provoca que un porcentaje muy alto de la población mundial se encuentre encolerizada con él o que, al menos, mantenga un juicio ambivalente respecto a sus méritos sociales. A mí me parece muy claro que las mayores quejas se dirijen contra las grandes desigualdades del sistema, que implican también una ausencia de democracia. Sin duda, esto podría decirse también de todos los anteriores sistemas históricos. Pero lo nuevo bajo el capitalismo es que su gran éxito como creador de producción material elimina toda justificación para las desigualdades, ya sean materiales, políticas y sociales. Estas desigualdades parecen ser peores porque no se limitan a privilegiar a un minúsculo grupo frente al resto de la humanidad, sino que distinguen a un quinto o un séptimo de la población mundial frente a todos los demás. Los sentimientos de quienes han sido marginados se han visto exacerbados por el incremento de la riqueza material total y por el hecho de que el bienestar no se limite a un pequeño puñado de personas pero al mismo tiempo tampoco alcance a la mayoría de la población.
No contribuiremos en nada a una resolución aceptable de este caos terminal de nuestro sistema-mundo a menos que dejemos muy claro que solamente un sistema histórico relativamente igualitario y totalmente democrático es deseable. En concreto, debemos movernos activa e inmediatamente en varios frentes. Uno de ellos es el activo desmantelamiento de los supuestos eurocéntricos que han impregnado la geocultura de, al menos, los dos últimos siglos. Los europeos han hecho grandes contribuciones culturales a nuestra común empresa humana. Pero no es cierto que las suyas hayan sido más grandes que las de otros centros civilizatorios a lo largo de 10.000 años de historia humana, y no hay ninguna razón para suponer que la multiplicidad de los focos de sabiduría colectiva vaya a reducirse en el próximo milenio. El reemplazamiento activo del actual sesgo eurocéntrico por un más moderado y equilibrado sentido de la historia y de su evaluación cultural podría requerir una aguda y constante lucha política y cultural. No pide nuevos fanatismos, sino un duro trabajo intelectual, colectivo e individual.
Necesitamos además asumir el concepto de derechos humanos y trabajar enérgicamente para que se aplique por igual a nosotros y a ellos, al ciudadano y al extranjero. El derecho de las comunidades a proteger su herencia cultural no es un derecho a proteger sus privilegios. Los derechos de los inmigrantes constituirán uno de los principales campos de batalla. Y si, como preveo, en los próximos 25-50 años los inmigrantes (legales o ilegales) y sus hijos constituyen una muy importante minoría dentro de Norteamérica, Europa y Japón, entonces tendremos que luchar para que esos inmigrantes tengan acceso no discriminatorio a los derechos económicos, sociales y políticos propios de la zona a la que han inmigrado.
No ignoro que esto podría encontrar una enorme resistencia política en nombre de la pureza cultural y de los derechos de propiedad acumulados. Los hombres de estado del Norte andan ya diciendo que el Norte no puede asumir la carga económica del mundo entero. ¿Y por qué no? La riqueza del Norte es en gran medida resultado de una transferencia de plusvalía desde el Sur. Esto se produce desde hace varios cientos de años, y nos ha conducido a la actual crisis del sistema. No se trata por tanto de poner parches caritativos, sino de abordar una reconstrucción racional.
Estas batallas serán batallas políticas, pero no necesariamente batallas a nivel de estado. Precisamente a causa del proceso de deslegitimación de los estados, muchas de estas batallas, y quizá la mayoría, se darán localmente, entre aquellos grupos resultado de nuestra propia reorganización. Y ya que estas batallas serán locales y complejas entre múltiples grupos, una compleja y flexible estrategia de alianzas será esencial, pero sólo será efectiva si mantenemos en nuestras mentes los objetivos igualitarios.
Finalmente, la lucha será también intelectual, por la reconceptualización de nuestros canones científicos, en la búsqueda de metodologías más holísticas y sofisticadas, en el intento para liberarnos de las falaces y piadosas hipocresías sobre la neutralidad del pensamiento científico. La racionalidad, de ser algo, es ella misma un juicio de valor, y nada es o puede ser racional fuera del más amplio y completo contexto de la organización social humana.
Ustedes pueden pensar que el programa que he diseñado para una sensata acción social y política en los próximos 25-50 años es demasiado vago. Pero es tan concreto como puede serlo cuando nos encontramos en el centro de un torbellino. Primero, asegúrense de hacia qué orilla quieren nadar. Y después, traten de lograr que todos sus esfuerzos inmediatos les conduzcan hacia ella. Si quieren una mayor precisión, podrían no encontrarla y ahogarse mientras la buscan.



NOTAS
(1) Este artículo se basa en la conferencia pronunciada el 7 de diciembre de 1993 en la Kyoto Seika University, con motivo del XXV aniversario de su fundación.
(2) John W. Meyer y otros, "The World Educational Revolution, 1950-1970", en J.W. Meyer y M.T. Hannan, eds., National Development, 1950-1970, Chicago 1979.
(3) Para un magnífico y muy detallado relato sobre los debates intelectuales que acompañaron al bicentenario en Francia, ver Steven Kaplan, Adieu 1989, Paris 1993.
(4) Para un análisis de este proceso, ver mi "The French Revolution as a World-Historical Event", en Unthinking Social Science: The Limits of Nineteenth-Century Paradigms, Cambridge 1991.
(5) El proceso por el que el liberalismo obtuvo la posición central y convirtió al conservadurismo y al socialismo en virtuales adjuntos suyos, en vez de oponentes, es tratado en mi "Trois idéologies ou une seule? La problématique de la modernité", Genèses 9, Octubre 1992.
(6) La naturaleza de las promesas hechas por el liberalismo a nivel mundial y la ambigüedad de la respuesta leninista al liberalismo universal son analizadas en mi "The Concept of National Development 1917-1989: Elegy and Requiem", en G. Marks y L. Diamond, eds., Reexamining Democracy, Newbury Park 1992.
(7) Ver un resumen de los datos en John T. Passé-Smith, "The Persistence of the Gap: Taking Stock of Economic Growth in the Post-World War II Era", en M.A. Sellinson y J.T. Passé-Smith, eds., Development and Underdevelopment: The Political Economy of Inequality, Boulder, CO 1993.
(8) Postmodernism, or the Cultural Logic of Late Capitalism, Durham, NC 1991, p.268.
(9) G. Arrighi, T.H. Hopkins y I. Wallerstein, "1989, The Continuation of 1968", Review, vol. 15, nº 2, primavera 1992.
(10) Estos puntos están más elaborados en mi "Peace, Stability, and Legitimacy, 1990-2025/2050", en G. Lundestad, ed., The Fall of Great Powers: Peace, Stability, and Legitimacy, Londres 1994.

"11 de septiembre." por Darío Yancán


En esta fecha no hay demasiado que agregar. Una vez exitió y lo mataron. Como antes y como despues, siempre de la misma manera y por los mismos intereses.
No hay demasiado más que agregar. Sólo nos quede transmitir con claridad porque optamos y optaremos por este 11/09 y no por el 09/11.

Un minuto de silencio por los caídos. Hasta la victoria siempre.


Yo Pisaré las calles nuevamente
Letra y música de Pablo Milanes


Yo pisaré las calles nuevamente,
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada,
me detendré a llorar por los ausentes.

Yo vendré del desierto calcinante
y saldré de los bosques y los lagos
y evocaré en un cerro de Santiago
a mis hermanos que murieron ante él.

Y unido al que hizo mucho y poco,
al que quiere la patria liberada,
dispararé las primeras balas,
más temprano que tarde sin reposo,
retornaran los libros, las canciones,
que quemaron las manos asesinas.
renacerá mi pueblo de su ruina,
y pagarán su culpa los traidores.

Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos,
y ese canto será el canto del suelo,
a una vida cegada en La Moneda.

Yo pisaré las calles nuevamente,
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada,
me detendré a llorar por los ausentes.